La luna llena brilla débilmente sobre un bosque oscuro y denso, sus sombras extendiéndose como garras a lo largo del suelo cubierto de hojas muertas. Ethan Arcturus corre a toda velocidad, su respiración agitada mezclándose con el sonido de pasos pesados que lo persiguen. Su abrigo negro, raído en los bordes, ondea detrás de él mientras salta sobre raíces y esquiva ramas bajas. Los tatuajes rúnicos en su brazo derecho brillan tenuemente con un aura oscura, como si sintieran la cercanía del peligro.

Ethan tiene el cabello negro azulado, desordenado y húmedo de sudor, y su heterocromía brilla con intensidad: un ojo plateado, lleno de determinación, y el otro negro profundo con la marca rúnica parpadeando como una advertencia. Su cuerpo, delgado pero fuerte, muestra signos de fatiga, con pequeñas heridas en sus brazos y mejillas.

Detrás de él, los gritos de un grupo de magos del gremio oscuro Cenizas Eternas resuenan en el aire. Estos ocultistas, vestidos con túnicas negras adornadas con símbolos demoníacos, llevan orbes de energía roja flotando en sus manos mientras conjuran hechizos destinados a capturar a Ethan.

—¡No podrás escapar, Devil Slayer! —gritó uno de los líderes, un hombre calvo con cicatrices que cubren su rostro—. ¡Tu magia pertenece a nuestro maestro!

Ethan frunció el ceño mientras daba un giro brusco, sus pies resbalando ligeramente sobre la tierra húmeda. Se detuvo en un claro rodeado de árboles altos, con su única salida bloqueada por los miembros del gremio oscuro.

—Siempre es lo mismo —murmuró Ethan, sacudiendo la cabeza mientras alzaba su brazo derecho, las runas brillando con una luz más intensa—. Si tanto quieren mi magia, tendrán que pasar por encima de mí.

El líder de los ocultistas lanzó una cadena oscura hacia Ethan, quien apenas logró bloquearla invocando sus Cadenas del Vacío. Aunque sus llamas negras chisporroteaban en el aire, combatiendo hechizo tras hechizo, los números en su contra lo superaban rápidamente.

De repente, el sonido de pasos rápidos y decididos irrumpió en la escena. Desde las sombras del bosque, una figura emergió con una energía vibrante que pareció llenar el aire.

—¿No les parece aburrido cazar a alguien que ya está agotado? —dijo una voz juvenil, llena de confianza, que resonó en el claro.

Ethan giró la cabeza justo a tiempo para ver al recién llegado: un joven de cabello rojo brillante, alborotado como si las llamas lo hubieran peinado, y ojos castaños que ardían con una determinación feroz. Su complexión era atlética, con músculos marcados que se notaban bajo la camisa negra sin mangas que llevaba, dejando ver los guanteletes metálicos con grabados mágicos que cubrían sus brazos.

Ignis Dragneel caminó hacia el grupo de ocultistas con una sonrisa desafiante en el rostro, su mandoble envuelto en llamas descansando sobre su hombro. La espada, de hoja ancha y reluciente, parecía viva, crepitando con un fuego que iluminaba la escena. Sus botas reforzadas golpeaban el suelo con fuerza mientras se acercaba, cada paso acompañado de una pequeña chispa que volaba de sus pies.

Ethan lo observó con incredulidad. —¿Quién demonios es este?

Ignis detuvo su marcha a unos metros de los ocultistas y apuntó con su mandoble hacia el líder.

—Tengo una regla personal: no me meto en los asuntos de otros. Pero cuando veo a una panda de cobardes atacando a alguien que claramente necesita ayuda, bueno… digamos que no me puedo resistir.

—¡Mátenlo también! —ordenó el líder, y los ocultistas lanzaron una avalancha de hechizos hacia Ignis.

Ignis respondió con una explosión de fuego. Balanceó su mandoble, y una ola ardiente se extendió a su alrededor, bloqueando los ataques mágicos y desarmando a los magos más cercanos. Con movimientos ágiles, se lanzó al combate cuerpo a cuerpo, utilizando sus guanteletes para golpear con precisión letal.

Ethan, aún sorprendido por la intervención, decidió unirse. —Supongo que no tengo opción —murmuró, sus llamas negras brotando de sus manos mientras invocaba sus cadenas mágicas.

Juntos, los dos chicos lucharon en sincronía, sus magias opuestas creando un espectáculo visual impactante: las llamas anaranjadas de Ignis chocaron con las sombras abrasadoras de Ethan, formando explosiones y destellos que iluminaban el claro.

En un momento crítico, Ignis gritó: —¡Amigo, lánzalos hacia mí!

Ethan obedeció, usando sus Cadenas del Vacío para inmovilizar a varios enemigos y lanzarlos en dirección a Ignis. Este concentró su magia en su mandoble y desató un ataque devastador.

¡Colmillo Carmesí del Dragón! —gritó Ignis, mientras una estocada en llamas consumía a los ocultistas restantes, dejándolos inconscientes.

Con la batalla terminada, el líder intentó huir, pero fue bloqueado por un rugido bajo y amenazante. Desde las sombras, un zorro alado apareció, iluminado por las llamas doradas que brotaban de su cuerpo.

Pyrix, compañero de Ignis, era una criatura majestuosa con un pelaje rojizo brillante que parecía arder con brasas vivas. Su cola doble terminaba en llamas ondulantes, y sus alas, hechas de fuego dorado chisporroteante, batían suavemente mientras aterrizaba frente al líder. Sus ojos ámbar resplandecían con una mirada astuta e intimidante.

—Buen trabajo, Pyrix —dijo Ignis, dándole una palmada en la cabeza. El zorro dejó escapar un pequeño gruñido satisfecho antes de girar y unirse a su compañero.

Ethan se apoyó en un árbol, respirando con dificultad, mientras Ignis se acercaba con una sonrisa relajada.

—Vaya, chico. Tienes buena técnica, pero creo que necesitas un gremio que te respalde.

Ethan lo observó, desconfiado. —¿Y tú quién eres para decirme eso?

—Ignis Dragneel, del gremio Fairy Tail —respondió con orgullo—. ¿Qué tal si vienes conmigo? Dudo que ese grupo de lunáticos vuelva a molestarte una vez que estés con nosotros.

Ethan frunció el ceño, pero algo en la confianza de Ignis lo convenció. Con un suspiro, se cruzó de brazos y asintió. —Supongo que no tengo nada que perder.

Ignis sonrió ampliamente. —Perfecto. Prometo que no te arrepentirás.

Mientras caminaban juntos hacia Fairy Tail, Pyrix los seguía saltando alegremente, y la luna iluminaba el inicio de una nueva amistad.

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