Los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi yo solo los tomó prestados para poder dar forma a la trama la cual si me pertenece. Todo sin lucro y solo con el afán de entretener. Cualquier parecido a la realidad es mera coincidencia o referencia.


Contexto: Escena complementaria al capítulo 2.


11. Contra Reloj (Día 11 Espera a Esta Noche).

El sonido de risas, música alta y brindis llenaba la casa de campo donde Miroku y Sango habían arrastrado a Inuyasha para celebrar el año nuevo. La fiesta estaba en su mejor punto, las luces de colores destellaban sobre la pista de baile improvisada.

Inuyasha estaba apoyado en una esquina, con los brazos cruzados y una mueca de aburrimiento decorando su rostro. No entendía qué hacía allí, no le gustaban las multitudes y mucho menos estar entre gente que apenas conocía. Esa noche se suponía que conocería al padre de Kikyou, pero temprano ese día, terminó con aquello que intentaba tener con aquella chica. Su cancelación provocó una discusión, al parecer, a ojos de Kikyou su relación era seria. Su discusión lo había dejado con una mezcla de frustración y rabia que aún no lograba sacudirse. Fue entonces cuando Miroku lo arrastró a la fiesta, prometiéndole buena comida y bebidas.

—Inuyasha, ¿qué haces tan serio?— Miroku se acercó con una sonrisa despreocupada, sosteniendo dos vasos de cerveza, extendiéndole uno.

—No estoy serio, sólo estoy… aburrido— bufó, tomando el vaso con desgano.

—¡Animo Inuyasha!, es víspera de año nuevo— dijo Sango, pareciendo a su lado con una chispa de picardía en los ojos—. Por cierto, ¿Adivinen a quien me encontré?— hizo una pausa antes de continuar—. ¡A Akitoki!

—¿Akitoki?, ¿Quién demonios es Akitoki?— Inuyasha arrugó el ceño, confundido.

—¿En serio no lo recuerdas?— respondió Sango—. Akitoki, ese chico que fue compañero de secundaria de Kagome, el que siempre lo daba a remedios para cualquier cosa.

Hobo, ya no recordaba su apellido.

Hojo, pensaron Sango y Miroku, pero no le corrigieron, no deseaban desviarse del tema.

—¿Y cómo esta?, ¿Qué te contó?— preguntó Miroku para continuar con el plan, porque sí, esa conversación era parte de una treta para que Inuyasha fuese por Kagome.

—Estaba visitando universidades, pero lo más importante, es que luego de ir a una preparatoria diferente a Kagome— Sango se inclinó hacia adelante, fingiendo una expresión despreocupada—. Se volvieron a reencontrar y tal parece que finalmente Kagome le dará una oportunidad.

—¿Qué oportunidad?— Inuyasha parpadeó, confundido.

—La de ser su novia— respondió Sango con obviedad—. Hojo se lo pedirá en año nuevo, ¿no lo sabías? Kagome irá al "Joya no Kane" con Hojo.

Inuyasha sintió que el estómago se le encogió. El "Joya no Kane" era un momento especial entre él y Kagome.

—¿Por qué pones esa cara?— preguntó con burla Miroku, su amigo había fruncido en ceño con enfado y desagrado—. Ella puede ir con quien quiera, tu decidiste no acompañarla— agregó al tomar más de su ponche de huevo.

El vaso de Inuyasha crujió entre sus dedos, a punto de romperse. Sus ojos dorados centellearon con una mezcla de frustración y algo más profundo que no quería reconocer. Todo el ruido de la fiesta se volvió más molesto y sin decir una palabra más, dejó el vaso a un lado, tomó su chamarra de la silla donde la había dejado y sacó las llaves de su coche.

Al ver a Inuyasha marcharse, Sango y Miroku sonrieron con complicidad, confiaban que su plan hubiese funcionado a la perfección e Inuyasha fuese al lugar donde debía estar.

—¿Crees si vaya con Kagome?— preguntó Sango con tono preocupado.

—Claro que lo hará, confío en mi muchacho— respondió Miroku, alzando su vaso de cerveza.

—En verdad deseo que esperar a esta noche, haya valido la pena.

. . . . . . . .

El frío de la noche golpeó a Inuyasha cuando salió de la fiesta. Subió a su coche, encendió el motor y el rugido del vehículo fue apenas un murmullo comparado con el estruendo en su pecho. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre el volante y pisó el acelerador. El camino se extendía frente a él como una línea de destino que no podía ignorar.

No sabía exactamente qué le diría a Kagome. No tenía un discurso preparado ni una excusa razonable. Pero una cosa era clara: no podía dejar que Hojo ocupara su lugar en su vida. No podía permitir que aquel chico que sólo conocía la superficie dulce de Kagome se la quedara. Hojo no sabía cómo se iluminaban sus ojos cuando descubría algo nuevo, cómo fruncía el ceño con determinación cuando se proponía algo, la manera graciosa que movía su nariz cuando estudiaba, si estaba triste le gustaba comer pasas cubiertas de chocolate, que subía al techo de su casa si algo le preocupaba, en invierno usaba dos pares de calcetas porque sus pies se congelaban, le gustaba tomar café con algo de canela o que veía películas de terror aunque tuviese que esconderse bajo las cobijas.

Él sabía eso y mucho más. No dejaría que alguien más llenara ese espacio.

El trayecto fue un borrón de luces parpadeantes y sombras fugaces. El mundo exterior se desvanecía a medida que su corazón latía con una mezcla de nerviosismo y fuerte decisión. Cada kilómetro que dejaba atrás era un grito silencioso que lo llevaba hacia ella.

Cuando llegó al templo, una marea de gente se extendía por todos lados, esperando a que las campanadas comenzaran. El pánico se instaló en su pecho como una piedra helada. ¿Cómo demonios iba a encontrarla entre tantas personas? El aire estaba saturado de tantos olores —incienso, pólvora, perfumes, especias—, impidiéndole distinguir el aroma familiar de Kagome.

El sonido de las primeras campanadas comenzó a retumbar en el aire. Una, dos… El tiempo se escurría entre sus dedos como arena. Cerró los ojos, respiró hondo y por primera vez en mucho tiempo, deseó algo con toda su alma. Por favor, déjame encontrarla.

Al abrir los ojos, el caos de la multitud pareció desvanecerse y entonces la vio. Estaba allí, a unos metros, con una bufanda gruesa cubriéndole el cuello y un abrigo café que contrastaba con el leve rubor de sus mejillas por el frío. Su cabello oscuro brillaba bajo las luces centellantes y sus ojos miraban hacia el horizonte. Un cúmulo de emociones se arremolinó en su pecho: alivio, sorpresa, nerviosismo y algo tan profundo que casi dolía.

No había ni rastro de Hojo. ¿Se había atrevido a dejarla plantada?

Inuyasha avanzó hacia ella, su corazón retumbando en sus oídos como una de aquellas campanas lejanas. Cada paso se sentía como un salto al vacío. Por primera vez en mucho tiempo, el miedo a perderla era más grande que su orgullo.

—¡Kagome!— gritó su nombre esperando ser escuchado—. ¡KAGOME!

Cuando finalmente ella giró, los ojos dorados y los marrones se encontraron. La sorpresa en el rostro de la chica pronto fue reemplazada por una sonrisa cálida que pareció disipar el frío de la noche.

—¿Qué haces aquí?, dijiste que no vendrías— Kagome seguía sin poder creer lo que venían sus ojos, en verdad InuYasha estaba frente a ella.

—Estas sola— dio un paso más hacia la chica.

—Sí.

—No viniste con alguien— dijo aliviado.

—¿Con quién iba a venir?— preguntó confundida.

Pero entonces una chispa de duda cruzó su mente. Algo no encajaba. ¿Por qué no estaba Hojo allí si tenía planes de confesarse? El desconcierto se transformó en un destello de comprensión que lo golpeó como un rayo.

¡Esos malditos!

Sango y Miroku, lo habían engañado. Todo había sido una trampa cuidadosamente elaborada para empujarlo a confesar sus sentimientos. La historia de Hojo, el plan de la propuesta en el Joya no Kane… todo fue una vil mentira. Sintió un calor subirle a las mejillas, una mezcla de enojo y vergüenza por haber caído en su juego. Pero por más que quisiera enfadarse, una sonrisa burlona se abrió paso en su rostro.

Esos dos idiotas sabían lo que hacían.

Inspiró profundamente y con la determinación renovada, avanzó más hacia Kagome. El peso de sus dudas fue desvaneciéndose, no importaba si lo habían manipulado, lo único que importaba era ella y esa noche, esa noche le confesaría que estaba locamente enamorado de ella.


11/12/2024

Es todo por hoy, nos leemos mañana con otro nuevo relato.