La gente que conocía a Luffy solía cometer el error de verlo como alguien simple. Su energía desbordante, su apetito insaciable y su confianza inquebrantable eran lo primero que notaban. Sin embargo, pocos llegaban a reconocer su verdadera fortaleza, su lealtad incondicional o esa peculiar distracción que, lejos de ser un defecto, ocultaba un instinto casi infalible.
Confiar en Nami no fue una decisión consciente ni instintiva; fue simplemente natural para alguien como él. Luffy no veía motivos para dudar de las personas. Cuando ella afirmó ser la mejor navegante del mundo, él creyó por completo en sus palabras, como si no existiera posibilidad alguna de que no fueran verdad.
Desde el momento en que se embarcó con ellos, Nami se convirtió en parte de la tripulación. Y aunque Luffy solía actuar de forma despreocupada, lo cierto era que se tomaba muy en serio su papel como capitán, especialmente cuando se trataba de sus compañeros.
Podía no entender los detalles, pero sabía cuándo Nami estaba inquieta. Ella fingía ser hermética, pero en realidad era como un libro abierto cuando Luffy la observaba con atención. No eran solo sus expresiones o esos momentos en los que parecía distraída, sino también las palabras que dejaba escapar, sobre todo aquellas cargadas de un evidente desprecio hacia los piratas.
"Los piratas se roban todo lo que más amas."
"Son piratas, claro que lo hacen todo mal."
"Los piratas asesinaron a alguien importante para mí."
Luffy no necesitaba saber más. No le hacía falta entender cada detalle de lo que Nami cargaba en su interior. Esas frases hablaban de una herida que no había sanado, y aunque él no lo decía, las recordaba, almacenándolas como piezas de un rompecabezas que no intentaba resolver.
En una era dominada por piratas, no era extraño encontrar personas con historias trágicas o cuentas pendientes, pero Nami era un caso diferente. Alguien con su talento y determinación no debería estar atrapada navegando sola por el East Blue, el mar más débil y pobre de todos. Una navegante de su nivel habría prosperado fácilmente en la marina o a bordo de un barco mercante, construyendo una fortuna lejos de la vida errante que llevaba.
Sin embargo, allí estaba, dando vueltas en círculos, como si algo la retuviera. Y Luffy, que no era particularmente observador en los detalles, lo notó desde el principio. No sabía qué era exactamente lo que guardaba Nami, pero estaba claro que había algo, algo demasiado importante para ella como para compartirlo.
No hacía falta preguntarle ni indagar. Bastaba con verla en los momentos de calma, cuando el día transcurría entre risas y camaradería. Entonces, Luffy notaba esos breves instantes en los que Nami dejaba escapar una mueca, una mezcla de nostalgia y tristeza que contrastaba con la alegría del momento. Era como si, por un segundo, se sintiera culpable por disfrutar, como si su lugar no estuviera allí, sino en otro lado.
Luffy no necesitaba una explicación. Desde el principio supo que Nami se iría, tarde o temprano. Por eso, cuando lo hizo, llevándose todos los tesoros y el Going Merry con ella, no se enfadó. Para él, no había duda alguna: Nami seguía siendo su navegante, y eso era lo único que importaba.
Cuando llegaron a Cocoyashi, Luffy y su tripulación fueron recibidos por Nojiko, la hermana de Nami. Ella se acercó a ellos, lista para contarles el pasado de la pelirroja y la razón detrás de su huida. Sin embargo, Luffy se negó a escuchar. No necesitaba saberlo, no quería oír nada que Nami no estuviera dispuesta a compartir. Para él, ya sabía lo importante: Nami estaba a salvo, y aquel tipo llamado Arlong era el responsable de todo. Eso era suficiente. Solo tenía que esperar.
Pero nada lo preparó para lo que vio después.
En medio de la aldea, Nami estaba de rodillas frente a la maldita marca en su brazo. Con lágrimas silenciosas que surcaban su rostro, apretaba un cuchillo entre sus manos temblorosas. Y antes de que Luffy pudiera reaccionar, hundió el filo en su piel, una y otra vez, como si intentara arrancar algo que estaba grabado más allá de su carne.
Fue entonces cuando lo sintió. Una opresión inexplicable en el pecho, como si el simple acto de respirar fuera imposible. Era un sentimiento nuevo, desconocido. El dolor de verla destruirse a sí misma, mezclado con una furia ardiente que crecía en su interior. No era solo enojo; era algo más profundo, más personal.
Y entonces, ella levantó la mirada. Con los ojos llenos de lágrimas y la voz rota, Nami le pidió ayuda.
Todo lo demás dejó de importar.
Sin pensarlo dos veces, Luffy se quitó su sombrero de paja. Ese sombrero no era cualquier objeto; era su tesoro más preciado, un símbolo de su sueño, un recuerdo del hombre que le enseñó a ser quien era. Y aun así, algo dentro de él lo impulsó a colocarlo suavemente sobre la cabeza de Nami. Fue un gesto instintivo, pero cargado de significado. Era como si, por primera vez, estuviera compartiendo una parte de sí mismo que jamás había compartido con nadie más.
Con esa promesa silenciosa, Luffy comenzó a caminar hacia Arlong Park.
Desde ese momento, la derrota de Arlong no era una posibilidad, era un hecho inevitable.
Arlong había cometido un error imperdonable. Había hecho llorar a Nami.
Después de destrozar el cuarto de navegación, de derribar a cada miembro de la tripulación gyojin y de reducir Arlong Park a escombros, Luffy se alzó frente a la multitud reunida en el pueblo. Con su usual confianza, y una voz que no dejaba lugar a dudas, declaró:
"¡Nami! ¡Tú eres mi nakama!"
El capítulo es algo introductorio, pero de nueva cuenta hice una breve corrección sin perder la idea original de la historia, ojalá me puedan dar sus impresiones.
Quiero expresar un profundo agradecimiento a FalknerZero y Luffy Ketchum por sus reviwes, honestamente me sentí muy motivada.
Si tienen quejas o sugerencias siempre estare atenta.
En fin, espero que hayan disfrutado el capitulo.
