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La noche caía sobre la Villa Cocoyashi, y una fiesta sin daba comienzo.
Nadie podría culpar a ningún habitante de reír hasta el cansancio, bailar sin parar y celebrar como si no hubiera un mañana. Después de todo, por fin habían recuperado su libertad y los sueños que ya creían extintos.
Además, era difícil no dejarse llevar por aquel grupo de piratas tan alocados. Cada risa era más fuerte que la anterior, cada canción más animada, y la bebida corría como si estuvieran festejando en alta mar.
Sin embargo, mientras el pueblo entero se entregaba a la euforia, Nami se mantenía al margen. Se había excusado con facilidad, escabulléndose del centro de la fiesta con pasos ligeros.
Claro que estaba feliz, quizá más que la mayoría; después de todo, era quien más había sufrido el dominio de Arlong. Pero se volvía incómodo intentar celebrar cuando cada habitante parecía empeñado en acercarse a agradecerle. Cada vez que alguien la buscaba, cada vez que escuchaba su nombre, el estómago se le encogía. ¿Qué podían agradecerle? En su mente, no había hecho lo suficiente. Lo único que había logrado era dar vueltas en altamar, y ni siquiera consiguió el dinero necesario para pagar su deuda. El golpe decisivo había sido de Luffy, no suyo.
Más incómodo aún era la calidez con la que la trataban ahora, como si siempre la hubieran querido cerca. Claro, entendía sus razones ahora, pero había pasado tanto tiempo sintiéndose invisible en su propia aldea que el cambio le resultaba desconcertante. ¿Cómo se supone que debía responder a tanto afecto cuando durante años había aprendido a mantenerse al margen, a cargar con todo sola?
Intentó pasar el rato en casa, lejos del pueblo, refugiándose con Nojiko. Pero no parecía tener mejor suerte allí. Había pensado que, al menos allí podría encontrar un poco de tranquilidad. Pero con Nojiko como compañía, la tranquilidad era lo último que iba a conseguir.
—¿Ya te aburriste de la fiesta o sólo quieres parecer más misteriosa? —preguntó su hermana, apoyándose con descaro en el marco de la puerta.
Nami soltó un suspiro, acomodando unos papeles sin mucho interés sobre la mesa.
—No sé de qué estás hablando —respondió sin mirarla.
—Claro que no —replicó Nojiko, con una sonrisa burlona mientras cruzaba los brazos. —Pero aquí estás, en casa en lugar de disfrutar de la fiesta. Tu capitán no ha dejado de preguntar por ti desde que te fuiste, por cierto. Parece que le gustas demasiado.
Nami se quedó muda por un instante, solo a su hermana podría ocurrírsele algo tan tonto además de imposible.
—¿Otra vez con eso? deja de decir disparates, Nojiko —respondió, tratando de sonar indiferente.
—¿Disparates? —repitió su hermana, acercándose con una sonrisa cada vez más amplia. —No sé, Nami. No me parece tan descabellado. Ese chico tiene algo, ¿no crees?
—Por favor —bufó Nami, volviendo la mirada hacia la ventana. —Luffy no piensa en esas cosas.
—¿Y tú?
La pregunta llegó con un tono más suave, lo suficientemente sigilosa para atraparla desprevenida. Nami frunció el ceño y apretó los labios.
—Yo tampoco —respondió rápidamente, quizá demasiado rápido.
Nojiko rio entre dientes, claramente disfrutando de la reacción de su hermana.
—Está bien, está bien —dijo, levantando las manos como en señal de paz. —Pero no puedes culparme por molestarte un poco. Nunca te había visto preocuparte tanto por alguien.
—No me preocupo por nadie —replicó Nami, alzando la barbilla en un gesto desafiante.
—Claro, claro —murmuró Nojiko con una sonrisa de complicidad—. El tipo de las espadas terminó medio muerto, pero tú no dejabas de decir el nombre de tu capitán.
Nami sintió un escalofrío recorrerle la espalda y giró la cabeza hacia su hermana con una mezcla de incredulidad y fastidio.
—¡Eso no es cierto! —protestó, cruzando los brazos.
—Oh, sí que lo es —replicó Nojiko, divertida—. "¡Luffy esto, Luffy lo otro!" Te escuché al menos tres veces antes de que te desmayaras de puro agotamiento.
Nami apretó los dientes, sintiendo una incomodidad creciente. No quería darle la razón, pero el malestar se filtraba por cada palabra.
—No digas tonterías —dijo, girando hacia la ventana, fingiendo una tranquilidad que no sentía—. Todos somos nakamas, eso es todo.
Nojiko la observó en silencio por un instante, dejando que las palabras de Nami flotaran en el aire. Solía bromear con su hermana porque sabía que era la forma más rápida de sacarla de su zona de confort, pero había algo más detrás de sus comentarios. Había pasado tanto tiempo viéndola cargar con todo el peso del mundo en silencio, apartada de los demás, que cualquier oportunidad para hacerla abrirse, aunque fuera un poco, le parecía valiosa.
Suspiró, sin borrar del todo la sonrisa de su rostro.
—Claro, claro, todos somos nakamas —repitió, imitando a Nami, aunque esta vez su tono era más suave, menos burlón.
No quería presionarla. Nami siempre había sido un mar de contradicciones: fuerte y determinada de cara al mundo, pero a menudo demasiado dura consigo misma. Había crecido sin permitirse formar vínculos reales más allá de ella misma. Primero por la tragedia que las había golpeado tan jóvenes, luego por la carga que había decidido asumir sola. Y aunque ahora la aldea la trataba como la heroína que era, Nojiko sabía que su hermana seguía viéndose como la chica solitaria que tenía que valerse por sí misma para sobrevivir.
Con un cambio de tono, decidió ceder un poco.
—En fin, si te aburres de estar aquí sola, dudo que la fiesta termine en un par de días. Todos siguen muy animados.
Con una sonrisa cómplice, Nojiko salió de la habitación. Pero mientras se alejaba, no pudo evitar sentirse un poco triste. Sabía que el tiempo que les quedaba juntas era limitado y que pronto Nami volvería al mar, lejos de la única familia que le quedaba en tierra. Todo lo que quería era asegurarse de que su hermana partiera con algo más que un barco lleno de sueños; que también llevara consigo un corazón un poco menos pesado.
La casa estaba en silencio tras la partida de Nojiko, pero Nami no se sentía cómoda. Sabía que quedarse en casa sólo significaría darle más tiempo a su hermana para lanzar más de esos comentarios desconcertantes.
Con un suspiro, se levantó, cruzó la habitación y empezó a recoger algunas de sus cosas. Guardándolas en una bolsa junto su equipo de navegación y algunos regalos que había recibido de la gente de su pueblo. Había reunido algunos recuerdos y varios objetos que no quería abandonar y aunque la mayoría de sus artículos personales y ropa se había perdido bajo los escombros de Arlong park, la bolsa era bastante pesada.
Salió de la casa, cerrando la puerta tras de sí con un leve empujón. La noche estaba tranquila, el cielo despejado permitía que la luz de la luna bañara el huerto de mandarinas. El sendero que se abría entre los árboles era familiar, podría cruzarlo con los ojos cerrados, el aroma de las mandarinas maduras flotaba en el aire, tan constante que a veces se olvidaba de que estaba ahí. Era como respirar su infancia. Ajustó la correa de la bolsa en su hombro y siguió adelante, sus pasos resonando sobre la tierra húmeda.
El huerto estaba tan silencioso que podía oír el crujido de las hojas secas al pisarlas y el susurro del viento que agitaba suavemente las ramas. Miró hacia arriba, observando cómo las sombras de los árboles se alargaban bajo la luz plateada.
Al final del sendero, el Going Merry apareció bajo la luz de la luna, su figura iluminada de manera casi etérea. Nami se detuvo un instante para observarlo, dejando que la imagen se grabara en su mente. Había algo reconfortante en el pequeño barco, que parecía esperarla pacientemente, como un viejo amigo dispuesto a llevarla a nuevos horizontes. Nami dejó que el peso de la bolsa descansara un momento sobre el suelo, aferrando las correas mientras exhalaba lentamente.
Un crujido entre las sombras de los árboles la hizo girarse. Frunció el ceño, su postura tensa mientras buscaba con la mirada entre las ramas oscilantes.
—¿Quién anda ahí? —preguntó, con un tono que no dejaba lugar a juegos.
El silencio respondió por un momento, hasta que un ruido torpe rompió la quietud. Nami entrecerró los ojos, alerta, mientras el crujir de ramas y hojas secas se acercaba.
De repente, una figura emergió del bosque, trastabillando como si acabara de perder el equilibrio. La luz de la luna iluminó el rostro de Luffy, quien se sacudía las hojas que le habían caído encima mientras miraba a su alrededor con una expresión de desconcierto.
—Ah, ahí está el Merry —dijo, su voz despreocupada mientras señalaba al barco con una amplia sonrisa, como si no se hubiera perdido en el bosque.
Nami relajó los hombros, soltando un suspiro que denotaba una mezcla de alivio e irritación.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí, Luffy? —preguntó, cruzándose de brazos, aunque no pudo evitar que una ligera sonrisa tirara de la comisura de sus labios.
Luffy la miró, recién percatándose de la presencia de la peli naranja.
—¡Nami! ¿Tú no has visto el melón con jamón?
Nami parpadeó, confundida.
—¿El melón con qué? —repitió, sin saber si había oído mal o si era simplemente otro comentario absurdo salido de la nada.
Luffy asintió con entusiasmo, como si su pregunta fuera lo más obvio del mundo.
—Con jamón. ¡Sanji estaba comiendo y yo también quiero probar! Pero no lo encontré en la fiesta, así que fui a buscarlo por aquí... y creo que me perdí un poco —explicó con total seriedad, sus ojos brillando de emoción, como si el simple pensamiento del melón con jamón fuera una misión crucial.
—¿Cómo te pierdes en un huerto? —replicó Nami, alzando una ceja.
Luffy se encogió de hombros, como si el detalle no tuviera importancia, y volvió a fijar la vista en el Merry. Su expresión cambió sutilmente, suavizándose, mientras contemplaba el barco iluminado por la luz de la luna.
—Se ve genial desde aquí, ¿no? —comentó, casi para sí mismo.
Nami lo observó, algo desconcertada por el repentino cambio en su tono. Volvió la mirada al Merry y, por un instante, compartió su pensamiento. Había algo especial en ese pequeño barco, algo que no podía explicarse del todo, pero que ambos parecían sentir.
—Sí —admitió finalmente, en voz baja. —Bueno, ya que estás aquí, al menos haz algo útil y ayúdame a subir esto al barco —dijo, señalando la pesada bolsa.
Luffy giró la cabeza hacia ella, mirando la bolsa como si acabara de notar su existencia.
—¿Qué tienes ahí, es más comida? —preguntó, inclinándose para examinarla con curiosidad.
Nami soltó un bufido y puso las manos en las caderas.
—Mis cosas. No todo el mundo puede ir por ahí solo con un sombrero de paja y un apetito infinito, ¿sabes?
Luffy se rascó la nuca, riendo despreocupado.
—¡No hay problema! Yo la llevo —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
Luffy levantó la bolsa como si no pesara nada y comenzó a caminar hacia el Merry. Nami lo siguió de cerca, ajustándose el cabello para evitar que el viento marino lo alborotara más de lo necesario.
El aroma salado de la brisa de la costa llegó a ellos mientras se acercaban al barco. El aire fresco acariciaba sus rostros, mezclándose con el suave rumor de las olas que chocaban contra el casco.
—¿Alguna vez te cansas de cargar cosas pesadas? —preguntó Nami, rompiendo el silencio mientras lo observaba desde atrás.
Luffy giró la cabeza hacia ella con su sonrisa despreocupada.
—¿Por qué me cansaría? Esto es fácil —respondió, como si realmente no entendiera por qué la pregunta tenía sentido.
Nami rodó los ojos, pero no pudo evitar una leve sonrisa.
—Claro, porque eres un fenómeno, eso es todo.
Cuando llegaron a la base del Merry, Luffy dejó la bolsa en el suelo y se subió al barco con un salto ágil, aterrizando en la cubierta con un ruido sordo. Extendió la mano hacia la bolsa, la levantó con facilidad y luego la colocó junto al mástil principal, mientras se enderezaba, pareció recordar algo de repente. Chasqueó los dedos y giró hacia Nami con una expresión iluminada, como si acabara de resolver un misterio importante.
—¡Ah, ya me acordé! También te estaba buscando, Nami —dijo con entusiasmo, apuntándola con el dedo como si acabara de descubrir algo trascendental.
Nami, que estaba ajustándose la blusa después de subir al barco, se frenó por un segundo, recordando las burlas de Nojiko de los últimos días.
—¿A mí? ¿Por qué?
Luffy se cruzó de brazos, inclinando la cabeza mientras intentaba recordar con exactitud.
—Es que, te fuiste de repente, y todos están diciendo que vas a viajar con nosotros. Hasta el viejo del molinillo lo dijo.
Ella lo miró fijamente, sus manos descansando en sus caderas. Claro que debía ser algo como eso, se sintió tonta por siquiera imaginar algo diferente.
—Pues debe ser verdad, ¿no? Por algo traje mis cosas al barco —respondió, señalando no solo la bolsa con una ligera sonrisa, también los árboles de mandarinas que había trasplantado con tanto esmero.
Luffy miro al rededor, como si por primera vez notara la correlación de esos eventos.
—Entonces, ¿sí vas a venir con nosotros?
Nami dejó escapar un suspiro mientras rodaba los ojos, sin ocultar su exasperación.
—¿No se supone que destruiste Arlong Park para que fuera tu navegante? —replicó, aunque su tono no tenía la dureza de otras ocasiones.
Luffy inclinó la cabeza, pensando por un momento, antes de encogerse de hombros con una sonrisa.
—Bueno, sí, pero… también puedes quedarte. Se supone que no te gustan los piratas ¿verdad?
Nami se quedó en silencio, sus ojos fijos en el mar que brillaba bajo la luz de la luna. El suave vaivén de las olas parecía acompasarse con sus pensamientos. Luffy la observaba, balanceando ligeramente los pies desde la barandilla del barco, sin presionarla, como si de verdad no tuviera prisa por escuchar su respuesta.
La posibilidad de quedarse revoloteaba en su mente, en realidad era la decisión más lógica. Su gente la miraba ahora con respeto, con gratitud. Nojiko estaba allí, siempre dispuesta a escucharla y a compartir días tranquilos. Por primera vez en años, de verdad tenía la posibilidad de elegir, pero la tranquilidad que esa vida ofrecía parecía más una promesa vacía que algo que pudiera satisfacerla.
El reflejo del mar le devolvía las palabras que había pronunciado en momentos de duda, en promesas rotas y en la soledad de su lucha contra Arlong. Había deseado libertad con cada fibra de su ser, y ahora que la tenía, sabía que no podía limitarla a un solo lugar.
Sus labios se curvaron en una sonrisa leve y amarga.
—Todavía no me gustan los piratas, pero, me gusta estar con... ustedes.
Nami dejó que el silencio llenara el espacio entre ellos tras su respuesta, aunque por dentro maldijo esa pausa que dejó escapar algo más de lo que pretendía. Había estado a punto de decir "contigo", pero el eco de las burlas de Nojiko en su cabeza la hicieron detenerse a tiempo. No era eso. No estaba pensando en nada romántico, se dijo, mientras su mirada vagaba hacia el horizonte como buscando reafirmar la distancia con sus propios pensamientos.
Sin embargo, el vacío que quedó en el aire no ayudó. Era extraño darse cuenta de que estaba a solas con Luffy, algo que no había ocurrido desde su pequeño viaje con Zoro demasiado herido como para convivir con ellos o esa breve pero extraña incursión en la isla de los animales raros. Aquel chico de sonrisa interminable y energía desbordante siempre estaba rodeado de ruido, caos y compañía. Pero ahora, allí, con el suave balanceo del Merry y el murmullo del mar, parecía casi un desconocido en su tranquila presencia.
Luffy, por su parte, no rompió el silencio. Estaba sentado en la barandilla, con los pies balanceándose despreocupadamente, mirando el cielo estrellado con esa sonrisa que nunca parecía irse. No parecía incómodo, como si aquella pausa fuera tan natural como respirar.
Nami apartó la vista, intentando no prestar demasiada atención a esa calma que no esperaba encontrar en él.
-Quiero ir con ustedes-dijo en voz baja
El sonido de su propia voz sorprendió a Nami. Las palabras habían salido antes de que pudiera detenerse a pensarlas, sinceras y definitivas, como si se hubieran estado acumulando en su pecho todo este tiempo.
Luffy levantó la mirada hacia ella, con una expresión tan natural como siempre, aunque sus ojos brillaban con algo que podría ser orgullo o simple alegría.
—¡Genial! Entonces tú puedes decidir a dónde iremos después.
Nami lo miró, alzando una ceja.
—¿Decidir? ¿No es eso trabajo del capitán?
Luffy rio, encogiéndose de hombros.
—Bueno, sí, pero yo no soy muy bueno para esas cosas. Tú eres la navegante, ¿no?
Nami se cruzó de brazos, dejando que una risa breve y sin ganas escapara de sus labios. Luffy seguía balanceando los pies con despreocupación, completamente ajeno a la seriedad de sus pensamientos. A su alrededor, el Merry parecía respirar con el vaivén del agua, como si incluso el barco entendiera que algo importante estaba sucediendo.
Mientras el silencio volvía a instalarse entre ellos, los recuerdos de su conversación con Nojiko regresaron con fuerza. Las burlas de su hermana seguían resonando en su mente: "Si lo miras así, cualquiera pensaría que te gusta." Nami había protestado de inmediato, negándolo con vehemencia, pero ahora, mientras observaba a Luffy bajo la luz de la luna, esa inquietud regresó, rozándola como una brisa incómoda.
No era eso, se dijo una vez más, casi como un mantra. No era nada de eso. Lo que sentía era diferente. Dio un paso hacia la barandilla, acercándose a él. No supo si lo hizo para disipar esas ideas o para comprobar si él notaría su presencia más cercana, si la atmósfera cambiaría de alguna manera.
Nami dio un paso más, acortando la distancia entre ellos, hasta quedar frente a frente. Por un momento, pensó que Luffy seguiría mirando al cielo, pero bajó la mirada, sus ojos encontrándose con los de ella sin mutar su expresión tranquila.
El aire no se volvió denso ni especial; todo parecía igual. La misma brisa nocturna, el murmullo de las olas, la despreocupación de Luffy. Sin embargo, dentro de Nami algo parecía acelerarse, su corazón latiendo con fuerza contra su pecho. Se sintió ridícula por ello.
"Luffy no piensa en esas cosas," el eco de su propia afirmación resonó en su mente, casi como si necesitara convencer a su propio cuerpo. Pero incluso con esa lógica, esperaba algo, aunque fuera un destello de reacción.
En lugar de eso, él permaneció igual. La intromisión a su espacio personal no le incomodaba en absoluto, y Nami no pudo evitar sentir una pequeña punzada de decepción. Desvió la mirada, buscando algo que rompiera el silencio y justificara su cercanía.
Fue entonces cuando notó la hoja enredada en su cabello.
—Tienes una hoja —dijo en voz baja, alzando la mano hacia su cabello para apartarla.
Sus dedos apenas rozaron los mechones desordenados, y Luffy no hizo ningún movimiento, simplemente la dejó hacer. Su reacción no fue distinta a la de un niño curioso, parpadeando al notar que algo en él había llamado su atención.
—¿Ya? —preguntó, ladeando ligeramente la cabeza mientras ella soltaba la hoja al viento.
—Ya —respondió Nami, casi sin ganas, apoyándose en la barandilla junto a él con un suspiro.
Él volvió a mirar al cielo, balanceando los pies, sin notar el nerviosismo de ella.
—Por cierto, Luffy... no te di las gracias.
Su voz era tranquila, casi apagada, pero lo suficiente para captar la atención de Luffy, quien giró la cabeza hacia ella con una expresión de curiosidad.
—¿Gracias? ¿Por qué? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia ella como si buscara una explicación más detallada.
Nami se tomó un momento antes de responder, jugueteando con la barandilla del barco mientras sus pensamientos se organizaban.
—Por todo —dijo finalmente, con un tono que intentaba ser casual pero que no lograba ocultar la sinceridad detrás de las palabras—. Por venir por mí, por pelear contra Arlong... por confiar en mí, incluso cuando yo no confiaba en nadie.
Luffy parpadeó un par de veces, como si procesara esas palabras con más lentitud de lo habitual. Luego, una de sus típicas sonrisas amplias se dibujó en su rostro.
—¡No necesitas darme las gracias! —respondió alegremente, con esa ligereza que parecía natural en él—. Somos nakama, ¿no?
La simplicidad de su respuesta hizo que Nami se sintiera tanto aliviada como un poco pequeña. Él lo hacía parecer tan fácil, como si todo lo que había pasado fuera solo un paso más en su camino. Ella lo miró de reojo, estudiando esa sonrisa infantil que no parecía tener límites. Había algo en Luffy que nunca terminaba de entender, pero en ese momento, se dio cuenta de que tampoco necesitaba hacerlo.
—Supongo que sí —respondió con una leve sonrisa, permitiéndose por fin relajar los hombros mientras la brisa del mar acariciaba su rostro.
Luffy volvió su atención al cielo estrellado, como si la conversación hubiera terminado allí. Nami, sin embargo, permaneció un momento más observándolo, sintiendo que, aunque él no parecía cambiar con nada, algo en ella sí lo había hecho.
Quizá esa era la magia de estar con alguien como él: te hacía querer creer, incluso cuando no estabas segura de cómo.
Luffy continuó mirando el cielo por unos momentos más, pero su atención no tardó en desviarse nuevamente hacia la fiesta que continuaba en tierra firme. Las risas y los cánticos llegaban apagados hasta el Merry, como un recordatorio constante del bullicio del que se habían escapado.
—Creo que voy a regresar —dijo de repente, levantándose con la misma facilidad despreocupada de siempre. Miró a Nami por encima del hombro, sus ojos brillando con una alegría simple—. Deberías venir. Hay comida y mucha gente cantando.
La invitación era sincera, sin ninguna presión, como si realmente creyera que acompañarlo sería tan fácil como respirar.
—Tal vez luego —respondió ella con una sonrisa ligera, tratando de sonar casual mientras apartaba la mirada hacia el interior del barco—. Quiero guardar todas mis cosas antes de zarpar.
Luffy la observó por un momento, ladeando la cabeza como si estuviera evaluando la respuesta. Luego asintió con una sonrisa que no delataba ninguna sospecha.
—Bueno, sí cambias de idea, ¡ven rápido! Se están acabando las cosas ricas.
Con un movimiento ágil, saltó de la barandilla al muelle, su entusiasmo irradiando incluso mientras desaparecía de su vista.
Nami suspiró al verlo partir, pero la sensación de alivio no duró mucho. Su excusa había sido válida, claro, pero no completamente honesta. La idea de volver a enfrentar el agradecimiento constante del pueblo la incomodaba, como si los elogios fueran un peso más que una recompensa.
Sin embargo, lo que realmente le revolvía el estómago era la posibilidad de pasar más tiempo a solas con Luffy. Había algo en él que siempre la descolocaba, como si su forma de ser tan genuina y transparente le quitara todas las herramientas que sabía usar para protegerse.
Nami bajó con calma las escaleras hasta su recámara en el Merry, la bolsa en una mano, aunque no tenía prisa alguna. Entró y dejó caer el saco sobre la cama sin demasiada consideración, dándole un vistazo al lugar.
Por un instante, consideró quedarse ahí, cumplir con lo que había dicho a Luffy y guardar sus cosas. Sin embargo, la energía para hacerlo simplemente no estaba. Suspiró, llevándose una mano al rostro. Había salido de su casa para escapar de Nojiko y sus comentarios insistentes sobre Luffy, pero ahora... ahora parecía que esa sensación de estar bajo una lupa la seguía a donde fuera. Solo que esta vez, la incómoda exposición no provenía de su hermana, sino de ella misma.
"No tiene sentido," se dijo a sí misma. Y aunque no sabía a qué se refería exactamente con esas palabras, no pudo evitar repetirlas mientras salía de la habitación, cerrando la puerta tras de sí sin mirar atrás.
Los pasos que la llevaron de vuelta a casa fueron más lentos que antes. Cada paso parecía una mezcla de impulso y resistencia, como si no estuviera segura de qué quería encontrar al llegar. La verdad era que no tenía un plan claro, solo sabía que no podía quedarse sola en el barco ni volver a la fiesta. Así que, a pesar de lo absurdo que parecía, regresó a donde había comenzado: su hogar.
Desde la distancia, pudo ver las luces apagadas de su casa. Agradeció en silencio que, al menos por un rato, podría estar tranquila. Empujó la puerta con cuidado, encontrándola abierta como siempre, y el silencio la recibió como un viejo conocido.
Nojiko no estaba. Eso era obvio desde el primer vistazo. Seguramente seguía en la fiesta, riendo y bebiendo con los demás. Nami suspiró aliviada y, al mismo tiempo, un poco perdida. Aunque había escapado de los comentarios de su hermana, el vacío de la casa se sentía más frío de lo esperado.
Se acercó a la cama arrastrando los pies y se dejó caer sobre la cama sin cambiarse de ropa. La ventana estaba ligeramente abierta, dejando entrar una brisa que movía las cortinas. Se quedó mirando al techo como si las respuestas estuvieran escritas ahí.
Zarpar.
La palabra flotó en su mente como un faro solitario. Zarpar.
Una sonrisa leve, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. La idea la emocionaba, y cómo no hacerlo. Finalmente había decidido dejar todo atrás y embarcarse con ellos. Le había dicho a Luffy que iría, y lo decía en serio. Dibujar el mapa del mundo era su sueño, su verdadero propósito. Ese deseo había sido la brújula que la había guiado durante tanto tiempo, incluso cuando todo parecía perdido.
Y luego estaba él.
El pensamiento de Luffy la tomó por sorpresa, haciendo que apretara ligeramente los labios. Se suponía que su sueño era suficiente para empujarla hacia adelante, pero algo en su interior le susurraba que no solo era eso. Había algo en esa sonrisa amplia y despreocupada, en esa fe absoluta que él tenía en ella. Algo que la hacía querer seguirlo, incluso si no siempre entendía por qué.
Por un instante, dejó que su mente vagara hacia otras opciones, las que había rechazado sin dudar. Podía haber considerado un futuro diferente, tal vez en la marina, siguiendo los pasos de su madre. Pero no.
Ese no era su camino.
Zarpar con ellos significaba algo completamente distinto. Era libertad, era aventura. Era ser parte de algo más grande que ella misma, pero también era un salto hacia lo desconocido.
Sus ojos se fijaron en la ventana, donde la brisa seguía moviendo las cortinas. No sentía miedo, pero sí un nudo de anticipación que la hacía contener la respiración. Había algo increíblemente emocionante en saber que, por primera vez en mucho tiempo, su destino no estaba atado a nadie más que a sus propias decisiones.
Nami cerró los ojos, permitiéndose disfrutar de ese sentimiento. No importaba lo que pensara el resto del mundo.. Había elegido zarpar con Luffy y los demás, y con ello, elegir su sueño.
Pronto empezaría esa nueva vida. Y por primera vez en mucho tiempo, no podía esperar a que llegara.
¡Yey!
Acá tienen el tercer capítulo, si acaso habían leído o recuerdan el capítulo antes de la corrección, pues si sufrió un cambio drástico, una necesaria y muy motivada corrección, ojalá puedan comentar que les pareció.
Quiero agradecer a Luffy Ketchum, Falkner Zero y Jafar2000 por sus comentarios, aún tengo nervios de principiante y saber que les gusta mi historia me hace sentir muy feliz.
El siguiente capitulo será mucho más largo y meloso, quedan advertidos.
Nos vemos a la proxima.
