Hace mucho años prometí que continuaría la historia y hablaba en serio, si acaso aún están siguiendo la historia les recmomiendo releer desde el principio, ya que hice un poco de edición para adaptarr los capitulos a mis actuales exigencias de escritor novato. Sin más que añadir, dejo el cuarto capitulo.

-000-

El sol brillaba alto en el cielo despejado, lanzando reflejos dorados sobre las suaves ondulaciones del mar. Una brisa cálida soplaba desde el horizonte, el clima era perfecto para navegar. Casi parecía que el clima se había puesto de acuerdo para coincidir con su estado de ánimo.

Nami estaba de pie en la cubierta, meneándose ligeramente al ritmo de las olas como si fuera una extensión más del barco. Sentía la calidez de la madera bajo sus pies y el viento acariciándole el rostro. Cada pequeño detalle del momento parecía magnificado: el crujido del Merry al moverse, el olor a sal que impregnaba el aire, la vibración sutil del océano bajo ella. Mantenía ambas manos sujetas a la barandilla, se sentía tan ligera que por momentos temía salir volando con la brisa.

Abrió los ojos y dejó que su mirada recorriera el horizonte, esa línea infinita donde el cielo y el mar parecían fundirse en un único destino. Nunca antes había visto el mar tan azul, tan prometedor. Había caído en la cuenta de que era la primera vez que navegaba sin una cadena invisible atada a sus pies. Era la primera vez que el mar no se sentía como un enemigo silencioso o un recordatorio constante de las deudas que cargaba. Ahora era solo eso: el mar. Amplio, libre, y suyo para explorar.

El mundo era tan vasto, tan lleno de posibilidades, que por primera vez podía imaginarse a sí misma cartografiándolo todo, creando el mapa más detallado y hermoso que jamás se hubiera visto.

Y, sin embargo, había momentos, especialmente en la quietud de la noche, cuando esa ligereza parecía evaporarse. Era como si la oscuridad trajera consigo las sombras de todo lo que había dejado atrás. Las noches recientes no habían sido del todo tranquilas. Las imágenes de Arlong y su risa cruel aún invadían sus sueños, mezclándose con escenas de la aldea y las miradas de su madre. En esas pesadillas, el peso volvía, opresivo e ineludible, recordándole lo cerca que estuvo de no escapar.

Las pesadillas habían comenzado desde el primer día que se alejaron de Cocoyashi. Se despertó con el corazón acelerado y las manos temblorosas, con las imágenes grabadas en la retina: los gritos de los aldeanos, casas ardiendo, la risa de Arlong resonando en su mente como un eco inquebrantable.

Había tratado de restarles importancia. Pensó que se debían al cansancio, a la tensión acumulada o, tal vez, al cambio abrupto en su vida. Sin embargo, las imágenes seguían regresando, como olas persistentes que nunca dejaban de golpear la orilla. Cada noche, al cerrar los ojos, las pesadillas tomaban forma, y la libertad que había comenzado a saborear durante el día parecía desvanecerse bajo el peso de esos recuerdos.

Le avergonzaba la idea de que alguien lo notara. Después de todo, ellos habían derrotado a Arlong y liberado a la aldea. Todos habían arriesgado sus vidas para acabar con una amenaza que ella sola no pudo derrotar en años. ¿Qué dirían si supieran que, incluso ahora, cuando todo había terminado, seguía atrapada en el pasado? No quería que la vieran como alguien débil o incapaz de dejar atrás sus demonios.

Intentaba actuar como si nada estuviera mal, aunque había noches en las que volver a conciliar el sueño después de una pesadilla se sentía imposible y permanecía despierta, con el corazón todavía latiendo con fuerza y los ojos fijos en la penumbra de la habitación, luchando contra las imágenes que aún persistían en su mente.

Sabía que no podía seguir así indefinidamente. Durante el día, el agotamiento la alcanzaba en momentos inoportunos, más de una vez había sentido sus párpados pesados mientras escuchaba las habituales discusiones de la tripulación. Por suerte, nadie parecía haberse dado cuenta todavía, pero la preocupación comenzaba a instalarse en ella. ¿Qué pasaría si su propio cuerpo la traicionaba?

El vaivén constante del barco debería haber sido suficiente para adormecerla, pero pronto se hizo claro que pasaría otra noche en vela. Había intentado mantenerse inmóvil, esperando que el cansancio eventualmente la venciera, pero cada vez que cerraba los ojos las mismas imágenes regresaban: la mirada burlona de Arlong, los gritos de los aldeanos, el peso de las cadenas invisibles que había cargado durante tanto tiempo. Por más que intentaba evitarlo, volvía a sentirse como una niña atrapada cada que el sueño empezaba a envolverla.

Soltó un suspiro frustrado y se giró una vez más en la cama. La manta le parecía demasiado caliente, luego demasiado fría. Al final, aceptó la derrota y se sentó. Sus pies tocaron el suelo de madera, fresco bajo su piel descalza, y se pasó una mano por el cabello antes de levantarse.

Si el sueño no llegaba, al menos podría beber algo caliente para tranquilizarse.

La cubierta estaba envuelta en un silencio absoluto. La luna proyectaba su luz plateada sobre las velas y la barandilla, y una suave brisa movía el timón de lado a lado. Zoro, quien se suponía que estaba de guardia, había decidido que el nido de cuervo era más cómodo de lo que parecía y dormía profundamente, su ronquido apenas audible desde abajo.

Nami sonrió para sí misma, negando con la cabeza. "Debería habérmelo imaginado."

Entró a la cocina, la habitación ligeramente iluminada por los rayos de luna, podía escuchar suave tintineo del mar golpeando el casco. Sin molestarse en encender las luces caminó con cuidado a la alacena, buscando la tetera que usaban para calentar agua.

Un ruido suave pero distintivo captó su atención. Un ligero chirrido, seguido por el sutil golpe de una puerta cerrándose con cuidado. Entrecerró los ojos, su curiosidad despertándose.

—¿Quién anda ahí? — preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

Del rincón más oscuro de la cocina, una silueta familiar se congeló al ser descubierta. El leve brillo de la luna reveló un rostro conocido, con una sonrisa inocente y despreocupada, como si la escena no tuviera nada extraño.

—¡Nami! —exclamó Luffy, tratando de sonar casual mientras escondía algo detrás de su espalda.

Ella cruzó los brazos y dio un paso al frente, con una ceja alzada. —Luffy... ¿Qué estás haciendo aquí?

—Nada—respondió rápidamente, desviando la mirada intencionalmente.

Nami dejó escapar un suspiro, encendiendo la lámpara de la mesa para iluminar mejor el lugar. Ahí estaba su capitán, con un pedazo de carne del tamaño de su cabeza asomándose torpemente detrás de su espalda.

—Déjame adivinar—dijo, señalando la carne—. ¿Intentabas robar comida otra vez?

—¡No es robar si es nuestra! — dijo para defenderse —¡Tú también querías comer!

Nami lo miró incrédula, negando con la cabeza. —Yo solo quería un té, no saquear la despensa en mitad de la noche, Luffy.

Él alzó la carne como si fuera un trofeo y la examinó con ojos brillantes. —¡Pero esto es mucho mejor que un té!

Ella suspiró, demasiado cansada para protestar. —Sanji te va a colgar del mástil cuando note que falta.

Luffy se encogió de hombros con total indiferencia, dando un enorme mordisco al trozo de carne. Nami apretó los labios, notando que discutir con él era tan inútil como intentar detener el mar. En su lugar, se volvió hacia la tetera, que empezaba a emitir un leve silbido. Mientras vertía el agua caliente en su taza, escuchó el crujido de la madera cuando Luffy se sentó despreocupadamente en una de las sillas de la cocina.

Nami removía el agua suavemente, aunque podía sentir la mirada de Luffy sobre ella, mientras comía en silencio. La fragancia del té llenó el aire. Sin embargo, la sensación de ser observada no la dejaba en paz. Luffy nunca había sido de los que se quedaban callados mucho tiempo, por eso, que se mantuviera tan tranquilo la ponía nerviosa.

Finalmente, no pudo más. Se giró ligeramente, encontrándose con los ojos de Luffy, que la observaba con una intensidad inusual.

—¿Qué? —preguntó, sin poder evitar levantar una ceja.

—Estás rara hoy—dijo Luffy con la misma franqueza de siempre, pero sin la habitual sonrisa despreocupada.

—¿Por qué lo dices? —respondió con cautela, volviendo a enfocarse en su taza.

—No sé—murmuró Luffy, rascándose la nuca—. Normalmente ya me habrías gritado por esto. O intentado lanzarme algo.

Nami se detuvo, con la cuchara inmóvil en su mano. Su primera reacción fue negar, como si el comentario no tuviera peso. Pero al mirarlo, se dio cuenta de que realmente estaba preocupado.

—Supongo que estoy demasiado cansada para pelear contigo—admitió con una sonrisa forzada, tratando de restarle importancia.

—¿Cansada por qué? —insistió, ladeando la cabeza como siempre hacía cuando algo no le cuadraba.

Ella dudó. Había aprendido que Luffy podía ser sorprendentemente perspicaz cuando se trataba de sus nakamas. Aunque su lógica no siempre era convencional, tenía una habilidad especial para notar cuando algo estaba mal.

—Solo, no he podido dormir muy bien, eso es todo.

Nami evitó la mirada de Luffy, enfocándose en las sombras que la luz de la lámpara proyectaba sobre la mesa. No quería decir más, no quería sonar débil. Era absurdo, ¿verdad? Arlong estaba derrotado, su aldea era libre, y ella estaba navegando hacia su sueño. Entonces, ¿por qué esas imágenes seguían persiguiéndola cada vez que cerraba los ojos?

Luffy se quedó en silencio por un momento, algo poco común en él. Pero Nami sabía que no lo dejaría pasar.

—¿Tienes pesadillas? —preguntó, directo como siempre.

Ella apretó los labios, queriendo negarlo al principio, pero una parte de ella sabía que era inútil mentirle. Luffy siempre encontraba la verdad, incluso si no entendía del todo por qué las cosas eran como eran.

—Es tonto, ¿no? —admitió en un murmullo—. Sé que Arlong ya no puede hacerme nada, pero cada vez que cierro los ojos...—se detuvo, soltando un suspiro frustrado—. Es como si volviera a estar ahí. Atada. Inútil.

Luffy la miró, y aunque sus ojos oscuros solían reflejar una simplicidad infantil, ahora había algo más profundo en ellos. No dijo nada de inmediato, solo se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos en la mesa.

—No es tonto—dijo con una firmeza inesperada, su voz tranquila pero cargada de convicción—. Luchaste contra él mucho tiempo. Es normal que siga molestándote.

—¿Y qué puedo hacer? —preguntó Nami, su tono más amargo de lo que había planeado. Era como si decirlo en voz alta hiciera que la impotencia se sintiera más real.

Luffy frunció el ceño, claramente pensando. Su cara rara vez reflejaba preocupación, pero ahora tenía esa expresión determinada que solía mostrar antes de enfrentarse a un enemigo.

—No puedo pelear contra tus pesadillas—dijo finalmente, con una honestidad tan simple que dolía—. Pero puedo quedarme contigo. Si las pesadillas vuelven, no estarás sola.

Nami parpadeó, sorprendida por su respuesta. Su primer instinto fue rechazar la oferta; no quería que la viera así, vulnerable. Pero había algo en su tono, en la manera en que lo había dicho, que hacía imposible ignorarlo. Luffy no era el tipo de persona que decía algo sin intención de cumplirlo.

—¿Y qué harías si me quedo despierta toda la noche? —bromeó, intentando aliviar la tensión.

Luffy se encogió de hombros con su típica despreocupación, aunque su sonrisa tenía un toque cálido. —Entonces no dormiremos. Puedo quedarme contigo hasta que salga el sol.

Nami dejó escapar una suave risa, bajando la mirada hacia su taza de té. Había algo reconfortante en la forma en que Luffy lo hacía parecer tan sencillo. El ambiente en la cocina pareció suavizarse, como si el peso que había cargado Nami se disipara un poco con sus palabras.

Compartir su secreto no había resultado tan aterrador como temía. En lugar de sentirse expuesta, se sentía entendida. Y, sobre todo, no había visto juicio en los ojos de Luffy, solo esa firme convicción de que ella podía superar cualquier cosa.

Luffy se recostó en la silla, masticando lo que quedaba de su trozo de carne mientras la miraba. esa preocupación inicial que lo había hecho hablar había sido reemplazada por su confianza de siempre. Su sonrisa volvió a ser despreocupada, pero no del todo irrelevante. Era como si, al ofrecerse, hubiera decidido que la solución ya estaba en marcha.

—¿De verdad lo harías? —preguntó con un tono medio incrédulo, medio curioso—. ¿Te quedarías despierto toda la noche solo para asegurarte de que no esté sola?

Luffy asintió sin dudar, cruzando los brazos detrás de la cabeza mientras se balanceaba en la silla.

—Claro—respondió con la misma simplicidad de siempre.

Nami permaneció en silencio mientras sopesaba la oferta. Dudaba un poco, aunque sabía que no había garantía de que su compañía ahuyentara las pesadillas, la idea de no enfrentar sola esas sombras resultaba inesperadamente reconfortante. También estaba el detalle que no podía ignorar: pasar la noche junto a Luffy. La sola idea la escandalizaba un poco, aunque no lograba precisar exactamente por qué.

El tiempo navegando juntos ya la había acostumbrado a la forma de ser de Luffy, tan impulsiva y despreocupada. Sus constantes invasiones a su espacio personal habían dejado de incomodarla hace mucho. Era parte de lo que hacía a Luffy. Sin embargo, en ese momento, la situación parecía diferente.

Nami levantó la mirada lentamente hacia él. Luffy seguía balanceándose en la silla, su postura despreocupada, pero sus ojos la observaban con una seriedad que no esperaba. Fue entonces cuando se dio cuenta: no era solo un ofrecimiento, era una decisión. Para él, el asunto ya estaba resuelto.

—De verdad crees que con eso basta, ¿verdad? —dijo, entrecerrando los ojos, aunque su tono no tenía filo.

Luffy asintió sin dudar, con esa confianza inquebrantable que a veces podía resultar exasperante.

—Sí.

Nami soltó un suspiro. Estaba claro que no iba a convencerlo de lo contrario, pero aún tenía curiosidad.

—¿Por qué quieres ayudarme?

Luffy dejó de balancearse por un momento, inclinándose hacia adelante con los codos apoyados en la mesa. La determinación en su rostro era inconfundible.

—Porque soy el capitán—dijo, como si fuera la respuesta más obvia del mundo—. Y tú eres mi navegante.

Claro, eso era todo. A veces se sentía tonta por esperar una respuesta diferente, aunque no supiera exactamente por qué. Era típico de Luffy: resolver cualquier dilema con una lógica tan sencilla que parecía absurda. Lo observó unos segundos más, intentando encontrar algo más allá de esa simplicidad. Pero lo único que encontró fue la inquebrantable confianza que él tenía en ella, en su papel en la tripulación y en su capacidad para superar cualquier cosa.

Nami dejó escapar un largo suspiro, su mirada fija en la taza de té que sostenía entre las manos. Aunque las palabras de Luffy habían aliviado parte de la tensión, las dudas seguían ahí, latiendo en el fondo de su mente. No estaba segura de que su compañía fuera suficiente para ahuyentar las pesadillas o siquiera de que compartir ese momento con él fuera una buena idea. Pero, al mismo tiempo, la idea de enfrentar todo sola le parecía aún peor.

Finalmente, levantó la vista hacia Luffy, quien seguía observándola con esa mezcla de despreocupación y seriedad que solo él podía manejar.

—Está bien—dijo con voz más firme de lo que esperaba—. Pero con una condición.

Luffy ladeó la cabeza, intrigado. —¿Qué condición?

Nami tomó un momento para responder, sopesando sus palabras. No quería parecer vulnerable frente a los demás, tampoco quería generar un malentendido.

—Nadie más debe enterarse. No quiero que lo sepa la tripulación—dijo al fin, fijando sus ojos en los de Luffy. Su tono no admitía discusión, aunque por dentro temía que él no lo entendiera.

Luffy parpadeó, como si procesara la petición, y luego asintió con una sonrisa.

—Claro. Será nuestro secreto—dijo sin darle mayor importancia, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Nami se sorprendió por la facilidad con la que aceptó. Había esperado preguntas o, al menos, un intento de convencerla de que no tenía por qué preocuparse, pero Luffy simplemente lo dejó pasar.

—Gracias—murmuró, desviando la mirada otra vez hacia su taza.

—¿Entonces, vamos ahora? —preguntó Luffy con total naturalidad, ya empujando su silla hacia atrás para levantarse.

Nami parpadeó, desconcertada. Por un instante, no supo cómo reaccionar. Había accedido, sí, pero escucharle decirlo con tanta ligereza hizo que algo dentro de ella se revolviera.

—¿Ahora? —repitió, intentando ganar tiempo mientras procesaba la situación.

—Sí, dijiste que estás cansada, ¿no? —respondió Luffy con su sonrisa de siempre, como si fuera lo más obvio del mundo.

Nami lo observó, buscando algún atisbo de incomodidad o duda, algo que le indicara que él entendía lo... delicado que podía ser todo aquello. Pero no encontró nada. Por supuesto, era Luffy. Para él, todo parecía ser tan simple como decirlo y hacerlo.

—Es... es solo que... —empezó a decir, pero se detuvo, buscando las palabras adecuadas—. Es algo demasiado... personal.

Luffy parpadeó otra vez, claramente sin captar su punto.

—¿Por qué? Solo voy a quedarme contigo. No es gran cosa—dijo, encogiéndose de hombros.

Nami se llevó una mano a la frente, cerrando los ojos por un momento. ¿Cómo podía explicarle algo tan obvio sin sonar como si estuviera haciendo un drama de nada?

—Olvídalo—murmuró al final, bajando la mano con un suspiro. Miró hacia otro lado para no encontrar esos ojos que parecían desarmar todas sus objeciones con una simple mirada.

—Anda, vamos. —dijo tomando su mano para que se pusiera de pie — Te prometí que no estarías sola, ¿no?

Nami cerró los ojos un instante, soltando un largo suspiro. No había manera de discutir con él. Y, de alguna forma, la simpleza de su razonamiento lograba calmarla un poco, aunque seguía sintiéndose descolocada por todo aquello.

Finalmente, se levantó de su asiento, acomodándose el cabello con un gesto automático mientras lo seguía.

—Está bien, pero recuerda: nadie más debe enterarse —advirtió, más para reafirmarse a sí misma que para Luffy.

Él asintió sin darle mayor importancia. —Ya lo dije, es un secreto.

Mientras caminaban hacia la habitación de Nami, el sonido de sus pasos en la madera del Merry resonaba en el silencio de la noche. Ella mantenía la mirada al frente, tratando de calmar su mente que seguía analizando cada detalle de lo que estaba a punto de suceder. ¿Cómo llegó a aceptar algo tan ridículo? pensó, aunque hace tiempo había aprendido lo inútil que era ir contra corriente, cuando se trataba de la terquedad de su capitán.

Luffy bajó las escaleras de la habitación de Nami con la misma familiaridad que habría tenido al entrar en su propia recámara. No hubo titubeos, ni señales de que considerara que lo que hacía pudiera ser algo fuera de lo común. Nami, siguiéndolo a unos pasos de distancia, sintió que su incomodidad crecía. ¿Cómo puede ser tan despreocupado? pensó, aunque sabía que eso era precisamente lo que lo hacía tan único... y tan exasperante.

—¿Qué? —preguntó Luffy, notando su expresión.

—Nada... —contestó Nami, suspirando mientras cerraba la puerta detrás de ella. Es Luffy, se repitió por enésima vez, intentando convencerse de que no había nada extraño en todo aquello. Aun así, la incomodidad no desaparecía.

Luffy ya se había quitado las sandalias y estaba sentado al borde de la cama, con la misma despreocupación que tendría en la cubierta del barco. Se inclinó hacia atrás, y luego la miró con una sonrisa tranquila.

—¿De qué lado duermes tú? —preguntó, señalando la cama como si fuera un detalle menor.

Nami lo miró con incredulidad, cruzándose de brazos mientras intentaba mantener la compostura. ¿De qué lado? ¿Es en serio? Quiso reprocharle, pero simplemente negó con la cabeza y suspiró.

—Del que me dé la gana —respondió finalmente, con un tono más cortante de lo que pretendía. Caminó hacia un rincón de la habitación, quitándose la bata que había usado para salir a cubierta.

Luffy ladeó la cabeza, parpadeando como si no entendiera por qué su pregunta había sido un problema. Luego encogió los hombros y comenzó a acomodarse más hacia el lado izquierdo, dejando su sombrero sobre la mesita, aparentemente satisfecho con su elección.

—Entonces me quedo de este lado —dijo, tirándose hacia atrás y cruzando las manos detrás de la cabeza. Su despreocupación era tan grande que Nami no pudo evitar cerrar los ojos y tomar una respiración profunda, como si intentara calmar la corriente de pensamientos que le atravesaba la mente.

—Esto es absurdo... —murmuró para sí misma mientras apagaba la lámpara de la mesita. Es Luffy, no pasa nada. Es Luffy, no pasa nada, se repetía como un mantra.

Se sentó en la cama con movimientos deliberadamente lentos, tratando no prestar demasiada atención a su capitán, quien ya parecía estar completamente cómodo, como si el mundo entero no fuera más que un lugar donde podía dormirse en paz. Nami se recostó con movimientos calculados, girándose de lado con el rostro hacia Luffy. Aunque mantenía una distancia prudente, no pudo evitar fijarse en lo tranquilo que se veía. Sus rasgos estaban relajados, y sus ojos, abiertos, reflejaban la tenue luz que se filtraba por la ventana de la habitación.

Por un instante, se sintió cómoda en ese silencio. El balanceo del barco y el murmullo del océano parecían acentuar la quietud del momento. Pero entonces, sintió la mirada de Luffy fija en ella. Al principio, intentó ignorarla, esperando que él simplemente cerrara los ojos y se durmiera, pero la intensidad de su atención hizo que su corazón latiera un poco más rápido.

Finalmente, sin poder soportarlo más, frunció el ceño y susurró: —¿Qué?

Luffy, lejos de inmutarse, ladeó un poco la cabeza, como si estuviera reflexionando sobre algo. —Nada, solo te miro —respondió con total naturalidad.

Nami parpadeó, desconcertada por su respuesta tan directa, pero algo en su tono le quitó la intención de replicar. Antes de que pudiera pensar en cómo responder, Luffy agregó, con una sinceridad desarmante:

—Si no puedes dormir, yo tampoco voy a hacerlo.

Sus palabras la tomaron completamente por sorpresa. Nami lo miró fijamente por un instante, sin saber qué decir. ¿Por qué siempre hace esto? pensó, sintiendo que la pared que intentaba mantener entre ambos se tambaleaba un poco más.

—Eso es ridículo —murmuró, apartando la mirada y fingiendo acomodar las mantas—. Necesitas descansar.

—Tú también —replicó Luffy, sin moverse ni un centímetro de su posición. La determinación en su voz no admitía discusión.

Nami suspiró, intentando disipar el calor que subía a sus mejillas. Se giró ligeramente, buscando alejarse de la mirada de Luffy, pero la sensación de que él seguía observándola con una mezcla de curiosidad y paciencia hacía que sus pensamientos se arremolinaran sin control.

Finalmente, incapaz de soportarlo más, preguntó de nuevo:

—¿Qué?

—Nada —respondió Luffy aún con la mirada fija en ella, como si fuera lo más normal del mundo—. Pero no vas a poder dormir si no cierras los ojos.

La simpleza de su respuesta la descolocó. Apretó los labios, luchando contra la sonrisa que amenazaba con asomarse en su rostro. ¿Cómo lograba siempre decir algo tan básico y, al mismo tiempo, hacerla sentir tan extraña?

—Ya lo sé —respondió con un leve tono exasperado, mientras se arropaba un poco más—. Deja de mirarme y concéntrate en dormir tú también.

Luffy rio suavemente, un sonido breve pero genuino, y aunque no dijo nada más, Nami sintió cómo el ambiente se volvía un poco menos tenso.

Finalmente, Nami cerró los ojos, pensando en lo tonta que le parecía toda la situación. Sabía que le sería difícil dormir, su corazón seguía latiendo apresurado, y aún podía sentir la mirada de Luffy sobre ella, persistente y despreocupada.

Sin embargo, poco a poco, la quietud de la alcoba comenzó a colarse entre sus pensamientos. El cansancio acumulado del día, la respiración suave de su capitán, y ese ligero calor que él parecía irradiar, incluso a pesar de la distancia que los separaba, comenzaron a envolverla como un murmullo tranquilizador. Sin darse cuenta, ese pequeño arrullo la llevó al sueño, dejando que la incomodidad se disipara en el suave alivio del descanso.

Luffy se dio cuenta del momento en que Nami se quedó dormida, cuando su respiración se acompasó y su rostro se relajó por completo. Había pensado en seguir su propio consejo y dormir también, pero algo lo mantenía despierto, atado a esa imagen.

Nami, quien siempre tenía un comentario listo para mandarlos a todos a trabajar, que se enojaba con facilidad, pero también reía con ganas, ahora parecía completamente diferente. Relajada, más que nunca. Incluso cuando navegaban juntos en el pequeño bote, jamás la había visto así: tan indefensa, tan frágil.

La imagen onírica tenía algo fascinante, casi irreal. Luffy recordó los cuentos que Makino solía contarle cuando era niño, historias de seres etéreos que bailaban bajo la luz de la luna. Aunque no entendía bien por qué, algo en la forma en que Nami dormía, con la tranquilidad del momento envolviéndola, le recordó a esas hadas.

Por un instante, su cabeza simple y directa se detuvo en un pensamiento:

"Es bonita"

El pensamiento no llegó con claridad, sino como una chispa breve que lo hizo sonreír, y sin darle demasiadas vueltas.

Luffy no cerró los ojos. Aunque sabía que debía dormir, no podía apartar la vista de Nami. Había algo hipnótico en cómo su respiración tranquila parecía marcar el ritmo del silencio en la alcoba. Sin darse cuenta, perdió la noción del tiempo, inmóvil, contemplándola sin más razón que el simple hecho de que estaba allí, junto a él.

No supo por cuento se mantuvo así, pero se dio cuenta del cambio cuando Nami comenzó a moverse ligeramente. Sus cejas se fruncieron apenas, su respiración se tornó irregular, y su cuerpo, antes completamente relajado, se tensó. A pesar de estar dormida, era evidente que algo en su mente había cambiado, como si los recuerdos o el miedo se hubieran colado en sus sueños.

Luffy no sabía mucho de pesadillas, pero no necesitaba ser un experto para adivinar que Nami estaba asustada. Lo había visto antes, cuando hablaba de Arlong o cuando creía que nadie la miraba. Había algo familiar en esa expresión, incluso dormida, como si el peso de todo lo que había pasado siguiera persiguiéndola, negándole la paz.

No sabía si debía despertarla o qué hacer para ayudarla. Extendió una mano, deteniéndose apenas antes de tocarla. Por primera vez en su vida, dudó. Siempre había sido el primero en lanzarse al frente, el primero en actuar sin pensar, pero esta vez... algo lo detuvo.

No era el tipo de pelea que él sabía cómo enfrentar, no había un enemigo al que golpear ni una solución directa que pudiera aplicar. Solo estaba ella, atrapada en algún lugar que no podía alcanzar.

Su mano permaneció suspendida en el aire, temblando con la indecisión. Podía sentir el calor que irradiaba de su piel, la cercanía que parecía reducir aún más la distancia entre ellos. La duda era nueva, extraña, pero no incómoda. Había algo en ese instante que lo hacía sentir que, si rompía esa barrera, nada volvería a ser igual.

La mano de Luffy permanecía en el aire, como si el tiempo se hubiera detenido, cuando la escuchó murmurar su nombre.

—Luffy... —El sonido fue débil, casi como un sollozo escapando entre sus labios.

Por un instante, pensó que había despertado. Pero al mirarla de cerca, se dio cuenta de que seguía dormida. Su expresión seguía atrapada en aquella tensión, y su voz había sonado tan frágil que algo en su pecho se apretó.

Sin pensarlo más, Luffy dejó caer la mano, acariciando su mejilla con una suavidad que parecía ajena a él. Había enfrentado tormentas y enemigos feroces sin titubear, pero este gesto, esta simple caricia, fue lo más cuidadoso que había hecho en su vida.

—No pasa nada —susurró, su voz apenas un murmullo que rompió el silencio de la habitación—. Aquí estoy.

El movimiento pareció calmarla. El ceño fruncido de Nami se desvaneció poco a poco. Él no retiró su mano. La calidez de su piel bajo sus dedos era reconfortante de una forma que no comprendía del todo, pero no quiso romper ese pequeño vínculo que parecía haber calmado la tormenta en su sueño. Su pulgar se movió en un leve roce, casi imperceptible, trazando un círculo suave sobre su mejilla, como si con ese simple gesto pudiera asegurarle que todo estaba bien.

La respiración de Nami volvió a ser tranquila, y la tensión de su cuerpo desapareció por completo. Luffy la observó, incapaz de apartar la mirada. Ella, aún dormida, pareció inclinarse suavemente hacia su mano, como si en algún rincón de su subconsciente hubiera sentido el calor y la seguridad que él le ofrecía. El movimiento fue tenue, casi involuntario, pero suficiente para que Luffy sintiera un extraño nudo en el pecho, una mezcla de alivio y algo más, algo que no podía identificar.

Su pulgar dejó de moverse, detenido por esa pequeña acción que lo dejó inmóvil. No se atrevió a respirar, temiendo romper el hechizo que parecía envolverlos. Era extraño, pero no incómodo. Era como si esa cercanía, ese instante, fuera exactamente donde debía estar.

Un suave suspiro escapó de los labios de Nami, su expresión finalmente en paz. Luffy se quedó observándola, perdiéndose en los detalles: las pequeñas pecas apenas visibles bajo la tenue luz, la curva delicada de su nariz, la forma en que sus pestañas temblaban levemente, incluso en el sueño.

Era diferente a cualquier batalla que hubiera enfrentado. No había un enemigo, no había peligro, pero su pecho se sentía igual de agitado, como si ese instante fuera tan importante como cualquier otra cosa que había hecho antes.

Sin apartar su mano, murmuró nuevamente, casi para sí mismo:

—Todo está bien, Nami.

Luffy no supo exactamente en qué momento el sueño lo venció. El suave ritmo de la respiración de Nami, combinado con el susurro constante del océano y el calor que llenaba la habitación, terminaron por arrullarlo. Su mano permaneció cerca de ella, como si fuera un ancla invisible que le aseguraba que todo estaba en calma. Su último pensamiento antes de sucumbir al cansancio fue la imagen de su navegante, finalmente tranquila, con un tenue destello de luz lunar acariciando su rostro.

El Merry continuó balanceándose suavemente, acompañado por el crujido de la madera y el rumor de las olas, como un arrullo interminable que envolvía a ambos en una paz inesperada.

El amanecer llegó con delicadeza, tiñendo el cielo de tonos cálidos que se filtraron por la ventana de la habitación. Nami fue la primera en despertar. Parpadeó lentamente, sus ojos acostumbrándose a la luz tenue que iluminaba el espacio. Por primera vez en días, no sentía el peso de los recuerdos oprimiendo su pecho ni las sombras acechando en su mente. Se sentía en paz.

Se quedó recostada por un momento, saboreando esa extraña sensación de calma. Solo después de unos segundos se dio cuenta de la presencia cercana de Luffy. Giró la cabeza hacia él, encontrándolo dormido al borde de la cama, con una expresión inusualmente pacífica en su rostro.

Un leve sonrojo coloreó las mejillas de Nami al recordar cómo había terminado la noche anterior. Sabía que no debía sentir vergüenza —después de todo, no había sucedido nada extraño—, pero el solo hecho de que él se hubiera quedado ahí, simplemente porque ella lo necesitaba, hacía que una calidez inesperada floreciera en su interior.

Permaneció inmóvil, sin atreverse a moverse por miedo a despertarlo. Su mirada se posó en la mano de Luffy, aún extendida hacia ella, como si incluso en sueños buscara protegerla. Era un gesto simple, pero lleno de significado, y no pudo evitar sentir un nudo en el pecho al notarlo.

La luz del amanecer iluminaba suavemente el rostro de su capitán, acentuando su expresión relajada. Nami estudió cada detalle: la ligera curva de su sonrisa, como si estuviera soñando con algo alegre, las pequeñas cicatrices que cruzaban su piel, y su cabello revuelto que daba más la impresión de haber sido moldeado por el viento que por una almohada. Todo en él emanaba una calma contagiosa.

Con cuidado, sin hacer ruido, se giró un poco más hacia él, observándolo detenidamente. La noche anterior había sido extraña, pero también había sido la primera vez en días que había conseguido descansar. Luffy no había dicho mucho, pero sus acciones lo habían logrado todo. No había intentado "arreglarla", no había minimizado lo que sentía; simplemente se había quedado ahí, siendo él mismo. Y, de alguna manera, eso había sido suficiente.

Su mirada regresó a su mano. El simple hecho de que estuviera tan cerca, de que incluso mientras dormía pareciera querer asegurarse de que ella estuviera bien, la conmovía más de lo que quería admitir. Se preguntó si él sabía cuánto significaba para ella. Probablemente no. Luffy no era del tipo que reflexionaba sobre esas cosas, y tal vez eso era lo que lo hacía tan especial.

Un suave suspiro escapó de sus labios, y por un instante, consideró tomar su mano, solo para confirmar que ese calor reconfortante seguía ahí. Pero la idea la hizo dudar. No quería romper ese momento ni despertarlo con algo que podría parecer fuera de lugar. Había cosas que simplemente no debía hacer.

Luffy comenzó a moverse ligeramente, sacudiéndose el sueño mientras un bostezo escapaba de sus labios. Sus ojos se entreabrieron con la pereza de quien apenas está regresando a la realidad, y su mirada, todavía somnolienta, se posó en Nami, quien seguía recostada, observándolo con una mezcla de calma y cautela.

—¿Cómo estás? —preguntó él, su voz ronca por el sueño, pero cargada con esa honestidad directa que lo caracterizaba.

Nami parpadeó, sorprendida por la pregunta, aunque no dejó que la tomara desprevenida. Su mente repasó rápidamente cómo se sentía: ligera, tranquila, sin la carga opresiva que había estado soportando durante días. Era extraño admitirlo, pero la noche había sido diferente. Mejor.

—No tuve pesadillas —respondió finalmente, con un tono que intentaba ser casual, pero que no lograba ocultar del todo su alivio.

Luffy asintió levemente, como si ya lo supiera. No ofreció una explicación, ni comentó nada al respecto. Simplemente sonrió con esa despreocupación tan característica de él.

—Lo sé —dijo, encogiéndose de hombros como si fuera lo más obvio del mundo.

Nami lo miró con curiosidad, notando algo diferente en él. Había algo en su mirada, una leve sombra de cansancio que contrastaba con la energía habitual que siempre parecía irradiar. No era común verlo así, pero antes de que pudiera preguntar, él desvió la conversación con su típica ligereza.

—¡Sabía que estarías bien! Soy un gran capitán, después de todo —dijo, estirándose con un movimiento exagerado que lo hizo parecer despreocupado, aunque Nami no se dejó engañar del todo.

—Luffy... —empezó ella, con la intención de indagar más, pero se detuvo. Había algo en su expresión que la hizo reconsiderar. En cambio, se sentó lentamente, acomodándose el cabello y mirándolo con una pequeña sonrisa que parecía surgir casi por sí sola—. Gracias.

Luffy giró la cabeza, ladeándola ligeramente, como si el agradecimiento de Nami no tuviera mucho sentido. Su sonrisa despreocupada no cambió, pero había un leve brillo en sus ojos que traicionaba su aparente indiferencia.

—Te lo dije, no fue nada —respondió, encogiéndose de hombros y desviando la mirada mientras se rascaba la nuca—. Además, soy tu capitán. ¿Qué clase de capitán sería si no ayudo a mi navegante?

Nami lo observó por un instante, estudiándolo en silencio. Podía ver que realmente creía lo que decía, que, para él, quedarse con ella había sido tan natural como respirar. Antes de que pudiera responder, Luffy se inclinó hacia la mesita y tomó su sombrero, colocándoselo en la cabeza con su gesto habitual.

—Bueno, voy a desayunar. Seguro que Sanji ya está cocinando algo rico —anunció, levantándose con energía renovada y dirigiéndose hacia la puerta sin más preámbulos.

Nami asintió, aunque no hizo el menor intento por seguirlo.

—Ve tú. Yo me quedaré un rato más. Quiero cambiarme antes de subir —dijo, acomodándose el cabello con un gesto casual.

Luffy se detuvo en el marco de la puerta, mirándola con curiosidad por un breve instante. Sin embargo, no cuestionó su decisión, simplemente asintió.

—¡Está bien! Nos vemos arriba, Nami. ¡No tardes o no te dejaré nada! —exclamó con una risa despreocupada antes de desaparecer por el pasillo.

El sonido de sus pasos alejándose resonó en la habitación, y Nami se quedó sola, dejando escapar un largo suspiro mientras sus hombros se relajaban. Su mirada se desvió hacia la ventana, donde la luz del amanecer comenzaba a iluminar el horizonte. Había algo casi simbólico en ese nuevo día, como si fuera un recordatorio de que había superado la tormenta, al menos por ahora.

"No es buena idea que lleguemos juntos," pensó, cruzando los brazos mientras reflexionaba. No quería que nadie comenzara a hacer preguntas o malinterpretara lo ocurrido. Luffy había sido amable y le había ofrecido exactamente lo que necesitaba: compañía sin juicios. Pero la tripulación tenía el don de convertir los momentos más simples en temas de conversación interminables.

La cocina estaba llena del aroma de pan recién horneado y del característico olor a café que Sanji había preparado para acompañar el desayuno. El cocinero, con su elegancia habitual, se movía con fluidez entre los fogones, ajustando los últimos detalles de los platos que tenía preparados para la tripulación. El ambiente, tranquilo y rutinario, se rompió con la llegada de Luffy, quien irrumpió despreocupadamente, como siempre.

—¡Sanji! ¿Qué hay para desayunar? ¡Tengo hambre! —exclamó, tirándose en una de las sillas con su habitual entusiasmo.

Sanji giró la cabeza, mirándolo con una ceja alzada mientras seguía batiendo unos huevos con maestría.

Sanji no apartó la vista de lo que estaba cocinando, pero su tono fue notablemente más frío de lo habitual.

—¿Así que decidiste aparecer? —dijo, sin mirarlo todavía.

Luffy ladeó la cabeza, sin entender a qué se refería. —¿Eh? Claro que sí. Siempre estoy aquí para el desayuno.

Sanji dejó el sartén en el fuego y se volvió lentamente hacia él, cruzándose de brazos.

—¿Dónde estabas, Luffy? —preguntó, su tono tranquilo, pero cargado de intención.

El capitán parpadeó, desconcertado por la seriedad de la pregunta. —¿Yo? Uh... estaba... —comenzó, buscando una respuesta mientras la sonrisa despreocupada en su rostro flaqueaba.

—No estabas en la recámara esta mañana —añadió Sanji, dando un paso hacia él.

Luffy empezó a sudar ligeramente. Sabía que debía ser cuidadoso. Había prometido a Nami guardar lo ocurrido en secreto, pero su habilidad para mentir era prácticamente inexistente.

—¡Fui a entrenar! —dijo de repente, aunque desviaba la mirada intencionalmente.

Sanji lo observó con una ceja alzada, claramente incrédulo.

—¿Entrenar? ¿Tú? —preguntó con sarcasmo, inclinándose hacia él—. ¿Por qué no me dices la verdad, ¿eh? ¿Qué estabas haciendo?

Luffy comenzó a reír nerviosamente, agitándose en su asiento. —¡Te digo que estaba entrenando! Es importante mantenerme fuerte, ¿no?

Sanji estrechó los ojos, estudiándolo con intensidad.

—¿Y por qué pareces tan nervioso? —presionó, dando otro paso hacia él—. No eres exactamente conocido por levantarte temprano... y mucho menos para entrenar. Vamos, Luffy, puedes mentir mejor que eso.

Luffy rio nerviosamente, rascándose la nuca. —Jeje... bueno, eh... ¡quizá no fue entrenar exactamente! Pero... ¡no hice nada malo!

—¿Ah, no? Entonces explícame... —dijo lentamente, alargando las palabras mientras Luffy contenía el aliento—. ¿Por qué falta un pedazo de carne del refrigerador?

Luffy parpadeó, desconcertado, antes de que una sonrisa de alivio cruzara su rostro.

—¡Ah, eso! ¡Es que estaba deliciosa, Sanji! —dijo con entusiasmo, llevándose las manos a la barriga como si todavía saboreara el robo nocturno.

El cocinero lo miró con incredulidad, su expresión oscilando entre el enfado y la exasperación.

—¡Descarado! ¿De verdad lo admites así, sin más? —exclamó, llevándose una mano al rostro mientras se obligaba a respirar profundamente para no perder el control.

Luffy asintió con una sonrisa brillante, como si el comentario de Sanji hubiera sido un cumplido.

—¡Claro! ¡Era tu carne, después de todo! Siempre haces la mejor comida.

—¡Eso no lo hace mejor, idiota! —gritó el cocinero, claramente al borde de perder los estribos. Dio un paso hacia él, flexionando la pierna como si estuviera a punto de lanzarle una patada.

—¡Espera, espera, Sanji! —Luffy levantó las manos frente a él, todavía con una sonrisa nerviosa—. ¡Fue solo un pedazo pequeño!

Sanji bufó, su frustración llegando al límite mientras se preparaba para "enseñarle una lección" a su capitán. Justo en ese momento, la puerta de la cocina se abrió y Nami apareció, con su andar elegante y su expresión habitual de seguridad.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, su tono tranquilo pero lo suficientemente firme como para detener a Sanji en seco.

El cocinero giró la cabeza hacia ella, y todo rastro de enojo desapareció instantáneamente. Su postura se enderezó, y una sonrisa deslumbrante apareció en su rostro mientras olvidaba por completo a Luffy.

—¡Nami-swan! Buenos días, mi diosa. Justo estaba preparando un desayuno especial para ti. Todo hecho con amor y dedicación —canturreó, ignorando por completo el hecho de que segundos antes estaba a punto de golpear a Luffy.

Nami cruzó los brazos, observando la escena con una ceja levantada. Sus ojos se desviaron hacia Luffy, quien le devolvió una sonrisa amplia y despreocupada. Lo cierto es que era difícil no haber escuchado la ruidosa conversación en el pequeño barco.

—Espero que el desayuno esté listo pronto. Tengo hambre —dijo, tomando asiento mientras Sanji se apresuraba a servirle café con total devoción.

Luffy, aliviado por el cambio de atención, se dejó caer en su asiento con una risa suave, rascándose la nuca. Nami no dijo nada, pero al cruzar miradas con él, su expresión le dejó claro que había notado lo cerca que había estado de meterse en un problema mayor.

Sanji, mientras tanto, seguía volcado en atender a Nami, completamente olvidado de la carne desaparecida y de su promesa de patear a Luffy. El capitán se inclinó hacia Nami y susurró con una sonrisa cómplice:

—Sanji es fácil de distraer, ¿eh?

Nami soltó un suave suspiro y negó con la cabeza, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa se asomara en sus labios. —Idiota —murmuró, aunque había un tono de afecto en sus palabras que Luffy no dejó pasar.

La rutina en el Going Merry siguió su curso sin mayores interrupciones. El ruidoso desayuno con las típicas peleas por la comida, seguido de sus actividades diarias en el barco. Zoro roncaba en la cubierta, ajeno al bullicio; Usopp, preparaba proyectiles anticipándose a futuras peleas. Sanji, en la cocina, había vuelto a su ritmo habitual, canturreando mientras preparaba algo especial para Nami.

Luffy, en su posición favorita en la proa, se balanceaba hacia adelante y hacia atrás como si estuviera en un columpio invisible, lanzando carcajadas al aire con la despreocupación de siempre. El sol brillaba intensamente sobre el barco, el sonido del oleaje era constante, y una suave brisa impulsaba las velas hacia el horizonte.

Nami estaba sentada junto al mástil, trazando algunas anotaciones en sus mapas. Su expresión era concentrada, pero sus ojos parecían distraerse cada tanto, desviándose hacia el vaivén del capitán. Por un momento, se preguntó cómo podía actuar tan normal después de todo, pero rápidamente sacudió la cabeza. Era Luffy, después de todo; el concepto de "normalidad" con él siempre había sido un misterio.

—¡Nami! —gritó Luffy de repente, interrumpiendo sus pensamientos mientras se colgaba boca abajo desde el mascarón de proa como si fuera un mono. —¿Ya casi llegamos a la próxima isla?

Ella levantó la vista con una ceja arqueada, tomando aire antes de responder.

—Si no rompemos el rumbo, llegaremos al atardecer —contestó, volviendo a sus mapas. Su tono era profesional, como si nada más existiera.

—¡Genial! —exclamó Luffy, regresando a su posición y riendo con entusiasmo. —¡Espero que haya mucha carne!

Zoro abrió un ojo desde su posición recostada en la cubierta y suspiró. —¿Es lo único que piensas?

—¡Claro que no! También pienso en aventuras —respondió Luffy sin dudarlo, para luego reír nuevamente. Usopp lo respaldó de inmediato con un grito exaltado sobre cómo él lideraría la próxima gran misión.

La dinámica del grupo parecía inalterable, como si el momento de la noche anterior se hubiera disuelto en el aire. Nami lo agradecía, aunque no podía evitar sentirse un poco desanimada. Se suponía que esto era bueno, ¿verdad? Que todo siguiera como siempre.

El barco avanzaba, y con él, también lo hacía la vida en alta mar. Las pequeñas tensiones quedaban enterradas bajo el sol y el océano infinito, dejándose arrastrar por el ritmo de un día más entre los Sombreros de Paja.

-000-

Bueno, me encantaría saber sus impresiones de este capítulo, prometí azúcar, claramente se nota la influencia de otros destacados escritores de Lunami en este capitulo y como dije desde el principio de la historia me han inspirado mucho para añadir un poco más de este fic al repertorio, aunque claro, a mi manera.

Quiero agradecer a mi buen amigo SnakeJafar otro gran escritor de la plataforma por sus comentarios, (seis años tarde) siempre es bueno recibir retroalimentación positiva.

Falkner Zero, seguí tu consejo para reestructurar el capítulo 3, y siento que quedó muy bien así que gracias por tu comentario.

Luffy Ketchum, al igual que cada capítulo, tu feedback es bien recibido, gracias por mostrar aprecio a la historia, Astron, gracias por tomarte el tiempo de leer una historia que llevaba tanto tiempo abandonada, y lo mismo para LuHermida, saber que a pesar del tiempo la gente todavía disfrutan de la historia y del ship me ha motivado a continuar con esto.

En fin, le mando un fuerte abrazo a todos los que se tomaron el tiempo de leer, próximamente un proximo capitulo.