Capítulo 1: Preservando tu legado

El cielo rojizo de Vegeta ardía como si anunciara el destino inminente del planeta. Las tormentas de arena barrían el desierto en el que se podía observar una pequeña familia de un hombre, un niño y una mujer, que se habían ido poco a poco adentrando en el desierto de este planeta.

En el lado izquierdo de esa extraña figura triangular que se adentraba en el desierto, se encuentra un hombre perteneciente a la raza Saiyajin de estatura media-alta, musculoso y con una complexión atlética que reflejaba su vida como guerrero. Su piel es de un tono bronceado, característico de los Saiyajin que han pasado mucho tiempo bajo el sol, con una cicatriz prominente que cruza su mejilla izquierda en diagonal, un recordatorio de sus batallas pasadas. Su cabello negro, típico de su raza, es puntiagudo y desordenado, con un mechón que cae ligeramente sobre su frente, dándole una apariencia feroz y salvaje. Sus ojos son de un negro profundo, siempre cargados con una intensidad que refleja su determinación y su instinto de lucha y supervivencia.

Va vestido con una armadura amarilla, que era común de usar entre los miembros de la raza guerrera a la que pertenecía. La coraza tiene un diseño compacto, que le permite movilidad en combate, e incluye hombreras que terminan de manera puntiaguda, lo que refuerzan su apariencia aguerrida. Complementando su apariencia, llevaba muñequeras de color azul en cada brazo y sus fornidas piernas de guerrero se encontraban cubiertas por lo que parecía ser un pantalón de color azul. En los pies llevaba puesto un par de botas blancas, que terminaban con un diseño amarillo en la parte que debería cubrir los dedos estos. Enrollada alrededor de su cintura, se podía ver una cola de color marrón, característica de su raza, la cual se mueve ligeramente con cada paso, como si compartiera la tensión del momento.

El hombre camina con paso firme, cargando en una mano y por encima de su cabeza, una pequeña nave circular. La cápsula, diseñada para viajes espaciales, refleja en su ventana la luz de la estrella que daba vida a el planeta Vegeta, el cual ya se encontraba ocultando en el horizonte. Pese al peso de la nave, el Saiyajin no parece notarlo, avanzando como si todo su cuerpo estuviera impulsado por una fuerza mucho mayor que su musculatura: la determinación de proteger a su familia.

A su costado, iba caminando un pequeño de tres años, que parecía una copia idéntica a este, aunque con pequeñas diferencias. Su piel era suave y de color más blanco, indicadores de que aún no había iniciado el proceso para convertirse en un guerrero y el color de esta reflejaba que no se había encontrado tanto tiempo expuesto a la luz solar. Su traje, también presentaba pequeñas diferencias, ya que la armadura se extendía por cada lado de sus muslos y llevaba puesto una corta pantaloneta de color negro, y las muñequeras de color negro.

El niño caminaba con la cabeza gacha, y a pesar de su corta edad, parecía que se había dado cuenta de que ese día algo era diferente en la rutina diaria. Su padre había llegado de una de sus misiones y junto a su madre lo había despertado de su sueño en la capsula de crecimiento que había en su hogar, y aunque no le habían dicho nada, podía percibir un aire de preocupación y angustia en sus progenitores.

Finalmente, al lado izquierdo de esta figura triangular y al lado del pequeño, iba la madre de este, sosteniendo una bolsa con provisiones, observándo al hombre en silencio. Iba vestida en una armadura sencilla pero resistente. Su diseño, menos intrincado que el de otros guerreros Saiyajin, tenía un corte más suave y funcional, reflejando así su rol como trabajadora del centro de distribución de carnes del planeta Vegeta. Su traje, es de un verde oscuro con tiras doradas alrededor de sus hombros y acababa en una falda, la cual mostraba signos de suciedad, producto de los vientos que soplaban en el desierto al cual se había adentrado junto con su hijo y su esposo. Al igual que su esposo, la parte inferior de su cuerpo se encontraba cubierta por un pantalón de color azul oscuro y llevaba botas y muñequeras al igual que este, con la diferencia que las muñequeras eran de color rosado.

Su cola marrón, enrollada con cuidado alrededor de su cintura, temblaba ligeramente, delatando la angustia que llevaba por dentro en ese momento, desde el momento en que su pareja había vuelto a casa y le había dado una terrible noticia.

—Me parece que aquí esta bien. —dijo el hombre con tranquilidad, al mismo tiempo que se detenía y depositaba la nave espacial en el suelo del desierto.

—Entonces, vámonos. —respondió la mujer, dando un paso al frente. Su voz temblaba, pero trataba de mantenerse firme. —Tú, yo y Kakarotto. Subamos juntos a esa nave y encontremos un lugar en ese planeta Tierra, donde podamos empezar de nuevo.

El hombre negó lentamente con la cabeza. —Sabes bien que ese no es el plan que acordamos, Gine. —dijo con una dureza que buscaba ocultar el dolor en sus palabras. —Tú y Kakarotto se van. Yo me quedo aquí— respondió este, mientras tocaba un botón en un control remoto que había sacado de entre los pliegues de su cola, el cual hizo que la puerta de la nave espacial se comenzará a abrir.

Gine lo miró con incredulidad, sus ojos húmedos traicionando su intento de mantenerse fuerte. —¿Qué estás diciendo Bardock? ¡No puedes quedarte! Si tienes razón y Freezer ataca, no sobrevivirás.

Bardock bajó la mirada por un momento, volviendo a guardar el control entre los pliegues de su cola y luego apretó sus dos puños.—Lo sé. Pero mi lugar está aquí. Soy un guerrero. Siempre lo he sido. Mi propósito como guerrero siempre ha sido enfrentarme al enemigo hasta el final.—

—¡No digas eso! —Gine se acercó, su corazón latiendo con fuerza. —Kakarotto necesita a su padre, y yo… yo también.

Bardock tragó saliva, su máscara de dureza resquebrajándose. Dio un paso hacia ella, colocando una mano en su mejilla. —Gine… tú eres mi fuerza. Siempre lo has sido. —Sus palabras eran un susurro, cargadas de emoción. —Pero esto es algo que debo hacer.—añadió.

—Pero...—intentó replicar Gine, pero su esposó la interrumpió.—Escucha. Durante toda mi vida me la he pasado en el campo de batalla. Luchando. Sobreviviendo. Conquistando. Pero todo cambió cuando ustedes llegaron. Tú, Raditz y Kakarotto. Gracias a ustedes me di cuenta que no todo en la vida es destruir, sino también construir y proteger. Y contigo y los pequeños, en este poco tiempo que tenemos juntos, hemos construido una familia. Y esto es algo que quiero preservar.

Hizo una pausa, sus ojos desviándose hacia el pequeño que había estado observando la situación en silencio y como si comprendiera todo lo que se estaba diciendo, estaba empezando a sollozar.

Gine negó con la cabeza, con los ojos cada vez más llorosos. —No quiero perderte, Bardock. Por favor… ven con nosotros. —súplicó, en un último intento de que el hombre cambiara de opinión.

Bardock respiró hondo, cerrando los ojos como si necesitara un momento para armarse de valor y explicarle sus verdaderas razones de porque quería quedarse. Volvió a abrirlos y miro fijamente a su esposa.— Dudo mucho que los tres entremos en esa nave, y además, necesitarán una distracción en caso estén vigilando los alrededores del planeta por si alguna nave quiere salir de este. Tengo que hacer esto Gine, por el futuro de nuestra familia.

Gine apretó los labios, luchando por encontrar las palabras, pero todo lo que logró fue un sollozo ahogado. Finalmente, se lanzó hacia Bardock, abrazándolo con fuerza. Él correspondió el gesto, dejando que sus emociones se derramaran por un instante antes de apartarse.

—Suban ya a la nave.—dijo Bardock. Su esposa, con las lágrimas que se le comenzaban a derramar por su hermoso rostro, levantó al pequeño que finalmente había comenzado a llorar a todo pulmón y entró a la nave espacial, sentándose en el único asiento disponible, con el pequeño en su regazo.

Bardock volvió a sacar el control remoto de entre su cola y apretó un botón, con lo cual la puerta de la nave espacial se comenzó a cerrar.

—¿Qué será de nosotros? —llegó la voz Gine tras una pausa, ahogada por el ruido de la puerta de la nave espacial que en ese momento se había cerrado y los llantos del pequeño, que iba en su regazo.

Bardock le dirigió la mirada, sonriendo. —Estarán bien—respondió. Y puso la mano izquierda fuertemente sobre la ventana de la nave, lo que hizo que Kakarotto dejara momentáneamente de llorar para mirar con ojos llorosos a su padre, al igual que lo estaba haciendo su madre en ese momento.

—Kakarotto—dijo, dirigiéndose a su hijo—.Tienes el corazón de tu madre y tienes sangre de una raza guerrera corriendo por tus venas, se fuerte, hijo—. Luego, alzando ligeramente la mirada, se dirigió a Gine— Gine, Nunca he sido bueno expresando lo que siento, pero tú… tú me hiciste querer algo más que la batalla. Prométeme que no te rendirás, se que siempre te has cuestionado ser una guerrera, pero dentro de ti hay una fuerza que supera cualquier barrera, solo tienes que creer en ti. Cuida de Kakarotto… Enséñale a pelear, a ser fuerte, pero, sobre todo, enséñale a ser mejor de lo que nosotros fuimos. Sé que lo lograrás." Y no te preocupes por Raditz, se que lo encontrarás y cuando lo hagas, dile de mi parte que lamento no haber pasado más tiempo con él, pero que siempre estuve orgulloso de lo fuerte que es.

—¡Bardock, no te olvidaré jamás!— exclamó Gine, con el corazón roto en pedazos. Y su hijo, como compartiendo los sentimientos de su madre, puso su mano derecha en la ventana espacial, de manera que parecía que estaba tocando la mano que su padre estaba apoyando en esta, a pesar de el vidrio de la ventana que los separaba en ese momento.

Bardock no dejaba de sonreír, sabiendo que por una vez en la vida, estaba haciendo lo correcto. Saber que su esposa y su hijo menor iban a sobrevivir a la amenaza que parecía cernirse sobre el planeta, lo llenaba de esperanza y paz.

—Cuidense mucho.— dijo Bardock.

Había llegado el momento de iniciar el despegue de la nave.

—¡Bardock, prométeme algo!—exclamó de pronto Gine entre lágrimas.

—¿Qué es, Gine?—preguntó este.

—Prométeme. que si logras sobrevivir, nos encontraras. Promételo.

Bardock, a pesar de que sabía lo absurdo que sonaba lo que le estaba pidiendo su esposa en ese momento, asintió lentamente, su mirada fija en ella como si quisiera grabar cada detalle de su rostro. —Lo prometo. Pero si no llegará a ocurrir, tu también prométeme algo.

—¿Qué cosa?—preguntó Gine, casi sin voz, producto de las emociones del momento.

—Que ustedes sobrevivirán y serán libres.— dijo. En ese momento levantó ligeramente el brazo con el que agarraba el control remoto, disponiéndose a apretar el botón de despegue.

—Lo prometo Bardock.—respondió Gine. Bardock apretó el botón mientras que bajaba la mirada hacia su hijo, que estaba comenzando a llorar nuevamente.

"Se fuerte Kakarotto, tu mamá y tu hermano te necesitan"—pensó, mientras la nave despegaba lentamente del suelo, hacia un cielo que se había teñido de color azul.— "Y ahora, solo queda una cosa más por hacer", — dándose la vuelta, emprendió el vuelo en una dirección opuesta a la que estaba tomando la nave espacial en la que viajaban su esposa y su hijo.

El sacrificio de Bardock

En la atmosfera del planeta Vegeta, se encontraba flotando Bardock, rodeado por un enjambre de soldados del ejercito de Freezer. Había derribado a tantos como pudo, pero sabía en el fondo que esto no cambiaba nada el resultado de lo que se venía. Dirigió la mirada hacia una gigantesca nave espacial que se encontraba flotando unos cuantos cientos de kilómetros de donde el se encontraba.

—¡FREEZER!— rugió, como si su voz pudiera romper la barrera de la distancia y la ausencia de sonido en el espacio y llegar a los oídos del tirano.

En ese momento, no muy lejos de ahí, una pequeña nave se alejaba del planeta Vegeta. En ella, se encontraba Gine, que pese a la distancia, le pareció detectar movimiento en la atmosfera del planeta Vegeta. Sostenía a Kakarotto con fuerza mientras este lloraba desconsolado, como si comprendiera lo que estaba a punto de ocurrir.

Bardock, presentía que se aproximaba el momento final. Gracias a las luces brillantes que desprendía la nave espacial de Freezer, podía ver lo que ocurría ahí y en ese momento vio que un pequeño punto se elevaba por encima de la nave y sabía que este debía tratarse de Freezer. De pronto una bola de energía de color naranja como el sol apareció por encima de este y comenzó a crecer con una rapidez asombrosa hasta alcanzar el tamaño de una Luna pequeña y se comenzó a dirigir hacía el planeta Vegeta.

Este era el momento. Freezer había lanzado su ataque Supernova sobre el planeta Vegeta. "¡Esto es por mi raza! ¡Por mi familia! ¡POR MI FUTURO!" pensó, mientras cargaba todo su poder en su mano derecha y agarrando con su mano izquierda su brazo derecho, lanzaba su ataque hacia la inmensa bola naranja de energía que se aproximaba hacia el y su planeta.

Mientras la nave espacial en la que viajaba, se iba alejando más y más de el planeta Vegeta, Gine observaba aterrada como una bola inmensa de energía de color naranja se aproximaba a su hogar. Al mismo tiempo, vio como desde la atmósfera del planeta Vegeta, un ataque de energía salía al encuentro de esta, como una luz brillante en medio de la oscuridad del espacio. Y aunque no le había dicho exactamente cual era su plan para distraer al ejercito de Freezer, sabia que esa luz en medio de las tinieblas le pertenecía a su esposo, Bardock.

—¡Bardock! —gritó a todo pulmón, Gine, sus ojos llenos de lágrimas. No se había percatado que dentro de la nave, ya no se oía los llantos de su hijo, que se había desmayado de tanto llorar.

Las dos energías colisionaron por un momento, pero la Supernova de Freezer comenzó poco a poco a devorar su ataque, mientras continuaba su paso hacía el planeta Vegeta. Bardock apretó los dientes, poniendo todo lo que le quedaba en el ataque. "Así que este es el final," pensó, mientras sentía cómo su energía comenzaba a flaquear. "Pero por primera vez, no estoy luchando por mí. Estoy luchando por ellos. Por Gine. Por Kakarotto. Por Raditz." Y eso lo llenaba de paz.

La Supernova lo alcanzó, envolviéndolo en un calor abrasador. En ese momento su último pensamiento fue para su familia.

"Sobrevivan. Sean libres. Ustedes son mi legado."

Gine observó cómo la esfera de energía penetraba la atmósfera y se hundía en la superficie del planeta Vegeta. Todo sucedió en un instante, pero para ella, el tiempo parecía haberse detenido. El brillo cegador del impacto iluminó el espacio, seguido de una explosión que pareció desgarrar la inmensidad del cosmos.

El rugido del estallido resonó en su mente, aunque en el vacío del espacio no llegaba sonido alguno. Su corazón, desbordado por el dolor, latía con una intensidad que parecía consumirla. Su cuerpo temblaba, incapaz de procesar lo que acababa de presenciar: la desaparición de su hogar y, con ello, la muerte del hombre que había amado.

Mientras las lágrimas rodaban por su rostro, la nave en la que viajaban tomó mayor velocidad. El leve zumbido del motor llenó el pequeño espacio mientras este avanzaba rápidamente hacia lo desconocido, surcando la inmensidad del espacio. Gine intentó mantenerse consciente, aferrándose a su hijo, pero la combinación del dolor y el agotamiento resultó abrumadora.

—Bardock... —murmuró débilmente, su voz apenas un susurro que se perdió en el eco metálico de la nave.

Con sus últimas fuerzas, echó una última mirada hacia el brillo distante de la explosión, ahora apenas visible a lo lejos. Sus párpados, pesados como nunca antes, finalmente cedieron, y Gine perdió el conocimiento.

La nave continuó su curso, alejándose a toda velocidad de la destrucción total. La inmensidad del espacio los envolvió, mientras los restos del planeta Vegeta se dispersaban como polvo de estrellas.

La llegada a la Tierra

Una semana después, la nave de Gine descendió suavemente en un claro, en medio de un bosque denso. La quietud de la noche rodeaba el entorno. El aire, fresco y puro, contrastaba profundamente con la atmósfera opresiva de Vegeta. Gine salió de la cápsula cargando a Kakarotto, quien babeada ligeramente, aún dormido

El suelo bajo sus pies era blando, cubierto de hierba húmeda y hojas caídas. Gine miró a su alrededor, notando cómo el bosque parecía latir con una serenidad desconocida para ella. Todo estaba quieto, salvo por el leve crujido de las ramas y el murmullo del viento. Por primera vez en mucho tiempo, no había gritos, explosiones, ni órdenes. Solo silencio.

Por un momento, sus piernas temblaron, y sintió el impulso de caer de rodillas. Pero un ronquido suave de Kakarotto la devolvió al presente. Miró al niño en sus brazos, su cabello ondeando producto de la suave brisa que los rodeaba, y supo que ahora no podía permitirse rendirse.

—Estamos lejos, Bardock… tan lejos. —susurró, su voz quebrándose mientras miraba hacia el cielo nocturno, como si pudiera ver el lugar donde su mundo había sido destruido. Una lágrima resbaló por su mejilla, pero rápidamente la limpió. —No sé si fue la decisión correcta, pero aquí estamos. Por ti… por Kakarotto.

Miró a su hijo, acariciándole suavemente el cabello desordenado. "Él confió en mí para mantenerlo a salvo. Para proteger lo que más amaba. No puedo fallarle ahora."

La nave había activado el hipersueño automáticamente tras detectar los latidos de sus corazones. Aunque ella había estado fuera de sí la mayor parte del tiempo, el viaje en hipersueño había permitido que sus cuerpos descansaran, y ahora su mente comenzaba a despejarse, como si el tiempo transcurrido fuera solo un sueño.

Gine cerró los ojos por un momento, recordando la promesa que le había hecho a Bardock, tendrían que sobrevivir. Y Aunque su cerebro le decía que no volvería a verlo, su corazón se negaba a aceptar esa realidad. Se aferró a la esperanza de que, de alguna manera, Bardock había sobrevivido y volvería a ellos.

—Lo que sea que venga, lo enfrentaremos juntos, Kakarotto. Tú y yo. Y algún día… algún día encontraremos a Raditz. —La mención del nombre de su hijo mayor hizo que un dolor sordo atravesara su pecho. Se preguntaba si él había sentido algo, si había mirado hacia el cielo y comprendido lo que estaba sucediendo. —Él es fuerte… como su padre. Sobrevivirá. Lo sé.

Kakarotto en ese momento se despertó y soltó un largo bostezo. Gine dejó escapar una sonrisa suave, con la tranquilidad de saber que tanto su hijo como ella estaban bien.

De repente, un ruido entre los árboles llamó su atención. Gine se tensó, instintivamente colocando a Kakarotto en el suelo y metiéndolo detrás de ella, lista para defenderse de cualquier amenaza. Sin embargo, lo que emergió del bosque no fue un enemigo, sino un anciano de aspecto amable. Su cabello blanco y su postura firme, aunque relajada, contrastaban con la fuerza bruta que Gine había conocido toda su vida.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó con voz grave pero cálida, observándola con curiosidad. —¿Están perdidos?

Gine lo miró, notando la ausencia de agresión en sus palabras. Aún así, no bajó la guardia. Había aprendido, como cualquier Saiyajin, que la bondad podía ser una trampa. Sin embargo, algo en los ojos del anciano la desarmó, un tipo de bondad que no conocía.

—Soy… Gine. Y este es mi hijo, Kakarotto. —dijo, intentando mantener su voz firme, aunque sentía que la garganta se le cerraba. —Venimos de muy lejos.

El anciano asintió lentamente, mirando al pequeño que se escondía detrás de ella. —Bueno, parece que no tienen un lugar donde ir. —Su sonrisa se ensanchó, mostrando una calidez inusual. —Si lo desean, pueden quedarse conmigo. Tengo comida y un lugar donde pueden quedarse. Mi nombre es Son Gohan. Vivo no muy lejos de aquí.

Gine vaciló, mirando al hombre y luego al entorno. La idea de confiar en alguien tan desconocido le resultaba casi imposible. En ese momento tanto su estomago como el de su hijo rugieron y se acordó que hace días que no comían. Y en ese ambiente desconocido, no tenía idea de como conseguir una fuente de comida y de encontrarlo, no sabía diferenciar cual comida sería inofensiva y cual dañina para ella y Kakarotto. Quizá no era mala idea aceptar la invitación de aquel anciano. Gine apretó los dientes, recordando nuevamente la promesa hecha hacía Bardock.

Respiró hondo, y tomando nuevamente a Kakarotto entre sus brazos, asintió. —Gracias… Son Gohan. Y tomando de la mano a Kakarotto, comenzaron a seguir al anciano, que los guiaba hacia donde seguramente vivía.

Mientras lo seguía a través del bosque, Gine miró una vez más hacia el cielo estrellado. Aunque su corazón estaba lleno de dolor y dudas, había tomado una decisión: sobreviviría, no solo por la promesa hecha hacia Bardock, sino para honrar el sacrificio de este. Y cuando el momento llegara, encontraría a Raditz. Había perdido demasiado, pero aún tenía algo por lo que luchar.

—Bardock… —murmuró en voz baja, casi como una plegaria. —Nos reencontraremos, en esta vida o en la próxima. Te lo prometo. Y hasta entonces, haré todo lo que pueda para honrar lo que hiciste por nosotros.

Las estrellas parecían brillar más intensamente por un momento, como si el universo respondiera a su juramento silencioso.