La cenicienta equivocada

Prólogo

—¡Anda, Candy, hazlo por mí! —exclamó una impaciente rubia tomando entre sus manos nerviosas las de su prima.

—¡No! —fue la tajante respuesta de la otra joven mientras recuperaba sus manos—. Di que eras tú y ve con Brower a cumplir con el proyecto.

—No puedo hacer eso, Candy, lo sabes. Neal me mataría si se entera de lo que pasó en esa fiesta —imploró la rubia.

—En primer lugar, si se atreve a pensar si quiera en tocarte un solo pelo, se las verá conmigo —advirtió la rubia a la que llamaban Candy— y, en segundo lugar, no hubieras coqueteado con él en la fiesta. Además, no es la gran cosa, fue una ridícula fiesta de disfraces en la que, te aseguro, todos terminaron ebrios, nadie te culpará por haber…

—Casi besado a uno de los ejecutivos de la empresa —interrumpió—. ¡Sí, claro!

—¿No dijiste que nadie los había visto? —preguntó Candy— ¿y así quieres que yo asuma el papel de la Cenicienta? —reclamó la chica aún más convencida de negarse.

—Nadie nos vio, te lo aseguro, pero ve a saber qué ha estado diciendo él, parece muy interesado en saber quién era la mujer con que estuvo casi toda la noche.

—Te daré un sabio consejo que recibí una vez —dijo Candy divertida—: Tú hiciste la cama, ahora te toca acostarte con lo que hay en ella.

—¡Candy, eso fue hace años! Y ni siquiera sabía lo que quería decir, te lo juro.

—Susana, estás hecha un lío, te entiendo. Tal vez tomaste de más y no hay problema; coqueteaste con un hombre que te gustó en ese momento y él te correspondió, tampoco hay problema; casi lo besas, no hay problema; lo dejaste a media fiesta sin decirle quién eras… en la fiesta de la oficina… estando comprometida… y siendo…

—Subdirectora de Marketing —Susana enarcó una ceja dando a entender que sabía perfectamente en el problema en que estaba metida.

—Iba a decir prima del director general, pero tu puesto también es un punto importante.

—¡Candy, ayúdame! —imploró aún más—. Di que eras tú, te aseguro que no pasará a más. Sólo di que eras tú y vas con Anthony a los orfanatos a entregar los fondos recaudados en la gala y ya está. Todos olvidarán la desesperante búsqueda de Cenicienta.

Candy soltó una carcajada ante la desesperación de su prima, pero no cedió. Ella también trabajaba en la empresa Andley Decoration en el departamento de diseño y no estaba dispuesta a que todos la relacionaran, por el resto de su carrera, como la cenicienta que había huido de la fiesta anual de recaudación de fondos para los niños sin hogar y, que por semanas había sido buscada por su príncipe. Para ella lo mejor era decir la verdad, que fue Susana la que pasó la velada con Anthony Brower y aclarar que era una mujer comprometida y que aquella noche no significó nada; después de todo, todos eran adultos y, seguramente también tendrían sus trapos sucios de aquella noche.

Esto último lo sabía de primera mano, pues su compañera Patricia, también de Diseño, había aprovechado el tema de la fiesta de disfraces para acercarse a Stear, de Contabilidad, y plantarle semejante beso. Claro que lo de ellos era recíproco y ninguno estaba comprometido, pero eso Candy no se lo dijo a su prima.

—¿Y qué pasa si tu príncipe azul quiere algo más? —preguntó Candy— ¿qué pasa si esa incesante búsqueda es porque se enamoró de ti? —Susana hizo una mueca de incredulidad—. Peor todavía, ¿qué pasa si se da cuenta de yo no soy tú?

—¡Ay, por favor! —exclamó Susana—. Él estaba igual de borracho que yo, no se puede acordar de mí, y mucho menos, enamorarse, somos completamente incompatibles.

—Si eso fuera cierto no estaríamos teniendo esta conversación —añadió Candy.

—Está bien, no hay manera de convencerte, lo entiendo; pero tampoco hay forma de que yo me presente como Cenicienta, así que… —Susana recurrió a su última carta, el corazón de su prima—. Esos niños se quedarán sin fondos este año. La regla era clara, la pareja que tuviera más votos al final de la fiesta ganaría unos cuantos premios y entregaría lo recaudado a los orfanatos en persona. Sabes cómo son los de finanzas, si ven que nadie utiliza ese recurso, lo gastarán en otra cosa, tal vez lo inviertan en publicidad, mira que lo necesitamos para la última colección.

Candy le lanzó una furiosa mirada a Susana. Ella, al igual que toda la familia, le tenía un especial aprecio al proyecto de apoyo a casas hogar pues su abuelo, fundador de Andley Decoration, había sido adoptado de una de estas y toda su vida se había dedicado a ayudar casas hogar; primero, trabajando como carpintero en sus ratos libres en aquella en la que había crecido y, una vez fundada su empresa, creó programas de apoyo económico y laboral para niños y jóvenes huérfanos. Candy era la menor de las nietas Andley y había crecido en la misma casa que su abuelo, por lo que era la más cercana a él —y la más consentida— y había escuchado muchas historias buenas y malas sobre lo que pasaba con los niños sin hogar.

—Es un golpe muy bajo, Susana —dijo Candy, aunque no en serio, no podía guardarle rencor a su prima—. No te diré que lo haré… —El rostro de Susana se iluminó de esperanza—. Buscaré otra solución para salvar tu trasero y, en el remoto caso de que no la encuentre, diré que era yo la de la fiesta.

Susana la abrazó y besó muchas veces. Le prometió regalos, mimos y mil cosas más.

—Te debo la vida, Candy, te juro que después de esto puedes pedirme lo que quieras.