El departamento tenía un aire frío que el calentador apenas lograba disipar. Las luces del árbol de Navidad parpadeaban en una esquina, arrojando destellos cálidos que contrastaban con la tensión en el ambiente. En la mesa del comedor, los platos con una cena olvidada daban fe de una noche que había comenzado con mejores intenciones.
Rogue estaba junto a la ventana, inmóvil. La nieve caía constante, golpeando el cristal con un ritmo monótono que no lograba calmarla. Sus brazos cruzados formaban una barrera, como si intentara contener el torbellino de emociones que amenazaba con desbordarse. Sus ojos seguían fijos en la calle nevada, un escape momentáneo del hombre que estaba detrás de ella. Desde que Remy había llegado, evitaba mirarlo; Temía que un solo vistazo pudiera derrumbar su frágil autocontrol.
Remy permanecía detrás del sofá, inquieto. Sus dedos jugueteaban con el borde de su cabello mientras se frotaba el cuello, buscando las palabras correctas. Había vuelto de una reunión con los X-Men, reuniones que ahora eran solo para él, pues Rogue se había retirado temporalmente debido a su embarazo de cinco meses.
Cerca de la puerta, su gabardina seguía goteando, formando pequeños charcos en el suelo. El olor a nieve derretida y tabaco se mezclaba con el perfume que siempre le había gustado a su esposa, pero que ahora se sentía como una acusación silenciosa.
El silencio era insoportable para ambos, roto solo por el zumbido del calentador y el crujir del viento contra las ventanas. Remy sabía que tenía que decir algo, pero cada segundo que pasaba hacía que las palabras se sintieran más imposibles de pronunciar.
Remy inhaló profundamente, como si con ello pudiera encontrar las palabras adecuadas.
—Anna… ma colombe... —su voz, normalmente suave y aterciopelada, llevaba un peso que no podía ocultar. Aunque su acento cajún añadía calidez, esta vez sonaba forzado, casi incómodo.
Rogue no respondió al principio, pero sus hombros se tensaron. Respiró profundamente, captando de nuevo ese aroma extraño que había sentido desde que él llegó. Su ceño se frunció, pero no apartó la vista de la calle nevada. Remy volvió a llamarla, fue entonces que Rogue, al escuchar el sonido de su voz nuevamente, se giró bruscamente, haciendo que su cabello volara por un instante antes de caer sobre sus hombros como una cascada.
—¡No me llames así! —espetó, su tono cargado de furia y dolor. Sus ojos, normalmente cálidos, brillaban ahora con una intensidad que parecía atravesarlo.
Remy retrocedió un paso, levantando las manos en un gesto defensivo. Tragó saliva y bajó la mirada, intentando encontrar las palabras, pero solo logró emitir un quejido, moviendo los pies nerviosamente, como si estuviera listo para salir corriendo.
—Por favor… —murmuró, con un tono casi suplicante—. Sólo escúchame. Te estás alterando, y eso no es bueno para el bebé...
La reacción de Rogue fue inmediata, como si esas palabras encendieran una chispa en su interior. Sus hombros se tensaron aún más y su respiración se volvió rápida, entrecortada. Ese olor seguía ahí, tan claro como la sensación de traición. Su lucha interna era evidente: quería mantener el control, pero la furia la dominaba. Sus manos cayeron a los costados, los dedos cerrándose en puños, mientras sus labios se torcían en una mueca de incredulidad y rabia.
—¡No uses al bebé como excusa! —gritó, su voz resonando con fuerza en la habitación. Dio un paso hacia él, aunque su postura era desafiante, los temblores en sus manos revelaban lo difícil que le resultaba mantener esa fachada.
Remy desvió la mirada. Sostener los ojos de Rogue era imposible; esos mismos ojos que en otro tiempo lo desarmaban con ternura ahora eran dagas que lo atravesaban. Pasó las manos por su rostro, un gesto automático de frustración que no hacía más que subrayar su arrepentimiento.
—Sé que te prometí que no volvería a hacerlo… y lo arruiné… —murmuró, su voz quebrada bajo el peso de su culpa.
Rogue soltó una risa seca y amarga, sin rastro alguno de humor.
—¿Arruinarlo? —repitió, su tono cortante. Dio un paso hacia él, cruzando los brazos sobre su pecho. Sus ojos, empañados por las lágrimas que intentaba contener, brillaban con rabia. —¡Me mentiste, Remy LeBeau! ¿Crees que con un "lo arruiné" basta para arreglar esto?
Las palabras de Rogue lo hicieron retroceder. Volvió a tragar saliva y levantó una mano en un gesto torpe, como si intentara calmarla.
—Anna, yo... no quise… —comenzó, pero su voz se apagó ante la intensidad de su mirada.
Ella levantó una mano para limpiar con furia las lágrimas que, contra su voluntad, comenzaron a rodar por su rostro.
—Malditas hormonas —murmuró entre dientes, casi para sí misma.
El corazón de Remy se apretó, odiándose por hacer llorar a su mujer. Dio un paso hacia ella, con cautela, extendiendo una mano temblorosa.
—Por favor… déjame explicarlo…
Rogue lo miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—¿Explicarlo? —replicó con incredulidad, su voz temblando entre la rabia y el dolor. —¿Qué explicación podría cambiar lo que hiciste?
—Anna... —comenzó Remy, su voz una mezcla de súplica y arrepentimiento—. Fue una sola vez… ni siquiera sé por qué lo hice. —Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo aún más. Estaba desesperado por explicarle las cosas a su esposa. Movía los pies y frotaba sus manos una y otra vez, como si intentara borrar algo que solo él podía sentir. —Todo pasó tan rápido. Cuando me di cuenta, ya lo había hecho... pero no fue a propósito. Ni siquiera lo disfruté…
Rogue lo observó con los brazos cruzados. Respiró profundamente de nuevo, y el rastro persistente en el aire la golpeó con más fuerza. Sus labios formaron una línea fina mientras sus ojos lo atravesaban con una mezcla de incredulidad y decepción.
—¿No lo disfrutaste? —repitió con un tono gélido, sus palabras cayendo como un martillo sobre el frágil intento de disculpa de Remy. —¡No me importa si lo disfrutaste o no!
Aunque trató de mantener la firmeza en su voz, Rogue no pudo evitar que temblara ligeramente al final. La rabia que la sostenía parecía desgastarse con cada palabra, dejando al descubierto algo más profundo.
Remy bajó la mirada. Apretó los labios, ahogando cualquier excusa que pudiera empeorar las cosas. Pero el silencio era igual de insoportable, un abismo entre ambos que crecía con cada segundo que pasaba. Finalmente, el peso de su frustración lo hizo explotar.
—¡No quería hacerlo! —exclamó de repente, su voz más alta de lo que pretendía. Sus ojos se movieron instintivamente hacia su gabardina junto a la puerta, y Rogue notó el gesto de inmediato.
—Lo siento… —añadió, bajando el tono con rapidez al notar cómo Rogue se tensaba aún más. —No quise gritar, pero por favor entiende. Todo pasó tan rápido. Salí con Logan y los chicos a celebrar, y luego…
—¿Ahora vas a culpar a los demás? —lo interrumpió Rogue, sus palabras impregnadas de sarcasmo.
Remy levantó las manos, un gesto automático de defensa, como si pudiera bloquear las palabras que lo golpeaban.
—¡No! —respondió rápidamente, pero suavizó su tono casi de inmediato, buscando calmarla. —No, claro que no… sólo…
—¡Sólo nada! —lo espetó Rogue, avanzando hacia él con una intensidad que lo obligó a retroceder un paso. Sus palabras vibraban con fuerza reflejando su frustración. Con una mano sobre su vientre, en un gesto instintivo de protección, y la otra señalándolo, continuó —Me prometiste que habías terminado con eso. ¡Por nosotros, Remy! ¡Por el bebé!
La última frase resonó en la habitación. Remy bajó la mirada hacia el gesto de Rogue, sus ojos deteniéndose en la mano que cubría su vientre, y sintió cómo la culpa lo aplastaba aún más.
Rogue mantuvo la mano sobre su vientre, los dedos curvándose ligeramente sobre la tela de su camiseta en un gesto protector. Ese simple movimiento fue un puñal directo al corazón de Remy. Sus ojos rojos reflejaban una mezcla de culpa y desesperación, incapaz de sostener el peso del reproche.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó, con un tono gélido. —Que ni siquiera fuiste lo suficientemente cuidadoso para esconderlo.
Había algo más en el ambiente, un detalle que Rogue no podía ignorar. Cada vez que respiraba profundamente, sentía un rastro en el aire, un olor tenue pero inconfundible. Frunció el ceño, pero no dijo nada; su atención estaba fija en el hombre frente a ella.
—Ma colombe, no fue a propósito…—murmuró Remy, dando un paso hacia ella con cautela. Extendió la mano, como si el contacto pudiera borrar la distancia que los separaba, pero Rogue levantó la suya para detenerlo.
—No. No quiero escucharte y no quiero tocarte. —su voz era baja, casi amenazante.
Remy se detuvo, congelado en el lugar. Su mano, extendida a medio camino, cayó inerte a su lado. La distancia entre ambos, aunque física, se sentía infinita. El silencio que siguió era incluso más opresivo que los gritos de antes. Permaneció quieto, con las manos a los lados, mientras sus hombros caían, luciendo derrotado.
—Anna, por favor entiéndeme, sólo fue… —intentó decir, su voz apenas un susurro.
—¡Un cigarrillo! —gritó Rogue, completando la frase con una fuerza que resonó en todo el departamento, su voz rebotando en las paredes.
Remy cerró los ojos con fuerza, como si al hacerlo pudiera escapar de la furia de su esposa. Un largo suspiro escapó de sus labios, y sus hombros se hundieron aún más. Sabía que cualquier intento de justificarlo solo avivaría el fuego, pero no pudo quedarse callado.
—Me bañé antes de venir… incluso usé el perfume que tanto te gusta —dijo en un murmullo, casi para sí mismo, como si se regañara por no haber sido lo suficientemente cuidadoso.
Rogue lo miró con los brazos aún cruzados, pero su expresión endurecida empezaba a reflejar más incredulidad que enojo. Dio un paso atrás, alejándose aún más.
—¿Y creíste que eso iba a engañarme? —preguntó, su tono cargado de sarcasmo mientras señalaba hacia la gabardina húmeda que seguía goteando cerca de la puerta—. Apestas a humo, Remy.
Remy abrió la boca, buscando algo que decir, pero las palabras no llegaron. Sólo podía mirar mientras ella se daba la vuelta con un movimiento decidido. Sus pasos resonaron firmes sobre el suelo de madera.
Su cabello se movió con el giro, atrapando la luz tenue de la lámpara, y Remy, por un segundo, pensó que tal vez giraría hacia él, que habría algo más que decir. Pero Rogue no lo hizo. En su lugar, avanzó con determinación hacia la habitación.
Sin mirarlo, abrió la puerta y antes de cerrarla, dejando a Remy solo en el pasillo, su voz se alzó una última vez. Era una mezcla de sarcasmo y desdén.
—¡Y ni se te ocurra entrar a la habitación! ¡Hueles a cenicero ambulante!
La puerta se cerró de golpe, el sonido seco del marco resonando en el departamento como un golpe final. Remy dejó caer los hombros, como si las palabras de Rogue lo aplastaran.
Por un momento se quedó de pie, inmóvil, mirando la puerta cerrada. Finalmente, con pasos lentos y arrastrados, caminó hacia el sofá. Se dejó caer con un suspiro pesado, apoyando los codos sobre las rodillas y la cabeza en sus manos. Cerró los ojos, frotándolos con los dedos en un gesto de agotamiento. Permaneció así unos segundos, sin moverse, dejando que el silencio lo envolviera.
—Maldito Logan… tenía que encender ese puro justo al lado mío. — murmuró para sí mismo, con un tono que mezclaba frustración y resignación.
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Hola,
¡Feliz Día de los Inocentes! (al menos en México).
Quiero tomarme un momento para desearles un feliz fin de año y espero que el 2025 esté lleno de alegría para ustedes.
