Si, lo siento. Sé que es tarde y eso, pero el tiempo se me fue y bueno, mejor tarde que nunca...
Hagamos que es Navidad, ¿vale?
La Navidad Que Cambió todo
.
.
.
.
.
Navidad, Navidad, ¡dulce Navidad! Todo es alegría, aunque la maldad siga, ¡pero es Navidad! La nieve cae por aquí y también por allá, ¡es Navidad! Coloquen las luces y los regalos bajo el árbol, hagan un muñeco de nieve, ¡hay que festejar! Es Navidad, un momento de alegría para nosotros, ¡qué más da que la guerra siga y la crueldad esté por ahí! ¡Si no lo presenciamos, no nos importará ignorarlo!
El espíritu de la Navidad era vigente en Royal Woods, los niños estaban alegres, mientras que sus padres estaban estresados por preparar todo. Sin embargo, la calma llegó a la noche, porque era Noche Buena.
—¡¿Insinúas que no sé cocinar!? —preguntó enojado el señor Lynn a su hermano, Lance, mientras sostenía su regalo de Navidad.
Sí… todo lugar excepto en la casa de la familia Loud. Nada fuera de lo habitual con ellos.
Todo comenzó cuando el señor Lynn desató el papel de regalo que había recibido de su hermano, con una sonrisa expectante. Sin embargo, al descubrir un libro titulado «Introducción a la Cocina Europea: Recetas Clásicas para Principiantes», su expresión cambió de inmediato. Él no se lo tomó bien, estaba indignado, sintió que fue un ataque directo hacia él.
—¿Qué? —respondió Lance, encogiéndose de hombros, su mirada confusa—. Pensé que te gustaría. Te gusta cocinar, ¿no?
Lance estaba confundido por la reacción de su hermano, sabía que a él le gustaba cocinar, era un chef después de todo, por lo que le compró un libro de cocina… aunque eligió el primero que vio…
Tal vez estuvo mal, pero… ¡Su hermano estaba exagerando!
—«Recetas para principiantes» —le señaló la portada del libro con su dedo—. ¿¡Es en serio!? Soy un chef profesional, ¡por el amor de Dios!
Lance cruzó los brazos —incómodo—, desviando la mirada.
—¿Insulto? Solo pensé que podrías probar algo más simple, algo europeo. ¡Siempre estás complicándote con tus cenas!
El señor Lynn lo fulminó con la mirada.
—¡Mis platos son arte! Cada cena que preparo es una experiencia, no una receta sacada de un libro barato. ¡Esto es una burla!
—Exageras —respondió Lance, sin perder el control, pero con un tono que denotaba irritación.
—¿¡Yo exagero!?
—¡Sí! —Lance dio un paso hacia adelante, desafiándolo—. Te comportas como un niño. Es solo un regalo. ¿Por qué tienes que convertir esto en un drama?
Ambos se quedaron frente a frente, sus rostros a centímetros de distancia, mientras la tensión crecía como una tormenta en el horizonte.
—¿¡Yo me comporto como un niño!? —replicó el padre de once hijos, señalándolo con un dedo acusador—. Pensé que nos habíamos reconciliado la Navidad pasada, pero me equivoqué. ¡Sigues siendo el mismo! Siempre molestándome, burlándote de mí, sin respetar lo que hago. ¡No has cambiado!
Las palabras impactaron a Lance como un golpe, pero su orgullo lo mantuvo de pie. Sabía que el regalo había sido un error, pero admitirlo era otra cosa.
—¡Ah, por favor! —respondió finalmente con un sarcástico—. Tú eres el que nunca cambia, Lynn. Siempre haciéndote la víctima por cualquier tontería.
Sus esposas y sus hijos intentaron intervenir, pero era inútil; aquella frágil paz que habían construido el año pasado se rompió en mil pedazos.
Mientras la discusión entre Lynn y Lance escalaba, Lincoln y Shelby, hartos del caos, decidieron salir antes de verse atrapados en medio del conflicto.
La injusticia de la situación los enfurecía. Sabían que sus padres, por puro orgullo, no permitirían que sus familias volvieran a convivir como antes.
—¿Por qué tienen que comportarse como niños? —murmuró Shelby, con el ceño fruncido.
Lincoln asintió, compartiendo su enojo. No era justo que los rencores de los adultos arruinaran sus momentos juntos. En silencio, caminaron hacia el garaje, donde podrían pasar el rato tranquilos, lejos de los gritos y la tensión.
Entraron lo más silencioso posible, no querían llamar la atención de sus familias. El interior se encontraba completamente oscuro.
—Está muy oscuro… no veo nada —habló Shelby a lo que su primo activó la linterna de su celular, iluminando el lugar, pero de forma pobre.
El garaje era un caos. Estaba cubierto por cajas desordenadas, al igual que otros objetos que estaban desperdigados en el suelo. Era un desastre, pero era lo que había.
—Cuidado con donde pisas —advirtió Lincoln, mientras avanzaba con cautela. Shelby le seguía de cerca, rehusándose a quedarse sola en la oscuridad.
Lincoln movía la luz de su celular de un lado a otro, examinando su entorno con atención
—¿Qué haces? —preguntó ella, curiosa.
—Estoy buscando unas velas —le respondió sin detenerse en su búsqueda—. Sé que Lucy guarda algunas aquí para sus… rituales.
Revisó entre las cajas hasta que su luz alumbró un par de velas blancas dentro de una de ellas, junto a una caja de fósforos.
—Aquí están.
Sacó las velas y la caja de fósforo —con una mano— y las dejó sobre una vieja mesa de madera que fue abandonada en el garaje. Ahora le faltaba algo para sostener la vela. Giró la cabeza, iluminando de nuevo el desorden, hasta que divisó un pequeño candelabro metálico enterrado entre las cajas, fue a buscarlo y regresó.
Apoyó su celular contra la pared y la mesa, dejando sus dos manos libres, aunque la luz le daba directamente en la cara, cegándolo un poco. Encendió una vela con un fósforo y la colocó en el candelabro, asegurándose de que estuviera estable.
La pequeña flama de la vela iluminaba débilmente el lugar, pero era suficiente para ellos. Lincoln apagó la linterna del celular y sostuvo el candelabro en su mano mientras miraba a Shelby con una sonrisa.
—Problema resuelto.
Ella suspiró y lo miró.
—¿Y… ahora qué hacemos?
Ambos habían salido de la casa sin saber lo que harían luego, solo querían estar lejos de ahí.
—Mmm… —Lincoln pensó por un momento—. ¿Qué tal si nos relajamos? —Ella alzó una ceja, algo escéptica—. Tal vez no volvamos a vernos en mucho tiempo, ¿sabes?
Shelby suspiró otra vez, esta vez más profundamente, aceptando la realidad de las palabras de su primo.
—Tienes razón… —Ella se sentó sobre una pila de mantas viejas—. Por lo menos aquí no tenemos que escucharlos gritar.
Lincoln colocó el candelabro sobre una caja cercana y se sentó junto a ella, dejando que el silencio del garaje llenara el espacio entre ellos.
—Bueno… —comenzó él, rompiendo el silencio—. Si esta es la última vez que nos vemos, ¿qué te parece si… nos conocemos mejor?
—¿A qué te refieres? —preguntó ella confundida.
—Creo que… —Pensó las palabras que diría, mientras jugaba con sus dedos, algo avergonzado—. Creo que sabemos algunas cosas el uno del otro, pero… no lo suficiente. Y, bueno, pensé que… sería bueno conocerte de verdad.
Lincoln y Shelby se miraron, sus mejillas se tiñeron de un rojo suave. Ella le dio una pequeña sonrisa, le pareció algo tierno lo que Lincoln dijo, no recordaba a nadie que le dijera palabras como esa a ella.
—Está bien, ¿y por dónde empezamos?
Lincoln sonrió, aliviado de que ella aceptara su propuesta.
—Podríamos hacer preguntas. Tú preguntas algo, luego yo, y así nos turnamos.
—¿Cómo un juego de verdad o reto, pero solo con preguntas? —preguntó Shelby, divertida ante la idea que proponía él.
—Sí, algo así —respondió Lincoln, encogiéndose de hombros—. Pero sin retos raros.
Shelby se lo pensó por un momento antes de asentir.
—Está bien, pero… ¡Yo comienzo! —ambos se rieron—. Mi pregunta es… —Se puso a pensar, pues no se le ocurría nada, tardó unos segundos en formular su pregunta—. ¿Qué es lo más vergonzoso que has hecho? —preguntó con una sonrisa traviesa.
—¡Oh, vamos! —se quejó Lincoln, mientras ella se reía por su reacción.
—¿Qué? Dijiste que nos conociéramos mejor.
—Está bien, está bien… yo me lo busqué —admitió en voz baja, avergonzado—. Bueno… resulta que cuando tenía once años, practicaba mis besos con… —sus mejillas se pronunciaron con un rojo más fuerte—. El busto de Edwin que tiene Lucy…
La risa de Shelby no tardó en llegar al oír su respuesta. No esperó esa respuesta por parte de su primo, pero le pareció en verdad gracioso.
No estuvo tan mal este juego.
—Es tan gracioso —reía—. ¡Cielos! No pensé que hicieras ese tipo de cosas —le dijo con una sonrisa divertida, disfrutando burlarse de su primo.
—¡Vamos! Solo tenía once años —se quejó cruzando los brazos, mientras se hundía en su asiento, deseando que la tierra lo tragase.
—Sí, sí, lo que tú digas —dijo Shelby, tratando de detener su risa—. Es tu turno de preguntar.
—Está bien… para estar iguales, ¿qué fue lo más vergonzoso que has hecho?
Shelby se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron como platos mientras un recuerdo particularmente humillante volvía a su mente. Lincoln, al notar su reacción, sonrió de oreja a oreja. Parecía que no sería el único avergonzado esa noche.
—Uhh… —Se frotó el brazo nerviosa en tanto su rostro se ruborizaba—. ¿Qué tal otra pregunta? —rio incómoda, evitando su mirada.
Shelby debía desviar la pregunta, no quería que su primo supiera su secreto. Y mentir no era una opción, ella era pésima haciéndolo, él se daría cuenta.
Él la observó, entrecerrando los ojos. No era un idiota… al menos, no uno grande, pero al vivir con diez hermanas, aprendió una que otra cosa sobre las chicas. Por lo que notó la intención de Shelby, su intento por ocultar su experiencia no pasaría ante él.
—¿Qué? No, no te escaparás de esto —le respondió a su evasión, con una sonrisa satisfecha—. Yo respondí a tu pregunta. Es tu turno de responder la mía. No seré el único que pase vergüenza aquí.
Ella suspiró, resignada. Sabía que él tenía razón. No sería justo si ella no respondiera a las preguntas. Después de todo, ella aceptó el juego.
—De acuerdo, te lo diré… ¡Pero ni una palabra de esto a alguien! —advirtió, apuntándolo con un dedo mientras lo miraba con seriedad.
Lincoln no pudo evitar soltar una risa ligera. Estaba expectante por escuchar lo que diría. ¿Acaso ella hizo algo más vergonzoso que él?
—Cuando tenía nueve años, fui con mi familia a una piscina pública. Tenía muchas ganas de ir al baño, pero no pude resistir y… —dio un vistazo rápido a su alrededor, verificando que nadie estuviese ahí, aparte de ellos, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Me oriné dentro de la piscina.
Al terminar su confesión, Shelby cubrió su rostro con las manos, completamente avergonzada. No podía soportar mirarlo a la cara después de revelarle su secreto.
Lincoln la observó en silencio por unos breves segundos. Luego, estalló en carcajadas.
¡Maldita era su suerte!
—¡Cállate! —se quejó Shelby—. ¡Es por esto que no quería decírtelo!
—Lo siento —se disculpó él, tratando de calmarse, pero su sonrisa delataba lo mucho que se divertía. Shelby lo fulminó con la mirada, escéptica a su disculpa—. Lo digo en serio, ¡lo siento! —reiteró él, levantando las manos en un gesto de rendición, pero su sonrisa traviesa permanecía—. Aunque tienes que admitir que fue muy gracioso.
—¡Para mí no lo es!
—Admítelo, un poco sí lo fue —insistió Lincoln con una risa contenida—. Pero oye, no te sientas tan mal. Tú no eres la única que lo ha hecho…
Shelby entrecerró los ojos, confusa.
—¿Qué quieres decir?
—¡Hey, no me refiero a mí! —se apresuró a aclarar al ver su expresión—. ¡Es en serio!
Ella lo miró sin creerle del todo, y él suspiró antes de continuar.
—Está bien, escucha. Hace unos años, durante un día de verano, compré una piscina inflable. Pero era demasiado pequeña para todas mis hermanas, ya sabes, cosas de grandes familias. En fin, el punto es que Lisa, inventó un disolvente especial que, según ella, eliminaba la orina del agua.
Shelby arqueó una ceja, intrigada.
—¿Y qué pasó?
—Bueno… —Hizo una pausa dramática—. Cuando lo echó, toda el agua se esfumó. ¡Poof! Piscina seca.
No pudo evitar reírse al recordar la escena. Luego la miró a los ojos con una sonrisa amable.
—Así que, ya ves, no fuiste la única.
Shelby parpadeó sorprendida. No esperaba escuchar algo así. La idea de que sus primas también hubieran pasado por algo similar a ella la hizo sentir menos avergonzada.
—Bueno… —dijo ella, dejando escapar una pequeña risa—. Supongo que eso es un poco peor que lo mío.
—¿Ves? —respondió Lincoln, sonriendo ampliamente—. Al final, todos tenemos nuestras historias vergonzosas.
Shelby sonrió con más confianza esta vez.
—Gracias, Lincoln. Supongo que no eres tan malo como pensé.
—¡Oye! —protestó él con una mueca exagerada, lo que provocó que ambos se echaran a reír nuevamente.
Sus risas duraron un par de segundos hasta que quedaron en silencio, pero no fue incómodo, ambos apreciaban la compañía del otro.
—Ahora es mi turno —Shelby quebró el silencio, inclinándose hacia él con curiosidad—. ¿Hay algo que siempre hayas querido intentar, pero nunca te atreviste?
—Mmm… —Lincoln miró al techo, pensando detenidamente en su respuesta —. Ser un superhéroe —respondió y volteó a verlas a los ojos—. Siempre quise ser un superhéroe: combatir a los malos, proteger a la gente, salvar el mundo, ¿sabes? Pero… ¡Mírame! ¡Intenta salvar el mundo con estos brazos de espagueti! —flexionó su brazo, mostrándole su delgadez, al igual que un espagueti, al mismo tiempo que se reía de él mismo.
En las palabras de Lincoln no se encontraba alguna pena, sino más bien gracia. Y aquello se contagió a Shelby, riendo junto a él.
—¡Eres un tonto! —habló en broma, aun riendo.
—Lo sé —afirmó con orgullo con una sonrisa—. Pero este tonto tiene el turno de preguntar. Así que… ¿Cuál es tu banda favorita?
—¿Mi banda favorita? —reiteró ella, preparaba su respuesta, en tanto movía sus piernas, jugando con ellas—. Uhh… ¿Me creerías si te dijera que hay una banda que me enganche en las últimas semanas, pero me olvidé el nombre?
Él parpadeó, incrédulo de su respuesta.
—Vaya… No sabía que tenías memoria de pez —habló sin pensar. A lo que Shelby contestó lanzándole una caja que impactó directo en su cara, lo que provocó que se cayera de espalda—. ¡Auch!
—… Es mi turno —ignoró que su primo se encontraba en el suelo—. A ver…
Al mismo tiempo que Shelby pensaba su próxima pregunta, Lincoln, aun en el suelo, notó una caja a su lado. Dentro había botellas que captaron su atención. Intrigado, las tomó y volvió a su asiento, colocándolas frente a su prima.
—¿Qué es eso? —preguntó Shelby, observándolo mientras él sacaba una de las botellas y la inspeccionaba.
—¡Oh! ¡Qué suerte tenemos! —la vio, emocionado—. Estas botellas son sidra de manzana —se levantó y, con una mirada rápida, verificó su alrededor—. Maldición… no hay vasos por aquí. Tendremos que beber del pico de la botella.
—¿¡Lincoln!? —estaba conmocionada.
No esperaba eso de su primo, no de Lincoln. ¿Desde cuándo él consumía alcohol? ¿Su familia sabía lo que él hacía? No, claro que no lo sabían… ¿Debería decirles? Pero, si les contaba eso, metería a Lincoln en muchos problemas…
¿Por qué él estaba tan tranquilo? ¿Acaso planeaba tomar frente a ella? O… ¿¡Quería que meterla en sus vicios!? No, no, él no sería capaz de hacer eso… ¿¡O sí!?
—¡Relájate, Shelby! —rio él, al ver su expresión alarmada—. Es solo sidra sin alcohol. Mi papá compró unas de estas hace unos días para que nosotros probáramos la sidra, y dejó unas cuantas aquí.
Ella lo miró, desconfiada.
—¿En serio?
—Sí, es en serio, recuerdo que mencionó dejar la sidra en el garaje para Año Nuevo…
No estaba seguro si su padre hubiera dicho eso, pero decidió confiar en que así fuera, aunque la etiqueta estaba borrosa… Sujetó la botella entre sus piernas y quitó el corcho con cuidado, no quería sacarse un ojo.
—¿Quieres? —le ofreció a ella la botella de sidra.
—No lo sé… —contestó insegura.
—¡Vamos! No tiene alcohol, además… estamos a unas horas de Navidad y es una tradición tomar sidra. Sería bueno hacer un brindis contigo si esta es la última Navidad que pasamos juntos…
El rostro de ella se teñía de un leve rojo y se lo quedó mirando, como si fuese un alíen, antes de responderle.
—¡Ok, ok! ¡Lo tomaré, pero deja de ser tan cursi!
Lincoln soltó una pequeña risa mientras le pasaba la botella y sacaba otra para él. Shelby la sostuvo entre las manos, aún algo insegura de beberla. Mientras tanto, Lincoln abrió su sidra, y alzándola, la extendió hacia ella.
—¡Brindemos!
El sonido de «chin-chin» resonó en el aire cuando las botellas se chocaron suavemente. Ambos tomaron un trago, dejando que el líquido burbujeante de la sidra bajara por sus gargantas. El sabor era extraño, no particularmente desagradable, pero tampoco del todo agradable.
—Sabe raro… —admitió Shelby, mirando la botella con curiosidad.
—Sí, no es lo que esperaba —concordó Lincoln, asintiendo ligeramente mientras daba otro sorbo.
Shelby lo observó un momento antes de hablar.
—¿Cuál… cuál es tu comida favorita?
Lincoln parpadeó, confundido por el repentino cambio de tema.
—¿Eh?
—Es mi turno de preguntar, ¿recuerdas? —replicó Shelby con una sonrisa traviesa.
—Oh, es cierto… —Lincoln tomó un nuevo trago de sidra, pensando en la respuesta—. Mi comida favorita es el pavo frito.
Shelby levantó una ceja, intrigada.
—¿Qué no era otra cosa? —inquirió con curiosidad—. Escuché de tus hermanas que tu comida favorita era algo… asqueroso.
Lincoln soltó una carcajada.
—Bueno, eso era antes. He madurado, Shelby —respondió con un tono exagerado, llevándose una mano al pecho como si se tratara de un gran logro—. Ahora mi comida favorita es el pavo frito. En serio, es increíble.
—¿Tú, madurar? —replicó Shelby antes de romper en carcajadas—. Por favor, Lincoln, tenemos trece años. Somos adolescentes, la definición de inmadurez.
—Tal vez, pero… ¡Te aseguro que somos más maduros que nuestros padres!
Shelby lo miró por un momento y exclamó con igual determinación:
—¡Sí! ¡No somos como ellos!
Ambos se miraron, tratando de mantener la seriedad, pero no tardaron en estallar en risas.
El garaje, aunque frío y desordenado, se sentía cálido gracias a la compañía del otro. No era el lugar ideal para pasar la Navidad, pero para ellos, eso no importaba. La sensación de estar juntos, compartiendo algo único, hacía que este momento fuera inolvidable. Si esta Navidad era realmente la última que compartirían como familia, sabían que habían hecho lo correcto al escabullirse al garaje.
Los minutos pasaron…
—Si fueras la última persona en la tierra, ¿a qué lugar irías? ¿Y por qué? —preguntó Lincoln, retomando el juego.
Shelby se quedó pensativa por unos segundos antes de responder.
—Si fuera la última persona en el planeta… creo que iría a un observatorio o algún sitio elevado donde pudiera ver las estrellas. No sé, supongo que me recordaría que aún hay algo más grande ahí afuera, aunque todo lo demás esté vacío.
Lincoln la miró, genuinamente sorprendido. No esperaba una respuesta tan introspectiva.
—Guau… No sabía que eras tan profunda.
—¿Qué puedo decir? Soy una caja de sorpresas —respondió con una sonrisa presumida mientras trataba de posar, pero terminó tropezando y cayendo al suelo—. Auch…
Lincoln no pudo evitar reírse mientras se levantaba para ayudarla.
—Déjame ayudarte.
Al acercarse, sin embargo, algo no iba del todo bien. Sus pasos eran extrañamente torpes, como si el piso estuviera inclinado de forma extraña. Sin darle demasiada importancia, llegó hasta Shelby y le extendió la mano. Ella la tomó, pero al intentar levantarse, algo salió mal.
Fue un mal movimiento, un pequeño tropezón, y en cuestión de segundos ambos terminaron en el suelo, con Shelby cayendo sobre Lincoln.
Shelby levantó la cabeza, notando la cercanía entre ambos. Por un instante, sus risas quedaron en suspenso, reemplazadas por un silencio inesperado y algo incómodo.
—L-Lo siento —se disculpó ella, levantándose apresuradamente, evitando mirarlo a los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó él, incorporándose con una mezcla de preocupación y torpeza.
—Sí, creo… aunque me siento un poco mareada —respondió mientras se llevaba una mano a la cabeza.
—Debe ser por falta de agua… Toma más sidra, seguro te ayudará —le recomendó.
Shelby asintió y tomó un largo sorbo, notando que la sidra ya estaba más allá de la mitad. Se sentía algo extraña… ligera, mareada y relajada al mismo tiempo. ¿Era posible sentirse así? Tal vez solo necesitaba hidratarse más, o eso quería creer.
—¿Qué animal piensas que más se parece a ti? —preguntó ella.
El juego debía continuar.
Lincoln arqueó una ceja, como si la pregunta fuera absurda.
—¿Me lo preguntas en serio? Creo que es obvio, ¡mírame! ¡Soy un conejo! —señaló su cara, riendo con fuerza.
Shelby no pudo evitar reírse a carcajadas. Tenía que admitirlo, él tenía razón. Con su cabello blanco, su energía y esa sonrisa peculiar, en verdad se parecía a un conejo.
Él le parecía un tonto, pero uno lindo… ¿Qué acaba de pensar?
Lincoln se sentía diferente. Había algo en el ambiente, y quizás era la sidra, que lo hacía sentir ligero y despreocupado, como si nada malo pudiera alcanzarlo en ese momento.
Volvió a mirar a Shelby, mientras tomaba de nuevo la sidra. ¿Quién lo diría? Él estaba disfrutando aquella bebida… ¿O era compañía de ella? Estaba algo confundido, no podía pensar con claridad, pero no le molestaba, por alguna razón, pero cuando veía a Shelby, sentía una inexplicable calidez en su corazón. Sí, era sincero, ella le parecía muy tierna… y linda…
¿Qué?
—Sí, bueno, es mi turno… —ignoró ese extraño pensamiento que tuvo hace unos momentos—. ¿Qué es lo más que te molesta?
—Aparte que nuestros padres discutan… Lo más que me molesta: son los chicos de mi escuela.
—¿Qué?
—¡Lo juró, ellos son unos idiotas! —estaba molesta—. Tú no lo has visto, pero son un dolor de trasero.
«¡Guau!», pensó Lincoln. No esperaba esas palabras de Shelby. Él la vio como Leni, era dulce… pero verla así, le dejaba en claro que no se conocían del todo.
—¿Son así de malos?
—¡Sí que lo son! —dijo Shelby, dando otro sorbo a su botella. Su rostro se enrojecía ligeramente.
—¿Y qué hacen exactamente para ser tan molestos? —preguntó, curioso, mientras jugaba con la botella en su mano.
—¡Uf! —bufó, rodando los ojos—. Se creen los reyes del universo. Siempre hablando tonterías, burlándose de los demás y actuando como si todo les perteneciera. Es agotador.
—Bueno, suena como un cliché de película de secundaria —comentó Lincoln con una sonrisa burlona.
—¡Exactamente! —Shelby señaló con un dedo hacia él, como si acabara de descubrir algo profundo—. Y odio las películas de secundaria.
Lincoln soltó una carcajada.
—Quizá deberías lanzarles una botella de sidra a la cabeza. ¿Quién sabe? Tal vez eso los ponga en su lugar.
Shelby se unió a su risa, aunque después negó con la cabeza.
—No quiero problemas, Lincoln. Solo quiero pasar desapercibida… pero ellos siempre tienen que arruinarlo.
—Eso no suena justo. —Lincoln tomó un sorbo largo de su sidra, sintiendo el calor, extendiéndose por su pecho—. Si estuviera ahí, los enfrentaría por ti. Como un buen primo… sería tu superhéroe.
Shelby lo miró con una mezcla de gratitud y diversión.
—¿Mi superhéroe, eh? —rio—. ¿Qué harías? ¿Lanzarles golpes con esos brazos tuyos?
Lincoln fingió ofenderse, llevándose una mano al pecho.
—¡Qué cruel! Mis brazos son el arma secreta. ¡Nadie espera ser vencido por un brazo de espaguetis! —hizo un gesto exagerado, extendiendo sus brazos como si fueran látigos.
Ambos rieron juntos otra vez, pero la conversación comenzaba a sentirse más relajada, casi como si las barreras entre ellos estuvieran desapareciendo con cada trago de sidra.
—Gracias, Lincoln. En serio… Esto es divertido.
—¿Beber sidra? —bromeó él.
—No, tonto… pasar tiempo contigo —lo miró con una sonrisa sincera, aunque su mirada parecía un poco más vidriosa de lo normal—. Eres… un buen primo.
Lincoln sintió su pecho calentarse de nuevo, pero esta vez no estaba seguro de si era la sidra o las palabras de Shelby. Él también sonrió
—Tú tampoco eres tan mala, Shelby.
Ambos rieron otra vez, y por un momento, se olvidaron del tiempo, de sus padres, y de cualquier cosa que no fuera el momento que compartían.
—¿Cuánto falta para que sea Navidad? —preguntó ella de repente.
Lincoln se quedó pensativo durante unos segundos antes de encogerse de hombros.
—No lo sé… ¿Minutos? ¿Segundos? ¿Horas? El tiempo es una ilusión.
¿Tenía sentido lo que dijo? No, pero igual lo dijo.
De todas formas, Shelby rodó los ojos ante su respuesta. Aunque una duda surgió de repente: «¿Deberían volver?» Se cuestionaba ella, pero no le gustaba la idea, no quería volver, no con sus padres discutiendo entre ellos. Además, se sentía agradable pasar el rato con Lincoln.
—¿Y si armamos nuestro propio árbol de Navidad? —propuso ella.
—¡Esa es una gran idea! —respondió entusiasmado.
A pesar de que sus movimientos eran torpes, pudieron recolectar unos cuantos objetos que encontraron en el garaje. El resultado: un «árbol de Navidad» que consistía en un palo de escoba cubierto con una guirnalda verde, algunas esferas de Navidad colgadas estratégicamente, y unas latas atadas con un hilo que habían envuelto alrededor como si fueran luces.
Lincoln dio un paso atrás y, con un gesto dramático, señaló su creación.
—¿A qué no ha quedado hermoso?
El «árbol de Navidad» improvisado era un espectáculo peculiar, pero ambos lo miraron con orgullo, como si hubieran creado una obra maestra. Shelby se cruzó de brazos, admirando su creación.
—«Hermoso» no es exactamente la palabra que usaría… —comentó ella, tratando de contener la risa—. Pero definitivamente tiene… personalidad.
Lincoln asintió, estaba de acuerdo con ella.
—Bueno, es lo que hay… Y cómo pronto va a ser Navidad, ¡hay que cantar villancico!
El ambiente era absurdamente animado, Lincoln y Shelby se abrazaron por los hombros, sus risas resonando como una melodía caótica y feliz. Balanceándose de un lado a otro al ritmo de su propia energía, comenzaron a cantar. Sus voces desafinadas, acompañadas de carcajadas, llenaron el espacio, y por un instante, parecía que nada en el mundo podía romper ese momento.
«
Te deseamos una feliz Navidad
Te deseamos una feliz Navidad
Y un próspero Año Nuevo
Buenas noticias te traemos
A ti y a tus familiares
Te deseamos una feliz Navidad y un próspero Año Nuevo
Te traemos buenas noticias
Te traemos buenas noticias
Te traemos buenas noticias y un próspero Año Nuevo
»
Al finalizar su canto, ambos bebieron otro trago de sidra y se miraron. La luz de la vela —que no le faltaba poco para apagarse— iluminaba sus rostros y, en ese momento, fue cuando se sintieron raros, más de lo que estaban.
Lincoln sentía una extraña felicidad al estar a lado de Shelby, una calidez en su pecho. Podía ver ciertos detalles que no había notado antes, el rostro delicado de ella, sus labios que parecían suaves.
Shelby lo encontraba lindo y tierno a él. Lincoln era un tonto, sí, pero era «su» tonto, alguien en quien podía confiar y la hacía sentir importante, escuchada. Y la estúpida sonrisa que él le estaba regalando de forma inconsciente, solo le provocaba el deseo de agarrar esas mejillas y llevarlo a un profundo beso.
Sin que ninguno se percatase, ellos estaban acortando la distancia lentamente. Sumergidos en los pensamientos y los confusos sentimientos que experimentaban, estrecharon la brecha a unos escasos centímetros. Sus ojos se encontraron, observándose con fascinación, hallando la belleza de ambos.
Cerraron los ojos y dejaron fluir lo que sea que estaba sucediendo, pero que los atraía. Sus labios se encontraron en un suave beso que envió una onda de electricidad a sus cuerpos, lo que hizo que se separaran.
Se vieron nuevamente, sin entender con certeza lo que sucedía, pero sus ojos reflejaban su complicidad. Y sin decir alguna palabra, como si leyeran los mensajes que transmitían sus ojos, cerraron una vez más sus ojos y se acercaron para darse un segundo beso.
El corazón de ellos latía con intensidad, intentando manejar lo que experimentaban. El beso duró unos breves segundos antes de que una vez más se apartaran, quedando anonadados por lo que hicieron. Sin embargo, percibieron un extraño sentimiento de soledad y tristeza, como si al romper el beso, fuese la mayor desgracia que hubieran sufrido.
—¡Lo siento! —se disculparon al unísono.
—Fu-Fue mi culpa —dijo Lincoln, asumiendo la culpa por lo ocurrido.
—¡N-No! Es mi culpa… —le aseguró ella.
Ninguno comprendió en ese momento el motivo de por qué se besaron. Estaban confundidos por lo que hicieron; sus cerebros trabajan a mil por hora para hallar una explicación. Sin embargo, sentían que no querían que el otro se sintiera mal por lo que hicieron.
Debían asumir la culpa.
—No… Shelby, es mi culpa —insistió Lincoln, desviando la mirada hacia el árbol improvisado—. Yo fui quien te besó. Lo siento, no debí hacerlo…
Ella vio la expresión del rostro de él, llena de remordimiento y culpa. No pudo soportarlo.
—¡Lincoln! No… —Shelby lo interrumpió una vez más—. No fue solo cosa tuya. Yo… yo también te besé. —Sus palabras se deslizaban torpemente, admitirlo era una batalla contra sí misma—. No eres completamente culpable de esto.
Lincoln levantó la mirada, asombrado por su respuesta.
El silencio se instaló entre ellos.
—No sé lo que me pasó… —continuó Shelby, bajando la cabeza mientras sus dedos jugueteaban nerviosamente con la botella de sidra—. Pero al verte… no pude resistirme. —Su voz temblaba, pero se obligó a seguir—. Siento… siento que haces que mi corazón se acelere. No sé por qué sucede esto.
—Yo… yo siento lo mismo —Shelby fijó su mirada en él, esperando que continuara—. Desde que empezamos a jugar el juego y conocernos mejor… algo cambió en mí. Nunca había sentido algo así… y ahora… no sé qué pensar —soltó una pequeña risa, sin gracia, esquivando la mirada de ella—. No puedo evitar en pensar en besarte luego de verte.
Tanto Lincoln como Shelby, estaban sonrojados por lo que sucedía. Eran conscientes de que lo que hicieron estaba mal; eran primos después de todo. No obstante… ese pensamiento no lograba apagar la chispa que ardía entre ellos. Lo que sentían iba más allá de cualquier barrera establecida, desafiando todo lo que creían correcto. ¿Por qué se sentían así? No lo sabían, pero ignorar ese nuevo y confuso vínculo parecía imposible, no luego de compartir aquel beso.
—¿Lo dices en serio?
—Sí… —admitió completamente avergonzado.
Shelby sostuvo la mirada de Lincoln por un momento, buscando señales de duda en sus ojos, pero solo encontró sinceridad. Su corazón latía con fuerza, como si quisiera salir de su pecho.
—Esto es… extraño, ¿verdad? —susurró ella, aunque no podía apartar la vista de él.
Lincoln asintió lentamente, tragando saliva antes de responder.
—Es extraño, pero no puedo… no quiero ignorarlo.
Shelby se mordió el labio inferior, sus dedos aún jugueteaban con la botella de sidra, mientras intentaba encontrar las palabras correctas.
—¿Y si… dejamos de pensar? —propuso con timidez, inclinándose apenas hacia él—. Solo por esta noche…
Lincoln abrió los ojos un poco más, sorprendido por su sugerencia, pero algo en su interior le pedía aceptar. Sus dudas parecían desvanecerse con cada segundo que pasaba observando a Shelby.
—¿Estás segura? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Ella respondió con una leve inclinación de cabeza, sus mejillas ardiendo de vergüenza, pero sus ojos brillaban con una decisión inesperada.
—No lo sé… pero sé que quiero estar contigo, Lincoln.
Sin esperar más, Lincoln dejó la botella de sidra a un lado y se acercó lentamente a Shelby. Sus respiraciones se mezclaron en el corto espacio que los separaba, y antes de pensarlo demasiado, volvió a cerrar la distancia. Sus labios se encontraron una vez más, pero esta vez con más confianza, como si ambos hubieran aceptado que aquel momento era solo suyo.
La calidez del beso borró cualquier rastro de incomodidad, y en ese instante, el mundo exterior dejó de importar. Todo lo que existía eran ellos dos, envueltos en un torbellino de emociones que no podían explicar, pero tampoco querían detener.
El beso se mantuvo más que el anterior antes de que volvieran a separarse. Se vieron directamente, ambos demostraban deseo por el otro que crecía con cada segundo.
Y se dejaron llevar.
Lincoln, incapaz de resistir, dejó que sus manos se posaran suavemente sobre la cintura de Shelby, mientras ella, trasladó sus manos al rostro de él, atrayéndolo hacia un nuevo beso, cerrando los ojos.
Esta vez, no hubo vacilación.
Pero esta vez era diferente, esta vez era como una conexión profunda en la que ambos pudieron sentir la intensidad de sus emociones fluyendo entre ellos. ¿Era simple atracción? ¿Deseo? O acaso era… ¿Amor?
!!!
El beso se detuvo abruptamente, cuando se alejaron por la falta de oxígeno. Ambos jadeaban, sus corazones se agitaban en sincronía. Sin embargo, la separación fue breve; Shelby, impulsada por un deseo que no podía contener, rodeó el cuello de Lincoln con sus brazos y lo atrajo hacia ella nuevamente. Esta vez, el beso fue más apasionado, cargado de una energía que los consumía.
Sus cuerpos se acercaron instintivamente, eliminando cualquier distancia que los separara. Era como si el miedo a perder el contacto los envolviera.
Querían más, necesitaban más.
Lo que ocurría entre Shelby y Lincoln solo era el comienzo de un frenesí.
Shelby, sintiendo una oleada de valentía e instinto, decidió llevar el beso a otro nivel. Nunca antes había intentado algo así, pero algo dentro de ella le susurraba que Lincoln era la persona con quien debía hacerlo. Con cuidado, dejó que su lengua rozara los labios de él, pidiendo permiso para entrar. Lincoln se sobresaltó ligeramente ante el inesperado movimiento de ella, pero la intensidad del momento lo convenció de ceder. Sus labios se entreabrieron, y pronto, sus lenguas se encontraron, explorando este nuevo terreno desconocido para ambos.
La noción del tiempo desvaneció para ellos, solamente vivían el momento. Sus lenguas se enredaron en un baile sensual, explorando cada rincón de sus bocas húmedas. Las manos de Shelby se deslizaron por la espalda de Lincoln. Él, a su vez, acarició su cintura con suavidad, atrayéndola aún más hacia él. Un escalofrío recorrió su espalda cuando sus dedos rozaron la curva de su cadera.
—Mmm… —Un gemido escapó de los labios de Shelby, y sus piernas se sintieron débiles, como si se estuvieran derritiendo. Dio un paso atrás, pero el cuerpo de Lincoln, no queriendo perder la cercanía de ella, actuó sin dudarlo, moviéndose hacia ella con un paso decidido. Sin embargo, su muslo chocó con la entrepierna de ella, provocando una onda de electricidad que recorrió su cuerpo. Sus ojos se cerraron con fuerza, y un gemido ahogado escapó de sus labios—. ¡Mmmh!
El inesperado contacto hizo que Shelby contuviera el aliento, su rostro encendiéndose aún más. Lincoln, al percatarse de lo ocurrido, retrocedió ligeramente, alarmado por su propio movimiento.
—¡Lo siento! Yo… no quise —comenzó a disculparse, pero su voz se apagó al ver la expresión de Shelby.
Ella levantó la mirada, sus ojos brillaban con una mezcla de confusión y deseo.
—No… no pasa nada —susurró con un tono que sorprendió incluso a ella misma—. Lincoln, yo… no sé lo que estamos haciendo, pero no quiero que te detengas…
Las palabras de Shelby hicieron eco en la mente de Lincoln. Sus manos, que aún descansaban en su cintura, temblaban ligeramente, pero no se apartaron.
—¿E-Estás segura?
—Sí…
Lincoln vaciló por un instante, atrapado entre la incertidumbre y el deseo. Algo dentro de él, le gritaba que se detuviera, pero el brillo en los ojos de Shelby, hizo que tomara una decisión. Con un leve suspiro, decidió dejarse llevar, permitiendo que el momento los guiara.
Lentamente, volvió a acercarse y la besó nuevamente, esta vez con más intensidad. Sus lenguas se encontraron una vez más, explorándose con deseo creciente. Lincoln, inseguro, pero decidido a hacerla sentir bien, ajustó su posición, deslizando su pierna hacia el centro de Shelby, haciendo que su muslo apretara su zona más sensible.
Ella gimió al sentir el contacto, y por segunda vez encontró una onda eléctrica que la sacudía en su cuerpo, que despertaba en ella sensaciones que jamás había experimentado. Y si bien era algo completamente nuevo y sentía un poco de miedo, provocaba una sensación de placer que la hacía anhelar más.
Sus mejillas ardían mientras un calor abrasador recorría todo su cuerpo. Sintió un hormigueo intenso que nacía desde lo más profundo de su feminidad. Lo que desencadenó que se aferrara con fuerza a él a la vez que su piel se erizaba.
Aquella Noche Vieja cambiaría la vida de Shelby y Lincoln como nunca se lo hubieran imaginado antes. Esa noche, cruzaron la línea prohibida.
—Ahhh…
Shelby sintió sus piernas temblar, incapaces de sostenerla por mucho más tiempo. Suavemente, un fluido húmedo creado por ella empapaba su ropa interior.
Finalmente, sus fuerzas cedieron, y su cuerpo cayó suavemente sobre la pila de sábanas donde había estado sentada antes, quedando recostada boca arriba. Sus piernas, buscando instintivamente un punto de apoyo y movidas por una oleada de deseo, se aferraron con fuerza a la cintura de Lincoln, que aún permanecía de pie, sosteniéndola parcialmente.
El choque de sus sexos a través de sus pantalones envió una descarga eléctrica a través de ellos. Shelby arqueó ligeramente la espalda, buscando instintivamente una mayor cercanía para sentir más satisfacción.
—Lincoln… —murmuró, con la voz temblorosa—. Por favor… continúa, quiero sentir más… —Estaba ansiosa por sentir más, por lo que comenzó a frotarse con Lincoln.
Lincoln, jadeante, la miró a los ojos. La forma en que ella lo veía, vulnerable, pero ansiando más de él, le hizo sentir el deseo de continuar, aferrarse a ella para nunca soltarla. Tragó saliva, intentando calmar su propio corazón que latía desbocado.
Su miembro se encontraba duro por todo lo que hicieron y la forma en que ella se frotaba con él, inició una llama en él.
Sosteniendo su cintura, cerró sus labios contra ella con deseo y ella lo abrazó por alrededor del cuello. Ambos se aferraron lo más que pudieron. Él correspondió al deseo de ella y puso en marcha sus movimientos, empujando su cadera contra ella. Y aunque disfrutara la sensación que provocaba cada choque, una punzada de dolor recorrió su virilidad. Intentó ignorarla, concentrándose en el placer que Shelby parecía estar experimentando.
No quería arruinar el momento para ella.
Ambos gemían ante el placer que estaban sintiendo. Pero después de un rato, los movimientos de Shelby comenzaron a disminuir. Se separó un poco de Lincoln, con una expresión de anhelo en el rostro.
—Lincoln… —susurró, con la voz entrecortada—. Se siente… bien… pero… necesito más… quiero… quiero que lo hagamos.
Lincoln la miró, con el corazón latiendo con fuerza. Entendía lo que estaba pidiendo.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres, Shelby? —susurró.
Necesita la respuesta de ella. No podía seguir si no tenía la respuesta de ella.
Shelby asintió lentamente, mordiéndose ligeramente el labio inferior mientras lo miraba a los ojos.
—Sí… por favor.
Ella lo soltó de su agarre de sus piernas. Con las mejillas encendidas, deslizó lentamente su pantalón hacia abajo, evitando mirarlo directamente. El roce de la tela contra su piel la hizo estremecer. No obstante, para quitarse completamente los pantalones y sus bragas, Shelby tuvo que arquearse ligeramente y levantar las caderas, liberando primero una pierna y luego la otra.
Lincoln se separó un poco de ella y, con un movimiento, se quitó los pantalones junto a su ropa interior, dejándolos caer a sus pies. Ambos sintieron cómo el frío del ambiente chocaba contra sus pieles expuestas, erizándoles el vello.
De pronto, la luz se apagó. La llama de la vela parpadeó por última vez antes de extinguirse, sumiéndolos en una oscuridad casi total. Un breve silencio llenó el aire, seguido por la respiración agitada de ambos. Aunque la oscuridad los envolvía, fue un alivio para ellos. Todavía tenían vergüenza de que el otro viera su cuerpo desnudo.
Lincoln extendió una mano temblorosa y acarició suavemente la piel de Shelby, desde su cadera hasta su muslo. El contacto piel con piel fue una descarga eléctrica para ambos, intensificando el deseo que los consumía. La suave piel de Shelby estaba cálida bajo su tacto.
—A-Aquí voy… —le avisó Lincoln, nervioso.
En la oscuridad, Lincoln se movió con cuidado para colocarse entre las piernas de Shelby. Tomó a su miembro con una mano, buscó la entrada de su intimidad, guiándose con el tacto. Agradeció mentalmente haber prestado atención en las clases de educación sexual. Y al encontrarlo, con lentitud —sintiendo un nudo en el estómago por los nervios—, comenzó a empujar.
Sin embargo, sintió una leve resistencia. Su mente tardó un segundo en comprender que había llegado al himen de Shelby.
—Shelby… hay algo…
Ella tragó saliva y asintió, aunque él no pudiera verlo.
—Está bien… sigue… —Su voz fue apenas un murmullo.
Lincoln tomó aire, decidido a no apresurarse. Con un movimiento más controlado, empujó ligeramente, rompiendo la delicada barrera que marcaba el inicio de una nueva experiencia para ambos. Shelby soltó un leve gemido de dolor que escapó de sus labios, indicándole que debía detenerse un momento.
—¿Estás bien? —preguntó Lincoln, preocupado.
Un pequeño sangrado en ella se produjo y cayó en la sabana, manchándola.
—Sí… solo… ve despacio, por favor… —respondió ella, temblando ligeramente.
Lincoln asintió, aunque no pudo verla, y con cuidado, continuó avanzando, dándole a Shelby el tiempo necesario para adaptarse. Sintió la calidez y la humedad de su interior, la estrechez que lo envolvía, una sensación nueva y excitante para él también.
Shelby se sentía extraña, era su primera vez después de todo. Podía sentir cómo Lincoln se movía dentro de ella, lento y cuidadoso. La sensación era intensa, una mezcla de incomodidad inicial y una creciente sensación de placer.
Lincoln se inclinó hacia ella, besándola con ternura, intentando aliviar cualquier tensión que pudiera quedar, y ella lo abrazó por la espalda. Sus movimientos se mantuvieron lentos y cuidadosos, cada empuje calculado para no abrumarla. Shelby, poco a poco, comenzó a sentir cómo el dolor inicial se disipaba, dando lugar a una sensación completamente diferente, algo que nunca había experimentado antes.
—Ahh… —Un gemido más suave escapó de sus labios, esta vez sin rastro de dolor.
Lincoln sintió cómo el cuerpo de Shelby respondía a él de manera más natural, y su confianza creció ligeramente. Sin embargo, no aceleró sus movimientos.
«PAP, PAP, PAP, PAP, PAP, PAP, PAP», se escuchaba el rítmico y constante choque de sus carnes.
—Oooh~ —Shelby dejó escapar un gemido, pero esta vez más profundo y cargado de placer.
Cada movimiento de Lincoln provocaba intensas sensaciones en ella. Aunque la situación parecía completamente surrealista, Shelby no quería que terminara. Jamás habría pensado que su primera vez sería con Lincoln, su primo, pero en ese momento, ninguno de los dos podía negar lo que sentían ni el deseo que los consumía.
Sus respiraciones eran entrecortadas, sincronizándose como un solo ritmo, mientras sus cuerpos ardían. El calor entre ellos era palpable, y el sudor que cubría sus pieles se mezclaba, impregnando las ropas que aún llevaban.
—¡Ngh! —gimió Lincoln, sorprendido.
Shelby, guiada por su instinto, lo sujetó con más fuerza. Sus manos se aferraron a su espalda, mientras sus piernas rodeaban su cadera, impidiéndole retroceder. La presión y el deseo en su agarre dificultaban los movimientos de Lincoln, pero también intensificaban la conexión entre ellos.
—¡Lincoln… ahhh~! Por favor… más rápido… no te detengas… ¡Mmm~! —suplicó Shelby entrecortadamente, su voz teñida de deseo y gemidos.
—Haa… grrr… —gruñó Lincoln, jadeando por el esfuerzo de complacerla mientras aumentaba el ritmo de sus embestidas.
Las piernas de Shelby lo mantenían cautivo de su agarre, lo que le dificultaba penetrarla. Sin embargo, el gozo que experimentaba y los gemidos de ella, lo impulsaban a no detenerse. Acelerar el ritmo era una tortura, pero satisfactoria. Cada estocada, cargada por fuerza y deseo, llegaba a lo más profundo de ella, descargando descargas de placer, que los enloquecía.
—¡Ahhh~! Lincoln… ¡Más! ¡No pares! —gritó Shelby, su voz quebrada por una combinación de placer y anhelo.
El sudor se deslizaba por sus cuerpos, mezclándose con el calor compartido. Unidos por una pasión arrolladora, ambos se sumergieron en ese momento único, incapaces de pensar en nada más que en el éxtasis que compartían.
«PLAP, PLAP, PLAP, PLAP, PLAP, PLAP, PLAP». El rítmico choque de sus cuerpos resonaba en el garaje, mezclándose con los jadeos y gemidos que llenaban el aire.
—¡Ahh~! ¡Mmm…! —Shelby dejó escapar un gemido, solo para ser silenciado por los labios de Lincoln, que la besó con intensidad, atrapando sus gritos de placer en su boca.
El cuerpo de Lincoln temblaba, agotado por el esfuerzo constante, pero no se detenía. La excitación que compartían era un combustible que los mantenía unidos, llevándolos cada vez más cerca de su límite.
Y sucedió.
—Shelby… ¡Me voy a venir…! —advirtió Lincoln.
No podía resistirlo más, sabía que era cuestión de segundos para que eyaculara. Debía retirarse antes de hacerlo, no quería embarazarla.
No obstante, sintió cómo Shelby presionaba con más fuerza sus piernas alrededor de su cadera, impidiéndole retirarse.
Luego de unos segundos, él sintió cómo cruzó el punto de no retorno y sin quedarle más alternativa, reunió toda la fuerza restante de su cuerpo y la penetró con intensidad.
«¡PLAP, PLAP, PLAP, PLAP…! ¡PLAP!»
—¡LINCOLN~! —El grito de Shelby se mezcló con su propio clímax, su voz llena de gozo.
Shelby sintió cómo sus sentidos se nublaron, dejándola sumergida bajo una ola de éxtasis, haciéndola arquearse contra Lincoln. Una oleada de calor se extendió por todo su cuerpo, concentrándose en su vientre, donde estallaban ráfagas de placer que la hicieron temblar incontrolablemente.
Al mismo tiempo, Lincoln percibió cómo el interior de Shelby se contraía alrededor de su pene. En ese instante, bombeó su esencia dentro de lo más profundo de ella. El éxtasis del momento lo elevó al cielo.
La semilla estaba plantada.
El silencio llenó el garaje. Ambos se quedaron ahí, exhaustos y jadeantes, pero con una sensación de satisfacción que los envolvía.
Con el tiempo, sus cuerpos comenzaron a relajarse y sus mentes, antes nubladas por el deseo, volvieron a enfocarse en la realidad. Se miraron a los ojos, buscando respuestas que ninguno tenía. Lo que habían hecho… sabían que estaba mal. Pero entonces, ¿por qué no sentían culpa?
La incertidumbre los envolvió, dejando un peso en el aire que ninguno se atrevía a romper. Cruzaron la línea y sabían que nada volvería a ser como antes entre ellos.
El tiempo siguió transcurriendo y ninguno pronunció alguna palabra. ¿Qué dirían luego de lo que hicieron? Sus mentes se encontraban en un torbellino, pero de alguna manera, el contacto del otro lograba darles una sensación de calma.
Sin embargo, un sonido inesperado rompió con esa calma.
!!!
«Brrr… Brrr», se oyó vibrar el celular de Lincoln.
El sonido los asustó, haciéndose que se sobresaltaran, sintiendo un vuelco en el corazón, llenándolos de temor.
—¿Q-Qué es eso? —preguntó Shelby con miedo mientras deshacía el agarre que tenía sobre él.
—Es… mi celular —respondió Lincoln, nervioso, el miedo reflejado en su voz.
Ambos se miraron —aunque no se veían por la oscuridad—, compartiendo la misma ansiedad. Lincoln se subió los pantalones con rapidez, caminó hacia el teléfono y, en su prisa, tropezó ligeramente con una de las cajas apiladas en el garaje.
Al llegar al celular, vio en la pantalla el nombre de su madre. Un escalofrío recorrió su cuerpo. «Mamá…» pensó, con el corazón latiéndole como un tambor. Tragó saliva y, con las manos temblorosas, deslizó el dedo para atender la llamada.
—¿H-Hola? —su voz temblaba, reflejando los nervios que lo consumían.
—Lincoln, ¿dónde estás? —La voz de su madre al otro lado de la línea era firme, pero teñida de preocupación—. ¿Está Shelby contigo? Llevamos rato buscándolos a ambos.
Lincoln tragó saliva. Shelby aún ajustaba sus ropas y parecía tan inquieta como él.
—Ehhh… sí, sí, mamá. Estoy con Shelby. —Intentó sonar calmado, pero la ansiedad lo traicionaba—. Salimos a… eh, caminar un poco. Ya sabes, para despejarnos… con toda esa discusión de antes…
—¿Caminar? —repitió ella, incrédula—. Lincoln, está nevando y hace un frío tremendo. ¿Qué estaban pensando? ¡Podrían enfermarse o peor!
—Lo sé, lo sé. —Lincoln forzó una risa nerviosa, rascándose la nuca, aunque su madre no podía verlo—. Pero, eh, no estamos lejos. Ya vamos de vuelta, no te preocupes.
—Más les vale. —La voz de su madre ahora era más dura—. Quiero a los dos aquí en diez minutos. Y abríguense, ¿entendieron?
—Sí, sí, entendido. —Lincoln asintió rápidamente, aunque el nudo en su estómago seguía creciendo—. Ya volvemos.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó ella en un susurro, abrazándose a sí misma.
—Tenemos que volver ahora.
Encendió la linterna de su celular y caminó hacia Shelby, quien estaba asustada por lo que podía ocurrir. ¿Y si se enteraban de lo que hicieron? ¿Qué pasaría con ellos? Las dudas la ataban en una ancla que le impedían moverse.
Lincoln se acercó y la rodeó con sus brazos. Sintió su cuerpo temblar contra el suyo. No podía soportar verla así, tan vulnerable y asustada. Quería protegerla de todo, incluso de las consecuencias de sus propios actos. Su único deseo era protegerla, incluso si eso significaba cargar con todo el peso de las consecuencias.
—Shelby… —susurró, apretándola contra él—. Todo estará bien… Lo prometo.
Shelby cerró los ojos, dejando que sus palabras y el calor de su abrazo la envolvieran. Lentamente, su respiración se calmó, y el temblor en su cuerpo comenzó a desaparecer.
—Gracias, Lincoln… —susurró ella, agradecida.
Ambos se separaron y fueron a la puerta del garaje. Al abrirla, fueron recibidos por una ráfaga de viento helado que estremeció a sus cuerpos.
La entrada de la casa se encontraba a una docena de pasos; era tan solo una cuestión de segundos llegar. Lincoln dio los primeros pasos, con el corazón latiendo rápido por la ansiedad, pero pronto se detuvo al notar que Shelby no lo seguía.
—¿Shelby…? —preguntó, girándose hacia ella.
Shelby seguía en la puerta, inmóvil, mientras el viento hacía que su cabello revoloteara. Sus ojos reflejaban un miedo que le impedía avanzar.
—Lincoln… tengo miedo —admitió con la voz quebrada—. Tengo miedo de lo que nos pueda pasar… de lo que puedan pensar.
Sin dudarlo, Lincoln regresó hacia ella y tomó sus manos, que estaban frías por el aire helado. Sus ojos se encontraron, y aunque Shelby esperaba ver incertidumbre en él, lo que encontró fue una sonrisa cálida, cargada de determinación.
—Shelby, pase lo que pase… estaré aquí para ti. Siempre.
Sus palabras, tan simples, pero llenas de seguridad, lograron atravesar las barreras de su miedo. Shelby asintió lentamente, apretando sus manos contra las de Lincoln. Finalmente, ambos dieron el primer paso hacia la casa, juntos, sabiendo que enfrentarían cualquier cosa como un equipo.
Estando frente a la puerta, con el viento helado envolviéndolos, Lincoln se detuvo un instante antes de levantar la mano para tocar. Miró a Shelby, quien respiraba profundamente, intentando calmarse.
—¿Lista? —preguntó en voz baja, como si cualquier sonido más fuerte pudiera romper el frágil momento.
Ella vaciló un segundo, pero al final asintió.
—… Sí.
Ambos soltaron sus manos, sabiendo que debían actuar como si nada hubiera sucedido. Como si lo que ocurrió en el garaje nunca hubiera existido.
Lincoln tocó la puerta, y durante esos breves segundos de espera, compartieron un silencio cargado de promesas no dichas. Ambos sabían que, sin importar lo que los esperara al otro lado, se apoyarían mutuamente.
Después de todo… la familia siempre se apoya, ¿no?
.
.
.
.
.
Si la historia tiene apoyo, yo la continuaré. Feliz Navidad y próspero año nuevo.
:)
