Uh, esta es mi primera historia. Al menos la primera que escribo en español y en esta plataforma, tal vez me fui un poco de madres con las descripciones pero tengo gustos raritos, no me juzguen ≧◔◡◔≦. En fin, espero les guste. No duden en dar criticas, me ayudaría un montón :).


Dolor. Ay, dolor que quema y arde, ¿Qué sería del hombre sin dolor?¿Que detendría al hombre de la imprudencia y la destrucción? Como un juez ha reprochado nuestros errores y marcando a fuego vivo el rechazo a lo que lo provoca. ¿Qué sería del niño inocente que juega con fuego si no sintiera el calor abrasador quemando su piel? El dolor es la base de la supervivencia del hombre, el dolor es maestro y guía, el dolor es fuego y forja.

Oscuridad, la nada, misteriosa y temible. La ausencia de algo o la simple inexistencia. Como un sueño eterno sin sueño, una pesadilla sin miedo o un vacío sin fin. Rei gusta de soñar, y teme las pesadillas más nunca pensó experimentar la nada, ni en la peor de ellas. Nada es tenebrosa, pero más tenebroso es despertar de la nada.

De nada a todo.

Los oídos rugen con el cantar de las aves y bocinas de coches. Duele. Los oídos le duelen, el ruido duele ¿Por qué?. Su nariz es asaltada por un olor metálico nauseabundo que le rodea. Su cuerpo se siente frío, y a la vez caliente, su interior arde de calor, un calor incomprensible que surge de su pecho y se traslada por su ser, su piel, helada y prácticamente carente de sensación es golpeada incesantemente por la sensación de ardor al contacto con el cálido líquido pegajoso sobre el que está tirado. Fuerza sus manos a tapar sus oídos solo para ahora sentir ese mismo líquido en ellos sin siquiera lograr su cometido, el sonido no cesó, se volvió más profundo, ahora resonando sin piedad en sus oídos y estremeciendo hasta los huesos.
Intenta moverse solo para notar como sus piernas no reaccionan, lentamente, abre los ojos solo para ser asaltado por la luz abrasadora de la estrella mayor irradiando calor a la tierra, sus ojos arden, pero no tanto como su cabeza duele. Dolía menos cuando estaba en la nada, ¿Qué era la nada? No sabía describirlo, ni tenía tiempo para preguntas filosóficas. Cuando intenta moverse de nuevo siente un dolor terrible en su espalda, gruñe y se queja antes de que el dolor se detenga, dejando dolor fantasma y la sensación de escozor en su lugar, al menos ahora si se puede mover.

Si bien el dolor le había robado toda concentración, su mente aún buscaba respuestas al origen de su desdicha. "¿Qué pasó?, ¿Dónde estoy?, ¿Cómo llegué aquí? " siendo algunas de ellas, mendigo por las respuestas que se filtraban como agua por sus manos, sin embargo, el dolor las ahogó a todas, desvaneciendo en la marea de dolor que azotaba el barco de su conciencia.
Al intentar levantarse se resbaló con ese líquido sobre el que estaba tirado, confundido y agotado, Rei se dispone a dar una mirada aprensiva al causante de su más reciente fuente de dolor dudando por un segundo, un sexto sentido le dicta que no debe mirar, que la ignorancia es una virtud y una vida sin saber es mejor que una vida de dolor. Si bien Rei le da la razón a este sexto sentido, está demasiado agotado como para que le importen tales estupideces, ni más abrió los ojos, ahogó un grito al ver el líquido carmesí que rodeaba su cuerpo, por un momento fue incapaz de procesar si este era suyo o de otro pobre diablo. El terror le invadió, pero un demonio más grande acechaba, y uno que tal vez ignoraba, el saber que tal vez ya ni le importaba.

El olor, aquel nauseabundo olor que por un segundo había empezado a ignorar regresó con la fuerza de un tren, arrasando con la voluntad de mantener su desayuno en su estómago. Rápidamente se movió a un lado y vómito cerca de una pared, el asqueroso olor de su desayuno semi-digerido era, de una forma irónica, más agradable que el hedor de la muerte a sus espaldas. Ahora con el estómago vacío y la mente exhausta, se dispuso a sentarse algo lejos de la fuente del hedor. Dando pasos temblorosos alcanzó sentarse en las escaleras de emergencia oxidadas de un edificio adyacente al callejón. El hedor a sangre seguía pululando en el aire, mientras que el óxido, tan repugnante e insalubre como suele ser, sirve de ancla, una muestra de que no todo lo asqueroso viene del horror, y, por ende, le da calma. Se sentó allí por lo que sintió como horas mientras sus oídos se acostumbran al ruido, su nariz se calmaba y sus ojos dejaban de arder. Mientras la marea del dolor se calmaba, su mente fue capaz de comenzar a procesar lo que había acontecido. Lentamente fue capaz de desenredar los hechos y crear una respuesta coherente a su situación. Él no recordaba cómo terminó allí, rodeado del denso líquido rojizo, caído como una marioneta con las cuerdas cortadas en medio de un callejón de mala muerte en quien sabe donde.

Las horas parecían desvanecerse en un mar de confusión. El metal oxidado a su alrededor era un recordatorio tangible de que aún había algo real en el mundo, algo que no se movía ni cambiaba, como él mismo. Su mente, aunque empañada por el cansancio y el dolor, comenzaba a hilvanar fragmentos de lo que había sucedido. La imagen de su despertar, el líquido carmesí a su alrededor, el ruido... todo se sentía como una pesadilla distorsionada, un sueño del cual no podía despertar. El olor a sangre seguía ahí, persistente, como una marca invisible en el aire. Aunque no podía ignorarlo, comenzó a parecerle más familiar que amenazante, como una presencia constante a la que se acostumbraba. Pero no era el olor lo que lo atormentaba; era la imagen, la imagen de cómo había llegado a estar rodeado por esa masa densa de muerte. Decidió hacer oídos sordos a sus miedos, abrazar la ignorancia y largarse.


En su caminata a casa los ojos de los transeúntes lo seguían, algunas miradas desconcertadas, otras cargadas de desdén o miedo pero ninguna detuvo su caminar. Ninguna era más aterradora que el infierno del que acaba de salir, ninguna pesaba más que la sangre que empapaba su cuerpo o el peso de sus pensamientos. Sus pasos vacilantes y débiles, como si el suelo le estuviera quitando el apoyo. Cada paso le recordaba el caos que acaba de escapar y lo empujaba hacia la calma de su hogar. Las calles que suele rondar ahora le parecen desconocidas, ajenas y extrañas, como si no pertenecieran, pero las luces siguen brillando, las paredes siguen erguidas, cubiertas de viejos posters publicitarios de heroes, rasgadas y gastadas por el tiempo, y el tráfico sigue marchando. Tal vez quién estaba fuera de lugar era el después de todo. Sea obra del destino o arte de magia no importa realmente, pero no fue detenido por las autoridades y nadie intentó detenerlo.

Llegó al atardecer, y al cruzar el umbral de la casa se encontró con una habitación vacía, la oscuridad de la casa le recibió con la misma indiferencia que las calles. No hay consuelo en el silencio, en la casa que solía estar llena de risas y voces, y que ahora es silenciosa y muda. Solo el eco de sus propios pasos lo acompaña mientras deambula por el hogar que desconoce, dirigiéndose al baño casi involuntariamente, sin realmente pensar, sin razón aparente. En su camino pasa por fotos enmarcadas, vistas estáticas de un pasado más bello, uno que ya no es.

Al llegar al baño se deshace de la ropa enchumbada en rojo y se mete a la ducha donde cepilla, y cepilla, y cepilla sin cesar para deshacerse del rojo. Cepillar con fuerza duele, pero duele menos que cuando despertó, y por más que cepilla el rojo no cede, no se va, no se quita. Cepilla hasta que la piel se enrojece, no por la sangre sino por la irritación, y entonces se limpia. Limpiar la sangre duele, pero más duele el recordar de donde vino, así que la quita, muerde y ahoga el dolor para ahorrar más dolor, pues recordar duele más que cepillar. El debe cepillar. Cada movimiento del cepillo sobre su piel parecía arrancar un poco más de sí mismo, como si pudiera deshacerse de todo lo que lo conectaba con lo sucedido. Pero el rojo persistía, como un eco lejano de un grito no oído. Lo que lo atormentaba no era la sangre que cubría su piel, sino el recuerdo de lo que había hecho, lo que había vivido. Cepilló hasta que la piel ya no podía arder más, pero no dejó de hacerlo. 'La limpieza nunca llega', pensó, 'la sangre siempre regresa'. Cuando el lluvero dejó de gotear solo se oía el chapotear de las gotas que caían de su cabello enchumbado. Se secó rápidamente y cambió a ropas limpias y grises, todo menos rojo, cualquier cosa menos rojo.

Sale de la ducha justo a tiempo para encontrarse con Shiori, quién solo ahora estaba subiendo a su habitación. Ella lo miró por un segundo, pero no hubo palabras, solo un saludo vacío. Un saludo que no pedía respuesta, que no esperaba conexión. Rei no respondió, como siempre. Él sabía que ella lo veía, pero nunca lo miraba realmente. La frialdad en sus ojos era más cortante que cualquier herida. El se va a su habitación, una sala con paredes blancas y vacías, una cama simple y desordenada, un escritorio desordenado con un computador viejo y empolvado. La habitación de un desgraciado, el refugio del solitario, la caverna del ermitaño. Allí se lanzó a su cama, se enredó entre las cobijas y se ocultó de la luz. Ahora oculto, en su rincón seguro, lloró. Suavemente, silenciosamente. Lloró por su dolor, lloró sus miedos, su ansiedad y lloró sus pecados. El roce de la tela le recordó a las manos arrugadas de su abuelo, manos viejas y gastadas por el trabajo, manos gentiles y amables. Le abrazan y acarician, dándole refugio. Como un fuego matrero en la noche fría. En medio de su llanto, un suspiro escapó de sus labios, una mezcla de tristeza y alivio, como si el simple recuerdo de aquellas manos pudiera ofrecerle un respiro. Pero ese consuelo era efímero, un fuego que se apagaba al instante, dejándolo solo en la oscuridad nuevamente. 'No hay regreso', pensó, 'pero tal vez el recuerdo sea suficiente para seguir un poco más'.

Mientras abajo su madre había llegado a casa, agotada y exhausta del trabajo, dirigiéndose a el refrigerador para tomar una cerveza, en su cuarto el chico se había levantado. Cansado de llorar y lamentarse, se dirigió abajo para saludar a su madre y hacer algo de comer. Ella estaba claramente cansada y no parecía que fuera a cocinar nada, y él no quería que Shiori comiera comida rápida, así que se forzó a hacer algo para ellos. No le hablo a su madre, ella no le hablo tampoco, hacía ya tiempo que no hablaban, no desde la muerte de su abuelo. Algo se rompió ese día. Cocina un plato sencillo, y llama a la familia a comer. Se sientan en silencio, y comen sin mucho drama, de vez en cuando la madre preguntaba a Shiori sobre su día en la escuela a lo que esta respondía brevemente, o, a veces, se explaya en detalles de su día para llenar un poco el vacío de la casa. Sin embargo, nada de esto le importa a Rei, en su lugar enciende el televisor y observa una pelea entre héroes y villanos en el noticiero.

"-rece ser que el héroe, Kamui Woods tiene todo bajo control, el villano está entre la espada y la pared." Se observa como el héroe logra atrapar al criminal con sus ramas. "Otro logró para este profesio-" Rei apaga el televisor, sin importarle las protestas de su hermana que estaba fantaseando con el héroe.

Nada más terminar su bocado limpia su plato y se dirige a su cuarto. Allí se sienta a reflexionar sobre el día, y descubre que, de hecho, no recuerda que paso antes de despertar en el callejón, si recuerda haber salido de la escuela, pero no recuerda haber sido apuñalado, golpeado, o haberse caído. De hecho, no vio ninguna herida en su cuerpo cuando se levantó, por lo que duda que la sangre sea suya. Pero, si no había ningún cuerpo a su alrededor, ¿De quién más sería la sangre sino suya? Toda duda que podría haber tenido se aclaró cuando notó un papel en su mesa de noche, el papel decía:

"Disculpame, Abuelo, me he rendido a la miseria. Esperame en el otro lado."

El mensaje era corto, tan efímero como el calor de una vela en la tormenta. Cerró los ojos, tratando de aferrarse a algún recuerdo, buscando un ancla para su barco a la deriva. Pero solo recordó el rojo, y el temor le hizo abrir los ojos.


El insomnio lo abrumó esa noche, las sombras que danzaban a su alrededor susurraban verdades a medias que él quería ignorar. Secretos que no quería saber, la ignorancia es una virtud, el conocimiento es una maldición. Pero él no podía ignorarlo más, algo, una realidad cambió dentro de él, lo cambió profundamente de una forma que él no podría limpiar o esconder.
La soledad de su habitación era densa, casi tangible. Cada grieta en las paredes parecía susurrar preguntas que no quería responder. ¿Qué significaba todo esto? ¿Por qué se había despertado allí? ¿Y por qué, a pesar de todo lo que había sentido, seguía vivo? Suspiro con resignación, como si el peso de todo lo que había experimentado hubiese encontrado, aunque fuera por un instante, un lugar donde descansar. Rei no buscaba respuestas en ese momento, ni siquiera consuelo. Solo quería silencio, el tipo de silencio que no es vacío, sino lleno de una paz tenue, aunque momentánea.

La habitación lo envolvió en su monotonía, en la seguridad de sus paredes blancas y su soledad. No había juicios ahí, ni preguntas incómodas, sólo el latido constante de su corazón y el sonido amortiguado de sus propios sollozos. Cerró los ojos, dejando que el cansancio lo consumiera, esperando que el sueño lo llevara lejos, a un lugar donde el rojo y el hedor no existieran. Pero sabía que no podía escapar de todo, no para siempre. La sangre puede lavarse de la piel, pero no del alma.

En el rincón oscuro de su mente, una pregunta persistía, tenue pero insidiosa: '¿Qué fue lo que realmente pasó?' Y con esa pregunta, Rei finalmente se dejó arrastrar por el sueño, no porque quisiera, sino porque su cuerpo ya no podía más.