Capítulo 20: Si el tiempo está en tu contra, corre.

Draco abrió los ojos, sobresaltado. El primer pensamiento que cruzó su mente fue la conversación que había tenido con Hermione la tarde anterior, una que se había quedado dando vueltas en su cabeza como un eco persistente que no lograba apagar.

Granger… estaba embarazada.

Hermione Granger. La misma chica que durante tantos años había sido un blanco fácil para sus burlas y desprecios, ahora estaba embarazada de él.

Ambos sabían que algo así podía pasar cuando se habían encerrado en aquel cuarto de escobas, dejándose llevar por impulsos que ninguno de los dos había querido reconocer ni parar a tiempo. Pero, aun así, no dejaba de ser extraño pensar que algo así hubiera terminado ocurriendo. Sobre todo cuando, tan solo un mes atrás, Draco ni siquiera había sido capaz de considerarla atractiva. Aunque, viéndolo en retrospectiva, estaba seguro de que en realidad nunca se había tomado el tiempo de mirarla bien. No más allá de los prejuicios que siempre la habían rodeado.

Por formar parte del insoportable grupito de Potter y Weasel, por ser de Gryffindor, por ser una sabelotodo insufrible… y, por supuesto, por ser una nacida de muggles.

Y ahora ella, Hermione Granger, llevaba en el vientre su semilla.

Y ahora, gracias a ella, a Hermione Granger, la maldición que llevaba tanto tiempo atormentándole había desaparecido.

Se sentía más sano que en mucho tiempo.

Y más muerto por dentro que nunca.

Nunca más volvería a ver a Daphne.

El perfecto rostro de la chica con la que una vez había imaginado envejecer había sido reemplazado por el horroroso recuerdo de su cuerpo tirado entre la maleza como si fuera basura. Estaba convencido de que sus ojos, vacíos de cualquier resquicio de vida, lo habían mirado con frialdad, recriminándole el no haber estado ahí para protegerla.

¡Maldita sea! Aquella mirada apagada estaría grabada en su retina para siempre.

El dolor le quemaba por dentro, y con él, la rabia. Una furia salvaje que se desataba cada vez que pensaba en el asesino que le había arrebatado la vida a Daphne. Solo Salazar sabía lo que haría si alguna vez llegara a tenerlo delante. Draco se regocijó al pensar en cómo alargaría su sufrimiento, en cómo disfrutaría ver al culpable retorcerse de dolor. Sería música para sus oídos.

La sensación era abrumadora. No sabía cómo describirlo, no sabía siquiera cómo empezar a procesarlo.

Sentía como si todo su mundo se hubiera desmoronado con la muerte de Daphne, y a la vez se estuviera reconstruyendo lentamente cada vez que Hermione lo sostenía en su regazo y le susurraba que todo iría bien.

¿Cómo no había notado antes lo dulce que era?

Daphne había sido la única chica en su corazón hasta darse cuenta de que nunca había conocido a nadie como Granger. Solo alguien como ella habría insistido en ayudar a quien había convertido en pesadillas muchos de sus días en Hogwarts. Solo alguien como ella se habría sacrificado por él, comprometiendo su propio bienestar físico por salvarlo de la maldición… la maldición que lo había atado y consumido durante tanto tiempo, obligándolo a vivir bajo la amenaza de convertirse en solo una sombra de sí mismo. Y ahora, gracias a ella, la maldición había desaparecido.

Sintió una lágrima deslizarse por su mejilla. Se la sacudió con furia. Odiaba mostrarse vulnerable, especialmente frente a sus compañeros de habitación. Solo recordaba haber llorado frente a tres personas en toda su vida: su madre, Daphne y Hermione.

Se levantó de la cama, tratando de deshacerse de la sensación de vacío que le oprimía el pecho.

Hermione.

Quería verla.

Por supuesto, se había dado cuenta de que el día anterior no había aparecido por el Gran Comedor durante la cena, y aunque le molestó no poder verla, asumió que Madame Moore la había retenido más de la cuenta en la tienda para hacerle los últimos retoques a su vestido, o bien que ella misma había decidido no aparecer por allí después del encontronazo con Astoria.

Echó un vistazo a la mesa de Gryffindor al llegar para el desayuno, pero no la encontró. Apuró la comida de su plato todo lo posible sin quitarle ojo a la puerta del Gran Comedor, deseando verla entrar.

A decir verdad, el hecho de estar sintiendo cosas tan fuertes hacia ella en tan poco tiempo le resultaba algo molesto, no podía negarlo. En cuestión de días se había convertido en una obsesión. Ansiaba su cercanía, poder tocar su delicada piel cuando nadie más miraba o encontrarse con ella en pasillos aislados para atraer su rostro hacia él y besar sus labios.

Ella era el único motivo por el que no se había vuelto loco después de lo que le había pasado a Daphne. Hermione Granger sujetaba el hilo del que Draco Malfoy pendía sobre el abismo.

Solo unos pocos rezagados seguían en el Gran Comedor apurando los platos de pudin, cereales y huevos revueltos, pero Hermione seguía sin aparecer.

—Vamos tío —le urgió Blaise—. Llegaremos tarde a clase.

Podía ver que se estaba mostrando más atento con él desde lo de Daphne. No le preguntaba abiertamente cómo se encontraba, pero notaba la manera en la que lo observaba para asegurarse de que la depresión que llevaba por dentro no le haría tirarse de la torre de Astronomía en cualquier momento.

Pero Blaise podía reanudar sus extrañas citas con el chico Weasley y olvidarse de él.

Draco solo quería que lo dejaran en paz.

¿Dónde estaba su chica?

Esperando sentada en la primera fila de la primera clase del día, seguro.

Pero no estaba ahí.

Ni en la siguiente.

Y tampoco apareció para el almuerzo.

Con su característica vitalidad recién recuperada, Draco corrió hacia la biblioteca con una sensación inquietante que le carcomía el pecho. Hermione nunca faltaba a las clases, pero tal vez había perdido la noción del tiempo al sumirse en una lectura interesante. Debía ser eso, ¿verdad? No podía estar pasando de nuevo. No podía estar desaparecida y, desde luego, tampoco podía aparecer de la misma manera que lo había hecho Daphne.

Empujó la puerta de la biblioteca con todas sus fuerzas y empezó a recorrer sus pasillos con paso ligero y respirando con fuerza, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón ante aquel último pensamiento.

No.

Ella no.

Un recordatorio mágico apareció escrito con humo blanco ante sus narices. «Recuerde: No corra por los pasillos de la biblioteca». Movió el brazo para disipar las palabras y seguir su camino.

¡No estaba por ninguna parte!

Se apresuró hacia una mesa donde estaba Patil, una de las chicas que compartían habitación con ella.

—Tú, ¿sabes dónde está Hermione? —preguntó Draco, impaciente.

La sobresaltada chica levantó la mirada con sorpresa. Claramente no esperaba que Draco Malfoy fuera a dirigirse a ella directamente.

—¿Her…mione? —repitió ella, claramente consciente de cómo la llamaba por su nombre de pila—. Vaya, veo que los rumores son ciertos…

—Responde de una vez.

—¡Silencio! —le reprendió la bibliotecaria.

—¡Cállese usted! —exclamó el chico por encima del hombro, dejando a la mujer estupefacta, volviendo de nuevo su atención a Padma Patil—. Dónde. Está. Hermione.

La aludida se encogió un poco sobre sí misma ante la rabia que emanaba del Slytherin.

—No la he visto desde ayer. No ha dormido en su cama.

Draco sintió una punzada de preocupación al escuchar esas palabras. Definitivamente algo iba mal.

Sin perder más tiempo, Draco dio media vuelta y salió de allí, su mente ya trazando el siguiente paso. Aunque Patil no la hubiera visto, tal vez Potter o Weasley sabrían algo.

Corrió por todo el castillo, subió y bajó escaleras e inspeccionó cada rincón hasta encontrarlos. Estaban charlando tan tranquilamente apoyados contra la pared de su próxima clase.

—¿Dónde está Hermione? —les preguntó sin preámbulos.

Potter y Weasley se miraron con el ceño fruncido.

—¿Por qué no nos lo dices tú? —respondió Ron—. Últimamente siempre está donde estás tú.

Draco tuvo que contenerse mucho para no lanzarle un maleficio allí mismo.

—La última vez que la vi fue ayer por la tarde —les espetó el rubio—. No apareció para la cena, no ha pasado la noche en vuestra sala común, no ha bajado para desayunar ni para almorzar, no ha asistido a clase… —añadió, como si aquella última frase fuera la prueba irrefutable de que algo malo estaba pasando.

Potter se rascó la cabeza, haciendo una mueca rara.

—He supuesto que estaría estudiando —dijo.

—Todo el mundo supone que Hermione está siempre estudiando, pero tiene una vida más allá de los libros, ¿sabes? —replicó, arrugando la nariz mientras lo miraba.

Hermione no era solo la rata de biblioteca que una vez había creído que era.

Hermione era mucho más que eso.

Y jamás se perdonaría a sí mismo si le pasaba algo.

—Dap… —Necesitó aclararse la garganta antes de continuar—. Daphne también desapareció de la nada antes de… —Se detuvo. No era necesario decirlo en voz alta, ellos sabían a lo que se refería. Hizo una pequeña pausa al ver cómo los rostros de ambos se tensaban al instante—. Ya estáis sobre aviso. Empezad a buscarla. Preguntadle a todo el mundo si la ha visto. Yo iré a Hogsmeade. Lo último que me dijo fue que iba a recoger su vestido para la graduación.

Salió del castillo tomando una profunda bocanada de aire. Era imposible no volver a aquel día en la tienda de Madame Moore, en cómo había sentido una chispa extraña en la boca del estómago en el instante en que ella empezó a desvestirse frente a él para que la estilista pudiera tomarle medidas.

Recordaba que al principio había intentado distraerse. Se había sentado en aquel sofá rosa pálido y había fingido mirar alrededor, prestando atención a cualquier detalle irrelevante con tal de no mirarla a ella directamente. Pero cuando Hermione dejó caer la túnica y comenzó a desvestirse con esos movimientos lentos y cuidadosos, algo en él cambió.

A partir de entonces, fue imposible ignorarla.

Lo había intentado, pero no había podido apartar los ojos de ella. Y había sido testigo de cada detalle, como la manera en la que se había mordido el labio mientras colgaba la túnica o cómo se había puesto colorada. Había parecido incómoda, como si el simple hecho de desnudarse frente a él la hiciera vulnerable. En realidad, los hacía vulnerables a ambos. No era la primera vez que la veía así, pero aquella vez había notado su desnudez más cruda, más real. Y él la había mirado como si la estuviera viendo por primera vez: la curva de su espalda al agacharse para recoger la falda, la pequeña mancha en la piel de sus muslos, la forma en la que su cabello caía sobre su rostro, cubriéndolo parcialmente…

Mientras la modista le tomaba medidas, Draco no había podido dejar de mirarla. Había sentido una atracción tan abrumadora como contradictoria. Sabía que debía mantenerse distante, pero cada vez que sus miradas se cruzaban a través del espejo, el espacio entre ellos se había vuelto más pequeño, más insoportable.

Había algo en la manera en que ella lo desafiaba, en cómo lograba verlo por completo más allá de las máscaras que había usado toda su vida. Y, de alguna manera, eso lo aterraba tanto como lo atraía. Porque nunca antes había pensado en Hermione de esa manera, no con tanta claridad.

Pero ahí estaba, sin poder apartar los ojos de ella.

"Yo amo a Daphne," se había recordado, aunque la frase había sonado vacía en ese momento, casi como una mentira.

¿Aún la amaba?

Había evitado tener que enfrentar esa pregunta comprándole la rosa más hermosa que había encontrado en la tienda de flores de Hogsmeade. Ahora sabía que aquel impulso no había sido más que un intento desesperado por aferrarse a lo seguro, a la comodidad de lo conocido, a su vida con Daphne. Un intento por convencerse a sí mismo de que al volver con Daphne todo volvería a ser como antes. Que todo lo que sentía por Hermione desaparecería.

Debería haber sabido que no funcionaría, tan pronto como se descubrió pensando en el cuerpo de Hermione, en el brillo de su cabello y en todo lo que le hacía sentir mientras volvía al castillo con la rosa en la mano.

Ahora se sentía estúpido por haber siquiera intentado recuperar a Daphne. Una pequeña parte de él siempre había sabido que, aunque lo lograra, Hermione seguiría persiguiéndolo en sus pensamientos.

Verla salir despeinada y acalorada de la habitación de Viktor Krum había sido la confirmación de aquello. Un fuego de rabia irracional se había encendido en su interior al comprender lo que había pasado ahí dentro, golpeándolo como una daga de celos que no había podido anticipar.

Por un momento no había sido capaz de apartar los ojos de ella, de los revueltos mechones de cabello que caían sobre sus hombros, de las arrugas en su camisa y de los botones a medio abrochar. Cada detalle en ella le había hablado de algo que no había querido imaginar.

Era absurdo que le importara tanto, que le doliera de esa forma. Hermione no le pertenecía, nunca le había pertenecido, pero la idea de que hubiera estado con Krum lo volvía loco. El hecho de que alguien como aquel búlgaro la hubiera tocado con esas sucias manos grandes y callosas lo ponía enfermo.

En ese momento había sentido como si Krum hubiera ganado una especie de batalla que Draco ni siquiera sabía que estaba librando.

Y entonces había sabido que nadie debía tocar nunca más a Hermione Granger, nadie que no fuera él.

Pero sí la habían tocado. Alguien… algún desgraciado se la había llevado dejos de él.

Iba sumido en sus pensamientos cuando un dolor repentino lo golpeó al poner un pie en la plaza principal. Ese era el lugar donde Daphne… donde la encontró, fría y sin vida. Nunca pensó que volvería a pisar ese sitio.

Con un profundo suspiro, cruzó la plaza y entró en la tienda. Madame Moore estaba detrás del mostrador cosiendo un delicado vestido de seda. Al verlo, levantó la mirada y lo saludó con cortesía.

—Señor Malfoy, qué sorpresa verte por aquí. ¿En qué puedo ayudarte?

Draco no perdió tiempo y fue al grano.

—¿Estuvo Hermione Granger en su tienda ayer? Iba a venir para recoger su vestido. ¿Lo hizo?

Madame Moore frunció el ceño, pensativa. Luego cogió una libreta y pasó un dedo lentamente sobre la lista de nombres allí apuntados.

—Me temo que no, señor Malfoy. Le di el aviso de que su encargo ya estaba listo, pero aún no ha venido a recogerlo.

El estómago de Draco se revolvió con esa confirmación. Hermione nunca llegó a la tienda. Algo había sucedido. Asintió lentamente.

—Yo la vi ayer poniendo rumbo al pueblo para venir aquí, pero nadie más la ha visto desde entonces.

—Cielo santo —murmuró la mujer—. No estarás insinuando que le ha pasado lo mismo que a esa pobre chica que encontraron en la plaza, ¿verdad?

Draco tragó saliva con dificultad. No. Aquella ni siquiera era una opción en su cabeza.

—Solo digo que está desaparecida. ¿Puede correr la voz por el pueblo? —le pidió.

—Por supuesto, joven.

—Hágame saber si alguien la ha visto.

—Lo haré, querido.

Al salir de la tienda, empezó a correr de vuelta al castillo.

Pocas veces había corrido tanto en su vida.

Y en un parpadeo se encontraba irrumpiendo en el despacho del director, que estaba reunido con las autoridades mágicas trabajando en la investigación sobre el asesinato de Daphne.

—Hermione Granger ha desaparecido —se apresuró a informarles, exhalando con fuerza entre palabra y palabra.

A su llegada le precedió el silencio más absoluto por un puñado de segundos. Luego, una bruja en sus cincuentas se levantó del asiento y dio una palmada en el escritorio frente a ella.

—Primero el secuestro y maldición impuesta al señor Longbottom, luego el asesinato de la señorita Greengrass, y ahora, de nuevo, otro secuestro. Hay que clausurar el castillo. ¡Ningún alumno de Hogwarts puede volver a desaparecer, no bajo mi mandato!

La mujer empezó a dar instrucciones a sus inferiores, ordenándoles que se pusieran en marcha de inmediato.

Todos los estudiantes del castillo debían estar de vuelta en sus respectivos hogares antes de que cayera la noche. Alguien iba a encargarse de avisar a los padres o tutores legales de cada alumno, otra persona escribiría un comunicado urgente al Ministerio dando parte de lo sucedido, otra sería la responsable de coordinar la búsqueda de Hermione Granger dentro de los terrenos del castillo y sus alrededores…

Draco apenas podía procesar todo lo que estaba sucediendo. El despacho del director acababa de llenarse de una actividad frenética, pero para él todo parecía un borrón, un murmullo distante.

Solo volvió a tener contacto con la realidad cuando alguien empezó a zarandearlo por los hombros.

—¿Dónde fue vista por última vez? —preguntó la voz grave del director.

—Yo... yo la vi alejarse por el camino que lleva a Hogsmeade. Iba a la tienda de Madame Moore para recoger un vestido, pero acabo de estar allí y me ha confirmado que nunca llegó.

—Sus compañeras de habitación mencionaron que no la vieron esta mañana en clase —intervino McGonagall, quien había entrado discretamente en la sala durante la conmoción—. Al parecer, la señorita Granger no durmió en la torre de Gryffindor anoche.

Los engranajes de la mente de Draco comenzaron a girar cada vez más y más deprisa. Aunque lo mandaran de vuelta a casa, no podían obligarle a quedarse de brazos cruzados. Necesitaba encontrar algo, cualquier cosa, con lo que poder empezar a investigar.

Aprovechó el ir y venir de adultos para escabullirse del despacho y poner rumbo a la sala común de Gryffindor. Sin pensárselo dos veces, usó la contraseña que le había escuchado decir a Hermione para que el retrato le diera acceso y entró a toda prisa. Escuchó protestas, pero nadie se atrevió a interponerse en su camino.

Nadie podría pararlo.

Se arrodilló frente al baúl de Hermione y comenzó a revisar su contenido. Sus manos, normalmente firmes, temblaban levemente mientras apartaba libros, pergaminos y pociones. Finalmente, encontró un pequeño trozo de pergamino doblado que estaba escondido en una esquina.

Desplegó el papel. Era una nota escrita con la letra de Hermione. Parecía un resumen de los detalles de la respuesta de Beatrice Brown a su carta. Hermione había escrito lo que recordaba después de que la carta se autodestruyera, claramente con la intención de encontrar una manera de salvarlo.

Se le encogió el corazón, pero empezó a leer.

-La señora Brown reconoce haber lanzado una maldición a Malfoy.

-La maldición puede romperse si Malfoy embaraza a una nacida de muggles, no a una sangre pura ni a una mestiza.

-La maldición tiene un límite de tiempo. Malfoy podría morir si no cumple con los requisitos.

-La señora Brown busca vengarse de su familia, especialmente de Lucius, por haberla hecho perder su empleo.

-La maldición también busca humillar a Draco Malfoy por haber acosado a su hija, Hannah Abbott, desde que descubrió que el padre de esta eligió vivir en el mundo muggle como uno más.

Draco frunció el ceño ante el último dato.

Hasta donde él recordaba, jamás había acosado a Hannah Abbott. Al menos no como solía hacerlo con quienes de verdad traía entre ceja y ceja. Además, no sabía que su padre había decidido dejar el mundo mágico, ¿por qué iba a saberlo? Ni siquiera le ponía cara a ese hombre.

Sacudió la cabeza, se guardó la nota y siguió buscando entre sus pertenencias cualquier cosa que pudiera serle de ayuda para averiguar su paradero, pero no había mucho más que pudiera servirle.

Para cuando volvió a la sala común, ya se había corrido la voz de que Hogwarts cerraría sus puertas aquella noche, pero esta vez con todos sus estudiantes al otro lado de los muros.

Había gente preguntando qué había pasado, y si la ceremonia de graduación también se cancelaba. Otras personas corrían aquí y allá con nerviosismo. Otros tantos preguntaban por qué diablos estaba el maldito Draco Malfoy parado sobre la moqueta de motivos rojizos de su sala común.

En resumen, era muy probable que todo el castillo se hubiera vuelto histérico tras la repentina noticia de que debían volver a casa.

Y allí, sentado frente a él, Crookshanks lo miraba inmutable... como si esperara algo de él.

Draco respiró profundamente.

Sabía que Hermione nunca le perdonaría que dejara a su horrible gato allí solo.

Se acercó con cautela y estiró los brazos para cogerlo. Esperaba que opusiera resistencia, que le lanzara un zarpazo o un mordisco, pero no hizo nada de eso. Simplemente se dejó coger, y la impoluta túnica de Draco estuvo llena de pelos naranjas en un santiamén.

Excelente, el gato iría con él a la mansión.


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Cristy.