Capítulo 22: Mantén los ojos bien abiertos.
El corto periodo de histeria que había tenido lugar entre los muros de Hogwarts se expandió rápidamente al resto del mundo mágico cuando los señores Parkinson dieron la voz de alarma: su hija también había desaparecido.
En cuestión de horas, la noticia se esparció como un incendio descontrolado por el Callejón Diagon, el Ministerio de Magia, cada rincón de Hogsmeade, el Valle de Godric… El pánico se apoderó de los padres, que ahora se mostraban reticentes a dejar que sus hijos salieran de casa sin supervisión mientras que los periódicos publicaban ediciones especiales cada pocas horas, con titulares alarmantes como "Asesinan a estudiante de último año en Hogwarts: La seguridad del castillo en entredicho", "Más desapariciones de alumnos: Hogwarts en el punto de mira del Wizengamot" y "El Ministerio de Magia se muestra incapaz de controlar la situación: Las familias entran en pánico".
Draco había sido testigo de cómo su padre perdía el control de su magia mientras leía e incendiaba el periódico con sus propias manos. Muchos estaban poniendo en entredicho su capacidad para liderar el Consejo Escolar de Hogwarts, y era por eso que su padre, quien solía manejar cada problema que se le planteaba con elegancia, ahora estaba al borde del colapso. Su furia, normalmente reservada y contenida, se manifestaba en cada uno de sus movimientos mientras caminaba en círculos en su despacho, y también en las chispas incontrolables que escapaban de su varita mientras repasaba las cartas del Ministerio y los informes de la seguridad escolar, todos criticándolo y cuestionando su liderazgo.
Draco, que raras veces había presenciado a su padre tan fuera de control, sentía cómo se tambaleaba el mundo a su alrededor. Sabía que su padre nunca admitía un error, pero lo cierto era que habían asesinado a Daphne, y habían secuestrado a Hermione y a Pansy, y los únicos responsables de aquello eran un pequeño grupo de personas encabezado por Dumbledore y su padre.
Había llegado un momento en el que el cabeza de familia había prohibido la entrada de periódicos en su mansión, pero Draco se las había ingeniado para introducirlos a hurtadillas, tal y como había hecho con el gato de Hermione.
Nunca había sido exactamente un experto en contrabando de gatos, pero estaba seguro de que Hermione lo hubiera odiado de haber dejado atrás a Crookshanks, así que simplemente lo cogió en Hogwarts y lo soltó en su habitación.
Al principio se había estirado y luego había comenzado a pasearse por la habitación, como si inspeccionara su nuevo territorio. Draco, por su parte, había colocado un pequeño arenero que había comprado en una tienda muggle en una esquina discreta de la habitación. También había comprado comida para gatos y, para su sorpresa, algunos juguetes para gatos.
Draco odiaba a los gatos. Odiaba a ese gato feo de bigotes despeinados… pero prefería que Crookshanks se desquitara con unos juguetes y no con las caras cortinas de su habitación.
—Tienes todo lo que necesitas —le había dicho, mirando al gato con una mezcla de incredulidad y resignación por, de repente, encontrarse teniendo un compañero de cuarto—. No me causes problemas, ¿entendido?
Crookshanks no había respondió, simplemente se había limitado a saltar sobre la gran cama de Draco y a acomodarse como si el lugar le perteneciera. Draco había resoplado. Sabía que se le había olvidado comprar algo… una cama para el gato.
Genial, ahora también compartirían cama.
Esa misma mañana, mientras hojeaba las páginas del Profeta y observaba el pálido rostro de su padre en los titulares que exigían respuestas y culpaban al Consejo Escolar, Draco se sacó un pelo anaranjado de la boca con una mueca de disgusto.
—Puaj. ¿Cómo llegan tus pelos a mi boca? —murmuró, lanzando una mirada de desaprobación al felino. Crookshanks lo miró achicando los ojos, como si le molestara su presencia—. Estúpida bola de pelo.
Se apartó de él con un suspiro frustrado y volvió a concentrarse en el periódico. En una de las fotos, las partidas de búsqueda ocupaban las primeras planas: había decenas de personas distribuidas a lo largo de campos y bosques, con los ojos atentos y las varitas en alto, buscando a las chicas desaparecidas en cada rincón de las localidades mágicas. Draco siguió observando hasta que se percató de una figura conocida en una de las imágenes: Harry Potter, al frente de una de las patrullas de búsqueda, con una expresión que Draco no había visto en él... bueno, nunca. Era una mezcla de desesperación y cansancio, con el ceño profundamente fruncido y los ojos oscuros de fatiga.
Potter era inconfundible, incluso en una imagen tan pequeña. Aunque Draco lo odiara por múltiples razones, en aquel momento sintió algo parecido a la empatía. Esa era la misma desesperación que había estado sintiendo él también, aunque se esforzara en disimularlo.
Draco sabía que no iban a encontrarlas.
Alguien las tenía presas, y si el criminal seguía su patrón de comportamiento, solo la encontrarían cuando las matara y las tirara el lugar menos pensado.
Sacudió la cabeza.
Eso no iba a pasar.
Había pasado varios días buscando sin descanso alguna pista que lo llevara a descubrir qué les había pasado a Hermione y Pansy… Había ido a preguntar por Beatrice Brown al Ministerio, donde le habían confirmado lo que su madre le había dicho: la tal señora Brown nunca había trabajado para el Ministerio. Había intentado contactar con ella por carta, pero su lechuza siempre volvía con la misma con la que se había marchado. También había tratado de encontrar dónde vivía, pero aparentemente nadie la conocía o solo la recordaba vagamente.
Una idea empezó a formarse en su mente mientras seguía mirando la foto donde aparecía Potter. Algo en su mirada le hacía ver que él tampoco estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados.
La decisión final la había tomado esa misma tarde. Cansado de que las pocas pistas que tenía no lo llevaran a ninguna parte, Draco había sabido que tenía que actuar pronto, que debía hacer algo… y ese "algo" involucraba inevitablemente a Harry Potter.
Tras una breve y rápida comunicación por carta, Draco apareció en el andén de tren muggle donde Potter había accedido a encontrarse con él. La estación estaba casi vacía, y las luces tenues hacían que el lugar pareciera sumido en una penumbra extraña. Aunque la angustia y la preocupación lo carcomían por dentro, Draco mantenía su expresión fría y calculadora, una máscara que había perfeccionado a lo largo de los años para ocultar sus emociones. Sin embargo, no podía ignorar el hecho de que Potter parecía ir a desmoronarse frente a él de un momento a otro. Sus profundas ojeras y su postura encorvada reflejaban una mezcla de desesperación y agotamiento que Draco nunca había visto en él. Potter estaba afectado, y era evidente que la situación estaba llevándolo al límite.
El Gryffindor ni siquiera lo miró cuando llegó, simplemente se quedó allí con la mirada perdida y fija en un punto invisible, como si estuviera atrapado en algún recuerdo oscuro.
—¿Alguna noticia? —preguntó Draco finalmente, rompiendo el silencio y tratando de sonar neutral.
Este negó con la cabeza, apenas moviéndola, y volvió a quedarse en silencio. La desesperación que irradiaba era palpable, y Draco sintió un estremecimiento involuntario. Nunca lo había visto así, pero no podía dejar que la compasión o cualquier otra emoción lo distrajera; tenían que actuar rápido, y cualquier información era crucial.
—Escucha, Potter —dijo adoptando un tono firme—, sé que quieres encontrarlas tanto como yo, pero no vas a conseguirlo buscando entre los campos de maíz ni mirando en cada esquina de Hogsmeade. Yo sé… algo. Tengo un hilo del que tirar, pero necesito que me ayudes a hablar con Longbottom.
Harry pareció despertarse de su trance. Alzó la mirada y parpadeó, como si intentara entender las palabras de Draco.
—¿Con Neville? ¿Por qué? —preguntó con voz cansada.
—Porque Neville es amigo de Hannah Abbott. Y Hannah es hija de… Beatrice Brown —explicó Draco, eligiendo cuidadosamente sus palabras mientras miraba a Potter con seriedad. Este le devolvía una mirada incrédula—. Sé que esa mujer tiene información sobre lo que está pasando, pero no consigo contactar con ella.
—Espera, ¿cómo sabes cómo se llama la madre de Hannah en primer lugar? Ni siquiera yo lo sé. No forma parte de ninguna familia poderosa o de renombre y es una nacida de muggles que mantiene un perfil bajo. Jamás te he visto hablando con Hannah. ¿Qué está pasando?
—Simplemente dime dónde encontrar a Longbottom. No pienso contar la misma historia dos veces, así que te enterarás a la vez que tu amigo.
Potter miró por encima de su hombro para comprobar que estuvieran solos. Acto seguido, cogió a Draco del codo y ambos se aparecieron frente a la residencia de los Longbottom, una casa antigua en una colina con un jardín repleto de plantas exóticas y mágicas que Neville y su abuela mantenían. Las plantas parecían haber sido cuidadas con mimo durante varias generaciones. Potter se adelantó y tocó la puerta, mirando a Draco de reojo con algo de desconfianza. Draco apenas notó la mirada; estaba concentrado en sus propios pensamientos, en la esperanza de que Longbottom estuviera dispuesto a escucharle y, aún más importante, a ayudarle.
La puerta se abrió lentamente y Neville apareció en el umbral, mirando a los ambos con sorpresa y, quizás, también un poco de incomodidad.
—Harry… Malfoy… ¿qué hacéis aquí? —preguntó, claramente confundido al verlos a los dos juntos.
—Necesitamos hablar contigo, Neville —dijo su compañero en un tono serio, sin rodeos—. Es sobre Hermione… y Pansy Parkinson.
La mención de Hermione hizo que Neville se enderezara, su expresión se tornó seria, y tras un momento de vacilación, los hizo pasar al interior de la casa.
—Está bien —dijo, guiándolos hacia la sala—. Pero será mejor que habléis rápido. Mi abuela no está muy contenta con las cosas que están pasando últimamente... con lo que me pasó a mí… y no quiere que reciba visitas, al menos por ahora. Tendréis que iros antes de que vuelva de hacer la compra.
Los chicos tomaron asiento y Draco fue el primero en hablar.
—Longbottom, sabemos que eres amigo de Hannah Abbott, y… tenemos razones para creer que su madre, Beatrice Brown, está de alguna forma conectada con las desapariciones.
Neville frunció el ceño, desconcertado.
—¿La señora Brown? Pero… ¿cómo? No entiendo por qué alguien como ella estaría relacionada con… todo esto.
Draco y Harry intercambiaron una mirada antes de que Draco continuara.
—Beatrice Brown puso una maldición sobre mí —confesó finalmente—. Una maldición que no pude ocultarle a Hermione durante la semana de castigo que pasamos sin poder separarnos.
Longbottom frunció un poco el ceño. Claramente no había pasado por alto el hecho de que hubiera empezado a llamar a Hermione por su nombre.
—¿Qué tipo de maldición? ¿Y por qué?
Salazar sabía que solo una de esas preguntas iba a ser contestada. No iba a entrar en detalles con esos dos. Ni en broma.
—La razón que me dio a mí fue que era una venganza contra mi padre por hacer que la despidieran del Ministerio… pero luego descubrí que jamás trabajó en el Ministerio. Cuando Hermione descubrió lo que me pasaba, se puso en contacto con ella para intentar ayudarme, y a ella le dijo lo mismo, añadiendo que su venganza también iba contra mí por acosar a su hija en Hogwarts.
—¿A Hannah? —lo interrumpió Longbottom—. Nunca me ha comentado nada al respecto.
—Porque nunca pasó. Nunca la acosé. Ni siquiera recuerdo bien cómo es su cara, ni si es rubia o morena. Simplemente… nunca me fijé en ella, para bien o para mal.
—¿Por qué mentiría la señora Brown en algo así? —preguntó Potter, confuso.
—No lo sé, pero quiero descubrirlo. Porque estoy convencido de que tiene algo que ver con la desaparición de Hermione…
—¿Qué tiene que ver la maldición que te puso con el hecho de que Hermione haya desaparecido? —quiso saber Longbottom.
—Hermione, como he dicho antes, quería ayudarme a deshacerme de la maldición… —Draco se detuvo un momento para coger aire y ordenar sus ideas. Era difícil pensar cuando solo quería matar a quien fuera que se hubiera llevado a Hermione—. Finalmente lo consiguió, aunque eso supuso ponerse en riesgo física y emocionalmente, y fue justo después cuando desapareció.
—No lo entiendo…
—Pues más te vale conformarte con eso porque no pienso darte más detalles —le espetó Draco, cansado de tener que dar explicaciones a esos dos inútiles.
—¿Y dónde entra Pansy en todo esto? —preguntó Potter.
Longbottom volvió a fruncir el ceño.
—Ella… no lo sé. Daphne… sí sabía lo de mi maldición, pero Pansy no. Pero tal vez se nos esté escapando algo. —Se giró hacia Longbottom—. ¿Sabes que fue Hermione quien te salvó de lo que te estaba haciendo Astoria? Fue la única que se preocupó por tu desaparición e hizo algo al respecto. Astoria no es alguien a quien tomar a la ligera, pero a ella no le importó arriesgarse a sufrir algún daño con tal de rescatarte, porque era lo que debía hacer. Porque era lo correcto. Haz tú lo correcto, Longbottom. Hazlo por ella —dijo con solemnidad—. Llévame a ver a Beatrice Brown.
—Céntrate en mi voz, Pansy. No, no cierres los ojos. Sigue conmigo, ¿de acuerdo? Sé que estás cansada, pero tienes que ser fuerte. No te rindas aún.
Hermione estaba haciendo todo lo posible por mantener despierta a Pansy, pero era difícil conseguirlo cuando había perdido tanta sangre. Cuando seguía perdiendo tanta sangre.
La estaba drenando.
Y a pesar de los esfuerzos del hombre por darle de comer y beber para mantenerla con vida, era evidente a los ojos de Hermione que no le quedaban muchas fuerzas para seguir.
—¡Si lo que quieres es su sangre tienes que darle tiempo a su cuerpo para que la regenere! —le gritó una vez cuando lo vio entrar por tercera vez en pocas horas en aquel cuarto oscuro.
El hombre, quien Pansy le había dicho días antes que se llamaba John Abbott (¡¿el padre de Hannah?!), la había mirado con desaprobación por el tono que había usado para referirse a él, pero había dado media vuelta y se había ido.
Una pequeña victoria que había sabido a poco cuando Pansy se veía tan… muerta.
Había estado colgada un tiempo, pero el hombre la había terminado bajando cuando su rostro empezó a tornarse de un preocupante tono azulado y sus labios y ojos empezaron a hincharse. Después de eso, simplemente la había dejado tirada en una esquina. Al fin y al cabo, ya apenas podía moverse. Se había convertido en una muñeca de trapo cuyas palabras eran incoherentes e inconexas.
Su cerebro no estaba funcionando bien por la falta de sangre en su cuerpo.
Gotas de la propia sangre de Hermione tintaban el suelo bajo su cuerpo de cuando aquel horrible hombre se la había estado extrayendo poco a poco para posteriormente inyectarle la de Pansy.
"Para hacerte pura y digna del ser divino que crece en tu interior", le había dicho.
¿Me dejas un review? :D
Cristy.
