Capítulo 23: El ritual y la semilla del mal.
La casa de Beatrice Brown se alzaba discretamente entre las edificaciones del Londres muggle, un lugar ordinario donde pocos esperarían encontrar alguna conexión con la magia. Draco, Harry y Neville intercambiaron miradas antes de que Draco tomara aire y golpeara la puerta con firmeza.
Apenas unos pocos segundos después esta se abrió, revelando a Hannah Abbott, quien los observó con evidente sorpresa. Una mezcla de confusión y desconfianza fue apareciendo lentamente en sus ojos a medida que intentaba comprender por qué aquel trío tan dispar estaba llamando a su puerta. Su mirada se detuvo en Harry un instante antes de pasar a Neville y dedicarle una mirada llena de preguntas. Cuando finalmente sus ojos se clavaron en Draco, su mirada se endureció y se cruzó de brazos de manera instintiva, interponiéndose entre él y el interior de su casa.
A pesar de no haber sido una víctima directa de sus mezquindades, conocía suficiente sobre la reputación del chico como para mantener las distancias. Era bien sabido que cualquier estudiante en Hogwarts podía contar historias poco agradables de sus encuentros (o desencuentros) con Draco Malfoy, y verlo en su puerta, en pleno Londres muggle y sin previo aviso, difícilmente presagiaba algo bueno.
—¿Por qué estáis aquí? —preguntó, clavando la vista en Draco con suspicacia.
Draco, manteniendo la calma, fue el primero en responder.
—Estamos aquí por un asunto que involucra a tu madre. Es importante.
Hannah lo miró detenidamente antes de fruncir el ceño como nunca antes había visto a nadie hacerlo.
—¿En qué clase de universo paralelo Draco Malfoy, Harry Potter y Neville Longbottom aparecen juntos en la puerta de mi casa para hablar sobre mi madre? —preguntó Hannah con incredulidad, sin apartar la mirada de ellos ni relajar la postura defensiva.
Draco mantuvo la compostura. Sabía que necesitaba a Hannah de su lado, al menos lo suficiente como para dejarlos entrar.
Estaba a punto de decir algo para convencerla de que solo venían en busca de respuestas cuando una mujer apareció tras Hannah.
No, no una mujer cualquiera.
Beatrice Brown.
Draco lo supo de inmediato por la forma en la que se le removieron las entrañas. No podía empezar a describir el cúmulo de emociones que estaba sintiendo al estar frente a ella por primera vez, la mujer a la que había odiado durante tantos meses y que tanto sufrimiento le había causado.
—En el tipo de universo en el que algo mucho más grande que tú y que todos nosotros está en juego —dijo la mujer.
Hannah se volvió hacia ella con desconcierto.
—¿Mamá…?
—Déjalos entrar, pequeña —le ordenó—. Por extraño que te parezca, sí que tenemos asuntos de los que hablar.
Hannah entrecerró los ojos viendo cómo su madre se alejaba hacia la cocina, pero finalmente suspiró y, después de una pausa, hizo un gesto hacia el interior de la casa.
Los tres siguieron a Hannah por el pasillo. Era pequeña pero acogedora, llena de detalles muggles y un aire a hogar que contrastaba con la tensión que los chicos traían consigo. Tomaron asiento en la sala, y Neville, quien había permanecido en silencio, se atrevió a hablar.
—Lamento haber aparecido así —empezó con tono suave, con la esperanza de calmar un poco las sospechas de su amiga—. Esto es… complicado. Yo no tenía ni idea hasta hace una hora.
Hannah se cruzó de brazos.
—Bueno Neville, ¿no crees que deberías haberme avisado antes de venir? —le espetó de forma recriminatoria. Luego se volvió hacia los otros dos—. ¿Qué queréis de mi madre?
Draco se aclaró la garganta, sabiendo que lo que iba a decir era mucho más complejo de lo que parecía. Y que no iba a gustarle nada a la chica Abbott.
—Necesitamos saber si tu madre tiene alguna relación con las desapariciones de Hermione y Pansy —dijo sin preámbulos—. Creemos que podría estar implicada.
Directo a la yugular.
Hannah se tensó, su expresión pasando de la sorpresa al disgusto más absoluto.
—¿Mi madre? ¡Estás loco! ¿Por qué mi madre tendría algo que ver con algo tan horrible? —replicó Hannah, claramente ofendida. Su tono era defensivo, y su mirada gélida se clavó en Draco como si acabara de convertirse en su enemigo número uno con aquella acusación.
Draco lo entendía. Si alguien hubiera acusado a su familia de algo así, probablemente también hubiera sacado las uñas. En aquella casa eran solo ellas dos, si golpeaba a una, golpeaba a ambas.
Beatrice, que había estado escuchando la conversación a través del pasillo, entró en la sala con una bandeja de té y pastas muggles que dejó sobre la mesita de centro.
—Hannah —dijo con un tono que mezclaba autoridad y… ¿reparo?—. Te doy la oportunidad de elegir si quieres quedarte o marcharte a tu habitación.
—Por supuesto que me quedo —respondió su hija con coraje.
—Debes saber que seguramente no te guste lo que oigas.
—¿Por qué? ¿Qué está pasando, mamá?
La mujer se dejó caer sobre el sillón de tela verde que había junto al sofá.
—He intentado protegerte manteniéndote al margen de todo esto, pero no son tiempos para orgullos ni para ocultar la verdad, hija. Hay cosas que necesitas saber… aunque este momento ha llegado antes de lo que esperaba.
La tensión en la sala era palpable. Harry y Neville intercambiaron una mirada mientras Draco se mantenía firme, sin apartar los ojos de Beatrice. Había esperado que fuera una mujer fría y evasiva, pero la figura que tenían delante era la de alguien mucho más desgastada por el peso de sus propios secretos.
Una parte de él quería levantarse y lanzarle la maldición más dolorosa que pudiera recordar. Quería insultarla, humillarla tanto como ella lo había humillado a él… pero no podía perder el control de sí mismo estando tan cerca de la verdad. Tan cerca, según le decía su intuición, de saber dónde estaba Hermione. Ella era mucho más importante que su ego, así que mantuvo la calma mientras esperaba una explicación por parte de la mujer.
Transcurrieron unos largos segundos antes de que empezara su relato.
—Como ya sabréis, soy nacida de muggles. Vengo de una familia bastante desestructurada: una madre alcohólica y un padre abusivo que, en su mayoría, brillaba por su ausencia. Así que cuando me llegó la carta de Hogwarts fue como un rayo de esperanza en medio de la oscuridad. Era mi oportunidad de escapar, de ser algo más que "la pobre hija de los Brown", esa niña que los vecinos miraban con lástima mientras murmuraban sobre lo terrible que debía ser mi vida en casa. Mis padres no comprendieron lo que significaba esa carta. Para ellos era solo otra rareza mía, algo más que no podían controlar ni entender. Pero para mí… era un milagro. Mi salvación. Un escape de todo lo que estaba mal en mi vida. — Hizo una pausa breve, sus ojos brillando con una mezcla de nostalgia y amargura, antes de continuar—. Cuando conocí a John, el padre de Hannah, fue como si todo finalmente cobrara sentido. Era encantador. Cariñoso. Atento. Nos hicimos novios en poco tiempo, y no pasó mucho hasta que me presentó a su familia. Nunca llegué a conocer a su padre, pero su madre era todo lo que la mía no había sido: amable, cálida, acogedora, y me hizo sentir bienvenida desde el primer momento. Por primera vez, me sentí parte de algo más grande que yo. Me casé con John completamente enamorada. Lo adoraba, y estaba convencida de que él sentía lo mismo por mí.
Beatrice bajó la mirada, como si las palabras siguientes fueran un peso que llevaba demasiado tiempo cargando.
—John y yo soñábamos con llenar la casa de niños. Queríamos cinco, seis… los que vinieran. Por primera vez en mi vida, el dinero no era un problema, y la idea de una familia grande y feliz parecía el final perfecto para la historia de mi vida. Cuando quedé embarazada, John se puso eufórico y me colmó de cuidados. Pero… cuando supo que nuestro primer bebé sería una niña, noté algo. Fue sutil, casi imperceptible, pero lo vi. Una sombra de decepción. Sin embargo, me aseguró que no importaba, que ya tendríamos un varón más adelante.
Levantó la cabeza y miró directamente a Hannah, sus ojos inundados de lágrimas contenidas.
—El parto fue una pesadilla. Tuve una hemorragia terrible, tan grave que los sanadores no estaban seguros de que sobreviviría. Estuve varios días en coma. Cuando desperté, lo primero que le dije a John fue que no quería volver a pasar por algo así nunca más. Pensé que lo entendería, pero... —Se interrumpió un momento, su voz quebrándose—. No lo hizo. Tan pronto como volvimos del hospital, comenzó a presionarme. Decía que le debía un hijo, un varón, mientras Hannah lloraba en su cuna sin recibir ni una pizca de su atención.
Los ojos de los presentes se dirigieron instintivamente hacia Hannah, que ahora sollozaba en silencio. Beatrice extendió una mano hacia su hija, pero no dejó de hablar.
—Poco después del nacimiento de Hannah y de mi negativa a tener más hijos, John insistió en acercarnos a los Malfoy. —Le dedicó una mirada compasiva a Draco. Él solo quería que siguiera hablando—. Decía que necesitaba una distracción, una amiga. Que seguramente cambiaría de opinión tan pronto como cogiera en brazos al niño de Narcisa. Me pareció extraño en ese momento que quisiera estrechar lazos con Lucius y su mujer, ya que durante nuestros años en Hogwarts nunca fueron nada parecido a amigos para nosotros. Eran… bueno, poco más que simples conocidos. Pero el hecho de que acabáramos de tener bebés que se llevaban tan poco tiempo hizo que Narcisa y yo nos convirtiéramos en buenas amigas…
A Draco le daba arcadas que alguien como Beatrice hablara de su madre y de su amistad con ella como si nunca le hubiera lanzado una terrible y depravada maldición a su hijo sin motivo aparente.
—Draco, eras tan bonito… —siguió diciendo—. Y tú y Hannah os divertíais mucho juntos.
Los chicos cruzaron miradas extrañas a través de la sala. Era difícil pensar que alguna vez habían compartido momentos juntos.
—John y Lucius también parecían congeniar, y todo estaba bien cuando ambas familias nos reuníamos. Pero esto no hizo que la situación con nuestro matrimonio mejorara. De hecho, seguía deteriorándose cada día. Cuando Hannah tenía solo tres meses, tuvimos una pelea terrible. John no dejaba de insistir en que debíamos intentarlo de nuevo, pero yo me mantuve firme. Algo cambió en él esa noche. Empezó a ignorarme por completo, a hacerme comentarios ofensivos… pero nada me dolía más que el hecho de que evitaba mirar a nuestra hija. Como si su mera presencia fuera un recordatorio de mi "fracaso".
Se volvió hacia Hannah.
—Sé que siempre sentiste el rechazo de tu padre… —dijo en voz baja, las palabras pesando como una losa en su garganta—. Y créeme, pequeña, nunca fue tu culpa. Tu padre… estaba cegado por sus propias ambiciones, por algo que le venía grande. Pero tú… —Su voz se quebró de nuevo, y las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas—. Tú fuiste lo mejor que me pasó en la vida. Siempre lo fuiste.
—¿A qué ambiciones te refieres, mamá? ¿Por qué mi padre ansiaba tanto tener un hijo varón?
Beatrice respiró hondo, tratando de estabilizarse.
—Llevaba tiempo notando cómo se levantaba en mitad de la noche, pero siempre estaba cansada o demasiado deprimida como para que me importara. Sin embargo, una de esas noches, cansada de no saber a qué se debía su cambio de actitud hacia mí –porque me negaba a aceptar que fuera solo porque no quería tener más hijos– decidí seguirlo. Fue entonces cuando descubrí con sorpresa que había una falsa pared en el sótano de la mansión. Lo vi presionar una de las piedras y hacer que se abriera una puerta por la que luego desapareció. Todavía recuerdo lo que sentí, recuerdo el escalofrío en mi espalda, la confusión de no saber con quién diablos me había casado… porque sabía, en lo más profundo de mi ser, que detrás de aquella pared no había nada bueno. Pero volví a la cama, y al día siguiente me esforcé porque no se me notara el terror que sentía hacia él, una persona a la que en realidad nunca había conocido. Esperé a que se fuera al trabajo, y entonces bajé al sótano. Presioné la piedra de la pared y entré al pequeño pasillo que daba a dos habitaciones contiguas. Una de ellas estaba vacía. La otra… —Beatrice respiró hondo mientras relataba, como si al exponer esos recuerdos reviviera el miedo que la había perseguido en aquel entonces—. La otra habitación estaba completamente vacía, salvo por un escritorio, una silla y un archivador. La luz apenas entraba por una pequeña rendija en la pared, y el aire se sentía pesado, casi asfixiante. Al principio no vi nada fuera de lo normal. Solo un espacio donde alguien podría guardar documentos, tal vez algo relacionado con su trabajo. Pero entonces reparé en un pequeño bote de cristal sobre el escritorio. Era del tamaño de un frasco de poción.
Beatrice se detuvo, como si intentara poner en palabras algo que aún le costaba comprender.
—El frasco… era extraño. Aunque solo contenía unas pocas gotas plateadas, desprendía una sensación que me heló hasta los huesos. Era como si, de alguna manera, supiera que estaba mirando algo peligroso. Algo… corrupto.
Harry frunció el ceño.
—¿Qué crees que contenía?
—Un fragmento del alma de Voldemort —confirmó Beatrice con solemnidad, asintiendo—. Aunque en ese momento no sabía lo que era, lo supe más tarde, cuando entendí el alcance de sus planes. Pero para entonces, el frasco ya estaba vacío. Fue después cuando descubrí que John ya lo había usado, que le había dado de beber aquella sustancia a Draco sin que sus padres o yo nos diéramos cuenta.
Draco tensó la mandíbula.
—¿Voldemort? ¿Qué o quién es Voldemort?
Beatrice lo miró con seriedad, tomándose un momento para encontrar las palabras adecuadas.
—Es comprensible que no lo sepas, Draco. Yo tuve que investigar mucho para entender quién fue Voldemort, porque lo asesinaron cuando John era aún un niño y fue tan irrelevante que nadie se acordaba de él cuando ingresamos en Hogwarts. En resumen, fue un estudiante prodigio, brillante y carismático que siempre supo manipular a las personas. Pero en el fondo era un sociópata, alguien incapaz de sentir amor o empatía. Después de graduarse, desapareció por años. Empezó a estudiar y a experimentar con magia oscura, obsesionado con la idea de volverse inmortal. Como ya he dicho, Voldemort fue asesinado mucho antes de que pudiera consolidarse como el peligro que habría sido para la sociedad mágica y muggle.
Los cuatro jóvenes intercambiaron miradas, claramente intrigados.
—Entonces, ¿qué tiene que ver conmigo? ¿Y por qué me daría de beber una parte de su alma? —preguntó frunciendo el ceño. Aquella idea era completamente descabellada.
—Sí, ¿por qué lo haría? —preguntó Harry, claramente desconcertado—. Si fue asesinado hace tanto tiempo, ¿qué tienen que ver John y Malfoy ahí?
Beatrice suspiró, sus dedos entrelazándose sobre su regazo mientras intentaba mantener la compostura.
—Porque aunque Voldemort murió, sus seguidores no. No eran muchos, pero eran fieles. Y el padre de John, tu abuelo —dijo, volviéndose hacia Hannah—, fue la mano derecha de Voldemort. Y cuando acabaron con él, se encargó de aleccionar a su hijo para que llevara a cabo un retorcido plan.
El silencio en la sala se volvió casi tangible.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque ese frasco no fue lo único que encontré. En el escritorio había pergaminos, muchos de ellos. Al principio no quise tocarlos, temiendo que estuvieran protegidos con algún tipo de maldición, pero finalmente decidí arriesgarme. Los abrí con cuidado, y lo que leí… —se interrumpió, apretando los labios mientras cerraba los ojos por un momento—. Lo que leí me quitó el aliento.
Neville, incapaz de contenerse, preguntó con urgencia:
—¿Qué decían?
Beatrice los miró con seriedad.
—Eran instrucciones detalladas, seguramente escritas por el padre de John, para un ritual que buscaba traer a Voldemort de vuelta a la vida. Describía cómo fragmentos del alma de Voldemort habían sido puestos en aquel recipiente, y que debían ser ingeridos por un bebé varón, ya que estas partes de su alma crecerían y madurarían con el niño. Fue entonces que entendí por qué insistía tanto en que volviera a quedarme embarazada. Y si no podía ser su hijo, planeaba utilizar a los hijos de otros. —Hizo una pausa—. También mencionaba que el contenido del bote había sido hechizado para que cuando el chico dejara embarazada a la primera chica, la semilla de Voldemort se implantara en su interior y, de esta manera, el fruto de su vientre se convertiría en la reencarnación de Voldemort. Pero las instrucciones dejaban claro que para que el linaje fuera puro y fuerte, "el recipiente", es decir, la embarazada, debía ser sangre pura.
Hannah, con el rostro pálido, preguntó en voz baja:
—¿Qué hiciste después de descubrir todo eso?
Beatrice dejó escapar un suspiro tembloroso.
—Hice lo único que podía hacer. Tomé algunos de los pergaminos más importantes y los escondí. Sabía que no podía destruirlos todavía. Necesitaba pruebas, algo con lo que detenerlo si las cosas empeoraban. Luego cerré la habitación y fingí no haber descubierto nada, pero pedí el divorcio. Fue una de las decisiones más difíciles de mi vida, pero él firmó los papeles rápidamente y luego me echó de la mansión con solo una maleta en una mano y a mi hija en la otra. Entonces entendí que nunca me había querido, que solo me había elegido a mí como esposa (a pesar de ser una nacida de muggles) porque pensaba que sería fácil de manipular, teniendo en cuenta el abandono emocional de mis padres. Seguramente creía que nunca haría preguntas ni me opondría a sus deseos, lo cual era esencial para llevar a cabo su plan.
—¿Así que… todo lo que me ha ocurrido es culpa de tu ex marido? —preguntó Draco, en un tono gélido que apenas lograba contener su furia.
Beatrice asintió con pesar.
—Cuando descubrí lo que John estaba planeando, quise tomar ciertas medidas y empecé a idear un plan, empezando por distanciarme de tu familia para que no supieras quién era yo… esa maldición que te puse… —dijo finalmente, entrelazando los dedos en un gesto de nerviosismo—. No era por nada que tu padre hiciera. Yo nunca trabajé en el Ministerio. Al obligarte a dejar embarazada a una nacida de muggles… —Draco notaba cómo le costaba expresarse sobre aquello—. Lo siento. Lo siento mucho. Solo quería asegurarme de que tu primera pareja no pudiera concebir… de que Voldemort no pudiera renacer.
Hannah, paralizada, apenas podía procesar lo que oía. Harry, por su parte, fue el primero en reaccionar en cuanto ató cabos.
—¡¿Dejaste embarazada a Hermione?! —exclamó.
Draco metió mano en el interior de su chaqueta, palpando su varita ante el repentino tono agresivo del chico.
—Cálmate, Potter.
—¿Y qué tiene que ver todo esto con la desaparición de Parkinson? ¿Y la muerte de Greengrass? —preguntó Neville, quien todavía estaba intentando conectar todas las piezas en su cabeza. Sus preguntas lograron distraer lo suficiente a Harry como para evitar una pelea física.
—John tiene en su poder un objeto mágico, un collar que reacciona en cuanto esa "semilla" de Voldemort ha fecundado un óvulo —explicó Beatrice con voz quebrada—. Asumió que, si el collar brillaba, significaba que la novia de Draco estaba embarazada. Por eso secuestró a Daphne al principio… y cuando vio que no era ella, la… —Beatrice se calló, incapaz de continuar.
Harry cerró los ojos por un momento, abrumado por la información.
—Entonces, si es Hermione la que está embarazada —dijo en voz baja, casi incrédulo—. ¿Por qué secuestraría también a Pansy?
—Quizá… porque Hermione no es sangre pura —dijo Beatrice, recordando haber leído sobre la obsesión de los seguidores de Voldemort por la pureza de sangre—. Es posible que… que John esté usando la sangre de Pansy para transferírsela a ella. Tal vez crea que, si Hermione recibe suficiente sangre de Pansy, podrá considerarse como "sangre pura" y cumplir con los requisitos del ritual.
Neville sacudió la cabeza con incredulidad. El resto hizo lo mismo. Era algo tan descabellado… pero el semblante sombrío de Beatrice y la determinación con la que hablaba terminó convenciéndolos de que, definitivamente, era muy probable que todo aquello fuera real.
Y debían hacer algo antes de que fuera demasiado tarde.
¿Me dejas un review? :)
Cristy.
