El aire fresco de Escocia llenaba el ambiente mientras los habitantes del castillo Malfoy se alineaban en la entrada. El sonido de los cascos de los caballos y el rodar de las ruedas del carruaje anunciaban la llegada de la comitiva real. Draco, Hermione, Harry y Daphne esperaban junto a los sirvientes. Aunque el protocolo exigía formalidad, había una tensión amigable en el aire, como si esperaran la visita de viejos amigos.

El rey Rolf Scamander, coronado como Jacobo II, desmontó con facilidad de su caballo, saludando con una sonrisa amplia y relajada. Su cabello revuelto por el viento y su postura desenfadada lo hacían parecer más un camarada que un monarca.

—Malfoy, Potter —saludó con un gesto sencillo—, ¿no están cansados de hacerme esperar?

Harry soltó una carcajada y se adelantó para estrecharle la mano.

—¿Esperar? Tienes suerte de que te recibamos después de todo lo que tuvimos que aguantar en la guerra.

Rolf rió, dándole una palmada en la espalda. —Siempre tan gracioso, Potter. Te extrañaba.

Draco, más serio, estrechó también la mano del rey. —Majestad, bienvenido a nuestro hogar.

—Basta de "majestad", Draco. No soy más que el amigo que te sacó de varios problemas en la guerra —respondió Rolf con una sonrisa ladina.

Desde el carruaje, la reina Luna descendió con la misma gracia etérea que la caracterizaba. Sus ojos brillaban con curiosidad mientras observaba a Hermione y Daphne.

—Qué alegría conocerles —dijo Luna suavemente, su voz amable y calmada—. Espero que la paz les haya traído tanto bien como a nosotros.

Hermione hizo una inclinación y sonrió con calidez. —Es un honor tenerlos aquí, su majestad

Harry, ansioso, se volvió hacia Rolf con una sonrisa de complicidad. —¿Y Theodore? ¿No me digas que se perdió en el camino?

Rolf soltó una carcajada. —Oh, Theodore está bien, solo que... se quedó atrás. Encontró una cabra extraviada y decidió que era su deber devolverla a su dueño. Llegará antes del atardecer. O eso espero, ya sabes como es él

Harry sacudió la cabeza, divertido. —Siempre Theodore con sus ocurrencias.

Draco extendió un brazo hacia las puertas abiertas. —Por favor, entren. El castillo es suyo durante su estancia.

Mientras avanzaban, Luna se detuvo a admirar los detalles del castillo, sus ojos brillando con la curiosidad de siempre.

—Este lugar es magnífico. Me pregunto si los Malfoy tienen secretos escondidos en algún rincón. A veces las historias familiares son muy interesantes.

Hermione caminó a su lado y sonrió. —Su majestad, si los hay, siempre hay secretos aquí y muchas novedades.

Luna la miró con una sonrisa amplia. —Me gusta ella, Rolf. Tiene el tipo de amabilidad que se necesita en estos tiempos.

Rolf asintió, guiñándole un ojo a Draco. —Parece que la has escogido bien, Malfoy. Pero espero que no se pierdan en medio de los secretos con mi reina.

Draco rodó los ojos, aunque su sonrisa traicionaba su intento de mantener la seriedad. —Con suerte, conseguiremos que vuelva con su rey, aunque seguro se encariñará con alguna criatura del castillo.

Luna rió suavemente, y con ese toque de humor y camaradería, los reyes cruzaron las puertas del castillo Malfoy, donde el calor de la chimenea y la promesa de buenos momentos les esperaban.


El sol estaba ya alto cuando Theodore Nott, el sacerdote real, caminaba con paso tranquilo por el camino hacia el castillo Malfoy. Vestía su sotana negra, que ya estaba cubierta de polvo tras horas de viaje, y llevaba una expresión de ligera frustración. A su lado, una cabra pequeña y obstinada tropezaba con las piedras del camino, tirando de la cuerda que Theodore sostenía con resignación.

La cabra baló con desinterés, como si lo desafiara a abandonarla en el camino. Theodore se detuvo y suspiró, rascándose la nuca.—Si alguien me hubiera dicho que terminaría como un pastor en lugar de un sacerdote, habría reconsiderado mi vocación. No habría abandonado a mi familia y sería el Conde Nott.

De pronto, escuchó un ruido detrás de unos arbustos. Frunció el ceño y se acercó con cautela, apartando las ramas con la mano libre. Allí, medio oculto entre las hojas, encontró a dos niños, sucios y con ropa raída, que lo miraban con ojos grandes y sorprendidos.

—¿Y ustedes quiénes son? —preguntó Theodore, con voz firme pero amable.

Uno de los niños, el mayor, tragó saliva y respondió:—Somos huérfanos, señor. La cabra era nuestra única compañía y nos da alimento... pero se escapó cuando un zorro rojo se cruzó en nuestro camino.

Theodore miró a la cabra, que parecía completamente ajena a la situación, y luego a los niños.—Así que esta sinvergüenza es vuestra, ¿eh? Bueno, me alegra que al menos su dueño tenga más sentido común que ella.

Los niños rieron suavemente, aliviados por el tono amable del sacerdote. Theodore se inclinó y les entregó la cuerda.—Aquí tienen. Parece que esta cabra y yo hemos pasado suficiente tiempo juntos. Ahora, vuelvan con cuidado al ducado.

El niño pequeño lo miró con gratitud y preguntó tímidamente:—¿No quiere quedarse con ella, señor? Se la vendemos a un buen precio.

Theodore puso los ojos en blanco y sonrió.—Lo único que quiero es llegar al castillo Malfoy antes de que me declaren oficialmente desaparecido. Pero les daré las 100 monedas de oro que tengo, usenlas de poco a poco y que ningún adulto vea que tienen mucho, siempre hay rufianes.

Los niños se despidieron con agradecimiento, llevándose a la cabra y el oro. Theodore los observó hasta que desaparecieron por el camino y luego se sacudió el polvo de las manos.—Bueno, Theodore, por lo menos no fue una cabra cualquiera. Al menos tienes una historia que contar y has dado ayuda a niños inocentes —se dijo a sí mismo mientras retomaba el camino hacia el castillo—. Aunque claro, dudo que Harry y Draco me dejen tranquilo.

Al final, llegó al castillo justo cuando el sol comenzaba a ponerse, exhausto, pero con una sonrisa en el rostro. No todos los días un sacerdote salvaba una cabra y a dos niños en una sola tarde. Y, por supuesto, sabía que sería el centro de las burlas en la cena, pero al menos la reina Luna estaría orgullosa de él.


Esa misma tarde, tras una agradable cena y la llegada del sacerdote Theodore, el ambiente en el castillo Malfoy se tornó relajado. Todos se encontraban reunidos en el salón principal, entre risas y conversaciones, cuando Theodore, después de haber sido interrogado por un sinfín de bromas sobre su peculiar viaje, decidió contar su historia.

—Les juro que no me lo esperaba. Apenas estaba logrando que la cabra no me arrastrara hasta algún abismo, cuando encontré a dos niños, huérfanos, caminando solitarios por el camino —dijo Theodore, con una sonrisa traviesa.

—¿Qué? —exclamó Harry, levantando la vista de su copa de vino—. ¿Niños huérfanos por el ducado? ¿Cómo? En los censos no había tal situación, hablaré con Kreacher sobre ello.

—Pues sí, hay huérfanos, parecen estar solos, y la cabra parecía más feliz con ellos que conmigo —respondió Theodore, encogiéndose de hombros—. Les di la cuerda y los envié de vuelta, pero... sinceramente, me sentí mal dejándolos ir así. Eran niños tan pequeños...

Las palabras de Theodore flotaron en el aire mientras todos, por un momento, pensaban en el destino de esos niños. Daphne, quien estaba sentada junto a Hermione, se llevó una mano al vientre, mirando hacia el suelo con tristeza.

—No puedo ni imaginar lo que sería que mis hijos tuvieran que crecer solos... —murmuró, apenas audible.

Hermione, que también se encontraba pensativa, asintió con pesar.—Es un pensamiento horrible —dijo, sus ojos fijos en el fuego. Sin poder evitarlo, su mente voló hacia el pequeño ser que crecía en su vientre—. La idea de que unos niños tengan que enfrentarse al mundo sin el amor de una familia... es desgarrador.

Draco, quien había estado escuchando en silencio, observó la reacción de su esposa, casi podía leer su mente. se levantó de su asiento con una expresión decidida. Miró a Rolf, que estaba cerca, y dijo:—No podemos dejar que esos niños sigan viviendo así. Majestad, si me lo permite, quiero hacer algo por ellos. No quiero que queden desprotegidos.

Rolf, quien había estado atento, asintió.—Entiendo tu preocupación, Draco. Si tienes la intención de ayudarles, cuenta con mi apoyo. No podemos permitir que crezcan en esa situación.

Draco, con la bendición del rey, dio órdenes a sus soldados para que fueran en busca de los niños lo más pronto posible.

La cena continuaba animada, con risas y conversaciones cruzadas, cuando Harry, con una sonrisa maliciosa, aprovechó un momento de silencio para llamar la atención de Theodore.

—Theo, tengo una noticia para ti —dijo Harry, reclinándose en su silla con la satisfacción de quien está a punto de lanzar una bomba—. Mañana por la mañana serás quien oficie mi boda.

Theodore, quien estaba disfrutando de una copa de vino, casi la derrama al escuchar aquello. —¿Qué? ¿Mañana? —exclamó, mirando a Harry con incredulidad.

—Sí, mañana —respondió Harry, divertido—. Y no es una petición, más bien... una orden.

—Por supuesto, estaré encantado de hacerlo —dijo Theodore, aceptando con una sonrisa, aunque se notaba ligeramente abrumado, había —. Pero necesitaré algunos documentos, ya sabes, para verificar el linaje de tu prometida. Un acta de nacimiento o algo que acredite su origen.

Daphne, que había estado disfrutando de la conversación hasta ese momento, bajó la mirada y respondió en un tono triste. —No tengo ningún documento así. Soy solo la hija de una sirvienta. Ni siquiera sé quién es mi padre.

El silencio cayó como un manto sobre la mesa. Kreacher, que estaba atento desde un rincón, se inclinó hacia Draco y le susurró algo al oído. Su expresión cambió de inmediato. Su rostro, por lo general sereno, se tensó, y sus ojos se abrieron ligeramente.

El rey Rolf y la reina Luna, observando atentamente, intercambiaron una mirada. Luna, siempre perspicaz, inclinó la cabeza, estudiando a Daphne con más detalle.

—Es evidente, Rolf —susurró la reina al oído de su esposo, sin apartar los ojos de Daphne—. Míralos bien. Esos ojos, ese cabello, esa piel...

—¿Crees que…? —comenzó Rolf, pero fue interrumpido por Kreacher, que regresó con una carta antigua en la mano.

—Su excelencia, Draco —dijo Kreacher, con una reverencia—. Creo que esto le corresponde leerlo.

Draco, todavía aturdido por las palabras de Kreacher, tomó la carta con manos temblorosas.

El rey, al percibir la tensión en la sala, intervino. —¿Es algo importante, Draco? —preguntó Rolf, con tono serio.

—Con su permiso, su majestad, me gustaría leer esta carta en voz alta —dijo Draco, levantándose.

Rolf asintió, y Draco rompió el sello de la carta. Su voz, aunque firme, temblaba ligeramente mientras comenzaba a leer:

Mi querido hijo Draco

Si estás leyendo esta carta, es porque Kreacher ha considerado que el momento adecuado ha llegado. Lo que voy a decirte no es fácil de admitir, pero no puedo llevarlo a la tumba sin dejar algo claro. Daphne Greengrass es mi hija. Su madre, Kaia Greengrass, fue una sirvienta en el castillo Malfoy durante muchos años. No fue un amor permitido, pero sí verdadero y apasionado. Tu madre, Narcissa, al enterarse, me amenazó con terminar con su vida si llegaba a reconocer a Daphne públicamente como una Malfoy, ni siquiera pude imaginar el obligar a tu madre a criar a una hija que no era suya... Y nunca pensé en separar a Kaia de nuestra pequeña.

Por miedo y por preservar la paz en nuestro hogar, decidí no hacerlo, pero siempre procuré cuidar de Daphne. Le di educación y ordené a Kreacher que la instruyera en el manejo de un castillo. Tenía la sospecha y esperanza de que un día se convertiría en una duquesa o una condesa, como ha resultado ser ahora.

Siempre quise abrazarla, consentirla, pero mis responsabilidades y la tensión en nuestra familia me lo impidieron. Aun así, permitía que se uniera a nuestros juegos en compañía de de Harry y James Potter cuando visitaban el castillo. Era mi forma de estar cerca de ella, aunque ella nunca lo supiera.

Me disculpo profundamente por no haber sido un padre para ella. Espero que esta carta pueda, de alguna manera, aliviar el peso de mi decisión. Adjunto un documento que reconoce oficialmente a Daphne como mi hija, nació dos años después de ti, la reconozco como una Malfoy con todos los derechos que ello implica. Es una Lady. Draco, asegúrate de incluirla en el árbol familiar.

Con amor y arrepentimiento,

Lucius Malfoy.

Draco terminó de leer y dejó la carta sobre la mesa, aturdido. El silencio en la sala era abrumador, roto solo por el sonido de la respiración contenida de los presentes.

Hermione fue la primera en hablar, su voz llena de emoción. —¡Daphne! ¡Es increíble! ¡Eres mi cuñada! —exclamó, con una sonrisa radiante mientras miraba a su amiga.

Daphne, sin embargo, seguía en silencio, procesando lo que acababa de escuchar. Su rostro reflejaba una mezcla de sorpresa, incredulidad y emoción contenida.

Finalmente, Armand, con la inocencia y alegría de un niño, rompió el silencio. —¡Eso significa que tengo una hermana mayor! —exclamó, sonriendo ampliamente mientras miraba a Daphne.

La sala se llenó de risas suaves ante su entusiasmo. Harry, saliendo de su asombro inicial, se volvió hacia Draco con una sonrisa divertida.

—Bueno, Draco, parece que ahora somos oficialmente familia. Somos cuñados —dijo, guiñándole un ojo—. Pero que sepas que cuidaré de tu hermana como se merece.

Draco, todavía intentando asimilarlo todo, dejó escapar una risa corta y asintió. —Solo no la metas en problemas, Potter.

En ese momento, Daphne finalmente encontró su voz. —No sé qué decir... —murmuró, mirando a todos—. Es mucho para asimilar.

Harry aprovechó el momento para cambiar de tema y añadir una nueva emoción al ambiente. Se dirigió al rey —Por cierto, Su majestad, Daphne y yo tenemos algo más que anunciar. —Se volvió hacia ella y le tomó la mano—. Vamos a ser padres.

La noticia fue recibida con aplausos y felicitaciones. El rey Rolf y la reina Luna dieron sus felicitaciones y prometieron dar regalos.

Draco, aún sorprendido por todo lo que había ocurrido, se permitió sonreír ante las bromas y felicitaciones. —Esto será una boda inolvidable —murmuró, más para sí mismo que para los demás.

El ambiente en el comedor se aligeró cuando Theodore, que había estado en silencio durante la lectura de la carta, se levantó con una sonrisa algo nerviosa y su característica actitud despreocupada.

—Bueno, bueno, esto es bastante inesperado, pero fascinante. Comprendo la premura de tu boda, un bebé, que es claro debe nacer dentro de un matrimonio —dijo, tomando un sorbo de su vino antes de mirar a Harry—. En cuanto a la boda, Potter, creo que debemos hacer algunos ajustes.

Harry, que todavía sostenía la mano de Daphne, frunció el ceño. —¿Ajustes? ¿Qué ajustes?

—Por lo que acabo de escuchar —continuó Theodore, señalando la carta—, Daphne ahora es oficialmente reconocida como una Malfoy. Eso la convierte en alguien de relevancia, y aunque no tengamos días para organizarlo todo, creo que una boda al mediodía sería más apropiada.

—¿Al mediodía? —repitió Harry, claramente frustrado—. ¡Pero habíamos dicho que sería por la mañana! ¿Por qué cambiarlo?

Theodore levantó una mano para calmarlo. —Si lo hacemos en la mañana, desvelaremos a todos los sirvientes, y créeme, nadie querrá recordar tu boda como la que causó una revolución en las cocinas.

El rey Rolf soltó una carcajada, golpeando la mesa con la mano. —Tiene un punto, Harry. Incluso yo necesito mi sueño, creeme que con mi reina lo menos que hago es dormir en las noches...

Luna se sonrojó, asintió ante las palabras de su esposo — Desde que terminó la guerra estamos trabajando en tener más príncipes y princesas.

Harry cruzó los brazos, haciendo un puchero infantil. —Es que no quiero arriesgarme a que Daphne se arrepienta o... se escape.

Daphne, que había estado escuchando con las mejillas sonrojadas, lo miró con incredulidad.—¿Escaparme? —dijo, levantando una ceja—. ¿Y a dónde iría, Harry?

—¡No lo sé! —respondió Harry, alzando las manos teatralmente—. Pero eres tan hermosa y tan perfecta que no puedo evitar pensar que en algún momento te darás cuenta de que soy un desastre.

La sala estalló en risas, y hasta Draco no pudo evitar comentar. —Bueno, Potter, al menos eres consciente de tus defectos.

—¡No me ayudes, Malfoy! —respondió Harry, apuntándolo con un dedo mientras todos seguían riendo.

Hermione tomó la palabra, dirigiéndose a Theodore. —¿Entonces tú sugieres que la boda sea al mediodía?

—Exacto —dijo Theodore, con una sonrisa—. Eso dará tiempo a los sirvientes para preparar, aunque sea, un modesto banquete. No queremos que Lady Malfoy aquí presente —señaló a Daphne con una inclinación teatral— recuerde su boda como un evento apresurado y sin elegancia por culpa de su desastroso prometido.

Luna, que había estado mirando a todos con su habitual calma, añadió con dulzura: —El amor merece ser celebrado con tiempo, no con prisas.

—Lo que significa que hay que dejarlo a los sirvientes —dijo Rolf, sonriendo ampliamente—. Y que nosotros, los nobles, podamos dormir un poco más antes del gran evento.

Daphne miró a Harry con una sonrisa cálida, apretando su mano. —Harry, si aceptas que la boda sea al mediodía, prometo no escaparme.

Harry suspiró dramáticamente, pero finalmente sonrió. —De acuerdo, al mediodía. Pero si algo sale mal, Theodore, te haré responsable y te retare a un duelo.

—Oh, claro —bromeó Theodore, colocando una mano en su pecho como si le hubieran herido—. Porque evidentemente los sacerdotes somos los culpables de todos los desastres matrimoniales.

La sala volvió a llenarse de risas, mientras el rey levantaba su copa. —Entonces, ¡a descansar! Mañana será un día memorable. Si alguien puede llevar las tinajas de agua caliente a mi habitación, estaría satisfecho.

—Kreacher, haz lo que pide su majestad —ordenó draco —Y Harry, —agregó con una sonrisa traviesa—, intenta no soñar que Daphne se escapa. Créeme, ella tiene el valor suficiente para decírtelo en la cara si cambia de opinión.

El comentario provocó otra ronda de carcajadas mientras Harry se hundía en su silla, fingiendo estar derrotado.