Descargo de responsabilidad: Crepúsculo y sus personajes son propiedad de Stephenie Meyer, la historia es de pattyrose, la traducción es mía con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight and its characters are the property of Stephenie Meyer, the story is by pattyrose, translation is mine with due permission from the author.


Arrobale gentilmente fue mi prelectora, cualquier error es mío. ¡Gracias, Alejandra!


Día 6

A la mañana siguiente me desperté con la luz del sol invernal que entraba por las persianas cerradas y con unas cortinas de color azul claro que amortiguaban los fuertes rayos; con un resplandor opaco que bañaba la habitación con su calidez.

Me desperté junto a Bella.

Ojos de ciervo mirándome a través de largas pestañas, cuerpo tendido de lado, cabeza apoyada sobre la almohada.

—¿Exactamente de qué color dirías que es tu cabello? —susurró suavemente.

Respiré profundamente y exhalé, sonriendo y escondiendo las manos debajo de la almohada, como ella había hecho con las suyas. —Mi licencia de conducir dice castaño claro.

Sus ojos se movieron hacia mi cabello, absorbiendo cada uno de los mechones y escaneándolos cuidadosamente.

—Yo lo llamaría más bien un… bronce.

—No creo que el «bronce» sea una opción en las solicitudes de licencia de conducir.

Se rio entre dientes, observando mi cabello con aire especulativo. Su mano se movió nerviosamente debajo de la almohada y por un segundo pareció que realmente la iba a sacar, pero el movimiento se detuvo; la mano se quedó quieta.

—No, no creo recordar que el bronce fuera una opción.

Sus ojos bajaron lentamente hasta encontrarse con los míos. Las ojeras que los habían estado rodeando se veían más tenues esa mañana.

—Tengo el pelo de mi padre, al igual que tú lo heredaste del tuyo —murmuré.

Asintió. La mano volvió a temblar. —¿De dónde salieron los ojos verdes?

—Esos serían de mi mamá y mi abuela.

Asintió una vez más. —¿Tu hermano también tiene cabello color bronce y ojos verdes?

Negué con la cabeza y sonreí aún más ante su curiosidad por unos hechos tan sencillos. —Emmett tiene el pelo castaño oscuro, como nuestra madre, y los ojos azules, como nuestro padre.

Una vez más, ella asintió lentamente. —Opuestos.

—Supongo que en algunas cosas. —Me encogí de hombros, disfrutando de nuestra conversación mundana, como si el mundo real no estuviera esperándonos justo afuera de esta suave habitación amarilla—. Pero en muchas cosas, somos muy parecidos.

Ella sonrió. —¿Cómo qué?

—A los dos nos encantan los deportes, aunque Em prefiere el baloncesto y yo el hockey.

—Odio el hockey —sonrió ella.

Me reí entre dientes y hundí la cabeza en la almohada durante tres segundos. Olía dulce y puro, como ella.

—Está bien —la miré pensativamente mientras buscaba en mi memoria más datos para ella—. Ambos somos altos, aunque Em es un par de centímetros más alto. —Levanté la mano y me di un golpecito en la barbilla—. Y ambos tenemos esta hendidura, aunque la de él es más pronunciada.

Sus ojos se movieron hacia mi quijada y su mano se movió nerviosamente hacia otro lado.

—Tiene un sentido del humor un poco enfermizo —dije, haciendo reír a Bella—, pero es un tipo genial. Tiene un físico diferente, es mucho más musculoso que yo.

—Creo que estás... —tragó saliva—, muy bien formado.

Sonreí mientras sus mejillas se sonrojaban. —Gracias.

—Claro —volvió a sonreír—. De todos modos, los ojos verdes son raros, ¿sabes? En una pareja con ojos azules y verdes, el hijo casi siempre tendrá ojos azules.

Asentí ante esa información. —¿Y en una pareja con ojos marrones y verdes?

Ella me miró, parpadeando lentamente. —Probablemente marrón.

Mi rostro se partió en dos. Extendí una mano y pasé suavemente dos dedos por sus ojos, primero uno, luego el otro; de un lado a otro. Sus ojos revolotearon lentamente, sus largas pestañas danzando.

—Me encantan tus ojos marrones.

Sonrió con los ojos cerrados. —El marrón es el color de ojos más común en el mundo.

—No como los tuyos —murmuré, sacudiendo la cabeza—. Los tuyos son distintos. Ábrelos.

Poco a poco, abrió los ojos de nuevo y me dejó examinarlos; abiertos y confiados.

—Tus ojos están salpicados de verde… y amarillo… e incluso dorado… y son… tan cálidos. El tono cambia según lo que estés sintiendo.

Sostuvo mi mirada en silencio.

—¿Dormiste bien? —le pregunté.

Un suspiro profundo.

Una pequeña sonrisa.

—Sí, lo hice.

—Yo también.

Mis dedos recorrieron su rostro terso, su mandíbula, alrededor de sus ojos una vez más, bajaron por sus mejillas, sobre sus labios… ella cerró los ojos otra vez…

—Edward… —suspiró—, ¿qué vamos a hacer?

—Bella, no puedo fingir que esto no existe.

Esperé, con el pecho agitado mientras ella permanecía con los ojos cerrados, mientras sostenía mi corazón en sus manos.

Respiró profundamente y exhaló, una sensación de dulzura y calidez me invadió y abrió los ojos.

—Yo tampoco puedo fingir.

Dejé escapar una larga bocanada de aire.

—Pero no puedo hacerle daño a mi hermana ni a mi familia, Edward. No ahora mismo. No puedo permitirme tocarte... de la forma en que quiero tocarte, de la forma en que sé que quieres que te toque... —Bajó la mirada—. No sé cómo manejar esto.

Mi corazón se encogió ante sus palabras, pero, mierda, por supuesto que lo entendía. Por eso, en unos pocos días, ella se había convertido en todo; porque se preocupaba muchísimo: por los árboles, por su familia, por los perros, por los productos químicos de las botellas de plástico. Y a pesar de cómo la trataba Rose, nunca, jamás, la engañaría; no de esa manera.

Extendí la mano y saqué la que había enterrado bajo la almohada para evitar que se moviera, entrelazando nuestros dedos y colocando nuestras manos entre nosotros. Podía ver que su respiración se aceleraba; casi sentía su corazón latiendo aceleradamente. Lentamente, con sus ojos fijos en los míos, llevé nuestras manos a mis labios y besé su mano.

—¿Esto te parece mal?

Negó con la cabeza.

»A mí tampoco. No está mal, Bella. Va costar un poco de trabajo que todo el mundo lo entienda. Pero Bella, podemos manejar esto como quieras. Si quieres contárselo a Rose y a tu familia ahora, lo haremos ahora. Si quieres esperar unos meses, hasta que tu madre mejore, hasta que Rose haya tenido tiempo suficiente para darse cuenta de que ella y yo nunca habríamos funcionado a pesar de ti y de mí, entonces lo haremos de esa manera. De cualquier manera, ella y yo terminamos, Bella. Voy a terminar las cosas con ella tan pronto como volvamos a New York.

Durante un largo rato, Bella me miró a los ojos, sosteniéndome la mirada. Cuando extendió los dedos y rodeó suavemente mis labios, los besé con ternura.

—Quiero esperar —susurró—. Necesito esperar.

Traté de reprimir mi decepción, de ocultar la forma en que mi corazón se hundía porque lo que quería, lo que necesitaba era aplastarla contra mí, sentir sus labios sobre los míos, sentir su cálido cuerpo desnudo y en mis brazos.

Pero esperaría. Por ella, esperaría todo el tiempo que fuera necesario para hacer esto bien.

Asentí y volví a besarle las puntas de los dedos. —¿Y ahora qué hacemos?

—Ahora —suspiró—, nos levantamos y vamos al hospital. Seguimos adelante. Y cuando terminen las vacaciones, yo vuelvo a mi vida y tú vuelves a la tuya.

—¿Puedo verte? ¿Puedo al menos hablar contigo?

Sus ojos marrones me miraron fijamente. —En unos meses, si sigues sintiendo lo mismo...

Envolví mis dos manos alrededor de las suyas y las agarré con fuerza. —Escúchame. Siempre sentiré lo mismo.

Sonrió. —Cuando mi mamá esté mejor, hablaremos con Rose. Iré a New York y luego podrás volver a casa conmigo, si quieres —matizó con cuidado—, y se lo diremos a mi familia.

—Por supuesto que volveré contigo —dije con brusquedad—. ¿De verdad crees que te dejaría hacer esto sola? Bella, lo haré, pero por favor, dime que al menos podemos hablar durante estos próximos meses. Dime que al menos puedo oír tu voz.

Se mordió el labio y me miró fijamente. —Me gustaría eso.

Y Dios, quise besarla en ese mismo momento. Quise tomar ese labio inferior que siempre hacía pucheros cuando ella estaba sumida en sus pensamientos y finalmente probarlo, finalmente sentir su suavidad, enterrar mi lengua en su boca y saborear su calidez. Y por la forma en que me miraba, la forma en que sus ojos seguían bajando hacia mi boca antes de encontrar mis ojos de nuevo, supe que ella también lo deseaba.

Pero ella nunca se lo perdonaría si nos rindiéramos ahora, y yo nunca me lo perdonaría.

~oOo~

Dejé a Bella en su habitación para que pudiera ducharse y cambiarse, y fui a la de Rose para tomar mi propia ducha. Sí, habíamos acordado esperar, y sí, entendía por qué era necesario, pero no podía evitar fantasear con el día en que finalmente podría llamarla verdaderamente mía, hacerla verdaderamente mía en todos los sentidos... y eso me hizo pensar en cómo estábamos solos en esta casa en este momento, cómo ella estaba en la ducha, desnuda y cálida, lo fácil que sería volver a su habitación...

Bajé la cabeza y me apoyé contra la pared de la ducha, gimiendo en silencio.

Le había prometido que haría las cosas bien; necesitaba hacer las cosas bien por ella para que algún día, cuando miráramos atrás, pudiéramos decir que, a pesar de la situación complicada, habíamos manejado las cosas lo mejor que pudimos. Bella se lo merecía.

Y pasara lo que pasara, Rose también lo merecía.

~oOo~

Después de tomar un bolso que encontré en su habitación y llenarla con un conjunto de ropa para Rosalie y la bolsa de artículos de tocador que encontré en el baño, me dirigí hacia las escaleras.

Bella estaba hablando por teléfono en la cocina, de pie junto a la estufa y aparentemente preparando huevos.

—Está bien, nos vemos allí en una hora aproximadamente. Dales un beso a las niñas de mi parte. Nos vemos.

Ella me miró y sonrió, esa sonrisa dulce y despreocupada que se había vuelto tan familiar para mí en unos pocos días.

—Era Jasper. Él, Alice y las niñas nos esperarán en el hospital.

Asentí. —¿Necesitas ayuda? —Señalé con la cabeza hacia la estufa.

—Tengo los huevos. ¿Quieres hacer tostadas?

Sonreí. —Tú y tu mamá me siguen dando los trabajos fáciles.

Ella se rio entre dientes y se dio la vuelta para mover los huevos antes de que se pegaran a la sartén.

—Eso es porque Jasper y mi papá apenas pueden encontrar la cocina y a mi mamá le resulta difícil creer que realmente disfrutes estar en una.

Me acerqué a ella por detrás, con la única intención de echar un vistazo a lo que estaba preparando, pero olía tan bien y su cuello cremoso se veía tan suave y tentador que me incliné hacia ella y luego tuve que luchar contra la abrumadora necesidad de poner mi boca sobre ella, de envolver mis brazos alrededor de su cintura y atraerla hacia mí.

—Algún día, Bella —le susurré al oído—, vamos a recrear esta escena. Tú cocinarás para mí y yo cocinaré para ti, pero no en esta cocina. Será en una cocina que elegiste, que diseñaste. Y no tendremos que negarnos nada...

Su brazo se congeló sobre la sartén, su cuerpo vibró justo debajo de mí, el calor se filtró entre nosotros. Durante lo que me pareció una eternidad, miré su cremoso cuello, deseando con tanta fuerza bajar mi boca hasta él que todo mi cuerpo dolía de necesidad.

Pero me aparté. Sus hombros subieron y bajaron. Y luego, lentamente, reanudó su tarea.

—Haré unas tostadas —murmuré.

—Sí, tostadas —convino ella, temblorosa.

~oOo~

Desayunamos, hablamos, reímos y bromeamos. No, las cosas no estaban del todo resueltas todavía, pero había una luz al final del túnel; podíamos imaginar un momento en el que nuestras interacciones no tendrían que ser ocultas o limitadas, cuando realmente podríamos mostrarnos mutuamente lo que sentíamos sin reservas. Había una ligereza, una alegría que no había estado allí veinticuatro horas antes.

Cuando Romeo y Julieta terminaron sus croquetas matutinas, vinieron y se quedaron de guardia alrededor del mostrador, mirándonos con sus enormes y tristes ojos.

—No, chicos —rio Bella—. No me miren con esa cara de cachorrito. Hoy no voy a caer en esa trampa.

Sonreí y la observé mientras ponía los ojos en blanco y arrancaba un trozo de pan para cada perro, y luego primero Julieta y luego Romeo vinieron a reclamar sus trozos.

—Caigo en la trampa todos los días. —Se rio.

—¿Cómo saben cuál va primero?

—Fácil —Bella se encogió de hombros y cortó un par de cuadrados más—. Romeo siempre cuida de Julieta. Ella es su chica, aunque no pueda expresarlo con palabras.

Le sonreí a Bella. Miró su plato y sonrió al ver sus huevos.

~oOo~

Nos subimos a la camioneta y nos dirigimos al hospital. Habíamos llevado a Romeo y Julieta a dar un paseo matutino después del desayuno, y luego había dejado el bolso de Rosalie en la parte trasera y Bella había dejado otro ahí también.

—¿Qué hay en la bolsa? —pregunté mientras encendía el motor.

—Mis cosas para esta noche. Quiero quedarme con mi mamá hoy.

Asentí.

Cuando llegamos al hospital, Jasper, Alice y las niñas acababan de llegar. Caminamos juntos hasta la habitación de Renée mientras Alice les recordaba a las niñas que debían estar tranquilas y en silencio porque estábamos en un hospital.

—¿Estará bien la abu? —preguntó Charlotte con su vocecita de cuatro años.

Bella la levantó y la cargó el resto del camino mientras Vicki le agarraba la otra mano.

—Niñas, la abu va a estar bien —les aseguró—. Tiene un pequeño raspón, pero los médicos la van a curar. Ya verán.

Charlotte sonrió ampliamente y rodeó con sus brazos el cuello de Bella mientras Vicki le sonreía. Las miré con una sonrisa mientras Jasper abría la puerta para todos. Sostuve la puerta para Alice, que venía detrás. Ella me miró suavemente, murmurando un suave «gracias, Edward», antes de entrar.

~oOo~

Pasamos una mañana bastante agradable visitando a Renée. Estaba incluso de mejor ánimo que la noche anterior, ahora que habían ajustado la quimioterapia. Incluso había recuperado el apetito. Charlie bromeó sobre cómo ya había tenido que correr a la cafetería dos veces para buscarla, a pesar de que se había comido todo el desayuno esa mañana.

—La comida del hospital no cuenta —se quejó Renée en tono de broma—. No es más que cartón sazonado.

Charlie sonrió, pero la forma en que sus ojos oscuros miraron a su esposa hizo evidente su alivio.

—Eso es genial, mamá —suspiró Bella felizmente.

En cuanto a mí, me alegraba que Renée se sintiera mejor, pero eran las enormes y genuinas sonrisas de Bella las que me animaban, las que me recordaban que este momento aquí, con Renée en el hospital y con Bella y yo fingiendo que no había sentimientos entre nosotros, no duraría. Superaríamos este lío. Renée mejoraría. Se lo diríamos a todo el mundo. Puede que al principio haya resentimientos y confusión, pero había mucho amor en esta habitación a pesar de las dificultades. Todos saldríamos bien de esto.

Me lo seguí diciendo a mí mismo.

~oOo~

Por la tarde, todos fuimos a la cafetería a almorzar. Bueno, todos excepto Charlie. Nos pidió que le lleváramos algo y, honestamente, lo entendía. La familia era divertida; Jasper y sus bromas, Alice complementaba todo lo que Jasper decía, las niñas eran pura dulzura. Rose se ocupó de la comodidad de Renée mientras Bella le apartaba el cabello de los ojos y le contaba historias divertidas. Yo hacía los recados necesarios; iba a buscar una enfermera cuando la necesitaba porque Jasper bromeaba diciendo que vendrían a buscarme más rápido que a cualquier otra persona, descubrí cómo hacer funcionar la televisión para Renée, llevé bocadillos y bebidas. Y, entretanto, Rose y yo dábamos vueltas el uno alrededor del otro como dos personas que ya no sabían cómo estar en compañía de la otra.

Cuando llegó la noche, Bella se acercó silenciosamente a Rose, que estaba regando las flores que todos le habíamos traído a Renée en algún momento u otro durante los últimos días.

—Rose —la escuché decir suavemente mientras fingía escuchar lo que Jasper decía—, me quedaré con mamá esta noche, para que puedas ir a casa y descansar.

Rose siguió regando las flores, sin mirar a Bella. —Está bien. Pero si mamá tiene que quedarse otra vez mañana por la noche, me quedaré con ella. Tengo que volar de regreso a New York para ocuparme de algunas cosas después de las vacaciones, pero ya les advertí que me tomaré un tiempo libre a fin de mes. Mientras tanto, quiero pasar tanto tiempo con mamá como sea posible. Vives mucho más cerca y la ves más a menudo.

—Está bien, Rose —concedió Bella—. No tengo que volver a la escuela hasta la segunda semana de enero, así que dime qué es lo que mejor te conviene, ¿de acuerdo?

Rose asintió, negándose a levantar la mirada incluso después de que Bella se alejó.

Mis manos se cerraron en puños en mis costados.

~oOo~

Esa noche, Rose y yo estábamos solos en la camioneta de Bella. El silencio era incómodo, pero de una manera completamente diferente al silencio que habíamos tenido Bella y yo durante el viaje de regreso a casa anoche.

Bella me había pedido que alimentara a Romeo y Julieta cuando llegáramos a casa y que los dejara salir al patio trasero. Dijo que encontrarían el camino de regreso a casa cuando estuvieran listos. Así que alimenté a los perros, pero luego decidí sacarlos a pasear en lugar de simplemente dejarlos salir.

Entré en la sala familiar, donde Rose estaba haciendo algunas llamadas telefónicas a New York, y la encontré entre llamadas.

—Rose, voy a sacar a los perros.

Respiré profundamente y suspiré, repentinamente abrumado por la culpa, aunque sabía que no había tenido otra opción; mi corazón no había tenido otra opción. A pesar de todo, Rose era la hermana de Bella y ese siempre sería el caso. No quería que termináramos siendo enemigos.

—¿Quieres venir?

Dejó de marcar y levantó la vista, mirándome como si ya no estuviera segura de quién era yo.

—Gracias, pero tengo que hacer un par de llamadas más y luego me iré a duchar.

—Está bien —asentí y regresé a la cocina.

~oOo~

Me quedé despierto mirando televisión un rato y, después de calcular que ya había pasado suficiente tiempo y que Rose debería haberse dormido, subí las escaleras. Mis ojos miraban con nostalgia la puerta cerrada del dormitorio de Bella, la habitación donde había disfrutado de mi mejor noche de sueño en mucho tiempo. Pero por el bien de Bella, tenía que seguir caminando. Tenía que...

Rose estaba sentada en el borde de la cama, vistiendo una bata de seda roja que apenas le llegaba hasta los muslos, ligeramente atada en la parte delantera.

Sonrió, una sonrisa lenta y seductora que reconocí. —Me estaba preparando para bajar a buscarte.

Me quedé junto a la puerta, con la mano todavía en el pomo, maldiciendo mi vida.

—¿Vas a entrar o qué? —suspiró con voz ronca.

—Rose…

¿Sí?

Una imagen de ella y yo hace apenas una semana, en su apartamento mientras ella gemía debajo de mí, invadió mi mente.

Pero entonces otra imagen la alejó rápidamente. Unos tiernos ojos de ciervo, una sonrisa traviesa, un toque cálido, la promesa de mucho más.

—Rose —exhalé pesadamente—, apenas nos hemos dicho dos frases en los últimos días.

—Podemos hablar después —dijo con una sonrisa tonta, levantándose y caminando lentamente hacia mí. Su bata se movió y sus pechos se asomaron. Tragué saliva y mantuve mis ojos fijos en los suyos—. Podemos hablar cuando volvamos a New York, como dijiste la otra noche.

Sacudí la cabeza, agarrando con fuerza el pomo que todavía tenía en la mano. —¿Qué sentido tiene esperar, Rose, si ambos sabemos que esto no va a funcionar?

Siguió caminando, y por un segundo pensé que iba a tener que salir corriendo por la puerta otra vez como una niñita asustada, pero luego, de repente, se detuvo en sus pasos, ladeó la cabeza y me estudió como lo había hecho antes.

Resopló y bajó la cabeza. —Dios, ni siquiera sé dónde se dañó esto. Estábamos bien cuando llegamos aquí hace unos días.

—¿Lo estábamos? ¿De verdad lo estábamos? —Esperé a que levantara la vista—. ¿Qué hemos tenido realmente estos últimos meses, Rose, aparte de buena compañía y buen sexo?

—¿No es suficiente? —Sonrió, pero a pesar de todo, me di cuenta de que lo había entendido.

Respiró profundamente y suspiró, y por el rabillo del ojo vi que se ajustaba la bata y se la ataba correctamente. Se dio la vuelta y se dirigió hacia el tocador.

»Siempre supe que algún día querrías más, Edward. Y, honestamente, esperaba que cuando ese día llegara, estaría lista para dártelo. Pero estos últimos días, desde que me enteré de lo de mi madre, me di cuenta de lo corta e… inesperada que puede ser la vida. No quiero obligarme a hacer algo para lo que no estoy lista.

—No deberías. —Tragué saliva con fuerza y solté el pomo de la puerta, dando un paso vacilante hacia la habitación.

No, no le contaría sobre Bella y yo todavía, porque Bella quería esperar hasta que Renée estuviera mejor. Pero yo sentaría las bases. Ahora tenía la oportunidad de hacerle saber a Rose que ella y yo nunca habríamos funcionado a largo plazo, ya sea que su hermana hubiera aparecido en escena o no. Porque eso era algo que Rose tenía que aceptar cuando llegara el día de contarle sobre Bella y yo.

»Rose, lo que quiero es alguien que me conozca y me entienda tan bien como yo a ella, alguien que nunca sienta que tiene que reorganizar su vida y sus prioridades en función de las mías. Ni siquiera sé si New York es mi lugar —dije, levantando las manos—, y sé cuánto amas la ciudad...

Resopló y luego se quedó en silencio por un largo rato antes de darse la vuelta y encontrarse con mi mirada.

—Eres un buen chico, Edward. Ojalá pudiera decirte que esperes hasta que esté lista, hasta que esté segura de lo que quiero...

Se quedó en silencio; mirándome, esperando; ¿por qué?, no estaba completamente seguro, pero sostuve su mirada firme.

Suspiró y se pasó una mano por el pelo largo. —No tienes por qué quedarte por aquí, ¿sabes?

—Sé que no tengo por qué hacerlo, pero tu familia se ha vuelto importante para mí.

No importa qué, esa era la verdad.

—Voy a dormir en el sofá durante las próximas noches.

Inclinó la cabeza hacia un lado y la sacudió. —Tampoco tienes que hacer eso, Edward. Somos dos adultos. Creo que podemos manejar esto sin dejar que se vuelva confuso.

Negué con la cabeza. —No, Rose. Buenas noches. Te veo por la mañana, ¿de acuerdo?

Me miró fijamente. —Buenas noches, Edward.

Y luego me di la vuelta y cerré la puerta detrás de mí, exhalando con los labios entrecerrados porque ahora era un hombre libre.

Libre para ella.