Las mentes de las chicas estaban sumidas en un caos absoluto. Acostumbradas a evitar conflictos directos, ahora se enfrentaban a desafíos que las sobrepasaban completamente. La ansiedad y el temor se apoderaban de ellas, generando una sensación de impotencia que las paralizaba. Cada una estaba atrapada en una situación que no entendían del todo y para la cual no se sentían en absoluto preparadas.
Hagakure, quien siempre había confiado en su habilidad para pasar desapercibida, ahora se encontraba en una situación completamente opuesta. Encerrada en el cuerpo de Usopp, había liberado accidentalmente a un grupo de juguetes prisioneros, un acto que había puesto todo un reino en su contra, pues, la recompensa por su cabeza había desencadenado una persecución implacable, con soldados y cazadores siguiéndola en cada rincón.
Mina, quien siempre había sido el rayo de sol entre sus compañeros, se encontraba ahora en una situación que desafiaba todo lo que había sido. Flotaba desolada en una pequeña balsa, empujada por las olas que rebotaban en las barreras de hielo que la mantenían a salvo de las llamas, pero no de la devastación emocional que se desarrollaba ante sus ojos. A su alrededor, el fuego consumía todo con una ferocidad imparable, transformando lo que alguna vez fue vida en cenizas y oscuridad.
El olor a carne y cabello quemado impregnaba el aire, mezclándose con el agrio aroma de la pólvora y el hierro de la sangre derramada. Era un olor que no solo saturaba sus sentidos, sino que se incrustaba en lo más profundo de su ser... Ese hedor, tan vívido y penetrante, era una marca imborrable, un tatuaje que quedaría para siempre en su memoria, un recordatorio constante de la tragedia que nunca podría olvidar.
El silencio pesado, solo roto por el crepitar del fuego y el sonido distante de gritos ahogados por el humo, la hacía sentirse más sola que nunca. La luz en sus ojos, que siempre había brillado con fuerza, parecía desvanecerse con cada ola de calor que emanaba de las llamas, dejándola flotando en un mar de tristeza y desesperanza.
El instinto maternal de Nemuri se activó al instante cuando sus ojos se posaron en los enormes niños perdidos, cuyos rostros reflejaban una mezcla de miedo suplicando por ayuda. Su corazón se encogió ante la inocencia rota que emanaba de cada uno de ellos, y su primer impulso fue protegerlos, envolverlos en sus brazos y asegurarles que todo estaría bien.
Pero esa compasión se transformó rápidamente en una furia silenciosa cuando Trafalgar relató la cruda verdad detrás de su paradero. Los niños no eran simplemente víctimas del infortunio; eran el producto de experimentos inhumanos realizados por el propio gobierno, diseñados para crear gigantes como parte de su fuerza militar. La idea de que esas criaturas inocentes habían sido sometidas a tales horrores por aquellos que deberían protegerlos, hizo que la sangre de Nemuri hirviera de indignación.
Nunca en su vida había imaginado que su propia fe en el gobierno pudiera tambalearse de tal manera. La revelación le dejó un amargo sabor en la boca, un nudo de desilusión y rabia apretándose en su estómago. ¿Qué clase de mundo era ese, donde los gobiernos podían sacrificar a los más vulnerables en nombre del poder? Mientras su mirada se endurecía, Nemuri comenzó a cuestionarse si, ¿Acaso en la actualidad existían atrocidades similares?
Mientras Tsuyu se sumergía en los ecos del discurso de Hordy Jones en Fishman Island, una sensación de vacío y desilusión la envolvía. Las palabras del líder de los Neptunianos eran un torrente de odio sin fundamento, un ataque visceral contra la humanidad que se sustentaba únicamente en el desprecio ciego y la ignorancia. No había un trasfondo profundo, ni una razón legítima para tal animosidad, solo una ciega aversión que se había gestado y fermentado a lo largo del tiempo.
El discurso de Hordy resonaba con un odio que no había sido ganado a través de experiencias reales o interacciones genuinas con los humanos, sino que era un reflejo de un miedo irracional y un resentimiento inexplicable. Tsuyu no pudo evitar compararlo con la historia de los mutantes y las diversas razas que, a lo largo de los años, habían sufrido bajo el peso de prejuicios similares.
Mientras escuchaba las palabras incendiarias del tritón, Tsuyu se dio cuenta de la magnitud del desastre que podía desatarse a partir de un odio tan infundado. La visión de un mundo consumido por este tipo de resentimiento la aterraba. Las palabras de Hordy no solo incitaban al caos y a la destrucción, sino que también demostraban cuán devastador podía ser el impacto del odio desmedido, alimentado por miedos infundados y prejuicios arraigados... Podía entender completamente porque los monarcas de Lemuria y Birka tomaron su decisión de mantener el silencio sobre las ejecuciones de sus especies fuera del territorio... Porqué se enfocaban en demostrar en que un ser, no representa toda una especie. Para evitar situaciones como las que sufrieron en el pasado.
A diferencia, los humanos que prefirieron ocultar el pasado sin aprender de él, y dejando la puerta abierta a posibles malentendidos si las distintas especies se llegaran a rebelar o presentarse formalmente entre la sociedad.
Al principio, Sero disfrutaba despreocupadamente de las nuevas habilidades que le ofrecía ser Sombrero de Paja. Usaba el poder de Luffy como si fuera un juego, aprovechando la flexibilidad del cuerpo de goma para realizar acrobacias y formas extrañas al alentar a Usopp con su juego de atrapar al pez... Pero esa tranquilidad se desmoronó de golpe cuando del profundo mar emergió un gigantesco pez dorado, marcando el inicio de los juegos de la Isla Omatsuri.
Al principio, los concursos del hotel parecían inofensivos, sin embargo, a medida que transcurría el tiempo, Sero y los demás comenzaron a notar que los piratas de la isla no eran solo excéntricos, sino que mostraban un nivel de locura peligrosa. Los juegos, que al principio habían parecido simples y divertidos, empezaron a tomar un giro oscuro. La necesidad por la victoria obligó a Sero y a los demás a dejar de lado sus poderes y enfrentarse a los desafíos de manera creativa, utilizando su ingenio y trabajo en equipo para salir adelante.
La isla, con cada minuto que pasaba, revelaba más de sus siniestros secretos. Lo que había comenzado como una serie de pruebas inofensivas se transformó en una carrera desesperada contra el tiempo. Los miembros de la tripulación comenzaban a desaparecer uno tras otro, dejando a Sero con una sensación de pánico creciente. Ya no se trataba solo de ganar los juegos, sino de salvar a sus compañeros y escapar de la trampa mortal que la isla realmente era.
Ochako no podía creer lo que estaba presenciando... Estaba a punto de ser arrestada por un pequeño grupo de marinos, de los cuales no se podía defender, ya que eso sería un crimen de su parte.
—¿Con qué derecho pretenden arrebatarle el dinero que tanto le costó reunir? ¡Es para salvar a Cocoyashi, infeliz! —Quejó un hombre con múltiples cicatrices en su cuerpo.
—Perdón, ¿Un simple representante de baja categoría se atreve a cuestionar a un coronel de la marina? —Replicó con arrogancia Nezumi, como si las palabras de Genzo no fueran más que un murmullo insignificante.
—Señor...
—Siempre supimos que, para salvar nuestra aldea, decidiste quedarte con los piratas de Arlong —Genzo pronunció con voz entrecortada, dirigiéndose a la joven pelinaranja.
—Pero aparentamos no saber nada al respecto... por si algún día tomabas la decisión de escapar.
—Nihihi... Por lo que escuché, parece que todos los aldeanos son ladrones. ¿Debería arrestarlos?
—Lo que dice, es que todos nosotros luchamos para sobrevivir, y lo hacemos porque no confiamos en ningún tipo de gobierno. —Quejó Nojiko, marchando hacía Nami y Genzo.
Ochako, con el ceño fruncido, empezó a conectar las piezas del rompecabezas. Recordó lo que Nami le había contado antes sobre su aldea, sobre cómo había reunido el dinero con tanto esfuerzo para comprar la libertad de Cocoyashi, solo para verse atrapada en una trampa cruel e injusta. No quería aceptarlo, no quería creer que una institución que debía proteger a los más débiles podía ser tan corrupta.
—Ustedes son el gobierno... la autoridad... los encargados de mantener el equilibrio y la paz entre la gente —Ochako habló con una mezcla de desesperación y esperanza, buscando algún atisbo de humanidad en los ojos del coronel—. ¿Por qué no nos ayudan? ¿Qué no ven que los piratas han tomado el mando de este pueblo?
El coronel la observó, su expresión de burla inmutable, como si sus palabras fueran un eco vacío.
—¿Piratas? —su tono era sarcástico, goteando con desprecio—. Lo que yo veo es una pequeña ladrona que lleva 8 años encargándose de robar... y lo vamos a confiscar.
El impacto de esas palabras fue como un golpe en el estómago. Ochako sintió cómo la injusticia se apoderaba de cada rincón de su ser, la impotencia de no poder hacer nada para evitar lo inevitable.
—Ahora, soldados... busquen esos cien millones de berries —ordenó el coronel con una voz gélida y autoritaria.
Genzo guardó silencio antes de acusar al coronel. —Nadie dijo cuanto era... ¿Cómo te enteraste de la cantidad?
—Ustedes... ¡USTEDES TRABAJAN PARA PIRATAS! —Acusó Ochako
Los marines se movieron sin dudar, rebuscando en cada rincón, ignorando las súplicas y miradas suplicantes de los aldeanos. Ochako sintió un nudo formarse en su garganta. Quería gritar, quería pelear, pero sabía que cualquier resistencia podría empeorar las cosas. Pero el dolor y la frustración de ver a esos inocentes, y el saber que la vida de ladrona de Nami era solo porqué quería salvar a su hogar, era insoportable.
Sabía que la injusticia en este mundo era real, pero ahora la estaba viviendo en carne propia.
Aunque podía creer lo que estaba viendo, Ochako no podía aceptarlo. Era inconcebible que, aun sabiendo cómo un pueblo entero vivía aterrorizado y sometido por piratas, el gobierno, con todo su poder para protegerlos, eligiera mantenerlos bajo el yugo de aquellos bandidos a cambio de dinero. No había palabras que pudiera usar para expresar la indignación que sentía, ni un solo argumento que pudiera despertar la empatía en esos sujetos fríos e insensibles.
Desesperada, intentó razonar con los marinos de menor rango, buscando en sus rostros algún signo de duda, alguna chispa de humanidad que les hiciera revelarse contra su líder. Pero fue en vano; ninguno de ellos hizo caso a sus súplicas. Ochako pensó que quizá era porque la veían como una simple ladrona, alguien cuya palabra no tenía peso. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no era solo su voz la que caía en oídos sordos. Las palabras del hombre con el rostro cubierto de cicatrices y la morena de cabello lila, también se desvanecían en el aire, sin causar ningún efecto en aquellos hombres.
Genzo y Nojiko, con el dolor y la rabia, no se contuvieron al gritarles a esos marinos lo miserables que eran. Pero los soldados continuaron su búsqueda hasta que finalmente sacaron del huerto de mandarinas un cofre repleto de un tesoro manchado de sangre.
—Ese es... —murmuró Ochako, agitada y con el corazón a punto de romperse—. Ese es el tesoro que Nami ha recolectado desde niña para liberar al pueblo...
La injusticia de la situación era tan abrumadora que Ochako sintió que no podía respirar. Con la voz quebrada y la desesperación apoderándose de ella, se dirigió a los marinos, casi suplicando.
—Por favor —dijo, con lágrimas asomándose en sus ojos. —Solo permítanme, por esta ocasión, comprar su libertad. ¡PROMETO REUNIR DE NUEVO LA CANTIDAD PARA PAGÁRSELA A USTEDES!
—NAMI!
—Lo lamento, niña... Pero no podemos permitir que continúes con la delincuencia, ni-hihi.
La sangre de Uraraka se sintió fría al recorrer sus venas. En un instante, su cuerpo se movió por sí solo, impulsado por un instinto heroico que no podía contener. Corrió hacia Nezumi, el despreciable marino que se atrevía a reír mientras destruía la esperanza de un pueblo. Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarlo, su hermana y figura paterna, lograron detenerla. En medio de la confusión, una bala disparada por uno de los marinos impactó en la espalda de Nojiko, obligándolos a retirarse apresuradamente de la casa de Bellemere para atender a la herida.
El pueblo, que había permanecido en un tenso silencio, pronto se reunió alrededor de la escena. Genzo, con la voz rota por la impotencia, relató lo ocurrido: cómo el trato de Arlong no era más que una burla cruel, una trampa tendida con la complicidad de la marina. La realidad era clara: no había escapatoria. Los aldeanos, tras años de soportar el abuso y la opresión, llegaron a una conclusión desesperada. Rápidamente, tomaron todo lo que pudiera servir como un arma, dispuestos a enfrentarse a los piratas, aun sabiendo que esto podría significar su muerte.
Ochako intentó detenerlos, pero en el fondo comprendía su frustración. Durante casi una década, estos adultos habían soportado en silencio el maltrato, mientras Nami, una niña que debería haber estado viviendo una infancia normal, había cargado sobre sus hombros el peso de decisiones que no deberían haber sido suyas. Había sacrificado su juventud, tomando el camino de un criminal para proteger a su pueblo, para darles una oportunidad de vivir. ¿Cómo podría Ochako detenerlos cuando no había palabras suficientes para aliviar ese dolor, esa desesperanza?
Este no era un mundo donde los héroes siempre aparecían a tiempo para salvar el día. En este lugar, cada persona tenía que encontrar el coraje dentro de sí misma, aceptar su destino, y volverse su propio héroe.
—¡HOLA NAMI! —La voz alegre y despreocupada de Luffy resonó en el aire, cortando la tensión como un rayo de sol atravesando una tormenta—. ¿Qué hacen? ¿Puedo ayudarlos con algo?
Los ojos de Ochako, que hasta ese momento habían estado llenos de lágrimas, comenzaron a brillar con una nueva esperanza.
—¡CAPITÁN!
El viento silbaba suavemente entre las acículas de los pinos, llevando consigo un aroma hipnotizante que se mezclaba con la quietud del bosque. El perpetuo silencio del lugar, enclavado en lo alto de la montaña, era tan profundo que permitía identificar cualquier señal, por mínima que fuera, que indicara el despertar de los piratas y héroes.
—Se estan tardando mucho... —Quejó la mujer de cabello lila.
—Paciencia —Respondió Remi con los brazos cruzados, adormecido mientras reposaba su cabeza sobre los suaves pechos de la navegante. —Por ahora, deja que se acerquen lo más que puedan. Luego, los desplazaremos a todos al autobús.
—¿Otra vez? —Protestó Indila, con una nota de exasperación. —¿No sería más fácil dejar aquí a algunos de ellos?
Remi se incorporó lentamente, enderezando la espalda mientras consideraba la sugerencia.
—Mmm... Podríamos dejar a algunos con quirks inútiles, supongo —Reflexionó pensativo. —Pero es mejor no dejar testigos.
—¿Hablas de ensuciarnos las manos? —Indila frunció el ceño, claramente desagradada con la idea.
—Solo lanzarlos a un río y no ensuciarte. —Sugirió el hombre de gran musculatura, con un tono despreocupado, como si estuviera proponiendo algo tan trivial como deshacerse de basura.
—Ah~ Sin dudarlo y al punto... No eres tan desagradable grandote. —Apreció la mujer, con un tono coqueto.
El delgado rubio se levantó de su lugar con una expresión de fastidio, caminando con paso decidido hacia Jinbei, quien estaba sujeto a su control. Al llegar, clavó otro de los cabellos del capitán en su labio superior, completando una colección de cabellos multicolores, que formaban un extraño y picudo bigote en su rostro.
—¿Volvió a dar señales de despertar?
—Es bastante testarudo... No puedo distraerme ni un momento con este tritón —bufó el rubio, frustrado por la tenacidad de Jinbei.
—Y ese no se ahoga... —Añadió Indila.
Los tres exhalaron al mismo tiempo, compartiendo una expresión de decepción por el problemático tritón que se negaba a ser completamente dominado.
—¿Y si lo matamos? —Sugirió la mujer, su tono despreocupado, pero con un trasfondo de cansancio.
—Eso alteraría nuestro tiempo —Respondió el rubio negando con la cabeza. —Solo debemos mantenerlos incapacitados, no podemos permitir que se nos salga de control.
...
—El enano... —Señaló la dama
—¿De qué hablas?
—El enano no nos sirve, ni el cara de piedra...
—En serio estás pensando en...
—Labios gruesos, cola de canguro, niña sapo y el afeminado tampoco. —Apuntó cada uno de ellos con una expresión aburrida.
—Concuerdo... Pero la rana si les interesa. —Continuó el rubio, comenzando a analizar a los jovenes héroes. —Podrían ofrecer un buen monto por ella. Por sus antecedentes, dudo que desee cooperar.
—Eres cruel Remi... Conociendo lo que les gusta a esos millonarios enfermos, era mejor acabar con ella aquí y ahora.
—Y es por eso que podemos triplicar su valor. —Dijo con una leve sonrisa levantándose de brazos.
—¿Que? ¿Tu terapia? Tu conciencia debe quedar más que limpia. —Burló la mujer, haciéndole soltar una enferma risa al serio rubio.
La frívola conversación de los criminales y sus despiadadas ideas de sacrificar a los más débiles para ahorrar tiempo y esfuerzo llegó a los oídos de Jiro, quién tardó en distinguir entre la vida y la muerte mientras yacía con el cuerpo entumido, siendo el primer sentido en regresar su agudo oído, lo que le permitió ser testigo de lo que les deparaba el destino. Al comprender el peligro que se encontraban, un sudor frío recorrió su cuerpo, pero Jiro permaneció quieta, consciente de que cualquier movimiento podría delatarla. Aprovechando que los criminales creían que todos estaban inconscientes, trató de mantener la calma y comenzó a idear un plan para escapar y despertar a sus compañeros.
Con los ojos cerrados, simulando un profundo sueño, Jiro se concentró en su estrategia. Sabía que lo primero que debía hacer era detener el canto de la mujer, quien parecía ser la responsable de petrificar sus movimientos. También debía evitar al rubio, cuyo comportamiento aprensivo hacia los piratas que mostraban señales de despertar lo llevaba a usar su Quirk para mantenerlos en coma. Sin embargo, era el tercer villano, cuya habilidad desconocía, el que le causaba mayor inquietud, ya que, por su apariencia dedujo que un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con él sería peligroso.
Un agudo grito rompió el tenso silencio, proveniente del grupo de héroes. Kaminari, alterado y palpando su cuerpo, había logrado despertar, lo que provocó que el trío de sicarios volteara rápidamente hacia él. Jiro sintió cómo su corazón se aceleraba al ver la atención de los villanos desviarse hacia su compañero. Sabía que el momento para actuar era ahora o nunca, y con una determinación creciente, comenzó a preparar su siguiente movimiento.
—¡¿ESTOY VIVO?! —Llamó no logrando creer lo que sobrevivió a la caída de tan grande altura.
Con sus manos posando como la pintura del grito, vio a todos sus compañeros y piratas tirados dormidos en la nieve, y a 3 personas desconocidas juzgándolo con la mirada frente a él.
—E... eto... —murmuró Kaminari, intentando procesar la situación antes de soltar las siguientes palabras. —¿Gra...cias?
—Yo me encargo. —El hombre de gran tamaño, con una presencia imponente, dijo sin más preámbulos.
—Aaaah, ¡No son amigables!
—¡Este idiota!
Un fuerte graznar de los cuervos cortó el aire, advirtiendo al trío de un inminente peligro. Sin tiempo para comprender la situación, los tres criminales se dispersaron en direcciones opuestas, mientras la nieve se levantó en un camino; señal de la velocidad del atacante que se aproximaba.
Un nuevo peligro se materializó frente a ellos cuando un individuo se detuvo a unos metros de distancia, emergiendo del torbellino de nieve. Su figura era delicada, y el sable que empuñaba parecía casi brillar bajo el tenue resplandor.
—Yo-ho-ho-ho... Parece que no fui lo suficientemente rápido. —Su voz resonó con un ritmo lento y melodioso, casi burlón. En un movimiento elegante, enfundó su sable con un click metálico, que al hacerlo, el impacto del movimiento partió hojas de pino y rocas en el suelo.
—¡BROOK SENSEI! —Llamó Kaminari agradecido por su interrupción.
—Denki-san... Aún hay tres asesinos sueltos, usa tu habilidad para electrocutar los cuervos y escóndete. Ellos pasan los mensajes de nuestra ubicación... ESCUCHAME ¡NO NOS HARÁN DAÑO, PERO USTEDES...!
—¡TE DIJE QUE TU HABILIDAD NO FUNCIONARÍA EN UN ESQUELETO! —se quejó Indila al rubio, quien frunció el ceño con frustración.
Antes de que Denki pudiera reaccionar, Indila, la mujer de gran presencia, comenzó a inflar su pecho, preparándose para soltar su temible canto. Sin embargo, antes de que pudiera emitir una nota, una serie de vibraciones pulsantes, tan fuertes como los bajos de unas potentes bocinas, reverberaron a través del aire, interrumpiendo su intento de ataque.
—¡KAMINARI!
—¡Jiro-san! —Exclamó Denki, su rostro mostrando alivio al ver a su amiga.
—¡Sé qué hacer!¡Pero no puedo sola, te necesito!
La sonrisa de Denki se iluminó al sentirse vital para el plan de Jiro. Ambos corrieron hacia el bosque, alejándose del encuentro, con un único propósito en mente: encontrar una manera de voltear la situación a su favor.
—Vaya, qué esqueleto tan noble... Sacrificándose por unos adolescentes —se burló el rubio, su tono impregnado de desprecio.
—Yohoho... ya no son unos simples adolescentes —Respondió el esqueleto con su inusual voz profunda, desenvainando su espada mientras los dos atacantes a distancia se resguardaban detrás del musculoso.
Kaminari se mantenía alerta con su mirada fija en los cuervos que los seguían como sombras inquietantes. Sabía que no podía permitir que esos pájaros pasaran información, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario.
—Jiro... aléjate, crearé una pulsación que podría dañarte —advirtió, su tono serio y enfocado.
Jiro asintió y retrocedió unos pasos, preparada para lo que su compañero estaba a punto de hacer. Pero, al retroceder, chocó con alguien inesperado. Se giró rápidamente, sus ojos se encontraron con un rostro familiar.
—¿Qué...? —exclamó, sorprendida—. ¡Aoyama!
Kaminari también quedó atónito al ver al joven rubio de pie frente a ellos.
—¡Aoyama! ¿Tú también estás aquí?
Aoyama no respondía. Sus movimientos eran lentos y automáticos, como si no estuviera del todo presente. Jiro, preocupada, lo tomó por los hombros, intentando buscar su mirada, pero él la desviaba, escondiendo sus ojos tras sus mechones dorados.
—Aoyama, ¿estás bien? —Preguntó tomándolo por los hombros, pero no hubo respuesta. Solo las lágrimas que corrían sin cesar por la barbilla de Aoyama, deslizando su angustia en silencio. El peso de su sufrimiento se sentía en el aire, algo dentro de él estaba roto.
—¿Está en shock?
—No... lo que sea que vivió... Realmente le dañó. —Jiro abrazó a Aoyama con fuerza, sin dudarlo, tratando de ofrecerle un refugio seguro. Sabía que algo terrible había sucedido, algo que lo había quebrado por dentro. Lo sostuvo como a un hermano menor, susurrándole palabras tranquilizadoras, esperando que, de alguna manera, su calidez pudiera atravesar el abismo en el que él se encontraba.
Mientras tanto, Kaminari observó el conmovedor gesto de su compañera, y se enfocó en su misión. Liberó una pulsación eléctrica que subió en intensidad, emulando los ataques sónicos de Jiro pero con la potencia de su electricidad. La corriente se extendió por el bosque, alcanzando a los cuervos posados en los pinos y fulminándolos al instante.
—Listo, chicos... ahora solo debemos borrar nuestras pisadas. —Kaminari aseguró despreocupado, mientras una silueta aparecía tras él.
—¡CUIDADO KAMINARI! —Apuntó la chica, aun protegiendo en su pecho al desmoralizado rubio.
Kaminari giró justo a tiempo para encontrarse cara a cara con un hombre de apariencia bonachona y tupido bigote, que llevaba a Tokoyami inconsciente sobre su hombro.
Medd observó los cuerpos inertes de los cuervos esparcidos por el suelo, su sorpresa era evidente.
—Oh... lograron dormirlos... ¿O los mataron? —Comentó, bajando a Tokoyami con cuidado sobre la nieve, como si estuviera dejando descansar a un niño pequeño.
—Vaya... qué inconveniente que hayan despertado —añadió, exhalando con cansancio mientras se rascaba la mejilla.
Kaminari comenzó a generar pequeñas descargas eléctricas que recorrían su cuerpo, mientras rebuscaba en sus bolsillos algo que podría darle una ventaja en la confrontación. Su actitud no pasó desapercibida para el hombre frente a ellos, que parpadeó un par de veces y apuntó tras él, por el camino que venía.
—Si siguen mis pasos encontrarán a su compañero de cabello puntiagudo... No pude hacer mucho por él. Pueden intentar detener sus ataques o, si lo prefieren, darle un entierro digno —Advirtió el hombre con una voz pesada de resignación.
—¡¿KIRISHIMA?! —gritó Kaminari.
—¡¿QUÉ LE HICISTE?! —la voz de Jiro tembló de preocupación.
El hombre suspiró antes de responder, su tono era más melancólico que amenazante.
—Nada... Es un chico fuerte, se resiste a morir en las memorias de quien esté... Pero esa misma tenacidad lo está matando físicamente.
—¿Por qué nos ayudas?
—Porque no me están vigilando... —Respondió con tristeza, bajando la mirada por un instante. Mientras su voz se volvía más grave. —Por eso es mejor que sigan adelante y finjan que este encuentro no sucedió. Pero si volvemos a cruzarnos, tendré que envenenarlos. ¿De acuerdo?
—Eres raro, viejo —Replicó Kaminari.
El hombre soltó una risa suave ante la observación, una que no tenía alegría, sino una especie de amarga aceptación.
—Me hubiera gustado poder hacer más por ustedes...
—Espere... —Intentó detenerlo Jiro, sintiendo que había algo más por descubrir en esas palabras.
El hombre la interrumpió con un gesto de la mano y un consejo final.
—Tengan cuidado en su camino... El chico de cabello morado está demente. Él no dudará en acabar con sus vidas. Traten de no estar cerca de él, o los dejará sin oxígeno.
—¿Ah?... gracias... Supongo —Murmuró el eléctrico.
—Shhhh... —susurró el hombre antes de alejarse, levantando un dedo hacia sus labios en un último gesto de silencio.
La figura del hombre se desvaneció en la nieve, dejándolos con más preguntas que respuestas, pero también con un renovado sentido de urgencia. Kirishima estaba en peligro, y el tiempo corría en su contra.
—¿Qué acaba de pasar? —Preguntó el joven, viendo como les dejó a su compañero en la nieve para despues retirarse.
—No lo sé... pero no hay tiempo de cuestionar sus acciones. Debemos ir por Kirishima... ¿Puedes caminar por tu cuenta Aoyama?
El chico brillante, sin mencionar una palabra, solo caminó cabizbajo siguiendo las pisadas del hombre que desapareció hacia el campamento.
—Parece ser que si... ¿Me ayudas? —Pidió Denki, agachándose, para intentar cargar a Tokoyami en su espalda.
El camino fue corto, pero la sensación de desasosiego creció con cada paso que daban. Cuando llegaron al punto señalado, la vista que los recibió fue desoladora. La nieve estaba removida, pero no había señales de Kirishima. Solo quedaban los inquietantes rastros de cómo dos cuerpos habían sido levantados y arrastrados.
El estómago de los tres se revolvió con una mezcla de miedo y desesperación. El silencio a su alrededor era ensordecedor, amplificando el eco de sus peores temores.
—¿Crees que el hombre de cabello morado que nos advirtió el señor se lo haya llevado? —Preguntó Kaminari, con voz temblorosa por el destino de su amigo, mientras sus ojos recorrían la escena en busca de alguna señal alentadora.
—No lo sé... Pero no parece que él se haya levantado por su cuenta... —Respondió Jiro, mientras examinaba las múltiples pisadas. Al notar un tercer par de huellas, un poco más pequeñas que las otras dos, sus manos comenzaron a temblar ligeramente. Estas huellas se detenían en un montículo de nieve manchado con sangre y vómito congelado, una imagen que le heló la sangre.
—Debió estar aquí... —Murmuró con temor.
La joven heroína tragó saliva, su mente corriendo a mil por hora mientras procesaba la situación, pero sabía que tenía que tomar una decisión, y rápido. Con un profundo respiro, fijó su mirada en la montaña.
—Vayamos arriba a la montaña... —dijo con firmeza, aunque su voz tembló ligeramente al final.
Kaminari la miró con incredulidad, sus ojos ampliándose en shock. —¿Qué quieres decir con ir a la montaña? ¡Tenemos que encontrarlo! ¡KIRISHIMA ESTÁ DESAPARECIDO!
La idea de dejar atrás el rastro de su amigo parecía inimaginable para él; Pero Jiro ya había tomado su decisión. Sin responderle, empezó a subir la pendiente, sus pies moviéndose casi por instinto.
—¡JIRO! ¡NO PODEMOS FINGIR QUE NO VIMOS NADA! ¡KIRISHIMA PODRÍA ESTAR EN PELIGRO DE MUERTE!
—¡LO SÉ! ¡TODOS ESTÁN EN PELIGRO! ¡NO PODEMOS SIMPLEMENTE ABANDONAR A NADIE! —Jiro replicó alterada.
—Es por eso que debemos subir a la montaña... Sabemos que además de los tres villanos del campamento y el que encontramos en el camino... Está el hombre de cabello morado y aquel capaz el que controla a los cuervos... Con los demás inconscientes tendré todo a favor para encargarme de todos los villanos y poder bajar por los chicos.
—¡¿En serio?!
