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Sus pies rozaban con sutileza la blanca nieve, sus dedos entumidos y congelados dolían y parecía que en cualquier momento se desprenderían de sus manos; y la sangre…, la sangre, entre más tiempo pasaba, se volvía un peso asfixiante y doloroso sobre su cuerpo. El frío era insoportable, y este no ayudaba en absoluto a calmar esas sensaciones que lo adormilaban más y más; y, a pesar de que anhelaba que sus sentidos no lo abandonaran en aquellas circunstancias, estos no dudaban en llevarle la contraria.

Con trabajo abrió los ojos, figuras borrosas y distorsionadas pasaban a sus costados, como pedazos de ilusiones que bien podían ser los vestigios de un sueño o los inicios de una realidad que él no comprendía del todo. Su cabeza, pesada y somnolienta, volteó lo suficiente para poder notar con claridad el perfil fino y delicado de quien lo sujetaba con fuerza. Tardó una fracción de segundo en reconocerlo, y otro más para recordar parte de lo que había sucedido: el oso polar, sus fauces abiertas con ferocidad, y el cosmos descontrolado de su amigo. Cada imagen, cada sensación atravesó su cabeza, su cuerpo, como un rayo que amenazó con partirlo en dos.

Bajó la mirada, la blancura perpetua y helada de la nieve fue lo que se la devolvió. A su espalda, esa blancura se perdía ante el rojo de la sangre que continuaba saliendo de su abdomen.

—Eres un idiota —dijo Camus con claras intenciones en su voz de soltarlo en medio de la fría nieve. Él quiso fruncir el ceño, pero el dolor que experimentó su cuerpo ante el movimiento, lo impidió—. El más grande de todos los idiotas.

Camus tenía razón: él era un idiota, el más grande de todos, pero ¿cómo demonios pretendía que se quedara con los brazos cruzados si aquel enorme oso abalanzó sus enormes garras hacia aquel niño?

Era parte de su entrenamiento, lo sabía, él mismo había arriesgado su vida en más de una ocasión en sus innumerables entrenamientos. Camus también lo había hecho, todos sus compañeros en sí.

Suspiró con dificultad, Camus lo miró por el rabillo del ojo. ¿A quién quería engañar? Sus acciones habían sido egoístas, un impulso para poder lucir esas habilidades que día a día se esforzaba por mejorar; el problema era que había escogido el lugar y el momento equivocado.

Cerró los ojos y se dejó guiar por la espesa nieve; la mano de Camus continuaba, como podía, haciendo presión en su abdomen, en un desesperado intento para detener la hemorragia, mientras sus pasos, sin disminuir de velocidad, continuaba guiando los de escorpio hasta su cabaña.

Pronto llegaron a esta, Isaac, ante las órdenes de su maestro, ya había preparado la habitación de Camus para que el santo de la octava casa recibiera las primeras atenciones.

Una vez que Milo fue colocado sobre la cama, Camus comenzó a desabrochar botones y quitar prendas, Isaac a su espalda, entraba a la habitación con un cuenco de agua cristalina para comenzar a limpiar la herida.

Para el horror de Camus, la herida era más profunda de lo que hubiera pensado, la sangre salía copiosa del abdomen de Milo y por cada segundo que pasaba, su rostro comenzaba a perder más y más color. Su mente comenzó a trabajar con suma rapidez, en esos momentos lo más importante era detener la hemorragia, así que usando su cosmos formó una capa de hielo sobre ella. No obstante, cuando el cuerpo de escorpio comenzó a disminuir de temperatura y a temblar por el frío, tuvo que deshacerse de esta. La sangre comenzó a salir una vez más, él hizo presión, aun así, no serviría de mucho. Milo necesitaba atención médica, el problema era que el médico más cercano estaba a kilómetros de distancia, y entonces la desesperación se apoderó de él.

Los escalofríos se intensificaron en el cuerpo inconsciente de su amigo, la oscuridad poco a poco comenzó a tomar más fuerza en el firmamento; y si eso no fuera suficiente, de un momento a otro una espantosa tormenta desató su furia contra las paredes de la cabaña.

Los dioses los odiaban, de eso no le cupo la menor duda.