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TU ESENCIA
La primera vez que vio a Shota Aizawa fue una tarde de verano, en el centro del pueblo mientras intentaba comprar manzanas para que su madre pudiera hornear un pie. Todos parecían ignorarle, aunque en realidad Shota no prestaba atención a las miradas hostiles, ni a los comentarios mal intencionados. Ese día descubrió lo que era la injusticia y la discriminación que sufrían todos los betas. Aizawa parecía un puntito negro que intentaba no mezclarse con nadie. No entendía porque aquel chico prefería comprar gruesos libros que algo más productivo como comida, dulces o cualquier otra cosa más interesante. Shota ni siquiera se había dado cuenta de su presencia a pesar de haber pasado a su lado, que tuviera la mirada agachada y abrazara los libros contra su pecho a modo de escudo, tal vez había ayudado un poco a eso. Ese día también descubrió lo que era la ausencia de feromonas en una persona. No se atrevió a hablarle. Tenían quince años.
La segunda vez que vio a Shota fue a las afueras del pueblo bajo la sombra de un gran roble, seis meses después de su primer encuentro. Siempre parecía querer apartarse de todo el mundo. Parecía demasiado absorto en el libro, su ceño fruncido le sugería que estaba intentando comprender algo complejo. Fue atraído a Shota como las abejas a la miel. Lo primero que notó cuando Aizawa se dio cuenta de su presencia fue la desconfianza de aquel par de ojos negros. Parecía un pequeño gato arisco a punto de saltar. A él se le hizo bastante tierna la manera en la que pretendía querer proteger su libro. Presentía que Shota no dudaría en usarlo para golpearle en caso de ser necesario.
— ¡Hola! Mi nombre es Hizashi, mucho gusto. — Hizashi sonrió con calma al sentarse al lado del pelinegro.
Sin embargo, Shota no había respondido, se puso de pie rápidamente y salió corriendo con la misma postura encorvada que tantos criticaban, con su fiel amigo el libro sujetado contra su pecho. De nueva cuenta todos lo miraban con desdén, pero parecía que Shota se había vuelto todo un experto en evadirlos.
La tercera vez que vio a Aizawa pasó casi un año y fue en el mercado del pueblo con el rostro casi pegado al escaparate de la librería. Sus manos se encontraban apoyadas sobre el cristal mientras sus ojos observaban con ilusión un grueso libro. Él había decidido verle de lejos, embelesado por su perfil. Ese día descubrió lo que era la envidia, aunque fuera de un objeto inanimado pues en el fondo de su corazón deseaba ser observado de esa manera por el pelinegro. Cuando Aizawa se retiró luego de revisar su monedero con desgana, él se había acercado al escaparate para revisar qué era lo que había llamado tanto la atención al pelinegro. No lo pensó dos veces cuando entró a la tienda y compró aquel libro tan pesado y grueso referente a las mejores hierbas medicinales. Al caer la tarde, escondido detrás de los arbustos pudo apreciar por primera vez la verdadera sonrisa de Shota al sujetar aquel libro que se había asegurado de dejar bajo aquel roble. Nunca había conocido a nadie que tratara con tanto cariño a un libro. Shota parecía un niño pequeño cuando se sentó a leer. Dentro del libro había metido una nota sencilla en donde le decía que esperaba que disfrutara la lectura seguido de su nombre. Cuando Shota se marchó pensó que había ignorado su nota hasta que la encontró en el suelo con una respuesta que hizo palpitar de forma acelerada su corazón: Gracias Hizashi, me llamo Shota. Ese día descubrió que se había enamorado irremediablemente del pelinegro.
La cuarta vez que lo vio fue a principios de invierno durante la primera nevada, seis meses después. La temperatura había bajado considerablemente, pero Shota no traía ningún abrigo consigo mientras estaba de pie sin mover ningún músculo. La mirada ausente del pelinegro le había preocupado demasiado así que salió de su escondite para poder hablar con él directamente por primera vez.
— ¿Shota? — Preguntó colocando su mano sobre el hombro del chico.
Pero Shota no había contestado nada, seguía con la mirada perdida hacia el piso así que queriendo comprobar qué era lo que lo tenía tan perdido, observó en la misma dirección. El libro que le había comprado al pelinegro, y que a simple vista se había usado muchas veces estaba destrozado, pero lo que más le había llamado la atención había sido el golpe en el ojo que portaba el pelinegro.
— Lo siento. — Susurró el pelinegro después de mucho tiempo. — Te lo pagaré.
Aquella vez había descubierto lo que era la ira, había tenido ganas de destrozar a quienes habían lastimado de esa manera a Shota, que de tenerlos enfrente los habría matado. No pudo usar su voz pues sabía que si lo hacía terminaría por decir algo fuera de lugar, pero se atrevió a abrazar el cuerpo del pelinegro con extremo cuidado, temiendo que tuviera más heridas que no podía observar a simple vista. Shota se había tensado ante el contacto, pero conforme los minutos avanzaron se fue relajando poco a poco. Aquel fue el primer día que pensó que quería proteger a Shota para siempre.
Por eso, Hizashi siempre relacionaba a Aizawa con los libros y el conocimiento. Estuvo con él para defenderlo cuando no quisieron hacer valer sus conocimientos médicos en su examen de pasantía en el consejo. Shota había aceptado dar el examen de manera oral para evitar ser culpado de copiar las respuestas, pero había acertado en cada pregunta con una extraordinaria precisión. También estuvo ahí para felicitarlo cuando lo reconocieron como el médico oficial del pueblo y aunque en un principio nadie lo frecuentaba, Hizashi era feliz solamente con ver su rostro satisfecho cuando podía elaborar algo complicado. Se convirtió en su ayudante cuando todos los cachorros del pueblo comenzaron a enfermar con fiebre alta y a presentar dificultades para respirar. Aquel día se quedó maravillado de la determinación en aquellos ojos negros mientras atendía a cada niño que llegaba. Shota habría podido negar el servicio a los hijos de las personas que lo habían tratado mal, pero trató a todos por igual, privando sus horas de sueño con tal de asegurarse de preservar aquellas inocentes vidas. Al final nadie le agradeció por salvar la vida de sus pequeños, pero si comenzaron a tratarlo mejor. A partir de ese momento había comenzado a decirle cuánto le gustaba y Shota lo había rechazado en cada ocasión. Podría haberse rendido, pero ver sus expresiones y como la punta de sus orejas se tornaban rojas con cada "te quiero", le daban la motivación suficiente como para seguir adelante.
Ahora Hizashi simplemente agradecía mucho el no haberse dado por vencido y eso que sí lo consideró cuando encontró a Katsuki Bakugo dormido en la cama del pelinegro. Nunca le había dolido tanto la sensación de pérdida. Durante todo el mes que no le buscó, pensó que se volvería loco de desesperación, incluso sus amigos cercanos la tuvieron difícil en su presencia pues siempre estaba molesto. Pero lo que más le había impactado, había sido ver llorar a Shota por primera vez, ahí entendió que no era el único que se sentía desesperado. De manera instintiva abrazó con un poco más de fuerza el cuerpo dormido de su amante, permitiéndose relajar por el aroma tan característico del beta que tanto le gustaba. Quizás Aizawa no contara con la fragancia que proporcionaban las feromonas en los omegas, pero para él no eran necesarias para sentir esa fuerte atracción que lo consumía por Shota Aizawa.
— Hmmm… — Aizawa se removió entre los brazos que lo envolvían como si se tratara de una boa constrictora, y se acomodó de tal manera que su rostro quedara oculto contra el pecho desnudo del alpha, bostezando con ligereza. — ¿Qué haces despierto, Zashi? Aun no amanece. Duerme de nuevo.
Hizashi rio con suavidad dejando un beso sobre la cabeza de su pareja. — Solo disfrutaba de tu aroma, me encanta. — El rubio sonrió al entrelazar sus piernas con las del pelinegro y luego con su nariz aspiró el aroma que desprendía el cabello de su amante.
— Mentiroso. — Shota murmuró con un ligero gruñido dejándose hacer por su pareja.
— Yo nunca miento, Shota. — Respondió de manera tranquila, dejando suaves caricias con la yema de sus dedos, recorriendo lentamente la columna del beta.
Un pequeño suspiro se escapó de los labios del pelinegro, quien para deleite del alpha había comenzado a sonrojarse. — Soy un beta Hizashi… no desprendo ningún tipo de aroma.
Hizashi rio con suavidad mientras permitía que sus dedos se enterraran ahora en la cabellera negra, jugando con los mechones. — No necesitas ser un omega para tener un aroma, cariño.
Aizawa se estremeció un poco, cada vez que el alpha le decía con algún tipo de mote cariñoso, no podía evitar sentirse avergonzado. — Si tú lo dices. — Respondió para nada convencido. — A ver, entonces, ¿a qué huelo?
Con calma, Hizashi tomó la mano derecha de su pareja para poder besarla con absoluta devoción, provocando un notorio sonrojo en las pálidas mejillas de su amante. — Al rocío de la mañana justo antes de que el sol aparezca… — Volteó la mano del pelinegro de tal forma de que pudiera tener acceso a su muñeca y entonces la llevó a la altura de su rostro para olerla directamente antes de besarla con dulzura. — También percibo el aroma dulce y cálido de la vainilla, mezclado con un tinte húmedo del roble al atardecer. — Hizashi le sonrió a su pareja al colocar la mano ajena sobre su mejilla. — Es un aroma embriagador que deseo poder percibir durante el resto de mi vida.
Aizawa abrió la boca para poder decir algo sintiendo un gran nudo en la garganta, terminando por cerrarla nuevamente de forma abrupta. ¿Cómo era posible que Hizashi pudiera hablar de esa manera tan temprano? De seguir así, estaba seguro de que algún día le iba a provocar un infarto. Le gustaba. Cada día Hizashi le gustaba más. Sintiendo su rostro arder y para acallar cualquier otra cosa que Hizashi quisiera decir, alzó su rostro para poder capturar los labios del alpha en un beso demandante en donde intentaba transmitir todas esas emociones que nunca podría expresar a través de palabras. Por lo regular los del pueblo solían burlarse de él por no ser capaz de emitir un aroma, Hizashi era el primero en afirmar que sí poseía uno. Nunca les había dado demasiada importancia a esas burlas, pero ahora simplemente se sentía realmente eufórico de que la única persona que en verdad le importaba fuera también el único en percibir un aroma en él, y lo mejor de todo era que le gustaba. No podía sentirse más afortunado.
Katsuki Bakugo había tenido tanto trabajo últimamente, que todos los días llegaba tan cansado que lo único que deseaba era llegar a la casa e irse directo a la cama. De no ser por Izuku quien no le permitía cerrar los ojos hasta que hubiera comido algo, en verdad lo haría. Por eso no le sorprendió, que al abrir los ojos la habitación ya estuviera completamente iluminada por el sol y que el lado en donde debería de estar su pareja se encontrara vacío y frío, dándole a entender que Izuku hacía tiempo que se había levantado. De seguro que su omega lo había dejado dormir más tiempo de lo normal aprovechando de que era su día libre. Una sonrisa tranquila se dibujó en su rostro ante la atención que su pareja siempre le proporcionaba.
Con algo de pereza se levantó de la cama para después tomar un baño rápido para terminar de despertar. Al terminar, se dirigió a la cocina en donde fue recibido por el agradable aroma de los huevos revueltos con tocino que su esposo estaba preparando con absoluta concentración. La cocina no era el fuerte de Izuku, de hecho, ya había provocado demasiados accidentes en ella por intentar experimentar, pero continuaba esforzándose para poder hacer bien las cosas. Como ese desayuno que en verdad olía bastante bien. O quizás solo tenía hambre después de haber dormido demasiado.
— ¿No sabes que es de mala suerte abandonar a tu esposo en la cama, Zuzu? — Preguntó el rubio con diversión mientras abrazaba por la espalda a su omega con extrema delicadeza para después esconder el rostro en la base de la nuca del omega, deleitándose de ese aroma que estaba seguro nunca se cansaría de tener al alcance.
Izuku rio, apagando el fogón para después apoyar su espalda con tranquilidad contra el pecho del rubio. El omega sonrió al escuchar el suave ronroneo de su alpha contra su cuello. — Es que te mirabas muy lindo dormido, no quise despertarte.
— Hmmm…. Está bien, te perdono solamente porque hueles delicioso. — Respondió con una sonrisa mientras dejaba un beso sobre la marca que proclamaba como suyo al omega. — Corrección, hoy hueles el doble de delicioso. — Susurró dejando una lamida a la marca que hizo estremecer a Izuku.
— ¿L-Lo crees? — Izuku preguntó exponiendo su cuello para poder otorgarle todo el acceso posible a su alpha.
— Sí. — Katsuki respondió de inmediato, aunque con un poco de duda. — Pero no lo sé. Sigue siendo ese agradable aroma a sándalo mezclado con ese toque a tierra húmeda por el rocío matutino del bosque. — Continuó dando sutiles caricias con la punta de su nariz sobre la marca. — Pero al mismo tiempo hay algo nuevo, un sutil aroma que no consigo identificar que endulza todo lo demás. Pero no es un dulzor empalagoso, sino bastante agradable.
Por un momento Izuku se quedó callado para después reír suavecito mientras acariciaba las manos de su esposo que se mantenían sobre su estómago. — Es que soy muy feliz a tu lado, Kacchan. — Mencionó intentando desviar el tema un poco.
Katsuki parpadeó con ligereza para finalmente sonreír embobado por la dulce presencia de su esposo. — ¿En verdad lo eres?
— ¡Claro que lo soy, Kacchan! — Katsuki aflojó el abrazo cuando Izuku se volteó para quedar de frente. — Me has dado toda la felicidad del mundo, alpha. Te quiero demasiado.
Como toda respuesta, Katsuki se inclinó un poco para poder besar los labios de su pareja con infinito cariño, correspondiendo de esa manera todas las emociones que el peliverde le demostraba día con día. Él también era bastante feliz al lado del omega, tanto, que le resultaba imposible pensar en un mundo donde Izuku Midoriya no existiera. Katsuki asociaba el aroma de Izuku con amor, añoranza y con las ganas de formar una familia a su lado. Ese pequeño omega se había convertido en su todo porque Izuku Midoriya era sinónimo de hogar.
¡Doceavo día del omegacember (Olor/Olfato)! :D
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