14
ERES A QUIEN MÁS AMO
Para Aizawa ser un beta había sido sinónimo de desgracias. Desde muy pequeño había aprendido, a la mala, lo que era pertenecer al eslabón más bajo de una jerarquía de castas. No era capaz de percibir o emitir ningún tipo de feromonas, era un ser tan común que no era aceptado en ninguna parte. Sus padres se habían decepcionado cuando en su ceremonia de revelación, no se había manifestado absolutamente nada. Su padre, un alpha dominante, lo había visto con desprecio antes de darle la espalda. Su madre, omega, simplemente había seguido a su esposo. Ninguno de los dos había hecho nada cuando Aizawa se escapó de su casa. Casi estaba seguro de que se habían alegrado de deshacerse de quien había ensuciado el nombre de la familia. Tenía quince años en aquel entonces. ¿Odió a sus padres? En realidad, tenía sentimientos encontrados al respecto. Al menos su madre había sido buena con él hasta antes de la ceremonia. Su padre, por otro lado, siempre pareció sospechar que sería diferente, siempre obligándolo a hacer cosas que no quería, pero que eran las correctas para alguien que estaba destinado a ser también un alpha.
Salirse de su casa lo había librado de la presión social de su familia, pero también le había abierto un mundo lleno de dificultades a las que no se había preparado, o, mejor dicho, a las que nunca pensó que llegaría a necesitar algún tipo de preparación. Conseguir un trabajo fue muy complicado, nadie lo aceptaba. Al ser un beta estaba destinado solamente a ser un sirviente, pero incluso de eso era bastante complicado conseguir algo. Nadie quería relacionarse con ellos. Aizawa comenzó a desconfiar más y más de la gente. Recibía cualquier tipo de miseria que apenas si le alcanzaba para comer, no poseía un techo donde dormir así que dormía en cualquier parte cuando caía la noche. Pasar frío ya era algo a lo que se había acostumbrado. Ver de lejos lo felices que eran otras familias, que amaban a sus hijos y que se enorgullecían de ellos, lo hacía sentir envidia, pero al mismo tiempo sabía que si aquellos niños resultaban ser betas como él, les esperaba el mismo destino, o incluso peor. La ropa que usaba la había sacado de la basura de una casa que ya ni siquiera recordaba a quién pertenecía. Fue golpeado, repudiado, rechazado y tratado peor que basura.
Al menos hasta que conoció a Yagi Toshinori, un omega anciano que le abrió las puertas de su casa de manera desinteresada. Tan desconfiado como la vida se había encargado de hacerlo, le costó mucho trabajo aceptar su amabilidad. En un principio el omega simplemente le dejaba comida afuera de su casa cuando se aseguraba de que estaba cerca. Comida que se aseguraba de comer obviamente, sabía que no estaba para ponerse demasiado quisquilloso. Con el tiempo fue aceptando su amabilidad hasta que comenzó a vivir en aquella cabaña apartada del pueblo. Yagi Toshinori nunca lo obligó a nada, al contrario, fue el responsable de enseñarle todo lo relacionado con la medicina. Le instruyó en el amor por saber tratar cada uno de los ingredientes. De saber identificar las plantas medicinales, de las venenosas. Le enseñó cada parte de la anatomía del ser humano, la diferencia entre las distintas castas, todo con la finalidad de que se convirtiera en su sucesor. A pesar de su edad tan avanzada, peleó por él ante el consejo para que le permitieran instruirse apropiadamente. Ni siquiera sus padres se habían atrevido a tanto por él. Llegó a respetarlo y a verlo como a su única familia. Cuando Yagi murió, le destrozó el corazón, pero en lugar de hundirse en la desesperación, honró su nombre al no abandonar su sueño de convertirse en un médico digno de su mentor. De nueva cuenta estaba solo, pero definitivamente no como cuando huyó de su casa. Ahora tenía un lugar propio al cual llamar hogar pues el viejo Yagi se encargó de preparar todo para que al morir sus pertenencias quedaran al nombre de Aizawa. Ya no tenía motivos para pasar hambre o frío, nunca le ajustará la vida para poder agradecerle a aquel hombre que lo cobijó cuando más lo necesitó y sin esperar nada a cambio. Salir adelante como el único beta médico del pueblo fue complicado porque todos estaban de acuerdo en que el puesto de médico era un puesto demasiado importante como para que un simple e insignificante beta lo ocupara. Sin embargo, no se dio por vencido y aunque en la actualidad aún existían bastantes personas que lo miraban por encima del hombro como si fuera basura, se había ganado el respeto del resto de la población. Aunque si tenía que ser sincero aquello era algo que nunca le importó realmente. Los comentarios mal intencionados los ignoraba, así como ignoraba a quienes intentaban a acercarse a él. La mayoría simplemente pensaban que no valía la pena ni siquiera gastar el aliento en hablarle.
Al menos eso pensó hasta que conoció a Hizashi Yamada, un alpha extrovertido que siempre estaba rodeado de omegas que intentaban captar su atención. Mentiría si dijera que no sabía quién era la primera vez que lo vio, pero resultaría imposible no saber de él cuando desprendía aquella presencia tan atrayente que conseguía captar la atención de los omegas como las abejas son atraídas al dulce néctar de la miel. La primera vez que Hizashi le habló le sorprendió tanto que no tuvo más remedio que salir corriendo. Se había sentido tan estúpido y avergonzado por partes iguales por haber reaccionado de aquella manera, pero, de todas maneras, ¿por qué alguien como Hizashi se fijaría en la oveja negra del pueblo? Simplemente no tenía ningún tipo de sentido. Hizashi era como el sol, mientras que él era como la luna, brillante solamente en la oscuridad de la noche porque nunca tendría el valor suficiente como para sobresalir en un mundo que le dio la espalda prácticamente desde el momento en el que respiró por primera vez.
Supo que Hizashi era alguien especial para él cuando encontró el libro que no podía comprar debajo del roble que solía frecuentar cuando quería estudiar o simplemente desconectarse del mundo exterior. Su corazón había palpitado tan fuerte que tuvo miedo de que saliera corriendo y entonces todos se darían cuenta de cómo se sentía, pues estaba seguro de que gritaría con euforia lo que pensaba de Hizashi Yamada. En esos días extrañó mucho los consejos que Yagi siempre tenía para él cuando dudaba de su propia existencia. Tenía miedo de abrir su corazón ante Hizashi porque eso significaba que le daría un cierto control sobre su ser. Su constante parloteo le resultaba adorable, pero que el alpha proclamara que estaba enamorado de él no tenía ningún tipo de sentido, ¿qué futuro les depararía la vida? Hizashi se merecía alguien que fuera capaz de amarlo y darle una familia tan maravillosa como él. ¿Cómo él podría ser alguien digno de Hizashi Yamada? Simplemente imposible, y aunque siempre procuraba marcar un límite, el solo pensamiento de que el alpha verdaderamente pudiera encontrar a alguien más, le partía el corazón.
Además, nunca había confiado en nadie más que en el viejo Yagi. Gracias a él supo que no todas las personas con alguna casta eran malas, pero también era cierto que solo lo había conocido a él. Saber que podía sentir algo tan grande como para sufrir al estar separados, lo asustó demasiado, pero comprendió que vivir con miedos e inseguridades no era algo sano. Ahora, compartiendo su vida con Hizashi Yamada, no podía estar más feliz. Aun así, los miedos de su casta no podían borrarse tan fácilmente. Confiaba plenamente en Hizashi, pero temía que más adelante quizás no pudiera ser suficiente para complacer al rubio.
— ¿Qué haces aquí, cariño? — Yamada tenía tiempo buscando a su pareja por todas partes. Por un momento, se había asustado, pero después había recordado que cuando Shota quería desconectarse del mundo siempre iba al mismo sitio, el roble a las afueras del pueblo. Encontrarlo recostado bajo su cobijo y con la mirada perdida en las estrellas, le pareció realmente encantador. Hizashi sonrió con ligereza al sentarse a su lado.
Shota se sentó con calma al notar la presencia del rubio, recostando su espalda contra la corteza del árbol. — Pensando. — Respondió simplemente con un ligero encogimiento de hombros.
— Tu siempre estás pensando, cielo. — Yamada sonrió cuando notó un ligero sonrojo en las mejillas del pelinegro. Aquello era una situación a la que nunca se cansaría de presenciar. Luego rodeó sus hombros con su brazo para atraerlo hacía él y así poder besar la coronilla de su pareja.
Shota sonrió un poco al sentir como Yamada ocultaba su rostro en su cuello. Si ambos fueran una pareja de alpha y omega, aquella sería una acción que el alpha haría para poder oler de forma directa las feromonas de su pareja. Pero él era un beta que no tenía ningún tipo de olor. Al menos no uno natural y no influenciado por las hierbas medicinales que solía preparar todos los días. Aquello le entristecía demasiado. Ni siquiera podía tener ciclos de calor, por consiguiente, aunque fuera lo que más quería, no podía engendrar los cachorros de Hizashi. Nunca había odiado tanto ser como era porque Hizashi era la persona más dulce y amorosa que había conocido, y en verdad desearía poder darle lo mismo a cambio.
Shota parpadeó cuando sintió la caricia del alpha en su mejilla. — ¿Por qué luces tan triste, Shota? Sabes que puedes contarme todo. Haré lo que sea para poder ver esa linda sonrisa que tanto me gusta de ti.
Y también a veces también odiaba ser un libro abierto para Hizashi como para que pudiera descubrir cuando estaba sintiéndose mal. — Yo… — Observó los ojos verdes de su pareja y después apartó la mirada un tanto indeciso. — Hizashi… ¿no te has preguntado qué pasará si algún día encuentras a tu omega?
Shota fue consciente de que había realizado la pregunta incorrecta al sentir como su Yamada se tensaba y en el dolor que atravesó su rostro. La sensación de vacío en su corazón por haberle lastimado lo atravesó como una daga. Shota se quedó paralizado cuando descubrió la decepción en la mirada del alpha que tanto le gustaba y tuvo miedo de haberlo arruinado, sobre todo cuando se apartó de él y comenzó a alejarse. Sin detenerse a pensarlo mucho, Shota se puso de pie y corrió para alcanzar a Hizashi. Una vez que lo hizo lo abrazó por la cintura, impidiéndole avanzar.
— ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! — Mencionó desesperado el pelinegro, temeroso de que Hizashi lo rechazara y decidiera dejarlo de una vez por todas.
— Dime, Aizawa… ¿por qué tienes que hacer todo tan difícil y preguntar cosas tan estúpidas? — Hizashi suspiró profundo pues, aunque deseaba con todas sus fuerzas marcharse, su corazón le mandaba señales contradictorias al querer quedarse.
Shota mordió con fuerza su labio inferior, en verdad odiaba cuando Yamada le hablaba por su nombre de esa manera tan furiosa, pero más odiaba ser él el causante de dicho cambio. — Es un mal día… no he hecho más que recordar a mi familia, en como me despreciaron y abandonaron. — Respondió, apretando un poco más el abrazo. Yamada decidió guardar silencio mientras escuchaba la explicación de Shota. — Y también en lo afortunado que fui al conocer a mi mentor y luego a ti. Pero no puedo evitar pensar que te estoy quitando en lugar de darte algo importante. No tienes idea de la envidia que me dan las parejas que pueden tener hijos porque mi más grande deseo es poder tener un pequeño contigo. Pero soy un beta masculino, yo solo…
Hizashi inhaló profundo antes de soltarse del abrazo en el que su pareja lo mantenía sujeto, casi como si no deseara que se marchara. Después, giró lentamente para poder quedar de frente a Shota. Con suavidad tomó el rostro del pelinegro con sus manos, alzándolo un poco para poder ver directamente a sus ojos. A pesar del enojo inicial, suavizó sus facciones para poder dedicarle una suave sonrisa al pelinegro. — Shota, no me estás quitando nada, al contrario. Me estás dando tu amor y eso es más de lo que alguna vez imaginé. — Agachándose un poco para que su frente quedara apoyada sobre la del hombre, se dedicó a acariciar sus mejillas con delicadeza. — No me importa si el destino dice que no podamos tener hijos, tampoco me importa ningún omega porque con quien quiero pasar el resto de mi vida es contigo y nadie más. ¿Lo entiendes? Lo que siento por ti no es solo un enamoramiento pasajero. Lo que te estoy proponiendo al ser mi pareja es que te conviertas eventualmente en mi esposo y me permitas proveerte de todo lo necesario para hacerte feliz.
— Hizashi… — Aizawa susurró sin poder creer aún lo que el rubio le estaba diciendo. Su corazón había comenzado a latir tan acelerado que por un momento creyó que le daría un paro cardiaco.
— No me pidas que busque a alguien más porque me parte el corazón que el hombre que amo no vea lo maravilloso que es. — Con suavidad besó la punta de la nariz del chico y le sonrió suavecito. — Si voy a tener un hijo quiero que sea contigo. Y si es contigo no me importa el medio. Soy un alpha dominante, tengamos fe de que mi casta nos proporcione el milagro que tanto anhelamos, y si no es así, estoy seguro de que por ahí habrá algún cachorro que necesite a dos padres maravillosos que estén dispuestos a todo para que sea feliz. ¿Quedó claro?
De manera irremediable, Aizawa comenzó a llorar, pero terminó asintiendo con cierto entusiasmo. — Claro.
— Además, el proceso de concepción es bastante lucrativo y entretenido, ¿no lo crees? A penas comenzamos a vivir en pareja, Shota, ¿por qué no disfrutamos del momento?, cariño. — De manera juguetona y con el único propósito de aligerar el ambiente, Hizashi le guiñó el ojo a Aizawa con coquetería, algo que solo provocó un fuerte sonrojo en el rostro del pelinegro por la tan descarada insinuación.
— ¡Pervertido! —Mencionó Aizawa tan rojo como una fresa mientras intentaba escapar del agarre en el que lo mantenía el rubio.
Hizashi rio ante la actitud de su compañero y besó con cariño su mejilla, probando que Aizawa se detuviera. — Pero así me amas, ¿no es así? — Preguntó a modo de susurro el alpha directamente en su oído mientras dejaba un beso sobre la comisura de los labios ajenos.
— Y-Yo no lo se. — Aizawa maldijo por lo bajo todo el dominio que tenía el alpha sobre él.
— ¿Seguro de que no lo sabes? — El alpha ronroneó un poco mientras se entretenía besando los labios ajenos en suaves piquitos, apenas unos pequeños roces. — Acabas de aceptar que te mueres por darme un hijo, ¿andas ofreciendo eso a todos?
Aizawa volvió a sonrojarse, esta vez con más intensidad. Tanta que Yamada no sabía si debía reírse a sus costillas o proponerle refrescarse con un poco de agua fría. — ¡Claro que no, idiota! — Reclamó el pelinegro con el ceño ligeramente fruncido.
Hizashi rio con suavidad mientras besaba la frente de su pareja. — Te amo, Shota Aizawa. Si no es contigo, no quiero nada con nadie. — Susurró dando un pequeño piquito sobre los labios de su pareja, sonriéndole con cariño.
Aizawa se permitió sonreír también un poco ante la seguridad que el alpha le estaba otorgando. — Gracias, Zashi. — Susurró aferrando al alpha en un abrazo que usó para esconder su rostro en su pecho, tranquilizándose con el sonido de los latidos de su corazón.
Hizashi ya no respondió nada, en realidad no había necesidad de decir algo más. Correspondió el abrazo con fuerza. Sabía que Shota aún tenía muchas dudas gracias a las condiciones tan deplorables que le tocó vivir y a la forma en la que la sociedad denigraba tanto a los betas. Pero el ya no tenía ninguna duda, el solo quería compartir su vida con ese lindo beta que los dioses le permitieron conocer y haciendo una promesa consigo mismo, se aseguraría que a partir de ese momento Aizawa fuera feliz a su lado sin importar lo que tuviera que hacer para poder cumplirlo.
¡Día 14 (Betas) del omegacember! :D ¡Gracias por sus comentarios, me ayudan mucho en continuar escribiendo! :D
