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ESTE NO ERES TU

Con el inicio de las festividades del solsticio de invierno llegaban también los mercantes extranjeros ofreciendo sus productos, y para alguien como Shota Aizawa que era el médico oficial del pueblo, era un evento que disfrutaba demasiado porque podía obtener productos que por lo regular era bastante complicado conseguirlos. Básicamente esperaba todo un año para poder asistir a dicho mercado y así poder surtirse de ingredientes, prueba de ello era la canasta que llevaba llena de una gran variedad de hierbas medicinales. Se suponía que Hizashi le acompañaría, pero se había retrasado y Aizawa simplemente no podía evitar perderse entre los pasillos del mercado ambulante, revisando cada planta, hierba y productos que no conocía. Se podría decir que era el único lugar donde se sentía con la libertad de hablar sin el temor a ser juzgado. A los mercaderes lo que les importaba era vender, a fin de cuentas, no prestaban atención si se trataban de alphas, omegas o betas. Y a Aizawa le gustaba preguntar las propiedades de cada nueva cosa que encontraba y que finalmente terminaba comprando después de regatear los precios un poco.

Una de las nuevas atracciones del mercado ambulante era la tienda de esencias. Una tienda que aseguraba que con una sola de sus fragancias los betas podían hacerse pasar por un omega o alfa, incluso podían atraer a las personas que les gustaban. Las esencias se esparcían por todo el cuerpo del interesado y el aroma era capaz de perdurar en la piel hasta por veinticuatro horas. El mercader propietario de la tienda aseguraba que los efectos de sus esencias eran cien por ciento garantizados y que en todos los casos sus clientes habían salido satisfechos con los resultados, tanto que hasta regresaban a comprar más de sus productos. Aizawa pensaba que era una reverenda tontería así que pasó de largo de aquel lugar, sin embargo, fue detenido por el mercader al reconocerlo como un beta. El mercader siempre era capaz de reconocer un posible y potencial cliente con tan solo un simple vistazo. Muchos de sus clientes se habían negado al principio, pero cuando habían comprobado de primera mano los beneficios de sus productos siempre se convertían en clientes frecuentes.

— Qué me dices amigo, ¿no te interesaría probar alguno de mis productos? Te garantizo que no te arrepentirás.

Aizawa, tan desconfiado como solamente él podía serlo, se soltó del agarre con el que el mercader lo mantenía sujeto. Después, retrocedió un par de pasos, marcando así una evidente distancia entre los dos. — No gracias, no es algo que me llame la atención.

— ¿Seguro? — El mercader sonrió mientras elevaba su ceja con parsimonia. Aizawa lo odió por ese simple hecho, ¿cómo podían existir personas que pudieran hacer aquel gesto con la ceja con tanta facilidad? El mercader se volvió acercar a Aizawa mostrando entre sus manos un frasco con un líquido color dorado. De alguna manera aquel color le recordó a Hizashi y su ausencia. — ¿No tienes por ahí a alguna persona especial que quisieras sorprender? ¿Un alpha quizás?

— ¿Eh? — Aizawa frunció el ceño un tanto confundido por aquellas preguntas. ¿Qué tenía que ver la venta de aquellas esencias con sorprender a alguien? Después de todo no era el tipo de persona al que le gustara ponerse perfume o algo similar. Y Hizashi nunca se había quejado por ello en el tiempo.

— ¿Me vas a decir que no existe por ahí un alpha u omega a quien desees que se sienta atraído por tu aroma? — El mercader destapó el frasco que llevaba entre sus manos y después, sin previo aviso, terminó de acercarse al pelinegro para poder aplicarle una generosa cantidad de aquel líquido en su cuello. — Esta muestra es gratis, pero te aseguro que regresarás antes de que nos vayamos por tu segunda dosis. — Sin más el mercader regresó a su puesto par atender a otro cliente más.

Aizawa se quedó estático en su lugar, completamente incrédulo de lo que acaba de ocurrir. ¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora? ¿Qué si esa cosa funcionaba, pero con la persona equivocaba? El pelinegro chasqueó la lengua con irritación, ¿volver a aquella tienda? Era muy poco probable. Sería mejor que encontrara a Hizashi para poder marcharse del mercado por una vez por todas. Se le habían quitado las ganas de continuar con aquel recorrido, al menos por ese día.


Se sentía cansado y agotado. La canasta en donde había resguardado sus compras había sido olvidada en algún punto del mercado. Sus pies golpeaban con fuerza la nieve, uno tras otro, sin ningún tipo de ritmo en específico con el solo propósito de escapar. El aire frío quemaba sus pulmones ante cada inhalación, provocando que hiciera un mayor esfuerzo. Cada bocanada de aire le provocaba un espasmo que apenas conseguía estabilizar su cuerpo agotado. Nunca le habían gustado las actividades físicas, el latir acelerado de su corazón era como un eco constante que confirmaba este hecho. No estaba prestando atención a las personas que estaba dejando atrás en su carrera por más que se le quedaban viendo con ganas de detenerlo. No podía confiar en nadie en esos momentos después de todo. Las piedras crujían bajo su peso, lanzándole oleadas de dolor a través de la palma de sus pies, pero aún así no se detuvo. No podía darse el lujo de detenerse. No era una opción. No planeaba detenerse hasta que pudiera salir del mercado, o en su defecto, pudiera encontrar a Hizashi. Era la única manera en la que conseguiría sentirse seguro. Chasqueó la lengua al darse cuenta de que su carrera lo había llevado a un callejón sin salida. Al instante se giró con la intención de salir lo más pronto posible, pero tuvo que detenerse abruptamente porque en la entrada del callejón los dos alphas que lo venían persiguiendo se encontraban bloqueándole el paso con una enorme sonrisa arrogante.

— ¡Hasta que te detienes, precioso! — Mencionó el alpha más alto caminando lentamente hasta donde se encontraba el pelinegro. En sus ojos se dibujaba la malicia de poder tener un momento placentero con quien portaba aquel aroma tan delicioso. — Si huyes será peor. ¿Por qué no cooperas y pasas un momento agradable?

— ¡Váyanse! — Exclamó Aizawa retrocediendo todo lo que el callejón le permitía hasta que su espalda topó contra un muro. Su corazón latía acelerado y sus ojos moviéndose frenéticos en busca de algo que pudiera ayudarle para escapar. — ¡Si se acercan más, no dudaré en atacarlos!

El segundo alpha se rio a carcajadas ante la amenaza sin fundamento de aquel ser que mantenía ese rico aroma. — Así es justo como me gustan, eres toda una fiera. De lo contrario esto sería muy aburrido. No te preocupes, cuando te follemos se te olvidará todo.

Sin darle tiempo a que reaccionara, ambos alpha corrieron para acorralar al pelinegro contra la pared. Aizawa se sintió asqueado cuando uno de ellos, no le importaba quien, usó su lengua para recorrer su cuello extasiado. Intentó golpearlos, pero el otro alpha lo inmovilizó desde la espalda. — ¡Suéltenme! — Aizawa gritó con todas sus fuerzas, forcejeando a pesar de estar fuertemente inmovilizado. — ¡Hizashi! — Gritó desesperado. Había sido un tonto por haberse ido por su cuenta ya que de haber esperado a su pareja esto no estuviera pasando. Tampoco debió permitir que aquel mercader le pusiera aquella esencia tan rara que no le había gustado, pero que aparentemente parecía gustarles a esos dos bastardos.

Los alphas rieron ante el temperamento de quien creían era un omega y aunque no lo fuera, nada les quitaría el placer de pasar un buen rato con su cuerpo. Cuando intentaron quitarle los pantalones, el pelinegro comenzó a dar patadas a diestra y siniestra. No le importaba morir, pero no iba a permitir que nadie lo obligara a hacer algo que no quería. No iba a permitir que nadie más que Hizashi lo tuviera. No le gustaba para nada la situación. No deseaba que esos idiotas lo estuvieran forzando. Sus caricias le provocaban ganas de vomitar. Sentir el aliento de alguien que no era su pareja en su oído, solo conseguía que un sentimiento de repulsión lo invadiera por completo. Cuando aquellos tipos lo colocaron boca abajo sin ningún tipo de cuidado, consiguiendo que se golpeara el rostro y al mismo tiempo se sintiera desorientado, Aizawa supo que estaba perdido.

A pesar del dolor que sentía en la cara y del sabor metálico de la sangre que tenía en la boca, Aizawa comenzó a arrastrarse por el suelo en un vano intento de escapar. Volvió a gritar cuando uno de sus atacantes lo arrastró de regreso de las piernas sin importar lo frio de la nieve que cubría las calles del pueblo. Cerró los ojos con fuerza sintiendo tanta impotencia. Dos contra uno era una considerable desventaja, ¿debería darse por vencido? ¿Qué pasaría si lo hacía? ¿Hizashi lo odiaría o se sentiría asqueado por él? No. No quería eso. Quería pelear, pero no tenía demasiadas opciones. En la mañana Hizashi lo había despertado con un beso y le había preparado el desayuno. Habían hablado de sus planes para el futuro y habían quizás sugerido la oportunidad de casarse, aunque eso significaba tener que buscar a alguien que pudiera oficiar la ceremonia. Él siempre había tenido dudas por toda la discriminación que había sufrido al ser beta, pero Hizashi se había encargado de eliminar todos sus miedos hasta el punto de querer compartir su vida con él. Por eso deseaba no darse por vencido. Tenía que seguir luchando de alguna manera. Volvió a patalear con insistencia, tratando de liberarse de las garras que insistían en querer quitarle los pantalones. Estaba tan desesperado por intentar de escapar que no escuchó que alguien más se acercaba hasta que ya no sintió el peso de los alphas sobre él.

— ¡¿Cómo se atreven a tocarlo?!

El corazón de Aizawa se quedó paralizado al reconocer la voz de su pareja. Con cuidado se sentó sintiendo su respiración acelerada, pero antes de sentir algún tipo de alivio, por primera vez sintió miedo ante la presencia de su alpha. Hizashi siempre había sido una persona alegre. Lo que más lo caracterizaba era su enorme sonrisa. A pesar de todos sus rechazos, Hizashi siempre lo había mirado con calidez. Mientras dormían, Hizashi siempre se encargaba de rodearle con sus brazos, brindándole toda la seguridad que necesitaba para poder dormir con tranquilidad. Lo que más le gustaba de Hizashi era su risa y la manera tan optimista que tenía de ver las cosas. Incluso la vez que Hizashi se molestó con él y dejó de hablarle, nunca sintió desprecio de su parte. El Hizashi que estaba enfrente de él, moliendo a golpes a los dos alphas que querían abusar de él, era una nueva persona. Un completo desconocido. Alguien lleno de furia y que no tenía miedo de poder matar a alguien más. Con cuidado se levantó, ignorando el latigazo de dolor que lo recorrió al apoyar el pie izquierdo. Si no impedía que Hizashi cometiera ese error tan fatal, sabía que lo terminaría perdiendo para siempre. Con algo de esfuerzo corrió para poder abrazar a Hizashi por la espalda deteniendo los golpes que no dejaba de dar el rubio contra los alphas que ya no hacían nada por moverse.

— ¡Hizashi! ¡Por favor detente! — Mencionó desesperado mientras recargaba su frente sobre la espalda de su pareja, liberando al fin las lágrimas de impotencia que se había negado a dejar soltar. — Estoy bien… por favor… sólo vámonos.

Yamada se soltó del agarre para poder girar y quedar de frente a su pareja. Cuando Aizawa observó que el color dorado de los ojos de su alpha resplandecía, provocando que el dorado se notara más oscuro, supo que no estaba tratando directamente con Hizashi, sino que éste se había dejado dominar por completo por su lado animal.

— ¿Hizashi? — Susurró con suavidad sin saber qué hacer. Nunca había visto al alpha de aquella manera.

Yamada cerró los ojos un momento intentando regular su respiración y al mismo tiempo de recuperar el control de sus acciones. — Vámonos. — Respondió con un tono grave. Dando una última patada a cada alpha, agarró la mano de Shota para conducirlo fuera de aquel apestoso callejón.


El trayecto a la cabaña fue por primera vez silencioso. Yamada siempre se caracterizaba por hablar hasta por los codos. Que decidiera no hacerlo, resultaba preocupante. Shota había intentado hablar con él, pero no había conseguido nada. El único consuelo que tenía era que en todo ese momento no había intentado soltarle la mano, aunque se la estuviera estrujando con demasiada fuerza. Era evidente que estaba aún bastante molesto y se estaba esforzando demasiado para no perder el control una vez más. Seguir el rápido ritmo de Hizashi al caminar con un pie lastimado, no se trataba de una tarea sencilla.

— Hizashi. — Mencionó el pelinegro sin esperar respuesta. — Me lastimas.

De nueva cuenta el alpha no le respondió, pero Aizawa agradeció que el agarre en su mano se aflojara, pero manteniendo sus dedos entrelazados, y al mismo tiempo, que Hizashi comenzara a caminar más lento. No entendía cómo Hizashi había encontrado su canasta, pero después de un momento caminando se había dado cuenta que el rubio la traía con él con su otra mano. Al llegar a la cabaña el silencio se volvió más pesado e insoportable. Aizawa deseaba con todo su corazón que su pareja dijera algo, lo que fuera, pero Hizashi simplemente se había dejado caer sobre el sillón cabizbajo. El pelinegro intentó acercarse, pero se detuvo al notar la mano alzada de su pareja.

— Por favor… toma una ducha. Tu aroma no me gusta para nada.

Aizawa abrió los ojos con sorpresa, omitiendo el dolor que eso le produjo. Después abrió la boca para poder reclamar el comentario, pero la postura encorvada que había adoptado Hizashi y que se negara a verle, le hizo reconsiderar el mencionar algo despectivo. Con un suspiro se marchó a la habitación para así poder entrar al baño y darse la ducha que su pareja le estaba solicitando.

Al entrar al baño, lo primero que lo recibió fue su reflejo en el espejo. Jadeó con sorpresa al comprobar el estado de su rostro, tenía un ojo morado y tenía sangre seca tanto de la nariz como de la comisura de su labio. Después se quitó las botas para poder inspeccionar su pie izquierdo, notándolo inflamado. Era un beta, no podía percibir los aromas, no sabía que tipo de aroma detectaron los alphas en él luego de que el mercader le pusiera aquel líquido encima. Tampoco sabía a qué tipo de aroma se refería Hizashi, pero viendo su estado físico y siendo consciente de lo que estuvo a punto de pasarle, se sintió tan sucio como si no se hubiera bañado por años. Si Hizashi decidiera dejarlo después de eso, no podría culparle. Tuvo que sostenerse de la pared cuando su cuerpo empezó a temblar, temiendo que de un momento a otro pudiera darle un ataque de pánico porque definitivamente no soportaría que su pareja decidiera terminar su relación. Ignorando la sensación de desesperación y solo cuando estuvo seguro de que no iba a colapsar comenzó a llenar la bañera con agua fría. Después se quitó la ropa, arrojándola al cesto de basura, no deseaba para nada conservar ninguna de esas prendas.

Nunca había tardado tanto tiempo en bañarse, había tallado su cuerpo una y otra vez hasta que se había puesto rojo. Tuvo que salirse de la bañera cuando la temperatura del agua se hizo insoportablemente fría. Nunca había sentido tanto miedo de salir de la habitación, pero una vez que curó sus heridas tuvo que salir para buscar a su pareja, llevando con él algunas cosas que pudieran servir en caso de que su alpha tuviera algún tipo de herida. Hizashi se encontraba en la misma postura en la que lo había dejado. Odiaba verlo de esa manera y sobre todo sin hablar. Con calma se acercó a Hizashi y al no obtener respuesta alguna se arrodilló enfrente de él. Con delicadeza tomó las manos del rubio, los nudillos estaban manchados de sangre y se notaban inflamados.

— Hizashi… por favor háblame. — Susurró el pelinegro mientras limpiaba las manos del rubio con cuidado de no lastimarlo más.

El rubio continuó en silencio por un par de minutos, mientras observaba las manos de su pareja tratar sus heridas. — ¿Por qué olías así? — Preguntó en un susurro sin atreverse a levantar la mirada. Aún podía percibir la furia recorriendo cada célula de su cuerpo. Aún quería matar a los imbéciles que se habían atrevido a tocar de esa manera a su pareja.

Aizawa dirigió su mirada a su pareja, pero éste continuaba negándose a verle. — Yo… estaba comprando algunas hierbas y me encontré con un mercader que aseguraba que sus esencias podían asemejar las feromonas de alphas u omegas. Yo no lo encontré interesante y me iba a marchar, pero el mercader fue tan insistente que me puso un poco de esas esencias sin mi permiso.

— ¿Por qué estabas en ese puesto? — Preguntó molesto, apartando sus manos de las del pelinegro, dejándose llevar por la ira de nueva cuenta. — ¡¿Acaso querías llamar la atención a propósito de esos imbéciles?!

— ¡¿Qué?! ¡Claro que no! — Aizawa se paró de inmediato, sintiéndose ofendido por la acusación. — ¡Ya te dije que fue el mercader el que me puso esa cosa, yo no lo quería!

— ¿Tienes idea de lo que hubiera pasado si no hubiera llegado a tiempo? — Preguntó el rubio con cierta ironía. — ¡Echarte esa cosa fue como una invitación para que esos idiotas hicieran lo que quisieran contigo!

Aizawa retrocedió sintiendo un gran dolor en su pecho ante las acusaciones de su pareja. Un dolor que lo hizo reacción también con enojo y resentimiento. — ¡¿Y tú cómo crees que me sentí?! ¿Tienes idea de todo el asco que me daba sentir como sus manos intentaban recorrer mi cuerpo? ¡Tú no tienes idea de lo desesperado que estaba por querer escapar! ¡Yo lo único que quería era encontrarte! ¿Y ahora piensas que en verdad estaba buscando eso? ¡¿Y tú te jactas precisamente de conocerme, Yamada?!

Solo en ese preciso momento Hizashi levantó la mirada para poder a su pareja. Había tanto dolor y decepción en la manera en la que había hablado Shota, que se habían encendido todas las alertas del alpha. Y solo entonces se dio cuenta del estado en el que se encontraba su pareja. Tomó nota mental de las heridas de su rostro, del moretón y del vendaje que cubría su pie izquierdo. Chasqueó la lengua, odiándose así mismo. Definitivamente no había llegado a tiempo. El daño de alguna manera estaba hecho. Con la calma que no sentía, el alpha se acercó a Shota, notando cómo su cuerpo se tensaba al tomarlo de los hombros.

— ¡Suéltame! — Respondió molesto el pelinegro, intentando zafarse inútilmente del agarre.

— Lo siento. — Mencionó el rubio en un susurro y después apoyó su frente sobre el hombro de su pareja. Cuando había llegado al mercado y no había encontrado a Shots, no le pareció algo fuera de lo normal, después de todo conocía muy bien la emoción que éste presentaba siempre que llegaba al pueblo el mercado. Shota podía pasar horas comprando nuevas y exóticas hierbas, y ni siquiera sería capaz de sentir su presencia. Pero al cabo de varios minutos sin poder localizarlo se empezó a preocupar. Y dicha preocupación había aumentado al encontrar la canasta que solía llevar Shota cada vez que iba de compras, tirada en el suelo. Nunca se había sentido tan desesperado por el simple hecho de que su pareja no emitiera feromonas y por consiguiente no tenía la manera de saber en dónde se encontraba. Así que se puso a preguntarle a todos a los que se encontraba hasta que por fin obtuvo una pista que lo llevó hasta aquel callejón. Ver a su pareja en peligro había desatado su lado salvaje, lo sabía, pero simplemente no podía perdonar a nadie que se atreviera siquiera a pensar que podía arrebatarle a su novio. — Debí haber llegado antes.

Shota dejó de forcejear y suspiró con ligereza con la mirada puesta en dirección al techo. — Yo… intenté defenderme… no deseaba que me tocaran.

— Lo sé. — Respondió de inmediato el rubio al envolver con sus brazos la cintura ajena.

— Si… — Comenzó el pelinegro sintiendo un gran nudo en la garganta que le impedía hablar correctamente. — Si tu ya no quieres que estemos juntos por esto… yo…

— Ni se te ocurra terminar esa frase, Shota Aizawa. — Hizashi gruñó molesto al apartarse un poco para así poder ver directamente a esos pozos negros que le robaron el aliento desde la primera vez que lo conoció. — Eres mío, Shota. — Confirmó, llevando sus manos al rostro del pelinegro para poder enmarcarlo y al mismo tiempo que su pareja no pudiera desviar la mirada. — Si no maté a esos imbéciles fue porque tú mismo me lo impediste. Pero si de mi hubiera sido, les habría arrancado la garganta de un mordisco. — A pesar del enojo que podía manifestarse en sus pupilas, la delicadeza con la que los dedos del alpha acariciaban las mejillas de su pareja resultaba contrastante. — Estoy enojado conmigo mismo por no haber podido defenderte, Shota. Y también porque olías a esa espantosa cosa que se alejaba por completo a como tú eres, era como si intentaras imitar a alguien más y eso me enfureció más cuando todo tu cuerpo se mezcló con el aroma de esos estúpidos alphas.

De una manera que no podía explicar, Aizawa comenzó a llorar con suavidad. — Pero tú me salvaste. — Mencionó suavecito sin ser capaz de moverse.

Hizashi negó aun molesto y con extremo cuidado besó los labios temblorosos de su pareja intentando no lastimarle más. — No como me hubiera gustado. — Susurró finalmente y después recargó su frente sobre la ajena. — No quiero que vayas a ese puesto nunca más. Es más… no quiero que vayas solo a ese mercado.

— Hizashi… — Comenzó a decir el pelinegro, sintiéndose un poco cansado.

— Sólo promételo, Shota.

— Está bien, Zashi. — Accedió finalmente, permitiendo que el rubio lo cargara para llevarlo a la habitación.

Shota Aizawa era un beta que no podía percibir las feromonas de los omegas y los alphas. Ni siquiera sabía cuál era el aroma característico de su pareja, lo cual siempre le ha parecido algo triste. Pero de lo que sí estaba seguro, mientras Hizashi lo mantenía abrazado en la cama y velaba su sueño, era que no solo lo mantenía envuelto en la seguridad de sus brazos, sino que también se estaba encargando de envolverlo con su propia esencia para evitar que alguien más se atreviera a intentar arrebatárselo, y Aizawa no pensaba hacer nada para impedir lo que por derecho le correspondía a Hizashi.


¡Día 16 del Omegacember (Aroma artificial)! ¡Muchas gracias por sus bonitos comentarios! :D Me animan mucho a continuar con estas historias :D