18
PERDÓN
El nuevo día lo recibió con un enorme dolor de cabeza. Se sentía cansado. Le dolían todos los huesos del cuerpo y no había dejado de estornudar o toser durante toda la noche. No había dormido y que su cuerpo se sintiera caliente a causa de la fiebre, sumado al hecho de no poder respirar por la nariz no ayudaba para nada a que mejorara su humor. Le desesperaba demasiado no poder percibir ningún tipo de aroma, lo hacía sentirse desorientado y de cierta manera indefenso. Por lo regular no era alguien que soliera enfermar, pero cuando lo hacía parecía que el mundo se fuera a terminar. Hizashi se volvía alguien más intransigente, desesperado e hiriente con sus palabras, ni siquiera tomaba en cuenta la persona enfrente de él, simplemente atacaba por atacar. Se dejaba llevar por sus instintos más primarios, aunque después tuviera que andar pidiendo perdón por su comportamiento.
Incluso el sonido de los pasos de Shota mientras avanzaba a través de la habitación le parecían una tortura para su cabeza adolorida. Cuando el alpha observó a su pareja dejar una charola con un montón de cosas, quería creer que medicamentos, simplemente suspiró con fastidio. — ¿Cómo te sientes, Zashi?
El rubio blanqueó sus ojos, algo que le provocó más dolor a su cabeza, por lo cual gruñó furioso. — ¿Tú cómo crees? — Preguntó con un tono evidente de sarcasmo.
Aizawa simplemente le observó por varios minutos sin decir nada. Después de un momento se dirigió a la charola de donde tomó un vial con un líquido rosado. Vertió un poco de aquel líquido en una cuchara y después sin previo aviso la metió dentro de la boca del rubio. A pesar del acto que a simple vista se observaba como furioso, Aizawa lo había hecho con cierta delicadeza. Si tenía suerte aquello ayudaría a disminuir la tos y relajaría su garganta. — El objetivo principal de la pregunta era que me compartieras tus síntomas, para que así pueda saber qué medicamentos son los más eficientes para tu estado. — Respondió con toda la calma que pudo conseguir. Entendía que Hizashi se sintiera mal, pero hasta el mismo tenía un nivel de tolerancia. Con un suspiro, el pelinegro colocó su mano sobre la frente de su pareja para poder comprobar su temperatura. — Así que agradecería que respondieras para no tener que andar adivinando.
— Dolor de cabeza, dolor de cuerpo, pérdida de olfato, tos, estornudos, fiebre… — Respondió con fastidio, quitando la mano de su pareja de su frente. — ¿Contento? — Preguntó con cierto tono de ironía. —Debiste de haberlo intuido, dudo mucho que pudieras dormir con el escándalo que hice durante toda la noche.
Aizawa suspiró con ligereza ante las palabras hirientes de Hizashi, llevando su mano contra su pecho, acunándola por un momento antes de volver a la charola y comenzar a preparar el medicamento más eficiente para la condición del alpha. Sí, él tampoco había dormido nada durante la noche porque había estado más al pendiente del estado del rubio, que de sí mismo. No esperaba que el rubio agradeciera, pero al menos esperaba un poco de consideración mientras hacía su trabajo como médico. Su fiebre estaba bastante alta, si no conseguía bajarla con el medicamento, tendría que hacer que tomara un baño de agua fría y estaba seguro de que Hizashi no se la iba a poner fácil. Cuando terminó, dejó el preparado en una botella y después observó al alpha, contando mentalmente hasta diez en un intento de recuperar la paciencia que estaba seguro de que iba a perder de un momento a otro. Volvió a suspirar, si seguía haciendo eso quizás su alma comenzaría a escaparse junto con su aliento. Después vertió agua hasta la mitad de un vaso. Finalmente vertió dos cucharadas del preparado medicinal dentro del agua en el vaso, revolvió y le pasó el vaso a Hizashi.
— Bébelo. Deberías de mejorar en un par de horas — Mencionó con toda la calma de la que podía reunir en esos momentos, con su mirada puesta en el rubio y en sus expresiones. Si Hizashi se ponía muy altanero bien podria darle el medicamento con un embudo. Seguro de que eso se sentiría gratificante al final del día.
— ¿Qué rayos es esto? — Preguntó el rubio intentando oler el contenido del vaso, sintiendo más frustración cuando se dio cuenta que no podía oler nada de nada.
— Algo que te hará sentir mejor. — Respondió el pelinegro mientras se cruzaba de brazos como si fuera lo más evidente. No sabía si se estaba contagiando del resfriado del rubio, pero comenzaba a dolerle la cabeza.
— ¡Me desespera no poder oler esta cosa! — Hizashi hizo una mueca, pero finalmente accedió a tomar el contenido del vaso. Sorprendentemente no tenía un mal sabor, es más, estaba seguro de que sabía a jugo de arándanos, su favorito.
Llevando su dedo índice y pulgar al puente de su nariz, Shota volvió a suspirar. — Por favor, Hizashi, no es para tanto. Te sentirás mejor en unas horas más.
— ¡¿Tú que sabes cómo es que me siento?! — Exclamó el rubio para sorpresa de Aizawa quien bajó su mano lentamente sin perder detalle de lo que hacía su pareja. — Tu eres un simple beta, estás acostumbrado a no ser capaz de distinguir los aromas, pero… yo soy un… alpha.
Solo cuando al fin las palabras abandonaron su boca fue que Hizashi se dio cuenta de su error. Observando el rostro del pelinegro, notó el rastro indiscutible del cansancio en sus ojeras más pronunciadas. Llevaba puesto la misma ropa del día anterior. Era evidente que había pasado toda la noche cuidándole mientras que él no hacía otra cosa que estarse quejando. El alpha se removió inquieto al descubrir no solo dolor sino también decepción en la mirada del pelinegro, reemplazando el cariño que siempre estaba ahí a pesar de sus fallas. Estar enfermo había sido enteramente su culpa por haber entrado descalzo al río mientras le intentaba demostrar a Shota lo bien que podía bailar bajo el agua helada. No solo había sido descuidado, sino que había arrastrado a Shota a cancelar los planes que tenía de visitar a Midoriya pues su embarazo ya se encontraba casi a término y quería verificar que todo estuviera bien para el parto. Quizás había actuado tan imprudente porque de cierta manera aún se encelaba de que Shota estuviera en presencia de otro alpha, aunque fuera la tontería más grande que su mente había imaginado, pues era evidente que Katsuki Bakugo estaba locamente enamorado por su omega. Eran un par de chicos bastante jóvenes, que habían tenido que afrontar situaciones difíciles a tan corta edad, pero habían evolucionado notablemente como pareja. De cierta manera les tenía algo de envidia porque tenían todo lo que él quería tener con Shota. Pero siempre había sido estúpido y terminaba por arruinar los mejores momentos. Justo como ahora.
— Shota… — Comenzó a hablar, pero cayó al notar la mano alzada del pelinegro, deteniendo cualquier cosa que intentara decir ya fuera para bien o para mal.
— No haré esto. — Murmuró mirando con enfado al rubio. El alpha simplemente se removió inquieto al saber que le había fallado a su pareja. — Te vas a tomar el medicamento justo como te lo di cada seis horas. Si la fiebre no baja tomarás un baño. Estaré en mi despacho.
— Pero… — Yamada volteó hacia la ventana, ya debería de ser muy entrada la tarde.
Aizawa siguió la mirada del rubio y suspiró por enésima vez desde que había entrado a la habitación. — Deberías estar bien por tu cuenta a partir de ahora. — El pelinegro se apartó no queriendo estar por más tiempo en aquel lugar porque sabía que de un momento a otro sería capaz de decir algo de lo que estaba seguro se arrepentiría más adelante.
— ¡Espera! … Lo que dije… — Exclamó desesperado el alpha al hacer el intento de ponerse de pie y fallando al instante, al sentirse mareado.
— No tiene importancia. — La voz gélida del pelinegro, detuvo cualquier tipo de movimiento por parte del alpha, quien solo lo miró sorprendido. — Estoy acostumbrado a escuchar cosas peores en el pueblo.
El portazo que dio el pelinegro al salir de la habitación se sintió como la peor cubetada de agua helada que le pudo haber caído a Yamada. Sabía que lo había arruinado, pero sabía que no podía hacer nada. Al menos de momento. Él aún no se sentía bien y si le daba un poco de espacio a Shota de seguro que más adelante podría pedirle disculpas de manera adecuada. Porque iba a perdonarle, ¿verdad?
— Maldición.
Ahora más que nunca deseaba poder ser capaz de controlar un poco su temperamento, porque a pesar de que el medicamento estaba consiguiendo que se quedara dormido, la incertidumbre de perder al pelinegro para siempre se había clavado en su corazón como una daga que le quitaba el aliento. Se suponía que él era diferente. Que él no era como todos los demás en el pueblo, que amaba a Shota y que no lo discriminaba por su casta, pero había demostrado justo lo contrario. Se sentía todo un idiota.
Cuando volvió a abrir los ojos no sabía cuántas horas habían pasado, pero ya era de noche. Su cabeza ya no dolía como si alguien se estuviera entreteniendo en martillar con fuerza en su interior. También notaba que si había podido dormir era porque eso significaba que no había tosido o estornudado. Su cuerpo tampoco dolía y estaba seguro de que la fiebre también había desaparecido. Y todo solamente por haber bebido una sola dosis del medicamento que Shota había preparado a pesar de su actitud tan grosera. Y eso solamente hacía que se sintiera todavía más culpable. Se levantó de la cama con un poco de pereza y después se preparó la dosis del medicamento justo como se lo había dado Shota horas atrás. No sabía si ya habían pasado las seis horas, pero si se había sentido bien con la primera dosis, esperaba poder recuperarse casi por completo con la segunda.
Mientras se cambiaba la ropa que había sudado a causa de la fiebre por una limpia, se dio cuenta de que podía ver a pesar de la penumbra de la noche gracias a la lámpara de aceite que se encontraba encendida sobre la mesa de centro. Eso quería decir que a pesar de lo molesto que Shota se encontraba, aun así, había ido a vigilar que todo estuviera en orden con él. Eso le daba un pequeño rayo esperanza de poder arreglar las cosas con su pareja. La cabaña se encontraba en completo silencio como si no hubiera nadie más con él. Esa sensación era desagradable. La cabaña, a pesar de ser habitada solamente por dos personas, siempre se sentía cálida. Pero justo ahora parecía que había perdido esa calidez que tanto le gustaba. Yamada se maldijo por lo bajo al ser consciente de que era el único responsable de esa sensación tan desolada. Iluminado solamente por la lámpara de aceite se dirigió hasta el despacho del pelinegro donde esperaba que aún se encontrara. Aquel lugar casi nunca lo frecuentaba porque lo consideraba como el espacio personal de Shota, un lugar al que solamente él podía tener acceso. Que el pelinegro le dijera donde iba a estar antes de irse le había dado la poca esperanza de que fuera una invitación implícita para poder buscarle cuando se recuperara. Sabía que estaba siendo demasiado optimista, pero le gustaba pensar que Shota no era tan malo como para permitir que todo terminara entre ellos, y si así fuera le pediría disculpas de rodillas de ser necesario. Casi brincó de alivio cuando sí encontró a su pareja en aquella habitación.
El despacho era casi como se lo había imaginado. Con las paredes cubiertas con los distintos libros que Shota había conseguido y aquellos más viejos que de seguro el viejo Yagi le había heredado. También había un par de mesas con frascos y hierbas que no conocía, pero que estaba seguro de que Shota usaba para crear sus medicamentos. El caldero humeante y las brasas del fuego recién apagadas, le daba la sensación de que Shota había estado trabajando hasta hace poco. Hablando de Shota, éste se encontraba dormido en una pésima posición, apoyado sobre una de las mesas y estaba usando a modo de almohada, un grueso libro. Yamada suspiró, dejando la lámpara sobre uno de los libreros, otorgándole a la habitación una tenue iluminación. Después tomó una frazada que no debería de estar ahí, pero que el pelinegro de seguro tenía a la mano cuando decidía pasar mucho tiempo dentro de esa habitación, y la colocó con cuidado sobre la espalda de su pareja. Finalmente, se sentó enfrente del pelinegro para observarlo dormir.
— Perdóname, Shota. — Susurró Yamada con suavidad mientras acariciaba con sutileza la mejilla de su pareja esperando no despertarlo. Estando Shota dormido parecía más fácil poder pedir disculpas después de todo.
— ¿Por qué precisamente pides disculpas? — Susurró el pelinegro al incorporarse. Como siempre, Aizawa le ponía las cosas difíciles a Yamada. El rubio sonrió un poco ante la imagen adormilada de su pareja, tenía la marca de su brazo por toda su mejilla y el cabello por completo enmarañado. Le causó ternura poder tener el privilegio de presenciar dicha escena.
El rubio dejó escapar un suspiro, que su pareja no se hubiera apartado de su mano debía considerarse como un gran logro, ¿no? Incluso estaba aceptando que le tomara de la mano por sobre la mesa. — Por ser un idiota. Por decirte todas esas cosas. Tu eres más que solo un beta. Eres el beta más inteligente que he conocido y no es un pretexto, pero mi temperamento se vuelve bastante inestable cuando me enfermo.
— Me di cuenta. — Resopló Aizawa mientras llevaba su mano libre a la frente de alpha para comprobar su temperatura. — La fiebre ha bajado.
— Sí, lo ha hecho. — Afirmó el rubio con una sutil sonrisa pues al leer la cubierta del libro en donde el pelinegro había estado apoyado se trataba acerca de las mejores hierbas medicinales para tratar los resfriados. — Shota, ¿entonces me perdonas?
Shota dirigió su mirada cansada hacia el rubio. ¿Perdonarle? ¿Debería hacerlo? Había sido cierto lo que le había dicho a Yamada, estaba acostumbrado a las palabras hirientes de las personas del pueblo al rebajarlo por ser "un simple beta", pero que esas palabras vinieran dirigidas precisamente de la persona de la que estaba enamorado era otra cosa diferente. El dolor que había sentido había sido bastante. Quiso irse de la cabaña. Incluso había intentado ir a la cabaña de Midoriya para revisar que su embarazo estuviera bien pues ya faltaba poco para el alumbramiento, pero se había arrepentido y se había regresado para verificar que Hizashi se encontraba bien. — Fuiste hiriente, Hizashi. Me lastimaste. Diste a entender que eras mejor que yo solamente por ser un alpha.
Yamada mordió su labio inferior sintiendo la opresión en su corazón con más fuerza. Como acto reflejo apretó con suavidad la mano de su pareja. — Lo sé. — Susurró desesperado para después levantarse de su lugar para ir al lado del pelinegro, abrazándole con delicadeza. — No sabes cuán arrepentido estoy y te estoy infinitamente agradecido porque a pesar de eso me cuidaste. Te amo. Tal vez eso no sea suficiente después de todo lo que dije, pero soy sincero. En verdad te amo, Shota Aizawa.
Aizawa cerró los ojos por un momento sin dar una respuesta en concreto. — ¿Recuperaste el olfato? — Preguntó, evadiendo la pregunta anterior.
Yamada agachó la mirada, pero no soltó el abrazo. — Sí. — Susurró suavecito al esconder su rostro en el cuello de su pareja.
Shota asintió con la mirada fija en el caldero de su despacho, como si esperaba encontrar la respuesta correcta en el humo que emanaba de su interior. Después suspiró al subir sus manos en dirección al brazo de su pareja, dejándolos apoyadas ahí. — Si vuelves a herirme de esa manera Hizashi, te juro por todos los dioses que me iré y nunca más me volverás a ver.
Yamada a penas se separó del abrazo para poder ver con emoción al pelinegro. La esperanza reflejada por completo en sus ojos. — ¡Lo prometo! ¡Nunca más te haré daño! ¡Antes me corto la lengua yo mismo!
Shota sonrió un poco a pesar de la situación y blanqueó los ojos. — No seas exagerado.
— ¡No exagero, Shota! — Yamada hizo un pequeño puchero para después acercarse al rostro de su pareja y así poder besarle con suavidad la comisura de sus labios. Después de todo lo que menos quería era contagiar a su pareja de su resfriado.
— Te perdono, Zashi. — Susurró suave, sintiendo sus mejillas sonrojar ante la cercanía de su pareja. — Pero… — Prosiguió, captando la atención del rubio al instante. En respuesta, sonrió de costado con la diversión brillando en sus ojos negros. — Olvídate del sexo por tres meses.
— ¡¿QUÉÉÉ?!
El grito de Yamada se escuchó a varios metros a la redonda, incluso las aves que dormitaban sobre las ramas de los árboles salieron volando espantadas ante aquel alarido. El eco del grito llegó incluso hasta donde se encontraba la cabaña de Bakugo y Midoriya quienes se habían despertado por completo desconcertados. Sí, definitivamente aquella iba a ser una lección que Hizashi Yamada nunca en su vida iba a ser capaz de olvidar, porque a partir de ese día nunca más defraudaría a su pareja.
¡Día 18 del omegacember (Sin olfato)! :D
¡Muchas gracias por todos sus comentarios! Me hace muy feliz poder leerlos y retroalimentar mis ideas :D
