Capítulo 4. Defensa
Las analíticas y el informe de toxicología de Robby habían tardado algo más de lo habitual en llegar, nada menos que tres largos días, debido a varias bajas de personal sin cubrir que había en ese momento en el laboratorio del hospital, pero al fin tenían ya los resultados, y estos daban algo de luz sobre lo que le había sucedido a Robby, aunque también generaban nuevas preguntas.
El resultado del EFAS, en cambio, había sido inconcluyente. No porque hubiera dudas de si Robby había sufrido una agresión sexual o no —a esas alturas era ya dolorosamente evidente que sí la había sufrido— pero no se habían encontrado restos biológicos dentro de Robby —su agresor seguramente se había puesto condón—, y el ADN extraído de debajo de sus uñas tampoco había servido de nada, ya que su agresor no estaba fichado por la policía. Así se lo habían comunicado el día anterior los dos detectives que estaban llevando el caso. Pero ambos agentes habían asegurado a la familia que seguirían investigando hasta encontrar al culpable.
Miguel releyó el informe de toxicología una vez más en su tablet. Quizás esos resultados pudieran ayudar a la policía en algo.
A su lado, el doctor Atwood le colocó una mano amable en la espalda.
—¿Vamos? —preguntó.
Miguel asintió. Se sentía agradecido por que el doctor Atwood le permitiera estar al tanto de todo en el caso de Robby, aunque, al ser un familiar, tenía completamente prohibido tratarle.
Los dos médicos se dirigieron al pasillo central de la UCI, y se detuvieron frente al cerramiento acristalado que delimitaba la primera habitación.
Miguel miró primero a Robby a través del cristal. Su hermano seguía inconsciente, completamente sedado, e intubado. Su rostro era más reconocible ahora que la hinchazón facial había bajado un poco, pero el color de los moratones, inicialmente rojos, se estaba volviendo de un feo violeta intenso. Su cabello, suelto y largo hasta los hombros, pues hacía dos años que no se lo cortaba, había tenido que ser rapado cerca de su sien derecha, allí donde habían tenido que operarle, abriéndole el cráneo para aliviar la inflamación del cerebro.
Luego miró a Johnny, sentado y encorvado en una butaca, sin afeitar, mirando a la nada. Su padrastro tampoco tenía buen aspecto, la verdad.
Johnny Lawrence llevaba esos tres días enteros sin salir del hospital, metido en esa habitación con su hijo inconsciente. Solo se separaba de él momentáneamente para tomarse un café o ir al baño, nada más. Apenas comía ni dormía. Carmen, Rosa y Miguel le insistían para que les permitiera hacer turnos para estar con Robby y así él podría descansar un poco, pero el hombre se negaba en rotundo.
El doctor Atwood tocó suavemente en el cristal con un nudillo. Johnny alzó la vista, se levantó con esfuerzo de la butaca, y salió al pasillo.
—¿Alguna novedad? —preguntó en voz baja, monótono. Lucía verdaderamente exhausto.
—Tenemos el informe de toxicología —informó el doctor Atwood.
—A buenas horas —masculló Johnny, pero no tenía energía para mostrar su mala leche habitual—. ¿Y bien?
—Positivo en alcohol. 0.15 gramos por litro en sangre.
—Pero eso es poco, ¿verdad?
—Una cerveza —confirmó Miguel.
—Os lo dije —murmuró Johnny mirando a su hijastro.
Johnny se refería al debate que había habido en la familia sobre cómo era posible que Robby, con sus conocimientos de autodefensa, hubiera terminado así. Rosa había insinuado la posibilidad de que Robby hubiera estado borracho, pero Johnny se negó en redondo a creer eso. Robby no bebía apenas.
—Tenías razón —dijo simplemente Miguel—. Pero hay algo más.
—¿Qué más?
Miguel lo intentó, pero no le salieron las palabras. El doctor Atwood acudió en su rescate.
—El informe también muestra un positivo enflunitrazepam.
Johnny miró al médico fijamente.
—¿Qué es eso?
—Tambien se le conoce comoRohypnol. Es una droga depresora del sistema nervioso. Para entendernos, señor Lawrence, es un potente sedante que se usa habitualmente en violaciones. Seguramente haya oído en alguna ocasión hablar de él. Anula la voluntad de las personas y en muchos casos las deja inconscientes.
Miguel miró a Johnny, preocupado por su reacción. Este parecía haberse tomado la noticia con relativa calma, pero Miguel le conocía mejor que eso. Los ojos azules llameaban de furia.
—No lo entiendo —masculló finalmente—. No tiene sentido. Si ese... bastardo drogó a mi hijo... ¿por qué... por qué esto? —Johnny señaló el cuerpo fuertemente magullado de Robby y fue alzando paulatinamente la voz—. Si con esa droga pudo dejarlo inconsciente, entonces, ¿por qué? ¿Por qué casi mató a mi hijo a golpes?
Miguel se preguntaba lo mismo.
¿Con qué clase de psicópata se había topado Robby?
—Lamento no poder darle ese tipo de respuestas, señor Lawrence. Todo lo que podemos hacer ahora es enviar este informe a la policía.
Johnny cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz.
—Sí, háganlo. Por favor. —Sonaba absolutamente derrotado.
El doctor Atwood se despidió y Miguel se quedó a solas con Johnny.
—Voy a... voy a llamar a Carmen —dijo Johnny—. Le prometí que la llamaría si había novedades.
—De acuerdo...
—¿Te veo luego?
—Sí, por supuesto.
Tras un apretón cariñoso en el hombro, Johnny regresó al interior de la habitación.
Miguel se quedó mirando a su padre y a su hermano a través del cristal, hasta que un zumbido en su bolsillo le alertó de que había recibido un mensaje.
Era Sam.
Ey. ¿Cómo está Robby? ¿Alguna novedad?
Sam y el resto de los Larusso eran las únicas personas fuera de la familia que habían sido informadas de lo sucedido a Robby, ni siquiera a Eli se le habían dado los detalles. Evidentemente, los Larusso también se habían quedado en shock. Especialmente Sam.
Miguel empezó a teclear.
Sigue igual. Pero sí, hay novedades: han llegado los resultados de toxicología.
¿Y…?
Fue drogado.
Sam tardó unos segundos en responder.
Ese maldito BASTARDO.
No era habitual en su novia expresarse con tacos, pero la situación lo merecía. En ese momento el busca de Miguel empezó a sonar. Era la doctora Kirkman.
Tengo que volver al trabajo.
Ok. Te echo de menos. :3
Y yo a ti. :3
Miguel guardó su teléfono y fue en busca de la doctora Kirkman para seguir con su trabajo de residente.
Horas después, durante un descanso a media tarde, Miguel se encontró con su madre en la sala de espera de la UCI. Como solo podía entrar un familiar en la habitación de Robby, Johnny y Carmen solían quedar allí para verse e intercambiar enseres que Johnny pudiera necesitar, tales como snacks y recambios de ropa.
Carmen solo había visto a Robby unos minutos el día anterior, sustituyendo a Johnny mientras este se tomaba el enésimo café del día. A pesar de que era enfermera y había visto de todo, la mujer había salido de la UCI con el rostro descompuesto.
—Hola, mijo. —Su madre le saludó con un beso en la mejilla.
—Hola, mamá.
Carmen le acarició la cara con una pequeña sonrisa de orgullo. No podía evitarlo, era su reacción siempre que le veía con la bata blanca de médico. Pero en seguida se puso seria de nuevo.
—Johnny me ha contado lo del Rohypnol. No me lo podía creer.
—Ya, yo tampoco. Ha sido un shock.
—¿Cómo está? ¿Alguna mejoría?
—La inflamación sigue bajando. Laspruebas de respiración espontánea son excelentes. El doctor Atwood dice que si sigue así en 48 horas le retirará la sedación.
Carmen se llevó la mano al pecho.
—Espero que todo vaya bien... pero va a ser duro. Miguel, tienes que preparar a Johnny.
—Lo sé.
Sí, Miguel lo sabía.
Robby tenía ocho huesos rotos. Ocho. Tres costillas, la clavícula izquierda, dos fracturas en la pelvis, el hueso nasal y el pómulo izquierdo.
Johnny no había exagerado al decir que casi le habían matado a golpes.
La sedación era lo único que mantenía el dolor de Robby a raya. En cuanto se la retiraran, ningún fármaco que pudieran darle iba a aliviarle lo suficiente.
Le iba a doler. Y mucho.
—Ejem. Buenas tardes.
Miguel y su madre se giraron. Los dos detectives que llevaban el caso estaban ahí. Si no recordaba mal, sus apellidos eran Winter y Hernández.
Carmen no se molestó en saludar.
—¿Han averiguado algo?
—¿Está el señor Lawrence por aquí? Oficialmente debemos informarle primero a él.
—Ahora mismo le aviso. —Carmen se sacó el teléfono del bolso y empezó a teclear.
Miguel se dirigió al detective Winter, de mayor edad, un hombre con algo de sobrepeso y mirada inteligente.
—¿Han recibido el informe de toxicología?
—Sí, esta mañana.
—¿Les ha servido de algo?
—Es posible. Por eso estamos aquí.
Johnny llegó al cabo de un minuto. Tampoco se molestó en saludar.
—¿Y bien? ¿Han averiguado algo?
—Señor Lawrence, hemos añadido el resultado del informe de toxicología del señor Keene a nuestro propio informe del caso, y al ampliar la búsqueda en nuestro sistema nos hemos topado con un caso similar en Las Vegas.
—¿Un caso similar? ¿Se refiere a otra víctima?
—Sí. —El detective Winter abrió una pequeña carpeta que llevaba en las manos y sacó unos papeles. Miguel no pudo evitar pensar que estaba un poco anticuado: una tablet era más cómoda.
—Se trata de un joven de edad y apariencia física similar a la del señor Keene —explicó la detective Hernández, una mujer joven, de origen latino, con el cabello recogido en una elegante coleta alta—. Fue drogado con Rohypnol y agredido sexualmente en un motel por horas de las afueras de Las Vegas.
Miguel tragó saliva. Sí que era un caso muy similar. A Robby le había encontrado una limpiadora en el suelo de una habitación de un motel por horas en North Hills, semidesnudo, inconsciente y herido. La mujer había llamado a una ambulancia, y los dos paramédicos que habían acudido decidieron afortunadamente llevar a Robby al hospital más cercano: el Presbiteriano de Los Ángeles, donde casualmente trabajaba Miguel desde hacía pocas semanas. También había sido una suerte que la habitación del motel estuviera a su nombre y que su agresor no se hubiera llevado su cartera, ya que gracias a eso llegó identificado a Urgencias.
—¿Detuvieron al agresor? —preguntó.
—No. Aún no.
—¿Y cuándo fue eso? ¿Cuándo fue agredido ese chico de Las Vegas? —inquirió Johnny.
—Fue hace dos años.
—¡¿Dos años?! —repitió el hombre, incrédulo—. ¿Me está diciendo que hay un violador que se dedica a drogar y a agredir a veintañeros en moteles desde hace mínimo dos años y aún no lo han pillado?
—No sabemos aún con certeza si se trata del mismo agresor ni si hay más víctimas —dijo el detective Winter—. Pero ahora tenemos una posible descripción física. En cuanto su hijo despierte del coma, le interrogaremos y así sabremos si la descripción coincide.
—No está en coma —dijo Miguel. No lo estaba.
—En cuanto recupere la conciencia — corrigió la detective Hernández.
—¿Y cómo está ese otro chico? —preguntó Johnny—. ¿Se recuperó por completo?
—Oh, sí. —El detective Winter releyó sus notas—. Solo estuvo un par de días en observación.
—¿Solo un par de días en observación? ¿Cómo es posible? —se extrañó Miguel.
Los dos detectives se miraron un segundo entre ellos.
—La víctima de Las Vegas fue agredida sexualmente, pero no físicamente —explicó la detective Hernández—. Según hemos leído en el expediente de la policía de Las Vegas, el chico declaró que empezó a sentirse mal y que, al darse cuenta de lo que estaba pasando, decidió no oponer resistencia a la agresión sexual.
Un tenso silencio se produjo momentáneamente en la familia Lawrence—Díaz.
Johnny parecía no encontrar las palabras. Cuando habló, lo hizo con la voz quebrada.
—Me está diciendo que... me está diciendo que mi hijo está así... ¿porque él sí se resistió? Que casi matan a mi hijo... ¿porque se defendió?
Miguel empezaba a sentir náuseas.
—Señor Lawrence, aún no sabemos con certeza lo que ocurrió. Es mejor no llegar a conclusiones precipitadas.
—Por favor, avísenos en cuanto su hijo pueda hablar con nosotros.
—Eso haremos... —dijo Carmen. Johnny parecía estar conmocionado.
En cuanto los agentes se hubieron marchado, Carmen abrazó a su marido. Johnny apenas correspondió el abrazo.
—¿Es culpa mía...? —susurró—. ¿Robby está así... porque yo le enseñé a defenderse?
Carmen le agarró de la cara con suavidad.
—Mi amor, conozco a tu hijo. Tú conoces a tu hijo. Incluso sin saber karate, sabes muy bien que Robby jamás se habría dejado poner una mano encima sin resistirse. Es su naturaleza.
—Mamá tiene razón —dijo Miguel. Siempre la tenía.
Johnny no dijo nada más, pero no parecía convencido del todo.
—Johnny, estás exhausto —señaló Carmen—. Deja que esta noche me quede yo con Robby, y tú vete a casa a dormir. Lo necesitas. Además, Sara te echa de menos.
—Y yo la echo de menos a ella. Créeme. Pero no puedo irme de aquí. —Negó con la cabeza—.De verdad que no puedo. Yo... le fallé completamente a Robby los primeros dieciséis años de su vida. Y le seguí fallando después, varias veces. Mira, es... me parece realmente un milagro que me haya perdonado. Me prometí a mí mismo que jamás le fallaría de nuevo. Jamás. Y ahora me necesita, más que Sara, más que Miguel. —Echó una mirada rápida a su hijastro—. Lo siento.
Miguel le hizo un gesto haciéndole saber que lo entendía perfectamente.
—No tienes que disculparte, amor... —Carmen suspiró—. De acuerdo, quédate con él. Pero al menos regresa a casa un par de horas. Te duchas, arropas a Sara, le das las buenas noches y regresas. Te juro que yo no me voy a mover de la habitación.
Johnny vaciló.
—Johnny, yo también estoy aquí, ¿vale? Tranquilo. Ve un rato con Sara. Y dúchate. En serio. —Miguel sonrió levemente.
El sensei esbozó una pequeña sonrisa. La primera en tres días.
—Vale, de acuerdo. Dos horas, no más.
Miguel y Carmen suspiraron aliviados.
Johnny necesitaba descansar y recuperar fuerzas.
Porque lo peor estaba por llegar.
Fin del capítulo 4
