La fiesta de fin de año estaba en pleno apogeo. La casa, una elegante residencia de tres pisos, había sido decorada con luces doradas y plateadas que daban un aire de sofisticación. La música resonaba en cada rincón, y las risas y charlas de los invitados llenaban el aire con una energía contagiosa. Lemy, Lina y Gordon habían sido invitados como banda para animar el evento, un reconocimiento a su creciente popularidad en la escena local. Tras su presentación, los tres habían decidido dispersarse para disfrutar del ambiente.
Lina se encontraba en el centro de un grupo numeroso, rodeada de chicos y chicas que la bombardeaban con preguntas y comentarios halagadores.
—¿Cómo logras ese tono en la guitarra? Es impresionante —preguntó un chico rubio, inclinándose hacia ella con evidente admiración.
—¿Tu cabello es natural? —intervino una chica de cabello corto, tocando uno de los mechones dorados de Lina con curiosidad.
—¡Esos movimientos en el escenario! ¿Dónde aprendiste? —agregó otro chico, claramente más interesado en su figura que en su talento musical.
Lina reía y respondía con naturalidad, disfrutando del momento. Hablar y relacionarse con el grupo le resultaba fácil y divertido; siempre había tenido un don para socializar y para ganarse la atención de las personas. Sin embargo, mientras charlaba y se reía, su mirada seguía desviándose hacia un rincón de la sala donde estaba Lemy.
Lemy estaba sentado en un sofá, rodeado por un grupo de chicas que lo escuchaban atentamente. Él hablaba con entusiasmo, gesticulando para acompañar sus palabras, mientras su sonrisa traviesa iluminaba su rostro. Las chicas, completamente cautivadas, reían ante cada comentario suyo, y una de ellas incluso le tocó el brazo de manera coqueta.
Lina hizo una mueca de disgusto y rápidamente apartó la mirada. —"¿Qué tiene de especial esa sonrisa que las vuelve locas?"—, pensó, aunque ya sabía la respuesta. Lemy siempre había tenido un encanto natural, esa chispa que hacía que cualquiera quisiera estar cerca de él. Pero a diferencia de esas chicas, Lina sentía que lo conocía de verdad, que entendía quién era más allá de las bromas y el carisma.
Ellos habían sido grandes amigos desde que eran niños. Ambos habían congeniado casi de inmediato gracias a sus gustos y aficiones similares. Habían compartido innumerables momentos, desde tardes jugando videojuegos hasta noches soñando con formar una banda que cambiara sus vidas. Juntos habían sido testigos del paso de los años, viendo cómo ambos cambiaban de niños alocados y despreocupados a adolescentes con sueños más definidos, y ahora, a jóvenes adultos llenos de aspiraciones.
Sin embargo, para Lina, las cosas habían cambiado desde hacía tiempo. Había dejado de ver a Lemy solo como su amigo. Recordaba con claridad cómo, de forma gradual, él había pasado de ser un chico divertido y despreocupado a un joven motivado, atento y amable. Con el tiempo, su amistad se había convertido en algo más profundo para ella, y aunque al principio había intentado ignorarlo, esos sentimientos solo se habían intensificado con los años.
Lina aún podía sentir cómo su corazón se aceleraba cada vez que Lemy la miraba o le sonreía. Había intentado convencer a su mente de que todo era temporal, que esos sentimientos pasarían. Pero estaba equivocada. Lo que sentía por él solo crecía con cada momento compartido, con cada mirada, con cada conversación.
En esos años, ambos habían cambiado física y mentalmente. Lina había pasado de ser una chica delgada a una mujer hermosa, con un cuerpo que, aunque no destacaba demasiado en su parte frontal, sí llamaba la atención por sus pronunciadas curvas y sus largas piernas. Lemy, por su parte, había desarrollado un físico más robusto y atractivo, el resultado de años de esfuerzo y dedicación.
Uno de los chicos del grupo, notando su distracción, inclinó la cabeza hacia ella.
—Oye, Lina, ¿todo bien? Pareces un poco ida.
—Sí, sí, todo bien —respondió rápidamente, obligándose a sonreír.
Aunque disfrutaba de la atención, su mente seguía en otro lugar. Había visto cómo las chicas alrededor de Lemy parecían pegadas a él, riendo ante cualquier cosa que dijera, acercándose más de lo necesario. Sintió una punzada de celos al imaginar que esas chicas, que apenas conocían a Lemy, intentaban tomar lo que, en su corazón, sentía que era suyo.
—"Ellas no saben quién es realmente"— pensó. —"No saben todo lo que ha pasado, ni cuánto ha trabajado por sus sueños. No lo conocen como yo lo conozco"—. Pero a pesar de sus sentimientos, Lina reprimió el impulso de ir hacia allá.
Sabía que no era culpa de ellas estar interesadas. Después de todo, Lemy era encantador. Si alguien tenía la culpa de su frustración, era ella misma. Había tenido muchas oportunidades para confesarse, para decirle a Lemy lo que sentía. Pero su miedo al rechazo, esa inseguridad que siempre la acosaba, la había frenado una y otra vez.
Lina no era de las que temían lo que la gente pudiera pensar de ella, pero cuando se trataba de Lemy, era diferente. Si él no la correspondía, la idea de perder su amistad era más de lo que podía soportar.
—Lina, ¿qué opinas de esto? —preguntó una chica de su grupo, interrumpiendo sus pensamientos.
Lina parpadeó, sacudiendo la cabeza para regresar al presente.
—¿Qué? Perdón, no te escuché.
La chica repitió su pregunta, y Lina trató de concentrarse en la conversación. Sin embargo, justo en ese momento, vio cómo Lemy se levantaba del sofá y se alejaba con las chicas que lo rodeaban.
Sintió un nudo en el estómago al verlo irse. Apretó los labios y obligó a su atención a quedarse en el grupo frente a ella, aunque su corazón seguía siguiendo cada paso de Lemy.
El bullicio de la fiesta seguía vibrando detrás de las puertas del balcón, pero Lina apenas lo notaba. El aire frío acariciaba su piel mientras ella se perdía en sus pensamientos, el cigarrillo entre sus dedos desprendiendo un leve resplandor en la oscuridad. Las luces de la ciudad titilaban a lo lejos, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. Reflexionaba sobre el pasado y el futuro, pero siempre había un hilo conductor: Lemy. Su risa, sus ojos brillantes, su forma de ser.
Estaba tan absorta que no notó la presencia detrás de ella hasta que una voz familiar rompió el silencio.
—¿Siempre buscas el lugar más tranquilo para esconderte?—
El corazón de Lina dio un vuelco, y se giró rápidamente. Allí estaba Lemy, apoyado en el marco de la puerta, sosteniendo un cigarrillo en una mano y con esa sonrisa pícara que tanto la desarmaba.
—No estoy escondiéndome —dijo, fingiendo indiferencia mientras apagaba su cigarro contra la barandilla—. Solo necesitaba un descanso.
Lemy cerró la puerta tras él y se acercó con tranquilidad, su presencia llenando el pequeño espacio del balcón.
—¿Un descanso de qué? ¿De todos esos admiradores que parecían no querer soltarte? —bromeó, encendiendo su cigarrillo con el encendedor que ella le ofreció.
Lina soltó una risa breve, sacudiendo la cabeza.
—Eran solo curiosos. Ya sabes, preguntas sobre la banda y cosas así. Nada del otro mundo.
—Curiosos, claro —respondió él, con una ceja arqueada y una sonrisa burlona—. Aunque, por cómo te miraban, diría que estaban más interesados en ti que en tu música.—
Lina le dio un leve empujón en el brazo, aunque no pudo evitar sonreír.
—Seguro, creo que el monton de niñas que te rodeaban parecían más interesadas.— dijo esto con un poco de celos al recordarlo.
Lemy rio, un sonido bajo y cálido que resonó en el aire nocturno, como una melodía que calmaba los nervios de Lina. Se apoyó en la barandilla junto a ella, con los ojos fijos en las luces de la ciudad. Su figura parecía relajada, pero había algo en su presencia que irradiaba calidez, algo que siempre lograba desarmarla. Tras unos segundos de silencio, su tono cambió, volviéndose más suave, casi íntimo.
—Hablando en serio, ¿estás bien? —preguntó, desviando su mirada hacia ella—. Pareces... no sé, un poco perdida esta noche.—
Lina, tomada por sorpresa, lo miró de reojo. Siempre había sido atento, pero la intensidad de su mirada la dejó sin palabras por un momento. Intentando ganar tiempo, dio una última calada a su cigarro antes de apagarlo en la barandilla.
—Estoy bien... —mintió finalmente, mirando hacia el horizonte para evitar sus ojos—. Solo estaba pensando... en todo lo que viene. La universidad, los cambios... ya sabes.—
Lemy asintió con lentitud, pero la ligera inclinación de su cabeza y la forma en que frunció los labios le dijeron a Lina que no estaba del todo convencido.
—Sí, lo entiendo —respondió, su voz cargada de sinceridad—. Pero no importa lo que pase, ¿sabes? Siempre vamos a estar juntos. Eso no va a cambiar.—
Lina sintió cómo esas palabras perforaban la coraza que había construido para protegerse. Algo en su tono, en la convicción con la que las dijo, hizo que su corazón latiera más rápido. Sabía que él no estaba mintiendo; era Lemy, después de todo, siempre tan genuino. Aun así, tenía que esforzarse para mantener la compostura.
—Siempre hemos sido un buen equipo, ¿no? —logró decir, intentando sonar casual, aunque su voz temblaba apenas perceptiblemente.
Lemy se giró hacia ella, apoyando un codo en la barandilla para observarla de cerca. Sus ojos brillaban con una mezcla de ternura y algo más, algo que Lina no se atrevía a identificar por miedo a estar equivocada.
—Lina... —comenzó, su voz baja pero firme—. No sé si te lo he dicho antes, pero... eres una de las personas más importantes en mi vida. No sería quien soy si no fuera por ti.—
Sus palabras cayeron como un peso sobre ella, pero no un peso incómodo, sino algo cálido, algo que llenó cada rincón vacío de su corazón. Bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de sus ojos, mientras una oleada de emociones se acumulaba en su pecho.
—Tú también eres importante para mí, Lemy... más de lo que podrías imaginar —confesó en voz baja, como si al decirlo más alto pudiera romper el momento.—
El silencio que siguió no fue incómodo, pero estuvo cargado de algo palpable, algo que hacía que el aire pareciera más denso. Lina, nerviosa, jugueteó con el encendedor en sus manos, pero un movimiento en falso hizo que este cayera al suelo, rompiendo el hechizo momentáneamente.
Ambos se agacharon al mismo tiempo para recogerlo, sus manos rozándose de manera accidental pero eléctrica. Lina levantó la vista justo cuando Lemy hizo lo mismo, y sus rostros quedaron peligrosamente cerca. Podía sentir su respiración, cálida y constante, mezclándose con el frío aire de la noche.
Los ojos de Lemy la estudiaron detenidamente, pasando de sus ojos a sus labios y de vuelta a sus ojos. Su expresión no era apresurada ni ansiosa; era un reconocimiento, un momento de decisión.
—¿Lemy? —susurró Lina, sintiendo cómo su voz se quebraba por la tensión del momento.
Él no respondió de inmediato. Se enderezó lentamente, ayudándola a levantarse con una mano que permaneció en su brazo un poco más de lo necesario. Cuando estuvieron de pie, él no retrocedió; en cambio, dio un paso más cerca, su proximidad haciendo que el corazón de Lina latiera con fuerza.
—Lina... —dijo finalmente, su voz más baja, casi un susurro—. He estado queriendo decirte algo desde hace mucho tiempo, pero... nunca encontré el momento adecuado.
—¿Decirme qué? —preguntó ella, su voz apenas audible.
Lemy levantó una mano, dudando por un segundo antes de llevarla a su rostro. Sus dedos rozaron suavemente su mejilla, enviando un escalofrío por su columna.
Lina no se apartó; al contrario, cerró los ojos, dejando que el momento la envolviera. Cuando sus labios se encontraron, fue como si todo lo que habían contenido durante años explotara en ese instante. El beso fue lento, lleno de emociones profundas y reprimidas, una confesión silenciosa de lo que ambos sentían pero nunca habían dicho.
Lina sintió las manos de Lemy en su rostro, sus dedos rozando su piel con una suavidad que la hizo temblar. Se acercó más a él, aferrándose a su camisa como si temiera que el momento se desvaneciera. Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento, sus rostros aún a centímetros de distancia.
—Lina... —susurró Lemy, su voz cargada de emoción—. No quiero seguir fingiendo. No puedo. Estoy enamorado de ti. Siempre lo he estado.
Lina sintió lágrimas amenazar con caer, pero esta vez no eran de tristeza. Sonrió, llevando una mano al rostro de Lemy.
—Yo también, Lemy. Desde hace tanto tiempo... pero tenía miedo.
—Nunca tienes que tener miedo conmigo —respondió él, envolviéndola en sus brazos.
El sonido de los fuegos artificiales llenó el cielo en ese momento, estallando en colores brillantes que iluminaban la noche. Rojo, dorado y azul se reflejaron en sus ojos, pero ninguno de los dos apartó la mirada del otro al principio. El bullicio de la gente, los murmullos de los vecinos y los ecos de risas y celebraciones alrededor parecían desvanecerse. Todo su mundo se centraba en la persona que tenían enfrente, y el resto simplemente dejó de importar.
Lemy levantó una mano para acariciar suavemente la mejilla de Lina, una caricia que parecía decirle más que cualquier palabra. Su mirada se suavizó, y con una mezcla de confianza y ternura, se inclinó nuevamente hacia ella.
—Feliz año nuevo, Lina (Cambia esto)—susurró justo antes de besarla nuevamente. Este beso era diferente, cargado de más confianza, más pasión. Sus labios se movieron en perfecta sincronía, como si todo este tiempo hubieran estado esperando este momento.
Lina respondió con la misma intensidad, dejando que su corazón hablara por ella. Pero justo cuando ambos estaban completamente inmersos en el momento, un fuerte silbido rompió la burbuja. Un cohete ascendió rápidamente hacia el cielo y explotó con un estruendo vibrante, esparciendo luces doradas en cascada. Ambos se separaron, sorprendidos, y entonces Lina miró su teléfono, que había estado olvidado en el borde de la barandilla.
—¡Ya son las doce! —exclamó entre risas, mostrándole la pantalla a Lemy.
—¿En serio? —dijo él, riendo también mientras pasaba una mano por su cabello—. Ni siquiera me di cuenta de que pasamos todo este tiempo hablando.
Se miraron, y la risa pronto se convirtió en algo más íntimo. Lemy dio un paso hacia ella, abriendo los brazos, y Lina, sin dudarlo, se refugió en su pecho. Su abrazo fue cálido y reconfortante, como si el frío de la noche no pudiera alcanzarlos mientras estuvieran así.
—Feliz año nuevo, Lemy —susurró ella, con la cabeza apoyada en su pecho.
—Feliz año nuevo, Lina —respondió él, inclinando su barbilla para apoyar su rostro sobre su cabello.
Juntos miraron hacia el cielo, donde los fuegos artificiales continuaban pintando la noche con destellos de luz. El estruendo y la emoción de las celebraciones los rodeaban, pero ellos permanecieron en su propio pequeño mundo. Lemy deslizó una mano por el cabello de Lina, acariciándolo con suavidad mientras una sensación de paz lo invadía.
Ambos sabían que este año sería diferente. Algo había cambiado entre ellos, y ese cambio los llenaba de esperanza y emoción. Mientras el cielo seguía iluminándose con colores vibrantes, Lina cerró los ojos por un momento, disfrutando de la seguridad del abrazo de Lemy, mientras él también sonreía, consciente de que este era solo el comienzo de algo maravilloso.
