El Ascenso de un Científico Loco

¡Descubriré cómo funcona el mundo!

Epílogo 4

El Castigo de Mestionora

Mestionora, diosa de la sabiduría, era una de las deidades más poderosas del panteón celestial. Conocida como la más brillante entre los inmortales. Su vasto conocimiento abarcaba desde los secretos del universo hasta los detalles más pequeños de la vida mortal. Los sabios la adoraban como la fuente de todo entendimiento, y los mortales acudían a ella en busca de consejo en sus momentos de desesperación.

Desde su imponente biblioteca de mármol en las alturas celestiales, dictaba las leyes del conocimiento y otorgaba destellos de comprensión a quienes se lo merecían. Pero su don no era gratuito: Mestionora despreciaba la ignorancia humana y sentía que los mortales eran demasiado insignificantes para comprender los verdaderos misterios del universo. Despreciaba a los humanos por sus errores constantes, por su incapacidad para aprender de sus fracasos y por lo efímera de su existencia. Para ella, la humanidad era una especie inferior, incapaz de alcanzar la grandeza.

Mestionora era fría y distante. Aunque poseía un intelecto deslumbrante, su corazón estaba cerrado para todos y todo. Solo sus libros y Aivermeen, el antiguo dios del matrimonio y su maestro en la infancia, tenían algún valor para ella.

Debido a su difícil niñez y a la persecución a la que Ewigelibe, su padre, el dios de la vida la sometió, su familia la dejó vivir libremente. Tal vez por eso no notaron que la joven diosa se volvía cada vez más egoísta.

"¿Por qué gastar mi energía en mentes tan limitadas?" decía con desdén llegando a un punto en que aunque los humanos rezaban por guía, ella respondía con un silencio que consideraba más útil que cualquier palabra.

Solo lo notaron tras la intervención de Mestionora en el juego de los dioses contra el humano llamado Ferd. Un juego por la supervivencia no solo del mundo humano, sino de los mismos dioses y de Aivermeen.

Los otros dioses observaron entonces con preocupación cómo la sabiduría de Mestionora se convirtió en arrogancia y decidieron intervenir. Después de todo, el conocimiento sin empatía puede convertirse en una herramienta cruel.

La llamaron entonces a la asamblea de los dioses. La joven diosa necesitaba ser devuelta al camino correcto.

"Mestionora" dijo solemne el dios supremo, "posees todo el saber del cosmos, pero has olvidado lo más importante: comprender el corazón humano."

"¿Por qué tengo que comprenderlo?" cuestionó irritada. Su ceño fruncido mientras miraba a los otros dioses como si se hubiesen vuelto locos, "¡Solo deben dedicar su maná y oraciones a nosotros los dioses, pero ni eso pueden hacer correctamente!" Espetó casi escupiendo sus palabras.

"Si tanto desprecias a los humanos, vivirás como uno de ellos" dijo su padre, el dios de la vida, dando un paso al frente. Su voz resonando como un trueno, retando a sus compañeros a quitar el castigo que le imponía a su hija.

Mestionora no daba crédito de esas palabras. Miró a su madre suplicando con la mirada que negara esas palabras, pero no fue lo que paso.

Con una sonrisa triste, Geduldh habló "Aprenderás que la sabiduría sin compasión no es más que un vacío."

"Te enviaré a la Tierra, no como una diosa, sino como una niña mortal. Allí aprenderás lo que significa vivir con limitaciones y vulnerabilidad. Solo entonces serás digna de tu título." Sentenció su abuelo, el Dios de la oscuridad.

Antes de que pudiera protestar, el poder divino de Mestionora fue arrancado de ella y su espíritu fue enviado al mundo de los humanos.

Mestionora despertó en el cuerpo de una niña llamada Adanna, nacida en una humilde familia en un pequeño pueblo de Kano, Nigeria. Su nueva vida estaba marcada por la pobreza y una salud frágil debido a la poliomielitis.

Desde el primer día, su cuerpo era tan débil que moverse le costaba un esfuerzo tremendo. No podía caminar, la enfermedad le había dejado mal uno de sus pies, de modo que debía ser cargada o arrastrarse entre el polvo y los desechos de algunas aves si quería moverse fuera de la diminuta pocilga que habitaba.

Su entorno, un pueblo agrícola olvidado por los dioses y colindante con el terrible Sahara, era un constante recordatorio de las limitaciones humanas que tanto despreciaba como diosa.

Adanna, aún con los recuerdos de su vida divina, no podía aceptar su situación. ¿Cómo podía la diosa de la sabiduría ser reducida a una niña enfermiza que apenas podía moverse fuera de la cama?

La niña miraba a su familia con desprecio. Su madre, agotada por el trabajo y sus hermanos, luchando por conseguir comida, le parecían un desperdicio de esfuerzo. No tenía padre, el hombre huyó a la ciudad en algún punto bajo la promesa de conseguir empleo para enviarles dinero y llevarlos a una vida mejor, dónde Adanna pudiera recibir cuidados médicos apropiados… pero el hombre nunca volvió y del dinero solo recibieron dos o tres miserables sueldos.

"¿Qué puedo aprender de esta vida tan limitada?" se preguntaba, sumida en su frustración. "¿Empatía? ¿compasión? De nada me ha servido sufrir con ellos o que me miren con lástima. Está solo es una forma de torturarme… cómo siempre deseó mi padre, Ewigeliebe."

No podía ser más infeliz. Sus hermanos al menos pudieron asistir algunos años a la escuela, el suficiente tiempo para aprender a leer, escribir y hacer matemáticas básicas, disfrutando de paso de algunos libros de historia, geografía y religión. A ella, en cambio, todo eso se le negó. La diminuta casa era una cárcel disfrazada que la sofocaba en el verano, no evitaba que se helara cuando la temperatura bajaba en la temporada de lluvias y que siempre la tenía tosiendo debido al polvo.

Quizás de lo único que se salvaba era de trabajar en el campo, limpiando el terreno, arándolo con ese estúpido animal al que mostraban más afecto que a ella misma y luego sembrando, regando y cosechando estúpidas plantas que no eran comestibles o ayudando a los vecinos a cosechar maní.

Al principio, antes de que su padre los abandonara, la llevaban a ver a sus hermanos y sus padres trabajar en el campo. La dejaban ahí tirada junto a las herramientas, la escaza comida y las prendas raidas y apestosas que su padre y sus hermanos se iban quitando a medida que el calor los derretía. Al menos así aprendió a apreciar el oscuro tono de su piel. Las quemaduras de sol eran menores considerando la cantidad de tiempo que sus rayos le pegaban estando fuera de la casa.

Poco después, su madre y uno de sus hermanos debían subirla a una carreta cada tanto para llevarla con ellos a vender la cosecha.

El viaje era incómodo, solo su ropa se interponía entre su cuerpo huesudo y el duro suelo de la carreta. La cosecha siempre le dejaba cosas clavadas en la piel, ya fueran cáscaras de maní, guijarros o agujas de algodón. Cómo no contaban con un techo para la carreta, el sol le daba desde bien temprano y hasta que se volvía a esconder, no tenía caso esconderla ni cuando hacían una única parada para consumir la insípida y blanda comida que siempre le daban a ella. Quizás lo peor de esas salidas era llegar a algún pueblo vecino donde las casas eran un poco más grandes, algunas calles estaban pavimentadas y podía ver plantas de ornato en los parques donde niños de su edad jugaban contentos, con ropas coloridas y menos polvosas o rotas que las suyas.

Pronto la región donde nació fue fragmentada por el gobierno y ella quedó atrapada en uno de varios pueblos olvidados del ahora Jigawe, o eso escuchó cuando era todavía un saco de huesos de poco menos de metro y medio. Esa vez se rio con amargura antes de mirar al cielo, desafiante.

'Padre, abuelos, ojalá me dijeran de qué me sirve éste nuevo conocimiento. ¿Compasión? ¿Empatía? Lo único que he aprendido hasta ahora es sobre los celos y la envidia. Su castigo no es más que un encarcelamiento.'

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La primera lección de Mestionora llegó un día en el mercado del pueblo, no para vender, sino para conseguir insumos. Su madre había llevado a Adanna, esperando que un corto paseo al aire libre pudiera animarla. Mientras estaban allí, una anciana cayó al suelo. Su carga de vegetales esparciéndose por todas partes. Adanna observó cómo las personas alrededor se abalanzaron sobre las compras haciendo que Adanna mirara cómo la pobre vieja lo perdía todo por la rapiña… sorprendiéndose cuando uno a uno, todos devolvieron hasta la más pequeña y raquítica de las porciones. La gente no intentaba aprovecharse del tropiezo, sino ayudar a la mujer, recogiendo los alimentos y ofreciéndole agua.

No lo supo en ese momento, pero algo se encendió en su mente.

En lugar de burlarse de la ignorancia de la anciana o criticar su torpeza, los humanos a su alrededor actuaron con empatía y apoyo. Aquello no era el tipo de sabiduría que Mestionora solía valorar, pero había algo en esa acción que la inquietó profundamente.

Poco después de cumplir los quince años, mientras Adanna descansaba bajo un árbol cercano en un día de calor extremo, escuchó a un grupo de niños discutir sobre cómo construir una trampa para aves. Se peleaban entre ellos, cada uno creyendo tener la mejor idea. Aunque sabía la respuesta correcta, Adanna decidió guardar silencio. Después de varios intentos fallidos, los niños lograron construir una trampa rudimentaria y sus risas llenaron el aire.

Se quedó observándolos, perpleja. Como diosa, siempre pensó que la sabiduría consistía en dar la respuesta correcta, pero ahora veía que el verdadero aprendizaje surgía del esfuerzo, de los errores y de la colaboración.

Poco a poco comenzó a observar más a las personas a su alrededor en lugar de estar atenta a su propia miseria y sus propias carencias. Sus vecinos, aunque pobres, compartían lo poco que tenían con aquellos que lo necesitaban. Las historias de los ancianos, cargadas de experiencia y resiliencia, contenían verdades que no podían encontrarse en ningún libro. Incluso los niños, jugando descalzos en el polvo, demostraban una alegría que desafiaba las circunstancias y a la que ella nunca puso atención durante sus primeros años de vida en la Tierra.

Adanna comenzó a escuchar, a aprender. Aunque su cuerpo seguía siendo débil e incapacitado para caminar bien por la cojera, su mente se llenaba de un nuevo tipo de conocimiento: el de las emociones humanas, las conexiones y las pequeñas victorias diarias.