Obsesionado con mi mejor amiga.


Mis ojos se abrieron a ella durante el viaje de verano que organizaba el instituto para los estudiantes de segundo año, estudiábamos en un colegio privado cuya exigencia académica era excesiva, pero los incentivos eran igual de buenos.

En esa ocasión, nos quedamos tres días y dos noches en una residencia a la orilla de la playa. Sakura y yo permanecimos juntos desde que nuestras madres dieron a luz, fuimos ubicados en la misma sala de cunas y ese hecho peculiar de nacer el mismo día con un minuto de diferencia, selló nuestro destino.

—Syaoran, ayúdame a armar la red de voleibol, el torneo no tarda en comenzar.

Eriol Hiraguizawa, mi amigo más cercano después de Sakura, se me acercó cargando los dos tubos metálicos que marcarían la línea divisoria entre los equipos, su cara roja por el esfuerzo no me conmovió. Continué contando el cambio que metí a mi bolsillo antes de salir de la residencia.

—No jugaré, estoy yendo por un helado para Sakura. Está triste porque no podrá unirse a su equipo en el campeonato, se lesionó el hombro ayer mientras practicaba. Tuve que llevarla al hospital, estará usando un vendaje las próximas semanas.

Eriol emitió un gruñido, era un poco raro verlo sin sus intelectuales gafas en el rostro. Esa mañana se colocó lentes de contacto con el fin de disfrutar las actividades acuáticas planeadas.

—Me estoy cansando un poco de esto. Sakura esto, Sakura lo otro —refunfuñó reanudando sus pasos entorpecidos por la inestabilidad de la arena—. Creo que tu obsesión por ella traspasa las fronteras de la amistad, a ti te gusta Kinomoto. O a lo mejor los rumores de que ustedes son una pareja son ciertos y no confías lo suficiente en mí como para admitirlo.

Las escenas de celos de Eriol eran cada vez más frecuentes.

El único motivo por el que tales rumores empezaron a surgir fue porque ese año Sakura y yo quedamos en salones distintos, ella era una chica alegre y sociable, en cambio yo tenía una tendencia a la introversión. Fingía desinterés y malhumor porque no disfrutaba de las interacciones con desconocidos, tuve ansiedad por la separación, y en consecuencia, perseguía a Sakura a todos lados entre los recesos.

Era como un pequeño ganso corriendo detrás de su mamá.

Nos reímos juntos de las habladurías, eso no trastornó nuestro día a día. Sakura me daba de comer en la boca durante el almuerzo a la vista de todos en la cafetería y yo corría como un loco a cargarla en brazos cada vez que se lastimaba durante sus prácticas para llevarla a la enfermería.

Compré su sabor de helado favorito y regresé a la residencia antes que se derritiera en mi mano. Sakura no estaba por ningún lado, encontré a sus amigas afuera del dormitorio de mujeres y comenzaron a cuchichear en cuanto me vieron.

—La puerta está abierta —señaló Tomoyo Daidoji. Ella no me agradaba, con frecuencia competíamos por la atención de Sakura y me molestaba que la abrazara a ella más que a mí—. No se anima a salir, dice que no tiene sentido ir a la playa si no puede meterse al mar. Quizá tú puedas convencerla.

El brillo en sus ojos violáceos me dio mala espina. Esperé a que se retiraran para colarme en la habitación. Olvidé tocar. A menudo iba y venía de la casa Kinomoto como si fuese mi segundo hogar, me sentía tan a gusto con ellos que ya ni siquiera pedía permiso para coger alimentos del refrigerador, eso también aplicaba para ingresar a la habitación de Sakura.

Su cuarto era como mi propio sitio.

Sin embargo, justo antes de graduarnos de la primaria, mi padre sostuvo una extraña conversación conmigo. Me hizo ver que Sakura y yo no éramos más unos niños y que por norma, debíamos dejar de compartir ciertos momentos, me prohibió dormir en la misma cama que ella y ni soñar con bañarnos juntos de nuevo a menos que hubiese ropa de por medio.

Entendí tarde el motivo. Su cuerpo y el mío habían adquirido formas distintas, pero nunca me sentí tan consciente de ello hasta esa mañana.

—Syaoran, eres tú —Sakura se sobresaltó al escuchar el carrete de la puerta deslizándose, suspirando de alivio al verme.

—¿Qué demonios llevas puesto? —escupí con las mejillas más coloradas que el barquillo de fresa en mi mano.

Sakura y yo visitábamos las piscinas de la ciudad a menudo, y todas las veces, ella me pedía prestada una camiseta para cubrirse del sol. Ella jamás mostraba demasiada piel en público, su vestimenta era casi tan masculina y holgada como la mía.

Sakura era aficionada a los deportes, de niños practicábamos hasta el cansancio con las pelotas de fútbol y baloncesto. A inicios de la adolescencia acogimos el gusto por las patinetas, así que esa chica que solía andar con pantalones rasgados de las rodillas y gorras de béisbol, ahora llevaba un bikini de dos piezas.

—Es un regalo de las chicas —explicó sosteniendo los cordones del pedazo de tela que cubría su pecho en la parte posterior de su cuello, era incapaz de anudarlo, debido a que le prohibieron elevar su brazo hasta recuperar su lesión—. Es demasiado, ¿cierto? Me veo ridícula usando algo tan femenino, usaré otra cosa.

Noté la tristeza en su mirada. En los últimos días se escondía de mí para ponerse labial o colocar accesorios en su cabello, y eso me hacía sentir culpable. Sakura pensaba que me burlaría de ella por la manera brusca en la que solíamos jugar, pero herir sus sentimientos nunca estuvo en mi mente.

—Eres bonita —susurré con la vista pegada en mis pies, la arena logró colarse entre mis dedos—, no importa lo que uses, tú siempre… te ves bonita.

La bola de helado lloró por mi vergüenza, embadurnando mi puño con su dulce viscoso. Sakura emitió un sonido ahogado, sintiéndose igual de apenada que yo. Esa tensión en el ambiente fue tan intolerable como la angustia en mi pecho, gracias a mi mejor amiga, ese caluroso día de verano, tuve mi despertar sexual.

Soñé con ella esa noche, y el recuerdo de esas imágenes creadas por la perversidad que en mí habitaba, me indispuso de mirarla a los ojos el resto del viaje.


El siguiente año, gracias a las innumerables ofrendas e inciensos que le ofrecí a los dioses de distintos templos, Sakura y yo tuvimos la suerte de quedar en el mismo salón, aunque las cosas fueron cambiando poco a poco entre nosotros.

Mi popularidad entre las mujeres incrementó sin que hiciera algo para merecerlo, aunque yo no estaba particularmente interesado en ellas. Había aceptado el hecho de que estaba enamorado de mi mejor amiga y eso me impedía desarrollar sentimientos por otras personas.

También mi cercanía con Sakura se vio afectada, ya no nos frecuentábamos tanto, dejamos de estudiar en su habitación con la puerta cerrada, evitaba quedarme a dormir en su casa aunque sus padres confiaran en mí, la incomodidad nos separaba sin piedad día tras día.

Venía caminando por el pasillo después de comer mi almuerzo en solitario en la azotea, la semana pasada tuve un desacuerdo con Sakura porque descubrí que asistió a una cita colectiva con sus amigas sin decírmelo. Y otra vez me enfurecí al recordarlo.

Eso significaba que su interés por el sexo opuesto también había despertado. Imaginarla en brazos de otro hombre me provocaba ganas de romper cosas.

—Syaoran, tienes que ir al jardín —Eriol jadeó encorvándose para recuperar energías—, estaba dormitando atrás de un árbol y escuché que Daidouji aconsejaba a Satoru sobre cómo declararle sus sentimientos a Sakura, en este momento está yendo por ella para llevarla al punto de encuentro, tienes que impedirlo.

Tuve la siniestra ilusión de que el pasillo se alargó y que mis piernas pesaban demasiado para moverlas. Satoru era el capitán del equipo de fútbol, era un mujeriego sin remedio, un tipo como ese nunca pondría sus manos encima de Sakura.

Jamás.

No mientras yo tuviese vida.

Eriol acabó empujándome para impulsar mi despegué, me salté los escalones aterrizando en el descansillo como en una perfecta escena de acción. A finales del primer trimestre se corrió el rumor de mi ruptura con Sakura, dejamos de llegar juntos a la escuela y nuestras reuniones durante el almuerzo eran escasas.

Me alejé para que ella pudiese adoptar las costumbres femeninas que quisiera sin temor a represalias de mi parte. Su modo de vestir, de caminar y actuar cambiaron a la velocidad de la luz. Todos podían apreciar lo bonita que era y eso me hacía actuar como una bestia primitiva delante de ella.

Le respondía mal y la alejaba debido a mis celos constantes.

Y sobre todas las cosas, odiaba a Tomoyo Daidouji.

Esa chica sínica y materialista había cortado el velo de inocencia que protegió a Sakura por años con su amistad inoportuna. Y como si hubiese invocado al demonio con mi mente, ella se apareció en la salida, extendiendo los brazos hacia mí para detenerme.

—No puedes pasar —me ladró como un pequeño perro consentido que muestra los dientes a otro animal que le supera en tamaño con la esperanza de intimidarlo.

No me asustaba. En cambio, me reí de su gesto.

—No eres una autoridad a la que deba respetar, quítate —cuando pasé junto a ella, Daidouji se aferró a la manga de mi chaqueta.

—Si no tienes el valor de declararte, al menos permite que otro le dé la felicidad que tú no estás dispuesto a brindarle.

—Sakura… ¿te ha mencionado algo?

—Pues sí, ella anhela tener un noviazgo, ¿sabes?

Maldita sea.

El pasto verde alrededor de la fuente se tornó marchito ante mis ojos, el cielo se opacó y mis entrañas se revolvieron. Apreté los puños con tanta fuerza que mis tendones protestaron con dolor.

—Bien, pero no con Satoru. Ese hijo de puta solo va a lastimarla y si eso sucede, me olvidaré de que eres una mujer y te haré daño.

Me sentí con valor de incendiar la escuela entera si eso evitaba que Sakura aceptara la declaración de un tipo como ese. Daidouji cruzó los brazos, su mirada maliciosa vaciló un segundo, no obstante, se rehusó a moverse.

—Es lo mejor para ambos. Las cosas entre ustedes comenzaron a cambiar después de la ruptura de Takeshi y Chiharu, ellos también eran amigos de la infancia, su noviazgo terminó y ahora son enemigos jurados. Y Sakura eliminó todo rastro de sentimientos de confusión por ti con ese suceso, aun te quiere, pero nunca te verá como su interés amoroso. Entiéndelo.

—Maldita bruja.

Cómo quería que reaccionara cuando acababa de decirme que Sakura llegó a sentirse atraída por mí, pero que se rindió antes de intentarlo. Me sentí traicionado por ella y decepcionado por mí, porque también actué de forma cobarde.

No podía permitir que nos ocurriera lo mismo que a Chiharu y Takeshi. Perder para siempre a Sakura era tan temible como la muerte. Entonces me adentré al jardín tomando una decisión, yo no la tocaría como mujer, y si para mí iba a ser imposible tenerla, nadie más la poseería.

Se decía que los piratas escondían sus tesoros en lugares tan remotos que muchas veces recuperarlos era una posibilidad inasequible para ellos mismos. Quedarse con las manos vacías era un castigo por su ambición y su codicia, ante el riesgo de padecer ese destino, me convertí en el verdugo de la felicidad de Sakura.

Mis misiones de asedio a sus pretendientes no cesaron desde ese día. Yo sería el único hombre que sus ojos miraran con admiración y deseo. De nuevo me pegué a ella como un chicle, até con una cadena la timidez y mis inseguridades y las arrojé al fondo del océano.

No descansé hasta que fue evidente para todos que Sakura estaba ciega de amor por mí. La trataba como a un pajarillo al que en ocasiones le arrojaba migas de amor para alimentarse con la intención de mantenerla a mi lado.

Enloquecí.

Tuve que enloquecer para proteger nuestra unión.

Éramos felices juntos, mi corazón y el de Sakura eran uno, sería así para siempre y solo conseguiría guardar esa alianza si nuestros cuerpos no se tocaban de la forma en la que ambos queríamos.

Porque si eso pasaba, en el futuro, Sakura y yo, tendríamos que ir por caminos separados si el intento de noviazgo fracasaba.

Contemplar esa contingencia equivalía al fin del mundo para mí.

La opción más sostenible era amarnos en secreto, sin decirlo, sin expresarlo.


—Los accesorios pequeños y elegantes están en tendencia entre las jóvenes este año.

La dependiente de la joyería me mostró diversos aretes y dijes ideales para regalarle a una novia por motivos de aniversario de pareja. No me quejé. Faltaba un mes para celebrar nuestro vigésimo primer natalicio, pero a mí me gustaba prepararme con anticipación. Le daba a Sakura una cantidad de regalos equivalente a los años que cumplíamos.

El par de aretes era el regalo número dieciocho, tres más y mi sorpresa estaría completa.

Mi familia era bastante acomodada, nunca protestaban por la cantidad de dinero que gastaba, tenía crédito libre para satisfacer mis caprichos.

Escondí el regalo en la guantera del coche y recliné el asiento para recostarme. Nuestro ingreso a la universidad el año pasado, reavivó mi ansiedad por separación, Sakura se decantó por una especialización en educación física y yo por la química farmacéutica. Nuestros horarios de clases rara vez coincidían, así que me uní al equipo universitario de béisbol solo para tener una excusa de mi prolongada estancia en el campus.

Sakura no lo encontró extraño, ya que también me destaqué en ese deporte en la preparatoria. Y además, ella amaba verme con el uniforme del equipo, ejercitaba mi cuerpo y me mantenía saludable para gustarle.

Nadie en su facultad era más guapo que yo, o al menos, eso aseguraban las encuestas de la red social de la universidad.

En mi retorno compré un ramo de flores, ese día iba a celebrarse una jornada de atletismo organizada por el departamento de deportes, cualquiera podía inscribirse independientemente de su facultad de procedencia, se organizaba para disminuir los niveles de estrés de los estudiantes, pero acarreaba la competitividad de los que se dedicaban a las carreras de desempeño físico.

Se oponían a perder ante los intelectuales.

Sakura y su equipo se prepararon arduamente para ello y yo estaba seguro de que su facultad obtendría la copa.

La adrenalina esparcida en el campus llegó a mis oídos, estaban anunciando la competición final. Me desplacé sin prisa al estadio asilándome del ruido de los vítores y las cornetas, tanto mi campo de visión como la totalidad de mis sentidos fueron absorbidos por una sola persona.

Sakura Kinomoto.

Ella le dio la victoria a su facultad, sus piernas eran ágiles y bonitas. Sus compañeros eran en su mayoría varones, así que varios tipos entraron corriendo a levantarla sobre sus cabezas como una diosa a la que los demás debían venerar.

Me alegraba que ella fuese una persona querida y a la vez me molestaba ver tantas manos ajenas tocando su cuerpo. Mis nervios se encresparon y las venas de mi cuerpo se sobresaltaron en un intento de contenerme. No haría un escándalo.

Después de un rato vi mi oportunidad de marcar mi territorio sobre ella, me acerqué a entregarle las flores estampando un beso en su frente. La multitud que la rodeaba se dispersó en un instante, todos creían que éramos novios, el rumor lo inicié yo mismo.

Sakura me empujó, ladeando su rostro sonrojado para evitarme.

—No te me acerques, sudé mucho y mi cabello está grasoso —cerró los ojos con fuerza en un encantador gesto de timidez—. Huelo mal.

Que ella sudara encima de mí mientras nos revolcábamos en la cama era una de mis fantasías. Por supuesto, no podía decírselo. Me reí, llamando su atención.

—Si hay alguien en este mundo que conoce todos tus olores, ese soy yo. Sudábamos mucho jugando cuando pequeños, nunca te molestó que te abrazara en aquel entonces.

—La madurez de las hormonas hace que los olores cambien —protestó con el ceño fruncido—. Me iré a casa por mi cuenta, estoy tan agotada que no me quedan fuerzas para darme una ducha. Solo quiero dormir.

Sus bonitos ojos verdes estaban apenas abiertos, ella era capaz de dormir en una cama de clavos, así que tomé la decisión de cargarla hasta el estacionamiento.

—¿Qué haces? ¡Suéltame! Me da vergüenza —renegó agitando las piernas en protesta.

Sonreí, hundiendo mi rostro en la curva de su cuello, el calor húmedo de su cuerpo era envolvente, la manera en la que su piel se enrojecía por el esfuerzo era cautivadora. Lamí el lóbulo de su oreja antes de alejarme, estoy muy seguro de que mi aliento tibio la estremeció.

—A mí me parece que hueles bien y tu sabor también es bueno.

—No vuelvas a hablarme, Syaoran Li —tartamudeó, encogiéndose en mi regazo, su voz fue apenas un susurro fantasmal cuando me dijo—: También me enloquece tu aroma.

Las indirectas entre nosotros iban y venían, sin embargo ninguno se atrevía a cruzar esa línea. Los pequeños arrumacos que nos permitíamos eran acomedidos. Nunca nos habíamos besado.

Así como tampoco le había entregado mis labios o mi cuerpo a ninguna mujer. Constantemente rechazaba invitaciones descaradas de las chicas que me insistían a encontrarnos en un motel. Me negaba a traicionar a Sakura de esa manera.

Sakura durmió todo el trayecto a casa y no tuve el corazón de despertarla cuando llegamos. La cargué hasta su habitación y la dejé recostada en su cama, ella suspiró acomodándose en sus almohadas. La amaba tanto que mi corazón dolía y me preguntaba cuánto tiempo más podríamos sostener este tipo de trato.

Me aventuré a rozar sus labios con mi pulgar, eran suaves, carnosos y rojos como la intensa atracción que sentía por ella.

—No pongas a nadie más en tu corazón, Sakura —se lo murmuré al oído—. Eres mía, me perteneces.

Era culpable de manipularla según mi conveniencia. Mis escrúpulos yacían bajo tierra. Syaoran Li no era la buena persona que todos creían.


—¿Por qué no puedes salir conmigo esta tarde?

Sakura apretó contra su pecho el libro que sostenía, la abordé afuera de la biblioteca, sus clases habían terminado y tenía muchas ganas de llevarla al cine. Había una película de terror en exhibición, Sakura odiaba el género, pero nunca se negaba a acompañarme.

Yo me aprovechaba de su profundo temor para abrazarla y pegarla a mí cada segundo de duración del filme. Era tan descarado que me acostaba a su lado después de volver a casa hasta que se quedaba dormida porque tenía miedo de la oscuridad.

Cada vez que me pedía que me recostara junto a ella se me erizaba la piel.

—Está bien, te lo diré —frenó su andar, clavando su verde mirada en mí—. Conseguí un trabajo a tiempo parcial.

—¿Hablas en serio?

Ella asintió.

—¿Por qué?

—Bueno, perdóname, pero mi familia no es tan acomodada como la tuya. No quiero pedirles dinero extra a mis padres para mis gastos personales.

—¿Gastos personales? ¿Qué quieres comprar? Dímelo, te lo obsequiaré ahora mismo.

Su cara se volvió roja.

—Cosas de chicas, no puedo pedírtelas, dado que ni siquiera eres mi novio.

Ella se fue corriendo después de lanzar la granada que me estalló en la cara. Me desestabilizó. No entendía el por qué de su rebelión en mi contra.

Me enojé tanto que no la contacté el resto de la semana y ella tampoco lo hizo. Estaba convertido en un zombie sin Sakura. El sábado esperé a que saliera el sol para dirigirme a su casa con la intención de reconciliarnos, su detestable hermano menor me abrió la puerta.

Touya Kinomoto con sus escasos doce años era un mocoso insoportable. Teníamos el acuerdo silente de fingir que nos agradábamos enfrente de Sakura, pero cuando ella nos daba la espalda, intercambiábamos miradas de odio y nos hacíamos groserías.

Era un inmaduro, lo admito.

—Sakura no está en casa.

—¿Está ausente desde tan temprano?

La sonrisa del mocoso fue macabra.

—No vino a dormir.

Jadeé, ahuyentando mi enojo.

—No bromees con eso —repliqué—. Es cierto que me odias, pero eso no es suficiente para que inventes tales mentiras sobre tu hermana.

—Hablo en serio, se quedó en casa de Daidouji. Estará de vuelta por la noche, tiene trabajo, está escrito en el pizarrón.

Daidouji. Ese nombre me sacaba de mis casillas.

Maldita mujer casquivana. Siempre que Sakura salía con ella terminaba borracha. Tenía que ir y verificar el estado de mi mejor amiga.

—Bueno… sabes dónde trabaja Sakura, ¿no es verdad?

El niño se tocó la barbilla, meditabundo.

—Quizás lo recuerde si me das un incentivo.

Pequeño chantajista. Me saqué la billetera del bolsillo y le extendí un billete, Touya lo arrebató de mi mano sin remordimiento.

—En el spa Verde…

—Sé más específico, hay una decena de esos spa en la ciudad.

Touya negó con la cabeza arrugando sus labios como si pensar representase un gran esfuerzo para él. Gruñí ofreciéndole otro billete.

—¡En la sucursal del centro comercial! —exclamó, cerrándome la puerta en la cara.


Para cuando llegué al centro comercial estaba tan enojado que mi garganta se estrechaba cerrándome el paso del aire. ¡Sakura estaba ignorando mis mensajes!

—Bienvenido —La supuesta recepcionista apagó su sonrisa al reconocerme, bufó apartándose el flequillo de los ojos—. Ah, solo eres tú, ¿qué quieres?

—¿Dónde está Sakura?

Daidouji soltó una risita descarada.

—Trabajando, no puede atenderte.

—Necesito hablar con ella —me dolió la cara por la sonrisa fingida que le di.

—Si compras un paquete, puedes charlar con ella mientras te atiende.

—Embaucadora —protesté.

—Cobarde —me mordió.

—Está bien, hazme pasar con ella. Pero inventa un nombre, no quiero que se anticipe a rechazarme.

La chica pelinegra casi me arrancó la tarjeta de crédito de la mano.

—Gracias por la compra de su paquete premium. Una de nuestras asistentes lo conducirá a la sala.

Me hizo una reverencia hipócrita. Me vendió su paquete más caro. Una chica me hizo pasar a una sala de luz tenue con aroma a menta, me entregó una bata e indicó que debía sentarme a esperar por mi servicio en un canapé.

Dios mío. Esto se parecía a una clínica, ¿y por qué demonios debía quitarme toda la ropa? De cualquier manera obedecí, mi alma sin Sakura se encontraba tan solitaria como la planta artificial que decoraba la habitación.

Cinco minutos más tarde, la puerta se abrió. Sakura llevaba el rostro cubierto por un cubrebocas y una gabacha clínica de color rosa envolvía su figura menuda, su cabello iba recogido en un moño, supe que se trataba de ella porque el color de sus ojos era inigualable.

—Buenos días, señor Kitahama, soy Sakura Kinomoto, su asistente —Lo dijo con su vista pegada a la tableta entre sus manos—. Usted solicitó un paquete de depilación brasileño completo.

Con mi escaso conocimiento en este tipo de tratamientos, adiviné que me hicieron quitar toda la ropa porque la atención iba a ser dirigida a mis partes íntimas.

Daidouji era una maldita bruja.

—¡Olvídalo! Me largo de aquí y tú, vendrás conmigo —grité, saltando del canapé.

—¿Syaoran? —exclamó Sakura, mi nombre en su boca sonó como un conjuro indeseable—. ¿Qué haces aquí?

Ella retrocedió evitando que la tomara de la mano.

—¿Qué demonios haces tú aquí? ¿Acaso viniste para pasarte el día viendo el cuerpo de los hombres de manera deliberada?

Se quitó el cubrebocas convirtiéndolo en una bola que me lanzó a la cara. Los ojos se le llenaron de lágrimas y sus reclamos chillones me indicaron que estaba conteniendo las ganas de llorar.

—Por si no lo sabes, existe una cosa llamada ética profesional. Soy incapaz de ver con morbo el cuerpo de mis clientes. Además eres el primer hombre que solicita este servicio —Las venas de su cuello se engrosaron, indicándome que estaba realmente enojada—. ¿Por qué viniste? ¿Tu nueva conquista te pidió que te hicieras esto?

—¿Nueva conquista? —escupí, ofendido. Me mordí la lengua antes de llamarla loca, aunque los ánimos estuviesen enardecidos, siempre me cuidaba de no ofenderla con términos hirientes.

—Todos en la universidad dicen que estás saliendo con Ayaka Shirasawa de contabilidad. ¡Tengo pruebas!

Me puso su teléfono en la cara, alejé un poco su mano para enfocar mi vista. Era una maldita fotografía borrosa de un tipo cuyo rostro era una incógnita abriéndole la puerta del coche a Ayaka.

—No soy yo —alegué.

—No mientas, ese auto es idéntico al tuyo y no muchos en la escuela pueden darse el lujo de tener uno igual.

Me reí de lo absurdo de la situación.

—Ese pobre diablo debió alquilarlo para impresionarla. Mira lo barata que luce su ropa, ¿me has visto alguna vez luciendo tan desaliñado?

Sakura parpadeó, sus mejillas rosadas se incendiaron.

—Entonces, ¿no eres tú?

—Por supuesto que no.

—Pero Ayaka afirma que tú… pasaste la noche con ella.

—Te mintió —me alboroté el cabello con la mano. Lo que iba a confesarle era vergonzoso para un chico—. Sakura, yo nunca he tenido ese tipo de contacto con nadie. Te lo juro.

—Si tú lo dices —refunfuñó, esquivándome la mirada.

—¿Qué hay de ti? Anoche no dormiste en tu casa y tampoco me llamaste para ir a recogerte del bar como sueles hacer, ¿te fuiste con alguno de los sujetos que te presenta Daidouji?

—¡No! Solo me reuní con mis amigas de la preparatoria. Sucede que me quedé dormida en el taxi y Tomoyo decidió que sería más práctico alojarme en su casa.

—¿Y qué me dices de este trabajo? Si yo fuese un tipo cualquiera, ahora mismo estarías viendo mi… —Ni siquiera pude pronunciarlo frente a ella. Di unos pasos adelante, intimidando a Sakura para que me dijera la verdad.

—No soy una pervertida. No voy a enloquecer con los genitales de un hombre al azar, puedes estar seguro de eso.

—Sigo sin entender tu insistencia en trabajar aquí.

No objetaría si el trabajo no implicase ver el cuerpo desnudo de otros hombres y permanecer el día entero bajo la influencia de Daidouji.

—¡Es porque quiero ahorrar para comprarte un regalo de cumpleaños! ¿Te satisface la explicación? —parpadeé, el comportamiento de Sakura se tornaba impredecible con el pasar del tiempo. Estaba convirtiéndose en una mujer a la que un día ya no podría manipular—. Decidí que no quiero regalarte nada hecho a mano como los años anteriores, con este trabajo ganaré lo suficiente para comprarte el videojuego de edición especial que querías.

Maldición.

Arruiné mi propia sorpresa.

—Sakura, la única cosa que anhelo es pasar ese día contigo —suavicé mi voz, tomándola de la mano—. Y que me digas que soy tu persona especial es lo más valioso para mí.

—Eres mi persona especial —repitió ella.

Logramos superar ese malentendido, Sakura y yo continuábamos siendo mejores amigos, pero mi amor por ella incrementaba con los días y el miedo constante de que mi obsesión por ella se desbordara, me perseguía.

¿Realmente llegaría el momento en el que tuviese que despedirme de ella o uno en el que pudiésemos estar juntos por siempre?


Feliz año nuevo, exitos y buena salud para los que leen. Este pequeño chisme me lo saqué de la manga este día, jaja. La proxima semana regreso con mis actualizaciones habituales, me tomé un descanso de la escritura porque vacaciones del trabajo ni en chiste. En fin, espero que les haya gustado, hacía tanto que no escribía un One shot. En lo personal soy una de las que odia los finales abiertos, pero tal vez algún día se me antoje darle otro tipo de final. Así que si les gustó dejenlo en sus alertas, por si acaso.