Capítulo 11

—La tierra... a veces nos provee de sucesos que jamás pensamos que ocurrirían.

La voz estrangulada de la muchacha, en un andar previo a que la carreta les dejara subir, le hizo detenerse en el camino, volverse para verla y rebatirle.

—Pero no fue nuestra tierra la que trajo esto —Ella ya estaba sacudiendo la cabeza en negativa, dándole la razón.

—Fue Noxus.

—¿Y cuáles son tus planes al respecto?

—Sólo tengo una vida que dar por Jonia —Un suspiro, Shen ladeó la cabeza—, no me detendré hasta que estén fuera y lejos de aquí.

—Considero aceptable tu moción, así como comprensible tu forma de verlos como monstruos a extinguir, en lugar de personas. Ellos no fueron humanos cuando asesinaron a todos sin darles oportunidad —Mientras terminaba de hablar, ella llegó hasta su lado y alzó uno de sus hombros, con tintes de desdén—... ¿estoy en lo correcto?

Irelia intentó esconder la mueca de sonrisa que se le quiso escapar, pero Shen ya la había encontrado.

—Sí. Yo no había matado antes a ninguna persona —Firme y segura—; no quiero extinguirlos, son de la misma tierra de la que nosotros vinimos —Continuó el avance, seguida instantáneamente por el hombre—, pero los quiero lejos de nuestra tierra de magia. Que vayan a la suya a seguir contaminando sus propias almas de soberbia y nacionalismo bruto.

Se oyó igual de rebelde que una adolescente y cien veces más vitalizada de lo que estuvo todos esos días, volviéndose un cambio radical de la muchacha que oyó hablar hace solo momentos.

—Supongo que voy a…

Ella le detuvo de hablar.

—Nuestra tierra no me abandona, aún bajo la presión a la que fui sometida —Le había mirado con ojos brillantes y un poco de contradicción, vagaba en incertidumbres que seguramente más tarde aseguraría consigo—. Te trajo a mí… ¿no es así?

Incertidumbres saldadas en un instante, de ambos deteniéndose en el camino nuevamente, mirándose.

La tierra jonia reconocía a su gente. En especial a quienes mantenían la conexión con su magia. Ambos la utilizaban y habían alcanzado en su vida una armonía inmensa con la misma, por eso él la había sentido vibrar de terror aún sin conocerla, por lo mismo todo le llevó hasta la muchacha que yacía en aquel lugar.

Y por algo ella, apenas un instante después de verlo y oírlo, se entregó sin titubeos a sus cuidados y compañía. El vago instinto de siempre dejarse llevar por lo que la naturaleza le indicaba y ponía en frente, sobrepasó los miedos y horrores que le tiñeron de desconfianza por todos. Porque apenas despertó él no fue una amenaza, fue una salvación. Y porque a la salvación se la debía a Jonia.

Así como a todo lo que consiguió de bueno en la vida.

—Pude sentirte desde la distancia —Lo dijo con mucha más calma, porque saberla consciente de ello hacía que todo fuera muchísimo más comprensible—, no podía ni debía dejarte sola; más que una corazonada, fue un instinto.

—Es el mismo que me hizo sobrevivir —La sonrisa apenada y consternada de la muchacha hicieron apretujarse de ternura el corazón de Shen—. Ahora debo saber por qué debo comenzar a vivir.

Le había parecido una visión adecuada, preventiva y madura. Aunque se notara y sintiera que ella sufría todavía en su interior, que probablemente ese dolor no sanaría en un tiempo largo y que quedaban noches en vela, charlas reflexivas y quién sabe cuánto hasta que consiguiera comprenderse a sí misma y su postura en el mundo.

Hubo prácticamente cada noche una pesadilla que desvelaba, si no eran por la tarde, si no era en los momentos donde dormitaban porque el cansancio de la chica al no dormir bien, le dejaban relegados a esperar y tomarlo con calma. Apenas un día antes fue que Irelia consideró su cercanía para oírle contar historias y hoy ya estaba durmiendo bajo su cuidado cercano, mientras las ruedas de la carreta crujían al pasar alguna piedra y las asas del jinete controlaban al caballo que la llevaba.

Shen le admiraba profundamente.

Lo que a él le ayudó a no sucumbir había sido su entrenamiento de años, los mismos que ayudaban ahora a ser más independiente en cuanto a tener a la mujer cerca. Ella lo necesitaba, él disfrutaba de su compañía porque llevaba tiempo sin tenerla en general, el hormigueo en su panza al saberla volátil y angustiada le hacían reparar en la unión terrenal que tenían.

Se preguntaba si sería corta o eterna. De qué acabaría tratándose. Podía ser una amistad o un amor que jamás muriera, así como una presencia que marcara su vida y luego se disolvería. Extrañamente o no, la sentía lo suficiente intensa como para que no tuviera tiempo a pensar en nada de su pasado desde que la encontró. Como si de repente las cosas no fueran tan importantes hasta este momento, en donde la vio.

Quizá por lo mismo no presintió nada de las viejas energías unidas a sí mismo que se acercaban.

Al detenerse la carreta, casi en instinto las manos fueron encima de la mujer. Una sobre sus hombros, la otra sobre su cabeza. La gentileza en cada tacto para advertirle sin que se altere que algo ocurría y que despierte con calma. Irelia solía abrir los ojos por cualquier motivo cuando dormía, un punto muy exacto de sus temores, lo hacía exaltada y sus armas afiladas daban malas tentativas sobre quienes estaban cerca. Justo él, ahora.

La mujer abrió los ojos con pereza, palmeando sobre la mano en su hombro para advertir que estaba despierta. Se sentó y observó el detenimiento, en plus de Shen levantándose y bajando de un salto al suelo. Observaba al frente de la misma, por lo que Irelia se levantó para mirar por encima del quien llevaba las riendas y del caballo.

Había un grupo de hombres deteniendo el paso, al frente uno con armadura negra y roja, que le revolvió el estómago de sólo pensar en que era lo más representativo de Noxus en cuanto a colores. Por dictamen autoimpuesto, miró a Shen antes que a él y al verlo sin inmutarse, prefirió permanecer con la alerta en mano, pero no avanzar.

—Eres bueno escondiéndote.

Se conocían, observó la muchacha. Que el recién aparecido hablara fue suficiente.

—El truco está en no esconderse.

¿Eso había sido ironía de parte de Shen? Irelia pudo darse cuenta de que no sólo se conocían, hubo una relación cercana antes.

El silencio pareció hacer temblar incluso al hombre que llevaba el carro, por lo que Irelia se concentró en sentarse a su lado y pedirle que continuara el camino y los deje allí, antes de bajar. Shen agradeció sólo de una mirada y un asentimiento, antes de volver a la persona que tenía en frente.

Irelia permaneció al margen, oyendo al caballo golpeando los cascos contra el suelo en el avance y la carreta traquetear al paso entre ella y los hombres, que hablaron aparentemente mientras despedía al sujeto, porque casi en seguida en que intentó acercarse para estar a espaldas de Shen, éste sacudió la cabeza; gesto que le hizo alertarse por cómo su contraparte pareció reaccionar al gesto.

—No —dijo Shen—. Voy a pelear por Jonia, pero no lo haré bajo tus normas. Estás al tanto de las diferencias entre tus doctrinas y las mías, si me pides ayuda no será bajo tus condiciones.

«Pelear por Jonia».

—¿Planean atacar a los noxianos? —No pudo evitarlo, apenas llegó junto a su compañero. Miró al otro, después a Shen, y el mismo asintió en respuesta. Irelia no más alzó casi con exaltación el cuerpo, agarrándose a uno de los brazos del mayor para que le preste atención. ¡Sorprendida de saber que había un plan!

Fue el gesto más cercano y confianzudo que se había regalado a hacer con él. También, como el de una niña joven que acaba de ver un juguete nuevo y busca con urgencia señalarlo. —¿Vas a pelear? —Con la pregunta de ella, Shen supo en seguida lo que ocurriría a continuación de ello, no muy diferente a lo que ya pensó que pasaría con sólo sus propias decisiones.

—No podemos dejar que lastimen nuestra tierra, ¿verdad?

La voz y palabras de Shen, hicieron que Irelia casi notara quedarse sin aliento. Quiso saltar y ya mismo salir en dirección al sur para comenzar a cortar todo cuello necesario que no debía estar en su hogar. Por ella, por su familia, por Jonia. Por Shen, que la salvó, por la tierra que se negaba a ver sucumbir de nueva cuenta. La euforia de salir corriendo con quienes la quisieran seguir…

—¿Quién es ella?

Le sacó por completo de su imaginación y entusiasmo. Miró al sujeto en frente, viendo que le permitió Shen acercarse, lo hizo con todo su estoicismo perdido hasta ese instante, renaciendo en ella para darle una voz firme.

—Xan Irelia, soy una luchadora. Voy a ir al frente si planean atacar —Shen puso una mano en su hombro—. Lo que tenga que hacer con tal de que se replieguen y sepan que no pueden volver jamás —Sintió un apretón cálido, llenándole de más valentía.

—No nos tendrás a tus órdenes, Zed.

Zed.

Irelia guardó ese nombre en su cabeza, junto a la imagen: un tipo que le miraba con dudas y una sensación o carta de grandeza, superioridad. Las palabras que había mencionado antes no las escuchó, pero si iban a pelear y hacer algo, si iban a lanzarse…

Conocía a Jonia, ya había sido herida, en cualquier momento comenzaría a defenderse por su cuenta de todo lo que le dañe.

La propia tierra sería su apoyo.

Zed también reservó una imagen de ella, pero se concentró más en lo que le tenía allí: Shen. Él era a quien buscaba, mejor en cierto modo si había alguien más que valiera la pena para pelear, pero en demás era claro quién seguía a quién y el tema de conversación, punto en común.

Irelia, por su parte, vagó de repente en su memoria, por primera vez en muchos días.

Zed.

—No te vine a buscar para reclutarte.

Reclutar. ¿Era ese Zed?

¿El mismo del que hablaban en la ciudad? ¿El que reclutaba y hacía llamados, pero si se negaban acababan muriendo? El mismo que amenazó a los pueblos originarios vastaya para hacerse de su bosque…

—¿O amenazar? —Y esa ironía en Shen se lo confirmaba.

De repente los ojos azules de ella habían atravesado a Zed como si tuvieran el filo de sus propias cuchillas. Memoró las historias que los viajeros traían, sobre traiciones recientes, sobre templos caídos y tomados por la fuerza, sobre órdenes que acababan de sucumbir por otras. Peleas internas que le parecían un completo capricho nocivo para la armonía en la que ella creció.

Desprecio nació con esa misma imagen.

Comprendió silente a lo que Shen se refería, al reiterar que no trabajarían bajo sus normas. Era uno de esos tipos que no veían puntos medios.

De los que arrasaban por querer poder, aún cuando su tierra no tenía dictámenes ni jamás pudiera ser dominada así. ¿Todavía seguía con tales intenciones? ¿Cuáles eran los motivos de querer tanto poder, la necesidad acérrima de querer alzar muros y sentirse intachables? Le recordó a los mismos noxianos que intentaban invadir Jonia, los que asesinaron a toda su familia por hacerlo. Pensar en la simpleza de que su región se volviera sólo un ápice de igual…

Sintió náuseas.

Se escondió tras la espalda de Shen, mientras éste aún dialogaba.

—¿Puedes cerrar la boca antes de que riegue sus entrañas por todo el camino?

A Irelia se le fueron las náuseas como con un soplón.

Se alzó sobre el hombro de Shen y frunció el entrecejo al otro sujeto, que también le observó al notarla aparecer de tal manera. De repente no sólo era una jovencita extra, acababa de imponerse claramente afectada por sus palabras.

—Zed, por favor…

—¿Quieres intentarlo? —bramó Irelia, sobrepasando a Shen para llegar a Zed, cuatro o cinco pasos determinantes luego de los que le encaró con firmeza—. Anda, intenta detenernos. ¿Te parece que me voy a asustar por la amenaza de un jonio? ¿Siquiera estás en posición de amenazarnos cuando vienes a pedir ayuda? No necesito ni preguntar qué tipo de hombre eres para saber que cualquier intento cordura la enterraste sobre más imperialismo del que quieres quitar de nuestro camino.

—Irelia…

—¡Si llegas a contradecirme, estarás contradiciéndote a ti mismo! —Le chilló también a su acompañante, que sólo se calló para darle pie a que continúe, llamado por la energía con que la mujer estaba reviviendo. Irradió un calor y una fortalezas increíbles—. ¿A qué costo nos estás pidiendo que nos enfrentemos a Noxus en el sur?

Lo increpó.

Lo increpó con tanta fuerza que ya no le pareció una niña perdida acompañando a su anterior contraparte. Ahora comprendía que era una mujer atareada de tantas cosas que sólo necesitaba un envión bien redirigido para que sea una máquina asesina. ¿Dónde la encontró Shen? Más que traumas, veía la fuerza y el deseo de responder a la brutalidad con que los extranjeros atacaron, en su mirada y acciones.

Incluso tomó la directiva de la conversación.

—A costa de que puedan morir —respondió Zed, sin dejarse mostrar como afectado y permitiendo una respuesta que no influenciaba con otras cosas. Separó todo el discurso sobre sus decisiones horrendas de vida y futuro para Jonia, para concentrarse en lo que realmente quería ahora; además de tener que tolerar rebajarse para pedir colaboración sin intención detrás.

La verdad, ahora él también estaba atareado de cosas que le eran más importantes que su orgullo.

Irelia se volteó a mirar a Shen, luego volvió a mirar a Zed.

—Pelearé por Jonia, que no te quepa la duda de ello. Sólo apresúrate a decirnos el plan que tengas para que esto termine rápido.

Shen volvió a suspirar, admirándola. La pena por ella iba escurriéndose entre sus dedos conforme más días llevaban juntos, el ímpetu con que la mujer no temía pelear hasta la muerte, su temple al pensar y la lógica que seguían sus ideas.

La falta de temor contra todo.

Eso lo compartía, ya tampoco le tenía miedo a nada desde que perdió todo. Irelia estaba entrando en el mismo bucle, aún más intenso de su parte al ser todo tan reciente. Los días que le estaba llevando recuperarse de los traumas, estaban formándola en un carácter tan tenebroso como el de cualquier mujer con buenas capacidades para cortarte la garganta sin que te des cuenta.

Otra vez, incluso Zed quedó opacado más allá.

Se había jactado de ser quien debiera abrir la boca y ponerse a la espera de resolver esta situación, pero una muchacha —con el caracter aflorando, cansancio físico y mental llegando a los límites de su capacidad de tolerancia— acababa de adelantarse incluso a hablar por los dos. En ese mismo instante, si ella decía que pelearía, Shen también lo haría.

La seguiría hasta corroborar que estuviera entera, hasta que supiera que viviría con ganas todo lo que le quedaba de vida.

En lo que pareció un segundo inmenso, el ojo del crepúsculo se dio cuenta de que Irelia se acababa de volver la personificación de Jonia a su vista. Era la esencia de la tierra herida comenzando a tomar partes para defenderse. Era una mujer que tenía que vivir, tenía que cumplir sus ansias, tenía que encontrar motivos para seguir.

Caminando hasta el pueblo siguiente, donde abrieron los mapas y comenzaron a cercar los planes, Irelia fue la más enterada sobre cómo los terrenos y las inmediaciones de las zonas tomadas por Noxus diferían. En centro de la plaza en donde se sentaron a dialogar, rodeado de refugiados del sur y de la gente que les atendía, oían de fondo el hambre y las convicciones con que ella aplicaba las ideas.

El tipo de armas que les conoció, el número por pelotones, la rapidez con que consumían ciertos kilómetros de tierra. Incluso se dedicó a recordar que Jonia apagó sus llamas iniciantes y que todo lo que estaba sobreviviendo ahí, posiblemente en la retirada les ayudara.

Pudo ser su soltura al hablar del conocimiento sobre las actitudes de su tierra, pudo ser cómo parecía saber dirigir un ejército entero por cómo conocía el terreno, o la determinación por ganar y hacer algo cueste cuanto cueste, pero pronto tuvieron más personas formándose para dar pelea. En seguida tuvo un grupo considerable que sólo quería seguirla a ella.

Zed pensó que era inteligente y capaz, no le importaba lo demás mientras también pudiera conseguir lo que quería: echar a los noxianos e impedir que su hijo naciera en sus tierras de aquella manera.

Shen sólo pesaba que le cumpliría a esa mujer todo lo que quisiera, con tal de verla viva y conocerla feliz. Sería la prueba que necesitaría para saber que los dos consiguieron lo que buscaban. Ella una reivindicar y honrar a su familia perdida, él verla volver a ser quien fue, quien era y quién sería. La necesidad por acercarse de una forma más íntima y ser su corresponsal le daban las suficientes energías para verse a su lado por mucho tiempo.

Sin pensarlo demasiado, creía que lo platónico iba funcionando mejor para él, tampoco quería ya pasar de ese sentimiento, no para que le volvieran a traicionar y romper. Pero ese tipo de mujer se merecía su compañía, pidió su compañía y en la oscuridad de las noches previas a todo desastre posible a ocurrir, la buscaba para dormir tranquilo a su lado.

Sin necesidad de más, sólo una presencia, un tacto y ella dormía como si acabara de quitarse un millón de kilos de encima. Era agradable y segura de sí, la presión inmensa que le fue el volverse una de las líderes de ese levantamiento no hubiese sido para todos, e Irelia lo estaba afrontando con capacidades claras. Se aferraba a eso porque ahora era su convicción, no quería saber qué otra debería tener después.

Lo importante ahora era eso: poder descansar y estar con el temple listo para echarse al frente —un placer para Shen ayudarla en ello—.

.

Las guerras no son bonitas, sin importar por dónde se mire.

No fueron los únicos protagonistas en ello, muchas personas murieron y salvaron consigo a quién sabe cuántas. Sospecharían en varias ocasiones que quienes se creían más débiles les salvaron la vida para que ellos continuaran. Y viceversa con todo. Porque tampoco querían sospechar de la cantidad de hombres y mujeres que ayudaron a que salieran con vida, cuando estaban a punto de morir.

Noxus era pesado, denso y complicado.

Jonia era ligera, intensa y aún más complicada.

En el momento en que las hierbas, los árboles, el viento y las mismas llamas envolviendo todo comenzaron a servir a los jonios a su favor, los noxianos se vieron acorralados. Eran muchos, pero ellos con Jonia eran aún más.

Zed tuvo que reconocerlo: creyó, en cuanto vio a Irelia con Shen, que ésta sería una renovada aprendiz de la orden que liquidó casi en un cien por ciento. En el momento donde la oyó gritar «¡Detengan su retirada!» y lanzar una ola de cuchillas para bloquear el paso de los pocos guerreros noxianos que quedaban —para matarlos a todos, para que no quede ni uno con vida—, le pareció independiente y justa. A su modo de ver, no era como las doctrinas de Kusho y Shen, ella iba sola.

Ella seguía sus propias órdenes. Y Shen seguía las de ella.

Hubo un sólo instante, un milisegundo, en que quiso detenerse a recapitular en ese detalle; en que Shen estaba asesinando y deshaciéndose de los invasores por la voluntad de alguien más. Fue un segundo de pensamiento, que quedó guardado en su mente para macerarse en mucho tiempo más, porque en ese momento todos cantaban victorias y a su mente sólo llegó la imagen de Yevnai.

Yevnai con sus risas, sus reclamos y su panza de siete meses en espera.

Sólo quiso volver con ella, a tocar el recinto donde el hijo de ambos descansaba, para decirles que nacería en su tierra libre. Para demostrar que con él nunca perderían y estarían en ningún tipo de peligro. No pensó en su Orden, no pensó en nada más allá de mantener vivos a sus seguidores sobrevivientes. Fue fácil darse cuenta de que quería, de repente, desligarse de todo eso y volver corriendo a su hogar.

El retorno de las tropas improvisadas fue con el mensaje claro de comenzar a reconstruirse, de mantener por mientras y probablemente por siempre, una vigía en las fronteras ahora que ya habían sido atacados de tal manera. Pero le cedieron el pensar en ello a la mujer que dirigió todo, y como la misma dijo que se fueran a descansar, que ella les anunciaría después… todos cumplieron.

Zed se marchó casi sin mirar atrás, alzando un brazo en agradecimiento.

Shen permaneció ahí, hasta que la última carreta de cadáveres se fue hasta la frontera noxiana para regresarlos, y hasta que los últimos jonios que quedaban en batalla —más enteros— decidieron también partir. Permaneció sentado y observando a la nueva líder de lo que sería la nueva guardia fronteriza de Jonia, porque ella misma estaba pensándolo y ya había prometido hacerse cargo.

Encontró algo que seguir, pero en su mente no había nada parecido a eso.

Las pisadas en los charcos de sangre daban una sensación inmunda.

Todo el campo de batalla había sido arrasado para expulsar a los invasores. Esta vez ni siquiera veía personas cuando los cuerpos caían por su mano, ni siquiera tuvo asco al terminar de pelear… sólo un vacío inmenso que le regresaba a la última imagen que tuvo de su casa. También, la pelea fue ardua y duró al menos una hora de mayor intensidad, más las horas previas y posteriores de altibajos, el cansancio iba arribando a su cuerpo ya colapsado.

Habían sido días intensos de planes y preparaciones, no soltó nuevamente ni una sola lágrima, su voz acababa de regresar después del desgaste de gritar órdenes por todos lados. No sentía ni siquiera su corazón latiendo, estaba consciente de la vida, de responsabilidades nuevas, pero de la pérdida…

Se le vencieron las piernas cuando llegó a la orilla del río más cercano, no estaba a muchos metros del campo de batalla. El agua cristalina estaba manchada de rojo, como si Jonia sangrara todavía las últimas heridas que Noxus le dejó. Se había defendido, estuvo respaldando a su gente; los noxianos no tenían idea de dónde venían los golpes cuando la naturaleza inició a defenderse.

Sonrió ligeramente por ello.

Pensó en su abuela, que siempre se lo dijo. Alzó sus manos y pensó en su padre, que le dedicó horas a enseñar a utilizar sus armas sin intenciones de que en el futuro deba darles este tipo de manejo. Y sus manos fueron cubiertas por las de Shen, que opacó con ello el sentimiento de angustia y vacío que iba camino a retornar. No chistó cuando éste besó sus nudillos y le acarició con suavidad, tampoco cuando la levantó en brazos para llevársela de ahí.

Irelia no notó lo cansada que estaba hasta ese instante.

—¿No estás cansado tú también?

—Puedo superarlo —dijo, ella sonrió con lágrimas en sus ojos, y levantó las manos para quitarle la máscara del rostro—. Gracias, casi no podía seguir respirando.

—Ha sido difícil —corroboró, él comenzó a andar en dirección contraria al fluente del río. La notó observarle el rostro, con un gesto de complacencia y un poco de pena, luego de lo que se decidió a recargarse en su pecho, descansar su cuerpo, relajarse. ¿Cuánto tiempo llevaba sin dejar que sus músculos realmente descansaran? Y ahora la tensión era mucha como para permitírselo del todo a la vez—. ¿Dónde me llevas?

La voz de la mujer volvió a ser la de una muchacha que acababa de darse el viaje a pie de su vida. Ya no era la guerrera a la que todos siguieron, ahora era lo que era. Estaba cansada, pasada de revoluciones, con necesidades inmensas del calor humano y de los abrazos de su familia. Ahora quería sólo envolverse de eso y no salir jamás, pero no lo tenía.

—Más río arriba, donde el agua esté cristalina.

Shen hablando, respirando, su corazón latiendo. Una de las manos de ella presionó sobre ese pecho para sentir el latir, su cabeza recargada en el hombro le daba un punto de tibieza, al igual que los brazos que la llevaban, al igual que todo donde su cuerpo lo tocaba. Se sintió muy pequeña cuando él la bajó en la orilla del río, de donde se permitió ver alrededor.

Árboles donde el fuego no llegó, césped donde no había pisadas y arrastres de armas; el agua fresca y transparente.

Shen tomó la cantimplora de su bolsillo y fue hasta el agua, a rellenarla. La regresó a la muchacha una vez estuvo listo y permaneció en cuclillas frente a ella, mientras bebía. Los ojos de Irelia fueron a los rojizos del aludido cuando notó ésto, consiguiendo que baje la bebida para ladear la cabeza, en espera de su consulta.

—¿Te sería incómodo si me quito algo de ropa y entro en el agua?

Irelia sintió, por primera vez en muchos días, que su corazón daba un salto. Tal fue el sacudir inesperado que se sintió sorda internamente por un instante. Shen sonrió, bajando la cabeza y sacudiéndola.

—No me quitaré todo —aclaró—. Pero no quiero dejarte sola y necesito limpiarme la guerra de encima.

«Limpiarme la guerra de encima».

Ella asintió, casi en automático.

Lo primero que pensó fue en lo bien que se oyó en sus tímpanos la frase de Shen, a quien no dejó de mirar mientras se levantaba y se dirigía a las orillas. Otro repetido golpe en su corazón le hizo resucitar a la muchacha que todavía no vio nunca a un hombre desnudo, en el momento en que él se quitó el calzado y todas prendas superiores, las ataduras que mantenían quietas sus mangas y el largo de sus pantalones. Permaneció con éstos puestos, suponía ella que las prendas interiores serían blancas —como las de todo ninja en Jonia— y tuvo el pudor de no echarse sólo con eso al agua o le podría ver más.

Le tenía la consideración que ella no estaba teniendo, porque aún con el latir fuerte de su pecho, se había quedado observando todo movimiento, con la cantimplora sobre los labios.

Volvió, de repente y con una brusquedad sorpresiva, al pensamiento en donde se dijo a sí misma, antes, que Shen sería el tipo de hombre que ella hubiera buscado. Apuesto, tranquilo, con temple, fuerte. Lo suficiente para poder ayudarle a repeler un ejército, lo suficiente para juntarla cual cadáver entre otros miles y salvarle la vida, lo necesario para que se quede mirándole con tintes de cosas que eran muy nuevas.

Pensó, ahora, en la compañía que se habían hecho la primera semana y en todos los días consecutivos a eso, en donde siempre estuvo a su lado, de pie, asintiendo o negando, aclarándole, cuidándola y acompañándola. Pensó en esa compañía, pensó en que fue el primero que le dio esas sensaciones que no esperaba, de serenidad y seguridad.

Suspiró, viéndolo entrar al agua, pensando en la calidez de sus brazos y de su cuerpo cada vez que la abrazaba y la contenía, lo que se sintió despertar a su lado los días en que las pesadillas y los horrores le acompañaban. En ese momento también se sintió sucia por tener manchas de sangre y tierra, se sintió con una necesidad inmensa de meterse al agua y lavarse también.

Porque pensó en la calidez de Shen contrarrestando el frescor del agua y tuvo ganas, muchas ganas, de sentir eso mismo. Lo que podía o no seguir después, el cómo él podía tomárselo… ¿qué le podría hacer de mal? Le siguió los pasos y la llevó consigo sin perderle de vista un segundo. La acompañó, la rescató. Era un hombre apuesto y tenía un millón de cosas en sus actitudes que le hacían ser sólo mejor.

¿Por qué estaba repitiéndose, de repente, todo lo que ya se había planteado antes?

Dejó la cantimplora a un lado.

Se recordó entonces, casi como respuesta automática, a ella misma en los días previos a la ruina de su familia. Se recordó esperanzada, feliz, con todo lo que podía querer tener y en espera de todo lo que pudiera llegar. No era imperioso un hombre ni compañía de ese estilo, pero su madre y su abuela se encargaron de que fuera un planteo posible para su vida. No por nada, uno de los primeros pensamientos sobre Shen fue ese mismo: que hubiera sido un hombre perfecto.

En especial cuando su estómago comenzaba a burbujear de ansiedad al verle la espalda desnuda, el pelo negro despeinándose en el paso del agua por el mismo, ayudado con las manos. La sangre escurriendo lento de cada parte donde se acumuló. Era grande, tenía una espalda ancha, musculosa. Recordó las manos encima de las suyas, sosteniéndolas con cuidado.

Estaban asaltándola tantas cosas que sencillamente colapsaba en pequeños espasmos.

Tembló de manera tan perceptible, más de lo que cualquier noxiano en guerra le habría podido generar, más de lo que cualquier otro hombre le podría generar hasta ahora y en el futuro. Amar a alguien para querer estar entre sus brazos le pareció un mito enorme, porque amar a Shen estaba lejos de sus ideas ahora, la simpleza de amar estaba lejos.

Eso significaba que nunca podría estar más cerca.

La idea de que cualquier amor pudiera llegar en el futuro, estaba muerta. ¿Qué más podía hacer contra eso? Le habían arrancado de cuajo todo cuanto le representó algún tipo de ese sentimiento intenso, tuvo que pelear por recuperar los espacios que eran de su mundo. Era joven, estaba cansada y pasada de revoluciones, y de repente también estuvo cansada de esperar algo tan idóneo.

—¿Puedo ir contigo?

La consulta le llegó a Shen con claridad.

No era idiota, tampoco ella. Se daba por hecho que las cosas con ambos se trataban de una conexión impuesta. Su destino había sido marcado de antemano y la tierra que amaban les indicó desde niños, desde saber escucharla, cómo interpretar lo que quería para ellos. Sabía cómo influenciarles, cómo llevarlos al borde. Como si en el aire metiera las ideas, los deseos e impulsos para que los respiraran.

¿Qué más podía significar una pregunta así, justo cuando acababan de tener una guerra, estaban cansados más mental que físicamente, tenían deseos y admiraciones por el otro, y la barrera de confianza —a condición de la chica— ya estaba arriba, dejando acceso?

—¿Sabes lo que puede pasar? —indagó él, de todas formas.

Irelia soltó el aliento de la emoción, sintiendo que le comenzaba a arder la cara. El zumbido de su pecho era inmenso y aturdidor. Por supuesto que sabía qué podía pasar. Entendía todo, ya era adulta, no era una niña. Lo deseaba… y saberse deseada en esa pregunta a su propia consulta, le hizo hormiguear la nuca. Jonia les impulsó y se los decía, y los dos estaban al tanto de que no querían pensar en nada más.

¿Para qué?

¿Para qué tener más preocupaciones, cuando ya todo había terminado?

Se lo merecían.

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