Capítulo 12

Irelia se levantó para comenzar a dejar su ropa, el calzado primero, el armamento después, la corona que adornaba su cabeza. Se detuvo ligeramente cuando llegó a las últimas dos prendas, eran blancas también, manchadas de sangre y sudor. Le dio menos pena sólo entrar así, por lo que caminó hasta comenzar a hundirse en el río.

Shen observándola desde su lugar.

El agua le llegaba a la cintura, las gotas de agua caían desde el cabello negro a los hombros de la piel ligeramente morena. Eran gotas rosadas de agua y guerra. Ella llegó hasta él con el agua por debajo de sus senos, la camisola blanca flotando a su alrededor y siendo recibida por una sonrisa cómoda, tranquilizadora. Podían notarse sus pezones marcados al tocar el agua fría, pero el mayor le miraba a los ojos más allá de su cuerpo.

Primero, porque ya lo vislumbró mientras ella se quitaba todo para entrar, segundo, porque buscaba motivos y maneras de actuar.

El agua pasaba a través de los dos cuando él juntó agua con ambas manos y la dejó caer encima de la cabeza de ella. Irelia sonrió y soltó una mínima risa, lo suficiente para que Shen se aligere y consiguiera por primera vez notarla segura en algo que no fuera asesinar todo lo que se cruzaba en su camino, o insegura y dolida por todo lo que le atenía.

Se dio la vuelta, dándole la espalda al ninja. Éste procedió a concentrarse en humedecer su cabello larguísimo, limpiando todo rastro de los sucesos previos de ahí, recibiendo la ayuda de Irelia cuando se hundió en el agua y permitió que todo el cabello quedara a disposición de ello. Las manos de Shen le ordenaron las hebras, las repasaron gentilmente hasta que dejó de soltar tizne rojo.

En cuanto ella volvió a levantarse, le notó la respiración temblar. La presión sobre sus hombros era caliente en comparación al frío inicial del agua. La noche estaba demasiado iluminada por la luna llena como para que no pudieran verse claros, pálidos y en confianza. La presión del pecho masculino sobre su espalda le hizo erizarse por completo, más en el agarre a su cintura que reptó con candor por su piel, más en el abrazo finalizado en la presión de la mejilla contraria sobre su cabeza.

Shen llevó una mano a su pecho, e Irelia demoró unos cuántos segundos en darse cuenta de que no estaba tocándola, sino sintiendo su corazón.

—Tranquila.

¿Cómo podía tener tanto orden en su interior y darle tanta confianza? El punto al que estaba por llegar con él estaba haciendo que olvide todo, era lo último que quedaba de la niña que ya dejó de ser. En esta ocasión, la niña no estaba llorando por irse, más bien estaba ansiosa por lo que llegaba, por saltar al abismo. Quiso pensar en si la muerte era igual, si en principio sufrimos pero después nos alegramos, porque su yo estaba abandonándola junto a todo lo que le quedaba de su hogar.

La respiración cálida sobre la curva de su cuello fue concienzuda y tibia, el desliz por debajo de su prenda superior, para alcanzar su vientre y el contorno de sus pechos, le hicieron querer retroceder hasta que acabó pegándose más a él. Llevó sus propias manos sobre las contrarias y suspiró.

Luego del suspiro, su respiración partió a un ritmo mucho más acelerado.

Iba a disfrutarlo. Lo pensaron los dos casi a la vez.

Ella le pareció hermosa desde la primera vez que pudo contemplarla de manera diferente a la inicial. Le pareció muy fuerte y respetable, la admiró en su proceso veloz de convicción durante un tiempo que parecía mayor a lo que fue. Como si conociera a Irelia de toda una vida diferente y no fuera sólo esta vez que deseaba apreciarla así.

Ganas contenidas de un tiempo que no existió entre ellos, pero que brotaban insaciables.

—¿Sólo así está bien? —No se veía haciendo nada, y era la primera vez que pasaba por todo eso.

—Prometo quitarte todas las dudas que tengas, pero en principio confía en mí, por favor.

Ella le miró, por encima de su hombro. ¿Confianza?

Se leyó en sus ojos azules el «como si no tuvieras ya toda la confianza que tengo». Palabras que hubiesen salido de su boca, si no fuera porque encontró fuego crepitando con fiereza en los ojos de Shen, que la cohibió tanto como le hizo notar removerse las entrañas con calor.

Le tomó del mentón y acercó su rostro a besarla, un suave roce que pronto hizo a Irelia girarse y alzarse en puntas de pie para abrazarle por los hombros, para buscar probar más del gesto. El ninja se inclinó con firmeza sobre ella, a devorarle los labios con claras ansiedades y contenciones que la misma Irelia sentía corresponder con hambre. Se entregó por completo a lo que dictaran los labios de Shen, que se movieron hábiles y cada vez más confianzudos, robándose su aliento hasta que comenzó a olvidar todo.

Se notó la necesidad de ambos explotando.

Ninguno pensó más en lo que fue la guerra que dejaron atrás.

Sus manos se hundieron en el cabello negro del hombre, que le sostuvo para levantarla y dirigirse fuera del agua.

Habría muchas, muchísimas, veces en que la mujer iniciaría a preguntarse si fue por Jonia realmente o porque ella estaba desesperada por tener el calor que ese hombre le brindaba. Porque era la misma tibieza que le generaba su vida antes, era la misma de la que se sintió extirpada. Y quería envolverse de ella hasta que le quitara todo frío y remordimiento. Toda amargura y malestar.

Era como volver a su hogar, la presencia de ese hombre. Era ser recibida con la animosidad y felicidad de todas las personas que amó y amaría de por vida, sólo que encontrado en un ámbito distinto. Esto estaba siendo entre sus brazos, mientras le tocaba, la besaba y se borraban las sonrisas en medio de los mismos besos.

El monto de ropa fue donde la llevó, donde todavía tenían el agua cerca. Se permitió recostarse y mirarlo desde abajo hacia arriba.

No le tenía miedo a él ni a lo que ocurriría, sólo quería que no la suelte hasta que la confianza volviera y sintiera en definitiva que estaba llena de todo el calor que necesitaba para dejarse ir sin temor al mundo. Como una despedida a su hogar vuelto llamas, como una bienvenida a otro tipo de lugar seguro sobre el que ya estaba ansiosa por llegar.

Él abrió sus piernas, con una caricia húmeda y desde las rodillas hasta sus caderas, le sintió entre ambas y gimió con suavidad en cuanto los besos soltaron sus labios y tocaron su mentón, después bajaron a su cuello; las manos enganchando los bordes de su ropa interior para descenderla y quitarla. Una mínima tensión que se relajó cuando la palma del mayor acarició su vientre y se alzó hasta llegar al borde de sus senos.

El cuerpo de Irelia era hermoso y le encendió como fuego a las brasas más generosas. Su piel era suave y se notaba completamente reservada, inclusive para sí misma. Acunó uno de sus pechos, todavía repartiéndole besos en su cuello, en sus mejillas, aceptando el resoplar de sus sonrisas nerviosas y capturando sus labios cuando iba un paso más allá.

Descendió de su seno por toda la línea de su estómago, su vientre… llegó al pubis con ligeros reparos al ir notando que se tensaba; no se detuvo para avanzar por encima de la curva que le llevaba al centro de sus piernas. Le rozó para abrir sus labios vaginales con suavidad, buscando el punto que comenzó a estimular sin demorarse. Las piernas de Irelia se flexionaron a cada lado de su cuerpo y gimoteó con vergüenza, pese a que suspiró para permitirle avanzar y tratar de relajarse.

La notó tensarse, la notó incómoda por completo en cuanto su pulgar comenzó a hacer círculos, presionando con ligereza para comenzar a estimularla sobre su clitoris.

Ella podía sentir la extrañeza, el hormigueo de la excitación y el cómo todo le hacía comenzar a tensarse en cuestión de segundos. Era un placer diferente si otra persona la tocaba, era distinto si pausaba y parecía saber cuándo ella necesitaba más. Ni siquiera hizo más que abrir la boca y soltar un jadeo cuando uno de los dedos entró a su cuerpo a medias, envolviéndose de la humedad producto, mucho menos cuando todavía seguía rozando su clitoris.

La palma de Shen se frotaba contra su pelvis y el pubis, rozando los labios en tanto su dedo le penetraba para ablandar la zona. El aludido se encontró pronto apoderándose de todo trozo de piel al que llegase su boca, en conjunto los labios de Irelia, que con los sonidos tiernos saliendo de su garganta le iba indicando su goce.

Le hizo gemir con más fuerzas en cuanto deslizó su segundo dígito, presionándolos dentro y retirándolos al instante siguiente. Shen le terminaba de desnudar con una súbita impaciencia y desesperación entretenida a la vista de sus ojos cristalinos. Le ayudó con eso, siendo la boca cálida pegándose a sus senos lo que le recibió al aire libre. Apenas entonces pudo volver a rodearle el cuello con los brazos, apretando una de sus manos en la espalda ancha que le cubría.

Sus pechos resultaron sensibles a su manera, o era que todo en conjunto le hacía comenzar a desprenderse de la consciencia. Shen notaba la humedad de la mujer en su mano, que regresó entre sus piernas a frotar y rozar lo blando que le dejó momentos antes; Irelia le notó frotar sobre la excitación y la firmeza de su calentura, por lo que apretó los dientes y soltó un suspiro que escondía un gemido suave. La podía ver jadeando, le notaba en su actitud física que estaba entregada a todo lo que buscaban hacer.

¿Y por qué?

Porque querían.

¿Qué más daba la vida cuando sólo se tenían a ellos? ¿Qué importaría que el mundo desaparezca en ese momento?

Él era el hogar que ella necesitaba tener, ella era la compañera que él necesitaba tener.

Sería el mantra y realidad que los perseguiría siempre, el mismo que los envolvió desde que se vieron por primera vez.

Fuera o no fuera un destino pedido y traído a voluntad, ahora ellos sólo lo expresaban. Irelia sabía que todo tipo de acción que cumplía hubiera sido escandaloso, pero no tan inconscientemente sabía también que todo ocurriría de la misma manera. Con o sin Noxus. Con o sin su familia. Shen también tenía el mismo pensar, no por nada las cosas iban en ese rumbo.

Irelia le tomó del rostro y le arrastró sobre el suyo, besándolo con ganas y permitiendo los jadeos temblorosos salir sobre los labios del hombre; quien en seguida hubo avanzado preso de la misma ansiedad a ordenarse sobre ella.

En el momento en que sintió al hombre rozar su erección entre sus piernas, el agarre de Irelia bajó a sus hombros y se hizo más intenso. Miró entre ambos y dedujo el miembro del mayor ahí, hinchado e imponente, frotarse contra su humedad y provocando en la fricción un nuevo cúmulo de escalofríos. Shen llevó los labios en medio de sus pechos entonces, una de sus manos sostuvo su erección para comenzar a guiarla dentro de la mujer.

Una humedad caliente, muy en contraste con la del agua en sus pieles.

—Relájate… sólo dime si quieres que me detenga, lo haré en seguida.

—Está bien —titubeó, permitiendo la boca del mayor en la suya, un beso más hambriento que delataba la contención de él en todo lo que el proceso conllevaba: el proceso de cuidar que no la pase mal en ningún sentido. Soltó el aliento y dejó que sus piernas se relajaran, cayendo más laxas a ambos lados del hombre para darle todo el espacio que necesitara.

Se dedicó a observar entre ambos cómo sus cuerpos iban uniéndose y cómo la presión le llenaba todo cuanto no había sido tocado antes. Se sentía grueso y caliente, haciéndole alzar la voz en un quejido lastimero por el ardor de la presión que le abría; generando una apertura diferente a la de sus dedos antes. Shen lo hizo lentamente hasta finalizar la penetración, un gesto apaciguado y de donde se tomó un instante para ver las expresiones de Irelia.

Con claridad, toda contención en este momento estaba siendo gracias a su propio temple, tener a una mujer gimiendo y con la respiración acelerada debajo de su cuerpo, con paredes mojadas apretándole la erección y siendo además quién era, era mucho plus para darle pie a un hambre avasalladora por moverse y llegar a todo. Era en este aspecto bastante único, en donde el instinto humano más recae, en donde su control podía irse al mismísimo carajo.

Aún cuidadoso, comenzó a moverse. Ella era lo suficiente resistente como para que la molestia fuera como lo iba deduciendo —no te mataba, no era inmenso, no era más que un raspón inesperado del que te olvidas con el pasar de los segundos, conforme la presión interna se volvía más picante—, el desliz de ese miembro rozando su interior podía considerarse tan extraño y caliente que no podía descifrarlo. Era consciente de su humedad bajando y de la presión que significaba, así como Shen lo era en demasía de la estrechez.

Nunca podía descifrarse exactamente lo que la primera vez produce. Es nuevo, es extraño y no sabes si te gusta o necesitas otra prueba. Sólo sabes que tu cuerpo parece estar bien con eso, y en ese momento el cuerpo es el que siempre manda.

—¿Y bien? —Shen consultó cerca de su rostro, inclinándose lo suficiente para que removerse no generara un problema, e hiciera que Irelia echara la cabeza hacia atrás en un jadeo profundo. Sintió el cuerpo de la mujer temblar de anticipación y vio el agarre de sus manos ir a las prendas debajo de ambos, empuñando las mismas y comenzando a asentir con la cabeza.

—Tenías razón —masculló Irelia.

Se sintió muy bien oírlo.

—¿Continúo?

—Sí, por favor… —Sutil el meneo hacia arriba, buscándole más movimiento.

«Por favor».

Era inquieta y sus piernas se apretaron a sus costados demostrándolo, Shen quiso lanzarse de una vez, pero la noche sería larga y el resto del día siguiente serían mejores tiempos. Tendría tiempo para poder hacerlo.

Los vaivenes empezaron lentos, comenzando a avanzar más conforme los jadeos y asentimientos de Irelia le indicaban que podía continuar. Era difícil contenerse cuando la mujer le había vuelto a abrazar y comenzó a sentir que sus paredes internas se contraían a su alrededor, apretándolo deliciosamente.

En algún momento, todo ruido que ella hacía le generó la suficiente consciencia para darse cuenta de que estaba llegando a la rienda suelta, lo mismo le bloqueó cualquier tipo de detenimiento. Ella no lloraba, no sufría; estaba gozando y pasándolo bien. Gemía con calidez su nombre, sus suspiros se volvían jadeos y una armonía tentadora, eclipsante. Toda una vorágine que alimentaba más y más.

Irelia sentía que el cúmulo de placer se acrecentaba con cada embiste, notándose apremiante cuando lo repetía en cierto ángulo que el ninja parecía asertar bastante.

El orgasmo llegó a Shen con liberación, la sensación de la misma tensando su cuerpo y llevándolo al punto de cúspide necesaria. Ella no contempló ese punto de altivez, pero sólo tuvieron que mirarse, con las respiraciones aceleradas y sus rostros rojos, para saber que no iba a finalizar ahí nada de todo eso. Quedaba tiempo, quedaban horas, hubieran tenido una vida si las circunstancias no hubiesen sido así.

Definitivamente Irelia conocería los orgasmos, así como todo el cuerpo de Shen y su propia voz entrecortada y jadeante. Distintas perspectivas y un montón de enredos con diversión de por medio.

Todo el río, todo ese lugar, todo el tiempo que pasaran juntos ahí, que fuera testigo de las horas y horas que pasaron juntos en vilo y descansando del mismo, todo quedaría patentado en los dos para siempre, sin recelos y sin cuestionamientos.

La decisión de Irelia de irse a contemplar el frente y el cómo animaría a las tropas nuevas fue bajo la misma de regresar cuando sintiera en falta su presencia. Shen no iba a seguirla a una zona de guerra, él debía buscar a sus pupilos escondidos por Jonia, tenía que centrarse en ubicar un lugar seguro para ellos y para sí mismo.

Fueron más de veinticuatro horas intensas, más de ocho de sueño, más de tres en despedirse.

Pero saber que se reencontrarían era todo lo que precisaban para permitirse cada uno un camino distinto.

.

En todas esas horas, Zed había viajado hasta su hogar nuevamente.

Los tres meses siguientes fueron expectativas felices y abundantes para su templo y su propio matrimonio. Ya sabían el nombre que tendría, porque Yevnai no dejó pasar ni un poco de tiempo para decidir que su hijo sería varón —aunque no supiera realmente y sólo alegara que lo presentía, suficiente para no rebatirle a una mujer embarazada—, prepararon la habitación que utilizaría con todas las necesidades.

—Deseo para él una vida tan cómoda y feliz —dijo la mujer, envolviendo con cariño su vientre.

Más tarde, Zed pensaría que haber aceptado ese deseo, fue como aceptar una maldición.

En el momento donde su esposa comenzó a entrar en labor, todo se complicó. Los sanadores se agrupaban alrededor de la mujer para controlar su estado; la palidez era demasiada para sólo ser la de una mujer que daba a luz. Sus fuerzas se veían menguantes y lloraba lágrimas con alaridos de un dolor mucho más inmenso del que debería presentar.

Todos eran signos de una mala condición.

Pero tampoco hubo mucho tiempo para nada.

Yevnai entró en labor en horas de la tarde, en sólo dos horas más estaba tendida y gritando mientras pujaba. Su fuerza utilizada hasta el desgaste mismo. Zed observando todo con la mayor sensación de inutilidad jamás sentida. Los sanadores no tuvieron tiempo de dormirla, de intentar una cirugía improvisada cuanto mucho.

Su esposa simplemente dio a luz con esa rapidez.

Kayn nació cuando el sol se escondía, un reflejo naranja se propagaba por el cielo y hacía brillar el duelo en los ojos de todos los presentes en la sala. Eran dos sanadores y Zed, con Yevnai en su cama, con su bebé en brazos, amamantándolo. Parecía ser la única que velaba por el niño, al que besaba y susurraba palabras que esperaba se quedaran con él por siempre.

«Sé libre, cuídate y defiende tu propia felicidad».

Zed no podía sino mirarlo como si acabara de ser un intercambio amargo.

Habían pensado con Yevnai en hijos, varios hijos. Acababan de decirle que estaba sangrando internamente y que no sólo no podría tener más hijos, sino que moriría pronto. Cualquier tipo de magia debió de haberse usado previo al nacimiento para evitar los daños, pero el mismo no les dio tiempo a revisiones y, tratar de sanarla ahora, con la debilidad de la falta de sangre y del reciente parto, sería de todas maneras una invasión aniquilante para el cuerpo.

El líder de las sombras sólo observaba a su esposa hablar con su hijo, sintiendo sus propias lágrimas acumulándose en sus ojos cubiertos.

—No te olvidarás de él, ¿verdad?

—No voy a perderlo de vista un segundo.

—Deberás dejarlo andar cuando tenga los mismos arranques de enojo que tú.

—¿Cómo estás tan segura de que será así?

—Porque no estaré para medirlo y serás su ejemplo en todo.

Lo decía con tanta aceptación y resignación al hecho. Los sanadores se fueron y los dejaron a los tres solos, Zed no tardó en quitarse la máscara para dejar salir las lágrimas. En principio, el terror había sido perderlos a los dos, cuando Kayn lloró fue recompensado con una seguridad absoluta sobre que todo seguiría bien a partir de ese momento. Hasta que le dijeron que Yevnai pendía de un hilo que poco a poco se cortaba.

Tuvieron tiempo para despedirse, mucho menos del que ambos querían.

Estuvo junto a la única mujer que amó hasta que se quedó dormida y no volvió a despertar nunca más.

Tuvo a su hijo en brazos hasta que comenzó a llorar y debió salir a pedir ayuda, que trajeran una nodriza para volver a llenar su apetito y angustia. Porque el niño estaba sufriendo aún desde el despertar y no estar en el seno de su madre, como todo niño que llega al mundo y se descubre por completo sin nada a lo que aferrarse, nada conocido. No tenía el latido de Yevnai, no tenía la tibieza de ella, ni siquiera bebería de su leche más que la primera vez.

Y la única voz que pudo haber reconocido desde antes de nacer, estaba demasiado angustiado y perdido como para hacer otra cosa más que llevarlo un rato al día en sus brazos, velarlo mientras dormía y poner todo tipo de restricciones para que ningún peligro lo aquejara en un tiempo donde estuviera tan pequeño y delicado.

La felicidad no estaba en las personas, porque las personas lo abandonaban.

Había liberado esta tierra para que su hijo naciera con la misma libertad, la que su madre le deseó, y la misma sobre la que Zed se contradijo al encerrarlo desde el comienzo por sus propios temores e inseguridades. Kayn no podía sufrir lo mismo que él sufriría, no podía ser el niño que él fue, no iba a formarlo para que sea diferente, lo formaría para que no fuera una traición, ni una pérdida, ni otro dolor.

Era suyo y todo lo que tenía.

«La libertad es un concepto de posiciones».

Una excelente mentira para las almas aterrorizadas que temen seguir sufriendo. En especial para quienes no quieren volver a perder, y para los que quieren evitar nuevamente la sensación de pérdida y traición. Porque si la traición que él mismo impuso sobre su templo de crianza se sintió tan denigrante, si eso hizo que la mirada de Shen y de su padre fuera de una decepción tan grande, tan arrasadora… ¿qué podría llegar a sentir si su hijo tomaba el mismo camino?

No podía concebir la idea de acabar con su vida, siquiera de hacerle un poco de daño, siquiera pensar que otra persona le pudiera hacer daño. Por eso tendría todo el poder con el que él no nació, tendría todo para volverse la persona más fuerte de Jonia, todo para asumir su postura y nunca tener que mendigar, nunca sufrir —aunque ésta fuera una parte inevitable de la vida, y no supiera que sería quien más le generaría sufrimiento en el futuro, por causa de sus acciones—.

Sólo podía pensar en que perderlo no pasaría.

Olvidándose que, como bien enseñó Kusho una vez: encerrar a las almas sólo hará que, al probar la libertad, no vuelvan al encierro jamás.

.

En todos esos meses, más concretamente en el mismo mes donde Kayn se encontraba naciendo, Shen se había dedicado a entrenar a sus pupilos en una zona descampada del norte de la provincia sureña en reconstrucción. Había encontrado también un pueblo pequeño y pasivo, perdido entre bosques mágicos, senderos tranquilos y llanuras de cultivo aceptados.

Su templo nuevo se irguió en medio de los montes lejanos, recibiendo a los nuevos jóvenes que comenzó a entrenar. Por mientras en un claro inmenso dentro de los bosques, saliendo del pueblo, comenzó a construir una casa. Los viejos dueños del lugar no habían tenido problemas en ceder esa zona a alguien que participó en la guerra y convinieron con él sobre la realidad: era un lugar escondido, las posibilidades de encontrarlo se volvían menores.

Sería su lugar seguro, cuando no fuera necesaria su presencia en el templo.

A mano de ninja, levantó las paredes de una cabaña pequeña, sobre cimientos fijos y firmes. Entrenó su fuerza y meditó alrededor de todo el predio para pensar en cuál zona sería mejor poner las cosas de entrenamiento, acarreó lo necesario para subsistir entre cuatro paredes y un pequeño baño donde estuviera cómodo. Para sí mismo era suficiente y no pretendía tampoco que se volviera un lugar inmenso.

Por sólo un momento, consideró hacer una habitación, pero lo minimizó cuando se distrajo en sólo disfrutar la soledad y la paz de vivir allí. Fueron dos meses y medio de serenidad, entrenamiento calculado, planes y guías para sus alumnos, un popurrí de cosas para el hogar que erguía. Suficiente para saber que tenía un lugar para volver, para recibir, para escapar.

Tenía cerca un río, había bosques y el viento hacía que las ramas se oigan al atravesarlas, todo alrededor del predio amplio.

Sus corazonadas nunca eran por nada.

La neblina del otoño presente cubría todos los alrededores hasta volver incluso lúgubre la oscuridad entre los árboles. Bajaban las nubes cuando la noche caía y el frío contemplaba el calor del suelo. Una caricia de dos mundos que generaban uno nuevo. Y fue en medio de esa niebla, en posición de loto, con los ojos cerrados y en completa armonía con su propia espiritualidad, que algo calzó repentinamente en su mente.

Le hizo abrir los ojos con rapidez.

Se mantuvo sereno desde la sombra; allá a varios metros, perdiéndose casi en el espesor hubo movimiento.

Vio una figura que aparecía entre los troncos de los árboles y avanzaba en su dirección; no hubo conflicto, ni aceleraciones, sólo tomó en cuenta la posibilidad de un ataque por el mismo tiempo que le tomó darse cuenta de que se trataba de una sola persona, y que su tranquilidad ante una presencia extraña allí no se había alterado realmente.

Supo que era Irelia antes de que ésta llegara por completo ante su vista.

Abandonó la posición de loto para ponerse en pie, la chica llegó sobre sus cuchillas, usándolas debajo de sus pies para que le lleven en el aire con mayor velocidad. No se sorprendería de que todo el viaje lo hubiera gastado en ello para llegar más rápido. Irelia se encontraba en las fronteras del sur, por lo que sabía, no esperaba que apareciera tan rápido a buscarlo ya que no estaban tampoco tan lejos.

—Bienvenida —El recibimiento fue pausado, porque la mujer bajó de su movilidad improvisada y volvió a su estatura menor, sin dejar de observar la cabaña pequeña que Shen utilizaba para pasar las noches. Le miró bajo la luz de un centinela colgado en la puerta de entrada, con una expresión bastante indescifrable.

Ya el mutismo era difícil de entender, así como su presencia.

—Si en algún momento pensé que volverías, no esperaba que fuera tan pronto ni en estas horas —Buscó conversación, sacando del letargo en que Irelia permaneció al llegar y observar la estructura.

La nostalgia por el lugar y la forma de todo… exceptuando los bosques que rodeaban, era muy similar a la granja donde vivía con su familia. Difiriendo en el tamaño, claramente. Se despegó de ahí para observar al hombre, que esperaba con paciencia su respuesta.

—No pensé en horas convenientes para llegar —Shen le había enviado la ubicación en que estaba tiempo atrás, tanto de su templo como de su nuevo hogar. Acordaron continuar en contacto y seguir tratándose después de despedirse en la zona de guerra, eran promesas que él distaba de obviar—. Tengo que decirte algo.

En esa sola frase, un deje de la mujer que confiaba en él más que en nadie, acababa de aparecer, y todo se volvió a sentir como si no pasara tiempo mediante. El ninja se relajó casi en seguida, buscando transmitirle lo que parecía necesitar ella. Más confianza de la adquirida era imposible, pero mostrarse sereno solía ayudarle a que hable con mayor soltura.

Hubo un instante, durante el silencio, en que Irelia pareció alzar una de sus comisuras en una expresión que parecía de diversión, pero que derivó a toda la consternación que podía caberle. Incluso él pensó en el tiempo que había transcurrido desde la última vez que se vieron, pero no quiso abrir su mente a las posibilidades. Eran varias, y sólo una calzaba bien con todo como acontecía.

—Estoy embarazada.

Lo dijo con claridad y sin titubeos. Casi como quien se desliga de un problema al decirlo y trata de verse todo lo adulta y responsable que puede. Pero pasó poco para que su entrecejo se arrugue y el atisbo de preocupación barriera todo, descubriendo el susto interno pese a la gracia que parecía darle la situación. En parte fue agradable que algo de ella lo tomara a chiste, porque Shen sólo se había quedado en silencio.

Aceptando todo.

Yendo a envolver a la mujer de su vida con sus brazos para quitarle los pesares y componerla, regresarla para regresarse ambos a la felicidad pautada.

Había puntos determinados que nunca sabrían por qué razones a fondo ocurrían, aún si en el momento fuera una idea pasajera. Ellos nunca esperaron conocerse, partiendo. Todo lo que llegó después no fue más que lo que el destino les quiso traer.

Qué bueno que supieran tomárselo con sabiduría.

Era divertido, cuando ya pasaron unos días con ella durmiendo a su lado en posición fetal, insegura hasta de cómo respirar en su nuevo estado, pensar en su despedida después de horas haciendo el amor.

Shen estaba seguro de que ella también creyó lo mismo: su conexión era grande y nunca más volvería a romperse, probablemente volvieran a encontrarse y la lealtad por el otro jamás disminuiría. ¿Algo más al respecto de sus horas placenteras y de cúspides donde no había nada de dolor innecesario? Quién sabía, ¿verdad?

Nunca pensaron que esa conexión les seguiría pasando factura para estar juntos, aunque convivir para ambos no fuera un problema ni siquiera desde el primer día. Tampoco lo fue cuando poco a poco Irelia comenzó a añadir cosas en la casa, ni cuando por ella fue que comenzó a alzar dos ambientes más en la cabaña; pequeños pero necesarios.

No había quejas a la hora de repartirse los quehaceres, no había rebatir sobre lo que el otro hacía en su espacio independiente. Dormían juntos porque ella estaba aterrorizada las primeras noches, pensando en tantas cosas que no le dejaban dormir. Y, justo salido de su parte y por Shen, parecía que la criatura que crecía en su interior le hacía sentirse mejor si lo tenía cerca.

Pensó mucho en los entrenamientos pesados que hizo los primeros tres meses de embarazo, en que no sabía propiamente de su estado.

Al salir al camino que tomaba a las fronteras, donde un tropel de hombres le esperaban para aguardar por sus directivas y comenzar las formaciones de seguridad y armamento, lo hizo con la convicción y emoción entregadas a la vida nueva que comenzaba a vivir. Tener motivos para vivir, haber salido de una entrega física y recreativa con la única persona que quedaba a resguardo de su cariño, ir ya con las ideas sobre cómo comenzar, tener el objetivo de cómo ir organizando... las noches con Shen fueron consuelos a las heridas dolorosas en su cuerpo y corazón, como bálsamo que sana instantáneamente una herida en mal estado, para que continúe cicatrizando sin altibajos.

Había perdido todo, se encontró con él —que rescató lo que necesitaba de sí para continuar con vida—, lo hizo parte de su lista por lo instantáneo del lazo que se formó entre los dos —algo que quedaba fuera de su jurisdicción—. Le contuvo lo suficiente para que ganara convicciones, le acompañó y defendió con lealtad para enseñarle que no estaba sola, que le hizo volver a su cuerpo al arrastrar a flote a la mujer naciente en el mismo y en su mente.

Salió de su despedida con ganas de vivir, de saber que podía haber otras cosas para llegar a disfrutar, fuera de la compañía de Shen.

Y cuando acabó con un rendimiento físico menor al usual, la sanadora que se encargaba de atender sus golpes de entrenamiento le consultó sobre si era probable que estuviera embarazada.

Porque Irelia no distinguía a nadie de manera sexual a su alrededor, ella era la directora de orquesta y se notaba lo reacia a cualquier tipo de contacto físico o emocional que cualquier persona intentara. No era novedad, nadie podía ganarse a alguien que dejó caer lo último de su confianza en manos de otra persona, lo último de su seguridad.

Ella jamás podría volver a confiar en alguien, ni sentirse por completo segura con otra persona. Ni hombres ni mujeres iban a poder doblegar, además, la barrera que le hacía sentirse cómoda. Simplemente no quería saber nada sobre sentimentalismos amorosos en un mundo donde podía perderlo, y el desapego por ese tipo de relaciones no le fue de afectar, ni siquiera un gramo de necesidad por repetirlo —mucho menos con cualquiera—.

Por ende, la consulta de la mujer que detuvo las manos encima de su vientre, le dejó congelada.

Había entrenado sin parar desde que llegó a la frontera.

«Guarda el secreto de todos».

En ese lugar, Irelia era la directora (otra vez), no iban a llevarle la contraria.

Por otro lado, la misma sanadora fue con ella hasta el pueblo cercano en donde moraba Shen los días de descanso. Por seguridad, prefirió tenerla cerca de sí por si ocurriese algo. Encontró dónde permanecería y ella continuó camino, hacia donde sentía cerca a su compañero.

Volvía a agradecer mil y cientos de años el habérselo encontrado a tiempo, porque no podría conseguir ese tipo de persona en ningún otro lado. Sabía Jonia que ella era una buena mujer que padeció horrores, cuidarla significó ponerlo en su rumbo para que no la juzgue y le cuide las espaldas.

Shen estuvo más de un mes para convencerla de que el sobreesfuerzo no dañaría a la criatura, que ya ahora estaba cuidándose y tomando medidas, que ya no necesitaba preocuparse por demás. Tenía tres meses de embarazo cuando llegó a su puerta y volvió a colapsar por no saber qué demonios hacer.

Su embarazo, pasado el primer golpe de shock, comenzó a ser pacífico apenas cuando llegaba a los seis meses. Las comidas se volvieron sus mejores y peores amigas y enemigas, al igual que los olores y las ausencias de Shen.

Hubo veces en que quiso mandarlo al demonio, en especial las primeras semanas juntas donde incluso tuvo el tino de querer echarle en cara de que la situación fue su culpa. Cuando no, llegó a callarse, porque fue ella quien se metió al agua, lo buscó y dejó que todo siguiera su curso.

Incluso más, poco antes de saberse encinta, todo lo que ocurrió en manos de ese hombre había sido de gratitud. Y pensar que ahora, después de todo, llegaría un ser que era suyo, de su confianza y amor personificados, que tendría la presencia de una familia propia...

Shen la encontró llorando muchas veces cuando volvía de sus días en el templo, como una niña que tomaba cualquier excusa para hacerlo. Que se fuera, que no se fuera, que las náuseas, que los olores, que sintió movimiento superficial y llevó sus manos grandes encima de la panza redonda que ya crecía sin altibajos.

Porque serían padres.

Porque los dos estaban segurísimos de que no habían podido encontrar un mejor prospecto para ello.

Porque no importaba si su amor era más que la simpleza del romance y la demostración física, o si su relación no incluía las cosas de una pareja —porque no eran una pareja, eran compañeros, y el compañerismo es distinto incluso en eso—.

Porque cuando naciera su hija, luego de toda una madrugada de contracciones y en manos de Shen, los dos sabrían que se tendrían en eso y para todo, por si no les había quedado claro.

—Akali —dijo ella.

—Divino —aludió Shen al significado.

Los dos miraban a la bebé dormir encima de su cama, con la atención de quienes no saben exactamente qué hacer y cargan responsabilidades sobre las que ignorarían casi todo, si no fuera porque Irelia tuvo hermanos menores y porque Shen sabía oír y aprender.

—La luz brillante —Irelia continuó.

—Y alegre —finalizó Shen.

Era todo lo que «Akali» significaba para ellos.

Algo divino, una luz brillante, alegría.

Y su hija.

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