Cuando tenía 18 años—parte 3.

Unas horas después, se encontraba sentado en aquel parque, con su pequeño bastón que le evitaba chocar con todo a su paso. Los sonidos familiares del entorno la tranquilizaban, pero su corazón estaba inquieto. Ese día, más que ningún otro, el silencio le pesaba, y cada paso que daba resonaba en su mente con un eco de soledad.

Hubiera querido pasar ese día con su mejor amiga, Ayame, la única persona que parecía entenderla sin necesidad de palabras. Sin embargo, desde que comenzó una falta grave, Ayame fue enviada a un internado de señoritas para reformarse, según sus padres. Desde entonces, solo se reunían una vez al mes, y aunque sus encuentros eran fugaces, eran un bálsamo en su vida. Recordó con tristeza cómo solían compartir risas y confidencias, preguntándose si alguna vez volverían a ser las mismas.

Como era costumbre cada día, empezó a escuchar la melodía de aquel violín tocado por esa persona, un músico solitario que, aunque nunca había cruzado palabra con ella, parecía conocer cada rincón de su alma a través de las notas que emanaban de su instrumento. Pero esa ocasión fue diferente; La melodía no fue cualquiera. Como si el destino lo hubiera dispuesto, sus ojos comenzaron a cristalizarse al reconocerla. Era Futari No Kimochi , la canción favorita de sus padres. Aquella melodía, cargada de memorias, rasgó las barreras que había levantado alrededor de su corazón.

Con la voz temblorosa y el alma expuesta, susurró la letra que tanto significaba para ella:

—El cruel viento
—Permanece en la punta de mis dedos
—Me recuerda
—A una promesa rota e incumplida
—Con una sola palabra nos despedimos

Las palabras se quebraron en su garganta, y sin poder contenerse más, rompieron a llorar. Por primera vez desde el incidente, se permitió ser vulnerable, dejándose llevar por el torrente de emociones que había reprimido durante tanto tiempo. En ese momento, se sintió pequeña, rota, como una hoja al viento, y por primera vez en su existencia, sintió que no tenía que fingir estar bien.

Intentó ocultarse entre sus rodillas, buscando un refugio en sí misma, deseando desaparecer en el mar de su tristeza. Pero estaba tan concentrada en esa acción, tan absorta en su dolor, que no notó cuando aquel que nunca hablaba y solo tocaba melodías se acercó a ella. La suavidad de su voz la descubrirá, un sonido cálido en medio de su tormenta interna.

—¿Estás bien? —cuestionó con una voz serena.

—Yo... —Intentó responder, pero las palabras se quedaban atoradas en su garganta, quemándola mientras las lágrimas seguían brotando sin control.

No supo en qué momento él se acercó aún más y, con un gesto inesperado, acarició su frente. Ese simple acto, insignificante para cualquier otro, fue un bálsamo para su alma herida. Le hizo sentir que, por primera vez, no tenía que fingir más.

—No llores —dijo con una voz seca, que aunque parecía fría, en el fondo ella supo que escondía una intención consoladora.

—Gracias —respondió, tratando de esbozar una sonrisa entre sollozos.

Él, con su estilo característico, añadió:

—Sabes que te veías fea llorando.

En lugar de ofenderse, el comentario fue como un pequeño chocolate que calentó su corazón, yendo consigo un atisbo de alegría en medio de su dolor.

— ¿Cómo que fea? —dijo en un tono fingidamente molesto, tratando de ocultar su sonrisa—. ¿Te parece bonito?

—Hmm... —Fue todo lo que recibió de respuesta, un resoplido seguido por el susurro del viento y unos pasos que se alejaban lentamente.

Desesperada por no dejar que se marchara tan pronto, sintió el impulso de detenerlo.

—Espera... —No quería que se fuera aún; deseaba escuchar de nueva esa canción—. ¿Podrías tocar Futari No Kimochi otra vez, por favor?

-No.

—Por favor —rogó, sintiendo cómo su corazón latía con desesperación.

—No quiero verte llorar de nuevo.

—Solo hoy quiero escucharla. Representa mucho para mí —pidió con una voz apenas audible, cargada de súplica.

—¿Por qué?

Ella dudó por un momento, sin saber si podría compartir un dolor tan íntimo con alguien que apenas conoció, pero la necesidad de revivir esos recuerdos fue más fuerte.

—Es una de las pocas cosas que me hacen recordar a mis padres en este día. Hace ocho años, ellos se fueron de mi lado... un día como hoy.

—¿Por qué deseas recordarlos? —preguntó, y esa simple pregunta resonó en su interior, desafiándola a confrontar un dolor que había tratado de enterrar durante tanto tiempo.

Después de años impidiendo esa canción, ahora quería, a través de ella, sentirse cerca de sus padres una vez más. Necesitaba ese lazo, por tener que fuera, que la conectara con lo que alguna vez fue su vida.

—Por favor, hazlo por mi cumpleaños —confesó finalmente, con un hilo de voz que se desvaneció en el viento.

El silencio que siguió fue tan profundo que por un instante temió que él se hubiera ido, dejando su petición sin respuesta. Pero entonces, unos minutos después, la melodía del violín comenzó a llenar el aire nuevamente. Al escuchar las primeras notas, levantó la cabeza, tratando de dirigir la mirada hacia donde creía que él estaba. Sabía que él la observaba, quizás comprendiendo la magnitud del gesto que estaba haciendo por ella.

La melodía era hermosa, transportándola a un tiempo donde la vida era sencilla y su mayor preocupación era qué vestido ponerse para correr por los campos recogiendo flores para sus padres. Cada nota era un eco de risas perdidas, de abrazos cálidos, y de un hogar que ya no existía. Esa música, en su dolorosa belleza, era la única forma de regresar a aquellos momentos fugaces de felicidad.

Toda la tarde la pasó así, sumergida en la música del violín, que se había convertido en su adicción. Esa música, y esa persona que la tocaba con una sensibilidad tan aguda, eran lo único que la mantenía anclada al presente, mientras sus pensamientos vagaban por un pasado que jamás podría recuperar.

Cuando la última nota se desvaneció en el aire, supo que era hora de irse. Como siempre, consideró que él no se despediría, algo que ya consideraba clásico en él. Sin embargo, justo cuando se levantaba con cuidado, apoyándose en su bastón, escuchó su voz nuevamente.

—Toma —dijo él.

No supo qué era, solo sintió las grandes manos de él entregándole un pequeño ramo de flores. El aroma suave y fresco la envolvió, y por un instante, sintió que el peso de su tristeza se aligeraba.

—¡Feliz cumpleaños! —dijo antes de alejarse.

—Gracias —respondió con una sonrisa sincera, la primera que había esbozado en mucho tiempo. Era la primera vez que alguien le regalaba flores.

Con el ramo en sus manos y el corazón un poco más ligero, susurró para sí misma:

—La niña se encogió de hombros y arrojó las flores
—El niño travieso preparó fuegos artificiales
—El momento más frustrante también debe pasar brillantemente.

Aunque no comprendía del todo lo que sentía, en el fondo de su corazón, algo empezaba a florecer, algo bonito que no había sentido en años.

.-.-

"En aquel entonces, solo éramos un par de adolescentes que comenzaban a vivir la vida y no sabíamos lo que nos esperaba", pensó mientras terminaba de cantar When I Was Eighteen.

Con el pecho agitado por la emoción, levantó la vista hacia el público que aplaudía y pedía otra canción. Se inclinó en forma de agradecimiento y, con un movimiento de su mano, se dirigió a su banda para que tocaran la siguiente en su lista.