Al otro lado de la ciudad, en un hotel carísimo, el muchacho de cabellos rubios se encerró en el baño después de cumplir sus deberes maritales. La primera vez entre ellos como marido y mujer sucedió porque Kelly no quiso esperar hasta el día siguiente. No importó que le haya dicho que estaban demasiado ebrios o cansados: fue su deber y cumplió.
La cabeza le dio vueltas a una sola cosa: Chelsea. Trató de enfocar sus esfuerzos en no perder la compostura con su esposa encima. Fue una tarea hercúlea, pero cuando la situación acabó se sintió conforme consigo mismo.
Kelly se recostó desnuda a su lado y se quedó dormida. Él acarició su rubio cabello (pegoteado por la laca en espray) hasta oír su respiración profunda y regular. Finalmente, y con cuidado de no hacer ruido o movimientos bruscos, se levantó hasta dirigirse al único cuarto en el que poder reflexionar.
Un decorado elegante y minimalista lo saludo. El mármol blanco dio un enorme contraste contra los azulejos negros, toques de oro en los bordes de los muebles. Bajó la fría tapa del retrete, quedándose allí y pensando con las manos cruzadas, brazos sobre las rodillas.
¿Por qué lo hizo? Arruinó él solito su tirante relación con Chelsea, y sin dudas nunca recuperaría el contacto. Después de que se pelearon la primera vez todo cambió. No fue la partida desde la plaza central de DC ni tampoco los esporádicos encuentros cuando volvió a casa; fue el día en que se equivocó feísimo, llamándola toda clase de nombres para herir su orgullo al igual que su autoestima.
Y todo porque Ethan, ese bastardo malnacido, le dijo que esperaba un hijo. Fue demasiado para él, un chico enamorado de una jovencita ya tomada.
«Todo ese tiempo, pese a lo caótico en su vida, pensé que él se iría después de coger unas cuantas veces con alguien más joven. Pucha, que equivocado que estuviste.»
Después de eso apenas si hablaron. Ella se fue a ocultarse, reapareció para tener un bebé y finalmente se casó. Lo invitó a su boda porque sus padres fueron, y de allí intentaron recomponer su amistad. Fue muy duro el proceso hasta hablar con semi regularidad. Pero jamás volvió a ser lo mismo.
«Y ahora…»
Un nudo se formó en su garganta al recordar el contacto de sus labios. En ese momento una descarga de adrenalina y dopamina nubló su cerebro. Para él esos segundos duraron horas, volviendo a ser el muchacho de diecisiete que se acostaba ocasionalmente (o casi todos los fines de semana) con ella.
Kelly, su boda, su familia y el resto desaprecio de la mente. Solo ellos dos hasta que el grito de Delaney le devolvió a la cruel realidad. Chelsea se alejó con su amiga, él quedó rabiando hasta volver con el resto de los invitados.
Al ratito la vio marcharse sin despedirse de nadie más que su madre. En sus facciones una premura mezclada de asco, miedo y vergüenza. Ethan le dedicó unos ojos cargados de odio, perdiéndose detrás de ella en la salida. Luego siguieron el resto de la mesa treinta y dos, dedicándole escuetos buenos deseos. Delaney fue la única que le dirigió más que eso, agregando un par de insultos en español y deseándole que "tuviesen mucha suerte juntos".
«Soy un tarado.»
Todo lo que sucedió después (salvo las preguntas para nada discretas de su madre sobre porqué una mesa completa se fue antes de tiempo) se volvió un recuerdo borroso.
Frotó su rostro un par de veces, desacomodando su pequeño bigote. Por un lado, se sintió liberado al haber dicho todo lo que su corazón calló desde hace mucho, por otro… Quiso molerse a golpes.
Lo hecho, hecho estaba.
Dio una última mirada a su teléfono antes de apagarlo. Reportes del fotógrafo, la sala de recepción, sus padres y demás. Su dedo se deslizó en búsqueda de una conversación. Sin sorprenderse demasiado vio que la foto de perfil desapareció, mostrándose un icono vacío en su lugar.
Una persona gris reemplazó la sonrisa de su amiga, quien (si podía recordar) posó junto a sus dos hijos pequeños en una feria de diversiones estatal. Extrañaría verla, su risa, sus comentarios sarcásticos o sus interminables charlas sobre la vida.
Abrió la conversación. Leyó el último mensaje: "¡Claro! Voy en un rato, veré si mamá me recibe a Megs y Dylan". De eso cinco semanas; escribió suavemente "lo siento, soy un tarado. Espero que algún día me perdones" y lo envío.
Buscó sus redes sociales en vano, recibiendo que "el usuario buscado no existía". Solo pudo ver su rostro en las fotos de Ethan (quien todavía no se deshizo de él) o de sus demás amigos del secundario. «Fiel a su palabra.»
Retrocedió en la conversación hasta encontrar los primeros mensajes del chat, de al menos seis años atrás. Los intercambios joviales, inocentes o con cierto tono picarón; las fotos de sus mascotas, audios hablando de cosas banales y saludos de cumpleaños larguísimos.
Incapaz de borrar todos esos preciosos recuerdos, optó por archivar la conversación.
No quería recurrir a ella en un futuro, pero tampoco tenía las agallas para deshacerse de todo. Lloró en silencio; al acabar de sentir pena por sí mismo se dio una cálida ducha.
Ya acicalado volvió a su habitación. Kelly siguió durmiendo a pierna suelta, cubierta únicamente por una sábana. La tapó con el cobertor color crema y se echó a su lado. Apagó las luces con el control remoto a un costado de la cama, quedó sumido en completa oscuridad.
Cerró los ojos e intentó dormirse, escuchando una y otra vez las últimas palabras que Chelsea Vickers le dedicó.
