—¡No! —gritó Jill mientras disparaba en la sala de tiro, acompañada de Chris y Claire, acompañando sus palabras con cada presión al gatillo —no voy a contarle una mierda al hijo de... al hijo de Wesker.

—¿Ibas a decir 'hijo de puta'? —preguntó Chris ligeramente juguetón con su mejor amiga.

—Eso sería muy ofensivo para las putas —respondió la castaña mientras disparaba nuevamente contra el blanco enfrente de ella —no voy a darle al hijo de esa basura mi dolor para que comprenda su propia vida.

—No fue su culpa —comenzó a decir Claire —Jake parece ser un mejor muchacho que eso.

—¡No me importa! —declaró Valentine mientras dejaba la pistola en su lugar e iba por una botella nueva de agua —que busque respuestas de otra manera, porque yo no voy a dar más palabras al respecto, con mis pesadillas tengo más que suficiente.

—Vino desde Europa del Este solo para tener esta conversación —repuso Claire.

—No es cierto, si hubiera venido solo para eso, no se estaría quedando en la cama de tu "hija", así que muy apurado no lo veo. Denle un archivo y a mí ¡déjenme en paz! —gritó Jill, se fue a la puerta de salida de la sala de entrenamiento y con un golpe, la cerró, separándose del problema que en esos momentos representaba el revivir su tiempo como depósito del P30.

Claire y Chris se quedaron solos en la sala de entrenamiento, la mujer suspiró y caminó ligeramente en círculos luego de escuchar las palabras finales de su amiga.

—¿Mi sobrina y el hijo de Wesker se están acostando? —preguntó Chris incómodo por lo que Jill había sugerido.

—No que yo sepa —respondió Claire —aunque es muy obvio que la quiere, no me ha contado que haya una relación o algo así... ¡pero ese no es el punto, chismoso!

—Jill no quiere hablar, la entiendo y si te soy sincero, la apoyo, Claire —contestó él —la pasó demasiado mal por tres años, fueron tres años de traumas y de problemas peores de los que yo pasé solo en la B.S.A.A. ¿te puedo confesar algo? Ella tampoco me ha platicado nada, solo sé lo que leí en los archivos.

—Leí algo de eso —confesó Claire —no puedo creerlo, en serio fue demasiado bajo.

—Yo la vi —comenzó Chris a contar —Wesker nos dejó a Sheva y a mí con ella a solas en un cuarto. Estaba fuera de sí y con un controlador con un químico llamado P30 en el pecho, le dio la orden de matarnos —Claire cambió la mirada al escuchar la versión de su hermano con tanto detalle —la verdad me dejó asombrado e incluso muy lastimado porque sé que Jill es muy hábil en pelea y muy capaz, pero con ese químico sacó más potencial del que le vi jamás... y todo ese potencial estaba enfocado en acabar conmigo y con todo aquel que él le ordenara. Cuando se lo quitamos, pudimos platicar solo un poco y se nos unió para acabar con él, pero después de eso la dejaron en cuarentena hasta 2014. Un día sí y un día no de puras pruebas para asegurarse de que Jill ya no era peligrosa, pero reactivaron el virus T en su cuerpo. Eso es todo lo que sé, y los archivos no dicen más que cosas vagas que ella ha dado en declaraciones forzadas. Yo no la culpo por no querer hablar, aún puedo ver el miedo en su mirada.

Claire sacó el teléfono celular y marcó a Sherry inmediatamente.

—¿Hola? —contestó la rubia del otro lado de la línea.

—Jill no va a dar su versión de las cosas —contó Claire a su casi hija, quien quedó en silencio al otro lado del celular —no importa cuántos años hayan pasado, no estará lista nunca. Lo siento.

—Le diré a Jake, gracias. Hiciste lo que pudiste.

—Lo siento, Sherry.

Terminaron la llamada.

Jill se recargó en una pared mientras respiraba con fuerza, con jadeos, con sudores fríos en el rostro y con la mirada perdida en una de las paredes del pasillo.

Nunca se fue, solo había permanecido afuera, inmóvil, mientras escuchaba a Chris contarle a Claire cómo fue que la había encontrado en África en un estado tan letal y lamentable. Lamentable para ella, porque solo se había visto a sí misma como una marioneta viviente, una persona sin control de sí misma para cumplir con las órdenes más bajas en la escala evolutiva.

Ella misma había sido un arma biológica, y aunque sabía en su mente que eso era cierto, que la habían convertido en aquello que tanto había jurado destruir, no se permitía admitirlo, porque en su cabeza, admitir la fragilidad de su vida y la fragilidad a la que la llevó ese envenenamiento, la llevaría a perder el control que había creado para sí misma.

Estaba atrapada entre lo que buscaba ser y lo que había sido. Estaba apuñalándose a sí misma con el autocastigo, y el no enfrentarlo ni liberarlo, la llevaba a seguir en esa conducta.

Sentía que lo merecía, que no merecía el perdón de nadie por todo lo que había hecho en esos tres años y por no haber sido lo suficientemente fuerte y capaz para luchar contra ello, y así se torturaba. Sentía que el autoperdón solo sería indulgencia, y que ya no había nada que pudiera hacer.

"Solo buscaría tapar el sol con un dedo", se dijo a sí misma mientras se limpiaba el rostro con algunas gotas de agua de la botella que se había llevado, cuyo frío logró traerla a la realidad de nuevo por unos momentos.

"Si mi terapeuta dice que ya pasó y que no estoy ahí, ya pasó y no estoy ahí", recordó la mujer mientras se ponía de pie e iba al baño para secarse el rostro.

Volvió a ver a la Jill versión muerta viviente, una Jill que sentía que había abandonado cuando Raccoon City explotó, pero que en realidad jamás la dejó, simplemente la había reprimido, pero volvió a la vida en su cerebro cuando tocó el tema del Incidente de la Mansión y de la destrucción de la ciudad donde había trabajado y la que le dio el peor trabajo de su existencia.

Abrió los ojos de nuevo, encontrándose ahora con su forma actual, una mujer de más de 40 años que aún tenía la juvenil apariencia de aquellos días en los que su vida se había destruido. Una apariencia que le recordaba lo mucho que añoraba un cambio o al menos una arruga que la reconfortara y le dijera sutilmente que el tiempo había pasado y que aquellos horrores habían quedado atrás.

Pero esa arruga no llegaba y los horrores no se detenían.

Volvió a respirar, notando lágrimas en sus ojos, las mismas que no dejaban de salir cada noche en su departamento, un sitio en el que no le gustaba estar porque recordaba cuando Nemesis la fue a perseguir y tuvo que dejar su hogar durante el pandemonio que había sido, a pesar de recordar lo poco bueno que salió de ahí, como una amistad olvidada que trabó con Carlos Oliveira, a quien ignoró categóricamente después de que él intentara marcarle en ocasiones tras salir de la ciudad.

El dolor del recuerdo era tan fuerte que la hacía enojar, y por ello decidió que era mejor tenerlo lejos de su vida, a pesar de que ella sabía que se la debía.

A veces iba con Rebecca Chambers a la ciudad de Nueva York solo para no sentirse sola tras algún operativo, y a veces se quedaba con Claire, y a veces cuando no podía acudir con ellos, tomaba medicación para lograr descansar, navegando entre un montón de pesadillas ambientadas en mansiones y criaturas que la convertían de nuevo en un arma, matando a todo a su paso, entre ellos a sus amigos.

Pero regresó a su casa, se recostó en su sofá y volvió a dejar que las lágrimas acaudaladas inundaran sus mejillas.

"¿Dónde estás?", decía un mensaje que tuvo que ver rápidamente al distinguir el contacto de Claire.

No contestó, botó el teléfono al piso y tras realizar la rutina del llanto intentando no reprimirlo como su terapeuta le dijo, lo tomó de nuevo y contestó:

"En casa".

"¿Pero estás bien? ¿necesitas algo? ¿Lo que sea?", preguntó Claire en mensaje, y ahora no le respondió.

Dio un paseo entre sus cosas, las que no eran muchas, porque la gran mayoría las había perdido en Raccoon City, como álbumes de fotos familiares o recuerdos de cosas que había hecho, todo lo especialmente significativo se había perdido ahí.

"No puedes dejar que todo lo que eres dependa de lo que no controlaste", pensó en una frase de su terapeuta, una terapeuta a la que había visto y a la que había abandonado varias veces, recurriendo a ella cuando el dolor era imposible de procesar, y volviendo a dejarla cuando hablaban de nuevo de los traumas más importantes en la Mansión, Raccoon y África.

"Y yo no controlo a ese chico, y ese chico no me controla a mí, y ese chico no controla nada... ni siquiera quien lo engendró", pensó de repente, después de que se percató de que estaba tratándolo como si él fuera un monstruo.

"Si lo fuera, no sería muy diferente a mí", se dijo mientras se levantaba del sofá y bebía un vaso de agua, buscando compensar las lágrimas perdidas.

Aún no era tarde, comenzó a pensar, mientras veía el reloj de manecillas en el muro de su sala de estar, encontrando en él que eran las 4 de la tarde en punto.

Tomó su teléfono y decidió marcarle a alguien que pudiera sentirse ajeno a todo lo que estaba pasando.

Leon.

Tras tres tonos de marcado, el agente rubio contestó al otro lado de la línea.

—¿Tienes tiempo para una pregunta? —preguntó la mujer con una sonrisa ladina en el rostro.

No se sentía incómoda hablando con él, de alguna manera sabía que tenían química, y se reía de los chistes malos que solía lanzar en situaciones complicadas, además del respeto que le generaba el trabajador para el gobierno.

—¿Incluye perder mis vacaciones otra vez? —preguntó Kennedy con el tono burletero que le caracterizaba.

—Si me contestas, te pago el whiskey para Navidad —le respondió ligeramente burlona, sabiendo del alcoholismo de su amigo, y por el que desarrolló empatía al leer los archivos de Raccoon City, maravillándose e impactándose por el hecho de que, mientras ella reposaba tras recibir la vacuna contra el Virus T, Leon junto con Claire estaban escapando de la ciudad antes de que esta fuera destruida.

—Soy todo oídos —contestó el agente con una media sonrisa.

Era una interacción válida para ambos, con química suficiente para ser un buen equipo, pero la distancia requerida para no involucrarse. Jill estaba al tanto de la depresión y el enojo de Leon por medio de Chris, así que el cinismo de este le era un tanto reconfortante después de estar rodeada de personas que le exigían curarse para dar lo mejor de sí.

Él no lo hacía, no le interesaba, y eso le era cómodo, porque sabía que a futuro por la naturaleza de sus trabajos, se encontrarían, y ese tipo de relación era lo mejor a lo que podía aspirar.

Era lo más cercana que podía sentirse a alguien, y aunque no le interesaba un hombre más pequeño que ella por solo un par de años, la comodidad y la química eran evidentes, especialmente porque era la única que se reía de los chistes más estúpidos y cínicos que alguien podía escuchar en su vida.

—Sherry Birkin.

—¿Qué con ella? —el tono de Leon pasó de despreocupado a ser el de un padre estricto.

—Tranquilo, papasito —dijo Jill con calma mientras bebía un vaso de agua y se recargaba en el muro de la cocina —no le ha pasado nada a tu 'hijita'.

—Más vale... este trabajo lo tengo precisamente por ella, así que su bienestar es algo que debe valer la pena.

—Sí, sí. Algún día me contarás esa historia acompañado de otra anforita y papas fritas, pero hasta que ese día llegue, solo contéstame una pregunta.

—Soy todo oídos... ¿qué pasó, Valentine?

—Para no hacerte la historia larga, Jake Müller está en la ciudad y creo que comparte casa con ella, pero ese no es el problema.

—No me hagas enojar, Valentine y ve al grano de una vez.

—Wow, sí que te pones en el mismo plan que Claire —dijo la mujer con una pequeña risa, una de las pocas que solo salían con el agente, con su válvula donde nadie la presionaba para ser mejor, donde solo podía existir y nadie la hacía sentir culpable solo por eso —¿Sherry está de vacaciones o algo así? Porque citó a Chris junto con Claire y a mí para hablarle al niño este sobre...

—¿Te tocó escuchar las historias de Wesker cuando tú las viviste de primera mano? ¡Que pérdida de tiempo y que frustrante!—contestó Leon quien, en su lado de la línea, sostenía un vaso de tequila.

—¿Sabes de qué trata todo esto?

—El chico me preguntó directamente sobre él, pero como sabes, no tuve ese 'placer' de hablar cara a cara con su padre.

—O sea que lo conoces, a Jake, me refiero.

—Le debo que haya cuidado a Sherry durante los atentados en China —contestó con ligera seriedad —así que sí.

—¿Tienes alguna opinión de él? —le preguntó Jill con seriedad, dejando de lado el cinismo y la distancia que habían forjado mutuamente. Quería una opinión distinta a la de solo 'hacer lo correcto porque se tiene que hacer'.

—Si te soy sincero, el chico tiene el ego por los cielos, se cree demasiado bueno como guerrillero, es sarcástico, frío y todas esas mierdas de las que los psicólogos hablan hoy en día.

Jill sonrió ligeramente al otro lado de la línea, sabía que hablar con Leon podía ser reconfortante porque no era una persona políticamente correcta, sino que era una persona sincera.

—¿Vale la pena que le cuente mi experiencia?

—No sé, Jill —le dijo él mientras bebía otro caballito de tequila —¿quieres hacerlo? ¿o solo quieres darle un expediente? Todos creen conocer tu historia.

—Dime sinceramente si leíste algo de esa mierda.

—Lo leí todo.

—Carajo.

—No eres la más expresiva de las personas, así que puede decirse que leer eso y no saber nada es exactamente lo mismo.

—Claro, lo dice el creador de los expedientes más claros del gobierno, en los que hay detalles de las armas biológicas, pero no del cómo sobrevivió a situaciones imposibles sin ayuda. Tus archivos tienen demasiados huecos —acusó Jill con una risa sarcástica escapándosele de los labios.

—Y esos huecos son una historia para otro día —contestó evasivo, mientras pensaba en la asiática, en Ada Wong, y volvía a dar otro trago a su bebida —¿Qué quieres, Valentine? ¿preguntaste por los horarios y misiones de Sherry o quieres una opinión personal profunda sobre lo que tienes que hacer?

—Quizá una respuesta me lleve a la otra, pero te preguntaría si para ti valdría la pena hablar de algo tan... delicado.

—Yo no tengo temas delicados de que hablar.

—Cierto, te los bebes todos —apuntó Jill con una risa cínica que no pasó desapercibida por Leon, quien también apreciaba en el fondo la lejana química que tenía con Jill.

—Si lo que quieres es que te diga que ese chico me agrada, pues sí, la respuesta es sí. Cuidó de Sherry y se alejó de los pasos de Wesker en cuanto supo que causó problemas, y la vida que eligió no lo hizo menos persona, pero tampoco más persona. Solo es un chaval que no necesita que lo asocien con la mierda que fue su papá.

—En algún momento la señal para saber que hacer tiene que llegar —dijo Jill, abriéndose solo un poco más.

—Sí, mi señal normalmente me dice que ignore lo que viene dentro de alguna fina botella de alcohol y me grita que no es buena idea beberla, pero decido ignorarla. Tú sabrás que hacer cuando decidas que hacer. Tú creas tus propias señales, o tal vez no. Estoy algo ebrio en este momento como para dar buenos consejos.

—Que consuelo... —dijo Jill mientras guardaba silencio.

—Sherry está libre en estos días, no tiene asignaciones que yo conozca —contestó —si lo que quieres es hablar con ellos, es ahora, y no me vuelvas a recordar que Jake está compartiendo casa con Sherry.

—Madura, Leon, ella ya está grandesita.

Leon chitó mientras sacaba una pequeña risa a su interlocutora.

—Descanse, agente Kennedy —contestó ella mientras le colgaba el teléfono.

—Bonita tarde, Valentine —dijo tras escuchar que la llamada se había terminado, guardó su teléfono y se levantó ligeramente, pudiendo ignorar el alcohol momentáneamente después de que su seudoamiga -si es que una relación así podía denominarse amistad-, le recordara que él no hacía otra cosa más que beberse sus problemas.

Por suerte no llevaba más de dos vasitos de licor y aún se encontraba estable, por lo que le mandó mensaje a Sherry.

"Posiblemente tengas visitas".

Al poco tiempo, Jill se cambió su ropa de trabajo a una más casual y se dirigió al departamento de Sherry.