Hermione no sabía lo que estaba haciendo.
Los tacones de sus zapatos negros de trabajo chasqueaban como una marcha de la muerte por el frío pasillo hacia las celdas del Ministerio.
No había podido dormir bien después del día que había pasado en la Madriguera, aunque eso no era nada nuevo. Dio vueltas en la cama hasta que unas tonalidades rosadas se asomaron a través de las cortinas, seguidas de un indignado "Miauuu".
Normalmente, uno de sus momentos privados favoritos de la semana, los domingos disfrutaba de la tranquilidad en casa. Esta era una forma diferente de tranquilidad. La falta de ruido no la ahogaba como por la noche, haciéndola recordar aquellos oscuros momentos de su pasado. Las horas de luz en su casa, rodeada de sus pertenencias, la reconfortaban.
Este domingo se sentía más pesado. No podía asimilar las palabras mientras intentaba leer en su sillón favorito. Se encontraba sumida en sus pensamientos mientras fregaba a mano los platos del desayuno, una herencia de las mañanas con su padre. Mientras seguía su lista de tareas nocturnas, decidió hablar con Harry por la mañana. Con un plan de acción ante ella, aunque vacilante, Hermione se durmió bajo las estrellas.
—
Harry negó levemente con la cabeza mirando a Hermione.
—Es muy halagador que creas que tengo tanto tirón en el Ministerio, pero no es así.
Hermione puso los ojos en blanco. Sabía que Harry tenía más influencia de la que solía admitir. Salvar el mundo solía abrir puertas.
—Solo pido quince minutos. Ni siquiera eso, diez.
Hermione sabía que aquella era su única oportunidad de hablar con Malfoy. Aquel terrible artículo del Profeta decía que lo habían traído al Ministerio desde Azkaban para el juicio y que permanecería allí solo un poco más. Aunque la sentencia en sí se había deliberado con rapidez, la burocracia de acabar con una vida aún llevaba algún tiempo. Un hecho que Hermione agradecía mucho. Una vez firmado el último papel, Malfoy sería devuelto a Azkaban para esperar el Beso.
—Por favor, lo necesito.
Odiaba suplicar y odiaba la mezcla de preocupación y curiosidad en aquellos ojos verdes.
—Vale. Hablaré con Robards, a ver si puedo hacer algo. No prometo nada.
Hermione sintió que un suspiro de alivio abandonaba su cuerpo cuando Harry entró en el despacho del Auror Jefe. Alivio de que tal vez esto funcionara y alivio de que Harry no se entrometiera en la razón exacta por la que ella necesitaba esto.
Habían pasado por muchas cosas juntos. Dejando a un lado los estudios y toda una guerra, habían seguido apoyándose mutuamente desde aquella Batalla Final. Ella había estado ahí para Harry cuando este se quedó con las ruinas de la única vida que había conocido como adversario de un mago malvado y le había ayudado a recoger los pedazos. Harry había estado allí para Hermione cuando su primera propuesta en el Departamento había sido rechazada y considerada demasiado "idealista". Hermione se sentó en primera fila cuando Harry se unió oficialmente a la familia que había anhelado desde que era un niño dormido en una alacena. Y Harry estuvo allí cuando ella decidió hacer un esperado viaje a Australia.
—No más de diez minutos. Es lo mejor que puedo hacer. Pero debe ser ahora. Malfoy saldrá en unas horas de regreso a Azkaban. Hazle saber a Goldstein que estás en tu descanso para almorzar.
Hermione levantó rápidamente la vista:
—¿Robards acaba de aceptar? Solo te fuiste unos minutos.
—El Elegido, Hermione, ¿recuerdas? —Harry sonrió infantilmente.
Y así fue como se encontró caminando por el largo pasillo que conducía a las celdas del sótano, situadas en las profundidades del Ministerio. El frío del aire penetraba a través de su delgada blusa de oficina. Deseó haberse puesto pantalones en lugar de la falda hasta la rodilla. La piel expuesta del cuello y las espinillas le parecía una grieta en una armadura que ahora necesitaba.
Se acercó a una pequeña ventana de cristal, detrás de la cual estaba sentado un Auror de aspecto hosco.
—Hermione Granger para ver a Draco Malfoy.
El Auror no dijo nada, pero pronto se abrió una puerta a su derecha. Al atravesarla siguió por otro pasillo más pequeño. Otro Auror la esperaba al final.
—Necesitaré su varita, señorita. El prisionero ha estado tomando una poción supresora de magia aquí en el Ministerio, pero aun así debemos tomar precauciones. La guardaré aquí en el recibidor.
Hermione sintió que se le erizaban los pelos de la nuca que nada tenían que ver con el aire helado.
—¿No tendré forma de protegerme?
Hermione se había dispuesto a visitar a Malfoy hoy, aunque hacía años que no lo veía; ahora eran básicamente extraños. Incluso cuando se conocían no habían sido precisamente amigos.
—Está encadenado. Ni siquiera podrá estar de pie mientras estés en la habitación.
Ella asintió, aún llena de inquietud. Tanto por la idea de estar desarmada como por la idea de que Malfoy estuviera enjaulado como un criminal.
Es un criminal, se recordó Hermione mientras entregaba su varita y esperaba a que se abriera la puerta.
Y entonces allí estaba.
Hermione había echado otro vistazo a la fotografía en el Profeta antes de salir a trabajar aquella mañana, pero el hecho de estar frente a él aún la hacía jadear suavemente. Se controló, forzó el movimiento de sus miembros y siguió al Auror.
—Nada de tonterías, Mortífago. Estoy al otro lado de la puerta. Haz el movimiento equivocado y estaré aquí en un instante. Y no será agradable.
Hermione sintió indignación ante la amenaza, pero el Auror salió rápidamente y cerró la puerta tras de sí con un fuerte chasquido.
Y entonces se quedaron solos.
Malfoy estaba sentado rígidamente en una silla, con una mesa delante. Frente a la mesa había otra silla desocupada en la que Hermione se sentó lentamente. Ahora tenía libre acceso para mirarle.
Mientras estaba sentada, pudo darse cuenta de lo alto que se había vuelto Malfoy. Tal vez había sido así de alto aquella noche en la mansión o en la batalla de Hogwarts, pero Hermione se sintió sorprendida ahora. Tenía los hombros anchos como recordaba, pero la forma afilada sugería que los huesos sobresalían a través del delgado mono que llevaba. Estaba sentado completamente erguido, como un heredero de Sangre pura. Al igual que en la fotografía, su cara estaba demacrada. Una barba rubia le sombreaba la barbilla y la mandíbula, pero era incapaz de ocultar los huecos donde solían estar las mejillas redondas de la infancia. Enmarcaban su cara unos mechones de un blanco chocante. Hermione se preguntó si le habrían lavado el pelo para el juicio, porque parecía más suave y abundante que en el Profeta. Aun así, asomaban mechones de pelo que aludían a pelo enmarañado cerca de la base de la cabeza.
Hermione temblaba en la pequeña habitación. Se preguntó si tendría frío. La grasa de su cuerpo no podía mantenerlo caliente y el fino material de su ropa no le proporcionaba calor adicional. Pero si tenía frío, no daba ninguna señal.
Mientras Hermione hacía sus observaciones en silencio, Malfoy se limitaba a... esperar sentado. Sus ojos grises parecían inexpresivos y no mostraba ninguna expresión facial de frustración ante su mirada.
Nueve minutos.
—Hola, Malfoy.
Silencio.
—¿Cómo has estado? —Hermione quería darse una patada. Estaba sentado en una celda, encadenado y esperando su ejecución. Por supuesto que no estaba bien. Todavía no hubo respuesta.
—¿Igual no te acuerdas de mí? —Hermione no lo había pensado antes del encuentro, pero la falta de reacción la hizo preguntarse. Después de todo, habían pasado cinco años. Las mejillas se le empezaron a calentar. Calor que hace unos minutos habría agradecido, pero que ahora deseaba que desapareciera.
Esto provocó una reacción. Un breve giro de ojos y un leve suspiro.
—Por supuesto que me acuerdo de ti. Tengo grilletes, no los ojos vendados. —Los ojos grises se movieron lentamente, casi sin prisa por su forma hasta donde la mesa la cortaba y luego de nuevo hacia arriba—. Fuimos juntos a la escuela durante años. Nos veíamos casi a diario. Por no hablar de que salvaste el mundo.
—Incluso he estado en tu casa.
Hermione se mordió la lengua ante las amargas palabras que le salieron sin querer. Los ojos que hace un momento parecían vivos volvieron a apagarse y volvieron a ser grises como la piedra.
—Sí. Incluso has estado en mi casa. Lo que me lleva a preguntarte, ¿por qué estás aquí?
Hermione sabía que esto iba a pasar. ¿Por qué estaba aquí?
Seis minutos.
—Di un testimonio. Un testimonio escrito para tu juicio. Dije que creía que ya habías pagado por tus acciones en la guerra y que no debías enfrentarte a más castigos. Yo misma habría exigido leer esa declaración si me hubiera dado cuenta de que iban a hacer una farsa de juicio.
—¿Tomando una nueva causa, Granger? ¿Los centauros ya no son lo suficientemente fascinantes para ti? —dijo Malfoy en voz baja, con ojos pétreos.
Por un momento se sorprendió de que él conociera su dedicación a los centauros en el Ministerio.
—Estuve en arresto domiciliario los cuatro primeros años, pero seguía recibiendo el periódico. El Trío de Oro aparecía a menudo en las portadas. Has trabajado mucho por las criaturas. Trabajo que el mundo mágico e incluso las propias criaturas a menudo no apreciaban, y mucho menos pedían.
—Los sistemas arcaicos merecen ser desmantelados.
—¿Y los Mortífagos descarriados merecen ser salvados? ¿Es eso?
—Eras un niño, Malfoy. ¿Estás diciendo que estabas al mismo nivel que Rowle? ¿Los Carrows? ¿Tu tía?
Hermione se tocó distraídamente el brazo izquierdo, un tic nervioso en ese momento. Unos ojos grises siguieron de cerca el movimiento y ella dejó caer las manos sobre el tablero de la mesa.
—No te mereces el Beso.
—No presumas de saber lo que merezco o lo que he hecho. No me conoces. Conociste a un chico arrogante y luego conociste a un cobarde. Ambos se han ido.
—¡Seguro que se puede hacer algo, esto no está bien! Apenas es legal. Te mereces un juicio justo, ¡si no otra cosa!
Malfoy suspiró, como si la conversación versara sobre papeleo que debía terminar al final del día y no sobre su inminente final.
—Ve a centrarte en negociar salarios y vacaciones justas para los elfos domésticos o en designar tierras seguras para los centauros. Esta causa no necesita tu ayuda. Está resuelta. Ni siquiera querría que alguien como tú me salvara.
Las palabras hicieron que Hermione se clavara las uñas en la palma de la mano.
Tres minutos.
Se le acababa el tiempo y Malfoy ni siquiera estaba interesado en su ayuda.
—De todos modos, ¿qué pensaría el mundo si la Chica Dorada cayera tan bajo como para ayudar a la escoria Mortífaga?
—Es un apodo ridículo, y me importa un bledo lo que piense el mundo.
Malfoy soltó una risita mientras sonreía. Por una fracción de segundo Hermione se sintió transportada a los invernaderos de Hogwarts, cuando había visto a Malfoy bromeando con Pansy Parkinson y Blaise Zabini durante una clase de Herbología. Se había quejado en voz alta de las interrupciones en clase, pero secretamente había sentido una punzada de celos al ver la facilidad con la que se relacionaba con sus amigos. La forma en que hablaba con ellos, bromeaba con ellos, en marcado contraste con la forma en que se dirigía a ella.
—No, supongo que nunca te importó lo que la gente pensara de ti. Merlín, siempre levantando la mano, siempre diciéndole a la gente cuando hacían mal los movimientos de varita.
—Críticas útiles, —murmuró mientras apartaba la mirada.
Levantó una ceja, pero siguió hablando.
—Tengo que decir que normalmente me resultaba molesto de cojones, pero también te envidiaba un poco.
Hermione sintió que había oído mal.
—De acuerdo, quizá envidia sea una palabra demasiado fuerte. ¿Curiosidad, tal vez? Siempre tuve curiosidad por saber cómo sería ir a Hogwarts sin ninguna expectativa. Expectativas sobre en qué Casa estarías, con quién te relacionarías, qué serías cuando te graduaras. Llegaste al mundo de los magos y no tenías que rendirle cuentas a nadie.
—También fui blanco de ataques y amenazas por eso mismo.
—Pero siempre supiste quién eras. Y nunca te avergonzaste. Yo admiraba eso.
Malfoy miró a la puerta cuando empezó a abrirse.
—Se acabó el tiempo, Granger. Gracias por la encantadora charla. No hay mucho de eso en Azkaban. Pero ahora es tiempo de que aceptes mi destino. Lo acepto. Podrás ser la muggle más brillante que este país haya visto, pero dudo que puedas salvar a un hombre del Beso.
Una vez dicho eso, la sacaron de la pequeña habitación.
Aturdida, guardó su varita y esperó a que se abriera la puerta vigilada que la conduciría al vestíbulo exterior.
—¡No, no me importa si no estoy en la lista! ¡Exijo verlo!
Hermione levantó la vista hacia la voz que discutía con el Auror tras el cristal. Tenía un espeso pelo castaño rizado y unos ojos verdes enmarcados por unas pestañas igual de espesas. También le resultaba muy familiar.
Cuando la cara familiar la miró, detuvo su diatriba.
—Tú.
Se giró para mirarla de frente.
—¿Acabas de ver a Draco?
Hermione intentaba recordar el nombre del hombre alto, pero no conseguía ubicarlo.
—Sí, así es. —Era inútil ocultarlo. ¿Quién más se alojaba en las celdas más vigiladas de los calabozos del Ministerio?
—¿Estás aquí para regodearte?
Hermione frunció las cejas.
—¿Aquí para restregarle en la cara que perdió?
Hermione sacudió la cabeza, sintiendo que le invadía la ira.
—Jamás me regodearía de que condenaran injustamente a muerte a un hombre.
El Auror detrás del cristal se burló, pero se detuvo cuando el hombre de ojos verdes le cortó con una mirada aguda.
—¿Entonces por qué estás aquí?
—No estoy del todo segura. —Una vez más, Hermione decidió decir la verdad.
El hombre pareció meditar su respuesta.
—¿No estás segura de por qué viniste a visitar a un Mortífago?
—Supongo que quería ver si podía hacer algo. Cualquier cosa, en realidad. Ni siquiera estoy segura de qué, pero quería hablar con él. No parecía interesado en mi ayuda.
El hombre suspiró y de repente parecía mucho más cansado.
—Sí, ahora mismo estamos en una fase de "me merezco toda esta mierda". Me sorprende que aceptara verte. Aparentemente rechazó verme a mí. Pero supongo que eres tú, —murmuró la última frase.
Fue el turno de Hermione de mirar perpleja.
El hombre sonrió con fuerza y prosiguió.
—Bueno, si pudieras averiguar algo pronto, te lo agradecería mucho. Defensora de los débiles y todo eso. Sin embargo, tenemos poco tiempo. Ponte en contacto conmigo si es necesario, —y con eso el hombre le entregó una tarjeta y salió por la puerta de la derecha que acababa de abrirse.
—Por fin, ese maldito idiota ha entrado en razón, —oyó decir al hombre mientras la puerta se cerraba tras él.
Hermione miró la tarjeta que tenía en la mano.
Theodore Nott.
Comerciante de antigüedades y objetos raros.
Hermione recordó inmediatamente a un chico de pelo castaño y voz suave, con una corbata verde, sentado junto a Malfoy en el desayuno. Theodore había sido un Slytherin tranquilo. Rara vez hablaba en clase, pero sacaba buenas notas y nunca participaba cuando sus compañeros de casa le dedicaban palabras desagradables sobre su pelo o sus dientes o su sangre. Había crecido como se crece en cinco años. Más alto, más corpulento y con más voz.
Mientras subía en el ascensor hasta la cuarta planta (con la esperanza de que aún le quedaran patatas fritas en el cajón del escritorio, ya que se había saltado el almuerzo), pensó en las conversaciones que acababan de tener lugar.
En primer lugar, Draco Malfoy había sentido curiosidad por ella en el colegio. Decidió rápidamente no detenerse demasiado en eso. También se había referido a ella como nacida de muggles, no como Sangre sucia. No sabía por qué le parecía importante, pero lo era.
En segundo lugar, tal vez había hecho un nuevo aliado en esta lucha. Una lucha de la que quizás ya formaba parte antes de hablar con Malfoy.
Y, por último, estaba cansada de que los magos le dijeran que no podía salvar a un hombre del Beso. Ya lo había hecho antes. Claro, había tenido la ayuda de un Giratiempo y un hipogrifo, pero era Hermione Granger. La Chica Dorada. La bruja más brillante de su generación. Había peleado una guerra y ganado cuando era solo una niña.
Si era sincera consigo misma, Hermione se sentía emocionada.
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Nota de la autora:
Después de algunos comentarios estupendos y de la amable intimidación de mi club de lectura, he decidido publicar algunos capítulos más esta semana y actualizar semanalmente los miércoles y domingos. ¡Que lo disfrutéis!
También publico adelantos, edits y anuncios de capítulos en mi TikTok milabelle13
Escrito en un iPhone roto. Proceded con precaución.
¡Todo el cariño y agradecimiento a Rompeprop por tus ideas y ser mi beta!
No soy dueña de una mierda 3
¿Traído inesperadamente para Nair? (No me demandes.)
