Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Bruja por navidad" de Noa Xireau, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.
Capítulo 17
Bella
En contra de lo que me esperaba, el regreso a la ciudad fue silencioso y solo interrumpido por los villancicos que sonaban en la estación de radio local. La pregunta de Edward seguía resonando en mi cabeza, pero, por más vueltas que le daba, no podía ofrecerle una respuesta.
Estudié su perfil en la oscuridad del coche. Las sombras hacían destacar sus facciones y le daban un aire misterioso y peligroso. Al menos esa era la impresión que daba, porque, por más que lo analizaba, no podía dejar de sentirme segura con él, tanto, que estaba tentada a estirar la mano para comprobar cómo se sentiría su barba de dos días sobre mi piel.
Resultaba ridículo el nivel de relajación que sentía en su compañía, como si jamás nos hubiésemos separado y no existiese un lugar más seguro en el mundo que estando a su lado. La única explicación que se me ocurría para ello era que la música navideña y el oscuro paisaje nevado, iluminado por la luna, me estaban afectando. Misteltoe de Justin Bieber sonaba en el interior del vehículo con sus notas cálidas y envolventes. Como una ironía del destino, la letra de la canción parecía encajar con mis pensamientos:
«...La época más hermosa del año...».
«...No puedo dejar de mirar tu rostro...».
«...Bésame debajo del muérdago...».
Mi atención cayó sobre sus labios. Eran perfectos para un hombre, rellenos cuando se encontraba relajado y finos y apretados en las ocasiones en las que trataba de mantener bajo control sus emociones más intensas. ¿Sus besos seguirían sabiendo a whisky, chicle de menta y desesperación? Toqué los míos como si con ello pudiera recordar la mezcla de suavidad, firmeza y exigencia con la que me había besado aquella noche de tantos años atrás.
Dudaba mucho que alguna vez pudiera borrar de mi memoria aquellos besos. ¿Los habría olvidado él?
El primer día que nos tropezamos en la calle había actuado como si no me conociera, sin embargo, luego había regresado llamándome por mi nombre. Por más que trataba de convencerme a mí misma de lo contrario, quería que me recordara y que aquel baile de Navidad se hubiese quedado grabado en su memoria tanto como lo hizo en la mía. Todo habría sido tan perfecto si no fuera porque era un fanático religioso al que le habían lavado el cerebro.
Nadie que lo viera pensaría que era un loco y, sin embargo, ahí estaba, queriendo convencerme de que era una bruja. Supongo que las locuras no son algo que se trasluzcan a un nivel físico, y no todas son fáciles de determinar.
Aunque había una cosa que me llamaba la atención: sus amigos lo habían escuchado aquel día en el supermercado y no parecía haberles extrañado. ¿Sabían que estaba loco y trataban de apoyarlo a su manera? Carecía de sentido, pero, entonces, ¿qué más podía ser? ¿Una secta de fanáticos de lo sobrenatural? ¿Un juego de rol? ¿Una apuesta por quién se lleva a la cama a la chica nueva de la ciudad?
Me froté la sien y aparté la mirada de él para fijarme en cómo el hermoso paisaje invernal había sido sustituido por las brillantes luces de colores y la decoración festiva de las calles y los negocios. Lo único que estaba consiguiendo era un tremendo dolor de cabeza. ¡Dios! ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil? Cuando decían aquello de que todos los tipos buenos o estaban casados o eran gays, deberían haber añadido: o como una chota.
—Tengo un amigo mecánico que podría echarle un vistazo al motor. Es bueno y estoy seguro de que podrás negociar el precio. Puedo dejar el coche allí de camino a casa.
Me masajeé la frente. ¿Disponía de suficientes ahorros para reparar a Bernie? No nos había ido mal estos últimos días en la pastelería, de hecho, nos había ido mejor de lo esperado, sin embargo, los gastos y las deudas seguían comiéndose la mayoría de los beneficios.
—Alice es buena con la mecánica. Me prometió que me lo arreglaría en cuanto consiguiera las piezas —confesé cansada, obviando el hecho de que no se trataba de las piezas, sino del dinero.
Edward asintió, deteniendo el vehículo en doble fila, al lado de un aparcamiento vacío.
—Podemos dejarlo aparcado aquí hasta que decidas qué hacer. Te dejaré el teléfono de Jack. Puedes llamarlo si te interesa. Se encargará de recogerlo si le das las llaves.
—Gracias.
—Bella... —Edward se rascó el pecho indeciso—. El aquelarre ayuda a sus miembros, no solo con magia, sino también económicamente, si pudieras...
—¡Oh, Dios! Otra vez no. —Quitándome enfadada el cinturón, salté del todoterreno y lo cerré de un portazo.
¿Cómo podía haber bajado la guardia con él aunque solo fuese por unos minutos? Que fuera guapo y sexy y oliera a caramelos de café y bosque tras un día de lluvia no hacía que valiera la pena seguir exponiéndome a su locura. ¿Oh, sí?
¡Aaargh! Pero ¿qué estaba haciendo? ¿Por qué estaba siquiera pensándolo? ¡Tenía que guardar mis hormonas y mi libido a buen recaudo y mantenerme alejada de él!
Sin esperar a comprobar qué hacían él y sus amigos, me marché a la pastelería para refugiarme de Edward y su peligroso karma, o puede que de mí misma. ¿Qué más daba el motivo?
—¿Ya estás de vuelta? —Alice me sonrió desde detrás del mostrador, donde estaba conversando con un desconocido moreno, cuya expresión dejaba claro que lo que fuera que le estuviese contando le importaba un pepino.
Al menos todo parecía en calma. Me sentí culpable de haber dejado que Alice se enfrentase sola a una avalancha de clientes, pero lo descarté en cuanto recordé lo que me había hecho.
—¿Cómo has podido enviar a Edward a por mí? Sabías que me había pasado toda la semana evitándolo. ¿Qué clase de amiga le hace eso a otra?
La mirada del hombre fue hacia la vitrina para mirar a la calle y, por unos segundos, me pareció que su expresión se ensombrecía aún más de lo que ya estaba, algo realmente complicado. Alice se limitó a cerrar el lavavajillas y a encoger un hombro.
—Necesitabas ayuda, él estaba a mano y dispuesto a dártela. Además, empiezo a plantearme que deberías al menos escucharlo.
—¡No empieces otra vez! —siseé con una mirada cautelosa de espaldas al desconocido, que desapareció por la puerta que llevaba a los aseos—. Las bombillas del escaparate explotaron por una sobrecarga eléctrica. No hubo magia en eso.
—¿Y los vasos que reventaron y casi me dejaron ciega?
—¿Cambios de temperatura o de la densidad del aire que contenían?
—¿Y la cocina que se limpió sola por la noche?
—¿Una de las dos, que seguramente es sonámbula? —Me costaba admitir que podría ser yo, pero estaba claro que Alice nunca habría limpiado la cocina de forma voluntaria, ni siquiera en sueños.
—Y...
—¡Alice!, deja de buscarle los tres pies al gato. ¡Ninguna de esas cosas tiene una explicación sobrenatural!
Con una última mirada fulminante, le advertí que mantuviese la boca cerrada, cuando la puerta se abrió y sonó la campanilla avisando de la llegada de Edward con el árbol de Navidad.
—¿Dónde quieres que lo ponga?
—Déjalo ahí mismo. —Señalé distraída a un rincón del local.
No iba a invitarlo a subir a nuestro apartamento y de todos modos pasábamos todo el día abajo, era mejor dejarlo allí, al menos así podría disfrutarlo.
—¡Qué bonito! El árbol es precioso. —Alice tocó las palmas entusiasmada.
Fruncí el ceño. Pensé que iba a reñirme por coger uno de los abetos más tristones. Estudiando el árbol más de cerca, mi ceño se arrugó aún más. Alice tenía razón, era precioso y voluminoso y hasta tenía piñas. ¿Cómo no había visto las piñas antes?
—¿Seguro que este era el árbol que llevaba en mi Bernie? —pregunté antes de que pudiese pensarlo.
—Claro. ¿Cuál si no? —preguntó Edward extrañado.
Alice me dirigió una mirada sospechosa.
—Gracias por tu ayuda. —Intenté sonreírle mientras ignoraba a Alice.
—De nada. ¿Me merezco ahora diez minutos de tu valioso tiempo para que podamos hablar?
¡Jolines! ¡Con lo mono que era cuando mantenía el pico cerrado!
—No. —La simple idea de que tratase de convencerme de nuevo de que era una bruja me hizo entrar en pánico.
—¿No? —Me miró boquiabierto.
De acuerdo, estaba comportándome como una bruja, pero no una mágica, sino más bien como una arpía. ¿Por qué tenía que hacerme sentir mal conmigo misma? Yo no era así. O al menos no era tan desagradable con los demás.
—No.
—Bella...
—Es la hora del cierre y tengo que ayudar a Alice a limpiar.
—¿Alice? —gruñó Edward con una mirada fija sobre mi compañera.
Ella puso uno de sus mohines.
—¿Se supone que esta es la escena en la que tengo que comentar que no hace falta que nadie me ayude a pasar la fregona, repasar las mesas, sacar la basura y dejar puesto el lavavajillas? —preguntó con los ojos entrecerrados.
—Exacto. —Edward se giró hacia mí con expresión victoriosa—. ¿Ves?, ella se las apaña bien solita.
—Pues va a ser que no. ¿Qué? —Alice no se atrevió a mantenerle la mirada, aunque no dejó de refunfuñar mientras encendía el lavavajillas—. No puedes esperar que lo haga todo yo sola cuando ella está dispuesta a ayudarme.
—¡Alice! —repitió Edward, esta vez sin ocultar su irritación.
—¡Basta ya! ¡Déjala tranquila! —solté irritada.
De sopetón, la luz sobre nosotros explotó y, si no hubiera sido porque Edward consiguió quitarse de su trayectoria de un salto, la pesada lámpara de araña, que rescatamos de un cubo de basura, habría caído justo sobre su cabeza. Las luces se apagaron de golpe y solo permanecieron encendidas las lámparas de emergencia. Se hizo un silencio tan sepulcral que dudaba mucho que ninguno de nosotros estuviese respirando mientras contemplábamos paralizados los fragmentos de cristal que brillaban tenues sobre el suelo.
Edward se aclaró la garganta y se frotó la nuca evitando mirarme.
—He cambiado de opinión. Creo que sí que es mejor que yo limpie sola y que tú hables con él —musitó Alice con los ojos desencajados.
Con piernas temblorosas, me acerqué a la primera silla que encontré y me dejé caer en ella con el corazón sobresaltado. Tres segundos antes y Edward habría estado tirado en el suelo con el cráneo abierto. Podría haber muerto allí delante de mis ojos. Habría sido una catástrofe y una ruina, tanto a nivel personal como de empresa.
—Vas a tener que disculparme, no creo que vaya a ser capaz de hablar por un buen rato —musité con la voz quebrada.
Edward asintió, dando la impresión de estar de acuerdo conmigo, pero luego negó.
—No podemos seguir así.
—No me digas —murmuré sin energía, demasiado impactada como para contradecirlo.
De repente la energía alrededor de Edward pareció cambiar de forma drástica. Volvió a asentir como si estuviese hablando consigo mismo y, tras una palmada, se frotó las manos.
—Te propongo un trato.
¿En serio? Se había librado de la muerte por los pelos ¿y quería hacer un trato? ¡Alto ahí! Me levanté de un salto. ¿Pensaba chantajearme por lo que acababa de pasar? Mi espalda se puso más recta que la regla del viejo profesor Johnson.
—¿Y ese trato cuál sería?
Sus labios se curvaron en una sonrisa prepotente, que despertó un repentino calor en mi interior.
—Algo a lo que no podrás negarte —me prometió con una provocadora lentitud.
Tragué saliva. Más que un chantaje sonaba a una proposición indecente. ¡Dios! ¿Qué le pasaba a la calefacción?
Estaba empezando a sudar. Mi espalda se puso rígida.
—¿Se supone que tienes algo que pueda interesarme? — Crucé los brazos sobre el pecho y dejé que el desdén se infiltrase en mi tono, pero, por la forma en la que él enarcó una ceja, no parecía que fuese suficiente como para engañarlo, aunque igual fue por el leve temblequeo al final de mis palabras.
¡Malditos todos los hombres guapos con cuerpo de modelo y el ego por las nubes!
—Puedes apostar a que sé exactamente lo que necesitas y cómo dártelo.
¿Eran imaginaciones mías o su voz sonaba como un chocolate caliente con crema de café irlandesa? Si no lo hacía, desde luego que causaba los mismos efectos, porque no solo podía sentirla vibrar debajo de mi piel, sino que me estaba calentando por dentro, y mis rodillas estaban amenazando con ceder.
Con los últimos resquicios de mi voluntad, carraspeé y alcé la barbilla.
—Olvídalo, ni aunque fueras el último habitante del planeta me acostaría contigo.
—Curioso. —Edward cruzó los brazos por encima de su pecho—. No recuerdo haber mencionado nada de sexo.
Resoplé tratando de no reparar en cómo se le abultaban los bíceps.
—¿Los tipos con el ego inflado como tú piensan en otra cosa?
La comisura izquierda de sus labios tembló.
—Bien, siendo sincero, en lo que estaba pensando es en que necesitas que te vuelvan a colocar la lámpara y, de paso, que te revisen la seguridad de las demás y de la instalación eléctrica. También he notado que la iluminación del escaparate sigue sin funcionar. Antes de acostarte deberías comprobar que la conexión de las luces del techo es independiente de la línea de fuerza con la que tienes enchufados los refrigeradores y congeladores. Y, a menos que me equivoque, te hará falta electricidad si pretendes abrir mañana la tetería.
El pánico fue creciendo a medida que hablaba.
—No podemos cerrar un domingo —musité, dejando caer los hombros derrotada.
Cuando crucé una mirada con Alice, la misma ansiedad que me dominaba a mí se reflejaba en su expresión.
—No vas a tener más opción que llamar a un electricista de emergencia. Lo necesitarás hacer, a más tardar, mañana a primera hora. Yo que tú empezaría por pedir un presupuesto antes que nada, porque siempre está el listillo que trata de clavársela a su clientela inocente, sin contar que un servicio de emergencias de esas características, un domingo, y en las fechas en las que estamos, les va a costar un ojo de la cara.
Solo de escucharlo me dieron ganas de esconderme bajo el edredón de mi cama y hartarme a llorar. Primero el coche, ahora la instalación eléctrica y en menos de cinco días el banco iba a retirar el pago del préstamo de mi cuenta.
¿Cuándo se me había ocurrido que no necesitaba trabajar para otros y que estaba preparada para llevar mi propio negocio?
—Claro, que siempre podrías encontrar a alguien con conocimientos de electricidad como yo y que, además, estuviera dispuesto a echarte una mano gratis —propuso, recuperando toda mi atención de golpe—. Por supuesto, tendría que ser alguien con el que estuvieras dispuesta a tratar, no como conmigo... —Con un guiño de despedida se dirigió a la puerta.
No sé qué fue más bochornoso, si haber insinuado que no quería acostarme con él cuando ni siquiera estaba interesado, o que no me quedaba más remedio que humillarme y correr tras él.
—¡Espera!
—¿Sí? —Edward se detuvo con una mano sobre el pomo y me miró por encima del hombro con los ojos llenos de burla.
Se merecía que lo mandara a tomar viento fresco. Me moría de ganas de hacerlo.
—Bella —gimoteó Alice como si me estuviera leyendo la mente.
Con una profunda inspiración, me mordí los labios y conté hasta cinco. Cuando volví a abrir los párpados, Edward estaba esperándome con la paciencia de quien sabe que ha ganado la batalla.
—¿Qué quieres a cambio?
