Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Bruja por navidad" de Noa Xireau, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.


Capítulo 18

Bella

En condiciones normales, cuando alguien te lleva a la casa de su abuela a las afueras de la ciudad, te esperas una casita mona con un jardincito cargado de coloridas flores, quizá algún huerto con hortalizas y, sobre todo, un porche con mecedora. Era un estereotipo, sí, y tal vez a todas las abuelas no les daba por la jardinería y por hacer galletas, pero, por algún motivo, aquello era lo que había esperado de una anciana relacionada con Edward. ¿Por qué? No lo sé. Quizá porque fuese la personificación de uno de esos actores guaperas que hacían películas de acción, y que tanta perfección masculina requería de un entorno y una familia igualmente perfectos. Después de todo, era el típico americano relajado, que vestía con camiseta y jeans, y cuyo único accesorio solía ser el reloj inteligente que ahora mismo ojeaba con disimulo, al tiempo que sus dedos tamborileaban impacientes sobre el volante, a la espera de que yo me bajase del coche.

—¿Tu abuela tiene dinero o es la familia en general? — pregunté estudiando la enorme mansión victoriana de un inmaculado blanco, cuya elegante decoración navideña, compuesta básicamente por guirnaldas cargadas de adornos rojos y plateados, parecía sacada de una revista.

—Ella es la rica, aunque tampoco es como si a los demás les fuese mal —replicó sin entrar en demasiados detalles, y obviando su posición en esa escala de riqueza.

—¿Y vive aquí sola?

—No. Lo habitual es que tenga invitados, en especial a mis tías y a mis primas.

—¿Tú no vives aquí?

Su pesado suspiro dejó claro que estaba llegando a su límite y que hacía un esfuerzo supremo por no mandarme a la caca. ¿Si lo irritaba lo suficiente, se mosquearía y me daría una excusa para escaquearme de nuestro trato?

—No. Prefiero la tranquilidad y la esperanza de que no me estén vigilando las veinticuatro horas del día.

—Eso ha sonado extraño.

¿Esperanza de que no lo estuvieran vigilando? ¿Qué significaba eso?

Edward encogió un hombro.

—Lo entenderás cuando las conozcas y sepas de lo que son capaces.

Si lo anterior me había sonado raro, lo último era casi amenazador. ¿De qué estaba hablando?

—Repíteme de nuevo el motivo por el que necesito entrar ahí.

Girándose en el asiento, me miró.

—Deja de buscar excusas. Llegamos a un trato. He cumplido con mi parte. Tu cafetería está abierta y los problemas eléctricos que tenías están solucionados. Es tu turno de cumplir con nuestro compromiso.

—Tetería-pastelería —lo corregí arisca.

Decía la verdad, la noche anterior había dejado solucionada la conexión básica para que tuviéramos luz y a las seis de la mañana había estado allí como un reloj y había arreglado el resto de los problemas, revisado la instalación, y hasta me había arreglado el botón de la cafetera de segunda mano que siempre se quedaba atascado.

—El acuerdo era que te acompañase a casa de tu abuela, no que me soltaras y te largases nada más llegar aquí.

—Y tal y como te dije, te he acompañado hasta aquí. Pero los familiares hoy no estamos invitados, solo las iniciadas.

—Sigues usando esas palabras: familiares, iniciadas... ¿Qué son? ¿Una especie de secta?

—No.

—¿Entonces, qué?

Con un gemido agotado, Edward se pasó la mano por los ojos.

—Escucha, cuanto más te diga, más te vas a asustar. Es mejor que entres y lo descubras por ti misma.

—¿Qué? ¡Ah, no! Eso no ha sonado nada bien. ¿Qué me van a hacer ahí dentro?

Edward se frotó el puente de la nariz con un resoplido.

—No te harán nada. Entra de una vez —espetó impaciente.

—Yo no...

Me cogió las manos entre las suyas tan de repente que salté en el asiento. Se inclinó hacia mí y me miró de cerca. No podría haber apartado mi mirada ni aunque me hubiesen pagado por hacerlo. ¡Dios! ¿Cómo podía alguien tener unos ojos tan penetrantes?

—Bella, escucha, te prometo que saldrás de ahí sin un solo rasguño. Nadie te hará daño. Solo será una charla y puede que una pequeña demostración. No te obligarán a nada y no tienes que comprometerte a nada. El único motivo por el que estás aquí es por tu propio bien y el de las personas que te rodean. Necesitas la información y la guía que puedan proporcionarte, una que va más allá de lo que yo puedo hacer por ti.

Si hubiese usado aquella voz profunda para convencerme de que visitase con él un club de BDSM, ya me habría bajado del coche y lo habría estado esperando con las bragas abajo. ¡Jolines! ¿Cómo podía un bruto majara como aquel tener un efecto tan devastador?

—Ya te he dicho que no creo en lo de la brujería — refunfuñé más por disimular que estaba a punto de morir de combustión espontánea que por otra cosa.

—Pues no creas. No voy a obligarte a hacerlo. Solo ve. Piensa en ello como una de esas reuniones a las que te citan con el objetivo de venderte libros que no necesitas y que nunca te leerás. Puedes usarlo como una oportunidad de conocer a nuevos clientes.

¡Me cachis! ¿Por qué no se me había ocurrido aquella idea antes? Podría haber traído más cupcakes. Pensando que solo estaríamos los dos con su abuela, no había traído más que media docena. Ya era demasiado tarde.

—¿No podría haber sido una reunión de tupper sex? Esas al menos son divertidas.

Sacudió la cabeza con una risotada.

—¿Quién dice que la magia no puede ser divertida y sexy? —me retó.

Si seguía mirándome así, lo primero que iba a tener que hacer al entrar en la casa era pedir la dirección del baño y quitarme las bragas mojadas. ¿Eran imaginaciones mías o las aletas de su nariz acababan de abrirse como si estuviera olisqueando algo y sus pupilas se habían dilatado? Carraspeé para deshacer la ronquera de mi garganta.

—Ya te he aclarado por activa y por pasiva que...

Edward alzó ambas manos y se echó atrás, apartando la mirada y alejándose de mí.

—Sí, ya lo sé, no crees en la magia y no confías en mí. No voy a tratar de convencerte más. Solo entra y descubre de qué va todo esto.

Lo único que me retuvo de volver a protestar fue que tenía razón, habíamos llegado a un acuerdo. Además, mientras más me quedase encerrada en aquel pequeño espacio con él, más altas eran las probabilidades de que acabase haciendo algo de lo que al día siguiente me avergonzaría. Sin decir nada más me bajé del coche.

Si el exterior de la mansión era imponente, por dentro lo era aún más. No es que se viese recargada, al contrario, a excepción de los adornos navideños, todo rezumaba sencillez y elegante sofisticación. Se mirase por donde se mirase, el lujo existente era notorio, ya fuera por la amplitud del vestíbulo, las pinturas originales que cubrían las altas paredes o la magnífica escalera que se encontraba justo enfrente de la entrada.

—¿Me permite su abrigo? —Lo que parecía un mayordomo de una serie de vampiros, con traje de pingüino negro y guantes blancos, esperó con paciencia a que yo pudiera cerrar la boca y quitarme la prenda para entregársela —. También puede entregarme la bandeja si quiere. —Señaló mis manos. Tras un titubeo, se la entregué—. Por aquí, por favor. La están esperando.

¿Quién contrataba a un mayordomo hoy en día? Lo seguí hasta un amplio salón con chimenea y varios sofás, en el que se encontraban congregadas una veintena de personas de diferentes edades. Me llamó la atención que la gran mayoría fuesen féminas y que la presencia masculina quedase reducida, casi en su totalidad, al personal de servicio. ¿Era a eso a lo que se había referido Edward antes? ¿Familiar era algún tipo de término con el que se referían a los hombres?

—¿Puedo ofrecerle algo? —Un camarero me mostró una bandeja, de la que escogí una copa de cóctel con un líquido azul, una guinda y los bordes cubiertos por lo que parecía azúcar o sal gruesa.

—Gracias. —Me forcé a sonreír, pero podría habérmelo ahorrado por la manera en la que me dio la espalda y se acercó a otras invitadas.

Si aquella era una secta que trataba de robarle hasta el último céntimo a sus adeptos, entonces, me encontraba totalmente fuera de lugar, porque habría apostado mi nuevo par de zapatos que una sola de las figuras del coro de ángeles, que adornaban la chimenea, costaba más que todos los muebles que tenía en el salón de mi apartamento.

—Ya que nos han forzado a estar aquí, deberíamos pedirles que nos den una visita guiada por este palacio. Si aquí tienen un Modigliani original, me muero por saber qué más esconden por las otras habitaciones.

Me giré hacia la rubia que se había apostado junto a mí y chupaba la guinda de su vaso de cóctel.

—Eh...

—Soy Jane, por cierto.

—¿Qué te hace pensar que me han obligado a venir? — pregunté con desconfianza.

—Fácil. Tienes cara de querer salir huyendo. Nada más verte, he sabido que eras una de las mías.

Estudiándola más de cerca, me fijé en sus vaqueros rotos y la camiseta de manga larga con una inscripción que decía: «Si buscas un ángel, busca en otro lado».

Mis labios se curvaron, y así, sin más, supe que yo también la consideraba una de las mías.

—Me llamo Bella. Y no, no me han impuesto la asistencia si soy honesta, a menos que consideres que un soborno entra en la misma categoría. ¿Y tú?

—A mí me han chantajeado, aunque a fin de cuentas es lo mismo. Ninguna queremos estar aquí. Es una chifladura.

—¿Quién te ha chantajeado?

—Un tipo con cara de ogro que se presentó el fin de semana pasado en la librería en la que trabajo diciendo que se llamaba Felix.

—¿Rubio, pelo corto, nariz recta, ceño siempre fruncido y el tatuaje de unas alas justo debajo de la clavícula?

—¡Ese mismo! ¿Lo conoces?

—Junto a Jasper, era el amigo más cercano de Edward en el instituto.

—¿Edward Cullen? —Sus ojos se abrieron.

—Sip. Es el que me ha traído aquí.

—Vaya. Te ha tocado el bote en la lotería. La mitad de las mujeres de la ciudad sueñan con ese tipo y la otra mitad ya se han acostado con él y piensan en repetir.

Resoplé.

—Se lo regalo. Es un bruto psicótico con los tornillos trastocados.

Su carcajada abierta me hizo sonreír.

—Acabas de describirlo en una sola frase. ¿Él también ha tratado de convencerte de que es un familiar y que tú eres una bruja?

Las dos soltamos un gemido al unísono. Un argumento a voces resonó desde el vestíbulo y nos giramos sobresaltadas hacia la entrada. Una mole de tío, con rostro de modelo, al que reconocí de inmediato de la noche anterior, entró como si estuviese entrando en una batalla. Sobre sus hombros llevaba como si fuera un saco de patatas a una chica de cabello lila, vestida de pies a cabeza de negro, que pataleaba y gritaba como si estuviesen a punto de quemarla viva en una pira de la inquisición. Sin muchas contemplaciones, la tiró sobre el sofá, dejándonos a todas mirando boquiabiertas a la dueña de una increíble tez pálida y unos iris azules, de un tono tan profundo que se veían irreales.

—No pienso quedarme aquí, so maldito imbécil —chilló la chica bajándose apresurada la falda, que se le había levantado hasta la ingle.

—Sal por esa puerta antes de que haya acabado la reunión y me encargaré personalmente de ponerte sobre mi regazo y darte la tunda que te mereces por ser una niñata malcriada.—Al pasar por mi lado, Alec me guiñó un ojo como si no acabase de amenazar a una mujer en público.

—No soy una niña —chilló la susodicha tras él.

—Se lo aclararé al juez durante el juicio de este jueves — gruñó Alec.

Por el modo en que se le subieron los colores a la pobre chica, dejó patente que el tono níveo de su piel era natural y no una capa de polvos de talco o fondo de maquillaje.

—Creo que acabo de cambiar de opinión. Prefiero a Felix a ese neandertal con cara de estrella de cine —murmuró Jane a mi lado.

Tras verle la expresión a la chica de cabellos lila que, a pesar de la furia reflejada en sus pupilas, era evidente que se sentía humillada, estuve casi, casi, de acuerdo con Jane.

—¿Está pendiente de ir a prisión y la han dejado aquí sin supervisión? —preguntó espantada una rubia platino que se encontraba cerca.

Jane y yo compartimos una mirada y nos mordimos la parte interna de las mejillas, compartiendo en secreto el mensaje de: rubia, pija a la vista.

Una única ojeada a su vestido rosa palo, su manicura perfecta y las joyas me hizo ponerme en alerta. ¿Era esta una de las primas de las que me había hablado Edward? No se asemejaba en nada a él, pero estaba claro que venía de una familia de dinero.

—Va a tener un juicio, eso no significa que sea culpable — la defendió Jane con un tono bajo.

—Tampoco sabemos qué es lo que ha hecho, y no creo que sea grave si está suelta —puse mi granito de arena.

—Hubo fuego en un viejo almacén y hay testigos que la ubicaron en la zona —replicó otra de las presentes que se unió a nuestro grupo.

Su cabello rubio tenía un tono mucho más apagado y oscuro que el de Jane, no obstante, el brillo pícaro en sus ojos era tan parecido que no podía más que mirar de la una a la otra. ¿Eran familia?

—Soy Kate, y esta es mi prima Daphne —nos presentó a otra rubia a la que parecía llevar de remolque, y no por hacerle precisamente un favor, a deducir por el ceño fruncido de la chica.

—¡Qué falta de educación por mi parte! Lo siento. Mi nombre es Lauren —saltó la rubia pija con una mano en el pecho como si acabase de cometer un pecado mortal mientras nos extendía la otra con el porte digno de una princesa.

—Bella. —Fui la primera en cogérsela.

—Jane.

—Ahh, qué bien. Ya estan haciendo migas. —La mujer, que les rodeó el hombro a Daphne y Kate, nos sonrió con ese brillo en la cara que llevan las personas felices y sinceras y que hace que sea inevitable que te caigan mal.

—¡Tía Tanya! —Kate le dio un beso en la mejilla—. Sí, estábamos hablando de la iniciada a la que el tío Alec ha traído secuestrada.

La sonrisa de Tanya vaciló.

—Sí, y eso es algo de lo que voy a hablar muy seriamente con él. Esa no es manera de tratar a una mujer.

—Justo lo que pienso —confirmó Jane—. De hecho, creo que deberíamos ir a hablar con ella y mostrarle nuestro apoyo.

—Aún no sabemos si prendió fuego al almacén —titubeó Lauren con un vistazo disimulado a la chica gótica, que seguía sentada sola en el sofá.

—No lo hizo. Al menos no a propósito. Fue un accidente —aseguró Tanya restándole importancia con un gesto indiferente—. A veces ocurren, hasta que dominas los elementos.

Unas palmadas llamaron nuestra atención y me impidieron preguntarle a qué se refería.

—Ahora que ya estamos todas aquí, les ruego que me acompañen a mi saloncito de té, allí nos presentaremos y les explicaré el motivo de su asistencia y de qué forma las apoyaremos en esta nueva aventura vital que acabáis de iniciar.

La persona que nos habló tenía algo en ella que denotaba una presencia y un poder que te hacía seguirla ciegamente, aunque no habría sido capaz de explicar con exactitud por qué, ya que en principio su apariencia no se diferenciaba en mucho de las demás mujeres mayores de treinta años que se encontraban con nosotras allí.

—Bien, queridas, hora de seguir a Esme —nos animó Tanya.

Un momento, ¿Esme? ¿Cómo, la Esme que había mencionado Edward que era su abuela? No. Imposible. Como mucho podría ser su madre. Me mordí los labios. Esme no era un nombre demasiado típico. ¿Era cosa de familia?

Kate soltó un pesado suspiro, aunque fue Daphne la que refunfuñó por lo bajo.

—Como si necesitáramos más charlas después de la que nos dio esta mañana en el desayuno.

Respiré tranquila. Era probable que fuese la madre de una de ellas. ¿Tal vez una tía de Edward?

—¿Son primas de Edward? —pregunté.

Kate y Daphne se miraron. La primera rompió a reír y la segunda rodó los ojos.

—Es nuestro tío.

—Ah..., lo siento, pensé que Esme era su madre y...

En esta ocasión fue Daphne la que soltó una carcajada.

—Esme es nuestra bisabuela.

—¡¿Qué?! —No tengo muy claro si lo exclamé yo, Jane o Lauren, o puede que fuésemos las tres a la vez.

—Pueden hacer las presentaciones luego. —Tanya nos empujó, con una sonrisa condescendiente, en dirección a la puerta por la que habían desaparecido las demás.

—Pero...

—Es mejor que no se retrasen. A Esme no le gusta que la hagan esperar.