Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Bruja por navidad" de Noa Xireau, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.


Capítulo 19

Bella

Le eché un vistazo a Jane. Que llevase la misma expresión de alucine que debía de llevar yo fue lo que me dio el último empuje que necesitaba. Con un carraspeo y mi sonrisa más educada, dejé la delicada taza de té sobre la mesa y me levanté.

—Voy un momentito al aseo antes de que empecemos.

—¡Te acompaño! —Jane saltó de su asiento como si le hubieran metido un pepinillo picante en el trasero.

Esme arqueó una ceja y se llevó la taza a los labios, con ese gesto sofisticadamente ridículo en el que el dedo meñique queda levantado en un ángulo perfecto.

—Por supuesto, queridas, faltaba más. Tercera puerta a la derecha.

La suavidad con la que lo dijo me puso el vello de punta.

Era como si estuviera divirtiéndose a nuestra costa. Jane y yo nos dirigimos hacia la salida tan apresuradas que casi acabamos encajadas en el umbral por querer pasar las dos a la vez.

En cuanto cerramos tras nosotras, me miró horrorizada.

—Dime que no soy la única que está acojonada —susurró Jane a voces.

—Descuida. Yo estoy a punto de hacerme pis encima, y no es porque tenga la vejiga llena —mascullé entre dientes, mientras comprobaba que el pasillo estaba vacío y que no hubiese mayordomo a la vista.

Con una mueca asintió.

—Tercera puerta a la derecha —repitió Jane las instrucciones de Esme.

Sin hablar, tiré de ella en la dirección contraria.

—¿Traes coche?

—No, me trajo Felix —respondió.

—Tenemos que largarnos antes de que se den cuenta. Podemos huir por el bosque y, en cuanto estemos lo bastante lejos, llamamos a alguien para que nos recoja. —Al llegar a la esquina, me asomé con cautela. Estábamos solas. Me dio tanto alivio comprobar que el portón de la calle se encontraba al final del vestíbulo sin ningún tipo de obstáculo en el camino que casi me entraron ganas de llorar—. Vamos.

El chillido sobresaltado de Jane hizo que me girara asustada hacia ella.

—¡Joder! ¿Tienes idea del susto que me has dado? —siseó Jane a gritos a la chica del pelo lila.

La chica encogió un hombro con el rostro inexpresivo.

—No esperarías que fuera a quedarme allí dentro. Me voy con ustedes.

Jane y yo intercambiamos una mirada de sospecha.

—¿No te atrae el tema de las brujas, la magia y todo eso? —pregunté con un vistazo al colgante con la estrella de David que relucía sobre su ropa negra.

Ella rodó sus irreales ojos azulados al techo, consiguiendo que dejaran de parecer tan tenebrosos.

—Mírame. ¿Has visto las pintas que tengo? Eso de ahí dentro parece una reunión de amas de casa Stepford. ¿En serio crees que yo encajaría allí?

No hacía falta mirar muy de cerca para darle la razón. Su estilo gótico era todo lo contrario al de Esme y las otras mujeres que la acompañaban. Si de verdad hubiese una bruja en aquel edificio, habría apostado sin pensármelo a que era ella.

—Vale. Yo soy Bella, ella es Jane y tú eres...

—Heidi.

Asentí con una media sonrisa, mi mano puesta sobre el colgante de muérdago que había encontrado aquella mañana en el abeto al ponerme a decorarlo. Alguien debía de habérselo dejado allí y en cuanto me lo pidiese se lo devolvería, pero por el momento aquel colgante con las preciosas bayas blancas tenía un efecto relajante sobre mí, como si fuese mío, como si siempre lo hubiese sido.

—De acuerdo, ya nos conocemos y ahora vámonos. Prefiero que no nos descubran. Tanta perfección me da yuyu—admití dirigiéndome a la salida con ellas en mis talones.

Cuando el pomo bajó sin dificultad y el portón se abrió, y dejó a la vista la enorme corona con ramas secas, acebo y piñas, un peso se me quitó del pecho, y no pude más que reconocer que probablemente había dejado que mi imaginación me jugase una mala pasada. Igual no nos habíamos tropezado con una secta, sino solo con un club de señoras que disfrutaban de reuniones esotéricas a fin de aliviar el aburrimiento de su anodina y perfecta existencia.

Pasé por el umbral y parpadeé. Heidi y Jane se quedaron tan congeladas a mi lado como lo estaba yo.

—¡¿Qué demonios?! —murmuró Jane impactada.

—No es posible —coincidí, mirando a mi espalda solo para tener que sujetarme a ella y no perder el equilibrio.

—¿Ocurre algo? —preguntó Esme, sentada en el mismo sillón en el que la habíamos dejado.

—N... no. Nos hemos perdido —farfulló Jane.

Sus uñas se clavaron en mi brazo al tiempo que tiraba frenética de mí y de Jadis en dirección a la salida. Las tres miramos confundidas a nuestro alrededor en el pasillo en el que habíamos estado antes.

—¿Qué...? —Jane tragó saliva. Sus ojos se encontraban abiertos por el terror—. Que alguien me diga que esto es un sueño.

—¿Qué acaba de pasar? —pregunté deseando que tuviese razón, y que estuviera a punto de despertarme en mi cama.

—¿Han bebido de su té? Pueden habernos drogado —musitó Heidi insegura.

—¿Existe alguna hierba medicinal cuyo efecto sea que todas tengamos la misma alucinación? Porque ustedes también han visto que hemos cruzado por la puerta de la calle y hemos vuelto a entrar en el saloncito en el que estábamos reunidas con Esme, ¿no? —Que mi voz se hubiera vuelto más aguda que el chirrido de una tiza no impidió que siguiese farfullando sin parar—. Y ahora estamos otra vez en el pasillo, no en el vestíbulo, que es donde deberíamos estar, ni en la calle, que es a donde queríamos llegar. Y... y...

—Puede que solo una de nosotras esté alucinando —me interrumpió Heidi.

Jane me pellizcó y luego lo hizo con Heidi, arrancándonos un grito a cada una. Bueno, en realidad solo a mí. Heidi le dirigió una mirada de mala leche que, de haber sido bruja de verdad, la habría convertido en estatua de sal.

—Pues parecen bastante reales —soltó Jane.

—¿No es a ti misma a la que deberías de haber pellizcado? —le pregunté frotándome la piel adolorida.

—Esto no tiene sentido. Alucinación o no, tenemos que marcharnos de aquí —propuso Heidi.

Jane y yo la seguimos de nuevo hasta el portón, aunque esta vez, al abrirlo, lo hicimos con cuidado y echamos un cauteloso vistazo por el resquicio. Cuando vimos el exterior y nos dio el aire fresco en la cara, las tres respiramos aliviadas y nos enderezamos, pero, en cuanto pusimos un pie fuera, volvimos a encontrarnos en el saloncito.

—¿Necesitan ayuda para llegar al baño? —se burló Esme como si nada.

Retrocedimos asustadas y cerramos de un portazo.

—¡Oh, Dios! —Jane se apoyó contra la puerta como si con ello pudiese impedir que una horda de zombis caníbales pudiera perseguirnos—. Ha vuelto a pasar.

—¡Es la tele!

—¿Qué? —Las demás me miraron confundidas.

—¿Se te ha ido la pinza? —Mientras más me miraba Heidi, más me acostumbraba a su extraño color de ojos y menos miedo me infundían.

—Me refiero a que es uno de esos realities en los que le gastan una broma a la gente con el fin de ver cómo reaccionan para reírse de ellos. —Cuando las otras dos se quedaron mirándome con el semblante blanco, seguí con mi explicación—. Venga ya. Dentro de nada es el día de los Santos Inocentes. Qué otro motivo puede existir para que alguien trate de convencernos de que somos brujas y lo que está ocurriendo aquí.

—Uhmm... No sé qué día es el de los Santos Inocentes, pero el April Fool's Day es el 1 de abril.

Abrí la boca con la intención de contestar y acabé por cerrarla de nuevo. Jane tenía razón. No estábamos en España, en Estados Unidos no había día de los inocentes en diciembre.

—De acuerdo. —Me pasé una mano por los ojos—. No sé cómo lo hacen, pero al abrir vimos el exterior. Lo único que nos queda es ser más rápidas que ellas.

Tras un corto intercambio de miradas, arrancamos hacia el vestíbulo, abrimos el portón de golpe, cruzamos y...

Acabamos una vez más en el pasillo diez segundos después de pasar por el salón.

—Tiene que haber otras salidas —gimió Jane alterada.

—En este tipo de mansiones siempre hay una puerta en la cocina destinada al servicio.

Tan pronto como lo mencionó Jadis, las tres corrimos en busca de la cocina. La encontramos. Partimos escopetadas hacia nuestra salvación y... Acabamos en medio del saloncito, mirando sin aliento a nuestro alrededor.

—¿Aún no? —preguntó Esme con una paciencia que parecía infinita.

El resto de las aspirantes a brujas nos miraban tan incómodas y confundidas que hasta yo comenzaba a plantearme si estaba perdiendo la chaveta. Jane no me dio tiempo de dejarme llevar por la duda y tiró de mí.

—Si las puertas de exterior dan hacia dentro, igual las interiores dan hacia afuera —propuso, aunque por la expresión en su semblante ni ella misma lo creía.

Por pura desesperación, lo probamos. Una y otra vez, y otra más. Esme empezó a ignorarnos en el saloncito y lo único que descubrimos fue que solo existía una puerta que no llevaba a la reunión, y era la del baño.

—¡Hay que joderse! —espetó Jane con las manos apoyadas en las rodillas mientras trataba de recuperar el aliento.

Heidi levantó la tapadera del inodoro, se alzó la falda y se bajó las bragas.

—¿Qué? —nos retó cuando Jane y yo la miramos boquiabiertas—. Prefiero hacer pis ahora que aún está el baño que cuando decidan convertirlo también en el saloncito. Además, va a ser un milagro que a este paso no acabemos de vaciar la vejiga por puro miedo, porque, yo no sé ustedes, pero yo estoy acojonándome cada vez más.

Jane y yo nos giramos para concederle algo de intimidad.

Acabamos por seguir su ejemplo y a ninguna se nos ocurrió pedirles a las demás que salieran y que nos dejasen a solas, lo que ya decía mucho de lo aterradas que estábamos.

—¡El móvil! Tenemos que llamar a alguien para que venga a por nosotras. Es la única solución. —Estuve por darme un cabezazo contra el espejo mientras me lavaba las manos.

¿Cómo no se nos había ocurrido a ninguna antes?

Como todas a una, las tres cogimos nuestros móviles y marcamos el número de nuestros contactos. El sonido de las llamadas fue resonando en la pequeña habitación a la par que intercambiamos miradas cada vez más frustradas. Una a una fuimos bajando los móviles y volvimos a guardarlos en un cargado silencio.

—¿Y ahora qué? —Jane parecía a punto de llorar, y yo tampoco me sentía mucho mejor.

—Podríamos probar arriba. Aunque no podamos escapar, puede que al menos consigamos descubrir cómo lo hacen —sugerí.

Las demás asintieron, sin embargo, ninguna salimos con mucha esperanza del baño. Regresamos al vestíbulo y no habíamos subido ni cuatro escalones cuando oímos a alguien carraspear. Al girarnos, nos topamos con una mujer de treinta y pocos sentada con sus largas piernas cruzadas sobre un aparador.

—No es por quitarles los ánimos de seguir intentándolo, pero no les va a servir de mucho subir. Esme no las dejará ir hasta que hayan pasado por la charla de introducción, y yo no la haría esperar mucho más, no les recomiendo descubrir cómo es cuando pierde la paciencia —nos aconsejó con una sonrisa tan amable y sincera que por desgracia era complicado considerarla el enemigo.

—Tú eras Tanya, ¿verdad? —Bajé un escalón, dividida entre acercarme a ella o salir corriendo.

Había sido simpática cuando se nos acercó antes.

—La misma, aunque para tu información deberías saber que soy tu hada madrina, o, en un lenguaje más moderno, tu tutora. Puedes llamarme como quieras, aunque Tanya es menos problemático si estamos en público.

—Genial. —Mis ánimos cayeron por los suelos. Otra chiflada más.

¿Qué me esperaba? Estaba allí y era familia de Edward.

—Bien, pero, si eres nuestra hada madrina, entonces podrás echarnos un capote para poder marcharnos de aquí, ¿cierto? —pidió Jane con tanta dulzura que era evidente que, al igual que yo, pensaba que Tanya estaba loca.

—¿Y hacer enfadar a Esme? —Tanya se estremeció con violencia—. Ni de casualidad. Además, no soy tu madrina, solo la de ella —aclaró señalándome.

Jane titubeó.

—¿Yo no tengo?

—Claro que tienes, me tienes a mí. —Una mujer, con figura y rostro de modelo, emergió de uno de los corredores laterales con dos copas. Le entregó una a Tanya y, con un extraño salto que pareció ser a cámara lenta, cruzó las piernas en el aire y acabó sentada en una perfecta pose sobre el aparador junto a su compañera.

Jane me cogió la mano y ambas nos sujetamos con fuerza.

El té, recordé. Heidi tenía razón, debían de habernos drogado.

Cosas como aquellas únicamente pasaban en las películas de vampiros y de terror.

—Tú eres Carmen —constaté con voz temblorosa.

La recordaba de la pastelería. Había alabado mi té y se había presentado.

—La única y exclusiva. —Me sonrió tras un sorbo de su bebida.

—¿Y tú? ¿Podrías ayudarnos a fugarnos? —indagó Jane esperanzada.

La risa de Carmen resonó alta y clara por el vestíbulo como si alguien le hubiera puesto un micrófono por delante y estuviera conectada a unos altavoces.

—Cielo, primer aprendizaje del día: nunca, jamás, hagas enfadar a una bruja, y menos a la bruja suprema de tu aquelarre. Esas cosas nunca terminan bien.

—¿Y mi madrina? —Heidi también bajó un par de escalones.

Carmen y Tanya intercambiaron una mirada que no señalaba nada bueno.

—La tuya es Irina —contestó Tanya con un toque de lástima en su tono.

—¿Y dónde está? —siguió presionando Heidi.

—Partiéndose el culo a tu costa.

Las tres nos giramos al mismo tiempo hacia lo alto de la escalera, por donde descendía una rubia con aire majestuoso.

Mientras Tanya era toda simpatía y Carmen, elegancia y amabilidad; Irina era la personificación de la frialdad y el desdén. Tenía un aura tan helada que nos apartamos de su camino de forma automática.

—¿Y mi martini? —le exigió a Carmen al llegar a su lado.

La mujer rodó los ojos, chasqueó sus dedos y, cuando volví a parpadear, tenía otra copa en su mano vacía. Me entraron ganas de restregarme los ojos. ¡¿Qué diantres?!

—¿Tú acabas de ver eso? —susurró Jane con voz temblorosa.

¿Que si lo había visto? ¡Claro que lo había hecho! ¿Quién no podría haberlo visto? Irina estaba tomando pequeños sorbos mientras les mostraba a las demás su móvil y por la habitación resonaban nuestras voces.

«Tiene que haber otras salidas», aquel gemido era sin lugar a dudas de Jane.

«En este tipo de mansiones siempre hay una puerta en la cocina destinada al servicio».

¡La muy cabrita nos había estado vigilando!

—¿Cómo nos ha grabado? —preguntó Jane—. No había nadie con nosotras en el pasillo.

—Chicas, no es por nada, pero quizá deberíamos empezar a pensar que son brujas de verdad —murmuró Heidi sin perder a las susodichas de vista.

Fui a contestarle que aquello era imposible, cuando mi mirada se cruzó con la de Tanya, que me sonreía con compasión. Me mostró su vaso y un instante después su mano estaba vacía.