Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Bruja por navidad" de Noa Xireau, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.
Capítulo 20
Bella
—Compraré un billete de avión ahora mismo y mañana estoy allí. —La preocupación reflejada en el semblante de Jake contrastaba con el pijama de seda negro estampado con diminutos renos con nariz roja, que Alice y yo le regalamos el año pasado.
—No hace falta, no hay nada que puedas hacer —murmuré cansada a la pantalla del portátil con el que estábamos haciendo la videollamada.
Alice, a mi lado, seguía pálida y en silencio. No había abierto la boca en la media hora en que le había estado contando a Jake mi experiencia en la mansión de Esme.
—¿Que no hace falta? Te has metido a ciegas en una casa con desconocidos donde te han hecho un lavado de cerebro.
—Jake, no es lo que...
—¡Deja de decir pamplinas! Me estás hablando de magia y de que crees que eres una bruja. Si piensas que voy a dejar que una secta satánica se adueñe de mi mejor amiga, entonces vas de culo. Me da igual lo que pienses, he decidido ir y voy a protegerlas a ti y a Alice.
—Jake, de verdad, no es una secta satánica. Ya te lo he dicho.
No tenía ni idea de por qué seguía insistiendo cuando no me escuchaba. Jake era de los que una vez se había formado una idea, no la soltaba ni aunque hubiese un apocalipsis.
—¿Es que no te das cuenta de que con cuatro trucos de ilusionismo todo puede parecer paranormal? —insistió obcecado.
—Jake...
—Esta ha sido la primera visita y mira cómo has salido.
—Jake...
—¿Cómo crees que saldrás cuando lleves una docena?
—Jake.
—¿Qué digo salir? Cuando lleves una docena, ya no escaparás de esa casa y habrás puesto todo lo que tienes a su nombre.
Solté un resoplido. ¿Qué tenía a mi nombre? ¿Deudas y un coche averiado, que estaba aparcado delante de la pastelería desde hacía dos días, porque no tenía con qué pagar el arreglo?
—¡Jacob! ¡Basta ya!
—Bella...
—Calla y mira.
Alcé la taza de tila, que Alice me había preparado, a la altura de la cámara y la solté en el aire, dejando que flotara tal y como Esme nos había enseñado para demostrarnos que éramos capaces de hacer magia.
Jake abrió y cerró la boca como un besugo y su tez comenzó a ponerse grisácea.
—¿Cómo has...?
La taza cayó con un estruendo mojándome los pies con el líquido que quedaba. Alice gritó encogiéndose sobresaltada.
Miré los fragmentos de cerámica esparcidos alrededor del pequeño charco y solté un suspiro. Esme nos había advertido que practicásemos con objetos de plástico. Parecía que me convenía echarle más cuenta en el futuro. Haciendo un nuevo intento, aparté el líquido y los trozos rotos de nuestros pies, arrastrándolos un metro por el suelo.
—Magia, te lo he dicho —le contesté a Jake sin energía.
—¡La magia no existe! —Por sus ojos desencajados no me quedó claro si Jake trataba de convencerme a mí o a él mismo.
—Jake, sé que es una locura, pero no creo que la estén engañando —intervino Alice al fin—. Es imposible que lo estén haciendo. Estoy aquí con ella y cada día veo cosas más extrañas.
—¿Por qué lo dices? —Jake cruzó sus brazos sobre el pecho.
Demasiado cansada como para seguir discutiendo, apoyé la cabeza en la mano y me limité a escucharlos.
—Ya hace tiempo que ocurren cosas raras cuando ella está por los alrededores, y ha escalado de forma exponencial esta última semana. —Me encogí ante la mirada cautelosa que me dedicó Alice—. Y no soy la única que lo ha notado. Hay clientas que vienen expresamente a que ella les haga una infusión.
—¿De qué estás hablando? —Me erguí—. Eso te lo acabas de sacar de la manga.
Ella negó.
—¿No te ha parecido raro que nada más empezar tengamos tanta clientela? La señora Fitzer perjura que desde que toma aquí el té sus migrañas han desaparecido, Katy y Melania han experimentado unos efectos similares a los míos. Ah, y la señora Devito recoge las infusiones para su hijo en un termo, porque dice que lo ayudan a concentrarse mejor en los estudios.
—Son puras casualidades, eso no significa nada — argumenté—. La magia debe ser voluntaria.
—¿Estás segura? El señor Smith afirma que, desde que acude aquí a por la infusión que le lleva a su mujer por las tardes de camino de casa, le han cesado las náuseas del embarazo, me lo contó hoy. Al parecer, ayer, al ser sábado, no iba a venir, sin embargo, su mujer volvió a tener náuseas. Al principio no cayeron en el motivo, pero, cuando ella tuvo antojo de pasteles y té, vino para llevárselos. Media hora después de tomarse la infusión, su malestar volvió a desaparecer.
—La mayoría de esas veces se trataba de una simple infusión de canela o menta poleo —argumenté.
—Pues con más motivo para que se trate de magia —recalcó Alice—. Piénsalo, si no puedes atribuir los resultados a los ingredientes, entonces tiene que deberse a la persona que lo preparó.
—¿Efectos diferentes con la misma infusión? —me burlé—. ¿Es que no te das cuenta de que no tiene sentido?
Esta vez Alice se tomó su tiempo en responder:
—Tendría sentido si tu inconsciente trata de ayudarlos para aliviar su sufrimiento.
Me volví hacia Jake, que había estado escuchando nuestro intercambio en silencio.
—¿Y tratas de convencerme a mí de que no tengo magia? —lo acusé—. ¡Dile algo a esta mujer!
—Bien... —carraspeó Jake—. Si la magia fuera verdad, y no digo que lo sea, la teoría de Alice tendría su mérito.
Mi mandíbula prácticamente se desencajó.
—Pero ¿no has estado convenciéndome de que necesito tu ayuda porque me ha atrapado una secta en sus fauces? ¿En qué quedamos?
—Chocho, acabas de hacer volar una taza y he escuchado cómo la has destrozado. Si Mary dice que todo eso no es un truco, no voy a contradecirte cuando existe la posibilidad de que puedas hacerme explotar las pelotas. Además, las cosas que ha mencionado Alice me parecen más creíbles.
Por primera vez desde que le conté lo que me había pasado en la reunión con Esme, Alice soltó una risita.
—Picadillo de pelotas de Jake, eso tengo que verlo —rio.
Jake la miró horrorizado.
—¿Quieres que me haga daño? ¡Iba a convertirte en la madrina de esos hijos que nunca nacerán!
Rodé los ojos. Alice por su parte alzó los brazos.
—No, claro que no, además, si puede hacerlas explotar, significa que también puede volver a recomponerlas, ¿no? —me preguntó.
—¿En serio? —¡Dios! ¿Es que todo el mundo se estaba volviendo loco? —. No creo que pueda hacer eso y, aunque pudiera, no voy a arriesgarme a que salga mal y tener que aguantar el gimoteo de Ray sobre sus bolas perdidas, o que estas luego me persigan en sueños. —La simple idea me hizo estremecer.
—Eso ha sido lo único con sentido que has dicho en toda la noche —refunfuñó Jake.
—No hagas que cambie de opinión —le advertí—. Siempre podría convertirlas en unas bonitas y brillantes bolas para colocar en nuestro árbol de Navidad.
