A veces me miro y siento que aunque hay alguna inocencia o alegría impoluta aún en mi, también ahora se pinta en mi piel una sabiduría que sólo recibí después de pasar tantos huracanes y tormentas por mi cuenta, creyendo que estaba acompañada cuando en realidad sólo había sido visitada por un fantasma.
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Hotline Bling - Billie Eilish, but it's only the best part & L'AMOUR DE MA VIE
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L'AMOUR DE MA VIE
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Su mente deseaba tanto la quietud de la noche, el silencio calmante que su mente deseaba pero al mismo tiempo evitaba a toda costa. Desearía poder parar. No había terminado de descifrar un recuerdo cuando otros diez se agolpaban detrás de sus ojos, sin piedad. Quería silencio, vacío. Pero, a veces el vacío resultaba más angustiante que los recuerdos de aquél.
¿Era mucho pedir que eso parara? Tal vez no para siempre, pero al menos por esa noche. Las sombras bajo sus ojos habían sido detectadas por sus amigas y la habían atiborrado de preguntas. Sobre todo si estaba bien. ¿Estás descansando bien? Preguntaron.
Sí, había respondido su voz.
Sí, estoy descansando tan bien como una transtornada, había completado su mente.
Sabía que todos a su alrededor sabían que… no sería fácil para ella. No después de todo lo que había pasado. Eso era lo gracioso: aunque no hubiera estado físicamente prisionera, tenía las mismas marcas que los que habían sido cautivos por mucho tiempo.
Heridas profundas que nadie podía ver y sólo ella podía sentir. Tardaría en recuperarse.
Si es que alguna vez se recuperaba.
¿Podría?
Sinceramente, no lo sabía.
Aunque tenía la esperanza de que así sería.
Algún día.
Sabía que sólo tenía que pedirlo, decirlo, y todo, quizás, se acabaría. Que la medicación a la que tanto se había resistido podría ser su única salida. Que, tal vez, esas simpáticas pastillitas de colores le brindarían la paz que tanto la esquivaba. Tal vez así él saldría por la puerta de su mente para nunca volver. Pero sus manos temblaban y luego el resto de su cuerpo les seguía con la mera idea de hacerlo.
No, no quería.
¿Cómo es que costaba tanto detener y dejar el veneno que le hacía daño pero no quería decirle adiós a esos ojos verdes?
Era tan obvio, se recordaba, dando vueltas en la cama. Él no la amaba. Se lo había dicho tantas veces que sólo recordaba la primera, vagamente, cuatro años atrás, en que él, sin piedad detrás de una cortina de agua le dijo que no tenía corazón ni razón de tener sentimientos por ella. Que así sería siempre. Y fiel a esas palabras, así había sido.
Pero ella había optado por ignorarlo, por creer que mentía.
Que no lo decía en serio.
Le había costado admitirlo, incluso dejar de reírse y quitarle importancia cada vez que sus amigas le decían que era la viva imagen de "I can fix him". Pero lo cierto es que tal vez, entre todas esas sensaciones de vacío y de sentirse poco útil con sus amistades, el pensar que podría ayudarle, arreglarlo, demostrarle que sí tenía sentimientos y que la vida no era tan parca como parecían verla sus ojos verdes la había instado a intentarlo.
No había querido rendirse con él ni con ese corazón que estaba segura habitaba en algún lugar detrás de esos ojos verdes y tristes. Verdes como el fondo de las botellas que a menudo le veía entre sus dedos. Tristes porque… quizás porque se veía a sí misma reflejada en ellos.
-Basta, mujer. -No entendía cómo es que podía ponerla tan caliente esa palabra salida de sus labios y al mismo tiempo enfriaba su corazón -No tiene sentido que intentes convencerme. Es absurdo… - la voz de Ulquiorra se volvía más vacía a través de la fina línea que eran sus labios -...ver cómo insistes.
Sería tonto decir que no se había sentido rara, pero lo cierto era que no había dado señales de notar ella misma sus propios cambios además de sentirse cada vez más cansada de tanto en tanto. Y aunque incluso Ichigo había amenazado con llevarla a su casa de vacaciones para que recuperara un poco el color que solía tener en su cara, ella no entendía.
¿O no había querido entender?
Que si algunas personas son como el Sol, luminosas y cálidas, y se nutrían de las sonrisas y empatías compartidas, también había personas se alimentaban de esos soles: agujeros negros, tan enigmáticos y atractivos que no dejaban escapar nada, incluso la luz más brillante y poderosa. Nada podía escaparse de la fuerte atracción que emanaban.
Tal vez creyó que eran tan distintos que se complementaban. Que eran tal para cual. Que estaba destinado a ser él… que por fin había encontrado al amor de su vida y que, si brillaba lo suficiente, si lograba encontrar el fondo de ese agujero y llenarlo de luz, podría devolverle un brillo a Ulquiorra.
Pero pasó tiempo antes de que empezara a sentir, y un poco más para aceptar, que quizás ese fondo no existía.
Recordó el accidente.
Tal vez esa había sido la manera en que incluso su hermano la había querido proteger desde el más allá: un golpe en la cabeza con una cajuela abierta mientras le pedía respuestas a Ulquiorra por teléfono. Querida hermana, imaginaba a su hermano diciendo, por favor no sigas por ahí. Él no es bueno.
Giró boca abajo en su cama. El reloj de su habitación marcaba las dos y veinte de la mañana. Se llevó una mano a la frente, sintiendo la leve textura que había dejado la cicatriz de ese golpe. Recordó la cara de Rukia llena de espanto cuando la vió con sangre por toda la cara.
Habían salido e iban caminando juntas para cenar. La morocha un par de pasos más adelante, tratando de aparentar que no escuchaba detrás de sí la voz angustiada de su amiga pedirle respuestas al demonio de ojos verdes del otro lado de la línea.
Rukia se había mostrado completamente hostil con él desde el inicio. Le había insistido a Orihime que no se emocionara, que lo olvidara. Que ése tenía una maldita reputación de destruir todo lo que tocaba. Pero claro, ella, Orihime Inoue, salvadora de cachorros y personas en desgracia, sentía que no podía ser tan malo y que quizás los demás se equivocaban, que no le habían dado una oportunidad o el beneficio de la duda razonable lo suficiente para conocerlo de verdad.
La primera vez Rukia había sido firme. La segunda trató dulcemente de detener a Orihime. Y lo siguió intentando. Pero después de la décima ocasión, la pequeña mujer se resignó tristemente a dejar que su amiga se diera cuenta sola. O, es decir, que abriera los ojos con ese golpe que ella juraría que nunca había visto venir.
Orihime había sentido que Ulquiorra se estaba alejando, y había tratado por todos los medios saber qué le ocurría, entenderlo para así solucionar las cosas. Pensó que había hecho algo mal, pero pronto empezó a sentir una angustia en su pecho. Tatsuki insistía que era ansiedad, no preocupación por el enamoramiento.
Así que le había pedido a Ulquiorra que se vieran, pero el muchacho nunca llegó ni contestó hasta pasadas varias horas. Le dijo que la vería más tarde por la noche. Nada más.
Rukia supuso que tal vez el muchacho sólo quería usar a su amiga para desquitar sus oscuros instintos, e insistió en no dejar a la pelirroja sola. Ni loca lo haría. Primero le asestaba unos cuantos puñetazos al cabrón de negro y luego consolaría a Orihime. O quizás la regañaría y ya luego la consolaría. Sí.
Ajena a su amiga, Orihime sentía un poco de rabia, pero no lo admitiría. Prefería camuflajearla con angustia, como una novia preocupada. Pero, rió bajito, ni su novia era. ¿Qué eran? Eso era lo que Orihime, después de varios tonos de llamada sin contestar había logrado articular cuando el morocho por fin contestó del otro lado de la línea.
-No entiendo para qué quieres saber eso, mujer.
Rabia. Enojo. ¿Tal vez porque justamente ella no tenía ni idea? Quería saberlo. Sentía más y más cada día que estaba a punto de perder la cabeza. No entendía cómo de pronto parecía que se interesaba por ella cuando la cuestionaba y tenían largas pláticas, que sentía que había una conexión y luego él se desvanecía.
Como en aquel momento.
Sentía que estaba llegando al límite.
Desde que lo había conocido nunca lo había escuchado llamarla amiga. Ni siquiera conocida. Pero ella había asumido que habían empezado a ser amigos. Nunca le había dicho explícitamente que se fuera o que le molestaba, así que se había quedado. Había seguido.
Sí, era frío. Y muy oscuro con muchos de sus comentarios. Y por supuesto que ella se sentía herida cuando él soltaba palabras filosas como las esquinas del papel cuando es nuevo: pequeñas y ligeras, que apenas y las notas cuando suceden, pero con el tiempo arde y duele. Claro que le dolía. Pero eso era lo que había aprendido: "si no duele, no sirve.".
El nihilismo lo rodeaba como el humo rodea a una fogata apagada con agua. El mismo humo que la sofocaba con dudas, que la confundía y la hacía sentir como que era ella la que había hecho algo mal. Que no se había esforzado lo suficiente.
Y la distancia. Eso había empezado a doler más desde que ella había empezado a ser recibida en su departamento. Al comienzo, todo le parecía nuevo, sentía pena pero también ganas de estar con él. Sentía que quizás era buena señal y estaba más cerca de alcanzar a iluminar su corazón. Por eso había podido convivir con el silencio, con esa mirada llena de desinterés y aburrimiento que había confundido con timidez y ensoñación que la dejaba a su aire para que ella se acoplara a su lugar.
Un lugar que había empezado a dudar si existía.
Sonrió irónica.
Por eso preguntaba.
Necesitaba saberlo.
¿Por qué era tan difícil que contestara eso? No le estaba pidiendo que respondiera positivamente. Aunque le rompiera el corazón, había empezado a anhelar que respondiera si quiera un "No somos nada, mujer" en lugar de seguir caminando en esa cuerda floja a merced del viento de su indiferencia.
Porque esa relación más que primaveras y veranos dulces llenos de amor tenía más inviernos llenos de nostalgia de otoños que nunca fueron ni serían.
-Por favor, sólo responde.- trató de mantener su agitación a raya. - ¿Es tan difícil, Ulquiorra?- odió la súplica en su voz.
Siguió a Rukia frente a ella y mientras caminaba cerró los ojos un instante.
No logró decir más.
Se detuvo, o más bien, algo la detuvo. Sintió que no podía seguir caminando porque su cabeza se había topado con algo duro y le había hecho dar un par de pasos hacia atrás. Lo siguiente que sintió fue algo corriendo por su frente, llenando su nariz y mejilla. Luego, goteando hacia abajo, vió su ropa manchada por su propia sangre. El dolor vino después junto con la voz de Rukia pidiendo ayuda.
No soltó el teléfono. Lágrimas titilaban en el borde de sus ojos. Del otro lado de la línea creyó escuchar un "¿Estás bien?". Sonrió. Y antes de poder responder se desvaneció. Cuando volvió en sí y despertó, el médico a su lado le estaba limpiando el corte.
-Limpio, jovencita. ¿Cómo te sientes?- los instrumentos sonaron en la mesa metálica.
Sonrió. El doctor tenía los ojos verdes. Se estremeció.
-Como si hubiera recibido una advertencia.
El doctor la miró. Y ella, platicadora como era, empezó a narrarle cómo es que había terminado ahí antes de terminar ahí, precisamente. El doctor la escuchó atentamente, sonriendo gentil ante la joven que no podía ver que estaba perdiendo su corazón frente a un caballero frío y cruel. Al final Orihime se calló cuando él le preguntó:
-Y… ¿Ya te llamó para ver cómo estás?
Orihime volvió a moverse de lugar entre las sábanas de su cama. No, pensó. Nunca llamó y tampoco nunca preguntó. Rukia la dejó quedarse en su casa y cenaron ahí. Ella se tomó con humor la venda en la cabeza de Orihime, tratando de aligerar el asunto. Orihime lo agradeció. Uryu llamó para ver cómo estaba y la regañó poco después por no haber puesto atención en el camino. Rukia asentía de tanto en tanto en la llamada por altavoz, como diciendo "Te lo dije". El dolor en su cabeza la hizo distraerse un poco del dolor en su corazón.
Esa noche se quedó viendo series con Rukia hasta que ambas cayeron rendidas. Pero Orihime había resistido todo lo que había podido, esperando que sonara ese tonito que le había dado al número del ojiverde. Sin embargo, no hubo más mensajes, ni más llamadas. Trató de dormir sin llorar.
No volvió a ver a Ulquiorra después de eso. Al menos por un tiempo. Sus amigas se encargaron de marcar la distancia que tanto necesitaba y tan poco quería. Pero al final del día, no podrían cuidarla por siempre.
Así que la princesa volvió a encontrarse con el demonio.
Y olvidó todo lo que había pasado.
Era el inicio de otra falsa primavera para ella. Las manos pálidas que tantas veces antes la habían rechazado y pocas veces la habían aceptado, se acercaron a ella. La tomaron. Y como nieve al sol, ella se derritió.
Fiel a sus eternos silencios, él no dijo nada, pero para ella era suficiente que él estuviera ahí, afuera de su trabajo, esperándola. Sentía que toda la rabia había desaparecido y que la respuesta que tanto había querido ya no le hacía falta.
Él estaba ahí, y el resto del mundo podía irse al infierno.
Él estaba ahí, y ella era feliz.
Se revolvió incómoda. Movió las almohadas hasta que terminaron en el suelo. Piedad pidió a su mente cuando, por su piel, le pareció sentir las caricias fantasmas de unos dedos que conocía demasiado bien. Cerró los ojos con fuerza. Odiaba el extrañar tanto ese tacto frío. Odiaba recordarlo tan bien. Odiaba sentir que lo necesitaba.
Luego se apaciguó. No lo odio. No podía.
Ese par de meses le pareció que algo salvaje había entrado en Ulquiorra. La forma demandante en que la besaba, en que no la ponía en duda ni la cuestionaba y parecía que su nihilismo había tomado vacaciones para dejar pasar cierta lujuria elegante le susurraba que todo estaba bien.
Que eso estaba bien, y que necesitaba seguir ahí. Que eso había sido producto de su distancia y que él, en el fondo, la amaba. Aunque no lo dijera, y ella no lo necesitara.
Sintió que su curiosidad por él surgía con más fuerza y lo miraba encantada hasta que él, con una rabia silenciosa, la besaba hasta que le extraía un gemido camino a la cama. O a la pared más cercana. Entonces se encendía en su interior un fuego salvaje que, tan rápido como comenzaba se tornaba en cenizas cuando él la dejaba, se levantaba o miraba a la nada, dejándola abismalmente sola.
Si enamorarse se sentía como caer, ella sentía que no caía, si no que la tiraban y lanzaban, como cuando él le dejaba sus dedos marcados en sus brazos. Y pensó que esa intensidad era directamente proporcional al amor que, suponía, Ulquiorra sentía por ella. Una temporada hermosa y vertiginosa, donde pasó tantas noches con él que olvidó por un tiempo finito que ella tenía una vida que se le iba decolorando.
No hubo fuerza en la tierra que residiera fuera de ella que le hiciera darse cuenta de lo ceniza de su piel, de lo pálido de sus labios, de lo acartonada de su sonrisa, de que su abundante melena roja se veía como una triste copia de lo que había sido. Las voces de sus amigas las escuchaba, pero no les encontraba sentido. ¿A qué se referían con que la veían muy mal? ¿Qué no se daban cuenta? Ella estaba enamorada y estaba con el hombre que amaba. Estaba bien, eso era el amor.
Pero ellos no le entendían, y seguramente sólo hablaban así porque no querían a Ulquiorra. Se encerró en su mundo con tintes verdes, fríos y pálidos. ¿Que sabían ellos? Ellos no lo conocían como ella. Ellos no lo querían como ella. Ellos no estaban enamorados de él.
Distanciar a sus amistades no fue tan difícil. Pero no todos se fueron.
Fue precisamente por que Rukia no estaba enamorada de Ulquiorra que un día fue por Orihime bajo el pretexto de mostrarle alguna tontería en su casa. Llegó tan repentinamente que Orihime apenas tuvo tiempo de vestirse, olvidando pensar una excusa para negarse a salir. Tenían meses que no se veían y Rukia, determinada como era, se negaba a irse de ahí sin su amiga. No podía dejarla ahí y menos después de lo que Ishida dijo un día. Dios sabía que eso no la había dejado dormir tranquila.
-Es como si él fuera un vampiro y le hubiera succionado la vida.
Orihime se sentó en su cama, mirando al infinito. ¿Qué habría pasado si no hubiera salido ese día? Si no hubiera cedido a la insistencia juguetona pero firme de su amiga no habría visto la manera en que Rukia e Ichigo se miraban, la forma en la que se hablaban. No se había enterado de que esos dos habían empezado a salir. Tampoco que su amiga Tatsuki había ido a competir a Corea. O que pronto habría una fiesta con todos los del trabajo de sus amigos. Se sentía perdida. Trataba de voltear su ver su propia vida, su propia historia con Ulquiorra, pero no había nada. Nada que se le pareciera.
Frío y oscuridad. Niebla y confusión. Silencios que todos los llenaba ella, porque si no corría el riesgo de desvanecerse entre tanto mutismo. Todo monocromo, gris. Tan contrastante con los colores que le inundaban los ojos y el alma por lo que veía.
Un pequeño brillo rompió su telaraña de oscuridad.
Ahí, como una pequeña vela resistiendo el ser apagada por un tornado, una sensación resurgió y no cedió. Algo dentro de ella le susurró que eso, lo que tenía con el morocho, no estaba bien.
Que eso que tenía con Ulquiorra no era amor.
Y cuando se dió cuenta de que tal vez el Sol que ella había tenido por corazón había desaparecido casi por completo dentro del agujero que Ulquiorra tenía por corazón fue como si se quebrara un muro dentro de ella. Como si una presa se rompiera y corriera agua.
Y el agua corrió. Corrieron todas las lágrimas que no había sabido que contenía desde hacía mucho tiempo. Lágrimas de incomprensión, de desesperación, de rabia, de soledad, de genuina tristeza. Lágrimas que deseaba soltar para poder decir: quiero más. Quiero más que esto.
No se atrevería a decir que ella no merecía lo que tenía en ese momento, o que merecía más. Sólo sabía que de esas temporadas en las que sentía que todo era maravilloso y lleno de curiosidad ya no quedaba mucho y que en su corazón se empezaba a desenrollar algo similar al desengaño. No podía culpar a nadie. Ella, sin pena ni gloria, se había embutido en la oscuridad creyendo que con su sonrisa podría disiparla.
Pero, ahora con esa pequeña luz empezaba a ver que se había equivocado.
Igual que como una drogadicta, pasó por todas las etapas: Negación, ira, tristeza, negociación y aceptación. Pero juraría que habían sido más. ¿En dónde entraba la escena en la que había salido de ese departamento? ¿En tristeza o en la aceptación? Quería caminar como si nunca hubiera pasado, pero tantos recuerdos le embutían los sentidos de una manera tan brutal que a veces le resultaba difícil siquiera recordar cómo era su propio caminar.
Hasta eso se había quedado con él.
Trenzó distraídamente su cabello sobre su hombro. Su mente voló hacia una noche un par de meses atrás, cuando el timbre sonó. Ulquiorra llamó. Una sola ocasión cuando, supuso, vió que ya no había más cosas de ella en su casa. Ella habría contestado, pero sus amigas se ocuparon de su teléfono.
Sería más mentirosa si dijera que no se moría por contestar. Y no pudo contener las ganas por mucho tiempo. Sin decirle a nadie, esperó hasta que ellas durmieron para entonces marcarle. No se hizo ilusiones y eso había sido bueno.
Había sido una llamada donde había tenido más preguntas que respuestas y el tratar de mantener la afectación a raya le había pasado factura. Pero, de alguna forma infecta, el escuchar sus monosílabos le hizo sentir calma. Calma venenosa. Se sentía como la rana del chiste que no daba risa: si metes una rana en una cacerola con agua hirviendo, saltaba inmediatamente, pero si la metían en una cacerola con agua que hervía poco a poco, hasta que era cocinada en vida, nunca lo notaría.
Ella había sido ésa rana.
Y Ulquiorra el que había visto desde fuera cómo hervía.
El tic tac de su reloj de muñeca quebraba el silencio a su alrededor. Poco a poco, rememoró, entre esas llamadas clandestinas empezó a sentir más distancia, pero poco a poco dejó de angustiarle. Quizás por el aire fresco que le daba vida de vuelta al fuego en su interior sentía que iba entendiendo que era algo bueno, que de alguna manera iba despegando poco a poco esa brea que representaba la presencia de él en su vida.
Las pocas palabras de Ulquiorra, antes tan preciadas para ella, se tornaron del color del óxido en un espejo. Y sus miradas intensas, cuando lo veía a través de sus redes sociales o en alguna foto de una amistad en común, dejaron de encender su piel, cada vez más dorada y menos ceniza.
No estaba segura cuándo es que las llamadas se habían detenido. Estaba segura de que si él hubiera dejado de llamar, ella recordaría la sensación de hueco que habría sentido por extrañarlo, por raro que sonara. ¿Acaso ella había decidido no contestar más? La certeza no estaba en ella. ¿Habría sonado un día que ella no tenía cerca el aparato y Ulquiorra había desistido? No tenía idea.
La primera vez que lo vió en persona después de varios meses sin verlo fue por accidente. No había esperado encontrarlo en esa zona, donde estaba quedándose con Tatsuki, pero ya fuera por accidente o porque él la había buscado, nunca lo supo con certeza.
Si bien sus manos se mantuvieron leales a ella, libres de temblores, una parte de su corazón dió un latido de más. Pensaba que él se le acercaría con el hambre que recordaba de antaño, antes de que se fuera. Pero la distancia fue mantenida y la mirada se perpetuó hasta que sus piernas la dirigieron mecánicamente a la tienda a la que iba cada mañana de viernes.
No miró atrás, aunque la tentación casi le jalaba los cabellos.
Si alguna vez volvió a aparecer, no lo sabía. A nadie se lo contó. No lo volvió a ver. Sin embargo, sentía que entre las sombras, si ponía atención podría llegar a distinguir su silueta recortada contra una oscuridad más ligera que la de él y salir por ella.
Las tardes de Orihime estaban llenas de las risas de los niños con quienes trabajaba en el centro comunitario. A veces sentía que esas risas tan inocentes y cantarinas le habían ayudado mucho a recuperar el color de la vida que creyó asfixiado por el desgaste contínuo sin respuestas. La curiosidad genuina superó a los silencios de esos orbes verdes que de vez en cuando se aparecían al cerrar sus ojos. Sin compasión, sin contemplación.
Si la vida al menos empezaba a ser buena, esperaba que en un punto pudiera sentir que era más que llevadera. Fluir estaba en su lista de cosas por empezar a aprender y Dios sabía todo lo que ahora le tocaría recorrer: aprender a soltar, aprender a reconocer, aprender a aprender de nuevo.
Sentía que la noche en que pudiera tener un orgasmo sin sucumbir ante la figuración de esa silueta de cuervo que la había prendido y martirizado tantas veces antes encendería por fin un fuego que jamás volvería a perder. Que primero destruiría el mundo entero antes de volverse a perder.
Hasta entonces, el Sol que Orihime forjaría como su corazón a partir de las cenizas y con las tormentas silenciosas del desierto de la introspección sería su guía, su luz. No volvería a perder su paso y no permitiría a cualquiera acercarse a él. Al menos no hasta que hubiera arrojado luz sobre todas sus dudas y preguntas.
Porque no volvería a mentirse creyendo que había encontrado al amor de su vida cuando ni siquiera la persona frente a ella creía en el amor.
Porque ahora entendía que le había mentido a Ulquiorra cuando le dijo que él era el amor de su vida.
Y lo entendió cuando se alejó.
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F I N
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Muchas gracias a los bonitos reviews que han dejado en los one-shots anteriores, gracias infinitas!
Curioso, ¿no? Lo que quizás en un pasado se nos hacía atractivo y deseábamos con el alma llega un punto que al probarlo nos damos cuenta que el dulce glaseado era sólo arsénico. Tan cerca y tan lúgubre se veía una vida que, por poco, y me absorbe.
Gracias por leer.
Besito, xo
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