Chapter VI
I
A Snape no le fascinaba ser un doble agente, pero había cosas que alguien tenía que hacer y durante gran parte de su vida se estuvo preparando para esto: engañar al señor tenebroso. Dumbledore nunca dudó que un día Voldemort regresaría y gracias a eso estaban preparados. Con la ayuda de la oclumancia, Severus Snape volvió a ganar su lugar como Mortífago; no sin algunas complicaciones porque Voldemort era volátil y algunas veces solo le gustaba verlo sufrir, como hoy que le había puesto bajo la maldición Cruciatus para ver cuánto tiempo aguantaba. En momentos así, cuando cada parte de su cuerpo gritaba de dolor, le ayudaba pensar que Lilly había sufrido más. Ella había muerto por proteger a Potter así que él podía aguantar un poco más. Siempre un poco más. Normalmente no tenía problemas para engañar a la Orden del Fénix, excepto claro a Dumbledore y a una pequeña maga sabelotodo.
Estaba mirándolo fijamente durante toda la cena y al terminar sintió los tirones del hilo. Consideró ignorarlos pero por experiencia no se detendrían y solo irían a peor. Salió discretamente de la sala siguiendo a la leona hasta uno de los cuartos del segundo piso de la nueva casa que servía como fuerte de la Orden del Fénix.
—No soy un perro al que pueda llamar tirando de la correa, Granger —le dijo enojado tratando de imponerse frente a la estudiante. Cerró la puerta tras de sí y puso un hechizo silenciador al cuarto.
—No pensé que fuese buena idea pedirle frente a todos que me acompañara, profesor —le contestó Hermione cruzándose de brazos—. ¿Qué pasó? —Le preguntó directamente sin temor. No habían interactuado mucho desde la plática de las mazmorras, pero Hermione sabía que algo malo le había pasado al Profesor y con las cosas como estaban con el-que-no-debe-ser-nombrado no podía evitar preguntar.
—Pasan muchas cosas Granger, va a tener que ser más específica —Le contestó el mayor. Imitándola en el cruce de brazos.
—Sabe perfectamente a qué me refiero —Hermione bajó la voz aunque sabía que había un hechizo silencioso en el cuarto—. Lo sentí y quizás usted esté acostumbrado a sentir tanto dolor, pero yo me desperté gritando.
La noticia de la leona lo sorprendió. Teóricamente no había dejado pasar nada de dolor por el lazo, pero la conexión que tenían era una novedad para él y quizás durante unos segundos de intenso dolor no había controlado bien sus emociones causándole daño a la niña. Eso no era algo que estuviera contemplado.
—No volverá a suceder —le dijo cortantemente. Tenía que ser cuidadoso, muy cuidadoso porque si de algo estaba seguro es que la leona sabía cómo sumar dos más dos y si cometía algún error lo iba a descubrir.
—No es eso lo que pregunté.
—Eso es todo lo que voy a contestar y no quiero que vuelva a tirar del lazo a menos que sea una emergencia y aún así, le aconsejo que lo piense dos veces porque podría ser yo quien termine haciéndole daño —se dio media vuelta para salir del cuarto cuando recordó la recomendación de Dumbledore. —Voy a darle clases de oclumancia —la chica se le quedó mirando incrédula—. Albus piensa que ayudará a evitar que pase cada cosa que siente por el maldito lazo.
—¿Tengo opción? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Acomodaré las clases con su horario del Colegio y espero que quede claro que esto es un asunto estrictamente entre nosotros.
Hermione lo fulminó con la mirada y el mayor sintió una punzada de enojo.
—Eso es lo que tiene que aprender a controlar —le siseó el maestro de pociones mientras hacía una mueca de desagrado—. Con sus expresiones faciales no puedo ayudarla.
Ofendida, Hermione pasó de largo a su profesor y salió del cuarto para bajar las escaleras sin siquiera molestarse en mirarlo. Había días en que de verdad lo odiaba y con ganas.
II
Hermione no estaba de acuerdo con la forma en que estaban manejando las cosas: mantener a Harry alejado de todo iba a salirles mal. Conocía bien a su amigo y sabía perfectamente que tenía que estar pasando un mal rato; incluso peor que ella limpiando la casa de Grimmauld Place. Además, normalmente podía descansar de las implicaciones del hilo durante las vacaciones pero esta vez el Profesor Snape se presentaba cada tantos días a dar reportes y a las reuniones de la Orden del Fénix, algo que siempre la ponía un poco nerviosa aunque el mago hacía muy bien su tarea de ignorarla.
Ella también trataba de imitarlo usando de escudo a Ginny y a la señora Weasley. Prefería a la segunda porque la primera siempre le mandaba una sonrisita idiota cuando se escondía "discretamente" detrás de ella a la hora que llegaba su profesor.
—Sigo sin creerme que lo sepa desde tu primer año —le dijo Ginny cruzada de piernas sobre la cama mientras comían galletas en su cuarto—. Y que además metieras tanto la pata que ahora puedan tocar el hilo. De por sí es un fastidio verlo todo el tiempo.
—Sí bueno —dijo Hermione tomando otra galleta del plato y haciendo una expresión de derrota con los hombros—, supongo que ninguna de las dos lo pensó muy bien.
El primer día que vio a Ginny en las vacaciones la actualizó sobre la plática que había tenido con el profesor Snape, aunque no le comentó que tomaría clases de oclumancia personales. Secretamente estaba emocionada al respecto y había empezado a leer sobre esa rama tan interesante de la magia. Si Dumbledore le había recomendado al profesor Snape que le diera clases, eso significaba que debía ser muy bueno en ese arte. Esto tenía mucho sentido ya que conocía a pocas personas que pudieran controlar tan bien sus emociones y pensamientos como lo hacía su profesor.
Cuando Harry llegó a la casa de Grimmauld Place las cosas resultaron más o menos como ella se lo había imaginado porque su amigo explotó. No lo culpaba y tampoco entendía del todo las instrucciones de Dumbledore sobre no contarle nada a Harry, pero no podía ir contra una orden directa del gran mago. Al menos lo había defendido contra el Wizengamot y ahora su amigo podía asistir a su quinto año en Hogwarts.
III
Había quienes la llamaban una "insufrible sabelotodo" y eso ella lo sabía muy bien, pero pocas veces le molestaba. Es más, algunas veces se enorgullecía de ello. Y ser una sabelotodo tenía sus ventajas, por ejemplo, darse cuenta de que algo andaba mal con su profesor de pociones. A veces recargaba más su peso de un lado que del otro, como si le molestara cargarle peso a esa pierna. Otros días usaba más su mano izquierda que la derecha dependiendo de la tarea que quisiera completar. Hermione no era tonta pero todavía no estaba segura de lo que sucedía.
—Esta vez, al menos trate de suprimir su miedo —le dijo el profesor acercando la caja hacia ella. Era su segunda semana de clases privadas de oclumancia, pero justo cuando lograba dominar un miedo, el boggart se convertía en otro.
Cuando se abrió la caja se encontró a Harry siendo torturado. "Es una ilusión" pensó una y otra vez tratando de controlarse. Había visto incontables veces las muertes de sus amigos y de sus padres, las torturas y la agonía de cada uno. Le daba miedo, pero empezaba a acostumbrarse porque sabía que era una ilusión. Porque tenía que ser una ilusión. Porque ella nunca iba a permitir que algo así sucediera. Una vez calmada miró a su profesor para saber si ya podía lanzar el hechizo riddikulus sobre el boggart, pero el maestro estaba un poco más pálido de lo normal con los ojos fijos en Harry.
—¡Riddikulus!
El boggart pasó de ser un Harry torturado por la maldición cruciatus a ser un Harry retorciéndose de cosquillas y riendo abiertamente. Hermione sonrió y cuando miró a su profesor le pareció que él también sonreía un poco. La sorpresa que se llevó la dejó boquiabierta. Observó el semblante de su profesor cambiar a uno de enojo puro cuando la miró.
—Retírese —le dijo cargando cada sílaba con el mayor odio que podía.
Hermione no necesitaba recibir la orden dos veces, tomó sus cosas y salió de las mazmorras. Últimamente pasaba mucho tiempo ahí: al menos una hora cada día y estaban acabándose las excusas para escaparse de sus amigos. El día de hoy les había dicho que tenía una pijamada de chicas. Harry parecía estar dudando de ella pero todavía no le había dicho nada; probablemente porque estaba más ocupado tratando de derrocar a Umbridge y enseñando a los alumnos Defensa Contra las Artes Obscuras.
Desde su punto de vista eran más fáciles las clases con Harry que las que le daba el profesor Snape, aunque eso quizás tuviera más que ver con la enemistad que sentía con el mayor. Además de controlar sus temores con el boggart, el profesor usaba la legeremancia en ella lo cuál le hacía recordar momentos humillantes de su vida y siempre terminaba con dolor de cabeza. Aprender a ser oclumante, legeremante y Defensa Contra las Artes Obscuras la estaba agotando. Necesitaba pedir un descanso pronto.
Una noche despertó gritando de dolor y tan pronto como llegó se fue. Sus compañeras de cuarto se despertaron alarmadas a preguntarle si se encontraba bien. Rápidamente les contestó que solo había sido una pesadilla, que no había problema y que bajaría a tomar un poco de aire en la sala común. Cuando las demás volvieron a dormir, Hermione tiró desesperadamente del hilo una y otra vez, pero no recibió ningún tirón de regreso. Alarmada, se colocó su túnica y se dirigió a la oficina del director.
No tuvo que llegar hasta la oficina, porque se topó con el director Dumbledore en el pasillo.
—Algo le ha pasado al Profesor Snape —le dijo rápidamente y sin aliento en cuanto estuvo a una distancia prudente donde no tuviera que gritar para ser escuchada.
—Lo sé, señorita Granger, si me hiciera el favor de seguir su lazo hasta Severus, se lo agradecería —le dijo el anciano mago poniéndo una mano sobre su hombro—. No debe estar lejos. Intentó aparecerse en el castillo pero no lo logró.
—No se puede aparecer en Hogwarts —le contestó Hermione empezando a caminar por el pasillo tratando de descifrar hacia dónde iba el hilo rojo.
—Severus goza de un privilegio especial en ese aspecto —dijo el Director caminando un poco más rápido.
Hermione entendió la indirecta y también apresuró el paso. Salieron a los terrenos del Colegio cerca del lago, hacia las montañas, cada quien con su varita iluminando el camino. Después de unos minutos que parecieron horas, se encontraron con el cuerpo del Profesor Snape inconsciente debajo de un árbol. Por las marcas en el suelo se había arrastrado hasta ese lugar y después había perdido la consciencia.
—¡Por Merlín! ¡Necesitamos a Madam Pomfrey de inmediato! —gritó Hermione arrodillándose al lado del hombre. Tenía unas laceraciones en el pecho que no dejaban de sangrar así como una herida en la sien del lado izquierdo. Acercó su mano para retirar un mechón del cabello del maestro, pero dudó unos segundos. Nunca antes había tocado a su profesor de pociones. Sacudió la cabeza para no pensar en cosas innecesarias y retiró con mucho cuidado el cabello de la frente para visualizar mejor la herida.
—Me temo que Madam Pomfrey no puede ayudar —Dumbledore se arrodilló sobre el cuerpo de Severus y comenzó a curarlo. Un hechizo sin palabras que Hermione no conocía. En medio de su pánico había olvidado que estaba junto a Albus Dumbledore claro que él sabía sanar.
—¿Qué es lo que le pasó? —preguntó más tranquila Hermione cuando casi todas las heridas estaban cerradas.
—Las explicaciones tendrán que esperar. Hay cosas más importantes, señorita Granger, que necesitan ser atendidas de inmediato.
Hermione estaba confundida, sorprendida, aterrada todo al mismo tiempo. Se dijo a sí misma que se preocuparía de la misma forma por cualquiera, que no tenía nada que ver con que fuera su alma gemela. Pero cuando el profesor empezó a recobrar el conocimiento sintió un alivio en su pecho más grande de lo que hubiera podido imaginarse. Creía que le odiaba, pero aparentemente esto no era así.
—Severus, necesito que me digas qué sucedió —le dijo rápidamente el director.
El maestro de pociones parpadeó varias veces mirándolo y después mirando a la joven leona que parecía estar al borde del llanto junto a él.
—Severus, no hay tiempo —le apresuró Dumbledore—. Necesito saber si te descubrieron.
El profesor miró nuevamente a la leona considerando las implicaciones de lo que estaba a punto de hacer. Finalmente suspiró resignado.
—Estoy vivo, ¿no? Voldemort dudó —dijo mientras se apoyaba con las palmas de las manos en el césped para tomar una posición más cómoda—. Quiso poner a prueba mi lealtad, pero pasé la prueba.
—Sabíamos que esto sucedería algún día. ¿Cómo te sientes? —el mayor le tendió una mano para ayudarle a levantarse.
—Solo necesito descansar —respondió el otro apoyándose en el hombro del anciano.
Hermione estaba atando cabos mientras escuchaba la plática entre los dos hombres. Las cosas le parecían bastante claras ahora: El profesor Snape era un espía que trabajaba para Dumbledore. La verdad es que ya lo había sospechado pero no se lo terminaba de creer. Tanto peligro, sufrir todo esto. ¿Por qué? No lo hubiera esperado del profesor de pociones ex-mortífago.
Empezaron a caminar de regreso al Colegio lentamente. Hermione caminaba al lado del Profesor Snape preguntándose si debería también intentar sujetarlo, pero tenía miedo de la reacción que tendría el profesor si lo tocaba de esa forma, después de todo estaba en una situación vulnerable en la que nunca lo había visto.
Cuando llegaron a la entrada de las mazmorras ambos hombres se detuvieron. El Director volteó a verla, pero el profesor no se giró.
—Señorita Granger creo que por hoy debería retirarse a descansar, platicaremos mañana —le dijo el anciano mirándola por encima de su hombro.
—Yo… —miró preocupada a su profesor, pero había poco que pudiera hacer por él y probablemente estorbaba más de lo que ayudaba— Claro.
Cuando llegó a su dormitorio se sentía algo aturdida por todo lo que había pasado. Hubo un tiempo en el que consideraba que el Profesor Snape no solo era una mala persona, si no que realmente estaba aliado con el-que-no-debe-ser-nombrado, que trataba de matar a Harry y hacerle la vida imposible a ella. Ahora resultaba que ese mismo profesor estaba arriesgando su vida tras líneas enemigas para apoyar a Dumbledore y acabar con el-que-no-debe-ser-nombrado. Era un cambio bastante drástico pero por alguna extraña razón le sonaba cierto.
Se revolvió en su cama intentando conciliar el sueño, pero no podía dejar de preocuparse. ¿Cuántas veces había sufrido su profesor de esa manera? ¿Cuántas veces más tendría que soportar pasar por lo mismo? ¿Había algo que ella pudiera hacer? ¡Era su alma gemela! No podía dejar las cosas así nada más. Tenía que haber una razón para el lazo que los unía y entre más pensaba en ello más segura estaba de eso. Acciones que repercuten en la vida de tu alma gemela. Nunca había pensado mucho en lo que eso significaba pero ahora entendía que lo que ella decidiera hacer afectaría el futuro del Profesor Snape y viceversa. Se enfocaría más en las clases de Oclumancia y aprendería todo lo que pudiera de Defensa Contra las Artes Obscuras. Le pediría ayuda a Dumbledore si fuera necesario.
El sol comenzó a colarse por las persianas del dormitorio y se dió cuenta que no había dormido nada pero no se sentía cansada, por el contrario estaba ansiosa por encontrarse con el Profesor Snape. Se arregló rápidamente y se dirigió al desayuno en el Gran Comedor. Antes de entrar sintió un tirón en el lazo y su corazón se aceleró. Girándose siguió el hilo hasta el despacho del Director y se quedó parada unos instantes fuera del lugar. Se llevó una mano al pecho para calmar su corazón y controlar su respiración. Cuando se tranquilizó entró en la gran sala y encontró a los dos hombres sentados uno frente a otro en el escritorio.
—Señorita Granger, tome asiento por favor —le dijo el Director señalando la silla que quedaba libre al lado del Profesor Snape.
Hermione caminó lentamente hasta la silla, siendo consciente de cada paso que daba. El ambiente era algo pesado y se estaba poniendo nerviosa.
—Buenos días —dijo la chica mientras tomaba asiento en la silla. El hombre al lado de ella pareció recorrerse un par de centímetros lejos. No le dió importancia al asunto porque no quería empezar a pelear tan temprano, además había cosas más importantes.
—Señorita Granger, hay cosas que no le podemos contar todavía —empezó el gran mago recargándose sobre sus codos en el gran escritorio —, pero trataremos de explicarle lo mejor que podamos. Me imagino que ya debe tener una idea de lo que sucede —le dijo mirándola sobre sus gafas de media luna.
—El profesor Snape —dijo mirando al aludido que aparentemente encontraba los cuadros de la pared más interesantes que la plática— es un espía que trabaja para usted.
—¿Y todo eso lo dedujo usted sola? —preguntó en tono de burla el maestro en pociones por fin mirándola. No sabía qué esperar de esto, pero no esperaba que la mirara con tanto odio.
—Severus, por favor —dijo Dumbledore levantando una mano para hacerlo callar. —Lo que ha dicho es verdad, señorita Granger, y es de vital importancia que nadie se entere de esto. Absolutamente nadie.
—Siempre podemos hacer un juramento inquebrantable —dijo el pelinegro entrecerrando los ojos y tratando de intimidar a la chica.
—¡Bien! —dijo Hermione furiosa. Levantó su mano hacía su profesor y se remangó la túnica para dejar su brazo al descubierto—. Hágalo.
Severus se le quedó mirando unos instantes esperando que la chica se retractara pero los ojos de la leona lo miraban con decisión. De verdad que esa niña era fascinante a veces. ¿A dónde se había ido su habilidad para hacer que sus estudiantes se acobardaran frente a él? El truco parecía nunca funcionar en esa leona. Recordó que tampoco funcionaba con Potter. Estos niños merecían ser mejores amigos.
—Estoy seguro de que eso no va a ser necesario —interrumpió el director—. Confiamos en usted y en el lazo que los une. Ahora vayan a desayunar—dijo levantándose de la silla y rodeando el escritorio—. Me uniré después de atender unos asuntos.
El maestro en pociones se levantó de su asiento y se dirigió a la salida. Hermione aún tenía muchas preguntas, pero consideró prudente guardarlas para después. Imitó a su profesor pero antes de salir recordó lo que había pensado durante la noche. Era tan buen momento como cualquier otro para pedirle ayuda al Director.
—¿Podría enseñarme el hechizo de sanación que usó en el profesor ayer por la noche? —le preguntó.
—Es magia muy avanzada —le contestó el anciano— ¿Para qué quiere aprenderlo?
Hermione apretó los puños para llenarse de valor. Una cosa era haberlo pensado en su cama y otra muy diferente tener que expresarlo en voz alta.
—Quiero ayudar al Profesor Snape si algún día se requiere —dijo finalmente.
Dumbledore sonrió y le puso una mano en el hombro.
—Entonces estoy seguro de que lo dominará pronto.
Tras las puertas Severus se cruzó de brazos y suspiró resignado, parecía que sin importar lo que hiciera se enredaba cada vez más con la leona. Y ahora ella quería ayudarlo. Él no necesitaba la ayuda de nadie. Comenzó a caminar irritado en dirección del Gran Comedor pero se detuvo a unos cuantos pasos. Se quedó mirando el largo pasillo y después los verdes bosques por las ventanas. ¿Cuándo había sido la última vez que alguien más aparte de Dumbledore se había preocupado por él? ¿Acaso había sido Lilly? Escuchó unos pasos apresurados detrás de él y al girarse observó la figura de la niña aparecer y quedarse parada frente a él con una cara de intriga. El hilo rojo se mecía entre ambos y Severus no le podía quitar los ojos de encima.
—Tengo hambre —le dijo a Hermione tirando del hilo.
La chica tropezó un poco con el tirón pero recuperó el equilibrio y caminó detrás de su profesor. Cuando llegó a la mesa de Gryffindor y se sentó frente a Harry y Ron tenía un dolor extraño en el estómago.
—Creo que también tengo hambre —le dijo a nadie en especial mientras tomaba su primer bocado y buscaba con los ojos a su alma gemela.
