Hola!
Aquí seguimos con la historia de Catra bebé con Mara y Hope.
El último capítulo va a ser para navidad! Espero que les guste uwu
Capítulo III
"Desayuno"
Era un día alunado, pero el calor de la Luna Mayor tiene poco qué hacer contra el frío de principios de diciembre en una ciudad de por sí fresca como Media Luna. También era temprano. Era la primera vez en muchos años que iba a ese tipo de restaurante. Se ajustó mejor la bufanda y entró al local, sus pies descalzos de inmediato agradecieron la alfombra después de limpiarlos en el tapete de cerdas duras.
Cerca de una esquina, Mara y una mujer alta de cabello cortísimo la esperaban. Karina sonrió ante la emoción casi infantil de la mujer de trenza. La otra a su lado se veía tan seria. Pero en su nueva opinión personal, una pareja que se aventuraba a cuidar y criar un niño que no fuera propio, necesitaba estar más cimentada a su modo que cualquier matrimonio que creara vida.
Se dirigió con ellas, seguida de su propio vástago. Coincidieron en que Duncan sería un buen puente en el primer encuentro. A Catra le caía bien el joven magicat y era sino su amigo, al menos un compañero del parkour al que seguía y parecía respetar.
Pero de momento no se veía por ningún lado a la gatita.
—¡Kari, por aquí! —parecía que Mara no podía contener su emoción —¡Aquí!
A su lado, el rostro de la mujer negra se suavizó más.
—Buen día, Mara. Y Hope, me atrevo a adivinar —saludó la magicat mayor.
—Es un gusto conocerla, señora Clawstone.
—Hope es muy formal —dijo Mara juntando las manos con deleite.
—Un gusto también, joven Duncan.
Los felinos movían lentamente sus colas mientras tomaban asiento en las sillas con medios respaldos. Ese tipo de sillas y los bancos eran las mejores opciones para todos los restaurantes, teniendo en cuenta la cantidad de especies con colas y otros apéndices.
—Ya saben un poco de la situación de Catra. Y prometo que esto fue un ajuste de último minuto: Juliet, la trabajadora social a cargo de su caso, propuso hacer una de sus visitas sorpresa para supervisar durante esta reunión. Se encuentra justo allá —explicó y señaló Mara hacia la esquina más alejada del local, donde Juliet la saludó con un movimiento de la mano —Entendemos si tienen algún inconveniente.
—No parece que sea mucha sorpresa si ya sabían de ella —comentó Duncan con su voz mordaz.
—En realidad… estaba platicando con ella ayer, y le dije acerca de nuestros planes. Juliet me dijo que tenía intenciones de visitarnos de improviso… al menos será sorpresa para Catra. Ella no sabe que ella anda por aquí. Tuvimos mucho cuidado con su aroma también.
—Bueno, niño, modera un poco tu lengua. No se preocupen, no tenemos problema. Es bueno saber que Catra sigue siendo supervisada —dijo Karina, aceptando los papeles que le tendía Mara.
Su cola le hizo un pequeño golpe en la mejilla a su hijo, que enseñó los dientes, pero después rozó su coronilla contra la mejilla de la madre. Mara se seguía empapando de esos momentos entre madre e hijo. No quería compararlo mucho porque no sabía si era adecuado, pero le recordaba un poco al cómo un cachorro de grandes felinos jugaba con su madre y hermanos, y padre en el caso de los leones.
Los dos felinos se inclinaron juntos para ver el pequeño archivo no confidencial de Catra, ya con su foto actualizada y las últimas observaciones de la clínica donde estuvo un mes guardada.
—No es… no es lo mismo escucharlo que verlo. La verdad es que no es algo en lo que uno piense —dijo Karina al cabo.
—Nuestra idea era apoyar a niños con problemas legales o de custodia, vaya… "mojarnos los pies" si me permiten la expresión. Pero Juliet nos convenció de tomar este caso y creo firmemente que Catra solo necesita estabilidad y disposición. Es una niña encantadora y muy inteligente —dijo Mara.
Las esposas estaban tomadas de la mano y Karina tuvo el impulso de abrazar a Duncan, que estaba adusto. Solo le pasó la cola por la cintura.
—Así que se echaron el clavado completo —dijo Karina y todos lanzaron una risa comprometida.
—Catra sabe escalar mejor que yo. Para el siguiente mes espero que la suban a avanzados —dijo Duncan para cambiar el tema, sintiendo el sentimiento de su madre, así que él le rodeó una pantorrilla con su cola negra y empezó un ronroneo.
Karina se unió pronto.
—Mi esposo falleció hace casi ocho años y ante esto solo puedo agradecer que mis hijos ya sean adultos que pueden valerse para el día que yo también les falte.
—Mamá… —empezó Duncan, con el tono más suave que Mara le había escuchado.
—¡Mara! —gritó una voz algo aguda, emocionada.
Desde la entrada al área de juegos, se acercaba una pequeña magicat de orejas negras y ojos dorado uno, turquesa el otro. Karina solo la había visto de lejos una vez, cuando fue a la clase de Duncan. Verla aquí, mucho más cerca, era un golpe de realidad que no esperaba. La pequeña vestía una playera blanca con un estampado desconocido para la magicat mayor y unas mayas rojas. Karina la comparó mentalmente con la fotografía del expediente y reconoció que tenía el cabello más corto, pero sus ángulos no eran tan filosos, se veía más redondita. Y si tuviera que adivinar diría que tendría entre 9 y 10 años, pero sabía que tenía poco más de un mes que cumplió los 12.
Quizás solo era naturalmente bajita, pero ahora no podía evitar el conocimiento de toda la escasez sufrida. Catra sufrió de mal nutrición varios años y eso dejaba sus huellas.
—Catra, cariño. Mira, vino Duncan a acompañarnos y alguien más lo acompaña.
—Buenos días —saludó con formalidad Catra.
Se acercó con paso reservado al ver la mesa con más personas de las que esperaba. Rodeó por el lado largo para sentarse al lado de Mara y encarar a los otros magicats.
—Buen día, Catra. Soy la mamá de Duncan, me da mucho gusto conocerte.
Catra miró a Mara y Light Hope y ellas solo le sonrieron.
—¿No te gusta que Duncan y su mamá vinieran con nosotras? —preguntó Mara.
Catra prefirió ejercer su derecho a guardar silencio.
—Duncan me ha contado sobre ti y quería conocerte, cariño. Hace mucho tiempo que no veía una gatita cómo tú —dijo Karina sin dejarse amilanar por el silencio. —Esta es Caliope, mi otra hija, pero ella vive algo lejos y no he podido verla últimamente —dijo mientras le mostraba una foto de otra magicat, del mismo color que Duncan pero de ojos amarillos también.
Catra se fijó en la foto que le mostraba Karina, una imagen de la familia de tres magicats.
—Sus ojos son del mismo color que el tuyo, ¿no crees? —volvió a intentar la magicat.
Catra examinó mejor la fotografía.
—Los suyos son más claros —respondió después de considerarlo.
—Puede ser…
Llegó un mesero por las órdenes. Mara y Hope pidieron solo después de que Catra lo hizo y los magicats igual.
—Le conté a mi mamá que puedes saltar tan alto como yo —dijo de pronto Duncan.
Sorprendió a la gatita con medio bocado todavía, pero sus ojos desiguales brillaron animados.
—Puedo llegar más arriba todavía —asintió orgullosa.
Juliet podía ver desde su lugar como el comportamiento de Catra evolucionó las últimas semanas. De no hablar nada, ahora participaba en la conversación casi con normalidad. Ya no buscaba tanto a sus tutoras antes de decir algo. E incluso se atrevió a tomar algo del plato de Mara.
—¿Qué más te gusta aparte del parkour, Catra? —le preguntó Karina después de un pequeño silencio.
—Me gusta dibujar y jugar en la laptop que me dieron Mara y la señora Hope —respondió picando unas salchichas bebés.
—¿No te gusta tomar la siesta?
La gatita le lanzó una mirada a Mara, pero encogió las orejas y contestó sola.
—A veces. Pero también estudió mucho.
—Así es. Catra es muy inteligente —les aseguró Light Hope que casi no intervenía en la charla.
—Las siestas no son malas, Catra. Puedes descansar siempre que tengas sueño —dijo Mara tomando su café.
—A mí me encanta tomar una siesta después de una larga caminata, ¿no, Duncan? —siguió Karina, obviando la intervención de las tutoras y agitando la cola hacia su hijo.
—Cuando regreso a casa de la universidad o del parkour, casi siempre tomó una siesta con mi mamá.
—Ya casi no lo haces, mentiroso.
Y los dos se rieron y juntaron las colas. El ronroneo volvió a crecer y Mara pudo ver las orejas de Catra moviéndose hacia enfrente.
—Catra a veces se queda dormida conmigo después de ver una película.
La cola de Catra se adelantó hacia Karina, que la tenía más cerca a ella que a Duncan, pero volvió a su lugar y se agitó ahí.
—Es cómodo dormir a veces con alguien más —dijo Karina y esta vez fue mucho más gráfica al abrazar a su hijo.
Catra se removió ligeramente en su silla, observando cómo Duncan y su madre compartían ese momento tan natural. La risa entre ellos, el ronroneo compartido y las colas entrelazadas hacían que una parte de ella se sintiera un poco ajena, como si estuviera viendo algo que no acababa de entender del todo. Sin embargo, algo en la manera en que Karina interactuaba con su hijo le generaba curiosidad. Si tuviera más palabras, quizás podría decir que era un anhelo.
Mara, a su lado, se inclinó un poco, le pasó una mano por los hombros y también le dio un suave apretón, un gesto que para Catra ya se había vuelto familiar, una señal de confort y cariño. Las orejas de Catra se relajaron un poco, girando en dirección a Mara, reconociendo ese vínculo de confianza que seguían construyendo. No era sencillo. No podía olvidar años de abuso y descuido en solo un par de meses, pero todas lo estaban intentando. Sin embargo, Karina, aunque extraña, despertaba algo más que incomodidad: había algo en su calidez y su manera de hablar que captaba su atención.
Los magicats no abundaban en Luna Brillante y Catra tenía rato de no toparse con otros.
Karina notó cómo Catra la miraba de reojo y, con una sonrisa, decidió darle más espacio para que se sintiera cómoda.
—Sabes, Catra, cuando Duncan era más pequeño, solíamos hacer muchas cosas juntos. —Karina tomó un sorbo de su bebida —Ahora está creciendo y hace muchas de sus cosas por su cuenta, pero siempre encontramos tiempo para estar juntos, aunque sea solo para compartir una película o una siesta.
Catra la observó con más detenimiento. Duncan era claramente un joven independiente, fuerte y hábil, pero se rozaba con Karina con naturalidad. Aquello le resultaba nuevo para Catra, como si ser independiente y al mismo tiempo tener alguien con quien compartir esas pequeñas cosas no fueran ideas opuestas. De alguna manera, le hacía pensar en Mara. La relación entre ellas no era la misma, pero desde que había llegado a ese lugar, Mara había sido una constante.
Mara, como si percibiera los pensamientos de Catra, le dio un suave empujón con el hombro.
—A ti también te gusta, ¿verdad? Cuando hacemos cosas juntas.
Catra sintió una leve presión en el pecho, una sensación cálida y algo desconocida que poco a poco iba aprendiendo a identificar. Era la sensación de pertenencia. Comprobar que en efecto, Catra deseaba la tarde de juegos, las comidas sencillas pero deliciosas. Las caricias y la sonrisa de Mara.
—¿Tú siempre has estado con Duncan? —preguntó de pronto Catra, rompiendo su propio silencio mientras miraba a Karina. Había curiosidad en su voz, pero también una necesidad de entender cómo funcionaban esas conexiones que ella aún estaba explorando.
Karina sonrió con suavidad, captando el interés detrás de la pregunta.
—Siempre que puedo, sí. —Miró a Duncan con un orgullo que se reflejaba en sus ojos —A veces la vida nos lleva por caminos distintos, pero siempre intento estar ahí para él, aunque no sea todo el tiempo. Lo más importante es que, aunque no estemos juntos todo el día, sabemos que podemos contar el uno con el otro. Como con Caliope, ella tuvo que irse a otra ciudad, pero la veré pronto y hablamos todo el tiempo por teléfono.
Catra se quedó en silencio, procesando esas palabras. Parecía algo tan simple, pero al mismo tiempo, tan ajeno a lo que había experimentado. Sin embargo, ahora, sentada allí, entre Mara, Karina y Duncan, empezaba a pensar que quizá esas conexiones no eran tan inalcanzables como antes había creído. Sentía curiosidad por lo que Karina compartía con su hijo, pero al mismo tiempo, se dio cuenta de que, en su propia manera, ya había empezado a construir algo con Mara y Light Hope. No necesitaba entenderlo todo de inmediato; lo importante era estar abierta a ello.
—Es bueno tener a alguien, ¿no? —dijo Catra, bajando la mirada hacia la mesa, como si lo que acababa de decir fuera un secreto que acababa de descubrir.
Mara sonrió, esta vez más cálida, con una mezcla de orgullo y ternura.
—Sí, lo es —respondió suavemente, y luego miró a Karina, que también sonreía, entendiendo que algo profundo había cambiado en ese momento para Catra.
El mesero regresó con las bebidas y un plato más, pero la atmósfera en la mesa se había transformado. Catra ya no se sentía tan tensa; de alguna manera, Karina había despertado una nueva curiosidad en ella, y la presencia constante de Mara le daba la seguridad de que podía explorar ese nuevo terreno sin miedo.
A medida que la conversación continuaba, Catra se relajaba más, observando a los demás y participando de manera más activa. Aún no entendía del todo cómo funcionaban esas conexiones, pero por primera vez en mucho tiempo, no le parecía algo imposible.
La conversación en la mesa continuaba con un ritmo tranquilo, pero Karina no podía dejar de observar a Catra. Había algo en la pequeña que le preocupaba, una sensación persistente que no había podido ignorar desde el momento en que la vio por primera vez: su silencio corporal. Había aprendido, tanto como madre como magicat, que no todo se decía con palabras; el cuerpo, los gestos, y en especial el ronroneo, comunicaban tanto o más que una conversación completa.
Catra era reservada, eso lo entendía, pero notaba una tensión en su pequeña figura, especialmente en su cola que se movía con cierta cautela, como si siempre estuviera esperando algo, alerta. Y sobre todo, no había escuchado ni un solo ronroneo. Para los magicats, el ronroneo no solo era una expresión de calma o alegría, sino también una forma de conexión emocional, de pertenencia a un grupo. Si no lo hacía, ¿sería porque no se sentía parte de ellos? ¿O tal vez porque no sabía cómo? Cada cuál era más preocupante.
Karina respiró hondo, buscando la manera correcta de abordar el tema sin hacer que Catra se sintiera presionada. Observó cómo Duncan la miraba, con una mezcla de curiosidad y preocupación que le confirmaba que él también lo había notado. Después de todo, Duncan era muy intuitivo.
—Catra —comenzó Karina suavemente, fijando sus ojos en los de la pequeña, que levantó la vista, sorprendida —¿Sabes algo curioso sobre los magicats? Algo que siempre me ha parecido maravilloso y especial.
Catra ladeó un poco la cabeza, intrigada pero cautelosa.
—¿Qué cosa? —preguntó con una mezcla de interés y recelo.
—El ronroneo —respondió Karina, con una sonrisa cálida. Inclinó su cuerpo hacia delante, como compartiendo un secreto importante —Para nosotros, los magicats, el ronroneo no es solo una manera de decir que estamos contentos. Es una forma de comunicarnos con los demás, de decir que estamos bien, que estamos seguros. También puede ser una manera de calmar a otros o incluso a nosotros mismos cuando lo necesitamos.
Catra se quedó en silencio, jugando con su tenedor en el plato. Era evidente que estaba procesando lo que Karina decía, pero aún no sabía cómo reaccionar.
—Cuando yo era pequeña —continuó Karina, sin darle demasiado peso al silencio de Catra —a veces me costaba ronronear delante de otras personas. No quería que lo escucharan, ¿sabes? Era solo algo mío y de mi madre. Solo nosotras juntas. Pero luego me di cuenta que a veces tenía ganas de hacerlo cuando no estaba con mamá, cuando jugaba con amigos, o cuando alguien más está triste.
Duncan, que estaba a su lado, sonrió con complicidad. Él sabía perfectamente a lo que su madre se refería.
—Mamá y yo siempre ronroneamos cuando estamos juntos —dijo Duncan, mirando a Catra— Especialmente cuando estamos relajados. No es algo que tengas que hacer si no quieres, pero es algo que a veces ayuda, te hace sentir más cerca de los demás —el jovén felino raramente era tan abierto, pero esta gatita le preocupaba a su mamá y le gustaba consentirla y apoyarla a ella.
Además le recordaba un poco a su propia hermana, cuando los dos eran niños todavía. No podía recordar ningún tiempo que fuera tan malo que no pudiera ronronear para consolarse. Cuando su padre murió, ellos tuvieron que hacerlo por su madre, que pudo volver a hacerlo en unas semanas, pero él mismo nunca lo había perdido.
Catra bajó la mirada nuevamente, mordiéndose el labio. Sabía lo que era el ronroneo, claro, pero hacía tanto tiempo que no lo hacía de manera voluntaria, como si una parte de ella lo hubiera guardado en lo más profundo de su ser, donde nadie pudiera alcanzarlo. Después de todo, ronronear significaba mostrar que estaba bien, que se sentía cómoda, y no siempre había sido así.
Karina, notando la incomodidad de Catra, decidió suavizar el ambiente aún más.
—A veces un ronroneo es como un abrazo desde adentro.
Mara, Hope y Catra miraron algo asombradas a Karina, por la dulzura y suavidad de sus palabras. Pero nadie tenía que responder, así que siguió.
—¿Sabes qué? —dijo en un tono juguetón. —Hay veces que ni siquiera me doy cuenta de que estoy ronroneando. El otro día, estaba en medio de la cocina, preparando la cena, y de repente Duncan me miró y dijo: "Mamá, ¿estás ronroneando?". Ni siquiera me había dado cuenta, pero estaba tan feliz de que él estuviera en casa que simplemente sucedió. ¡Es como si nuestro cuerpo a veces supiera lo que necesitamos antes que nosotras mismas!
Mara, que había estado observando en silencio, decidió intervenir con suavidad esta vez.
—No hay prisa, cariño —dijo, dirigiéndose a Catra con su tono maternal—. Todos tenemos nuestros tiempos y maneras de expresar cómo nos sentimos. Lo importante es que sepas que estamos aquí para ti, sin importar cómo decidas mostrarlo. Cuando te sientas lista, si alguna vez quieres ronronear, no diremos nada.
Catra levantó los ojos, mirando a Mara y luego a Karina. Había algo en sus palabras que la reconfortaba, pero al mismo tiempo la hacía sentir extraña. ¿Ronronear? No lo había hecho en tanto tiempo que no sabía si siquiera podría recordar cómo se sentía. Pero ahora, con Mara a su lado y la calidez de Karina y Duncan, se preguntaba si, tal vez, algún día podría hacerlo de nuevo.
—Creo que... no lo hago mucho —murmuró Catra, casi en un susurro. Parecía una confesión dolorosa, pero también un paso importante hacia la apertura.
Karina, entendiendo lo difícil que era para la pequeña magicat, sonrió con ternura.
—Está bien, Catra. El ronroneo es algo que llegará cuando te sientas segura y feliz. No es algo que se deba forzar. Pero quiero que sepas que, cuando llegue ese momento, será porque sabes que tienes personas a tu alrededor que te quieren y que están aquí para ti.
Catra asintió lentamente. No estaba segura de si podía ronronear en ese momento, pero por primera vez, la idea de hacerlo no le resultaba tan extraña ni tan lejana. Miró de reojo a Duncan, que seguía con su sonrisa despreocupada, y luego a Mara, quien le dio un leve apretón en el brazo, como si le dijera que todo estaba bien.
Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero Mara estaba decidida a devolverle el ronroneo a la gatita.
Juliet se quedó lejos esa vez. Estaba satisfecha de la evolución de Catra. Se notaba en su soltura, en la facilidad con la que tomaba la comida libremente y no resentía los ligeros toques de Mara. Aunque no podía escuchar la conversación, podía notar que los cinco estaban pasando un buen rato. Luego de lo que pareció un inicio tímido, todos se relajaron y notó algunas risas incluso de Hope.
Cuando Catra casi se terminaba su comida, se levantó para seguir jugando. Después de un rato más, el magicat joven se levantó para irse y la otra magicat fue al área de los juegos, donde no la podían ver del todo por los diseños en los cristales que separaban esa parte del restaurante. Pero podían ver cómo Catra se le acercaba y después corría a saltar a una cuerda gruesa con nudos y usarla para llegar a una "rama" cerca del techo.
Ya que estaba ahí, bien podía comer algo además de observar a uno de sus casos.
La progresión de Catra era un alivio para Juliet en medio del resto de su trabajo, que pocas veces le ofrecía esa satisfacción. Le daba convicción y esperanza para seguir ejerciendo.
Ver correr y juguetear a Catra era muy diferente a verla sentada y comportándose al lado de sus cuidadoras. Todo el instinto y libertad de movimientos que le podría faltar, aquí se recuperaban por entero. Sus movimientos eran precisos y confiados, casi temerarios. Una o dos veces se le erizó el pelaje al verla dar saltos, que al personal cuidador también alertaban, pero la gatita giraba en el aire con la facilidad de una gimnasta.
La cola parda se agitaba con naturalidad según corría y saltaba. Catra se manejaba con reticencia con el resto de los niños presentes, le bastaba sisear para que la dejaran en paz o emitir un profundo gruñido para los más osados. Cuando regresó con Karina a la mesa a terminar su plato, ya se esperaba algo por el movimiento de las orejas.
—¿No te gusta jugar con otros niños, Catra? —preguntó la magicat sin tapujos, pero sabiendo hacer que no sonara como un regaño. Simple curiosidad.
Mara y Hope se quedaron en silencio porque ellas mismas no habían sabido abordar el tema.
—No —fue la corta y concisa respuesta.
Karina vio evaporarse la naturalidad que todavía traía Catra con ella después de jugar, se cerró tal concha en el mar.
—¿Y te gustaría jugar conmigo?
La pregunta hizo que Catra adelantara las dos orejas, curiosa.
—¿Con mi computadora? —preguntó, enarcando las cejas hacia sus cuidadoras, que se quedaron tan asombradas como ella.
Pero le sacó una risa limpia y corta a Karina. Ella sabía de computadoras, pero no para jugar.
—No, mi niña. Yo no sé jugar esos videojuegos, pero recuerdo juegos que le gustaban a mis hijos.
—¿Y cómo son?
—Hay uno muy fácil, pero tienes que concentrarte, se llama "Sígueme": alguien es el guía y el otro, o los demás, tienen que hacer lo mismo, y recordarlo porque se van sumando los pasos. ¿Quieres probar?
La gatita buscó a Mara un poco y con una pequeña sonrisa, le dio aliento.
—Bueno, mírame —y las dos se fijaron la mirada, que podían mantener sin parpadear.
Con toda deliberación, Karina movió la oreja izquierda y después parpadeó.
—Ahora es tu turno —instruyó a Catra.
La niña movió la misma oreja y después se parpadeó. Karina hizo lo mismo y agregó otro movimiento con la misma oreja, luego con la contraria. Catra, concentrada pero con la sombra de una sonrisa animada, siguió los mismos pasos. Con el turno de vuelta, la magicat mayor volvió a repetirlo todo y agregó dos movimientos de orejas más. Catra la siguió con facilidad. Para el cuarto turno, agregó un golpe a la mesa con la cola.
Con rapidez llegaron al décimo y doceavo turnos, Mara ya casi no era capaz de recordar la secuencia completa de movimientos de las orejas, parpadeos y golpes con la cola. Para el decimoquinto turno, Karina bajó ambas orejas en vez de solo la izquierda.
—¡Te equivocaste! —dijo Catra sin reparos señalando a la otra magicat pero pronto bajó el dedo y las orejas.
—Y eso significa que tú ganaste. ¡Eres muy buena con tu cuerpo!
—¡Eres increíble, Catra! —sonrió y aplaudió Mara.
Hope también sonreía complacida. Las orejas de Catra volvieron a relajarse.
—¿Quieres jugar otra vez? —preguntó Karina y la gatita solo movió la cabeza afirmativamente. —¿Mara también puede jugar? A veces es más divertido cuando más personas juegan.
—¡Pero ella no puede mover las orejas y no tiene cola! —expuso Catra con aire de experta y la cabeza un poco ladeada.
—Todavía podemos encontrar formas de que juegue. ¿O no quieres?
—Si ella quiere —fue la respuesta de Catra. —¿Y la señora Hope?
—Ella también puede, si quiere.
De pronto toda la atención se centró en Light Hope y la sonrisa se le congeló.
—No, gracias. Yo puedo ver, así está bien.
Las otras dos adultas se rieron y Catra las miró muy seria otra vez.
—Nos reímos porque se puso nerviosa, cariño —le aseguró la de trenza.
Después de otros comentarios, iniciaron el juego de nuevo. Mara ya se estaba preparando para perder estrepitosamente porque no había modo de que recordara tantas secuencias. Todavía recordaba como armar y desarmar por completo un rifle de asalto con mira telescópica en unos segundos, pero eso fue después de repetir muchísimas veces los mismos pasos. Todo fuera por ver a Catra divertirse mientras jugaba con alguien más.
Esta vez Karina empezó poniendo ambas palmas sobre la mesa ya limpia y dando un aplauso después. Sus manos afelpadas no hacían tanto ruido como las de Mara, que procuró solo juntarlas sin producir sonido. La cara seria de la niña regresó a una de animada concentración. Su atención estaba dividida entre Karina, para ver los nuevos movimientos, y Mara, que los repetía después de sí misma, para ver que no se equivocara.
Mara estaba algo aliviada porque ser la segunda le daba un reforzamiento más. En el quinto turno, Karina agregó tocarse un codo con la mano contraria y la rutina ya se complicaba. Logró sacarle una risita a Catra poniéndose las manos al lado de la cara y agitarlas como orejas de conejo.
En el octavo turno, Mara confundió la mano con la que debía tocarse la nariz y las cuatro se rieron un poco. Volvieron a jugar y esta vez fue Catra la que movió una oreja en vez de alzar una mano y también se rieron con ella.
Karina les dijo que ya debía irse también después de otros minutos. Con todas las cortesías propias de una despedida, al fin le tocó el turno a la pequeña magicat.
—¿Podemos despedirnos de la forma magicat? —le preguntó a la gatita.
—¿Qué es magicat?
Las tres se quedaron de piedra.
Lo primero que llegó a Mara fue una expresión de disculpa, mirando a las dos. Habló antes de que nadie más lo hiciera.
—No, no teníamos idea… Nunca se nos ocurrió preguntarle. Y Juliet no nos dijo nada tampoco.
—Mara, tranquila. Lo mejor es responderle ahora —dijo Karina, que se arrodilló para quedar a la altura de Catra, que tenía las orejas agachadas y se apretó en el asiento. —No pasa nada, cariño. Dime, ¿tú que piensas qué eres?
Varias cosas le pasaron por la mente, pero la más sencilla era una.
—Una niña —respondió en voz baja.
Con una sonrisa, tenue, Karina le asintió.
—Eso es cierto, si quieres. Pero también eres una magicat, como yo. Así se llama nuestra gente, los que son parecidos a nosotros. Nuestra raza ¿Sabes lo que es eso?
Catra negó con la cabeza y entre las adultas le explicaron lo mejor que pudieron en el momento; por ejemplo, Mara y Hope eran humanas. Karina y sus hijos, eran magicats, igual que Catra. Pero había muchas razas, con sus diferencias y singularidades. Catra lo entendió pronto o al menos la idea de que diferentes individuos se podían llamar de ciertos modos.
Karina les recordó que ya debía irse y volvió a preguntar.
—¿Entonces quieres despedirte cómo lo hacemos nosotros?
—¿Cómo se hace?
—Con la cola. Solo tienes que hacerlo así.
A continuación, adelantó la cola hasta el espacio entre las dos y enroscó un poco la punta a modo de que quedo un pequeño gancho. Catra hizo lo mismo.
—Y ahora las juntamos, como las manos con otras personas.
Karina cerró despacio el trecho entre las colas, Catra no se quitó y la dejó hacerlo. Dos suaves movimientos ascendentes les bastaron. Por alguna razón, cuando Catra quitaba su cola, se le escapó una risita. Mara le tendió la mano a Karina, como cada vez hasta el momento, pero con una pequeña sonrisa, Karina enredó la cola en la mano morena y así la estrecharon.
—También puedes hacer esto con amigos —le dijo a Catra mientras le guiñaba el ojo.
Mara se sintió en especial halagada.
N.A.
Al principio no estaba segura de volverlo un "especial navideño", pero creo que le quedara muy bien a esta parte de la vida de Catra.
Que tengan excelente inicio de mes!
Carpe Diem
