Los personajes de S.M. no me pertenecen, yo solo los tomo prestado.
Capítulo 5
1.-
Isabella abrió la Santa Maria de su pequeña Repostería. Eilan, estaba a su lado, agarrado de su pierna. Tenía ya 5 años y aún no se le quitaba la manía de agarrarse a ella como si todavía tuviera 2 años.
—Buenos días, preciosa.
Oyó que le decían antes de ella entrar al local.
Rodó los ojos con asco y no contestó.
"Hombres" pensó, la especie más grotesca que pudiera haber sobre la faz de la tierra. A diario tenía que calarse insinuaciones por estos espécimenes que no hacían otra cosa más que buscar en dónde enterrar su pene para después marcharse como si nada.
Isabella ya había tenido suficiente de esto. El padre de Eilan, por supuesto. Después de su experiencia, no quiso saber más de los seres masculino. Los quería tener años luz lejos de ella y, si pudiera meterlos a todos en su horno y calcinarlos para ya no tener que verlos más, lo haría.
El único que se salvaba de su apreciación era su hijo Eilan. Porque era su hijo y, como su hijo, Isabella le enseñaría muy bien lo que era la palabra respeto.
[...]
—Isabella, ¿qué ha pasado con el anuncio? —Alice, la que hacía todo junto con ella en la repostería, le preguntó cuando, ambas, movieron uno de los sacos de harina para acercarlo a donde estaba la amasadora.
Eilan estaba en un rincón, condicionado para sus juegos.
Isabella suspiró.
—No lo sé, Alice. Creo que haber puesto que la chica tiene que ser robusta y de mucha fuerza, no es tomado de mucho agrado. Lo que sí es que han llamado tres hombres para el puesto —torció el gesto—. Aparte de sádicos son unos imbéciles que no saben leer.
Alice comenzó a echar la harina en el mixer y sonrió.
—Ay, amiga, tienes que hacer algo con esa aversión hacia los hombres. Por lo que te pasó no puedes juzgarlos a todos por igual. Mirame a mí, ya tengo casi 10 años de casada.
Isabella suspiró de nuevo. Lo de su amiga Alice era una excepción a la regla muy rara. Aún así, dijo.
—Eso es porque Jazper todavía no conoce a otra. O quizás sí.
—¡Isabella! —la reprendió Alice. Si no fuera porque sabía de sobra la historia completa de su amiga, se hubiera molestado con su comentario.
—¿Qué? Sabes que tengo razón. No se puede confiar en los hombres. —Isabella se encogió de hombros y fue a atender al cliente que acababa de ver a través de la cámara.
—¡Estás loca! —le gritó Alice, antes de que se fuera.
