Capítulo XIII
"La Reina del Inframundo"
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"La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el infierno."
SIR WALTER SCOTT
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Observó por la ventana, mientras el café humeante sobre la mesa iba perdiendo su calor. Tenía una extraña sensación, un mal presentimiento. El aire se sentía pesado, tenso. Volteó a ver la hora en su celular. Ella estaba demorada, ¿vendría? ¿Lo haría?
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La expresión de su rostro lo decía todo. Al estupor inicial le siguió el entusiasmo y fascinación en su mirada. Aquel cuarto era, sin dudas, su lugar en el mundo. Ella se le parecía tanto. Caminó hacia adentro de la habitación, mirando hacia todos lados. Se acercó a las bibliotecas, acariciando los lomos de los libros con sus dedos, mientras caminaba lentamente.
-Es increíble… ¿Has leído todos estos libros? - preguntó, ingenuamente. Eso era lo que más le gustaba de ella. ¿Sería capaz de hacerlo? Quizás, si tuviera el tiempo. Pero, probablemente, le tomaría toda la vida.
-He leído muchos… Este es mi lugar favorito del palacio. Paso muchas horas aquí, leyendo... Será mucho mejor con tu compañía.
-¿A qué te refieres? - preguntó ella, volteando a verlo.
-A que este será ahora nuestro lugar especial. - él sonrió. Se acercó a ella y acarició su rostro. Ella se sonrojó ante el comentario.
-Pero... ¿y Endymion?
-Hace tiempo que no viene por estos lados. Me ha otorgado este cuarto como un obsequio. - Acercó su rostro hacia ella, mientras no dejaba de acariciarla. - ¿Te he dicho alguna vez cuanto te amo? - Ella sonrió.
-Zoycite... pueden vernos.
-Nadie viene aquí más que yo. - respondió el hombre de cabellos rubios. Acto seguido, rozó sus labios con los de ella.
-Aun así... Esto no está bien.
-Dime, ¿qué pecado estamos cometiendo? - Colocó su mano en su nuca, para atraer su rostro hacia él, mientras, acariciaba sus sedosos cabellos. No podía evitarlo, cada segundo que pasaba, la deseaba más y más. Atrapó sus labios con los suyos, con pasión desenfrenada. Sus lenguas comenzaron una danza sin control. Ella sintió como su cuerpo se estremecía. Realmente le gustaba que la besara de esa manera. Rodeó su cuello con los brazos. Él abandonó sus labios para besar su cuello, entonces ella sintió como si su cuerpo fuera recorrido por una corriente eléctrica. Sus cuerpos se acercaron un poco más, él atrapó su cintura con sus manos, ella se dejó envolver por ese abrazo apasionado mientras sentía su excitación rozar sus partes íntimas. De repente, él separó sus labios de los de ella. - Lo siento...- dijo intentando recuperar la cordura. - No quiero obligarte a nada. - Ella lo miró a los ojos. ¿Por qué negar que ella también lo deseaba con desenfreno? Besó sus labios.
-Pero... yo también lo deseo...- dijo, casi en un susurro. Él sonrió.
-¿Estás segura?
-Nunca he estado más segura en toda mi vida.
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-¡Jomei!- la dulce voz de la mujer lo sacó de sus recuerdos. Se detuvo justo enfrente de él e hizo una pequeña reverencia. - Lamento llegar tarde. - la joven se sentó en la mesa. - ¿Me esperaste mucho?
-Podría esperarte una vida entera y no me importaría. - Ella sonrió, mientras se sonrojaba. Él la observó en silencio. Se preguntó qué tan parecida a Mercuri era. ¿Tendría el mismo gusto por la lectura? ¿La misma timidez a la hora de la intimidad? ¿El mismo lunar del lado derecho de su cadera?
-¿En qué piensas? - preguntó ella, ante su silencio. El joven se sonrojó. Si acaso lo supiera, ¿Qué pensaría?
-Sólo… recordaba…
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Ella estaba atenta, había conseguido convertirse en su sombra sin que lo notaran. Observó a la senshi con atención. Sonrió. Ya no cabían dudas estaba tan claro como el día. Estaba loco por esa mujer, por ella, Zoycite sería capaz de todo. Incluso, de entregar el anillo. Sonrió, mientras nubarrones negros comenzaban a amontonarse en el cielo.
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Zakuro se puso de pie alarmado, al ver como los vidrios del ventanal, junto al cual estaban sentados, se rompían en mil pedazos, cayendo sobre la guerrera.
La mujer la tomó por la espalda, rodeando su cuello con el brazo. ¿Cómo no había podido sentir su presencia?
-¡Keres!- gritó, alarmado, mientras ella presionaba la yugular de Ami con la afilada uña de su dedo índice. Mientras, la poca gente del lugar comenzaba a escapar, asustada.
-Que gusto volver a verte, Zoycite...- sonrió. - ¿Sabes? Absorber las almas no es la única forma que tengo de condenarlas al inframundo. Un solo toque y ella estará navegando en el río Aqueronte.
-¿Qué es lo que buscas?
-Tú sabes lo que busco. - Zakuro, inconscientemente, tocó el anillo que llevaba en su dedo anular.
-¡No! ¡Zakuro, no debes darle el anillo! - intervino Ami.
-Vamos Zoycite… ¿De verdad vas a dejar que muera? – Zakuro bajó la mirada, dio un paso al frente.
-Lo siento, Ami.- dijo, mientras se quitaba el anillo, extendiéndolo hacía ella.
-¡No!-
Rápidamente, Keres soltó a la guerrera, al mismo tiempo que levantaba su mano. Zakuro soltó el anillo, quedando este suspendido en el aire. Entonces, el anillo "flotó" hasta su dueña.
En el mismo instante en que ella lo tuvo en sus manos, un fuerte rayo cayó en la acera, junto a aquel bar. Luego, una poderosa energía oscura se dispersó por toda la ciudad, cual onda expansiva causada por una explosión.
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Koichi se puso de pie, ante el sonido de rayo al caer. Se sintió abochornado al darse cuenta de que se había quedado dormido en el sillón de la sala de estar de su sensei. Aquel rayo había caído muy cerca. Aquel rayo no parecía ser algo normal.
-¿Koichi? ¿Que... está ocurriendo? - la dulce voz de la senshi lo sacó de sus pensamientos. Miró hacia su derecha. Ella también se había quedado dormida en el sillón. Ella también había despertado con el rayo. Koichi no respondió, en lugar de eso, corrió hasta la ventana. Tenía un mal presentimiento. - ¿Qué ocurre contigo? - preguntó, molesta ante su silencio, mientras se acercaba a la ventana. Él permanecía callado, inmóvil.
Ella observó también, abriendo los ojos con sorpresa. Hacia el sur, podía divisarse una columna de nubarrones negros, que iba incrementando su tamaño, cual enorme tormenta que se aproxima a toda velocidad. Las nubes estaban repletas de carga eléctrica, que descargaban con fuerza contra la ciudad. Pero, ella sabía que no era solo una simple tormenta.
-¿Koichi?- susurró, asustada, mientras la oscuridad comenzaba a alcanzarlos.
El celular de Koichi comenzó a sonar. Él se apresuró a contestarlo, como si estuviera esperando, impaciente, una llamada importante.
-¡¿Zakuro?!- respondió, tras presionar la pantalla para atender la llamada.
-Lo siento, Koichi... no pude evitarlo...- la voz entrecortada de Zakuro se oyó al otro lado del teléfono. Koichi no pudo contestar, las palabras no salieron de sus labios. Volvió a observar por la ventana, el aire se sentía pesado, como si se hubiera abierto la puerta hacia una dimensión oscura.
-¿Qué ocurre, Koichi?- volvió a preguntar Minako, al notar que las manos del hombre comenzaban a temblar.
-Debemos encontrar el Cristal de Plata, urgente... necesitamos despertar a la princesa...
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En aquellos tiempos, los dioses se permitían pasearse por la Tierra de vez en cuando. Así como lo hacía Serenity. Y él, claro, no era la excepción. Solía salir de los confines de la Tierra para recorrer el mundo de los vivos. Y, quizás, llevarse consigo alguna alma desafortunada, antes de su tiempo. Más, sin embargo, aquella tarde de abril, sería su alma la que se iría con aquella mujer de oscuros cabellos.
Para aquel entonces, ella era sólo una simple mortal, en un reino mundano, lleno de tentaciones, plagas, enfermedades y pecado. Atrás había quedado su vida perfecta en el perfecto Reino Dorado. El paso de los años comenzaba a verse en su piel, en su cabello: el tiempo corría de manera diferente en aquel maravilloso reino, gracias al poder del Cristal Dorado. Lo que para ellos no eran más que un par de años, para el resto de los mortales eran décadas. Pero, a pesar de los años que había pasado en el "mundo real", su hermosura era envidiable, despertaba celos y admiración, era capaz de enamorar hasta al más duro de los hombres… o de los dioses.
Recogía vayas. Su atuendo, viejo y descolorido, estaba manchado con tierra y sudor. La vida era dura. El cansancio se notaba en su rostro, el trabajo arduo dejaba marcas en sus manos. A cada paso que daba, maldecía al rey y a la reina. Él la observó con detalle, desde lejos. Y, entonces, quedó preso de sus encantos. Siempre había tenido esa capacidad de cautivar a los hombres. Muchos habían sido los que habían caído a sus pies en el Reino Dorado. Muchos a los que había rechazado por serle fiel al amor de su rey. Muchos habían sido los hombres con los que había dormido después de aquel doloroso destierro. Había perdido la cuenta de cuántos había tenido enredados entre sus sábanas, buscando, quizás, un olvido que siempre le fue esquivo.
Él no era la excepción. Podía ser uno de los tres dioses más poderosos del Olimpo, el hijo de los mismísimos Titanes creadores de todo, el rey del inframundo, pero, aun así, su viejo corazón herido buscaba a quien amar. Tenía el aspecto de un hombre mayor, cabellos negros, entremezclados con otros blancos, abundante barba, y unos enormes ojos azules. Se acercó a ella sólo para conocerla un poco más. ¿Para qué? ¿para qué lo hizo? Si desde ese momento no pudo quitarla de su mente, desde ese momento quedó enterrada en lo más profundo de su corazón.
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Si, en aquellos tiempos en los que creía ser feliz en el Reino Dorado, alguien le hubiera dicho que llegaría a amar a alguien, más de lo que amaba a su rey, seguramente no lo hubiera creído. Pero, cierto era que había tenido que llegar un dios a su vida para borrar el amor que había sentido por el ingrato rey.
Él le había dado todo, la había convertido en su reina, le había devuelto su juventud y hasta le había enseñado magia negra. Incluso, cobró venganza por ella. Ella fue testigo de cómo él se llevó el alma del rey Beil hasta el Tártaro, lugar más profundo y oscuro del inframundo, el lugar al que iban las almas de los pecadores, condenados al calvario eterno. Ese había sido su castigo por jugar con ella.
Detuvo su paso frente a la inmensa estructura. Levantó su vista al cielo para observarla. A esas horas de la madrugada el parque que rodeaba la torre estaba vacío. La torre completamente iluminada. Majestuosa. Tal como la metrópoli. Digna de uno de los mejores países del mundo. Si acaso los parisienses supieran lo que había bajo sus pies. La Torre Eiffel estaba en lo que solía ser su hogar en el reino mundano al que fue condenada. En aquel lugar fue dónde conoció a su amado. Observó a su alrededor, buscando el lugar indicado.
Caminó un par de metros, hasta encontrarse con la entrada, disfrazada de alcantarilla. Era allí, podía sentirlo. Una de las tantas entradas ubicadas a lo largo de la ciudad cosmopolita. Simples alcantarillas que daban ingreso a los túneles que estaban debajo de toda la ciudad. Caminó por los pasillos. Era largos y angostos, iluminados por sectores. Las paredes estaban cubiertas de huesos humanos, cuidadosamente ubicados. Entre ellos, varias inscripciones en latín. Caminó varios metros, hasta llegar a una puerta de unos dos metros de alto con una inscripción, en francés, sobre ella que decía: "Bienvenidos al imperio de la Muerte." Sonrió, entendiendo el idioma a la perfección. ¿Acaso quien escribió aquel cartel tendría idea de cuán cierto era?
Detuvo su paso al llegar al final del pasadizo que llegaba más al fondo. El camino estaba obstruido por rocas y restos humanos. Sobre ellos, un cartel de peligro, en francés, advirtiendo que, desde allí, había riesgo de derrumbe. Levantó su mano, colocando la palma hacia el frente. Usando su poder, logró romper la roca, para hacerse paso hacia el otro lado.
El resto de los pasadizos no era muy diferente a los anteriores, aunque con una inclinación más pronunciada, una inclinación hacia el abismo. En ese lugar, la oscuridad era tan profunda que apenas si podía ver la punta de sus dedos. Respiró profundo, el olor a muerte se coló por sus fosas nasales. Los recuerdos estaban frescos en su mente. Pero ya no dolían, ya nada dolía. Su corazón era duro como una roca. El único sentimiento que cabía en él era el rencor. Observó como el anillo, que llevaba en su mano derecha, comenzó a brillar de un rojo intenso. Sonrió. Miró hacia adelante, hacia ese pasillo que no parecía tener fin. A medida que descendía, la niebla se hacía más espesa, la oscuridad era más intensa, la temperatura bajaba a niveles en los cuales la vida era imposible.
-Es momento, mí amado Hades…
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Permanecía de pie, junto al rio de las almas, observando a todos aquellos que habían dejado el mundo de los vivos aquel día. Su vida en el inframundo llenaba sus expectativas. Pero no era del todo feliz. Lo sería cuando el alma de la reina se encuentre navegando aquel río de aguas turbias y ella sentada en su trono, gobernando el Reino Dorado, junto a su amado dios de los muertos.
Sintió sus pasos retumbar sobre el árido suelo. Volteó con una sonrisa en su rostro, para encontrarse con su semblante serio y la expresión de temor en su rostro.
-¿Ocurre algo? - preguntó, preocupada. El temor no era un sentimiento normal en el corazón del rey del inframundo. Él se le acercó, tomó su mano derecha y colocó un anillo rojo, con una enorme piedra, en su dedo anular. -Hades…
-Este anillo contiene todo el poder que poseo, ahora te pertenece.
-Pero…
-Dentro de la piedra hay una gota del río de las almas, con ella podrás tomar la vida de la reina y arrastrar su alma al Tártaro. Entonces, tendrás el poder de tomar el Reino Dorado, tal como lo planeamos.
-¿Qué hay de ti? Reinaríamos juntos. - Hades sonrió, luego besó su mano.
-Yo ya estoy condenado, junto con todos los Dioses del Olimpo. Serenity está cerca, ella nos encerrará en el Tártaro por toda la eternidad.
-¡¿Serenity?!
-Es la profecía, jamás imaginé que el día estaba tan cerca… el reino de los dioses perecerá, el futuro le pertenece a la raza humana.
-¡Tonterías!
-El Reino Dorado gobernará otros mil años, bajo la protección del Milenio de Plata, antes de perecer como, en el día de hoy, perecerá el Olimpo. No hay nada que yo pueda hacer, está marcado por el destino. ¡Debes irte de aquí ahora!
-No lo haré… no quiero dejarte…
-¡Debes hacerlo! Aunque te haya convertido en la reina del inframundo, sigues siendo humana, es tu esencia, por eso Serenity no podrá encontrarte, ¡estarás a salvo!
-¿Qué hay de ti?
-Estaré bien, todas las grandes eras llegan a su fin, todos los dioses más poderosos acaban en la misma fosa. El Tártaro es un juego de niños para mí...
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Aquel día había prometido que lo sacaría del tormento, que lo traería a la vida de nuevo, para poder gobernar el Reino Dorado como lo habían planeado. El anillo había funcionado a la perfección. Gracias a él había podido tomar la vida de la reina y condenarla al tormento eterno. Pero no se había conformado con eso. Cuando volvió al inframundo para regocijarse viendo su alma navegar por el rio Aqueronte (*), rumbo al Tártaro, supo que no le bastaría con una sola gota de sus aguas: Necesitaba tomar más vidas, muchas más. Fue cuando pensó que, si bebía de las aguas de aquel rio, podría tener la misma habilidad que Hades poseía: condenar a los mortales al inframundo. Funcionó. Demasiado bien. Muchas habían sido las almas que había tomado en el Reino Dorado, antes que esos hombres intervinieran. Pero esta vez lograría cumplir su promesa. Ahora que el Cristal Dorado estaba en su poder y había recuperado el anillo de Hades, no había nada que pudiera detenerla.
En el fondo de aquella fosa, la oscuridad se veía interrumpida por el brillo de las almas que navegaban, sin rumbo, por el río Aqueronte. Era increíble como las almas de los humanos podían seguir brillando aun en el mismísimo inframundo. Miró a las almas en desgracia. Aquellas que moraban en el rio. Eran los que no habían obtenido el derecho a transcender a un lugar mejor, pero que tampoco habían sido condenados al Tártaro. Su destino era navegar aquel río por toda la eternidad. O, quizás, hasta el comienzo de una nueva era, en la que podrían alcanzar el perdón. Levantó su vista al frente, para observar como la barca de Caronte se acercaba a ella. Sonrió.
-Es un gusto verte después de tantos siglos. - El anciano mantuvo su expresión seria, ni un sólo músculo de su rostro se movió. Como si no la reconociera. Movió su remo suavemente, para acercar la barca a la orilla, invitándola a subir, como si fuera una difunta reciente. No dijo más, subió a la barca, la única que tenía la habilidad de no hundirse en las oscuras aguas de aquel río.
Durante la travesía, iba observando lo que, durante mucho tiempo, había sido su hogar. Ya nada quedaba de aquel reino que había conocido. Después de que Serenity había encerrado a los dioses del Olimpo en el Tártaro, el inframundo no era más que un desierto tosco y olvidado.
Caronte avanzaba lentamente por las aguas, impulsando la rústica barca con ese viejo remo de madera. Tal parecía que no lo había cambiado desde la última vez que había estado allí. Cada tanto, detenía el avance para golpear con el remo a alguna alma desdichaba que intentaba trepar a la barca, con la esperanza de escapar así de su destino.
Caronte detuvo la barca al llegar a la otra orilla, como si supiera exactamente adonde ella quería ir. Apenas puso un pie sobre el árido suelo, pudo sentir la poderosa esencia de su amado dios. Caminó algunos pasos, hasta quedar al borde del abismo. Allí terminaba el reino del inframundo y comenzaba el abismo inmenso, lúgubre y frío. Estaba justo en la entrada del Tártaro. Seguir era un riesgo muy grande, un riesgo que no estaba dispuesta a correr. Bien sabía que quien ahí ingresaba era para nunca más salir. Aunque, con ese cristal y el anillo de su dios, eso iba a cambiar.
Sonrió, mientras observaba como las llamas del infierno ardían en aquella fosa. Colocó el anillo en su dedo anular, mientras sacaba del bolsillo de su vestido el Cristal Dorado del rey Endymion.
-El momento ha llegado, mi amado Hades. - susurró, mientras el Cristal Dorado comenzaba a brillar, a la par del anillo.
Las llamas de aquel infierno se avivaron, alzándose por encima del precipicio. La árida tierra bajo sus pies comenzó a temblar, haciéndola trastabillar. Una potente luz rojiza emergió desde el interior de aquella fosa, mientras un grito ahogado retumbaba en todo el inframundo. Era él, era su voz, podía reconocerla. Sonrió al observar cómo, delante de ella, se materializaba la figura del dios del inframundo, al mismo tiempo que la luz rojiza salía de la fosa para dispersarse por todo el mundo.
(*) Aqueronte era uno de los cinco ríos del inframundo, morada de los muertos y de los espíritus. Se cuenta que en sus aguas todo se hundía salvo la barca de Caronte, que accedía a pasar las almas de los difuntos a cambio del óbolo o de monedas de ceniza que se ponían a los muertos en los ojos para pagarle la travesía.
