Gracias a quienes han decidido pasar a leer, veamos que pasa ahora con nuestros amigos.

Capítulo II

En la cubierta se veía un grupo de personas. Las miradas de melancolía en los ojos de todos no pasaron desapercibidas para Nene. Sólo un corazón duro no se hubiese conmovido al reparar en el dolor de aquellas gentes.

Un tutor a quien se referían como Ryūjirou Tsuchigomori hablaba con un guardabosque y una enfermera. Al hombre le denonimaban Kodama y a ella la llamaron Yako. Tres hermanos, de apellido Minamoto, acariciaron a unas criaturas parecidas a conejos; el más alto respondía al nombre de Teru y ejercía el rol de teniente en un ejército. Le seguía Kou, quien vestía traje de cocinero. La única niña, Tiara, era quien había portado la corona de esas cosas rojizas (que resultaron ser unas flores conocidas como camelias), lo que quedaba evidenciado en unos pétalos en su albo delantal.

Un chico de lentes, una virgen de abundante cabellera y un mozo delgado con atuendos de jardinería le ayudaron a limpiarse. La pececita los identificó respectivamente como Akane Aoi, Aoi Akane y Lemon Yamabuki. En otro extremo del barco, dos grumetes acudieron en auxilio de un pintor que sostenía un lienzo con una cinta negra en una esquina. Nene supo que los marineros eran Shun Yokoo y Yomogi Satou. El artista respondía al nombre de Sousuke Mitsuba.

-Descansen en paz, Majestades -susurró Shun con voz solemne.

Inclinaron las cabezas, Teru alzó su espada y procedieron a liberar, muy serios, unas linternas.

- ¿Hanako? -murmuró Kou.

Nene descubrió, cogida de sorpresa, a alguien que se apoyaba en el mástil. Le llamó la atención la palidez de sus facciones. Era un preadolescente vestido con modestia, aunque su ropa -elegante y discreta a la vez- hizo sospechar a Nene que debía pertenecer a la realeza. La brisa mecía su pelo de ébano.

-Tiene que estar vivo…

-Amane, Alteza… -el profesor colocó suavemente una mano en su hombro.

- ¡Comprendo que mis padres no volverán! -los orbes color miel se llenaron de lágrimas-. Pero si Tsukasa hubiera muerto, yo lo sabría… Tarde o temprano lo encontraré.

Parecía que algunos iban a decir algo, no obstante, un trueno provocó que la pequeña pez y los viajeros alzaran la vista al unísono en dirección al cielo. El oleaje agitó el buque y unos rayos atravesaron el firmamento, antes tan plácido.

- ¡A los botes salvavidas! -exclamó el niño de pelo moreno.

Caballerosos, los varones acomodaron primero a las damas y a los mokkes -las misteriosas criaturas que no se separaban de Tiara- y justo en los instantes en que ellos se disponían a trepar, un relámpago incendió las velas y la embarcación zozobró. Los hombres cayeron al océano y las mujeres les tomaron de las manos para que treparan. Amane escuchó un sonido extraño, volteó y entonces se fijaron, preocupados, en que un delfín de corta edad había quedado atrapado en una red.

-Váyanse sin mí, estaré bien -intentó sonreír y sin vacilar se lanzó al agua.

- ¡Hanako! -Kou por poco lo agarró del codo.

Unos embates fuertes de las olas alejaron la chalupa y mientras los náufragos gritaban, el muchacho arrancó al pobre animal de su cautiverio con delicadeza.

- ¡Cuidado! -chilló Nene, sin embargo, Amane no la pudo oír, el líquido lo empujó contra una roca y apretó los dientes cuando un chorro de sangre salió de su brazo. La temperatura del mar disminuía y Nene advirtió que los ojitos del doncel se cerraban debido a hipotermia. Con su boca, lo sostuvo del cuello de la camisa y lo guió a tierra firme.

- ¡Despierta, despierta! -salpicaba su rostro y unos movimientos en la playa le permitieron comprobar que los navegantes estaban a salvo y se precipitaban hacia el príncipe. Respiró aliviada y se escondió en la espuma para sumergirse.