INTRODUCCIÓN

Entre el espejo y la verdad

La Sala de los Menesteres estaba en un estado de calma casi mística, iluminada por un brillo plateado que parecía emanar de la nada, como si la magia misma hubiera decidido regalarle un ambiente digno de una pintura. Draco Malfoy, con el uniforme ligeramente arrugado y el ceño fruncido, se paseaba de un lado a otro como un león enjaulado. De vez en cuando, lanzaba una mirada cargada de curiosidad hacia el espejo oculto tras una cortina polvorienta, que había descubierto días atrás. No sabía por qué seguía volviendo, pero algo en ese maldito espejo parecía tirar de él como un imán invisible.

—El Espejo de Oesed…—murmuró, ajustándose la corbata sin mucha convicción. Había oído historias sobre él, claro. Historias que hablaban de deseos y de verdades profundas que nadie quería admitir ni frente a sí mismo. Pero eso era para gente común. Él, un Malfoy, no necesitaba espejos mágicos para saber lo que quería. O eso se decía a sí mismo.

Con un bufido, se plantó frente al espejo una vez más. Sus ojos grises, cargados de escepticismo, se posaron en la superficie cristalina mientras la magia hacía su trabajo. Lo que vio lo dejó, como siempre, sin palabras.

No era el Draco Malfoy triunfante que esperaba: rodeado de admiradores, con los emblemas de su linaje brillando y la deferencia de todos a su alrededor. En su lugar, el reflejo mostraba algo completamente distinto. Allí estaba él, sí, pero no en el Gran Comedor ni en una ceremonia fastuosa. Estaba sentado en un rincón de la biblioteca, con alguien a su lado. No cualquiera, sino Hermione Granger.

—¡Por las barbas de Merlín!—exclamó, retrocediendo un paso como si el espejo le hubiera lanzado un maleficio. —Esto es una broma, ¿verdad? Una maldita broma.

Se quedó allí, paralizado, con los ojos fijos en la imagen. Allí estaban él y Hermione, inclinados sobre un libro compartido, sus cabezas peligrosamente cerca mientras reían por algo que el Draco real ni siquiera podía imaginar.

—Esto es… absurdo—dijo en voz alta, como si pudiera convencer al espejo de cambiar lo que mostraba. —Debe estar averiado. ¿Granger? ¡Ja! Prefiero aguantar a Pansy parloteando todo el día.

Sin embargo, una voz en el fondo de su mente le susurraba lo contrario. Porque, si era honesto, la idea de aguantar a Pansy le resultaba agotadora. Crabbe y Goyle no eran exactamente compañeros estimulantes, y no recordaba la última vez que había tenido una conversación que no incluyera insultos o sarcasmos. Y ahí estaba el espejo, obstinado, mostrándole algo que él no quería admitir.

Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo aún más.

—Esto es una pesadilla. Eso debe ser. Una maldita pesadilla...—masculló, cayendo pesadamente en una silla que había aparecido mágicamente detrás de él. —¿Por qué tú, Granger? ¿Por qué no alguien menos… menos tú?

Se quedó mirándola en el espejo. La Hermione reflejada tenía una sonrisa que jamás le había dirigido en la vida real. No era la sonrisa triunfante de alguien que acababa de corregirlo en clase ni la mueca exasperada que solía dedicarle. No. Esta era diferente. Era cálida, casi… cariñosa. Draco sintió un nudo en el estómago y rápidamente apartó la mirada.

—Definitivamente estoy perdiendo la cabeza—murmuró, hundiendo el rostro en las manos.

—¿Más de lo habitual, Malfoy?—La voz, clara y segura, lo hizo saltar de la silla como si le hubieran lanzado un Petrificus Totalus.

Se giró con tanta rapidez que estuvo a punto de tropezar. Allí estaba ella, Hermione Granger, de pie en la entrada, con los brazos cruzados y una ceja alzada. Su expresión mezclaba exasperación y curiosidad, como si no pudiera decidir si estaba más molesta o fascinada.

—¡¿Qué haces aquí?!—espetó, tratando de ocultar su sobresalto detrás de su acostumbrada altanería.

—Debería preguntarte lo mismo—replicó ella, avanzando hacia él con la determinación de alguien que nunca teme obtener respuestas. —Esta es la Sala de los Menesteres. Nadie la encuentra sin razón. ¿Qué necesitas tanto como para venir todas las noches?

Draco sintió que el color se le subía a las mejillas. ¿Todas las noches? ¿Había estado tan absorto en el espejo que ni siquiera se había dado cuenta de que no estaba solo?

—Eso no es asunto tuyo, Granger—gruñó, recuperando algo de compostura mientras se enderezaba. —¿Qué haces tú aquí, acosándome?

Hermione bufó, claramente poco impresionada.

—Vengo aquí a repasar en paz—dijo, señalando la pila de libros que había dejado en una esquina. —Pero parece que tú has convertido esto en tu segundo dormitorio. Ahora entiendo por qué. El Espejo de Oesed.

Antes de que Draco pudiera detenerla, Hermione avanzó hacia el espejo. Sus ojos se ensancharon al reconocerlo.

—Así que aquí estás…—susurró, y luego lo miró con una mezcla de sorpresa y picardía. —¿Qué ves, Malfoy? ¿Tu reflejo con un sombrero más grande?

Draco se apresuró a colocarse entre Hermione y el espejo, su cara encendida.

—Nada que te interese—respondió con rapidez, cruzando los brazos como si pudiera bloquear la verdad.

Hermione lo observó con una expresión inquisitiva, ladeando la cabeza como una lechuza.

—El espejo no miente, ¿sabes?—dijo con voz tranquila, aunque sus ojos brillaban con una chispa de diversión. —Lo que ves es lo que más deseas.

Draco bufó, intentando parecer despreocupado.

—¿Y qué? No significa nada.

—Claro que significa algo—replicó Hermione, su tono más suave pero no menos firme. —Tal vez deberías preguntarte por qué te molesta tanto.

Draco apretó los labios, incapaz de encontrar una respuesta convincente. Hermione dio un paso hacia él, una sonrisa juguetona curvando sus labios.

—Quizá no eres tan predecible como pensaba, Malfoy—dijo, inclinándose ligeramente hacia él.

Draco parpadeó, confundido por su cercanía y el latido acelerado de su corazón.

—¿Qué significa eso?—preguntó con voz más aguda de lo que pretendía.

Hermione se encogió de hombros, sus ojos brillando con malicia.

—Nada que te incumba—dijo, devolviéndole sus propias palabras antes de girarse para recoger sus libros.

Draco la observó mientras se marchaba, su mente un torbellino de pensamientos. Miró el espejo una última vez. Hermione seguía allí, sonriendo. Pero esta vez, Draco no apartó la mirada. Al contrario, sonrió de vuelta, aunque no sabía exactamente por qué.


Queridos muggles,

Espero que este primer capítulo haya encantado tanto como me ha cautivado a mí escribirlo. Cada palabra, cada hechizo lanzado en la trama, ha sido pensado para manteneros atrapados en la magia de esta historia. Los personajes que habitan estas páginas pertenecen al vasto y fascinante universo de Harry Potter, creado por la inconfundible J.K. Rowling, pero las emociones, los giros inesperados y los momentos de risas (y tal vez alguna que otra carcajada al estilo Weasley) son enteramente míos, creados con la varita en mano para ofrecer una nueva perspectiva de lo conocido.

Si este primer capítulo os ha hecho sentir como si estuvierais recibiendo una carta de Hogwarts, cargada de emoción, magia y misterio, no dudéis en compartir vuestras impresiones. Vuestras opiniones son el mejor hechizo para seguir creando lo que está por venir.

Con cariño y gratitud,
Letralma