La Revolución de Mestionora
Operación "Acabar al falso Santa"
El fin de semana con Heidemarie y Eckhart fue diferente de nuevo.
Por un lado, los dos tenían información de rumores sobre el Sumo Obispo Beezewants. Enterarse de que el cerdo aquel era en realidad el hermano menor de la primera dama o que ella se llamaba Verónica fue todo un shock y una revelación a la vez. Eso explicaba porque un hombre tan inútil, vicioso y depravado estaba al mando del Templo y al igual que a Heidemarie y Eckhart, le parecía que era algo intolerable.
También se enteró de que Lady Verónica se encargó de que Lord Ferdinand fuera segregado y sufriera bullying y todo tipo de maltratos durante su infancia… lo cual supuso otro shock, porque ahora tenía una idea de porqué le preguntó por Lady Verónica durante el interrogatorio.
A diferencia de la historia antigua de muchos países de la Tierra, en Yurgensmith el fratricidio era poco usual. El Aub era quien tenía la última palabra en cuanto a quien lo sucedería, de hecho, el anterior Aub tuvo cuatro hijos. Tres con Lady Verónica y a Lord Ferdinand, de modo que, al no tener una madre, Lord Ferdinand terminó atrapado bajo el yugo de la despiadada mujer.
Por supuesto, eso no fue lo más curioso de su fin de semana en la casa de los Linkberg… luego de que vaciaran la herramienta para niños que llevaba en la muñeca, se sorprendió al notar que las piedras fey del interior tomaban una coloración más definida y opaca, quiso preguntar al respecto, sin embargo el asunto pronto quedó relegado al olvido cuando Heidemarie le mostró la famosa herramienta para leer la mente.
—¿No era más fácil que el Sumo… que Lord Ferdinand leyera mi mente? Creo que nos habríamos ahorrado mucho tiempo en la sala de oración.
—¡No! —gritaron juntos Heidemarie y Eckhart.
—¡Por todos los dioses, Myneira! —comenzó a quejarse Eckhart—. ¿Por qué tienes que ser tan desvergonzada?
La niña estaba confundida, mirando a Heidemarie en busca de una explicación, notando que ella se sonrojaba de inmediato antes de sentarse junto a ella en el sillón de la habitación oculta donde los tres estaban hablando.
—¿Recuerdas lo que te explicamos del maná, querida hermanita?
—Si, lo recuerdo.
—Bueno, para poder leer tu mente, hay que teñir tu maná del color de quien va a leerte… con una poción sincronizante. Esa poción se utiliza para… poder recibir al invierno y concebir hijos con tu pareja.
Myneira miró de uno a otro antes de captar las implicaciones. Al parecer, volver el maná de otra persona del mismo color que el propio se consideraba algo sexual… o debía de tener algo que ver, algo muy relacionado, lo cual explicaba que los nobles evitaran el contacto físico tanto como fuera posible a partir de cierta edad y en especial con personas ajenas a la familia.
—O sea… que si… Lord Ferdinand leyera mi mente… ¿podría considerarse como una violación?
Eckhart tenía las orejas rojas y el rostro lívido. Heidemarie estaba bastante abochornada sin dejar de asentir como una demente. Myneira bajó la cabeza para considerar las implicaciones, dando un silencioso vistazo rápido a las piedras fey al interior de esa especie de farol donde descargaban el maná que le hubiera succionado su pulcera cada semana. Si ese era el caso…
—Hermana Heidemarie —preguntó entregando de inmediato su herramienta antiescuchas a su hermana y dejando un poco de maná en el aparato para hacerlo funcionar—, ¿eso quiere decir que tú vas a teñirme en su lugar? ¿Eso no se considera también como una…?
—¡Por supuesto que no! —gritó la joven a punto de pararse con el rostro demasiado colorado—. Una mujer no puede teñir a otra mujer, eso es… ¡es antinatural! ¡No tendría sentido! Además… soy tu hermana mayor, lo más lógico es que sea yo quien revise tu memoria para que esto no sea algo demasiado intrusivo para ti.
La verdad es que Myneira tenía mucho que decir al respecto. De pronto toda la revolución sexual y de género que le tocó vivir en su época como Urano llegó a su mente. La marcha del orgullo gay, las diferentes representaciones del amor entre gente del mismo género a través de la historia, las diferentes denominaciones de las inclinaciones sexuales así como todos los nombres que se les había dado… el enfado que Tetsuo sufrió meses antes de su enfermedad al enterarse de que uno de sus nietos se estaba declarando bisexual y que si en Japón no podía vivir una relación poliamorosa con su novio y su novia, entonces se iría a un país de mentalidad más abierta apenas terminara sus estudios…
Tenía un montón de cosas para comentar al respecto y, sin embargo, guardó silencio, notando que Heidemarie no tenía ni la madurez ni la apertura para hablar de algo así de grande, y al parecer, así de incómodo.
Un último vistazo a las piedras y decidió que era mejor no decir nada al respecto. Heidemarie podría desmayar si sabía que estuvo a punto de ser violada por el Sumo Obispo y que Lord Ferdinand le inyectó maná varias veces para ayudarla a fingir una fiebre… ahora no sabía si debería comentarle al muchacho que la había teñido por accidente… si es que estaba teñida por él ahora. Al menos él no pondría el grito en el cielo… y no quería pensar en lo que haría el fanático de Eckhart si preguntaba al respecto en este preciso momento.
Myneira se tragó un suspiro cansado lo mejor que pudo, llevándose la mano al mentón de forma contemplativa.
—Ya que vas a… usar una poción especial que, creo entender, va a cambiar mi maná… ¿cuánto tiempo dura el efecto? ¿O será permanente?
'Quizás Heidemarie prefiera que tengamos maná parecido para tener un modo de clamar que somos hermanas. Si al menos comprendiera mejor cómo funciona todo esto…'
—Los efectos en tu maná deberían desvanecerse a lo largo de este mes. Si no te administro más de ella y evito darte una cantidad de mana que supere la que tengas en el momento, además de evitar compartir maná contigo, volverás a tu color usual dentro de un mes sin falta, así que no debes preocuparte.
'¿Un mes? Supongo que si una pareja no quiere estar tomando pociones a cada rato debería tener… Tetsuo y yo habríamos tenido que estar tomando de esas antes de mi segundo embarazo, supongo. En cuanto al color de mis piedras… supongo que lo dejaré pasar. Si se va a acabar el cambio dentro de un mes, no tengo porque alarmarme.'
—Entiendo, entonces… ¿qué sigue? ¿cómo leerás mi mente?Lord Ferdinand me dio una explicación rápida y muy… tosca. Estoy segura de que dio por hecho alguna cosa cuando me dijo que leerías mi mente, hermana.
—Iremos a tu habitación, no podemos permanecer demasiado tiempo en una habitación, en especial mientras no haya atado mis estrellas a las de Eckhart. En cuanto a la seguridad, Eckhart montará guardia afuera para que nadie pueda entrar e interrumpirnos. Tú beberás una de mis pociones de sincronización y después de que nos hayamos colocado las herramientas, vas a sentir mucho sueño. Una vez te quedes dormida, me acostaré a tu lado y juntaré mi herramienta a la tuya, entonces estaré dentro de tu mente. Podré ver y escuchar todo lo que me muestres. En el caso de emociones muy fuertes, podré experimentar tus que estaré comprobando algunos artefactos y conocimientos que me solicitó Lord Ferdinand, es posible que no lleguemos a eso.
—Comprendo. ¿Es posible que yo vea tus recuerdos también?
Pudo notar que Heidemarie hacía un gesto de incomodidad por un momento, luego de lo cual le sonrió con nerviosismo.
—Hay una pequeña posibilidad de que eso pase, sin embargo… espero que no sea así.
Myneira asintió, tomando de regreso su herramienta anti escucha y mirando de Heidemarie a Eckhart con toda la serenidad que pudo.
—Estoy lista entonces. Quedo a tu cuidado, Eckhart.
El peliverde asintió con la misma solemnidad y luego las escoltó a la recámara donde se llevaría a cabo el procedimiento.
Si evocar el recuerdo de Tetsuo en un interrogatorio hablado le removió algo en su interior, la lectura de mentes de Heidemarie la dejó más dolida e indefensa que nada. Lo peor es que cuando ambas despertaron de la lectura, estaban aferradas la una a la otra llorando tanto, que Eckhart no tardó en entrar, cerrando la puerta y colocando un aparato antiescuchas de rango específico exigiendo una explicación.
—¡Solo sal de aquí, Eckhart! —gritó Heidemarie sin soltarla ni un poco, todavía llorando sin parar—. ¡Sal y no dejes que nadie entre!
Heidemarie no debía alzar la voz muy a menudo porque Eckhart salió de inmediato y sin hacer más preguntas.
Esa noche, aun si no estaba bien, durmió con Heidemarie en la habitación oculta de la chica en cuestión. No era para menos. Ver a Tetsuo, escucharlo de nuevo, sentir sus manos soltándola despacio al exhalar su último aliento de nuevo… era demasiado… no podía creer que su corazón pudiera romperse de nuevo, pero pasó.
Por fortuna, para cuando volvió al templo estaba más tranquila. Ahora tenía dos personas con las que podía hablar de Japón. Dos personas adultas que tenían un mayor rango de entendimiento que Lutz, quien solo le pedía que le explicara a detalle que se suponía debía hacer cada uno de sus nuevos "inventos" sin atreverse a preguntarle más allá.
Por otro lado, su relación con Heidemarie pareció fortalecerse tanto como su relación con Tuuri o Effa. Sabía que contaba con Heidemarie de manera incondicional. Estaba segura de que la jovencita la veía ahora como un miembro más de su familia, aunque no estaba segura de sí la miraba como una hermana menor o como otra cosa.
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Era el día del brote. Myneira había estado haciendo todo tipo de recapitulaciones y observaciones para sí misma sobre las personas viviendo en el templo y decidió que era hora de hacer una pequeña "limpieza" en el lugar.
Ya fuera por accidente o por verse demasiado afectada por sus propias emociones, algunas imágenes atestiguadas por Heidemarie sobre la infancia del Sumo Sacerdote destellaron durante la lectura de mentes, así que podía sentirse todavía más indignada por lo que aquel joven amable, trabajador y preocupado tuvo que pasar y debía seguir aguantando.
—Fran, envía por favor algo de comida a las asistentes del Sumo Obispo.
—¿Lady Myneira, está hablando en serio?
Fran, Gil, Luca y sus doncellas parecían consternados. Luego de deambular por el templo el día anterior y hacer su trabajo como si nada pasara estuvo pensando en la mejor manera de herir a Lady Verónica y deshacerse de su incompetente hermano menor.
—Por completo. El Sumo Obispo podría no haber dejado suficiente alimento para ellas, sin olvidar que la comida de Hugo y Elah es todavía mejor en todo sentido.
—Pero… Lady Myneira —esta vez fue Gil quien se apresuró a cuestionarla—, ¿está segura? ¡Usted dijo que quien no trabaja, no come!
—Y lo sostengo, Gil, sin embargo, ¿no te parece injusto que estén trabajando tanto ellas solas en la enorme habitación del Sumo Obispo y solo ganen esa insípida comida y además poca?
Gil, el más nuevo de sus asistentes tenía poco de haber salido del orfanato. El niño debía estar familiarizado con las limosnas salidas de esa habitación, o eso dedujo debido a la mueca de asco que puso el niño de inmediato.
—Hanna, acompaña a Fran, por favor. Pregúntales si necesitan algo más. Medicamentos, ropa nueva, productos de aseo. Lo que necesiten, estoy dispuesta a dárselos.
—¡Si, Lady Myneira!
Empezó ofreciendo comida y bienes a las doncellas del Sumo Obispo, pero pronto se encontró ofreciendo lo mismo a los asistentes de los sacerdotes azules que habían mostrado su abierto desprecio hacia el Sumo Sacerdote durante la reunión previa al Festival de la Cosecha.
La voz no tardó mucho en correrse y pronto los asistentes grises de todos los azules, adeptos o no adeptos del Sumo Obispo, comenzaron a preguntarle a sus asistentes por algún postre pequeño, alguna prenda de ropa o incluso algún remedio para el dolor en el caso de los más viejos… todos menos las doncellas del Sumo Obispo. No estaba segura de si las jóvenes eran muy leales o estaban aterrorizadas por el hombre, lo cierto fue que su plan no tardó mucho en dar frutos.
—Lady Myneira, le agradezco tanto que me permitiera usar esa pomada. Si hay algo que pueda hacer por usted…
—Me alegra que te sirviera. No planeo pedirte nada a cambio, solo me interesa que estés bien.
Lo que empezó con uno de los grises de mayor edad agradeciéndole en el pasillo dos días antes de que comenzaran a regresar los sacerdotes azules, pronto se volvió en algo cotidiano.
Poco a poco, los grises de los otros sacerdotes se las comenzaron a ingeniar para buscar excusas para ir a verla. No siempre era para pedirle cosas, por supuesto. Muchos comenzaron a ventilar todo tipo de deslices y malos tratos por parte de los azules, en su mayoría, los de la facción del Sumo Obispo.
—Lord Egmont suele golpearnos con una vara cuando está demasiado fastidiado por el poco trabajo que se le exige. Su pomada nos ha ayudado a todos a aliviar el dolor de los golpes y los cortes que tienen nuestras espaldas marcadas.
—Lord Egmtont es tan brusco con nosotras, Lady Myneira… si no fuera por los obsequios que usted nos hace por nuestro esfuerzo, no podría seguir adelante.
—Lamento tanto importunarla con mis problemas, Lady Myneira… pero no tiene idea de lo terrible que es ser una flor masculina en la habitación de un hombre como Lord Timotheo.
Ese mismo fin de semana le pidió a Heidemarie que le explicara lo que era una flor masculina, terminando horrorizada al darse cuenta de que el Templo era un burdel disfrazado. Lo peor del caso es que parecía que el regenteador era el mismísimo Sumo Obispo… eso explicaba que la drogara para intentar aprovecharse de ella cuando le negó a sus ese tipo, la gente del Templo eran solo juguetes a su disposición. Su hermana debía encargarse de que no se le negara nada y a ese tipo de personas en algún momento bajaban más en cuanto a la decadencia moral, encontrando más satisfacción en actos morbosos y cada vez más atroces que en las cosas sencillas de la vida.
—Hermana Heidemarie, ¿podrían tú y Eckhart recabar información sobre el Templo y el Sumo Obispo? Todavía no comprendo muy bien cómo funcionan las leyes en este lugar, de lo único de lo que estoy segura es que, si vamos a deshacernos de ese cerdo en túnica, necesitaremos pruebas sólidas de sus faltas.
Era una suerte que la estuvieran adoptando personas más que leales al Sumo Sacerdote, porque ambos estuvieron de acuerdo en ello… demasiado ávidos por ayudarla, a decir verdad.
Pronto comenzaron a volver todos y cada uno de los Sacerdotes Azules. No tuvo que hacer mucho para extender sus "premios por todo su esfuerzo" a los asistentes recién llegados. Ni siquiera tuvo que recordarles de no decir ni una palabra de ello a los azules, era obvio que ninguno de los grises quería perder su favor por decir demasiado.
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Hacía algo más de un mes que el Sumo Obispo intentó propasarse con ella y que Ferdinand la llevara a un desbordamiento en un intento de ayudarla a fingir una fiebre, las piedras en su aparato para niños no volvieron a parecerse a y traslúcidas piedras de ámbar. Su maná había cambiado por completo sin regresar a su coloración original. Quería abordar el tema con el muchacho que fungía de su tutor, claro que tenía cosas más importantes en la cabeza. Si no volvían a ser traslúcidas, tendría tiempo para debatir las implicaciones de aquello cuando se hubiera deshecho del Sumo Obispo.
A pesar de todos los esfuerzos puestos en premiar a los grises, las doncellas del Sumo Obispo seguían sin aceptar los obsequios o acercarse a ella. De hecho, parecían evitarla como si fuera la peste o algo así… al menos, hasta que el falso Santa volvió, casi dos semanas después que el resto de los azules.
Podía recordarlo con asco y claridad. Fran llegó corriendo a la oficina del Sumo Sacerdote con apuro, solicitando que ella lo acompañara al orfanato para atender un asunto urgente.
Fran era un asistente excelente en toda regla, así que no fue muy difícil conseguir que el Sumo Sacerdote la dejara ir bajo la promesa de volver más tarde a reponer el tiempo invertido.
Al llegar se encontró con dos de las asistentes sosteniendo en brazos a una de las dos que se habían ido con el Sumo Obispo.
—¿Pero que le sucedió?
Estaba atónita mientras comenzaba a dar instrucciones a diestra y siniestra para llevar a la recién llegada a las habitaciones de sus propias asistentes para poder examinarla.
No era médica, o sanadora como los llamaban ahí, a pesar de ello podía reconocer a la perfección el daño en la chica.
—Gil, Luca, traigan agua caliente, Wilma, trae toallas limpias por favor. Jenni, ve al orfanato y que te den medicamento para el dolor y los golpes, debe haber suficiente en la bodega. Rossina, consigue ropas limpias para ella, por favor. Fran… dile al Sumo Sacerdote que necesito ayuda para tratar a una paciente con urgencia. Ustedes dos, ¿cómo se llama su compañera?
—Lili… se llama Lili —respondió una chica con el cabello rosado y la piel demasiado pegada a los huesos. Tenía ojeras muy marcadas y el cabello en pésimo estado.
La otra chica, una muchacha de tal vez dieciséis años con el cabello rubio miró de un lado al otro sin saber que hacer. Se veía en mejores condiciones.
—¿Y tú eres?
—Lola… mi nombre es Lola, Lady Myneira —respondió de nuevo la pelirosada.
Apenas un vistazo y Myneira se dio cuenta de que esa chica también había asistido al Sumo Obispo durante el Festival de la Cosecha… parecía horrorizada.
—¿Y ella? Temo que no he podido familiarizarme con ella, solo sé que es tu compañera.
—Ella es Rosseth, Lady Myneira.
La niña miró a la joven rubia y asustada en la esquina. Empezaba a pensar que solo estaba demasiado asustada y por eso ni ella ni las otras habían aceptado ninguno de sus obsequios.
—Rosseth, dile al Sumo Obispo que me haré cargo de curar a Lola y Lili para que no tenga que preocuparse por ellas. Incluso me encargaré de alimentarlas y darles ropa adecuada, por favor.
—Si… si, milady.
La rubia salió de inmediato y Myneira comenzó a examinar a Lili.
Era terrible. No estaba segura de cómo la habían dejado en ese estado y pensar en la posibilidad la tenía temblando de asco y frustración.
—Lola, ¿Lili y tú son hermanas?
Lola asintió con nerviosismo. Lola debía ser la mayor. Lili no parecía mayor de catorce… cuando preguntó tuvo que aguantar las ganas de vomitar. Lili tenía doce en realidad.
Para cuando el Sumo Sacerdote llegó, Lola lloraba en silencio, echa un ovillo en una esquina de la recámara de las doncellas luego de confesar que el Sumo Obispo las había obligado a ambas a hacer ofrendas florales a todos los Giebes y nobles que visitaron. Lili terminó en ese estado luego de resistirse a ser tomada por dos de los amigos del Sumo Obispo a la vez. A Lola también la obligaron a tomar a dos o tres hombres cada noche, pero al ser mayor y haber sido usada por más tiempo que su hermana, su estado era menos lamentable.
—¿Qué hacen las asistentes del Sumo Obispo en tus aposentos, Myneira?
—Están heridas. ¡Muy heridas! Mi hermana Heidemarie estuvo curando algunos cortes y raspones que me hice durante la primera recolección de materiales para mi jureve con oraciones, pero… por más que intento, no logro curarla.
—¡Tonta! Necesitas un anillo de bautizo o un schtappe para dar una bendición de curación.
Ambos estaban enfadados el uno con el otro, lo sabía porque estaba segura de que lo estaba mirando con el mismo ceño fruncido que él le estaba dedicando.
—Si no puede curarla, présteme entonces uno de esos anillos de bautizo. Solo será para curarlas a ambas.
—¡No puedes gastar tu maná en ellas! ¡No son tus asistentes!
—¿Y solo por eso debo abandonarlas? ¿De verdad? ¿Cree que podré dormir tranquila si las dejo en ese estado?
El Sumo Sacerdote no le contestó, en especial cuando Jenni le entregó un frasco con ungüento que comenzó a colocar en la cara y los brazos de la chica sin esperar una respuesta.
—Muy bien. ¿Qué es lo que estoy curando?
—Golpes y cortes básicamente… ahm… es posible que tenga algunos huesos rotos y un par de desgarres internos en la zona baja de su vientre, pero no he podido comprobarlo más allá del hueso en su muslo izquierdo.
—Entiendo —respondió el Sumo Sacerdote con un asentimiento de cabeza antes de colocar su mano sobre Lili y comenzar a orar.
Una luz verde comenzó a salir del anillo del Sumo Sacerdote, lloviendo sobre la joven en la cama y devolviéndole poco a poco la coloración normal de su rostro. Myneira incluso se asomó bajo las sábanas a la pierna rota, tocándola por encima de la tela para constatar que, de hecho, el hueso estaba soldado y en su lugar correcto.
—Le agradezco mucho, Sumo Sacerdote. ¿Me prestaría un anillo para sanar a Lola también? No está tan lastimada como su hermana, pero…
—¿No te basta con esto?
—¿En serio tiene que preguntarme? ¡Dioses! ¿Por qué tienen que ser tan poco humanitarios en este estúpido mundo?
El Sumo Sacerdote respingó antes de soltar un bufido de exasperación y comenzar a pellizcarse el puente de la nariz. Estaba por decirle algo cuando lo escuchó llamando a Fran y dándole indicaciones para traer algo de su recámara. Apenas Fran volvió con una pequeña caja, el mocoso la tomó de la mano de forma violenta y empujó en su dedo anular un anillo demasiado grande que no tardó nada en adaptarse al tamaño de su dedo, todo sin dejar de mirarla como prometiendo que habría consecuencias. Por supuesto que le devolvió la misma mirada cargada de enojo, luego solo lo ignoró.
Tras curar a Lola y terminar de curar el interior de Lili, revisando que ambas estuvieran bien, sus asistentes la sacaron de la habitación alegando que ya había hecho suficiente.
—Lady Myneira, sabemos que usted es muy compasiva, pero, por favor no nos quite el trabajo. Nosotras las bañaremos. Vaya al despacho del Sumo Sacerdote a hacer su trabajo de escritorio —le solicitó Wilma de inmediato.
—La comida está lista y esperándola en el despacho del Sumo Sacerdote, Lady Myneira —pidió Hanna—. Vaya a comer, por favor. ¡Se pondrá muy enferma si sigue esforzándose tanto con ellas!
—Pero…
—Lady Myneira —interrumpió Luca ahora, acercándose con un paño limpio con el que comenzó a limpiarle la frente—, le informaré de inmediato cuando la hermana Lili y la hermana Lola estén aseadas y hayan comido. Por favor, vaya con el Sumo Sacerdote AHORA.
No tuvo más opción que cansada aun si no quería reconocerlo.
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—¿Puedo saber qué interés tienes en los grises? No creas que no he notado todos estos "premios" que le estás dando incluso a mis asistentes a escondidas.
Era una suerte que el Sumo Sacerdote le hubiera dado una herramienta anti escuchas y que Lady Elvira y Heidemarie no hubieran descuidado sus lecciones nobles porque a punto estuvo de escupir su té.
—Ni siquiera te atrevas a mentirme, Myneira. Esto no ha salido de tu "buen corazón" o de tu predisposición a ser misericordiosa.
Suspiró dentro de su taza para que no fuera demasiado obvio, luego la bajó, tomando una galleta y jugando con ella un momento.
—Tratan a los grises como muebles, así que, salvo por usted, nadie se cuida de lo que dice o hace con ellos. Los grises conocen cada pequeño secreto de todos los azules, incluyendo al Sumo Obispo.
—Oh, así que estás consiguiendo información a cambio de todos estos obsequios.
—Ellos no lo saben. Yo no les exijo nada a cambio, pero sí. Las personas suelen buscar alguien con quien hablar de sus penas para poder continuar, por lo general hablan con gente en la que confían. Los obsequios y el trato amable me ganan la confianza de los grises y a cambio, ellos me buscan para decirme sus tribulaciones.
—¿Puedo preguntar con qué fin estás llenando el Templo de espías?
Sonrió sin poder evitarlo, llevándose la galleta a la boca y sintiéndose de pronto como una villana o uno de los personajes de Canción de Hielo y Fuego. Solo le faltaba un gato blanco, gordo y esponjoso en su regazo para tener el cuadro completo de villana.
—Tejo una trampa para alguien que no debería estar aquí. Por supuesto no es usted, solo alguien despreciable que debería estar encerrado bajo llave sin sirvientes o algo mucho peor.
El Sumo Sacerdote la miraba ahora con curiosidad, a pesar de todo, ella se negó a decir nada. No estaba segura de poder compartirle sus planes sin ser regañada… o sin que sus mejillas sufrieran las consecuencias de un adolescente enfadado. Desde el interrogatorio que había sufrido y el consecuente abrazo, el Sumo Sacerdote la llamaba tonta cuando el sentido común de ambos chocaba o le jalaba las mejillas si se sentía más exasperado que de costumbre… y luego de casi obligarlo a curar a una gris y a que le prestara uno de sus anillos, bueno, el muchacho no estaba del mejor humor, a decir verdad.
—Deja de jugar a las intrigas políticas y enfócate en tu taller, el orfanato y llevar las cuentas. No vale la pena llenarse los oídos con cosas que no puedes solucionar.
—Alguien dijo una vez que no hay nada más valioso que los secretos, Sumo Sacerdote. Imperios enteros cayeron solo por desvelar algunos secretos clave, yo solo los estoy coleccionando, eso es todo.
El Sumo Sacerdote no parecía muy convencido y, aun así, no dijo nada. Quizás su curiosidad y la intriga de lo que haría con su pequeña colección de secretos sucios era demasiado para poder suprimirla y su orgullo demasiado para forzarla a responder. No importaba, para el día siguiente Rosseth estaba esperándola en la entrada de la recámara de la directora del orfanato, tan nerviosa que no dejaba de mirar de un lado al otro.
—¡Rosseth, que sorpresa verte por aquí! ¿Quieres pasar a ver a Lili y Lola? Deben estar desayunando justo ahora. Le dejé instrucciones a mis chefs de darles de desayunar temprano, aun si yo no estaba.
—¿Puedo… puedo verlas? ¿de verdad?
—¡Por supuesto! Son tus compañeras, después de todo. Debes estar preocupada, solo, debo pedirte que no le informes al Sumo Obispo de su estado de salud todavía. Necesitan descansar al menos una semana más… tres en el caso de Lili.
La rubia asintió y Fran abrió la puerta para que ambas pudieran pasar. Las dos entraron a la habitación de mujeres ubicada en sus aposentos acompañadas por Hanna. Tal y como había dicho, las dos chicas estaban comiendo en una de las camas. Lola no paraba de alimentar a su hermana sin dejar de hablarle con afecto en tanto Lili solo abría la boca con la mirada perdida.
—Cómo dije, están bien, pero necesitan descansar. No estoy muy segura de que el Sumo Obispo pueda comprenderlo.
—Ahm… respecto a eso… Lady Myneira, el Sumo Obispo me pidió que le avisara que va a devolver a Lili al orfanato y que necesitará a otra asistente para tomar su lugar.
No podía creer tanto descaro. Ese maldito cerdo solo descartó a la pequeña como si fuera un juguete roto después de…
—Entiendo. Hanna, ve al orfanato y habla con todas las doncellas grises que sean mayores de edad. Exponles la situación, no vayas a guardarte detalles sobre lo que se espera que hagan en las habitaciones del Sumo Obispo.
—¿Está al tanto? —preguntó Rosseth horrorizada y con el rostro coloreado de rosa.
—Lo estoy y lo comprendo, esa es la razón por la que empecé a ofrecerles alimentos, ropa y medicamentos a ustedes, Rosseth… no puede ser fácil servir a alguien como el Sumo Obispo.
—Pero, nosotras… yo puse las cosas que la enfermaron… Yo fui la responsable de que usted se pusiera así de mal y…
—Solo cumplías órdenes, Rosseth. No te guardo rencor, ni a ti ni a ninguna de tus compañeras. Ahora que has visto a Lola y Lili, ve con Hanna, por favor. Me niego a obligar a otra chica a pasar por todo esto. Que ellas decidan quien se ofrece como sacrificio, me encargaré de la documentación y el informe.
Rosseth pareció perder la facultad de hablar, retirándose junto con Hanna de inmediato. Myneira se quedó ahí con las dos hermanas un poco más.
—¿Pudieron descansar?
—Si… espero que no le moleste que hayamos compartido una cama. Lili no podía dormir. Lo intentó, pero se despertó al poco tiempo dando de hermanas Wilma, Rossina, Hanna y Jenni también necesitaban descansar, así que, pensé que sería mejor asegurarme de que no haría ruido en la noche.
—Está bien, no te preocupes. Les dije que podían descansar aquí. Si lo deseas, puedo prestarles una herramienta antiescuchas y algunas piedras con maná para que no te sientas incómoda con tu hermana gritando. Lamento no poder conseguirte más de una semana para permanecer a su lado.
Lola solo negó. Sus ojos le hablaban de cuanto se estaba esforzando por no llorar antes de ofrecerle una sonrisa de alivio, una sonrisa sincera y un tanto triste.
—Le agradezco. Desde que mi padre nos abandonó en el Templo nadie nos había mostrado piedad. No sé cómo voy a pagárselo.
Era hora. Le dolía mucho aprovecharse de esa pobre chica a la que tendría que devolver a la cueva de ese falso Santa monstruoso, sin embargo, era de verdad necesario si quería deshacerse de ese tipo de una vez por todas.
—Lola, no tienes nada que agradecerme. Protegeré a tu hermana mientras permanezca en el orfanato. Puedes venir a verla todas las veces que lo desees o tengas la oportunidad. Lo único que lamento es no poder protegerte a ti también. Si al menos tuviera pruebas de que el Sumo Obispo es un monstruo… pero… no tengo manera de demostrar nada. Como él dijo el día previo al Festival de la Cosecha, nadie tiene más autoridad que él aquí dentro… excepto… no importa.
—Lady Myneira, dijo que si tuviera pruebas… pero al mismo tiempo dice que nadie tiene más autoridad que él, pero también que si hay alguien.
Sonrió más. La doncella había picado el anzuelo, era momento de jalar despacio.
—Mi hermana mayor, Lady Heidemarie, me estuvo explicando hace poco que, dentro de Ehrenfest, nadie tiene más autoridad que el Aub, ni siquiera el Sumo Obispo. El Aub puede tomar a los monstruos y alejarlos de nosotros, claro que, antes debe estar convencido de que han transgredido alguna ley o que son un peligro real para la comunidad… por desgracia, eso solo se logra con pruebas.
—¿Qué tipo de pruebas?
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Una semana después Lola fue devuelta a las habitaciones del Sumo Obispo.
Para ese momento Rosseth y las otras asistentes estaban aceptando sus pequeños sobornos, pidiéndole ropa o medicamentos a cualquiera de sus asistentes más que nada. También comenzaron a comentar sobre los nobles que entraban y salían de los aposentos del Sumo Obispo para conseguir favores o incluso a ellas a cambio de oro, licor, especias y otras amenidades que de otra manera estarían vedados al Sumo Obispo… incluidos los afrodisiacos. Por supuesto, nada de eso era de tanta utilidad como el material que Lola comenzó a dejarle escondido entre las ropas de Lili.
La primera vez, el Sumo Sacerdote fue llamado por el Lord Comandante en turno, Lord Karstedt, llevándola con ellos para un sometimiento de trombe. Por supuesto, a ella y Fran no les permitieron acercarse, dejándolos a ambos con un par de caballeros para que los protegieran.
El Sumo Sacerdote le volvió a prestar el anillo que usó para curar a Lola y las heridas internas de Lili, usándolo ahora para darle a los caballeros la bendición de Angriff a pesar de ser regañada de inmediato por gastar maná de manera innecesaria. Cuando el sometimiento terminó, fue su turno de usar el bastón de Flutrane para curar la tierra, notando por primera vez el interés de Lord Ferdinand en ella el año anterior.
Cuando volvieron al Templo, Wilma la llevó al orfanato para que viera a Lili. La jovencita estaba empezando a hablar y no había parado de llamarla desde que su hermana se fuera, entregándole algunas cartas.
—Fran, busca al Sumo Sacerdote de inmediato —pidió Myneira cuando tuvo las cartas aseguradas entre las dos cubiertas de su díptico—, dile que una mosca repugnante parece estar cayendo en mi red y necesito su apoyo.
No mucho después los dos estuvieron dentro de la habitación oculta de ella revisando las cartas.
—¿Puedes copiar el contenido de esta y guardarla? —inquirió el Sumo Sacerdote.
—Puedo. ¿No deberíamos retenerla? Es evidencia después de todo.
No intentó decir nada más después de eso. La mirada del Sumo Sacerdote era una advertencia que fue imposible ignorar.
—No me dijiste que estabas cazando al Sumo Obispo.
—Me drogó. Abusó de sus doncellas. Se deshizo de una demasiado joven como si fuera basura y no le tiene a usted ningún respeto a pesar de que estamos haciendo su trabajo. En lo que a mí concierne, estaremos mejor sin él.
—Aun no me dices como conseguiste esto. ¿Sabes lo peligroso que es entrar a su habitación para sacar estas cosas?
Suspiró con fuerza, imitándolo a modo de burla y desquiciándolo lo suficiente para que le jalara las mejillas.
—Deja de estar jugando, Myneira. ¿Quieres terminar igual que la doncella que rescataste?
—Aww… ¡Awww! ¡Feilang!... ¡Bárbaro! ¡desalmado! ¡Mis mejillas no son bolitas antiestrés!
—Sabes que no entiendo cuando hablas nihongo.
Estaba dejando de frotar sus mejillas cuando sacó una hoja de papel de la canastilla de madera que tenía en el estante junto a la mesa de formulación llevada por Heidemarie y comenzó a copiar de inmediato.
—Yo no entré a ninguna habitación. De hecho, no he hecho nada fuera de mi agenda con excepción de llamarlo aquí.
—Bien, digamos que te creo. ¿Cómo es que un gremlin creador de problemas consiguió ESTO si no estuvo metiéndose a robar cartas?
Habría sonreído con sarcasmo si las mejillas no le dolieran tanto. El Sumo Sacerdote debió notar que se le había pasado la mano porque se agachó para curar sus mejillas con una bendición sin dejar de quejarse por lo bajo.
—Lola se ofreció a ser mi espía. Rosseth y las otras han comenzado a dejar los secretos del Sumo Obispo en mis oídos, pero eso solo me dice dónde y qué buscar… ninguna de ellas quiere seguir tolerando los abusos del Sumo Obispo.
—Así que… conseguiste que una joven inocente arriesgue su vida para conseguir con que sacar al Sumo Obispo del Templo. ¿Qué pasará cuando el Obispo la descubra y la mate o la venda? ¿Pensaste en eso? ¡¿Tú que no puedes dormir tranquila cuando te llevan una niña lastimada?!
—Yo no le pedí que me trajera esto, ella lo decidió por su cuenta… yo, solo la guie un poquito. Arriesgarse así es su responsabilidad, no la mía.
El Sumo Sacerdote no parecía nada convencido ahora… igual no la rebatió, solo la apuró a transcribir y luego le exigió que encontrara un modo de devolver todas esas cartas a su lugar. En realidad, no fue muy difícil. Jenni se encargó de interceptar a Lola para entregarle una bandeja llena de pequeñas rebanadas de pastel de libra con rumtoft y las cartas debajo de la misma.
La chica no tardó nada en comprender lo que debía hacer.
Cada tres días, Lola iba al orfanato para ver a su hermana y dejarle cartas, mismas que recogía ese mismo día en la noche. Mientras tanto, Myneira y el Sumo Sacerdote revisaban las cartas dentro de la habitación oculta de alguno de los dos… no le gustaba nada revisarlas cuando era en la habitación oculta de él porque el Sumo Sacerdote aprovechaba esas ocasiones para llamarle la atención por algo que hubiera hecho mal en los dos o tres días previos, llevándola dentro de su habitación con la excusa de reprenderla como era debido… por supuesto, apenas entrar sus mejillas sufrían por todo el estrés acumulado del muchacho y luego, cuando ya estaba más tranquilo, ambos comenzaban a leer con rapidez, copiando de inmediato cualquier carta que pareciera prueba de alguna infracción.
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El tan temido invierno llegó. Myneira tuvo que despedirse de su familia, aferrándose a su madre y hablándole sin descanso al vientre abultado de Effa para recordarle una y otra vez cuanto le amaba y cuanto esperaba verle en la primavera.
Fue difícil salir de casa escoltada por su padre. Fue todavía más difícil pedirle a su padre que la acompañara a su habitación oculta para poder abrazarlo con todas sus fuerzas sin romper a llorar.
—Tuuri y yo vendremos a visitarte tan seguido como podamos, ¿si, Myne?
—¡Si, papá!
—No des problemas a tus asistentes ni al Sumo Sacerdote. No salgas ni siquiera con los nobles que te adoptaron, por favor. Esto es para evitar que te enfermes, así que, por favor, por favor, Myne… ¡cuídate mucho!
—Lo haré, papá. Cuida de mamá y de Tuuri, también de ti, por favor.
—Lo haré —le respondió su padre con una sonrisa brillante y sincera—. Escríbenos todo lo que quieras. Tuuri y Lutz nos han estado enseñando a leer y a escribir para que tu madre pueda comunicarse contigo. No podrá venir a causa del bebé.
—Lo entiendo, papá. De verdad que lo entiendo. Estaré feliz de recibir cartas de mamá. Gracias.
Después de eso fue más fácil seguir con su pequeña operación.
El frío seguía siendo su peor enemigo. Solo el primer mes tuvo que quedarse en cama con fiebre por lo menos dos veces, aunque nada de eso fue tan malo como conciliar el sueño. Su habitación y su cama eran demasiado grandes para ella, así que terminó en la habitación del Sumo Sacerdote cada noche del invierno hablando con él hasta caer dormida en un sillón, en una silla o incluso en su habitación oculta.
A veces le narraba las historias que recordaba haber leído en los libros que hablaban de folklore y mitología. Otras, le comentaba sobre alguna de las tantas guerras que modificaron el mapa mundial desde tiempos inmemoriales. En ocasiones se dedicaba a responder a las preguntas del Sumo Sacerdote sobre la tecnología o el comercio. Todas esas veces, Fran se encargaba de cargarla dormida hasta el otro lado del Templo para acostarla en su cama y que pudiera descansar. Quizás por eso terminó enfermando algunas cuantas veces más.
Cuando llegó la Ceremonia de Dedicación, Lola se las ingenió para ir a ver a su hermana más a menudo y ellos comenzaron a utilizar la sala de oración para revisar los documentos en cuanto terminaban de ofrendar maná a la enorme cantidad de cálices desplegados en el altar. No podían hacerlo antes porque el Sumo Obispo solía entrar junto con ellos o inmediatamente después que ellos para obligarlos a llenar uno o dos cálices más. La ironía del asunto fue encontrar una carta donde se le solicitaba que llenara esos cálices… aun si Myneira no lo había notado.
—¿Está seguro, Sumo Sacerdote?
—Si. Esto es obra de Georgine… es la tercera esposa de Aub Ahrensbach. Es un delito grave, sin embargo… no estoy muy seguro de que podamos usar del todo esta información con el Aub para que venga al Templo con el Lord Comandante actual —explicó el muchacho con incomodidad—. Esto nos ayuda solo de manera parcial a deshacernos de la mosca.
Con la finalidad de no ser descubiertos, terminaron apodando "mosca" al Sumo Obispo. Era mejor que arriesgarse a que alguien se diera cuenta de lo que estaban haciendo y los delatara.
—Lo copiaré en mi díptico de inmediato.
—Muy bien.
Podía sentir sus mejillas estirarse a causa de una sonrisa y parte de sus pómulos y su pecho calentarse con esa sola palabra.
Tetsuo no dudaba en premiarla con palabras de afecto cuando le seguía el paso durante una conversación, cuando hacía una comida más que deliciosa… o siempre que se estaba divirtiendo con ella en la alcoba.
El Sumo Sacerdote, por otro lado, era demasiado tacaño con las palabras de aliento. Sacarle un "muy bien" era de veras difícil. Conseguir uno cuando no lo estaba buscando era un incentivo increíble.
Para cuando el invierno terminó, tenían bastantes transcripciones de cartas y listados que tachaban al Sumo Obispo no solo como un tratante de esclavos con el devorador para ciertos Giebes y para el ducado de Ahrsenbach, además tenían pruebas de que era un verdadero traidor. Por supuesto, la cereza del pastel fue algo que ninguno esperaba encontrar.
Oculta en el orfanato había una doncella que, igual que Lili, recibió más abuso del que podía soportar, dejándola lisiada de una pierna y con dos dedos menos en una mano cuando solo tenía once años de edad. Sara.
—¿Si el Lord Comandante o el Aub te preguntan, les dirías lo que acabas de decirme?
Luego de todo ese invierno recibiendo clases de política y leyes por parte del Sumo Sacerdote, Myneira estaba bastante familiarizada con los procedimientos llevados a cabo por los nobles para juzgar a alguien.
—Si eso hace que cambien al Sumo Obispo, lo haré. No soportaría ver a otra doncella pasar… por lo que pasamos Lili y ía hay noches en que… puedo sentir todo lo que me hicieron.
Esa misma semana Lord Karstedt se presentó en el templo junto con Heidemarie bajo la excusa disfrazada de ir a visitar a Myneira debido al frío en el exterior y la condición frágil de la pequeña.
Por supuesto, tanto Myneira como el Sumo Sacerdote le entregaron a Lord Karstedt todas las transcripciones. Heidemarie se encargó de pagar por la pequeña hermana Sara con el pretexto de estarla comprando para que fuera la asistente de Myneira en la mansión Linkberg cuando el clima fuera más cálido y con la premura de estar festejando su graduación la siguiente semana.
Dos días después, el alboroto en el ala noble hizo imposible que Myneira pudiera cumplir con sus obligaciones. Fran le impidió salir según las órdenes del Sumo Sacerdote. No fue si no entrada la noche, cuando la niña fue llevada con el Sumo Sacerdote, que pudo enterarse de lo que pasó.
—El Aub vino en persona con la orden de caballeros a visitar al Sumo Obispo. Lola fue de mucha ayuda al mostrarnos todos los lugares donde ese desperdicio de espacio escondía las cartas y las peticiones incriminatorias. Incluso las otras jóvenes comenzaron a hablar con los ó que había más cartas, ocultas en la sala de lectura.
—Entiendo, así que por eso todo el ruido… lo que no entiendo es porque Fran no me permitió salir de mi recámara.
—No puedo permitir que el Archiduque sepa que estás aquí. Eres un fenómeno. Si sabe que estás aquí hará lo posible por escapar de sus obligaciones solo para venir a verte y jugar contigo. Podría incluso exigir leer tu mente para ver de dónde sacas todas tus empresas y no puedo permitirle tener ese tipo de distracciones, es demasiado nuevo en su puesto.
Myneira tembló de inmediato. El Archiduque actual no parecía una persona muy responsable o confiable.
—Ya veo… gracias. ¿Lo que dijo Sara sirvió de algo?
—Si. Karstedt puso a un laynoble a leer la mente de Sara para corroborar su declaración. Que fuera ella quien se encargó de envenenar mi comida el año pasado bajo las órdenes de Beezewants fue justo lo que necesitábamos para hacer venir al archiduque. Sentenciar a ese inútil a subir la imponente escalera con todas las evidencias de sus crímenes contra el ducado fue más sencillo de lo que pensé.
—¿No le dije que hay secretos capaces de destruir imperios completos?
—Deja de regodearte tanto y trata de dormir. Tengo demasiado trabajo que terminar.
Era cierto. Había más tablillas, pergaminos e incluso papeles en el escritorio del Sumo Sacerdote.
Curiosa como estaba, no tardó mucho en ponerse en pie y subir a su lugar usual en el escritorio para mirar, notando de pronto que algunas de las tablillas eran órdenes de reasignación de mobiliario y un par de órdenes de venta para el gremio de telas y otro para el gremio de carpintería.
—¿Qué es todo esto? ¿Necesita túnicas nuevas?
—Así es. Se necesita un nuevo Sumo Obispo.
—¿Bwuhu? ¿Usted es ahora el nuevo Sumo Obispo? Pero, entonces ¿quién va a ser el Sumo Sacerdote ahora?
Una sonrisa ladina y venenosa apareció en el rostro del joven de cabellos azules, haciéndola temblar. No podía estarse refiriendo a ella, ¿cierto?
—Apenas logre convencer a Heidemarie y a Eckhart, te convertirás en la Suma Sacerdotisa del Templo. Ya que me has dado el asiento del Sumo Obispo tan amablemente, pensé que sería adecuado darte a ti mi puesto.
De más está decir que esa noche casi no pudo dormir de la preocupación, demasiado consciente de las toneladas de trabajo que hacía Lord Ferdinand cuando era el Sumo Sacerdote.
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Notas de la Autora:
Dado que estaré fuera de casa y lejos de mi laptop los próximos días, adelanto el capítulo del lunes... bueno, también porque hoy cayó nieve y estoy muy feliz, hacía mucho que no disfrutaba de hacer un muñeco de nieve y tener una batalla de bolas de nieve con alguno de mis hijos xD así que, espero que lo disfruten. Nos leemos luego.
