Disclaimer: Avatar: Last Airbender no me pertenece.
Advertencia: Este es un Semi AU, lo que quiere decir que las cosas ocurren en el mismo universo, solo que de forma diferente.
Advertencia N°2: Hay muerte de personajes.
20. Ahora…
.
Con la seguridad de un dueño de casa, Zuko recorre los pasillos más profundos de las mazmorras en busca del tío Iroh. O donde sospecha que está. Maldice brevemente cuando no lo encuentra de inmediato, porque si no está ahí, no se le ocurre otro lugar en el que buscar.
Si tan solo lo hubiera pensado un poco más antes de separarse de Katara, tendría una idea de qué hacer a continuación. No acordaron un lugar de encuentro, suponiendo de forma más estúpida que ingenua, la verdad sea dicha, que se encontrarían.
A quien sí encuentra es a los guardias, lo que, en principio, le da la sensación de que, si hay guardias, hay alguien a quien custodiar y que, por lo tanto, no estaba tan equivocado al buscar en las mazmorras. Pero tampoco logra ahondar mucho en eso cuando, entre varios, primero le cierran el camino y luego lo reducen.
Porque, después de todo, es solo un hombre, y puede dar pelea contra una decena de soldados maestros fuego, pero no necesariamente ganarle a todos ellos.
Todo sería más fácil si tan solo pudiera dejar de pensar en Katara, o si encontró a su madre, o dónde rayos está su tío. Pero como no puede, está demasiado distraído para luchar y es presa fácil de los guardias.
-¿Estarás bien si te dejo aquí?- pregunta Katara con ansiosa seriedad cuando se ha recuperado de su ataque de nostalgia y decide que es momento de continuar.
Sabe que el trato era encontrar a su madre, pero no puede llevarla al campo de batalla.
-Por supuesto, querida. Ya llevo todo el verano en esta habitación y mucho más que eso en Palacio; estoy en mis dominios- sonría de esa forma suficiente que demuestra que sabe exactamente lo que hace, y Katara solo puede confiar en ella-. ¿Irás a encontrarte con Zuko?
Katara asiente.
-Dijo que buscaría a su tío mientras yo te buscaba a ti- relata ella, más para llamarse a la calma y a la concentración que por otra cosa, aunque si eso sirve también para informarle a lady Ursa, bien también.
Sin embargo, algo de eso parece sonarle a la mujer, porque su semblante cambia. Sus cejas se alzan en comprensión de algo que quizás llevaba un buen rato dando vueltas en su cabeza.
-Oh, por los espíritus, así que es por eso…- murmura, llevándose las manos a la boca, en un intento complejo por mantener su espanto a ralla-. Sígueme.
Sin esperar una respuesta, toma la mano de Katara y la lleva consigo detrás de una cortina al otro lado de la habitación. Ella mira con asombro cómo la mujer atraviesa una puerta detrás del cortinaje y camina en la oscuridad con ella cogida del brazo.
Katara siente que se alegra de llevarse bien con algunos maestros fuego, porque ella no habría podido transitar en la completa oscuridad de este pasadizo por su cuenta, de no ser por la llama que lady Ursa enciende sobre su palma.
Se abstiene de preguntar qué está pasando, porque la mujer se ve concentrada en una de las paredes a su lado a medida que avanza. Su paciencia se ve recompensada cuando parece encontrar lo que buscaba. Un mecanismo para abrir otra puerta.
-Zuko debe haber caído en una trampa, Katara, debes ir a ayudarlo- le pide la mujer al mirarla.
-Por supuesto, pero por qué crees que…
-Porque claro que Zuko iría a buscar a Iroh en las mazmorras, pero él ya no está allí, sino aquí- termina de explicar, abriendo la compuerta hacia otra habitación igual a la que usaba ella-: lo trajeron hace unos días.
La comprensión del verdadero sentido y alcance de lo que acababa de decirle Ursa le golpea como un garrote al ver al anciano de aire tan solemne y majestuoso como deprimente sentado en una butaca frente a un juego de té que se nota de lejos que ya se ha enfriado hace rato.
-Iroh- se anuncia Ursa con voz tan presurosa como prudente.
El anciano, el señor del fuego Iroh, se vuelve a mirarla, sin alarmarse de su visita, pero sorprendiéndose al verla acompañada.
Katara tiene el impulso de inclinarse, tal como vio a Zuko y Lu Ten hacerlo en el Templo, cuando él se levanta y camina a pasos largos hacia ella.
-Por los espíritus- jadea Iroh al mirarla con sus ojos dorados y ponerle las manos firmes en los brazos, como si temiera estar alucinando-, ¿eres quien creo que eres? Debes serlo, eres la nieta de Pakku, Katara, sí; eres igual a tu abuela, querida- balbucea como una corriente de la conciencia, pero ella es incapaz de detenerlo. Me da tanto gusto ver que estás sana y salva, querida. Ellos dijeron…
Un fantasma parece haber pasado frente a él, porque se calla y palidece en medio de la frase.
Katara aprovecha ese instante para sonar segura de sí misma.
-Estoy bien, tío Iroh; Zuko y yo lo estamos- le dice con la convicción de que así seguirá siendo.
Sendas lágrimas escapan de ambos ojos del anciano. Sin necesidad de voltearse, Katara sabe que Ursa también solloza, ya que antes no tuvo oportunidad, y si el uno y la otra lo hacen de alivio, de pena o por ambos, Katara no se los cuestiona.
-Gracias por decírmelo, querida niña- dice Iroh luego de reponerse y limpiarse el rostro de forma elegante, una sonrisa invade sus rasgos bonachones-. Me has traído una alegría tan grande después de… después de…
Y no debe terminar la idea para que Katara entienda qué quiere decir.
No sabe si sentirse terrible o aliviada, por la certeza de una sospecha que han tenido por semanas, o por el fin de una incertidumbre que ha dominado sus pensamientos y decisiones durante tanto tiempo. Una posibilidad a la que tanto Zuko como ella negaron cabida, a tal punto, que la usaron como argumento para pelearse luego de haberse besado. Finalmente, es la culpa, la pena y agradecimiento lo que predominan. Y la determinación de que no será en vano.
Lu Ten ha muerto en batalla por protegerlos a ellos.
Una parte de sí quiere llorar cuando Iroh le enseña la daga de Lu Ten, la que él le había enseñado en sus ratos de ocio en el Templo, aquella con esa inscripción tan bonita: 'No te rindas sin dar pelea', que le había obsequiado su padre al obtener su grado militar. Katara se siente orgullosa de saber que murió en su lid, fiel a sí mismo y a sus seres queridos.
Otra parte de sí se siente satisfecha por haberse encargado de su asesino.
-Dásela a Zuko, por favor- le pide el anciano, poniendo el objeto sobre sus manos.
La piel cálida y áspera por la edad de Iroh sobre las frías y más jóvenes de Katara, le dan un escalofrío. Resolución renovada.
-Lo haré- le promete-. Lo traeré de vuelta, también.
-Te lo agradezco, Katara- dice él con la voz rota por la emoción.
-Ambos lo hacemos- lady Ursa le pone una mano en el hombro, entregándole lo que parece ser una reliquia, el accesorio con el que se recogía el cabello.
No debe preguntar para saber que es algo importante, pero en lugar de tendérselo para que lo coja, la mujer le despeja el rostro con él.
No es que vaya a quejarse.
-Buena suerte, querida, que los espíritus estén de tu parte- es lo último que oye antes de salir de la habitación (por la puerta de entrada, nada menos) y corre en dirección a donde su instinto y su lógica le dicen que estará Zuko luego de haber caído en una trampa.
En el lugar más público posible: la explanada frente a las puertas de Palacio.
.
Y, ya sabemos que Zuko cayó en una trampa; nada nuevo bajo el sol. Por otro lado, ahora sí que sí es oficial: Lu Ten murió en el Templo a manos de Zhao. Tristeza.
¿Podrá Katara rescatar a Zuko? ¿Qué hará nuestra pareja ahora que saben que solo ellos son su propio obstáculo?
¡Lo descubriremos!
