Notes:

Feliz Navidad, buenas gente, y para quién no las haya disfrutado: Es normal. No te preocupes. Respira, recupérate y para adelante, que tú puedes.
Todos somos heróes es nuestras vidas.


Rook

Tras el brillo del eluvian, Rook abrió los ojos, algo cegada. Parpadeó, lentamente, adaptándose al cambio de luz. Y miró a su alrededor, dando una pequeña vuelta sobre si misma, analizando lo que veía.

Estaban en lo que parecía ser unas ruinas en un enorme bosque. Los árboles susurraron a su alrededor con el viento, mientras, en el fondo, podía verse la brecha, más cerca aún, con una enorme luz verde apuntándola, que parecía venir de un sitio mucho más delante de donde se encontraban. Silbó, asombrada, mirando a sus compañeros con las cejas alzadas.

—Pues sí que son puertas hacia otro lado. Parece que ya no estamos en Mintharous —comentó la elfa, posando sus manos en las dagas, inconscientemente. Sentía el ambiente cargado por la tensión, pero no sabía por qué exactamente. Y eso no le gustaba nada.

—Esto lo conozco yo. Es el bosque de Arlathan —comentó Harding, observando su alrededor como buena exploradora, dando un paso hacía delante, con seguridad. A su lado, la maga de hielo fijó su mirada al frente, mientras fruncía el ceño. Y levantó la mano, apuntando hacia delante.

—Y allí está el ritual— señaló Neve. Unas enormes ruinas élficas se podían ver al fondo, algo lejos. El poder mágico chisporroteaba en el aire, tensándolo como la cuerda de un arco.

De ahí venía la luz verde, se dio cuenta Rook, al ver que una de las estatuas que estaban alrededor de las ruinas emitió un estallido hacia el cielo, haciendo que hubiese un temblor enorme. El equipo lo aguantó, fácilmente, pero la tensión aumentó, como una olla a punto de estallar.

Rook tragó saliva, con un nudo en la garganta. Esos temblores lo provocaban una magia muy, muy poderosa. Una magia que no estaba segura de querer conocer de cerca. Pero, sospechó en su interior, seguramente venía de cierto dios haciendo un ritual.

No podían ser las cosas fáciles por una vez, no.

—Esto está empeorando— soltó Neve, nerviosa, sin poder evitarlo. La elfa le dedicó una mirada sarcástica, casi sin quererlo.

No jodas, Neve, pensó para si misma. Los temblores y los demonios al parecer no eran casualidad.

Sin mirarse entre ellos, continuaron rápidamente, dando pasos rápidos, casi en trote, mientras los nervios y la adrenalina los impulsaban. Varios monstruos se entrometieron en su camino, pero lo despacharon rápidamente, sin perder más tiempo del que, sospechaban, iban ya escasos.

— ¿De veras este Solas, Lobo Terrible...? —empezó a preguntar Rook, con tensión en su voz, mientras despachaba un demonio.

—Fen'harel también— la interrumpió Neve.

Rook la miró con el ceño fruncido, exasperada.

—¿Pero cuántos nombres tiene este tío realmente? —levantó las manos, con cierta enfado, sin evitar que la histeria se filtrase en ella.

Varric fijó su vista al frente, hacia esas estatuas iluminadas por el color verde de la magia. Y suspiró, profundamente, con su mirada emborronándose por los recuerdos.

—Para mí solo era… Risitas— comentó con tristeza Varric, dejando caer los hombros, como si una carga se hubiera asentado en ellos. Su tez bronceada se arrugó por la tristeza, haciendo que realmente se viese más agotado y mayor.

Harding, a su lado, desvió la vista, con el pesar en todo su cuerpo. Rook los miró, cambiando su expresión enfadada a una más apesadumbrada, al ver la tristeza de sus amigos, mezclada con el agotamiento de no haberse dado cuenta de quién era su amigo a tiempo.

De, quizás, no haberle hecho cambiar de opinión. De qué su amistad nunca hubiese sido suficiente para el elfo. Rook apretó los puños a ambos lados de su cuerpo, agachando la vista.

—Oye, no sé qué pasó en realidad, pero…Lo siento—inspiró, sintiendo el dolor de ellos en sí misma— Lo siento mucho.

Varric negó con la cabeza y soltó una risa triste, cansada.

—No hace falta disculparse. No es tu culpa. Además, no soy a quién más le afectó —encogió un hombro, queriendo quitarle peso al asunto, pero sin conseguirlo. La enana suspiró, a su vez.

—Inquisidora…—murmuró con pena Harding para sí, aunque fue lo bastante audible para todos. Rook volvió a fruncir el ceño, mirando las estatuas.

¿Realmente la Inquisidora estaba tan unida a Solas? Nunca le habían dicho nada directamente, teniendo ella que suponer muchas cosas. Pero empezaba a sospechar de una idea. De una muy sutil idea.

—Ahora, lo importante, es detenerlo—Varric apretó a Bianca entre sus manos, interrumpiendo sus pensamientos.

De la nada, un cristal de una de las estatuas se encendió y emitió otro rayo de poder hacia el cielo, provocando otro temblor, algo más fuerte esta vez. Rook sintió como la magia a su alrededor se alteraba, sin remedio. Su vocecilla interior volvió a encender las alarmas, pero ella la calmó, frotando su pecho.

No era momento de dejar que los nervios los venciesen.

Neve hizo un gesto hacia las estatuas, con su bastón, que brilló bajo la luz de la luna.

—Cada vez que se enciende un cristal, hay un terremoto. Me da que es el indicador de cuán avanzado está el ritual. Y parece que ya está muy por delante de lo que esperábamos —comentó, entre dientes, la molestia filtrándose en su voz.

Harding soltó una flecha rápida hacia un demonio que se acercaba a ellos, matándolo en el acto. Empezaban a revolotear, haciendo que se pusiesen alerta, por si las moscas. La enana se giró hacia Neve, colocando una flecha en la cuerda del arco.

—¡Entonces tenemos que darnos prisa! —apresuró, echándose a correr.

— ¡Ya casi estamos! — animó Rook a sus compañeros, sacando su daga de un demonio caído. Se echó a correr, sin molestarse en enfundar el arma.

Llegaron a una pequeña llanura, rodeada de viejas ruinas élficas. Otro terremoto sacudió la tierra.

En el suelo, una enorme brecha se abrió delante suya, haciendo que tuviesen que retroceder un paso, por precaución. De ella, salió demonio mucho más grande de los que se habían estado enfrentando, impidiéndoles el paso con un gruñido, abriendo esa boca fantasmal, de la que solo salió bruma negra.

Neve y Harding se prepararon para luchar, queriendo quitárselo de encima, pero Varric alzó una mano, deteniéndolas, con el ceño fruncido. Miró a la pelirrosa y bufó, con cierta diversión, sin molestarse siquiera en alcanzar a Bianca.

— ¡Rook, déjate de tonterías, y haz ya lo tuyo, anda! —le gritó, con burla.

Rook le miró con una sonrisa ladeada, pero un gesto cruel se dibujó en su tez, haciendo brillar por un momento sus ojos, la magia filtrándose en ellos.

—¿Seguro? —le preguntó, pidiendo un permiso que no necesitaba. Varric solo le dirigió una mala mirada ante esa petición absurda. Ella se rio en alto, sin poder evitarlo, y dio un paso al frente, girando sus dagas, mientras se acercaba al demonio, sin quitar esa sonrisa cruel. Se pasó la lengua por los labios, como si saborease a su próxima presa. La maga de hielo se acercó al enano, algo desconfiada, mientras alzaba las cejas, mirando a la pelirrosa.

—¿Lo suyo? — le preguntó a Varric, dudosa de si acompañar a la elfa o no. Él solo le contestó con un gesto hacia Rook, haciendo que la mirase.

Rook se tronó el cuello, sin levantar sus dagas, mientras ladeaba la cabeza, con ese brillo en sus ojos. Las giró, lentamente, mientras miraba al demonio.

Entonces, se acuclilló un poco. Y dio unos saltitos, con la adrenalina en su torrente.

—Hora de descargar —murmuró, para si misma y su vocecilla.

Con un chasquido, el demonio se abalanzó hacia ella, sin esperar más. Rook sonrió ampliamente, mientras esperaba. Neve emitió un grito, con el susto en el cuerpo, al verlo tan cerca de ella.

Pero, de repente, la elfa ya no estaba en el mismo sitio. El demonio paró, confundido por un momento. Y, entonces, se escuchó una risa, en alto, acompañada de una voz burlona.

—Aquí arriba, estúpido.

Como si de un rayo se tratase, Rook cayó encima del demonio, derrumbándolo, mientras sus dagas emitían chasquidos de electricidad, como si estuviesen hambrientas. El demonio intentó moverse, pero sus extremidades inferiores fueron congeladas de la nada, sin darse cuenta.

Rook, encima suya, le sonrió, con un deje malvado, ladeando la cabeza. En un rápido movimiento, clavó sus dagas y emitió una enorme nube de electricidad, que alzó su cabello. Metió una mano en la herida, haciendo un gesto extraño, casi como si sostuviese algo. Y pegó un tirón, mientras cogía una de sus dagas, que aún estaban cargadas y, la movía, cortando el aire. En pocos segundos, el demonio se quedó quieto, desvaneciéndose en cenizas por el viento, como si nunca hubiese existido, haciendo que Rook pegase un salto hacia atrás, para equilibrarse.

Neve apretó su mano alrededor del bastón, quedándose pálida, sus ojos abiertos como platos, sin creerse lo que acaba de ver. Harding y Varric, a su lado, solo esperaron a que la elfa dejase de emitir chispas rosas, enfundando sus dagas, mientras inspiraba y les sonreía, haciendo el gesto del OK con sus dedos.

—No me jodas. La Tejedora. La puta maga Tejedora —murmuró Neve, negando con la cabeza, incrédula. Rook se acercó a ellos en un salto, sin caer a la brecha, mientras les hacia un gesto.

—Vamos— instó, continuando el camino hacia la zona del ritual. Los demás la siguieron, sin demora, pero Neve se acercó a Varric, rápidamente, alzando las manos.

—¿No pensaste en decirme que es la maga Tejedora, Varric? Era, creo yo, un jodido punto importante a saber—casi le acusó, rechinando los dientes al enano. A su lado, Harding la miró, curiosa, sin saber porque se había alterado tanto.

—¿Es importante? —preguntó, intentando entender el punto de vista de la detective.

Neve giró bruscamente su cabeza hacia ella, el sombrero en su cabeza haciendo un movimiento que obligó a que se lo recolocase, con una mano.

—Es la maga más dotada de los últimos tiempo—comenzó a explicar, con cierto entusiasmo—. Se dice que no hay magia que se resista a su conocimiento, pudiendo aprender cualquier tipo de hechizo en cuestión de días, horas incluso —señaló a Rook, que se hacía la sueca, con cierta vergüenza al escuchar hablar así de ella—. Nada puede escaparse de la Tejedora. Moldea la magia a su gusto y, no solo eso, dicen que domina también el cuerpo a cuerpo, mezclando sus malditas habilidades. No tiene puntos débiles, o eso rumorean. Y, encima, su identidad siempre ha sido secreta, ayudando a los más necesitados por todo Antiva y más allá —emitió un respingo, mientras se daba un pequeño golpe en la frente—. Claro. Porque es una jodida Cuervo. Y las fechas en las que aparecieron los rumores coinciden con la edad de Rook.

Varric abrió los ojos, con burla e hizo un gesto con la mano, sacudiéndola y quitando importancia a las palabras de la maga.

—Exageraciones. ¿No ves que no es más que una elfa rara? —dijo, señalándola, el tono lleno de una diversión amigable, como si fuese una broma habitual entre ellos.

—Te escucho, Varric — le soltó Rook, girándose para mirarlo con una sonrisilla. Él soltó una carcajada, aunque la risa se murió rápidamente cuando vio lo que tenía delante.

Ya se habían acercado lo suficiente a la zona del ritual. Las estatuas se alzaban imponentes, los rayos de magia iluminando el cielo. Pero eso no fue lo que alteró al enano, no.

Fue una figura, imponente, alta y poderosa, que se alzaba en el centro de toda la magia del ritual, en lo alto de unas escaleras. El equipo se escondió rápidamente a un lateral, para que no los viese. El enano se asomó, echando un vistazo.

—Solas. Ese es Solas — dijo, sin aliento, como si no se creyese aún tener a su amigo tan cerca. Cerró los ojos, por un momento, cogiendo aire. Su tez se llenó de decisión, cruda y dura—. Me encargo yo a partir de ahora.

Un puñado de demonios aparecieron detrás suya, de improvisto. Neve y Harding empezaron a defenderse, lanzando flechas y hechizos por doquier. Rook ayudó de su parte, lanzando varios hechizos también, aunque no a tanta potencia, temiendo la reacción de su magia, tan cerca del ritual. Harding se giró hacia Varric, por un momento, con el ceño fruncido por la preocupación.

—¿Estás seguro?

Varric asintió, decidido, sin mirarla, sus ojos clavándose en el elfo más allá. Harding negó y le miró con cierta pena, con cierta angustia que no pudo ocultar.

—Varric, Solas no va a parar porque se lo pida un viejo amigo amablemente. Ni siquiera la Inquisidora podría pararle —susurró, intentando razonar con él. Varric apretó los dientes, y la miró, con decisión en su mirada.

—Solas solo necesita otro motivo, un motivo lo suficientemente válido para justificar su cambio de opinión —justificó el enano, apretando los puños.

—Venga, Varric, no venimos aquí solo para hablar con él —le objetó Rook, sin poder evitarlo.

Si Solas no había parado en todos estos años…

Pero aún así el enano no se rindió. Le posó una mano en el hombro a la pelirrosa, dándole énfasis a sus palabras, a continuación.

—Era mi amigo, Rook. Tengo que intentar convencerlo. Y no solo por mí — se colocó a Bianca a su espalda, pero no quitó la mano de ella, como si necesitase el toque de la ballesta, para tranquilizarse—. Y si no consigo convencerlo… Responderá ante Bianca —le aseguró, intentando que Rook no se preocupase por él.

Pero ella tenía una mala intuición, que solo se había agravado al acercase a la zona del ritual. Inspiró, intentando tranquilizarse, pero le observó con desconfianza. Aun así, tras varios minutos, le asintió.

Varric siempre había tenido mucha labia. Quizás ahora también le funcionase a su buen amigo. Varric le sonrió, con agradecimiento y se giró, saliendo de donde se cubrían, dirigiéndose a Solas.

—Cuida del equipo por mí, Rook— murmuró, aunque sabía que no iba a escucharle, absorta ya en ayudar a sus amigas a pelear. Subió los escalones, acercándose cada vez más a esa figura, cada paso sonando en su cabeza como si hubiese eco. Entonces, se paró, a pocos pasos del elfo, que estaba dándole la espalda, sin darse cuenta de su presencia, totalmente absorto en la brecha delante suya, gemela a la que había en el cielo. Y Varric inspiró, colocando su siempre fiable sonrisa en su rostro.

—Espero no estar interrumpiéndote, Risitas —le habló, con ese tono de diversión que siempre le había dirigido su amigo mago apóstata, haciéndolo rabiar muchas veces.

Solas se giró bruscamente, su armadura, de toque élfico, haciendo un ligero ruido metálico. En una de sus manos, que agachó, sostenía una temible daga ritual, hecha de lirio puro. Su mirada se ablandó, por un segundo, como si no creyese que el enano estuviese delante suya, haciendo que su rostro, normalmente serio, perdiese el ceño de concentración. Miró al enano, de arriba a abajo. Y suspiró, con agotamiento, mientras apretaba los puños.

—Varric.

Y, con esa palabra, empezó la batalla de voluntades entre los dos, que decidiría si el mundo se salvaba o acababa destruido hasta los cimientos, en pos de un plan suicida por culpa de la convicciones de un dios equivocado.