Capítulo 222. Coloso de hierro
Poco después de que el Tormento de Ailell destrozara gran parte del Argo Navis Negro, mientras Ícaro de Sagitario Negro se unía a la lucha en cubierta contra el ángel del Fuego, Margaret de Lagarto transportaba al último grupo de la ruinosa zona de los camarotes. Era muy hábil, para ser humano. Sobre todo, era dúctil en una orden en la que los guerreros solían optar por un estilo muy concreto de combates.
La santa de Cefeo no estaba preparada para lo que vio en el tercer nivel del barco, de almacenaje, por muchos motivos. El primero fue el estado de Can Mayor Negro. Mientras que la mayoría se había salvado, Blaine yacía tendido lejos de los sacos de comida y otros recursos, con la mitad derecha del cuerpo quemada. Dos caballeros negros, compañeros de Aeson, se aseguraban de mantenerlo vivo, aunque todo lo que salía del oficial de Hybris eran balbuceos de arrepentimiento. Pedía perdón a Fredo por no haber podido salvar a su nieta; Aqua cayó en la cuenta entonces de que entre los caballeros negros faltaba la sombra de Dragón. Lo segundo fue lo más chocante, porque Érika, tendida sobre la inconsciente Triela, estaba empeñada en colar entre los dorados labios de la máscara de la Silente una semilla, mientras que Kasumi tiraba de ella y Takeshi miraba la situación con la serena paciencia que solo otorga la costumbre.
—¡No digo que ronque, sino que al menos respire! —gritaba Érika—. ¡Déjame, solo le causará una pequeña molestia! —aseguró, alzada por su compañera.
—Te he visto reventar matones de dos metros y medio desde dentro hacia fuera con esas semillas —le recordó Kasumi, que debía hacer un gran esfuerzo para sujetarla por los brazos y resistir las patadas que daba su compañera—. Green power, ¿recuerdas?
—Esta no es la matona de uno de esos empresarios hijos de su madre —dijo Érika, fingiendo calma—, es una santa de oro. ¡Solo será un picor!
—Picor mis… ¡Ay! ¡Takeshi, ayúdame! —pidió Kasumi, luego de que la sombra de Serpiente Terrestre le acertase una patada bajo la rodilla.
Takeshi tuvo que intervenir, al final, pero Aqua no pudo verlo, porque el tercer evento extraño ocurrió. Zaon de Perseo apareció frente a ella, como por arte de magia, e inclinó la cabeza a modo de agradecimiento.
—No salvaste la vida —dijo Zaon, sin alzarse—. Gracias.
—Oh… eh… ¡Ah! —Azorada, Aqua giró la cabeza hacia los lados. Aeson y Minwu estaban revisando a Blaine, mientras que Margaret ayudaba al de nuevo inconsciente Makoto a descender al suelo, colocándolo cerca de donde reposaba Joseph de Centauro, a no mucha distancia de Triela de Sagitario. Al parecer, el santo de Mosca se había permitido descansar solo cuando vio que podía hacerlo—. ¡Esto es un poco…! —Al girar la vista al frente de nuevo, no solo estaba el santo de Perseo, sino también Marin, Bianca, Rin y Nico—. ¿Tú no estabas convaleciente hace unos minutos?
A la vez que Rin reía entre doloridas toses, Bianca dio un codazo al santo de Perseo, susurrándole que una cosa era ser agradecido y otra apóstata.
—No era esa mi intención —gruñó Zaon, alzando la cabeza—. ¡Rayos, he tenido que reunir mucho valor para esto, no hagas que me arrepienta! —pidió a la vez que dirigía una mirada afilada a la santa de Can Mayor. Parecía más una amenaza que un ruego.
—Estaba hecha un desastre —dijo Rin—. ¡Estaba! Ya puedo luchar.
—Parece que no tenemos más remedio —advirtió Marin, quien si bien miraba al techo, poseía unos sentidos acordes a su rango, que le permitían percibir la terrible batalla que se libraba allá arriba—. Nos necesitan.
—Será un honor luchar a tu lado, subcomandante —aseguró Rin con clara admiración. Incluso con un solo brazo, la santa de Águila seguía siendo alguien de temer.
El resto de santos, salvo Minwu, asintió, conforme con la idea. Aqua también sacudía la cabeza en sentido afirmativo, decidiendo que esa actitud en exceso amistosa del santo de Perseo desde hacía rato era algo que se había ganado por su esfuerzo.
Entonces, una figura brillante apareció en medio de la bodega, alumbrando no solo a los seguros santos de Atenea, sino también a las sombras, que sudaban de pavor.
Desde la nerviosa Érika y la decidida Kasumi hasta hombres como Johann y Ennead, que venían de sufrir graves heridas en durísimas batallas, todos los caballeros negros temían el momento de ir arriba y combatir contra la fuente de ese cosmos descomunal. Algunos, tratando de sonreír y dar valor a un compañero, hacían rechinar los dientes. Aqua los comprendía, porque también había sentido miedo varias veces. Por eso buscó unas palabras de aliento y por eso actuó demasiado tarde.
—¿Eso es una mariposa? —dijo Érika, con los ojos iluminados. Hechizados podría decirse, anta la criatura que había aparecido.
A primera vista, era hermosa de mirar. Tenía unas alas que brillaban en luz multicolor, trayendo el día allá donde reinaba la oscuridad. Las aleteaba tan rápido, que solo el ojo experto y concentrado podía ver el cuerpo del que nacían esas alas: un trozo de carne retorcido, sin brazos, piernas o cualquier rasgo, como un gusano muerto y rostizado. Todos allí eran guerreros experimentados, y hasta el más débil podría seguir la trayectoria de una bala y ganarle en una carrera, por lo que muchos, desde el matador de demonios Zaon hasta Takeshi, el Oso Negro, clavaron los ojos en esa criatura, distinguiendo de paso el boquete que había abierto en el techo sobre la misma.
Aun así, la criatura desapareció. Nadie pudo ver su movimiento, y por ello, actuaron poniéndose en lo peor. Kasumi formó la Estrella de Mar a partir de las moléculas del ambiente, como un escudo para los inconscientes Makoto de Mosca y Joseph de Centauro, mientras que Johann con su Perturbador de Viento y Ennead completaban los otros dos lados de una barrera triangular. Marin y Rin alzaron el vuelo, revisando cada palmo cerca del techo, mientras que Bianca y Nico hacían lo propio a ras de suelo, con la ayuda de los caballeros negros. Solo los sanadores quedaron aparte de esa búsqueda exhaustiva, pues salvar a un hombre era para ellos la prioridad en ese momento.
Y, entre los sanadores, la propia santa de Cefeo debía contarse, pues con pasos ágiles llegó hasta donde estaba Blaine y posó la mano en su pecho agitado.
—Lo siento mucho —dijo Aqua.
—Es mi karma —respondió Blaine—. Solo mío.
El estómago entero de Can Mayor Negro desapareció al segundo siguiente. No tuvo tiempo de gritar siquiera, antes de que el resto de su cuerpo se derritiera al son de los aleteos de la criatura. Donde hacía un momento estaba el pecho del ex-oficial de Hybris, el ser aleteaba, balanceando el cuerpo de lado a lado, como burlándose de todos.
Cabalgando sobre los gritos de las sombras más jóvenes, el santo de Perseo corrió Harpe en ristre, decidido a matar a aquel nuevo enemigo. Falló.
—¡Desgraciado! —maldijo Zaon, con el rostro rajado en un corte ardiente.
Enseguida, Aeson retuvo al santo de Perseo mientras Minwu hacía descender la temperatura en el corte, desde el mentón hasta la mejilla izquierda, bajo el ojo, y los asistentes del mejor médico de Hybris reorientaban la fuerza vital del subcomandante. A la vez, Marin y Rin se coordinaron para perseguir al veloz enemigo, con el apoyo de Margaret, entre cuyas facultades estaba el dominio del arte combativo consistente en ralentizar el movimiento atómico. El techo de la bodega se llenó de capas de hielo, de notable grosor en el boquete que criatura había abierto al entrar, antes de que la dupla de bronce y plata pudiera por fin atraparla en una esquina.
Aunque una brecha considerable separaba la velocidad de Marin y Rin, en esa ocasión ambas se coordinaron para dar golpes más contundentes que ágiles. Miles y miles de destellos llenaron el área alrededor de la veloz criatura hasta que el puño de la santa de Caballo Menor la desintegró de un solo impacto.
—Son rápidos, pero frágiles —celebró Rin.
Bianca y Nico, quienes habían adoptado un rol defensivo, debido al shock en que muchos caballeros negros cayeron, suspiraron con alivio.
—Son Ailell —dijo Aqua, consciente de que hablaba a destiempo—. Un tipo de numen, un espíritu menor del fuego. En reposo, las alas arden como la superficie de un sol; cuando se sienten en peligro es peor, mucho peor. —Miró a Zaon, tratado a tiempo; ya solo tenía una larga, aunque delgada, cicatriz blanca—. El calor no para de crecer desde todo lo que cortan, hasta que algo se consume. No me extraña que el barco sufriera tantos daños por calor, a pesar de la protección mágica que sus constructores le dieron.
—No seas exagerada —dijo Bianca, acercándose—. Solo era uno.
—Sí —asintió Nico—, ¡y Rin le ha dado una paliza!
La susodicha, que aún volaba, se acarició la nuca, sin saber qué decir.
—Los Ailell se mueven en grupos de cien —replicó Aqua—. Siempre.
—Te equivocas —dijo una voz ominosa, resonando a través de la bodega.
Primero, la santa de Cefeo asumió que alguien había detenido el tiempo, porque todos estaban quietos como estatuas. Viendo con más detalle, notó algunos movimientos de polvo aquí y allá, deduciendo que la conocida voz que creía saber más que una diosa era también responsable de paralizar a sus compañeros. Tronó los nudillos, se cercioró de que Rin y Marin no habían caído al suelo —seguían flotando, cada una buscando a la fuente de la voz—, y de que los inconscientes estaban con bien, y luego alzó su cosmos argénteo, no tan portentoso como cuando luchaba en cubierta, pero suficiente para los Ailell. Si es que eran los mismos de los que le habló su hermana tiempo atrás.
Toda idea que tuvo de serles de utilidad a aquellos santos y sombras se fue por el desagüe cuando la fuente de la voz se hizo visible. Era el santo de Aries, con su reluciente manto de oro, proyectándose desde algún rincón remoto.
—Habéis cuidado bien de la Silente —observó Ofión, quien enseguida había buscado a su igual. Por supuesto, ni el negro, ni el bronce, ni la plata, le servían para nada—. Sabía que podía contar con vosotros para eso. No está en condiciones de luchar.
—¡Tienes más cara que espalda! —gritó Aqua, llamándole la atención. Al girarse, el santo de Aries se volvió traslúcido por un momento, como un fantasma.
—No hay tiempo para esto, nereida, necesito tu ayuda.
—¡Te has dejado poseer otra vez por los malos! ¿Quién eres? ¿La niña del Exorcista? ¡Pues yo soy la sacerdotisa Aqua y pienso exorcizarte a puñetazos!
Podía ser un gesto muy tonto, pero se sintió con suficiente valor para saltar sobre el muy sorprendido santo de Aries, solo para chocar de bruces contra el Muro de Cristal que este había creado con un pensamiento. Fue propulsada contra una pared, que por supuesto no se derrumbó. El barco estaba protegido por una magia muy fuerte.
—Te equivocas —advirtió Ofión, caminando hacia Makoto sin mirarla—. Este barco es mucho más que una herramienta mágica. Es un manto sagrado, todo él. —Ya de pie, la santa de Cefeo desató sobre él el Sello Real. Siete cadenas de agua se formaron, atacándolo desde todas direcciones; el santo de Aries no tuvo ni que prestarles atención para que estas desaparecieran en volutas de vapor—. Los Mu lo crearon, y sospecho que Atenea, desde algún rincón del universo, aprobó su creación. Necesito tu ayuda.
No se refería a Aqua, quien se sentía tonta e impotente, sino a Joseph de Centauro, ante el cual se inclinó. Después de todo, no estaba interesado en Makoto.
—¡Métete con alguien que no está dormido, al menos! —exclamó Aqua, irritada. De verdad se había sentido fuerte en cubierta. Muy fuerte.
—En eso también estás equivocada. A mí no me ha poseído nadie. —Evitando dar más explicaciones, por el momento, llevó la mano hasta la cabeza del inconsciente Joseph—. Tú que conoces los sueños de los hombres, protege los de esas almas descarriadas.
Primero con pasos lentos y silenciosos, como un ladrón en la noche, y luego con la agilidad y velocidad de una guerrera sagrada, Aqua se posicionó a la espalda del santo de Aries y le agarró del cabello, dispuesta a amartillar el suelo con esa cabeza de chorlito hasta que volviera en sí. Pero lo que pasó fue que vio cuanto el Ermitaño transmitía al santo de Centauro: Ícaro de Sagitario Negro, muerto con una sola palabra; las demás sombras, dormidas del mismo modo. Las cosas se estaban poniendo muy feas en cubierta y de algún modo Joseph era clave para arreglar las cosas.
Una vez acabó la visión, Aqua empezó a retroceder, más por espanto que porque estuviese mareada. Era una diosa, no una mujer impresionable.
—Tengo que subir —dijo Aqua, esforzándose por no tartamudear.
—Si quieres morir en vano, adelante —replicó Ofión, todavía inclinado junto al santo de Centauro—. Nos enfrentamos a un ángel del Olimpo. Nadie en este barco puede vencerle en combate. A lo más que pueden aspirar es a dejarlo a tiro para Indech. —Habiendo acabado lo que fuera que estaba haciéndole a Joseph, se puso de pie, aclarando—: Es otro ángel del Olimpo. Un aliado, por ahora.
—¿De verdad no estás poseído? —preguntó Aqua—. ¡Pues ayúdanos a sacar a ese hombre del barco! ¿Eres un santo de oro, no?
—Sacarlo del barco es lo de menos —contestó Ofión, mirándola de frente, ahora sí—. Has visto el estado del Argo Navis Negro. Partido en dos. Si no ha colapsado es porque los constructores hicieron un trabajo espléndido, pero créeme, se hundirá tarde o temprano. Y aun si no lo hiciera, hay cien Ailell esperando el momento de destruirlo.
Antes de responder, Aqua trató de sentir las amenazas en el navío. Aislándose de lo que ocurría en cubierta, pudo sentirlos. Decenas de Ailell, todos en reposo.
—¿Qué esperas que haga? No soy ninguna constructora de barcos.
—Ya te lo he dicho, esto es más que una herramienta mágica, más que un barco.
—Sí, sí, un manto sagrado. —Mientras lo decía, Aqua entendió el peso de esas palabras—. ¡Un manto sagrado, regado por la sangre de los héroes! —Azul, negro, bronce, plata… Hasta los santos de oro habían derramado su sangre en la sagrada madera—. Ya es hora de que responda a nuestro sacrificio. —Solo necesitaba de una explosión de cosmos sin parangón. Sin la élite, con Ícaro muerto y Makoto dormido, solo ella sería capaz de algo así, pero…—. Eso los atraerá.
—Por supuesto —dijo Ofión—. Los Ailell no han actuado porque saben lo que les espera más adelante. —En lugar de explicarlo en palabras, envió imágenes a la santa de Cefeo, de un gigante de un solo ojo zarandeando un arco enorme como si fuera una barra de combate, contra miles y miles de lucillos. Eran los Ailell, tratando de destruir el canal, que de por sí no estaba en el mejor estado, con tantos agujeros—. Apostaría mi vida a que el enemigo no se tomará en serio a los que luchan en cubierta mientras pueda usarlos de escudo humano y seguir invocando a esas criaturas.
—Entonces las venceré. A todas —aseguró Aqua, golpeándose la pechera con decisión—. Luego restauraré el barco y entonces ayudaré allá arriba.
—Veo que eres más lista de lo que pareces —observó Ofión, asintiendo.
La santa de Cefeo no estaba segura de si tomarse eso como insulto, o halago. Parecía ambas cosas, una de las tantas contradicciones de los seres humanos.
—Soy lista y trabajadora. No como tú, que no haces nada más que asustar a la gente.
Tenía que ser honesta: poseído, o no, aquel santo de oro le daba miedo.
—Me temo que no puedo luchar hasta que el Argo Navis Negro pase por cierta zona del canal. —La imagen de barreras de apariencia cristalina tapando diversos huecos en las paredes apareció en la mente de Aqua, como un destello—. Tampoco cuentes con tu hermana, ella es el río ahora. —Otra imagen, de aquellas aguas límpidas que purificaban su ser corrompido por los horrores—. Sí, ninguno de los dos puede luchar con el ángel. Aun así, hay más de una forma de combatir una amenaza. Como me ha dicho una vieja amiga, tal vez desde el Más Allá, la mente es un lugar más.
—Si estás en mi cabeza, sal ahora mismo. Por favor.
En un solo segundo, pasó de estar airada a mansa. Ya entendía qué le parecía espeluznante del santo de oro: que se metieran en su cabeza, donde estaban todos sus recuerdos, sus tesoros, le daba más miedo que la muerte.
—Es la mente del enemigo la que me interesa —aclaró Ofión—. Por ahora, he logrado evitar que despierte el Octavo Sentido, pero eso me ata a la superficie de su psique.
—¿Se puede hacer eso? —dijo Aqua. Que ella supiera, la Octava Consciencia no podía anularse. Aun el Séptimo Sentido, a diferencia de los seis más básicos, solo podía ser sellado con técnicas muy específicas ejecutadas en condiciones muy específicas. O Magia. ¿Era Ofión de Aries, el Ermitaño, un mago todo ese tiempo?—. ¿Y por qué querrías profundizar más en la mente del enemigo? ¡Eso es privado! —No podía evitar pensarlo, incluso si lo más que quería en ese momento era darle una tunda al nuevo enemigo. Nadie que se amigara con los Ailell podría ser trigo limpio, según su hermana.
—De verdad que no tenemos tiempo para discusiones —dijo Ofión—. Sí, es posible convencer a alguien de que no quiere despertar a la Octava Consciencia, de que nada es lo bastante grave como para correr el riesgo. ¿Por qué quiero ir más allá? Porque siento algo, un secreto en lo más profundo de la mente del enemigo que podría ser vital.
La santa de Cefeo asintió con lentitud. Después de la experiencia de ser corrompida por la antigua entidad que se había apoderado de la Senda de Oro, y cuya influencia parecía ahora más débil que nunca, la idea de que alguien se le metiera en la cabeza para sacarle pensamientos, o peor, controlarla, le causaba terror en vez del miedo de mejores días. Con todo, si ponía sus temores en una balanza frente a la supervivencia de sus camaradas, no le sorprendía descubrir a qué lado se inclinaba. El recibimiento de los santos de plata, la admiración de los caballeros negros y luchar al lado de alguien, en lugar de por alguien, la había cambiado por completo más de lo que imaginaba.
—Si hay que zambullirse en la cabeza de un ángel del Olimpo, yo soy tu nereida —dijo Aqua, decidida a pasar por encima de todas sus creencias.
—Tu rol es otro —negó Ofión—. Sanarás el barco y eliminarás a los Ailell que vengan a ti en el proceso. Es indispensable que el Argo Navis Negro esté reparado y libre de alimañas antes de que lleguéis a donde estoy yo. Eso incluye a Macuil.
—Puedo hacer eso, el problema es que…
—Sí, no podrás ayudar a los de cubierta. Por ahora. Si te sirve de consuelo, ir arriba mientras los Ailell aún moran en las grietas del barco no serviría de nada.
—¿Y qué hay del secreto que necesitas descubrir?
—He informado de eso a tus compañeros en este rato que hemos hablado.
Asumiendo que la santa de Cefeo estaba accediendo a su parte del plan, o leyéndole la mente sin más, Ofión de Aries dejó de ejercer esa presión psíquica paralizadora en las mentes más débiles que llenaba la bodega y alrededores. Ello debió haber provocado un breve momento de confusión para todos, sin embargo, como prueba de que el Ermitaño había estado muy sociable ese rato, se produjeron varios cabeceos. Algunos decididos, otros nerviosos y el resto mecánicos. Sabían lo que había que hacer.
—Y apuesto a que no me van a explicar nada —se dijo Aqua, mirándolos de hito en hito. Hasta Érika de Serpiente Terrestre Negra parecía animada.
—Valor, santos de Atenea —dijo Ofión, al tiempo que su figura desaparecía—. Sois los guerreros de la esperanza, de vuestros actos dependerá nuestra victoria, o nuestra muerte. —Lo último no fue pronunciado por el santo de oro, pero, de algún modo, la hija de Nereo sintió que todos lo escuchaban con claridad, al igual que ella.
Fue un momento tenso, era mucho el peso que se ponía sobre los hombros de aquellas sombras, pero dos factores ayudaron a que los caballeros negros no desesperaran. El primero fue el aura que empezó a emanar del cuerpo de Joseph de Centauro, tiñéndolo todo de un tono argénteo, a pesar de que era en cubierta donde aquel caminante de sueños lucharía, una vez más. El segundo, por paradójico que sonara, fue el mero hecho de que tuvieran un rol que cumplir en aquella guerra. Santos de oro, nereidas, ángeles del Olimpo… Todos esos héroes luchaban en ese momento, y ellos, que habían vivido a su sombra, tenían un papel. Un destino marcado en las estrellas.
—Se sienten unidos al universo —intervino Zaon, acercándosele.
—¿Tú también lees la mente? —cuestionó Aqua.
—Es que eres muy predecible —respondió Bianca, quien junto a Nico seguía cubriendo a los inconscientes Joseph y Makoto, mientras que los santos de Águila y Caballo Menor, en el aire, y el de Lagarto, en el suelo, se preparaban para el nuevo ataque.
—Un libro abierto —añadió Marin, lista para el combate.
No hubo que esperar mucho, pero en lugar de descender por el agujero en el techo, los Ailell aparecieron desde diversos rincones de la bodega, aleteando sus alitas ardientes. En esta ocasión, incluso Minwu se unió a la lucha, arrojando lanzas de hielo fortalecidas por la tempestad de aire helado que Margaret desató. Incluso sin estar a la altura de Pavlin, dominar tantos estilos de combate y técnicas diferentes permitía al santo de Lagarto idear combinaciones de fuerzas naturales asombrosas, aun para él.
Bajo ese invierno del que llovía agua, granizos y cuerpos cristalizados de hadas del infierno, corrió Zaon con los sentidos más despiertos que nunca. Como un samurái, el santo de Perseo mantenía el brazo en reposo hasta el momento justo en que tenía a un Ailell a tiro. Las primeras veces eso no cambió mucho la situación, frente a los buenos resultados que Marin y Rin estaban teniendo, pero en el cuarto asalto, tras que un Ailell al que perseguía rebotara contra el peto de la dormida Triela de Sagitario, le fue posible interceptar al enemigo poniendo todo su corazón en ese golpe.
A la vez, los caballeros negros se habían dirigido hasta donde descansaban Joseph y Makoto, llenándoles de valor el cosmos despierto del dormido santo de Centauro. No solo se habían reunido Johann, Ennead y los demás jóvenes, sino que incluso Aesón y el resto de Copas Negras anduvieron hasta ahí, sobrepasado el tiempo de solo ser sanadores. Tan pronto formaron todos un semicírculo, cayeron uno tras otro en un sueño profundo, que permitiría a Ofión de Aries, desde donde fuera que estuviese, mandar sus consciencias a la mente de Macuil para descubrir lo que fuera que esta estuviese guardando. O al menos, eso era lo que la santa de Cefeo asumía que pasaba; le parecía mucho trabajo para un solo mortal, incluso uno que formaba parte de los santos de oro, la élite del ejército más fuerte del mundo, pero no pensaba quejarse ahora.
Porque todos tenían un papel y el suyo no era quejarse. El cosmos que ostentaba como hija de Nereo fue liberado del mismo modo que cuando formó el río de la Senda de Oro; ella misma era agua, agua divina que lo llenaba todo como un agradable vapor, colándose por cada minúsculo hueco en la madera y extendiéndose a través del Argo Navis Negro poco a poco. Aquello, tal y como ella y Ofión de Aries previeron, atrajo a una mayor cantidad de Ailell, que habían esperado el momento oportuno. Sin duda comprendiendo que lo que la santa de Cefeo pretendía haría que ese momento nunca llegase, se manifestaron aquí y allá, aleteando y anulando todo el frío del ambiente. Como respuesta, Aqua tornó parte del vapor de agua en siete cadenas que las persiguieron con una celeridad cercana a la luz, facilitando la caza para todos los santos que luchaban junto a ella, protegiendo a los inconscientes.
Aquella fue una batalla más intensa que larga de la que en cubierta no tuvieron noticia. Primero por las notables habilidades de Ofión de Aries, y después por el lento proceso en el que Aqua preparaba al Argo Navis Negro para repararse como cualquier otro manto sagrado. Conforme pasaban los minutos, algunos, como Margaret de Lagarto, se unían a la lucha contra Macuil, mientras que otros, como Zaon, Marin y Rin, caían rendidos y entraban en el sueño compartido de los caballeros negros, pues los numerosos Ailell eran escurridizos y en su huida se habían deslizado por los caminos invisibles del plano astral, llegando a lo más profundo de los pensamientos de Macuil para protegerlo. Bianca y Nico fueron los últimos en unirse a esa nueva odisea en la que Ofión de Aries era su único guía y garante, antes de lo cual, lucharon con fiereza bajo el manto reparador de la santa de Cefeo, cuyas cadenas no daban tregua a los odiosos enemigos. Ella misma vio a los hermanos transformarse en canes de oscuridad y perderse, después de desearle suerte; para entonces las grietas del barco ya se habían restaurado gracias al esfuerzo combinado de Aqua, los de cubierta y la propia naturaleza del Argo Navis Negro, y Minwu de Copa, apartado de las batallas en la bodega y en la mente de de Macuil, trataba a dos nuevos pacientes: Aerys de Erídano, con daños internos, y Pavlin de Pavo Real, con severas quemaduras. Estaba haciendo un trabajo impecable, como siempre, dadas las circunstancias, aunque no podía defenderse.
—¿A dónde vas? —Aun lidiando con una docena de Ailell a través del Sello del Rey, Aqua pudo percibir al Ailell que estaba por cortar la cabeza del dedicado médico del Santuario. En ese momento, las cadenas ya no tenían que extender su influencia más allá de la bodega, ni era menester que se coordinaran con otros santos de Atenea, así que se centraban al cien por cien en perseguir a los escurridizos espíritus del fuego para alejarlos de las víctimas potenciales, lo que no daba muchas garantías. El Ailell al que se había dirigido esquivó el golpe de cadena y avanzó todavía más hasta su objetivo, como detectando que Minwu era un verdadero problema. Aqua debió transformar una de las siete partes del Sello Real en una burbuja para proteger al santo de Copa.
—Gracias —pudo haberle dicho Minwu, quien movía los labios dentro de la burbuja protectora que aislaba incluso el sonido. Era posible que los Ailell, por su naturaleza tan particular, pudieran superarla, pero el espíritu decidió abandonar esa presa y atacarla de forma directa, moviéndose frenético entre los eslabones de las cadenas del Sello del Rey. Al tiempo, una voz resonó en su cabeza, la voz más espeluznante del mundo.
—¿Hasta cuándo piensas contenerte? —le dijo su propio subconsciente, movilizado por la siniestra presencia del santo de Aries.
La mente era un lugar más, y el Ermitaño, acostumbrado a vivir apartado de toda sociedad, incluido el Santuario, le había agarrado gusto a andar en los pensamientos de otro. A la nereida se le erizaron todos los pelos, ¿por qué tenía que molestarla a ella?
—¡Está bien que no seas un poseído, mas eso no te da derecho a poseer a la gente! —gritaba Aqua, zarandeando las manos y atrapando en el proceso al escurridizo Ailell.
Por alguna razón, el resto de Ailell al que las cadenas perseguían se quedó volando en un lugar, moviéndose solo para esquivar los ataques. Tardó tan solo un par de segundos en comprender lo que ocurría, justo el tiempo que pasó antes de que el Ailell que había atrapado terminara ser aplastado. La mano le humeaba, pero no había sido herida, gracias a la hermosa y sólida plata de Cefeo.
—Eres más fuerte de lo que crees —dijo Ofión de Aries, o su subconsciente, o su mamá—. Deja de dudar de ti misma.
Sí, desde que luchó con el santo de oro lo había hecho. Quizá antes. Incluso si ella no era de la élite, tenía fuerza. ¡Y lo iba a demostrar! Apretó el puño todavía más, reduciendo los restos del Ailell a ceniza que se derramó entre sus dedos.
—Me tenéis miedo, ¿eh? —dijo Aqua—. ¡Pues hacéis bien, os mataré a todos!
De ese modo reinició el combate en la bodega. De nuevo era ella contra un ejército de demonios, librando una batalla de la que dependían sus amigos.
Pan comido, solo esperaba que arriba cumplieran su parte.
xxx
Lo imposible había ocurrido ante los ojos del ángel del Fuego. Aquellas moscas, aquel oportuno instrumento para darle una lección a Indech sin verse obligado a matarlo, lo habían expulsado del barco.
—Desgraciados —gruñó, llevándose las manos al estómago. La gloria lucía una telaraña de grietas desde el punto golpeado por el más fuerte de los guerreros hasta todas las direcciones; en una de esas delgadas aberturas se había colado la fina aguja de quien parecía ser el líder de los demás. No podía verlo, tampoco quería, pero tenía la sensación de que un hilo de sangre le estaba bajando bajo Merceus—. Es imposible —se dijo, tratando en vano de restaurar Aegis. El escudo mágico aparecía todavía cubierto por un sinfín de triángulos formando estrellas—. ¿Qué son estos santos de Atenea? —exclamó, apuntando hacia abajo antes incluso de responderse a sí mismo—: Un peligro. —La herida causada ya no existía, gracias a la capacidad sanadora de Merceus, los daños en la gloria eran superficiales, en el fondo. Aun así, los borraría del mapa. Ya sacaría a la terrestre de manto áureo de las aguas más adelante.
Al igual que antes de que él llegara a ese barco, los cosmos de todos, liberados para derribarlo, se entremezclaban. Solo que ahora no era una cúpula irrompible, que él pudiera domar a placer, sino una tempestad de fuerzas y emociones en constante movimiento. En un solo segundo decidió que no iba a tomarse la molestia de manipular una energía tan incendiaria. Conjuró la versión menor del Tormento de Ailell, la Flecha de Agnea, y disparó un delgado hilo en que viajaban cien de esas hadas infernales.
El disparo fue repelido por la barrera cósmica, perdiéndose en la oscuridad.
—¿Crees que eso es suficiente para vencernos? —dijo una voz hecha de decenas de voces, entre hombres y mujeres, a la vez que los cosmos de los argonautas iban adoptando una forma humanoide. Y colosal—. Nos has subestimado demasiado.
Desde el punto al que se dirigía el barco, surgieron dos disparos seguidos del Inagotable. Macuil pudo esquivar ambos de milagro, pero cuando el segundo pasaba bajo sus alas extendidas, el coloso cósmico aprovechó para encajarle un tremendo golpe, mandándole a las tinieblas. Allí, contrario a lo que esperaba, no halló la presencia de Aquel que se desliza en la oscuridad, no más de lo que la sentía en todo aquel universo artificial creado por los terrestres. Un misterio a tener en cuenta más adelante. Por el momento, el ángel del Fuego descendió a toda velocidad, solo para encontrar que el coloso ostentaba ahora el color que era la suma de todos los colores, el negro profundo del espacio exterior. Y no solo eso: más allá del cuerpo y los brazos, propios de un gigante, la cabeza adoptó unos rasgos bien conocidos.
—Imposible —dijo Macuil—. Fimbulvetr hace descender la temperatura hasta que el movimiento de los átomos se detiene. ¡No hay defensa contra ese hechizo!
Así lo expresaba su voz, pero su cuerpo, habituado a batallas imposibles, reaccionó de forma más acorde. La principal ventaja de la Flecha de Agnea sobre el Tormento de Ailell era la cadencia de tiro: en un solo segundo, ejecutó el conjuro un millar de veces. El coloso oscuro, demasiado grande y unido de forma irremediable al navío, recibió todos los tiros a pecho descubierto, repitiéndose lo ocurrido la primera vez.
—Sí —respondió el coloso, tratando en vano de aplastarlo entre las palmas; el ángel del Fuego salió volando a tiempo—. Congelaste mi cuerpo hasta el Cero Absoluto, el problema es que no congelaste mi alma.
Mientras hablaba, no solo fue volviéndose más y más clara la identidad tras el coloso, sino que la marea de voces se tornó en la de aquel, magnificada por la fuerza que lo movía. El cosmos de más de cien hombres. Con cada palabra que el ser pronunciaba, titilaban en la oscuridad nuevas constelaciones, evocando los destinos de quienes habían luchado en el barco para lograr ese último milagro.
—Imposible —repitió Macuil—. Eran hombres de la Raza de Hierro. ¡Nunca debieron despertar un cosmos, para empezar! —maldijo, comenzando una nueva estrategia.
Cada Flecha de Agnea contenía entre diez y cien Ailell, transportados desde Faerghus. Ya que el coloso había repelido los ataques, todos esos espíritus estaban a su alcance, listos para obedecer cualquier orden. Con un pensamiento, los instó a hacer la guerra contra Indech, sonriendo al ver que los cielos oscuros se llenaban de una ardiente luminaria. Esa sonrisa se mantuvo incluso cuando el Inagotable empezó a barrer con las hadas infernales a razón de cientos por cada tiro súper lumínico. Si tenía treinta segundos para luchar solo contra ese coloso, lo haría pedazos.
Primero ascendió hacia las tinieblas, lejos del alcance del enemigo. Después, reunió fuerzas para desatar el Tormento de Ailell, disparando el fuego aniquilador sobre la espalda del coloso, cuando el barco ya había sobrepasado su posición.
Como esperaba, el gigante fue consumido por los Ailell tan rápido que ni siquiera le dio tiempo a disfrutar el espectáculo. Desapareció en el instante que tardó en descender.
—Soy distinto a mi hermana —dijo una voz, más humana, surgiendo desde la humareda que quedó allá donde hubo un coloso cósmico—. Formar un eidolon no es mi estilo. Aun así… —El sonido de dos alas moviéndose precedió el surgimiento de un violento vendaval. Miles de Ailell salieron volando en todas direcciones, unos electrificados y otros volviéndose polvo durante el viaje—, pude usar su técnica para emplear todo este poder que no es mío. —El hombre que volaba sobre el Argo Navis Negro era sin duda el mismo al que el ángel del Fuego había matado, el mismo que debería ser una estatua de cristal en un barco condenado al naufragio—. Sí —dijo, mirándole a los ojos—, soy Ícaro de Sagitario Negro, el hombre al que creíste haber matado. —Un joven sin un rastro de piel sana en el cuerpo, al que ahora cubría una armadura completa semejante al áureo manto de la bendecida por Sagitario, incluyendo las alas, de ébano tachonado de estrellas—. Y también soy todos aquellos a los que tú y los tuyos habéis dado muerte —advirtió hablando con un sinfín de voces—, el cosmos de los míos, de esos hombres de hierro a los que menosprecias, es mi armadura. ¡Yo soy el legatario de sus sueños y esperanzas! —exclamó, mirando de reojo el barco, que se alejaba—. Gracias.
Aprovechando ese momento de debilidad en que el terrestre miraba por los débiles, el ángel buscó propulsarse a velocidad súper lumínica, valiéndose de las alas. El caballero negro lo detuvo en seco, agarrándole el rostro.
—¿Qué eres? ¿Un arcángel? —preguntó Macuil—. ¡Eso es…!
El puño del caballero negro, tan veloz como el de un ángel, lo golpeó de lleno, destrozando la parte de Merceus que protegía la boca del estómago. Sangre roja manó entre los fragmentos de la gloria, que caían al río, así como de los labios de Macuil.
—Haz algo con tu vocabulario —susurró Ícaro—. No hay nada imposible para mí.
—¿Merceus… dañada por un…? —El chapoteo de las lascas platinadas chocando contra el río le hizo callar. Era inaudito: incluso con solo dos alas, una gloria de la Segunda Orden tendría que haber resistido ese golpe. Y el anterior.
—Nos has subestimado todo este tiempo. Has recibido demasiados golpes.
—¿¡Llamas golpes a esas minucias!?
Aun herido, seguía siendo un guerrero celestial, no pensaba descartar el orgullo porque las cosas se pusieran difíciles. Sí, tras la caída de Aegis lo habían golpeado una y otra vez un sinfín de débiles ataques, valiéndose de la distorsión temporal múltiple provocada por Noa de la Nobleza. Veloces proyectiles, rápidos puñetazos, estruendosos rayos y el ardor del fuego y el hielo, también venenos de diversa índole, trucos mentales de salón y demás minucias. Nada de lo que debiera preocuparse. En el barco, unos superaban a la realeza de los númenes por derecho propio, otros se hallaban a la par y la mayoría apenas y podía compararse con espíritus menores. ¿Qué podían hacerle a él, un Espíritu Divino que actuó a través del tiempo como un Espíritu Superior, Macuil, la mano derecha del Gran Espíritu Seiros? Nada, nada en absoluto. De no ser por el ataque del llamado Ícaro de Sagitario Negro, el otro guerrero, nacido bajo las estrellas de Orión, jamás habría podido hacerle el menor rasguño. Y era el más fuerte con diferencia, un gigante entre hombres, un insecto frente a los ángeles del Olimpo.
—Por tu cara, intuyo que sigues subestimándonos. No ha bastado un solo golpe para destruir tu gloria —advirtió Ícaro—. Trataré de bajar la velocidad para que lo veas.
—Muere —recitó Macuil, adelantándose al transcurrir del tiempo.
Como una orden ineludible, el hechizo Hades condenaba a cualquier ser vivo a un estado entre la vida y la muerte en la que los seis sentidos eran anulados de inmediato, a la vez que la vida se extinguía con la misma celeridad creciente que ascendía y bajaba la temperatura con Bolgannone y Fumbulvetr. Puesto que se hallaban en un universo artificial construido por seres humanos, Ícaro de Sagitario Negro debió caer de inmediato en la Colina del Yomi, el limbo de la Tierra. No obstante, al igual que pasaba con la Flecha de Agnea y el Tormento de Ailell, el hechizo rebotó, volviéndose contra él. En principio, eso era más sorprendente que preocupante: incluso en ese estado, Merceus seguía siendo una gloria del Olimpo, resistente a la magia de más alto nivel.
Pero si bien Macuil pudo usar el conjuro transgrediendo las leyes del tiempo y el espacio, Hades tardó una fracción de segundo infinitesimal en cruzar la distancia desde el objetivo, que lo había reflejado, y el conjurador. Una unidad de tiempo pequeña, aunque cuantificable, en la que Ícaro de Sagitario Negro voló hacia él encajándole innumerables golpes desde todas direcciones, con la celeridad y cadencia del Plasma Oscuro y la potencia del Rayo Negro. Macuil conocía los nombres de las técnicas, sabía todo de ellas, porque el caballero negro de Sagitario había hecho algo más que bajar la velocidad: en cada ataque, ponía el corazón y el alma; con cada impacto, la integridad entera de Merceus se ponía en riesgo y una gran cantidad de información llegaba hasta el ángel del Fuego, como una respuesta inesperada a su intento de leerle la mente. No estaba luchando con cien hombres compartiendo un mismo poder, ni un hombre potenciado por otros cien, sino algo más elevado e incomprensible.
—¿Esta vez pudiste verlo? —cuestionó Ícaro. Los ojos del joven, bajo el yelmo estrellado, estaban fijos en el ángel. Antes un guerrero celestial invencible, ahora vestía una gloria con numerosas, aunque poco profundas, grietas. La piel había perdido color, porque Hades había viajado a la par de los rápidos puños de Sagitario Negro y alcanzado al conjurador—. No vas a engañarme. Oribarkon siempre dice que ningún mago con dos dedos de frente usaría a la ligera un hechizo que pueda matarlo.
—Yo no soy un mago —dijo Macuil—. ¡Soy el Mago! ¡No me compares con un simple telquín, jovencito, o si no…!
A media frase, un tiro de Indech lo alcanzó de lleno.
—Menudo imbécil —dijo Ícaro, despierto a la Octava Consciencia, henchido de un poder sin límites. Antes, la explosión que surgió del tiro recibido por tal Macuil le habría dado de lleno. Ahora podía esquivar cualquier cosa a la velocidad de la luz como uno superaría a un bebé gateando—. Estás enfermo de orgullo.
Él no debía ser igual. Veloz, placó al enemigo solo para chocar contra las alas del guerrero celestial, con las que se había cubierto a tiempo del disparo.
—Ailell, destruid a este… ¿¡Qué haces!?
El horizonte estaba lleno de luces aproximándose a una décima parte de la velocidad de la luz, eso le garantizaba más de diez nanosegundos para hacer lo que tenía que hacer. Sujetó ambas alas con las manos y buscó arrancarlas. En verdad se sentía como Hércules, imparable, y la mirada de espanto del ángel ayudaba mucho.
Pues Macuil solo sonrió en el último momento, cuando pudo descargar un hechizo de fuego a quemarropa. Esta vez, tan pronto la magia fue repelida se tornó en un sinfín de hadas del infierno buscando cortarlo desde todos lados, mientras que él tenía las manos ocupadas y el pecho al alcance de los puños de Macuil, acelerados a una velocidad superior a la de la luz; también el ángel había despertado a la Octava Consciencia. En esas circunstancias, dejar de sujetar las alas, de filo cortante, podía suponer que perdiera una de las manos antes de crear distancia, pero no moverse le obligaba a recibir ataque tras ataque mientras que el francotirador aliado no podía disparar sin darle a él también.
Mientras Ícaro recordaba lo que era el dolor, con más nitidez que nunca, una voz masculina, en exceso suave, ordenó al tiempo que se detuviera.
—¿Qué es lo que pretendes, Noa?
Aunque Macuil seguía pudiendo moverse, el puño platinado aún haciendo contacto con la armadura cósmica del caballero negro, las hadas estaban detenidas en el tiempo como insectos en ámbar, quedando a la vista su forma para Ícaro, quien ya no tenía que concentrarse al cien por cien en lo que hacía su oponente. Más allá de las alas, de fuego, todo lo demás era como un gusano disecado tras el paso del tiempo.
—Qué asco —soltó Ícaro.
Tomando quizá demasiado riesgo, soltó a su presa y retrocedió a toda velocidad, liberando en el proceso una tempestad de energía eléctrica oscura. Las criaturas cercanas fueron barridas del cielo de esa forma, reducidas a menos que polvo.
—¿Qué tal? —dijo una voz al lado de Ícaro. Un ángel rubio, de una sola ala y con la gloria hecha una ruina, el mismo que había ayudado a los de cubierta a sobrevivir tanto tiempo—. ¿Listo para luchar la batalla de tu vida junto a Noa, ángel de la Nobleza? Y bueno, Indech también, el ángel de la Tierra, el arquero que enseñó a cazar al mismo Orión. Ay, no me mires así, Macuil, preferiría ser el amante de un dios a servir al mejor de los Reyes Durmientes. ¡Y sabes cómo son los dioses con sus amantes, sobre todo cuando los aman! Por los cielos que no entiendo cómo has podido caer tan bajo.
Antes de hablar, Macuil batió las alas, devolviendo el tiempo a su curso natural.
—Calmaos, Ailell —dijo Macuil. Las luces que venían desde lejos se detuvieron ipso facto. Muchas luces, muchas criaturas del Averno—. Ya que estás tan loco para despertar a la Octava Consciencia, ¿imagino que eres tú el responsable de esa armadura cósmica? —Señaló a Ícaro, indemne a pesar de los golpes y hechizos recibidos—. Esa composición es similar a las alas de un ángel. Puro cosmos, aunque no cosmos divino.
—No sé nada de eso —respondió Noa, mirando a Sagitario Negro con interés. Excesivo interés, a decir verdad—. Yo solo manejo trucos temporales, ya sabes.
—Lo del barco era mucho más que un truco —advirtió Macuil.
Noa hizo una reverencia exagerada, diciendo a la vez:
—Gracias.
Sacudiendo la cabeza, Macuil espetó:
—¿Qué necesidad hay de que te pierdas en la locura tú también? Aunque inferior a mí, eres un ángel, necesitaremos soldados con tu talento en el futuro. Apártate, sabes que emplear el Octavo Sentido bajo la mirada de un Rey Durmiente es un suicidio.
—Tú también lo sabes —dijo Noa, cruzado de brazos—. De hecho, has tardado más de la cuenta en recurrir a él, para ser un sirviente de Aquel que se desliza en la oscuridad.
—¡No soy un sirviente! —bramó Macuil, lúcido—. Estamos en igualdad de condiciones, es por eso que… decidí… —Se llevó la mano a la cabeza, confundido.
Tan pronto vio al guerrero celestial perder la calma, Ícaro decidió a atacar, pero para entonces Noa ya había iniciado la ofensiva, potenciados los puños por la misma magia que le permitía distorsionar el tiempo. Juntos, el ángel de los cielos y el arcángel de los hombres, hicieron retroceder a Macuil, quien apenas se recuperaba, hasta donde esperaba paciente su ejército de Ailell. Allí fue que Ícaro comprendió lo terribles que eran los golpes que daba Noa sin perder la sonrisa: toda criatura que se acercaba demasiado, desaparecía sin más, pues el tiempo avanzaba de forma veloz e ineludible hasta el fin de su existencia, o quizás el comienzo. Resultaba aterrador verlo, así como lo era imaginar que alguien lo había dejado en tal estado a pesar de su magia.
El papel de Ícaro fue revelado a medio combate, cuando Macuil contraatacó olvidándose de los inútiles hechizos y recurriendo a las alas para propulsarse y cortar. Justo después de descubrir que no era invulnerable, con un tajo cruzando la armadura cósmica desde la hombrera hasta el costado y dejando una grieta de luz, Noa explicó que la gloria de un ángel protegía contra la magia del mismo modo que su armadura, cosmos vivo materializado a través de su voluntad, la repelía.
—Él tiene razón —dijo Noa, usando telepatía—. Tu armadura cósmica es parecida a nuestras alas. Un cosmos que se asemeja al nimbo. Los dioses te sonríen, mortal.
—Esto es cosa de hombres, no de dioses —aseguró Ícaro, esquivando un nuevo tajo de Macuil, que volaba con más habilidad que sus oponentes. De un modo que ni las aves de la Tierra podrían—. Aun así, te haré caso.
Podía escapar de Bolgannone y Fimbulvetr. Podía esquivar Thoron y repeler la Flecha de Agnea y el Tormento de Ailell. Los conjuros que lo llamaban a los brazos de la Muerte y el Sueño no podían alcanzarle y aunque la magia del ángel del Fuego podía potenciarlo —cómo eso se salteaba la supuesta inmunidad de una gloria a la magia, lo desconocía—, no le daba la fuerza necesaria para superar la armadura cósmica. Eso hacía que sin importar el repertorio que tuviese Macuil, solo hubiera una forma en que este pudiera herirlo, lo que facilitaba la supervivencia hasta cierto punto.
—¡Retrocede! —ordenó Noa.
—Lo sé, maldita sea —dijo Ícaro, obedeciendo.
Macuil era un mejor guerrero, un soldado veterano de los cielos. Los habría partido en dos si fueran solo ellos contra él, pero la batalla era un tres contra uno. A cada tanto, Indech, el aliado del Noa, disparaba varios tiros súper lumínicos.
—Menos mal que Indech está de nuestra parte —dijo Noa.
—Ya lo creo —asintió Ícaro.
Mientras que el caballero negro de Sagitario podía dañar la gloria gracias al estilo combativo de los santos de Atenea, con golpes poderosos y localizados, los disparos de Indech cubrían el cuerpo entero del objetivo. Macuil emergió de la explosión malherido: la sangre le manaba de las grietas en la armadura, más numerosas que antes, y la piel descubierta, sobre todo el rostro, presentaba severas y humeantes quemaduras.
—Aunque he tenido que combatir con las manos, como un salvaje, yo… —Lleno de desprecio, Macuil escupió a un lado. Había más sangre que saliva.
—Si tienes más trucos, es el momento de emplearlos —dijo Ícaro.
—Soy humano —replicó Noa—. Él es el que sabe un millón de hechizos. Me extraña tanto que no los use como que hubiese tardado tanto en despertar el Octavo Sentido.
—¿Piensas que alguien lo está controlando?
—Puede que…
La comunicación entre el ángel de la Nobleza y el caballero negro se interrumpió de improviso, pues Macuil, cuyas heridas empezaban ya a restaurarse, acometió contra ellos con un cambio de estrategia. En lugar de golpear con los puños, atacaba mediante pulsos de energía psíquica, ora para repeler a Ícaro, ora para dañar la de por sí ruinosa gloria de Noa. Así, podía mantenerse en movimiento en todo momento, resultando más difícil para Indech acertarle un tiro antes de que él pudiese interponer sus alas. Sobre todo porque cuando llegaron los Ailell, el escenario se volvió un mar de luces.
A fin de confrontarlo, Ícaro y Noa cambiaron también la estrategia, iniciando así una nueva forma de batalla que transcurrió a través de los minutos, eternos e intensos. ¡Interminables, para quienes superaban la velocidad de la luz! Ícaro repartía la atención entre proteger a Noa y mantener en ejecución la Tormenta Perfecta, una versión mejorada del Plasma Oscuro que conservaba la cadencia de la técnica original y le añadía la potencia del Rayo Negro y la capacidad perforadora del Estallido de Fotones, si bien el enemigo bloqueaba con la fuerza de su mente la mayoría de los golpes. El objetivo era desgastarlo y dejarlo a merced de Indech, quien aprovechaba cada una de las poquísimas ocasiones en que Macuil estaba a tiro para disparar esos haces súper lumínicos que la mera fuerza psíquica no podía detener. Al tiempo, en la retaguardia Noa borraba de la faz de la existencia a todos los Ailell, golpeándolos sin descanso como todo un boxeador sin reparar en si hacía contacto con alas de fuego; estas, al igual que el cuerpo, sufrían de un envejecimiento acelerado con el mero contacto.
—Ya no tengo que contenerme, ¿verdad? —dijo Macuil, parándole el puño con una sola mano, el guantelete estalló por la presión. Un explosión de sangre y fragmentos platinados que no pareció afectarle lo más mínimo—. Nosferatu.
La sensación de ver arrebatadas tus fuerzas era bien conocida por todos los que lucharon la guerra entre vivos y muertos, ya por experiencia propia, ya porque hubiesen oído algún rumor. Era una de las tantas cualidades de la legión de Aqueronte. Por eso, el terror inundó el corazón del más fuerte de los caballeros negros, al sentir que ese poder que sus camaradas le habían otorgado podía acabar en manos del enemigo.
—¡Hijo de…! —La maldición quedó ahogada por la fuerza del puño de Ícaro, estruendoso como un trueno al cruzar la cara del ángel del Fuego.
—Ya veo —dijo Macuil. La mitad de la cara quemada, la cabeza apenas ladeada—. Tu armadura cósmica es similar a mi Aegis. Tiene una respuesta para cada toda forma de ataque posible, que da en el momento justo. Está viva —alabó, impresionado—. Si muchos entregaran su fuerza a un solo hombre no lograrían algo así, si un solo hombre repartiera su fuerza entre muchos no lograría algo así, es más que eso. Más que todo.
—Ya había llegado a esa conclusión —bramó Ícaro.
Ninguna de las armaduras creadas por Oribarkon podía compararse a la que ahora llevaba. Las fuerzas que el ángel del Fuego le arrebató, volvieron a él de inmediato. En verdad eran un ser sentiente, como un manto sagrado genuino.
—En ese caso, dejaré de contenerme —dijo Macuil.
Las alas se arquearon antes de clavarse en la armadura cósmica, rasgándola con una sencillez aterradora. Ícaro retrocedió con espanto, pensando que esa situación ya se había dado durante la batalla, solo que Indech siempre prestaba apoyo en los momentos en que estaban en apuros, de un modo u otro. En esta ocasión, empero, no había disparo. Alterado, voló hacia Noa, confiando en que lo encontraría barriendo a los Ailell.
—No bromees —dijo el ángel de la Nobleza, cuyo rostro estaba siendo agarrado por la mano ensangrentada de Macuil—. ¿Te has estado conteniendo, todo este tiempo?
Aunque el caballero negro se apresuró en socorrerlo, un peso descomunal lo retuvo por valiosas fracciones de segundo, mientras tiempo y espacio se retorcían y los Ailell con los que luchaba Noa quedaban, una vez más, estáticos.
El origen de esa distorsión era la gloria del Fuego, Merceus, transformada en una nueva forma que culminaba en dos pares de brillantes alas.
—Soy Macuil, el Mago, de la Primera Orden. Permitidme demostrároslo.
En el preciso instante en que Ícaro, sobrepasada la resistencia que el mismo cielo ofrecía para avanzar cada paso, estaba por encajar un nuevo puñetazo, la presión ejercida por el poder de Macuil se concentró en la ruinosa gloria de la Nobleza, incinerándola en un fuego blanco que al punto este tornó en un estoque de luz sólida. Con tal arma detuvo la ofensiva del caballero negro, dándole varios cortes en las piernas y los brazos antes de que pudiera crear la suficiente distancia. Tras las grietas en la armadura cósmica, podía distinguirse un deslumbrante destello, presagio de muerte.
—Huye —dijo Noa, aprovechando la ocasión para tocar la mano con la que Macuil le sujetaba el rostro. La piel se le avejentó en cuestión de segundos, solo para rejuvenecer en el acto—. ¡Huye, maldita sea! —gritó con su propia voz.
Tendría que hacerlo. No quedaba ninguna herida en el cuerpo del ángel, y si bien la gloria no se había reparado, ahora lucía diferente. Más poderosa.
—Aun así, venceré —dijo Ícaro—. ¡Yo también dejaré de contenerme! Ni ángeles, ni dioses guiarán mi destino. La fuerza que me guía, la fuerza de la humanidad aplastará tu gloria, tu arma y tu sonrisa de suficiencia. ¡Todo a la vez!
—Necio —rio Macuil—. Esto es fuego compacto…
Pero la advertencia de Ícaro no iba para Macuil, sino para Noa. Este, comprendiéndolo, cedió hasta la última chispa de su poder a la única pieza de su gloria que ni siquiera un ángel de la Segunda Orden podría destruir. El ala, de nimbo revestido por los materiales que formaban las glorias del Olimpo, lo cubrió a la vez que Macuil soltaba su perorata sobre lo indestructible que era el arma que había creado haciendo arder su gloria.
Un instante después, Macuil requería de dos de las alas, las del lado derecho, para bloquear el violento ataque de Ícaro, pero la energía de la Tormenta Perfecta, repelida, volvió a atacar desde todas direcciones, como los brazos de un centímano.
Noa aprovechó la oleada de destrucción para zafarse de su captor, cuya mano, electrificada, se abrió un instante. Mientras caía al agua, entendió algo.
Estaban perdidos, no tenían ninguna oportunidad.
Hasta ahora, la Tormenta Perfecta había superado la defensa de la gloria del Fuego. La adición de dos alas cambiaba las cosas, sin duda, pero el caballero negro confiaba en que podía superar ese obstáculo dándolo todo. Más velocidad, mayor cadencia, más poder. Ello tenía que bastar, sin embargo, así como su armadura cósmica podía responder a cualquier forma de ataque, la gloria del Fuego se había vuelto indestructible a efectos prácticos. Sin importar las grietas que Merceus tenía de antes, demasiadas como para que fuera acertado llamarla armadura, o el número de golpes que impactaban contra el metal celestial, acelerados más allá de la velocidad de la luz, ninguna otra grieta, así fuera una minúscula, se sumaba a las anteriores.
Pero no era aquella otra batalla interminable, sino un duelo desigual. Ícaro no podía dañarlo, ni con ataques directos, que el enemigo desviaba protegiéndose con las alas y mediante la vasta fuerza de sus pensamientos; Macuil sí que podía, al menos, destruir poco a poco la armadura cósmica. Begalta, como llamaba el ángel al estoque hecho de luz, podía cortar lo que ninguna otra arma podría siquiera dañar, al estar la vestidura de Ícaro hecha de cosmos en estado puro. Y no necesitaba de grandes muestras de poder para ello, lo que aseguraba que los Ailell, detenidos en el tiempo, sobrevivieran al fin de aquel combate, en espera de que su señor les ofreciera al héroe que había matado a tantos de los suyos. Ícaro sopesó esa idea justo antes de la última carga, cuando reunió todo el poder para una apuesta desesperada, sin argucias ni esperanzas. Estaba solo.
Begalta atravesó el pecho de Ícaro antes de que su puño, donde había reunido el poder de la Tormenta Perfecta, alcanzara al confiado ángel del Fuego.
—Después de todo, solo eres humano —aseguró Macuil.
Las constelaciones presentes en la armadura cósmica habían sido opacadas por la luz de las numerosas grietas abiertas por Begalta, un arma terrible, creada a partir del sacrificio de una gloria del Olimpo. Un filo que cortaba la materia a nivel subatómico.
Sagitario Negro tomó esa espada con las manos, enguantadas de cosmos.
—Te equivocas —dijo Ícaro—. ¡Somos humanos!
Al son de ese grito, liberó la Tormenta Perfecta sobre la espada, decidido a ir más allá de todo límites. Si Begalta estaba hecha de luz, él destruiría la misma luz, consumiendo con su cosmos los fotones que la conformaban. Una esfera de rayos llenó el espacio entre ambos oponentes antes de explosionar, cubriéndolos a ambos.
Aquel hombre, no era corriente.
—Begalta, ¿destruida? —dijo Macuil, de nuevo desarmado. La espada ya no estaba.
El precio había sido alto, claro. Todo el rostro del caballero negro lucía quemaduras. El muchacho ya ni siquiera podía verle y respiraba con agitación, agotado.
—No pasarás de aquí —aseguró Ícaro.
Audaces palabras, para alguien que no podía herir a su enemigo ni siquiera arriesgando su propia vida. Después de la sorpresa inicial, Macuil sonrió. Ese combate era una distracción, después de todo. Su verdadero objetivo estaba a punto de caer al abismo.
—Atrápame si puedes —sugirió el ángel, aleteando.
Una vez más, como si las numerosas grietas en la armadura cósmica significaran tan poco como una herida en él, quien portaba Merceus, Ícaro se transformó en la más intensa tempestad y le atacó de frente, chocando empero contra los Ailell.
Macuil se había propulsado a toda velocidad hacia el barco de los héroes, de modo que las hadas ya podían moverse y acaso colarse en las grietas que él había abierto en la armadura cósmica. En el mejor de los casos, lo asarían de dentro para fuera. En el peor, lo retrasarían, a él le daba igual y no se molestó en mirar atrás.
Ya no sería necesario hacerlo, pues el mañana pronto equipararía al pasado.
—Al final, todos mis hermanos lo agradecerán —juró Macuil.
Notas del autor:
Shadir. Esta parte está muy centrada en la acción, como has podido ver. ¡Así que me da una enorme alegría poder seguir emocionando con las batallas tras tanto tiempo!
Probablemente nadie se quedaría indiferente al saber quién gobierna ahora el Hades.
