Capítulo 191. Tan solo una disculpa

Tras seis horas de trabajo constante, Garland se dejó caer el suelo, agotado de donar sangre. Le parecía algo de risa, verse tan debilitado por tan poco. En su día, había tenido que combatir por más de cien semanas, conteniendo un ejército interminable, sin apenas comer o dormir, teniendo fe en que se resolviera el entuerto en que la humanidad se había metido. Luchar con la legión de Cocito fue lo más parecido a esos tiempos locos, no esto, esto era un donativo sin importancia. Cerrando los ojos, preso de un sueño tremendo, el santo de Tauro reflexionó que tal vez fue esa batalla lo que lo había debilitado; incluso si solo eran la recreación de los miedos de los santos de Atenea, incluso si el Lamento de Cocito, sellado en el Hades, no se manifestaba en la superficie, había sentido el frío del infierno. El manto de Tauro había muerto en esa batalla.

Se llevó la mano al pecho, sintiendo los latidos de su enorme corazón. Todavía latía con fuerza, aunque faltaba algo. Era una tontería pensarlo; cristalizado a Cero Absoluto, el manto de Tauro habría sido de las vestiduras imposibles de restaurar, dado el tiempo que tenían. Estaría en la misma situación que los mantos de Cerbero, Can Mayor y Can Menor, si no se hubiese lanzado como un kamikaze contra aquel ángel del Olimpo. Sin embargo, ahora, rodeado de oscuridad en tiempo y espacio, extrañaba esa luz maravillosa capaz de despejar las tinieblas del mismo Hades. Añoraba esa segunda piel que le impelía a ser mejor de lo que era, de lo que jamás había sido.

—Tal vez sea bueno que te portes un poco mal —sugirió Tetis.

—Eres cruel —replicó Garland.

—Ráptala —insistió Tetis—. La maldición necesita ser recargada.

—Eres… —Garland miró a un lado. Los mantos sagrados restaurados se mezclaban con aquellos que no tenían salvación. Lisbeth descansaba a los pies del tótem de Triángulo, siendo abrazada por su padre. Ella también se había agotado, aunque el resultado bien valía la pena el esfuerzo: Zaon, Marin y Joseph vestían los mantos de plata relucientes, carentes de la menor grieta visible, aunque eso no tenía por qué significar que había sido una completa recuperación. Con todo, era algo bueno de ver. Una sonrisa se formó en el rostro del santo de Tauro hasta que recordó el comentario de Tetis—. Eres cruel. ¿Por qué los dioses sois tan crueles con nosotros los humanos?

—Dímelo tú, inmortal.

—Saber que sobrevivirás a los tataranietos de tus amigos y enemigos no ayuda a ser una buena persona, desde luego.

—¿Sugieres que Hades tuvo razón todo este tiempo?

—La incertidumbre sobre la vida después de la muerte ha movido a la humanidad durante miles y miles de años. Eso hace que el método de Hades funcione.

—Mas no que sea correcto.

—Si los hombres siempre son niños, los dioses se aburrirán de ellos.

—¿Insinúas que no nos hemos aburrido todavía? —dijo Tetis.

—Estás aquí —espetó Garland—. ¿Por qué? ¿Te espera a alguien al otro lado?

—Es posible.

—Ya, a mí que me… ¡Espera! ¿He acertado?

En lugar de responder, Tetis dio media vuelta, eliminando la ilusión bajo la cual se habían dado todas las reparaciones. Ni lo dicho en esa parte del Argo Navis Negro había sido escuchado por la tripulación, ni lo allí hecho había sido visto.

—Sí que han trabajado muy duro —advirtió Makoto, observando en silencio cómo Michelangelo vigilaba el sueño de su hija.

El tótem de Erídano había sido el último trabajo de la herrera, si bien no fue necesaria la sangre para revivir aquel manto sagrado. Uno de los caballeros negros lo observaba con sumo interés, dibujándose una sonrisa entre el tupido bigote y la cuidada barba. La abundancia de vello facial en Llama, pues no era otro más que él, junto a las numerosas cicatrices que tenía en la cara, hacían que pareciera mayor de lo que era en realidad. Justo lo contrario que pasaba con Retsu de Lince. Makoto se hizo notar con un carraspeo, sintiéndose mal por haberse quedado mirándolo; Llama tardó en reaccionar.

—Es un gran manto sagrado —dijo sin dejar de mirar el tótem—. Incluso si es de bronce, la constelación que le dio origen representa las aguas donde murió el hijo del dios Apolo, por eso quienes lo portan suelen aprender a crear y manipular el fuego. ¡Oh! Han pasado seis horas, esperamos un relevo pronto.

—No estaba pensando en eso —replicó Makoto, consciente de haber puesto cara de extrañeza mientras lo escuchaba. Él mismo había visto ya cómo varios caballeros negros, inquietos, murmuraban que abajo se lo estaban pasando muy bien y que eso era malo para la misión, aunque era bastante probable que en su fuero interno más de uno quisiera pasarlo bien también. No le extrañaba que una de las sombras se apartara del grupo, cansado de esperar, lo que le resultaba extraño era—: Es raro que le des tanta importancia a si un manto es de bronce o de plata.

—¿Por qué no habría de dársela? —Llama ladeó la cabeza, mirándole por fin—. En Hybris, los caballeros negros de Fénix son soldados rasos, el resto de caballeros negros de bronce son la fuerza de choque y los caballeros negros de plata son nuestros oficiales. Hay pocas excepciones, como en vuestro ejército.

—Pero tú eres un caballero negro de plata —dijo Makoto.

—Empecé como uno de bronce —explicó Llama. A Makoto no le sorprendió que la herética orden de Hybris considerase los ascensos—. Erídano Negro, como mi padre.

Una idea pasó por la mente de Makoto, quizá debido al encuentro con Cristal.

—¿Tu padre también respondía al nombre en clave de Llama?

—Ajá.

—¡Entonces, era un guerrero azul!

—Un guerrero azul que fingió ser caballero negro, hace muchos años, para investigar al hombre al que ahora sirvo yo sin reservas. Eso sí que es raro, ¿no crees?

—Rarísimo —reconoció Makoto—. ¿Tu padre…?

—Murió durante la Pacificación —dijo Llama, el nuevo y joven Llama—. Yo soy su hijo natural, no tengo nada que ver con Siberia y la Ciudad Azul. Las campañas de los mercenarios de Rusia son muy largas, ¿me entiendes? —Sonrió con cierta picardía, y a Makoto le resultó ridículo sentir vergüenza por eso, pero la sintió de todas formas—. Es largo de contar, digamos que Cristal sumó muchos efectivos a Hybris, incluyéndome.

—Y ahora es un guerrero azul.

—Nunca dejó de serlo, en el fondo, como yo nunca dejaré de ser una sombra.

Makoto asintió, notando el peso de esa declaración.

—Fuiste caballero negro de Erídano. Aun así, hablaste de los que portan el manto de Erídano, sin incluirte a ti.

—Ni las nuevas armaduras negras construidas por Oribarkon para la guerra, ni tampoco vernos en un espejo tal cuales somos, cambia que somos insignificantes frente a los santos de Atenea. Sombras. Imitaciones.

Con el permiso de sus oficiales, que a su vez lo obtuvieron de Ícaro, treinta de los cincuenta caballeros negros de cubierta se movilizaron hacia las escaleras. El ruido de los pasos de tantos hombres contra la madera se confundió con el de los remos del navío hendiendo las aguas benditas de la santa de Cefeo y el de la destrucción interminable que daba forma a la cuenca. Justo en ese momento llegaba Triela de Sagitario con un nuevo informe de reconocimiento: sin necesidad de palabras, indicaba que era seguro seguir. El viaje proseguía sin percances, aunque ya para esas alturas estaban tan distanciados de la Tierra como del Jardín de las Hespérides, a donde se dirigían.

Poco después, llegaron treinta caballeros negros de refresco, algunos de los cuales lucían caras enrojecidas por el vino, lo que les granjeó duras palabras y aún más duros golpes de Icario, ora en la cara, mandándolos al suelo, ora en el estómago.

—¡Esto es una guerra, soldados! —gritó Ícaro, un simple muchacho, desprovisto de armadura—. ¿Es la guerra tiempo de festejos?

—Pues lo cierto es que sí —respondió desde abajo Eren, enderezándose. El alcohol le había teñido de rojo las mejillas, pero no embotado los sentidos. Miró a Ícaro a los ojos, y sin el menor titubeo, dijo—: ¿Si no celebrara cada victoria en batalla, qué le quedaría al bando que pierde la guerra? Solo la suma de un montón de esfuerzos inútiles.

Una mueca despectiva se formó en el rostro de Ícaro.

—¿Qué batalla crees haber ganado, tú que ya nos crees derrotados?

Eren se golpeó el pecho con el puño.

—¡Celebro que estoy vivo!

Los caballeros negros censurados por el líder se fueron levantando, dubitativos al principio, con decisión tras que Eren diera otro dos golpes contra el pecho.

—Cualquiera puede vivir —dijo Ícaro.

—Lo que puede hacer cualquiera es morirse —negó Eren—, solo tiene que saltar hacia el cuchillo. Eso es lo que estamos haciendo en esta lúgubre cubierta. Desviamos la mirada de los santos, avergonzados por lo que hicimos y no hicimos. Ansiamos poder morir en batalla para poder redimir nuestros pecados. ¡Llevo toda mi vida pensando que el alcohol revuelve las tripas, cuando es la cobardía lo que lo hace! Es ahora que siento la muerte tan cerca que quiero vivir con más ganas que nunca.

La mueca de Ícaro se formó en sonrisa. Una sonrisa cruel.

—Podría tirarte por la borda para que nades de vuelta a casa. ¿Eso es lo que quieres?

—Yo no quiero morir, señor. Lo que me pregunto es si usted quiere vivir.

Se hizo el silencio. Más y más caballeros negros fueron subiendo a cubierta, uniéndose a los más descansados. Eran un semicírculo de sesenta hombres desde babor a estribor, con Ícaro y los que no habían dormido una pizca en el centro, con Eren como líder.

—Aparta, oficial —ordenó el caballero negro de Sagitario.

Lo curioso fue que Eren lo hizo. Todos se apartaron, permitiendo que su líder militar bajara a tomarse un respiro. Tal era la obediencia que le debían a aquel muchacho que era el mejor de todos ellos. El resto de hombres en cubierta que llevaban seis horas de vigilancia lo siguieron en riguroso orden, siendo los puestos de todos ellos ocupados por las tropas de refresco. Un murmullo llenó el lugar, de oficiales de la antigua Hybris presentándose a los santos de Perseo, Águila y Centauro, quienes no daban signos de fatiga. Los santos de Atenea estaban hechos de otra pasta, decían muchos.

Otra cosa que decían era que a lo mejor el caballero negro de Sagitario conocería el verdadero placer en ese día. Era un ejército disciplinado, pero algunos de sus miembros se habían pasado con la bebida, en opinión de Makoto.

—Creo que me voy a dormir —dijo Llama, conteniendo un bostezo—. Cristal no tardará en aparecerse por aquí. No te le acerques. Apestará a café.

—¿Cómo uno puede apestar a café? —preguntó Makoto—. Ah, no importa. Solo quería decirte… —¿Debía él mismo hacer una chanza sobre cómo le gustaría festejar la vida a las puertas de la muerte? ¿Hablarle de cómo seguirían siendo sombras mientras se vieran a sí mismos como tales? ¿Reprenderlo por vago y obligarle a seguir trabajando?—. No importa. Oro, plata y bronce. No importa.

—Sí que importa. —Ladeando la cabeza ante los santos de oro, que mantenían todo en orden sin quejarse lo más mínimo, dio toda la explicación que podría darse con meras palabras. Y más—. Sabes que sí importa mucho.

De nuevo la santa de Sagitario se internaba en las tinieblas que todos temían. De nuevo sin ninguna queja, aunque ayudaba que Triela no hablaba.

—Pegaso, el caballo inmortal, llevó a los héroes de antaño a los cielos de los dioses. Perseo, hijo de Zeus, obtuvo lo que ni el mismo Heracles: un final feliz. A Amaltea debe el rey de los dioses haberse sentado en el trono, pues uno debe estar vivo antes de ser rey, incluso si es un dios. Todas las constelaciones en el cielo son valiosas, leyendas inmortalizadas hace mucho tiempo. Erídano no es inferior a Centauro, Centauro no es inferior a Sagitario, todos esos mitos fueron queridos por los dioses. Y el infinito poder de esos mitos inmortales está ahora en nuestras manos mortales, para hacer milagros.

Llama se le quedó mirando, boquiabierto. En realidad, si Makoto se fijaba, muchos lo veían con curiosidad, incluyendo a Marin, que asentía aprobadora.

—Pensaré en lo que me has dicho, amigo.

Makoto hizo un gesto de asentimiento. El caballero negro se dirigió a las escaleras, siendo el último de los suyos en retirarse.

—¡Hay sombras porque hay luz! —exclamó Makoto en el último momento.

—Las sombras no están tan mal —dijo Llama, mirándolo de reojo. Sonreía como un sátiro—. Se hacen cosas muy divertidas. Si quieres probar, aquí te esperamos.

Muchos rieron la chanza alrededor incluso después de que las pisadas de Llama dejaron de oírse. Hasta Makoto participó de ellas, aunque no porque la idea de descansar le tentara demasiado. En parte, tenía un mal presentimiento, por eso se quedaba ahí.

Sí, en parte, porque también había otra razón. Caminando hacia la barandilla, entre dos caballeros negros que se aferraban con fuerza el estómago, espantados de la idea de vomitar en esas aguas, Makoto terminó mirando hacia abajo. Le recibió la cara enojada de Aqua, toda líquido, incluyendo el cabello. En las mejillas hinchadas nacía una encantadora espuma, mojando los bordes de la máscara.

Makoto reunió por fin fuerzas para hablarle, mediante telepatía.

Hola. ¿Todo bien por ahí?

¿Me hablas del espacio entre espacios, al borde de las dimensiones, la oscuridad que subyace al universo y el tiempo hecho agua que son los mares olvidados? —preguntó Aqua en el mismo lenguaje que resonaba solo en la mente de los seres pensando—. Seguro. La máscara ayuda con el frío. Un poco.

En cuanto los dos caballeros negros se alejaron, el rostro enmascarado de Aqua se confundió con el resto de aquel río infinito, aunque seguía ahí, presente.

Yo quería… —empezó a decir Makoto, callando al poco rato.

Será mejor que empieces con alguna tontería —dijo Aqua. Aunque seguía usando la telepatía, de algún modo sonaba como si le hablara desde donde los remos hendían el agua sin descanso—. Así empiezan todas las conversaciones aquí.

Y como para animarlo a hablar, le dio un suave bofetón, como el viento que también era. Aqua, diosa del mar, era la garantía de que pudieran respirar en ese sitio y podía tomar esas libertades sin que nadie le quejara nada. Aun siendo de plata, era tan fundamental en esa misión como los santos de oro.

«Si empiezo a pensar así, tendré que disculparme con Llama —reflexionó Makoto.»

Entonces supo cómo empezar.

Pude hablar con Llama.

Ah, claro, Llama. ¿Quién es? Creía que solo contábamos cuatro santos de oro. Bueno, y el chico al que mangonean sus propios soldados, y mi hermana mayor Tetis, y Deucalión, digo… ¡Ah, como sea, el Sumo Sacerdote!

Él no es un santo de oro —dijo Makoto—. Ni siquiera es un santo de Atenea. Es el hijo de un guerrero azul que fingió ser un caballero negro.

¡Qué lío! —dijo Aqua con honestidad. Ahora estaba del otro lado del barco y la voz sonaba lejana, aunque eso solo eran apariencias.

Conocí a su padre hace trece años —prosiguió Makoto—. Entonces yo era un lancero, había fracasado en el entrenamiento como santo. ¿Quién mandaría a un renacuajo como yo a aspirar al manto de Hércules? —Por un momento se recordó a sí mismo siendo llevado al Santuario por nadie menos que Marin de Águila. El recelo que le causó que al final fuera Ichi de Hidra quien lo entrenara se volvió nítido en sus pensamientos; parecía uno del montón, mientras que la santa de plata lucía como alguien muy importante, demasiado en aquel Santuario sin Sumo Sacerdote como para dedicar tiempo a entrenar a alguien de cero. Llegó a culpar a Ichi de su fracaso y llegó a perdonarlo mucho antes de la Noche de Podredumbre, cuando aceptó su sino y tomó la lanza—. También vi a Cristal, otro de nuestros tripulantes, aunque él no me vio a mí. Porque era un donnadie. Aquella noche lo era, mientras que ellos, los caballeros negros, los traidores, eran gente excepcional que salvó nuestras vidas.

Te has tomado a pecho lo de empezar con tonterías… —bromeó Aqua, de nuevo bajo la barandilla en que estaba Makoto. Casi esperó que la lengua de la santa de Cefeo le saliera de la máscara—. ¡Es una broma! Sigue.

El barco se detuvo. Una nueva ampliación iba a tener lugar. Mientras hablaba, Makoto vio los cuerpos errantes de alrededor colapsar, para dar forma a la cuenca más allá de la oscuridad. Pudo leer en esa operación delicada el cosmos de Kanon y de Ofión, y a la vez, creyó notar que era este último el que hacía mover los remos. El santo de Aries era un auténtico maestro de la telequinesis, como era de esperar.

Tú solito te haces la fama.

La barrera que marcaba el final de la cuenca fue pulverizada ante un gesto de mano del santo de Géminis, aunque eso Makoto, desde donde estaba, solo pudo intuirlo. La santa de Sagitario volvió a hacer lo que había hecho ya un par de docenas de veces. Aun así, muchos caballeros negros ahogaron gritos de asombro y al propio Makoto se le puso la piel de gallina. ¡Hacía falta mucho valor para internarse sola en lo desconocido!

«También hace falta mucha cabeza para no arriesgar a todo un ejército por no saber dónde te diriges —se tranquilizó Makoto, confrontando las labores de líder y soldado.»

Antes era un lancero, ahora soy un santo de Atenea —dijo Makoto.

—¡Hay sombras porque hay luz! —gritó Aqua, haciendo reverberar todo el río. Más de la mitad de los argonautas se sobresaltaron y al resto no le dio tiempo de reírse de la imitación de voz, si bien Gestahl Noah se atrevió a dirigirle una sonrisa cargada de intención—. Además, por lo que sé, de haber sido lancero habrías sido parte del ejército que puso de rodillas a mi hermano Aqueronte.

Makoto no pudo menos que parpadear, dándose cuenta de que la escena que vivió trece años atrás no sería igual ahora. Terminando de comprender hasta qué punto Akasha de Virgo lo había cambiado todo; mientras que él solo podía rabiar por los cambios que suponía la Guardia de Acero, los cambios se daban de todas formas.

¿Soy un hipócrita?

Eres contradictorio, como todos los humanos.

Un chorro de agua surgió de donde había estado la santa de Cefeo hacía un momento, trazando un arco sobre el Argo Navis Negro hasta el otro lado. La máscara destellaba en medio como la luna, la silueta de una doncella se intuía en el fenómeno.

Todo lo que ha pasado, nos ha llevado hasta aquí —reflexionó Makoto.

He estado pensando —dijo Aqua. La voz, siempre presente en el cerebro de Makoto, iba acompañada del sonido de chapoteos. No le dio tiempo al santo de Mosca de hacer una broma—. ¿Por qué te encuentras con esas personas ahora? Me parece que puede tener que ver con que estuviesen en el Santuario la Noche de la Podredumbre.

¿Qué tanto podrías saber de eso? Estabas…

Muerta, sí, ¿y qué? Lo que todo el mundo sabe, lo puedo saber también yo.

Tiene sentido —admitió Makoto.

Vencer a Caronte de Plutón es la razón de existir de esta generación de santos —dijo Aqua—. De los que obtuvieron un manto sagrado y de los que no. Tú y ese tal Llama sois parte de eso. ¿Ves como es muy simple?

Ahora lo veo —dijo Makoto. De pronto, el estómago empezó a rugirle.

Oigo tus tripas desde aquí —señaló Aqua, frente a proa, en espera. Triela estaba tardando más de lo habitual en traer el informe—. Atrévete a vomitar sobre mi cuerpo y veremos si eres tan excepcional como presumes.

Makoto iba a descartar ese nuevo intento de desafiarlo cuando su mente, tan distraída y dispuesta a evitar lo que de verdad quería decir, hizo una nueva conexión.

Vomité en el pelo de una sirena, una vez.

Yo no soy una sirena. Nací siendo diosa, no un pescado.

Por alguna razón, aquello último lo dijo con especial enfado.

No pretendía ofenderte —aseguró Makoto—. Solo caí en la cuenta de que nunca volví a verla, ni pude disculparme. En realidad, nunca pensé que necesitaba disculparme hasta que te vi con esa… máscara… condenando nuestros estómagos.

Pues si no pensaste que debías disculparte, estoy segura de que no la buscaste, así que es normal que nunca la vieras. En la guerra lucharon muchas sirenas y marinos. Bastantes murieron —lamentó Aqua, transmitiendo al santo de Mosca el aguijón de la tristeza—. Si te hace sentir mejor, los peces ya están acostumbrados a que los humanos llenéis su mundo de basura. Un vómito más, un vómito menos, ¿qué importa?

Con cierta pesadez, Makoto asintió. Cierto era, pensar en eso era perder el tiempo. Ya había desechado la posibilidad de volver a la Tierra. Iba al Jardín de las Hespérides a luchar y morir, como muchos en el Argo Navis Negro. ¿Qué sentido tenía pensar en si pudo o no disculparse con alguien a quien ni siquiera había conocido?

Sobre todo, cuando lo que de verdad deseaba era disculparse con quien sí conocía. Quizá no llegaron a ser amigos, pero la apreciaba de todas formas.

—Lo siento —se atrevió a decir Makoto, por fin—. Yo maté a Ignis, tu amigo.

Apenas cuando vio a Aqua aparecer ante él, no como un rostro en el río, sino como un ser de agua apoyado en la barandilla, mirándole, se dio cuenta de que habló en voz alta.

Lo sé —dijo Aqua, de forma mental—. Hiciste tu trabajo como santo de Atenea. Yo, en cambio, quise salvar a un enemigo de Atenea. Yo y Terra lo intentamos. Incluso si solo éramos tres almas errantes que renacieron en la Tierra, creo que pudimos ser una familia, si a él se le pasaba el trauma con las mujeres fuertes. —Durante un momento, Aqua se acarició el cuello, puro líquido—. Sus demonios internos eran demasiado fuertes para nosotros, y había hecho demasiado daño a nuestro amigo, Alexer, como para que este le diera una nueva oportunidad. Quizá, si no hubiese perdido la consciencia… —sacudió la cabeza—. No, lo que ocurrió, debía ocurrir.

—dijo Makoto—. Habría hecho un gran daño al mundo, mayor a lo que hizo en Bluegrad, pero eso no cambia mucho, ¿verdad?

Terra, Ignis y Alexer siempre serán mis amigos —asintió Aqua—. Si ellos no lo ven así, me da igual. —Se encogió de hombros y rio antes de deshacer ese cuerpo, volviendo al río. La máscara flotaba por la corriente, hacia abajo, mientras seguía hablando—. Ahora Ignis tiene una nueva oportunidad en ese infierno sin rey, Terra anda por este mundo que ya no venera a los reyes y Alexer debe ser el primer Señor del Invierno en gobernar sin un Trono de Hielo. Los envidio a todos, yo que soy una diosa en un mundo que ya no cree en los dioses.

Yo creo —dijo Makoto.

No lo haces, nadie lo hace ya. Y está bien, los dioses lo quieren así.

Te reconozco como una diosa, ¿no es suficiente?

Para nosotros, nunca es suficiente estar abajo.

¿Qué? ¿¡Desde cuándo estábamos hablando de esas cosas!?

Avergonzado, se apartó de la barandilla y empezó a golpearse las mejillas, rojas. El silencio de Aqua podía indicar que no había entendido el cambio de tema, pero antes de que se pudiera aclarar nada, llegó Triela.

Los santos de oro hablaron en proa, al parecer el camino se estaba haciendo tortuoso. Tetis, de sentidos acordes a su divinidad, advirtió que un mísero desvío y acabarían cerca de uno de los Reyes Durmientes, si bien Makoto no pudo entender el nombre, demasiado raro. Gestahl tranquilizó a todos, aduciendo que contaba con el recurso que los habría llevado hasta el Jardín de las Hespérides de no haber nadie más allí para abrirles el otro lado del túnel de gusano, un tesoro que podía salvarlos en caso de necesidad. Pasados un par de minutos, aquella élite se puso de acuerdo y el Argo Navis se puso en marcha, justo a tiempo de que la luz no los abandonara.

Veo tu sonrisa —dijo Aqua, desde algún lugar en la lejanía—. Cuando viste a la Silente, sentiste alivio, y peor aún, esperanza. El peor de los males, aquel que separa a los hombres del resto. Es triste vivir en un mundo lleno de esperanza.

La esperanza no tiene nada de malo —replicó Makoto—. ¿Acaso tú no la sientes? Porque ese amigo tuyo, Terra, viva en paz. Porque Alexer sea un buen rey.

Siento la esperanza latiendo en mi pecho —admitió Aqua con voz dolida—. De que un día, tú y yo, cumplamos juntos una misión. Aunque me han dicho que Azrael está muerto, aunque conozco la fuerza de los Astra Planeta y sé que toda esta tripulación moriría con que solo uno de ellos respirara muy fuerte ante nosotros, a pesar de todo eso, espero ese futuro. ¿Imaginas algo más cruel que una esperanza vana? Existe la desesperación porque existe la esperanza. No son opuestos, son lo mismo.

Es doloroso —dijo Makoto, llevándose la mano al pecho—. Pero es el dolor del que nacimos los santos de Atenea. Y en el que moriremos.

Atrás, Lisbeth de Cincel Negro se despertaba de una pesadilla. Hablaba de armaduras sin vida, de un agujero negro consumiendo las estrellas del cielo, sangre del universo. Michelangelo la tranquilizó con suaves palabras, e incluso Garland se alzó para decirle que podían continuar el trabajo después, que él tenía que recargar la inmortalidad en algún enchufe mágico. La broma hizo reír a la herrera, que volvió a dormir.

Entonces, Makoto recordó algo. Aun si no estaba seguro, a esas alturas, decidió que Aqua necesitaba saberlo. Que merecía saberlo.

—Él estaba sonriendo. Al final, incluso él halló la paz que estaba buscando.

Por un momento, Aqua se quedó mirándole, ocultos sus sentimientos por la máscara.

Gracias, Makoto —dijo Aqua—. Por sentir esa pena por mí, gracias.

Para eso están los amigos —respondió Makoto, sintiendo que era sincero.

Notas del autor:

Shadir. Quise profundizar en este grupo de nuevos argonautas, doblemente nuevos porque los nuevos argonautas eran la tripulación de Akasha, de aquel lejano cuarto volumen. ¿Los últimos héroes, realizando el último viaje? Solo el tiempo lo dirá.