Capítulo 195. Sentenciados
El eidolon de Nico resultó ser tan espacioso como cabía esperar. Un par de hombres adultos podían caber allí, en medio de las tinieblas, sin hacer contacto ni salirse de los límites del can sombrío. Sin embargo, Retsu, sometido a un frío glacial que no tenía nada de natural y que le penetraba el espíritu, se abrazaba en posición fetal en busca de una pizca de calor. Su cosmos ardía con tanta intensidad como cuando los tres tuvieron aquel combate de entrenamiento con Pavlin de Pavo Real, y no era suficiente. Para nada. Sospechaba que incluso los dientes de su maestro, Noesis de Triángulo, castañearían si tuviera que adentrarse en ese lugar.
Enfrente, Nico se mantenía de pie, con los brazos extendidos y la mirada al frente, aunque ya no veía con los ojos. No los necesitaba en este momento.
Aquel eidolon no estaba hecho para transportar cuerpos e incluso quien lo había invocado tiritaba de frío. Como miembro de la división Dragón, Retsu podía intuir la naturaleza espiritual de ese ambiente, adecuado para que un alma libre de interferencias físicas funcionara como centro de control mientras que el cuerpo físico quedaba a buen recaudo en alguna otra parte. La inclusión de un cuerpo físico, con sus propias necesidades fisiológicas, además de un sinfín de vulnerabilidades, lo complicaba todo: los cinco sentidos convencionales corrían el riesgo de entorpecer el movimiento, para empezar, y ni hablar del viaje por la oscuridad subyacente al universo material, que era la principal utilidad del eidolon. Así, pues, la solución estribaba en que el invocador adormeciera por su propia cuenta esos sentidos, enfocándose en la percepción extrasensorial para guiarse. Que Nico de Can Menor tomara esa decisión ya lo convertía en alguien a quien la división Dragón habría querido reclutar; que además pudiera adaptarse tan rápido como para invocar y retirar el eidolon en pleno combate ya era algo que lo dejaba sin aliento. ¡Él no dejaba de contar los minutos para salir de allí!
—Bianca de Can Mayor también puede hacer esto —murmuró Retsu, admirado. El par de perros del infierno había sido clave para herir a Makoto.
Tragó saliva. Más de una docena de santos de plata y bronce fueron necesarios para herir a su compañero. ¿Cuánto haría falta para vencer a Caronte de Plutón? Incluso si ahora no contaba con sus legiones, era un enemigo poderosísimo.
—Mi hermana es muchísimo mejor que yo —replicó Nico, mirándole. Tenía la cara perlada de sudor, aunque no era claro si por el esfuerzo o la preocupación. Se habían internado en la oscuridad no desde el planeta Tierra, sino desde algún punto paralelo al espacio exterior—. Ella es la maestra, yo el aprendiz.
A Retsu le dolió tanto la boca al intentar responder, que empezó a temer que se fuera a congelar. Decidió confrontar tal posibilidad con movimiento constante, poniendo sumo cuidado en ello. Primero despegó las piernas y luego las manos entumecidas.
—Pues ahora el aprendiz va al rescate de la maestra —dijo el santo de Lince una vez pudo estar de pie. Un picor le recorría todo el cuerpo y estaba muerto de frío, pero pudo sonreír y bromear, así que no estaba todo perdido—. ¿De película, no crees?
—Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos —dijo Nico—. Viste la cara de Soma cuando nos abandonó. Él sigue viendo a esos niños.
—Ajá… me pregunto…
—¿Qué cosa?
Retsu negó con la cabeza, no podía decirle que le preocupaba el haber dejado de oír esos lamentos solo porque alguien había matado al mensajero.
«Así somos los santos de Atenea. Olvidamos los problemas que otros resuelven.»
—Me pregunto por qué tu hermana no se ocultó aquí —mintió Retsu.
—Porque es más peligroso aquí —dijo Nico sin inmutarse.
Como para hacer énfasis a su explicación, escucharon el sonido de una criatura al deslizarse. El mismo sonido que precedió a tanta locura.
—Siento haberte metido en esto —se disculpó Retsu—. Si es por rescatar a tu hermana, habrías podido haber cruzado el pasillo y sería más rápido.
—Hay otra razón —dijo Nico, haciendo caso omiso a la disculpa—. Desde hace rato, las paredes dimensionales se están debilitando. Las que rodean el río que navegamos, quiero decir. Creo que antes era imposible viajar de este modo aquí.
Una sonrisa se formó en la cara del santo de Lince.
—Supongo que algo de riesgo no retiene a un santo de Atenea.
El santo de Can Menor asintió.
—Aparte de que solo de este modo podré llevarte donde está tu maestro, creo que me facilitará llegar a donde está ella después. Estoy acostumbrado a cómo funciona este lugar, sin pasillos infinitos. Además, puedo olerla desde aquí.
Ante semejante declaración, Retsu no pudo menos que reír.
—¿Qué ocurre?
—Pues que dices que estás oliendo a tu hermana, ¿te parece normal?
—Claro —dijo Nico—. Soy un perro. Los perros nos guiamos por el olfato, ¿no?
—Dicho así… —respondió Retsu, quien siguió riendo un rato más.
La risa era el mejor acompañamiento en ese viaje lleno de incertidumbre. Rodeado de la oscuridad nacida del alma de un amigo, Retsu decidió entregar a Nico toda su confianza, tal y como le había obsequiado con su respeto. Pues las sombras de más allá eran por mucho peores, más heladas y llenas de esa presencia ominosa que amenazaba con arrastrar a la locura a toda la tripulación del Argo Navis Negro.
Y aun así, Nico de Can Menor no se quejó en ningún momento. Siguió adelante, tratando de reconfortar a quien era mayor que él, porque así era el hermano de Bianca, en el fondo. Un santo de bronce de corazón ardiente, valiente como los antiguos héroes.
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A pesar de que la oscuridad envolvía el camarote, la aparición que hablaba y actuaba como Akasha de Virgo fue tajante en su orden hacia Kazuma.
—Vístete, esto no es ningún burdel.
Bianca pudo oír con precisión cómo su amante tragó saliva, antes de obedecer. No era por la admiración que decía haber sentido por la guardiana del sexto templo zodiacal, merced de su buen corazón, sino más bien que la voz de Akasha estaba impregnada de una autoridad que le era natural, como si desde un principio hubiese nacido para liderarlos. Las implicaciones de eso eran lo bastante claras como para que la santa de Can Mayor actuara con cautela, escogiendo bien sus palabras.
—Su Santidad, Willy… Es decir, el santo de Ballena, ha atacado a un aliado nuestro. Como recordará, los caballeros negros, los guerreros azules y los ejércitos del mar luchan ahora por una misma causa, que es la protección de la Tierra sobre las huestes del Hades y quien las dirigió contra nosotros, Caronte de Plutón. Es por eso que me he interpuesto en su camino, para detener una acción contraria a sus deseos.
—Tiene sentido. ¿Puedes explicar esta acción tan irracional, Ishmael?
Todo lo imponente y aterrador que había sido el finado santo de Ballena desapareció después de verlo agarrado de las orejas por una joven más baja que ambos. Aun así, cuando Ishmael habló, lo hizo con un aire tan impasible que helaba el alma.
—Es muy simple, Su Santidad. Los caballeros negros ya han cumplido su papel.
Kazuma, ya vestido, procedió a armarse sin detenerse un solo momento, como si lo que allí se decía no fuera con él. Pieza a pieza, se iba preparando para la batalla.
«Yo no lucharía con ella por ti —pensó Bianca—. ¿Lo sabes, verdad?»
Ella lo tenía claro. Aun así, trataría de evitar el conflicto.
—Caronte de Plutón vive. Por tanto, ninguno de nosotros ha cumplido su papel.
—Explícate, Ishmael —pidió Akasha.
—Por supuesto. —El santo de Ballena hizo una inclinación. No era de los que admiraron a Akasha, ni como aspirante, ni como general de la división Pegaso, ni mucho menos como la exiliada que llegó a manipular incluso a la división Cisne, pero era apegado a las normas y muy consciente de que se dirigía a la Suma Sacerdotisa—. Vuestro objetivo, como representante de Atenea en la Tierra es claro. Buscáis crear un mundo sin maldad. Los caballeros negros son parte del mal de nuestro pasado, por tanto, debe ser erradicado. Me parece una lógica bastante simple.
—Es el tipo de conclusión al que un estirado como tú llegaría —bufó Bianca.
—Es la conclusión a la que él ha llegado —replicó el santo de Ballena, para cuyos ojos la oscuridad del ambiente no tenía ninguna importancia. Estos podían ver, con total claridad, al ya armado Kazuma de Cruz del Sur Negra—. ¿Es que no has escuchado cómo este condenado a muerte se acicalaba para la tumba?
De nuevo, la respuesta de Kazuma a aquella situación era un silencio fúnebre.
Fuera, sin embargo, no había silencio, sino el sonido de cuerpos al caer. Bianca pudo percibir uno más allá de Ishmael y Akasha, la silenciosa juez. Era un cadáver. Los muertos estaban llenando el pasillo y no por causa suya.
—¿La culpa te corroe, eh? —preguntó Bianca sin mirarlo.
—Ya te había explicado cómo me siento —respondió Kazuma—. Los justos prosperan y los malvados son castigados. Cuando acaba nuestra obra, los malvados…
—… Sois vosotros —sentenció Ishmael, terrible fiscal de ese juicio inesperado—. Todos los caballeros negros deben ser ejecutados de inmediato. Si no vas a permitírmelo, al menos limpia tu honor con su sangre.
Lo peor no era que Ishmael saliera del Hades para decirle eso, lo peor era que ella estaba dispuesta a aceptar. ¿Qué era un amante muerto en su larga lista de pecados?
—Hay una cosa que no me queda clara —dijo Akasha, atrayendo hacia así las miradas de todos—. ¿Por qué no has derrotado a Ishmael? Eres más fuerte, mucho más fuerte, de lo que él fue. Oh, no me mires así, Bianca. Sabes lo que somos.
—¡Su Santidad! —exclamó el santo de Ballena.
—Meras proyecciones del sentido de culpabilidad de una mujer al servicio de Atenea, convertidas en realidad para que su pronta muerte tenga un sentido, aunque en realidad no tenga ninguno. —La explicación de la Suma Sacerdotisa fue tan certera como audaz, sin pausas que nadie pudiera aprovechar para interrumpirla de algún modo—. Así pues, si tú has creado a esta simplificación del santo de Ballena y todo lo que has podido en su contra es ponerte a la defensiva, significa que consideras que tu causa está perdida.
Un nudo en la garganta impidió a Bianca contestar como debiera, tartamudeando:
—¿Mi causa? ¿Perdida?
Ella estaba atravesando el universo para vengarla. No esperaba nada más de la vida. Dejaba al mundo a salvo y entregaba su vida para algo bueno. Simple.
—Así es —dijo Akasha—. Te ves a ti misma como una existencia inaceptable. No es Ishmael quien te habla, ni soy yo la que impide que te mate. Todo esto que ves, oyes y sientes estaba en tu mente todo el tiempo. Te sientes culpable, sucia.
Solo hubo un consuelo para Bianca frente a un ataque tan certero, el de la mano negra de Kazuma tocándole el brazo. Al mirarlo de reojo, no vio ninguna clase de ruego.
Solo había una mortal comprensión.
—Entonces, Su Santidad —intervino Ishmael, carraspeando—, ¿puedo matarlo?
Habló en tono bajo, lleno de dudas. No le gustaba que le dijeran que él no existía.
—¿Impedirías que tu compañera lave sus pecados? —cuestionó Akasha, haciendo que el santo de Ballena retrocediera dos pasos y se pusiera en posición de firmes—. Eres tú, Bianca, quien debe eliminar este mal de mi vista.
Antes de poder decidir que aceptaba esa orden, las manos de la santa de Can Mayor se tensaron. Desgarraría aquella garganta que besó hacía un momento.
—Por el bien del mundo —dijo Bianca—. Por eso, yo haré cualquier cosa.
—Mátalo —ordenó Akasha—. Y después, mátate tú.
Todos quedaron atónitos. Por primera vez, Kazuma hizo amago en decir algo, siendo detenido en seco por el brazo de Bianca, mientras que Ishmael renegaba.
—¿Vos ordenáis tal cosa? —cuestionó el santo de Ballena, horrorizado—. Vos que amáis a los santos de Atenea más que nada en este mundo. Vos que aseguráis que los santos no mueren. ¿Vos pedís el suicidio, en lugar de la sentencia de un juicio justo?
—Por el bien del mundo —recitó Akasha, usando justo el mismo tono empleado por Bianca—. Busco un futuro sin maldad. ¿Cómo podría tenerlo, si dejo que el mal exista?
Con un gesto de asentimiento, Ishmael de Ballena aceptó tal lógica, pero seguía extrañado, como si no pudiera procesar que la líder del Santuario hubiese dado esa orden. Aquello aterró a Bianca más que la orden en sí: no eran simples ilusiones de algún mago cruel escondido entre las estrellas, era su interior juzgándola, condenándola. Allí estaba Akasha, estableciendo su futuro perfecto; ahí estaba Ishmael, enfrentado a su propia idea de justicia y las órdenes que recibía. ¿Podía ser que un tercer factor lo hubiese anulado ahora? Amor tal vez. Bianca quería creer eso.
No importaba, porque era Akasha a quien temía, no a Ishmael. Miró hacia abajo, sus garras estaban listas para matar a un buen hombre. Tanto daba si después segaban su propia vida. La vida de una persona capaz de matar a un buen hombre, no valía nada.
Dio la vuelta, dando la espalda al fiscal y la juez, viéndose las caras con el condenado.
—Me repugnas —oyó decir a su espalda, era la voz decepcionada de Akasha.
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Así como los cuerpos de las víctimas de Hybris habían caído a lo largo del barco, las almas de estos llegaron a la Prisión Fantasma. Quienes allí combatían con los chamanes y las criaturas mágicas que usaban como armas de guerra no tenían tiempo para decidir si dichos espíritus habían sido sacados del Hades o eran una proyección más de las culpas de los tripulantes del barco, porque a una orden de Xian, el Sabio, la vanguardia del clan empezó a usar aquel material espiritual como pólvora.
Ese fue el momento para Aerys de esconderse tras el escudo humano. Las explosiones sacudieron el Ataúd de Hielo en que estaba Cristal, sin causarle el más mínimo daño.
—¿No te da vergüenza? —cuestionó Fang, quien había tenido la misma idea.
—Ninguna —respondió Aerys.
Después, los discípulos de Sneyder miraron a su carta del triunfo. Enfrentados a seres cuya existencia nacía de los resentimientos de Noesis para consigo mismo, solo podían confiar en que el propio santo de Triángulo reuniera la fuerza suficiente para sellarlos a todos de un solo golpe. No importaba que el cosmos fuera el motor de los milagros humanos, Aerys había comprobado en mil ocasiones que su Aliento de Sol Caído ni tan siquiera agitaba a los espíritus, siendo indispensable el fuego fatuo controlado por Fang.
Un batallón de duendes bajó desde las alturas armados con porras de magma. Eran cincuenta y llenaban todo el espacio entre los discípulos de Sneyder y Noesis.
Tan pronto Aerys dio un paso, se dio una nueva explosión contra la estatua de hielo.
—¡Juegan con nosotros! —se quejó Aerys.
—¿Tenemos que seguir sintiéndonos mal por el pecado de mi amigo? —preguntó Fang.
Un solo vistazo hacia arriba, donde un grupo de niños reunía a sus espíritus sobre una gran nube de tormenta, bastó para que el santo de bronce se aclarara las ideas.
—Hizo lo necesario —dijo Aerys—, pero no lo culpo por sentir remordimientos.
—Yo sí —aclaró Fang, dando un gran bostezo—. Si no los sintiera, ahora estaría…
Todo su cuerpo se inclinó hacia abajo, como si fuera a quedarse dormido, pero en el momento justo giró y salió de esa trinchera que solo era tal por el puro sadismo del grupo de chamanes. En el mismo movimiento invocó la Triple Llamarada, tres corrientes de fuego azulado que salían de sus manos y su boca, golpeando cada una en diferentes direcciones. La técnica cubría una gran área y no solo pudo desintegrar la nube tormentosa antes de que esta terminara de cubrir el cielo sobre la plataforma de la Prisión Fantasma, sino que también obligó a retroceder a toda la vanguardia del clan de chamanes, dando a los demás unos valiosísimos segundos de descanso.
A la vez, Aerys saltó sobre los duendes y les repartió una tanda de puñetazos, quebrándoles primero las cabezas y luego pateándolos fuera de la plataforma. Ya había descubierto que su técnica, si bien efectiva con otras de esas criaturas, no causaba el menor efecto en los duendes. De hecho, las porras con las que algunas de esas rápidas criaturas le llegaron a golpear la espalda más de una vez estaban hechas de su cosmos.
—¡Listo! —celebró el santo de Erídano.
—Son parecidos —dijo Fang, viendo a los chamanes replegándose—. ¿No crees?
—¿A qué te refieres?
—Las criaturas que invocan. Son parecidas a un eidolon, como el Ra´s Al Ghul del subcomandante Zaon. Solo que no están hechos de cosmos.
—El principio es el mismo —dijo Noesis—. Puede que yo hablara de más. Puede.
Los santos de Erídano y Cerbero replicaron a la vez:
—¡Pues claro que hablas de más, céntrate en tu tarea!
Noesis sonrió. Claro que necesitaba centrarse, pero no podía dejar de hablar cuando el tema era justo el arte de invocar a espíritus de la naturaleza. Al fin y al cabo, incluso si Zaon había sido el primero en reproducir esa técnica, usando su propio cosmos en lugar de la fuerza espiritual de algún rincón del mundo, era Noesis quien plantó esa idea en los días en que fue reclutado por la división Dragón. Le interesaba sobremanera la magia que los chamanes dominaban, si bien solo había logrado aprender a lidiar con espíritus malignos antes de tener que realizar su cometido. En cualquier caso, él no tenía afinidad para los espíritus de ninguna clase, no le apreciaban, olían su pecado.
La batalla se retomó con una intensidad tremenda. Tras repeler a las doncellas y su viento helado, Aerys hubo de sostener una breve batalla con dos toros antropomorfos armados con enormes martillos. Por cada vez que aquellos acertaban en el santo de bronce, la plataforma entera temblaba y de las grietas salían lagartos con un carbúnculo en la cabeza, los cuales saltaban al campo de batalla formando barreras reflectantes allí donde les parecía. El Aliento del Sol Caído y la Triple Llamarada, al hacer contacto con tales escudos, invisibles a los sentidos convencionales, eran reflejados, provocando un caos terrible. La derrota habría sido total e inmediata si Fang, de sentidos refinados para el mundo espiritual, no hubiera estado allí para darle la vuelta a la situación.
Sus ojos habían estado atentos en todo momento, distinguían las almas de los chamanes, poseedoras de una gran resistencia espiritual, de aquellas que usaban como pólvora. Para ese momento comprendía a la perfección que esa estratagema, que obligaba a ambos santos a ponerse a la defensiva, impelía al mismo tiempo al clan a emplear solo una pequeña fuerza en primera línea de fuego. Temían aquellas explosiones. Concentrando su cosmos en las manos y la boca, decidió darlo todo a esa apuesta: apuntó a los escudos reflectantes, tan parecidos al Muro de Cristal, calculando de antemano de qué forma iban a ser reflejados. Las consecuencias no fueron previstas por los chamanes, sabían de antemano que no iban a sufrir ningún daño.
Entonces sucedió una brutal explosión que llenó el cielo entero. Toda aquella pólvora espiritual reunida estalló por la hábil ofensiva del santo de Cerbero.
El par de minotauros miró arriba, inquieto. Aerys no dudó un solo segundo en saltar sobre el más grande de ellos y molerlo a puñetazos. Para cuando el hermano pequeño, el más fuerte, quiso socorrer al mayor, ya era tarde, y Aerys intuyó que ninguna barrera protectora lo cubría. El Aliento del Sol Caído lo borró de la faz del mundo.
Los discípulos de Sneyder se miraron, sabiendo que no era tiempo de celebrar la victoria. Mientras Fang inició la caza de las lagartijas, que en vano trataban de esconderse en las grietas de la plataforma, Aerys empezó a concentrar los rescoldos de la enorme explosión en una sola esfera de poder. La Ascensión del Hijo Pródigo. No había nada que temer de aquella decisión, el santo de Erídano no solo se había fortalecido en la batalla previa a aquel viaje, sino que ahora medía mejor la cantidad de fuerza que podía dominar. En muy poco tiempo, reunió una pequeña estrella entre sus manos, de una densidad tremenda y un calor acaso tan grande como para descongelar a Cristal, o darles una buena lección a aquellos fantasmas mágicos.
No fue posible tomar la decisión. Incluso la caza de lagartijas de Fang hubo de detenerse cuando empezaron a oír un sonido del todo absurdo.
—¡Un tren! —exclamó Aerys, viendo que el fuego azul adoptaba las forma esperada de unas vías de hierro. Todavía no se veía el vehículo. Sin embargo, sí que se oía el sonido característico—. Bueno, no pasa nada, lo destruimos.
—¡Sirena! —dijo Fang, señalando el lado contrario. En efecto, una criatura mitad pez, mitad hermosa doncella, nadaba entre las llamas azules tal que fueran el mar que la vio nacer, mientras cantaba y acariciaba el arpa.
«Mis fuerzas —pensó Noesis—, se evaporan.»
La sirena cantaba para él. El eidolon de Salomón, el padre de Retsu, era para destruirlo todo. Fang y Aerys podrían vencerlo juntos, pero si lo hacían demasiado cerca de donde estaban daría igual: la explosión de los restos llenaría la Prisión Fantasmal de toda clase de enfermedades. Trató de advertirlos.
No pudo, la sirena lo había silenciado.
—Mira, ahí viene el tren —dijo Fang, señalando el infernal vehículo que venía a por ellos desde más allá de las llamas azules—. Me da mala espina.
—¿De qué hablas? Es un tren, chucho tricéfalo. Seguro que lo puedes moler a golpes. —Para Aerys, era más urgente ocuparse de la sirena cantarina. Le picaban los oídos de solo oír esa vocecilla—. Yo me ocupo de freír al pescado, mientras…
—Mejor al revés.
—¿Qué?
—Hazme caso. Destrúyelo. ¡Ya!
—Tú te disculparás con Cristal luego. Si vive.
De todas formas, según entendió más adelante, no era seguro que un millón de grados bastara para destruir el hielo creado por un santo de oro.
La Ascensión del Hijo Pródigo, un sol en miniatura, fue arrojada hacia el eidolon que venía hacia ellos. Era un tren antiguo, del siglo pasado, con el rostro de un demonio encabezando los diversos vagones cargados de malevolencia. Todo el humo que expulsaba en su avance hipersónico era más que tóxico; de estar atravesando una zona habitada, todos los que respiraran habrían visto acortadas sus vidas, reducidos a una existencia donde los cinco sentidos eran tan solo un recuerdo. En el momento antes del impacto, abrió una boca de dientes afilados, devorando la estrella que habían arrojado hacia él como si fuera una golosina. Tan solo duró tres segundos más. La explosión subsecuente lo aniquiló de adentro hacia afuera junto a las vías, consumiendo hasta el último átomo, tal y como cabía esperar de un auténtico santo de Atenea.
Aerys no podía saberlo, pero ni siquiera las enfermedades que cargaba aquel tren infernal llegaron hasta ellos gracias al tremendo poder que había desatado.
Mientras, Fang de Cerbero había logrado otra victoria aplastante, en más de un sentido. Siguiendo al pie de la letra la sugerencia de Aerys, había tratado de incinerar a la sirena con la Triple Llamarada, logrando apenas interrumpir la música. El eidolon irritado descendió a la plataforma y emitió un chillido tan, tan molesto, que la furia de Fang alcanzó un nuevo límite. La masa sanguinolenta en el suelo era prueba de ello.
—Bien, una criatura mitológica y un tren del siglo XX, ya no se puede poner peor.
Las palabras de Aerys por poco hicieron que los ojos de Fang se le salieran de las órbitas, pues justo en ese momento el clan de chamanes se había repuesto de la previa explosión, retomando la formación de un remolino compuesto por almas errantes. Habían perdido efectivos y armas de guerra, pero seguían siendo un enemigo terrible. Salomón y la hija de Xian habían separado del remolino de chamanes un grupo de tres magos que por alguna razón estaban sacrificando a todos los duendes de fuego, damas de hielo y viejos milenarios con todo y sus nubes de tormenta.
—Cierra la boca —pidió Fang.
En el lado de la plataforma que protegía el Ataúd de Hielo, justo frente a Noesis de Triángulo, apareció una doncella de blanca piel, hecha de nieve, ropas traslúcidas que ondeaban como el viento y cabellos azules que recordaban al hielo. La mitad del cuerpo se perdía en las llamas bajo la plataforma, pero eso no parecía afectarle lo más mínimo. Más allá de la ola congelada, bajo la cual los santos de Erídano y Cerbero se posicionaron, para proteger a su compañero, apareció de un lado un gran ogro de aspecto leonino y enormes cuernos retorcidos hacia su espalda, y del otro un colorido quetzal del mismo tamaño que los demás seres, cada uno comparable al de los grandes edificios de la Tierra, despidiendo multitud de rayos que se perdían por doquier.
—Vale, estamos atrapados, ya no se puede poner peor —dijo Aerys.
Miraba a Noesis de Triángulo, poderoso como nunca había sido, predispuesto a sacrificar su vida para detener a aquel enemigo que él había creado.
En los ojos del santo de Erídano quedó reflejado el Sumo Sacerdote del Santuario.
A diferencia de Aerys, que acaso lo confundiría con Kanon, y Fang, que una vez más le ordenaba callar, Noesis supo enseguida de quien se trataba.
—Nada de sellos —ordenó Saga de Géminis, tocándole el hombre.
En ese mismo instante, todo el cosmos reunido por Noesis se extinguió.
A sus pies, como compensación, apareció el tridente de Libra.
—El Viejo Maestro y yo no siempre concordamos —explicó Saga—. Pero sobre esto no hay duda ninguna, los chamanes poseen el poder para sumir el mundo en el caos. Debes destruirlos a todos, sin excepción.
Aquello no había sucedido así. Noesis, sin poder controlar a un eidolon como los demás, había adquirido la facultad de sellarlos y sopesó la idea de castrar a ese grupo enemigo, en sentido figurado. Pero el Sumo Sacerdote descartó esa opción, arguyendo que había demasiados espíritus en el mundo como para que ese tipo de solución bastara. ¡Incluso uno de ellos había creado un eidolon artificial, juntando seis espíritus entre los que se contaban el del fuego, el del metal y el de las enfermedades! Noesis decidió buscar consejo en el santo de Libra. La respuesta del Viejo Maestro fue tajante:
—Haz lo que te dicte tu corazón —dijo Dohko.
Eran tiempos turbulentos, demasiados elementos rebeldes en el Santuario. Lo que decidió Noesis en ese contexto fue que tenía que asegurar la paz en el mundo.
Con una sola arma de Libra, pudo dar muerte a quinientos chamanes.
Del mismo modo, con esa arma podía salvar a Cristal y a los demás, si la tomara.
«Si la tomo —pensó Noesis—, volveré a matarlos.»
Era ridículo si lo pensaba un momento, había decidido enfrentarlos y sabía en su fuero intento que no eran siquiera las almas de quienes mató. Sin embargo, poder arreglar las cosas de otro modo era algo que su corazón necesitaba.
Tal vez esa era razón de que los demás no pudieran destruirlos.
Los eidolones habían empezado su ataque. Mediante la Triple Llamarada, Fang pudo frenar la versión titánica del Polvo de Diamantes que les arrojó cual soplo glacial la Dama del Invierno. Pero el Ataúd de Hielo que les servía de barrera había empezado a sufrir el impacto constante de un sinfín de rayos, arrojados por el Rey de la Primavera, y los feroces puñetazos del Señor del Verano, el ogro de piel negra como el carbón que ostentaba la mayor potencia entre los tres entes.
—¿Sabes qué te digo? —dijo Aerys—. ¡Que se puede poner peor!
—¿¡No me digas!? —exclamó Fang.
Aerys señaló al cielo.
—Sí te digo, mira arriba.
—¡Como si tuviera tiempo de…!
Había obedecido antes de hablar, por puro instinto. Más allá de la trinidad de chamanes, una gran serpiente de mar con diversas alas surgiendo de su cuerpo giraba al mismo ritmo que el remolino de espíritus que lo impregnaba todo. La hija de Xian sonreía a la criatura, cuya boca era lo bastante grande como para tragarse la plataforma de una sentada. Salomón, al tiempo, alzó su puño y recitó un conjuro que nadie pudo oír, pero que temieron todos los que tuvieron la desdicha de verle mover los labios.
El anillo que ostentaba en el dedo corazón se agrietó siguiendo el compás del hechizo, terminando por estallar en una nube de pedazos imperceptibles. Tales restos volaron más allá de donde estaba Xian, invocando la más densa oscuridad.
Algo empezó a descender de las tinieblas recién formadas, generando un sonido semejante a aceite derramándose mientras el cuerpo, humanoide, iba manifestándose a la vista de todos. La criatura era de piel roja, con un exosqueleto negro, como el de un insecto, a modo de armadura. Tan pronto el rostro quedó a la vista, siendo idéntico al de un diablo salido de las leyendas cristianas, aquel eidolon desplegó alas de murciélago y agitó la afilada cola que surgía de su columna, rasgando el aire. Era, en verdad, un demonio capaz de traer terror al alma de los hombres con solo ser contemplado. El propio Fang quedó paralizando, viendo con impotencia cómo los lagartos supervivientes se posaban en los hombros de los más poderosos chamanes, para que nada los alcanzara, o más bien, para que la destrucción que estaba por conjurarse solo rebotara.
Pues el diabólico eidolon, presagio del fin de los tiempos, alzó las garras de la regia mano derecha hacia la oscuridad, que goteó entera antes de dispersarse y revelar lo que tanta pompa escondía: la visión de un cielo estrellado, que una lluvia de meteoritos cruzaba a toda velocidad. Además de numerosos, cada uno era lo bastante grande como para aniquilar por sí solo la plataforma con todos los allí reunidos. En comparación, el resto de criaturas, hasta las que los rodeaban, eran solo un aperitivo.
—Aniquílalos —ordenó Salomón—, Príncipe del Otoño.
El diablo hizo descender el brazo y los meteoritos aceleraron aún más, mientras que los chamanes ensanchaban el círculo. Solo Xian, su hija y el propio Salomón permanecieron donde estaban, seguros de que nada los alcanzaría.
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Ícaro de Sagitario Negro, vencedor de sus propios deseos mundanos, se veía una vez más en una encrucijada. En el pasado, sabía, hubo hombres que debieron escoger entre seguir a su padre, o a su madre; a él se le presentaba esa elección después de haberla hecho, en un punto en que ya no tenía sentido siquiera considerarlo.
Por la causa, por el plan de Gestahl Noah, él se había quedado en la Tierra, dejando que su propia madre, al borde de la muerte, se uniera a los argonautas.
—¿Vas a compadecerme? —preguntó Hipólita.
—No —dijo Ícaro, viendo el ceño fruncido de aquella criatura hecha de la sangre derramada por Hybris. A ese ser fruto de sus propios logros—. Tú no eres alguien que necesite la compasión de nadie, eres una guerrera, de la cabeza a los pies.
Hipólita asintió, tranquilizándose.
—Entonces, ¿lo aceptas?
—Sí, yo te abandoné. Yo no soy un buen hombre.
—Claro que no, ningún caballero negro podría ser un buen hombre —dijo Hipólita.
—Eso es —admitió Ícaro, relajándose. Como el condenado a muerte, dejaba su cuerpo al alcance del verdugo—. Para matar a todos aquellos que hacían el mal en la Tierra, nosotros teníamos que convertirnos en el mal.
—Es por eso que…
—Es por eso que…
Hipólita esperaba las palabras mágicas. El monstruo aceptando ser un monstruo. Tal vez, después, pudiera descender al Hades, allá donde los violentos ardían por la eternidad. Sin embargo, de pronto fue incapaz de hablar y de moverse.
También la criatura hecha de sangre calló. En realidad, ya no estaba formada por tal líquido vital, sino que manteniendo la silueta humanoide pasó a representar primero una gran oscuridad y después un espacio brillante, lleno de estrellas. Más adelante, las galaxias, en aquel movimiento eterno y prefijado que era indiferente a cualesquiera historias que sucedieran en los mundos que albergaban. La imagen se amplió todavía más, revelando tantos cúmulos galácticos que la Vía Láctea era ya imperceptible, hasta que Ícaro pudo ver, de una sola vez, el universo entero y comprender lo diminuto que era. Tan grande era la fuerza que ante él se estaba manifestando, un cosmos tan vasto que bien podría albergar todo cuanto veía. Sintió ganas de vomitar.
—Dime —dijo una voz ominosa, emergiendo desde muy lejos, hasta el punto de perder claridad—, ¿no estabas haciendo algo?
—¿Eh? —Ícaro no podía entender que un ser tan poderoso se fijara en él. Por encima de los santos de oro, superior a los héroes legendarios con los que Hybris evitaba cualquier conflicto. Un ser divino, sin duda alguna. Uno auténtico, no como las nereidas de cabello azul; estas tenían una energía cósmica privilegiada respecto al común de los guerreros sagrados, pero nada en comparación a eso—. Yo… estaba… vigilando… —Se llevó las manos a la cabeza, tratando de recordar. Se dio cuenta de que le dolía horrores—. Lesath de Orión. Rin de Caballo Menor. Ethel. ¡Mi hermana!
La deidad asintió, conforme. Ante semejante gesto, la puerta tras Ícaro no pudo sino abrirse de inmediato, revelando un nuevo episodio de locura.
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La lucha que ahora Rin sostenía era mental, idéntica a aquella que libró mientras dormía, a la vez que diferente. El cosmos de la santa de Caballo Menor permanecía estático, como agua estancada. Si no se volvía más fuerte, no había manera de que pudiera derrotar a aquel nuevo enemigo que la mantenía contra el techo.
«¿Quién puede ser? —se preguntó Rin.»
No podía ser una cualquiera si Lesath no desprendía ninguna clase de agresividad hacia ella. Tan inofensivo se había vuelto, que el enemigo ya no se molestaba en ejercer sobre él ninguna clase de control, dejando que se moviera con total libertad.
—Ethel de Hércules —se presentó la enmascarada—. No te molestes, no estoy controlando tu cuerpo, sino tu mente. Estoy en tu mente, de hecho.
—¿Qué significa eso, Lesath? —preguntó Rin, resistiéndose de todas formas.
Pasado el impulso de adrenalina, el dolor del esfuerzo realizado le recorrió todo el cuerpo. Gritó para confrontarlo mientras pensaba alguna clase de solución.
—Ella es Ethel —respondió Lesath—. Parte del futuro que pudo ser, si yo…
—Sientes culpa —asintió Ethel—. Remordimientos.
—Pensaba que todo habría valido la pena si… —Viendo de reojo a la santa de Caballo Menor, Lesath sacudió la cabeza—. ¿Qué importa? No ocurrió. En mi mundo, la Suma Sacerdotisa está muerta, ¿qué importancia tiene lo que pase en otros?
—Dímelo tú —pidió Ethel. Frente a Rin, que no dejaba de luchar, perdiendo sangre, a ella no parecía costarle nada mantenerla quieta—. Nací de tu alma.
Por cada paso que la santa de Hércules daba hacia él, Lesath retrocedía.
—Puede que le haya dado muchas vueltas a lo que pudo ser.
—¿Puede?
—Lo he hecho —admitió Lesath, ya contra la pared—. ¿Y por qué no?
—Porque eres un santo de Atenea —dijo de Ethel—. ¿Qué será de tu mundo si quienes lo defienden viven aferrándose al pasado?
Ante aquella pregunta, con la que Rin comulgaba, Lesath esbozó una sonrisa.
—Yo creo que unas reliquias como nosotros no podríamos hacer otra cosa que esto.
—¿Así que te ves a ti mismo como eso, una reliquia?
—¡Señor Lesath, no tiene que responder a eso! —gritó Rin. Al menos eso sí se lo permitía—. ¡Luche! ¡Ella no es Ethel! —Incluso si no podía asegurar tal cosa, necesitaba que alguien distrajera a aquella talentosa psíquica. Ya había descartado tratar de liberarse con una gran explosión de poder en el momento oportuno, optando por concentrarse en su cosmos tal y como le habían enseñado en el entrenamiento. Si había alguien dentro de ella, lo expulsaría—. ¡Luche de una vez! ¿O es que no es más que un anciano que se duerme en el trabajo y al que hay que llevar a la cama a cuestas?
Le pareció que aquel insulto enojaría a Lesath, pero este se limitó a encogerse hombros.
—Más que viejos y jóvenes, somos la vejez en sí. Dioses, mantos sagrados, Guerras Santas… ¿A quién le importa todo eso hoy en día? Existimos justo gracias a aquello que juramos combatir. Somos parásitos de una historia milenaria que habla de genocidios enmascarados de juicio divino. Nos escandalizamos de los crímenes de Hybris, maldecimos cada que un dios baja a la Tierra a aniquilarnos, pero no cambiamos ni un ápice, ni ayudamos a que el mundo cambie. Un cambio nos destruiría a todos. Hombres, dioses y santos. ¿Cuál sería el lugar de cada uno si no existiesen el pecado y el castigo? ¡Sí, desde el día en que vestí este manto sagrado he sido un anciano consciente de ello, hasta que me permití soñar con ese cambio que todos tenemos! ¿Lo comprendes? ¡Me permití soñar con un mañana que he visto hecho pedazos! ¡De ahí has nacido tú!
Al principio se había dirigido a Rin con una brutal indiferencia que interrumpió cualquier plan que pensara llevar a cabo, sin embargo, al final había aumentado en intensidad, señalando a la supuesta Ethel, que solo ladeó la cabeza.
—Así que he nacido de un sueño tuyo.
—Dicho así, suena horrible. Olvídalo.
—¿Fue antes, o después de quedarte dormido en el trabajo?
—Déjalo, no vas a conseguir que…
Pero algo golpeó a Lesath a medio discurso, estampándolo contra la pared. Rin pudo verlo un momento antes de que, como por arte de magia, desapareciera el control que el enemigo ejercía sobre ella. Era un coloso color rosado, humanoide, con una piel de león cubriéndole la cabeza, los anchos hombros y la espalda. De cintura para arriba no tenía ninguna otra prenda, quedando reflejado un cuerpo musculoso y grueso que resistió sin la menor agitación el contraataque de Lesath, un veloz placaje en que usó todo su cuerpo. El más desigual de los combates inició entonces, siendo el santo de Orión proyectado contra todos los rincones del cuarto, una y otra vez.
—Es mi eidolon —explicó Ethel, esquivando sin dificultad los mil puñetazos que Rin le arrojó en un solo segundo—. Una técnica inventada por Zaon de Perseo, aunque es más correcto decir copiada del arte de invocación de los antiguos chamanes. —Diez mil puñetazos de la santa de Caballo Menor pasaron por diez mil posiciones del ser, sin alcanzarla una sola vez—. Se invoca a un espíritu de la naturaleza y se le pide que luche en nombre del invocador. La diferencia con el eidolon de un santo de Atenea es que los nuestros no son criaturas de naturaleza mágica, sino cósmica. Son una esquirla del espíritu dormido en las constelaciones que nos guardan y no tienen nuestras limitaciones como mortales. Heracles puede moverse a la velocidad de la luz.
Rin podía creérselo, y a la vez no, porque solo golpes con esa magnitud podrían reducir al antiguo subcomandante de la división Fénix a un simple saco de boxeo, pero durante la guerra entre vivos y muertos había visto lo que un impacto a la velocidad de la luz hacía con un manto de plata. ¿Tanto había mejorado Orión con su resurrección?
—¡Ya te tengo! —exclamó Lesath, dando un salto hacia el enemigo, el cual solo lo esquivó para encajarle un rodillazo en la espalda.
Como otras veces, Lesath fue proyectado contra el maltratado techo, pero hubo una diferencia a medio camino. Él giró sobre sí mismo, con la pierna impregnada de un calor tremendo. Heracles, en posición de ataque todavía, recibió la inesperada contraofensiva en todo el cráneo, quedando de rodillas por unos segundos. La cabeza del eidolon había perdido un tercio de su masa, aunque eso no parecía afectarle.
—Si coordinas bien los tiempos, puedes superar una diferencia de velocidad limitándote al contraataque —murmuró Ethel, como hablando para sí misma—. ¿Harás tú igual?
La miraba a ella, quien había alcanzado una rapidez que no podía seguir, a costa de su salud. Rin sentía poder dar cien mil puñetazos en un solo segundo, pero eso no sería suficiente. Los esquivaría todos. Necesitaba esa velocidad que se acercaba a la de la luz, así fuera una centésima. Se preparó para ello, alzando la guardia.
Más allá, recibiendo otros diez envites en busca de la oportunidad de un nuevo contraataque, Lesath le sonrió. Fue una sonrisa triste, sin alegría.
Conforme el cosmos de la santa de Caballo Menor crecía, las heridas empezaron a arderle, sobre todo las internas. Los huesos le temblaban, los músculos se tensaron hasta el punto de rotura. Estaba poniendo su vida en riesgo, pero al no poseer ningún manto sagrado, no podía arriesgarse a una batalla de desgaste. Necesitaba velocidad y potencia. Un golpe decisivo, solo necesitaba eso. La distracción por la que había orado antes, esa supuesta Ethel se la había concedido: Heracles le exigía cierto grado de concentración, impidiéndole al menos controlarla.
La técnica característica del tío Seiya, heredada de la subcomandante Marin. Rin había reunido suficiente poder como para que ambos se sintieran orgullosos y lo apostó todo a una sola carta, complaciéndole de ver cómo el enemigo iba retrocediendo, dolorida.
—Manto de Deyanira —susurró Ethel, recubriéndose al punto de un líquido azul oscuro que absorbía todos y cada uno de los golpes, anulando cualquier daño.
Un millón de veces acertó el Puño Meteórico en el blanco, sin hacerlo caer. Rin, horrorizada, abrió la boca para decir algo y vomitó sangre.
Mientras caía, la santa de Caballo Menor sintió que todo su cuerpo se rompía.
Por alguna razón, a pesar del intenso dolor que sintió entonces, al instante siguiente lo veía todo con mayor claridad. Veía la lucha entre Heracles y Lesath, sentía la preocupación del santo de Orión por ella. Degustaba y olía la vida por ella derramada en vano, provocándole el deseo de volver a levantarse. Apoyó las manos sobre la madera, resbalando primero y chocando de lado. Lo intentó de nuevo; esta vez pudo apoyarse. Luego las rodillas. ¡Cuánto le dolían! Aquellas piernas flacuchas suyas eran el mayor peso que jamás había levantado, pudo erguir el resto de su cuerpo, pero no ponerse de pie. Eso era imposible, había perdido demasiada sangre.
—¡Y un cuerno! —gritó la santa de Caballo Menor—. Ayúdame, cosmos.
Con esa plegaria saliendo de sus labios, logró alzarse, poco a poco. Solo entonces se dio cuenta de que Ethel ya no les prestaba atención ni a ella, ni a Lesath.
Miraba a la puerta, que poco después se abrió para dar paso al más fuerte de los caballeros negros. Todos, salvo Heracles, giraron la cabeza hacia allí, de modo que Lesath recibió un gancho directo.
—Quieto —ordenó Ethel, tratando de paralizar al recién llegado.
—Séptimo Sentido —replicó Ícaro, tras un momento inicial de horror—. Mente, cuerpo y espíritu reforzados. Controlarme no te resultará fácil.
Incluso Rin comprendió que el poder mental del enemigo había sido rechazado.
La psíquica no volvió a decir nada. En lugar de eso, arrojó sobre el caballero negro todo el poder de su mente con el propósito de picarlo de cintura para arriba. Solo logró desgarrar las ropas, quedando a la vista un cuerpo con marcas no muy dignas.
—¿Eso es un mordisco? —preguntó Rin, perpleja.
En lugar de responder, Ícaro cruzó el camarote a una velocidad increíble. La supuesta Ethel no lo pudo alcanzar, lo que solo dejaba lugar a una posibilidad.
«¡Velocidad de la luz! —pensó Rin, tambaleándose—. ¡No, debo ver esto!»
Pero había poco que ver. Como una red de luces oscuras, Ícaro descendió sobre Heracles, despedazándolo con el Plasma Oscuro. Los restos del eidolon quedaron reducidos a partículas de luz rosada, mientras que Lesath, que se había arrojado hacia él, recibió el último de los cien millones de puñetazos descargados por Ícaro.
La única pieza que sobrevivía del camarote, la cama, se partió en dos bajo el peso del santo de Orión, quien tardó un rato en levantarse.
—¿¡Y esto!? —exclamó Lesath, limpiándose la sangre que le bajaba de la nariz.
—Convertir a un ser puro como mi hermana en nuestro enemigo… —gruñó Ícaro, dándole la espalda—. Tienes el alma podrida, viejo verde.
—¡Pues si te molesta este viejo, lárgate, jovencito, esta es mi lucha!
—Deja de bromear, Lesath, tú ni siquiera te atreves a golpearla.
—Llévatela con Minwu —dijo Ícaro, mirando con fijeza a Ethel, a cuyo cuerpo habían ido a parar las partículas rosadas—. Si no, morirá. Llévatela. Aquí estorbas.
Pese a la dureza de las palabras, Lesath no reaccionó con furia, sino que miró de inmediato a Rin y el charco de sangre que había bajo sus pies. Tras asentir, se levantó y se acercó a la santa de bronce, soltando algún quejido sobre su espalda.
—Vámonos —dijo Lesath—. Esto es cosa de hermanos.
—¿Crees que voy a dejarlos ir? —preguntó Ethel, cerrando la puerta con el poder de su mente—. Estoy aquí porque él busca que lo mate. Eres tú el que está de más, hermanito, siempre estuviste de más en el corazón de nuestra madre.
—Basta de padres y madres —replicó Ícaro, apuntando con el dedo la puerta. Esta estalló en mil pedazos, merced de una mera onda de choque—. Como dijo el viejo, esto es entre tú y yo, porque yo siempre quise conocerte, hermana. —Solo al final, el caballero negro suavizó el rostro. Estaba sereno, seguro de sí mismo.
Aprovechando la salida improvisada, Lesath tendió la mano a Rin, animándola a irse.
—Si ya sé que soy viejo, pero no tengo nada de verde. Plateado, soy el señor plateado.
—Lo sé.
«Eres un buenazo.»
Tal y como estaba, Rin habría podido caerse de bruces, así que agradeció que Lesath actuara como apoyo. ¿Cuánta sangre habría perdido? Solo el cosmos la mantenía en pie y se extinguiría pronto, ahora que no tenía que librar ninguna batalla.
—Siento que debí aprender alguna moraleja.
«¿Qué tal pensar que por pequeños que seamos ahora, en el futuro seremos grandes leyendas que las nuevas generaciones usarán como ejemplo.»
Quería decir algunas cosas, pero cada que abría la boca, solo tosía sangre, a lo que Lesath le palmeaba la espalda. Al menos para sí misma, Rin admitió que la máscara era ahora mismo como un dolor de muelas.
—Paso a paso.
Lesath no dejaba de mirar atrás, cosa inútil. Ethel, que había perdido a Heracles en un mero parpadeo, tenía miedo de su hermano. Sabía que era alguien capaz de vencerla.
O, mejor dicho, Lesath era incapaz de concebir un santo de plata con Séptimo Sentido.
«Demos gracias a los dioses por los tradicionalistas.»
Al fin atravesaron la entrada. El pasillo también tenía mucha sangre.
Rin cerró los ojos, aliviada. Que la llevaran en brazos. Ya le daba igual.
—¡Joder! —gritó Lesath—. ¡Si es Hipólita!
Notas del autor:
Shadir. La culpa es un terrible enemigo. Si la víctima tiene conciencia, puede aplastar desde a simples soldados hasta los líderes de las naciones.
Al fin y al cabo, los mantos de los santos se guardan en Cajas de Pandora.
Para la batalla que se avecina, no podíamos esperar menos.
