Capítulo 229. A través de los siglos

El viaje a través del universo se iba a realizar a través de una serie de túneles de gusano, bien situados en galaxias libres de la influencia del Rey Durmiente. Aun así, cubrir miles de millones de años luz de distancia era toda una odisea, conllevando el equivalente a media vida para los terrestres si se consideraban ida y vuelta; de esa forma lo explicaron los mondoshawan mientras la nave aún seguía en órbita. Los terrestres, empero, no reaccionaron con espanto, ni inquietud, lo que era una prueba más de que hubo otro factor más allá del azar para escogerlos. Los guerreros sagrados y los soldados de la Guardia de Acero eran una cosa, la mayoría eran célibes y los que habían formado una familia lo hicieron a sabiendas de que un día el Santuario tendría que participar de la guerra más allá de las estrellas. De un modo similar, y al tiempo distinto, los atlantes entregarían la vida por el bien del mundo sin cuestionar al dios que veneraban desde antiguo. Los civiles, en cambio, y los guerreros azules, tenían una vida a la que con sorprendente resolución renunciaron sin emitir queja alguna. Era como si esos quinientos héroes hubiesen sido escogidos por el destino, aunque en realidad, lo que estuvo detrás fue la mano de un dios y la representante de una diosa.

Con tal de no reflexionar sobre esos asuntos, el Viejo Juez aceptó ser conducido junto a los cuatrocientos noventa y nueve Escogidos y Vito Cornelius hacia las cámaras de estasis. Allí, todos pasarían medio siglo con el tiempo detenido. No necesitarían comer, ni dormir, ni tampoco envejecerían. A él no le hacía falta, llevaba siglos viviendo a cien mil latidos por cada año, en lugar de cada día, no obstante, quería paz. Se despidió de Shaula de Escorpio, la única que compartiría décadas de interesantes conversaciones con los doce mil mondoshawan que hacían funcionar la nave, grande como una montaña, y entró en un sueño sin sueños. Veinticinco años se comprimirían en un mero instante. Un instante de felicidad en medio de una eternidad de preocupaciones, que iba a distorsionar el modo en que observaba el mundo en derredor para siempre.

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La Cuna era un mundo extraño. Para empezar, plano, un continente flotando en el interior de un planeta hueco. Después estaba la paradoja de que aunque sus lunas y la propia tierra eran obra de las máquinas que lo habitaban, el lugar existía para producir formas de vida en masa que luego se introducirían en planetas distantes. La materia empleada para la creación de la vida eran los cristales que brotaban de la tierra como colinas, montes y montañas, resultado de la solidificación de la energía mágica de espíritus dormidos. Resultaba fascinante pasear entre tanta maravilla que aun los meros soldados veían con asombro. Pero fueron los civiles los que dieron la sorpresa, al revelarse que muchos de ellos poseían los conocimientos técnicos para aprehender mucho sobre esa visita. Si aquellos ochenta y un hombres comunes volvían a la Tierra, las cosas iban a cambiar mucho en esa otra cuna, la de la humanidad.

No existía diferencia entre las ciudades del Arca, una de las lunas artificiales, y una fábrica humana, más allá de que el tamaño estaba fuera de toda proporción incluso para los hombres del siglo XXIII. La población era un 99% autómata, carente de las necesidades de la vida orgánica y aun las de la vida consciente, en tanto fueron programados para el trabajo. El entretenimiento estaba lejos de ser una prioridad, de hecho, salvo los estudiosos de la segunda luna, Academia, que recopilaba todo el conocimiento adquirido a través del tiempo, nadie habría sabido decir qué era eso. Con la llegada de los terrestres eso cambió. La voz de Plavalaguna, la naturaleza apasionada de Shaula que el tiempo aún no había logrado templar, la ingenuidad de Makoto, la extravagancia de Ruby Rhod, la violenta actitud de Korben Dallas y el sincero amor por la vida de Vito Cornelius. Todas las emociones humanas llegaron al Arca y se apoderaron de ella, como un virus, en opinión de los encargados de seguridad, también autómatas. Los mondoshawan, que aun extrañando su ciudad decidieron cuidar de los terrestres y Atenea hasta el fin de la guerra, observaron con acierto frente al líder del Arca, un autómata de clase Deus que respondía al nombre de Asclepio, que el recelo que sentía el Director de Seguridad, Galenth Dysley, era también una emoción humana.

—¿Cuándo veremos a Atenea? —preguntó Shaula, con los brazos en jarras, después de pasar un mes deambulando de ciudad en ciudad, poniéndolo todo patas arriba. Los demás enviados, incluyendo al Viejo Juez, lo agradecieron. Ninguno se atrevía a apresurar a esa gente siendo completos extraños en un mundo tan distante. Y entre la música de Ruby Rhod, que solo unos pocos no apreciaban, y todas las cosas increíbles que veían a diario, resultaba imposible no distraerse.

—Terrestres —explicó el mondoshawan que siempre los acompañaba, doquiera que se hospedaran. Galenth Dysley, siempre vigilante, torció el gesto y asintió. No parecía necesitar mayor explicación para una actitud tan hostil.

Si bien la diosa había encarnado más allá de las estrellas que alumbraban la Tierra por primera vez en miles de años, lo había hecho de nuevo como humana. Para ese momento, era una muchacha de veintidós años, de complexión delgada, mirada ágil y expresión inocente. Ni siquiera el particular tono anaranjado del pelo produjo la sensación en los terrestres de estar ante una deidad: uno de los escogidos de la Guardia de Acero tenía el cabello dispuesto en siete trenzas que aludían al arco iris; no se las había pintado, había acudido a un laboratorio a que le alteraran los genes para que el pelo le saliese con esos colores. En todo caso, los santos, guerreros azules y atlantes dieron fe de que estaban ante una deidad, pues el aura que manaba de Leeloo, la reencarnación de Atenea, era tan vasta como para empequeñecer a los miembros más fuertes de la embajada. El Viejo Juez y Shaula de Escorpio eran como dos hogueras frente al Sol, mientras que Ruby Rhod era tan solo la pálida luz de una vela.

Ella residía en Pequeño Edén, un jardín que creó por sí misma inspirada en las experiencias que tuvo en la tercera luna, Edén, donde la vida no era solo producida para ser enviada a otros mundos, sino para ser observada. Sobre plantas, no había nadie que le ganase, aun los expertos en la materia entre los escogidos terrestres se quedaban boquiabiertos al escuchar sus métodos y tomaban apuntes de forma frenética. En cuanto al resto, como bien observó Vito Cornelius más de una vez, diosa o no, seguía siendo una humana rodeada de máquinas. Todo el conocimiento que le hubiesen ofrendado en Academia y todas las experiencias que vivió en Edén eran tan artificiales como la Cuna en sí misma. Necesitaba contacto humano. Lo que varios, como Ruby Rhod, interpretaban como una bondadosa inocencia propia de una diosa, el bibliotecario lo definía como una forma de vida salvaje que ni siquiera habría imaginado posible.

—Es una diosa, Cornelius —le increpó Diva—. Lo siento, posee un cosmos más grande que el de los santos de oro y generales marinos, sin una pizca de maldad.

—Lo es, sí, nunca he querido discutir que lo sea —replicó Vito.

—Entonces, deja de decir por ahí que te recuerda al Libro de la Selva.

—¿Alguna vez has leído ese libro? Te lo recomiendo, es muy interesante.

En realidad, Vito Cornelius no habría visto ningún problema en la personalidad de Leeloo de haber sido, en verdad, fruto de la pureza de quien creció lejos de los convencionalismos sociales. Pero era un hombre atento. Donde otros celebraban la maravilla, él buscaba la esencia. Con el corazón, no con la razón.

—La pureza de Leeloo es tan fría como este mundo —lamentó Vito.

—Es nuestra diosa —dijo Shaula, sin saber bien por qué el bibliotecario se dirigía a ella y no a alguno de los soldados cabeza hueca—. No podemos enseñarle.

El Viejo Juez, que todo lo observaba, se guardó de decir que era justo lo contrario. A lo largo de la historia del Santuario, Atenea encarnaba como humana y crecía como tal. Si existía la figura del Sumo Sacerdote, era no solo para que alguien la representara en períodos de entreguerras, sino para que a las puertas de la Guerra Santa, cada encarnación de la diosa de la guerra y la sabiduría tuviese quien la guiara. No dijo nada porque quería ver hacia dónde llegaba esta situación. Los santos de Atenea la veneraban, los de la Guardia de Acero la adoraban y temían, los atlantes estaban demasiado acostumbrados a obedecer los dictámenes de Poseidón como para ponerse a la altura de una diosa que ya ni siquiera consideraban una enemiga. ¿Cómo se acercaría la humanidad al ser divino al que por tanto tiempo había esperado?

—Eso es fácil —dijo Makoto cuando Vito Cornelius le preguntó—. Una fiesta.

—¿Con gas somnífero? —preguntó Zalera, sonriendo con picardía.

—Sin gas somnífero —replicó Makoto, ceñudo. No hacía mucho, el asistente de la Suma Sacerdotisa le había resuelto los problemas de insomnio que aquejaba con aquel método extravagante. Los había resuelto, porque ni siquiera sugirió que fuera a dormirlo con gas, mucho menos pidió permiso, lo durmió usando una receta familiar y ya. Día tras día, a lo largo de toda una semana. Lo cierto era que dio resultado.

—Una fiesta sería buena idea —aprobó Vito Cornelius.

En el Pequeño Edén cabían los quinientos terrestres a la perfección, e incluso doce mondoshawan y el propio Galenth Dysley se sumaron, cada uno por sus propias razones. Leeloo los recibió a todos con una sonrisa, explicando a quien quisiera oírle las particularidades de cada planta, flor y árbol del jardín. Cuando salió a colación que la música favorecía el crecimiento de las plantas, Ruby Rhod empezó a dar una tonada tras otra que hechizó los corazones de los más violentos. Dos terceras partes del grupo terrestre eran soldados y llevaban tres meses sin luchar aunque fueron mandados para eso. Bailaron y rieron, todos ellos. Incluso Leeloo lo hizo, aprendiendo una danza del pueblo de las ninfas junto a nadie menos que Shaula de Escorpio.

Algunos no pudieron dejarse llevar por la fiesta. Korben Dallas, por ejemplo, se alejó lo bastante como para que no se oyera la música y alzó la vista a aquel cielo extraño. Él era consciente de que no habían pasado tres meses, sino trescientos tres.

—¿Aburrido? —dijo Leeloo, apareciendo a su diestra.

—¿Eh? —A Korben no le sorprendía mucha gente. El entrenamiento militar le había ayudado cuando trabajó de taxista, antes de que el presidente de la Fundación Graad descubriese que tener un chófer que hiciera también de guardaespaldas era una ganga. Ahora, aquella chiquilla aparecía a su lado y él ni se enteraba—. Me estoy haciendo viejo —rio, llevándose la mano a la nuca—. Muy viejo.

—Tienes cuarenta y dos años —replicó Leeloo—. Los terrestres viven cien.

—Los hay que viven más —dijo Korben, arrepintiéndose pronto de ello. No debía airear sus problemas con la Suma Sacerdotisa en ese viaje. ¿Quién era él, de todos modos, para dudar de que una persona pudiese liderar el Santuario a través de tantos siglos sin equivocarse ni una sola vez? Según decía su maestro, más de treinta años atrás, lo normal era que el Sumo Sacerdote tuviera la sabiduría de un par de centurias—. ¿Querías algo? —le preguntó a Leeloo, quien lo miraba con curiosidad.

La deidad miró hacia atrás, como si pudiera oír los festejos, después le preguntó:

—¿No te gustan las fiestas?

—Esta fiesta no. El cantante es un pesado, no se callaría ni debajo del agua. Los que dicen que tiene la voz de un ángel nunca han escuchado a un locutor de radio. Lo callaría yo, encantado, si no fuera porque me rompería el puño tan pronto le diera un golpe. ¿Es irónico, no? Unos nos matamos entrenando para proteger al mundo y las personas que queremos y solo logramos ser decentes. Otros nacen sin más con el poder para destruir las estrellas. A veces me pregunto…

¿Habría abandonado el Santuario si hubiese ganado el manto de Hércules, maldito desde hacía siglos? Fue parte de la Guardia de Acero durante bastante tiempo después de ese fracaso, del que Garland de Tauro nunca lo culpó. Aun así, a veces dudaba.

—¿Qué te preguntas? —dijo Leeloo.

A Korben Dallas le gustó pensar que él era más interesante que la fiesta.

—Si de verdad eres la diosa Atenea. ¿Lo eres?

No pudo evitar sonreír mientras preguntaba. Sin duda, estaba blasfemando.

—Soy la diosa de la victoria —dijo Leeloo.

—Claro —entendió Korben—. La diosa que traerá la victoria contra el mal supremo de más allá del universo. Vale, te creo.

—¿Y tú? ¿Quién eres? —preguntó Leeloo.

—¿Puedes conocer mi edad con solo mirarme y no conoces mi nombre? —se sorprendió Korben—. Vale, el nombre no está en el ADN. —Le tendió la mano—. Soy Korben Dallas, miembro de la Guardia de Acero —mintió, sintiendo que solo por hacerlo podía ser sincero—, he venido desde la Tierra a protegerte. —Como otros quinientos hombres, entre eruditos, veteranos y semidioses, pero eso eran detalles.

La diosa le tomó la mano. Puso mucho cuidado, pero aun así le hizo crujir los nudillos, lo que dio cierto peso a lo que dijo a continuación:

—Yo soy la diosa de la victoria. Yo te protegeré a ti.

Ambos rieron, cada uno por sus propias razones.

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—Ella no es Atenea —declaró Vito Cornelius, en un lugar apartado, donde se había reunido con el Viejo Juez. El bibliotecario de Bluegrad era un hombre listo. Tras tantear a todos los terrestres, mondoshawan y autómatas, pudo definir quién era el único con el que podía tener tan herética conversación—. Leeloo es una diosa, pero no Atenea.

—Los mondoshawan piensan que lo es —dijo el Viejo Juez, sorprendido de que tuvieran esa charla a la vez que un tal Korben Dallas rompía el hielo con la diosa.

—Los mondoshawan conocen el idioma de la Tierra según el estudio que el Gran Espíritu Lindzei hizo de nuestro planeta hace más de doscientos años. Piensan que Atenea es la diosa de la victoria por un malentendido.

—Eran conscientes de que donde estuviera Niké, renacería Atenea.

—Otro malentendido —insistió Vito Cornelius—. Es al revés: Niké está allá donde renazca Atenea. Niké es una diosa, no solo un báculo mágico.

—Sabes mucho de dioses —dijo el Viejo Juez—, ¿no eres astrólogo?

—Mi vocación es la teología —se explicó Vito Cornelius—. Qué son los dioses y cuál es su papel en el mundo son las preguntas que me inquietaron desde que era un niño. Todo lo que se ha recopilado sobre los dioses en la Ciudad Azul, ya lo recitaba de memoria cuando era un adolescente. Después empecé a buscar por todo el mundo. Cada nuevo descubrimiento me animaba a seguir. Los dioses son seres fascinantes, en verdad, muy distintos a nosotros los humanos, y a pesar de eso, la raza humana tiene más similitudes con ellos que con los animales a partir de los cuales evolucionamos. Amor, compasión, ira, rencor… La forma en que exteriorizamos los sentimientos es una imperfecta manifestación de la voluntad de los dioses, pura y brutal como lo es la naturaleza. Por eso insisto tanto a la Suma Sacerdotisa que no busque el triunfo del bien a través de la aniquilación de todo lo que parece malo, porque hay belleza en la debilidad —aseveró Vito Cornelius, vehemente. Al Viejo Juez no le extrañaba que Jean Baptiste Emmanuel Seisser y ese hombre hubiesen tenido tantas charlas siendo sus oficios y objetivos en la vida tan dispares. Hubo de recordarse, empero, que la última reunión, en torno a un vaso de cristal y las bondades de la destrucción, acabó mal.

A él le gustaba pensar en Leeloo como Atenea. Era justo la diosa que la Tierra necesitaba, que la Suma Sacerdotisa necesitaba, para que dejara de pensar que el mundo entero dependía de sus desvelos y pudiese descansar. Verla reír con aquel chófer le daba buenas vibraciones, por lo que consideró prudente atajar las dudas del bibliotecario.

—¿Por qué dudas que ella sea Atenea? —quiso saber el Viejo Juez.

—Porque Atenea estaba en la Tierra en 2017 —dijo Vito Cornelius—. El Señor del Invierno me permitió leer un extracto del contacto que hubo entre humanos y mondoshawan en cuanto supo mis pesquisas. Porque recordaba, a pesar de los siglos.

—También yo recuerdo esa declaración —adujo el Viejo Juez. No podía ser de otra forma. Vio cómo su hermana se desgastaba buscando a Atenea, temiendo que llegara otra Guerra Santa para arrasar un mundo que apenas se recuperaba a los últimos conflictos y desastres—. Nunca la encontramos. Ni en la tierra, ni en el mar.

Antes de responder, el bibliotecario esbozó una sonrisa comprensiva.

—Pues claro que no la encontrasteis, porque ya la habíais hallado.

—¿Qué quieres decir?

¿Qué pesquisas pudo haber traído ese hombre a Alexer, Señor del Invierno?

—La diosa de la guerra y la sabiduría reencarnó en el año 1991. Sus padres la llamaron Pirra, el Santuario la llamó Akasha y hoy el mundo la conoce como Suma Sacerdotisa.

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Aquella época de paz fue descrita por la santa de bronce Tyuule de Liebre como una pérdida de tiempo. Tres de los cuatro santos de plata concordaron con ella según avanzaban otros tres meses, siendo Maya de Flecha la única excepción. Desde niña, la última descendiente de Maya, hija de Tetis y Emil, había sido más cazadora que soldado, vestía el manto de plata más por el deber que por un genuino deseo de combatir, de modo que aquellos meses de festejos, descubrimientos y bochornosas charlas con Makoto le parecían un paraíso. La humanidad estaba contactando con vida extraterrestre, incluso si era un pueblo de naturaleza artificial, no todo era la guerra.

El Viejo Juez creyó prudente, empero, hacer caso de la observación de Tyuule. Estudió a cada uno de los habitantes del Arca desde las sombras, realizando comparaciones entre las respuestas vagas sobre la guerra que daban la mayoría de los autómatas y las que daba el equipo de seguridad de Galenth Dysley. Aun después de decidir que no había contradicciones, formó un equipo de investigación con miembros de distintos grupos: Mikhon de Triángulo y Derguín de Perseo lo encabezaban, el conocimiento teórico de un mago y el instintivo de un guerrero combinados en uno solo. La cacería secreta de información que estos llevaron a cabo generó un clima de desconfianza creciente. El jefe del equipo de seguridad a punto estuvo de echarlos a todos de la luna, de no ser por la intervención de Leeloo; ante la diosa Atenea, hasta los Grandes Espíritus lugartenientes de Bhunivelze se inclinaban; Galenth Dysley, por tanto, no podía siquiera cuestionar de pensamiento a un ser así.

—Tomad —decía Leeloo a los terrestres, dándoles una tarjeta—. Multi-Pase.

Con ella, tenían derecho a acceder a cualquier lugar, pasando todos los sistemas de seguridad. Incluso si la cacería secreta dejó de ser secreta, la información requerida fue llegando a cuenta gotas. En opinión del Viejo Juez, el caos ocasionado valió la pena.

—¿Cómo ha dicho? —preguntó Galenth Dysley. Como de costumbre, estaba en el Pequeño Edén, viendo desde la lejanía cómo Shaula, Maya, Korben Dallass, Vito Cornelius y Leeloo conversaban sobre la historia de la Tierra. El Viejo Juez también los veía a todos con suma atención, pero dudaba que al jefe de seguridad le interesara el contraste entre la charla del bibliotecario, de corte más filosófico, sobre la necesidad de que el hombre enfrente al mal, y la brutal honestidad de Korben Dallas, quien consideraba que uno tenía que lidiar con lo que le venía encima y ya está. Era más probable que estuviera dilucidando cómo hacían Shaula y Maya para beber ese preparado verdoso sin manchar las respectivas máscaras.

—Lanzad un ataque preventivo hacia Academia —repitió el Viejo Juez—. Destruidla antes de que os destruya a todos. Aquel que se desliza en la oscuridad está ahí.

Galenth Dysley se guardó de mostrar enojo, recordando las palabras de Asclepio.

—Nuestros sensores no han detectado al Rey Durmiente y el Enjambre de Mundos.

—Pienso que Aquel que se desliza en la oscuridad puede actuar a una distancia inimaginable. Descubrir esto era la razón de tantas preguntas incómodas. La guerra está estancada porque Academia dice que lo está. Si estuvieran siendo controlados…

Al autómata le costaba cada más no ceder. En el ceño fruncido podrían partirse nueces.

—¿Me pide que destruya toda nuestra reserva de conocimiento por una posibilidad?

—Sería una posibilidad si seis meses de paz fuesen algo habitual. Todos los autómatas, sin importar a qué se dediquen, lo que incluye a su equipo, concuerdan en que Aquel que se desliza en la oscuridad no ha dado un minuto de descanso a Bhunivelze y los mil ángeles desde hace más de doscientos ciclos terrestres. ¿Yerran, acaso?

Gracias a los dioses, Galenth Dysley no era humano. Da haberlo sido, con esa personalidad la opción que habría tomado sería la de ignorar al terrestre necio por una simple cuestión de orgullo. Lo que hizo, en cambio, fue interrumpir la comunicación con la Academia, activar el Protocolo de Defensa y ordenar el bloqueo temporal de la autonomía consciente en todos los pobladores del Arca y Edén. A partir de ahí, terminaron los encuentros fortuitos con esos seres humanoides, indistinguibles de los hombres. Cada autómata, incluido el propio Galenth Dysley, actuó como un verdadero robot, remitiéndose a la programación que el Arca exigía.

—Ojalá no sea demasiado tarde —susurró el Viejo Juez. Shaula de Escorpio había reunido a todos los terrestres en la zona de embarque de la ciudad de Bodhum, donde se hallaba el Pequeño Edén. Leeloo asistía, por descontado. También los mondoshawan.

Tenían una misión con dos objetivos. La reconquista de Academia era prioritaria: era allí donde se generaba el túnel de gusano que conectaba todos los sistemas aliados. El aseguramiento de Edén, en comparación, podría haberse descartado. Sin embargo, Luc Besson, lugarteniente de Brion Munro y máxima autoridad de la Guardia de Acero enviada a ese extremo del universo, había bebido con los mondoshawan, había aprendido su punto de vista sobre la vida y entendía, más que nunca, que el ser humano no existía solo para garantizar que la paz, la justicia y la felicidad reinaran entre los hombres. Diva Plavaguna y Rhod de Sirena lo respaldaron, mientras que Kratos de Orión, el más poderoso de los santos de plata, se atrevió a amenazar a la propia Shaula de Escorpio de retarla a un duelo si se negaba a permitirles proteger la vida.

—Ya sabes cómo acaban las historias de Escorpio y Orión, ¿verdad? —Shaula ladeó la cabeza, llegándole entonces un mensaje telepático del Viejo Juez—: Vale, tú mandas.

En realidad, la Suma Sacerdotisa la había puesto a ella al mando, pero eso eran detalles.

—Yo voy —dijo Leeloo.

—Señorita… —empezó Vito Cornelius.

—Atenea —carraspeó Diva Plavaguna.

—Señorita Leeloo —Vito Cornelius no era bueno pillando las indirectas. O bien seguía creyendo el disparate de que la Suma Sacerdotisa era Atenea encarnada—. La misión, según entiendo, es de rescate. Todos nos reuniremos en el Arca porque es la única luna que puede movilizar todo el conocimiento y la vida que podamos salvar. No es necesario que os arriesguéis, sois demasiado valiosa.

La deidad miró al hombre. Ninguno de los dos daba su brazo a torcer.

—Ella irá —dijo Korben Dallas, acercándosele.

Makoto y Maya, amigos de aquellos dos, se les sumaron.

—¿Sois conscientes de que este hombre tan listo no tiene voz de mando aquí, verdad? —comentó Shaula. Un aviso adecuado de que todos le daban la espalda a quien sí lo tenía—. No tenemos tiempo para el suspense del cine, esto es una guerra, ¡vamos!

Con la infinita gratitud de los mondoshawan, quinientos dos tripulantes ingresaron en la nave. Trescientos hombres bajo el mando de Kratos de Orión y Rhod de Sirena descendieron en Edén, donde cumplirían la misión de asegurar dos ejemplares de cada especie y traerlos al Arca —la ironía de la situación hizo sonreír al general marino—; Leeloo estaba con ellos, pues podría transportarlos a todos a la nave en caso de que esta no pudiera aterrizar de vuelta. Fue la primera vez que la diosa y Korben Dallas se separaban, cosa que no parecía afectarles: sabían que se volverían a encontrar.

Ocurrió, pero el Viejo Juez, para quien el porvenir de todos era cada vez más claro, no podría deducir cómo. Todo el poder de fuego de Academia se liberó contra la nave mondoshawan, que cayó cual meteorito sobre Luxerion, la capital. Desde ese punto, los supervivientes debieron enfrentar a toda la población de la luna: doscientos millones de autómatas armados con una tecnología que la Tierra solo podía soñar, lo que iba desde trajes de cambio de fase cuántico que les permitía moverse en tiempo detenido hasta el propio equipo que generaba el túnel de gusano. Según explicaron los mondoshawan al Viejo Juez y Shaula de Escorpio, si ese sistema explosionaba, se llevaría por delante las tres lunas, la Cuna y toda la galaxia. Dadas las circunstancias, el terror que la Guardia de Acero vivió mientras luchaban con uñas y dientes para sobrevivir bajo las ruinas que dejaban santos y atlantes al combatir a los autómatas, era algo normal. El suelo bajo los pies de Makoto rara vez estaba libre de los vómitos y las lágrimas que derramaba, avergonzado, pero cuando se trataba de respaldar a Maya de Flecha desde las sombras, ora con un láser concentrado, ora con las otras mil funciones que el maldito Jean Baptiste Emmanuel Seisser había tenido a bien incluir en el rifle Eridanus clase Omega, era el primero en atacar. Korben Dallas, al igual que él y otros, avanzaba luchando por cada minuto de vida. La Guardia de Acero jamás podría seguir el paso de los santos de plata, cuya velocidad era de una centésima a una quincuagésima parte de la de la luz, a duras penas podían apoyar a santos de bronce como Sumeragi de Unicornio, Georg de León Menor, Milim de Osa Mayor, Héctor de Hidra y José de Lobo, veloces como el rayo. Aun así, estaban allí, vivos y con la capacidad de combatir, por tanto, eso hacían.

Porque ni el Viejo Juez, ni Shaula de Escorpio podían ayudarles. Estos libraban su propia batalla contra los responsables de controlar Academia: el ángel caído Gloucester dominaba la luna entera mediante un arcano menor, el tirso; lo respaldaban Goneril, Riegan y Maurice, cada uno con un arma sagrada capaz de atravesar mantos de oro con relativa facilidad, además de una fuerza proverbial y la capacidad de recurrir al Octavo Sentido de forma ininterrumpida. Aquella lucha de tres contra dos sucedió a lo largo y ancho del cielo de la luna, salvando la vida de quienes a duras penas resistían abajo. Otro sacrificio fue necesario para que el grupo de Academia llegara a destino: Diva Plavalaguna salió del polvo del aniquilado puerto espacial de Yusnaan cantando lo que sabía era su última canción, que se extendió a lo largo de kilómetros y kilómetros. Los autómatas, controlados por el ángel caído Gloucester, no tenían ninguna animadversión por los terrestres, de modo que bajaron las armas y relajaron los corazones. La Guardia de Acero y algunos marinos, santos de bronce y mondoshawan, aprovecharon la ocasión para escabullirse. Zalera, último de la fila al acompañar a Makoto y Maya, que no dejaban de echar vistazos hacia atrás, fue testigo de cómo una flecha del Infalible de Riegan, disparado desde el otro extremo de la luna, atravesaba el corazón de la ninfa.

—Tenía una gran voz —dijo Korben Dallas cuando vio al asistente secarse las lágrimas—. A Leeloo le partirá el corazón.

—A Atenea —gruñó Makoto. El soldado se encogió de hombros.

Algunos autómatas no pudieron ser recuperados por Gloucester, por lo que salieron corriendo y se juntaron con la alianza terrestre-mondoshawan. Temerosos de volver a servir a un ángel caído, cedieron su tecnología militar a los humanos.

—No creo que cambie mucho —adujo Korben Dallas—. Es imposible defender esta posición. —Habían llegado a destino, el centro del puerto espacial Yusnaan: un edificio del tamaño de una montaña y con la forma de una espiral. Los desertores les explicaron lo que ya sabían al respecto. Que el edificio funcionaba con ondas de pensamiento de un autómata que conservara la consciencia autónoma, o bien alguien que pudiera procesar tanta información por segundo como ellos, cosa que era el caso de los mondoshawan. La Lanza de Urano, como era denominado el sistema en honor al dios primigenio, disparaba una onda que activaba el sistema oculto en el círculo de asteroides más allá de la Cuna y las tres lunas, los cuales la devolvían hacia el centro. Así se formaba el portal.

—Llamadme tonto —dijo Makoto, pidiéndolo a gritos—, pero, ¿no sería más fácil para el enemigo destruir los asteroides?

—Tonto —respondió Maya, más por broma que por otra cosa.

—Considerando que Galenth Dysley no pensó en esa posibilidad, sospecho que el sistema de respuesta de la Lanza de Urano no es físico —dijo Mikhon de Triángulo.

Los autómatas asintieron, dando una interesante explicación sobre el campo cuántico que el Viejo Juez, a la vez que desviaba el ataque simultáneo de la espada mágica Blutgang y la temible hacha de guerra Freikugel, oyó con nitidez. Los avances de los autómatas de la Cuna en esa materia eran asombrosos y podían serle de mucha utilidad en el desarrollo de la técnica maestra Demonio de LaPlace.

A lo largo de tres días con sus respectivas noches, ciento cincuenta terrestres y un millar de mondoshawan resistieron oleada tras oleada de autómatas. Ni los ángeles caídos, ni la artillería y vehículos de guerra interestelar fueron un problema. Shaula y el Viejo Juez contaban con la fuerza y el conocimiento técnico para aplastar naves y armas de destrucción masiva sin importar la distancia, ni si estaban combatiendo contra la fuerza combinada de los guerreros celestiales y la infección de un Rey Durmiente. Aun así, los números eran una completa locura, sobre todo porque luchaban a la defensiva. Cincuenta mil bajas diarias no significaban nada para el enemigo.

—¿Quieres huir? —preguntó Maya.

—No —dijo Makoto—. Quiero que ganemos. Quiero que hagamos algo.

Korben Dallas obtuvo gracias a ese grito elevado sobre los muertos de aquellos días de lucha —cien caídos, veinte terrestres y ochenta mondoshawan—, el valor para proponer la mayor locura a los santos de Triángulo y Perseo.

—¿Destruir el sistema? —preguntó Derguín, atónito.

—¿Te caíste de la cuna de pequeño? —dijo Mikhon.

El general marino Rhod de Sirena no estaba ahí, sin embargo, aquel par de santos de plata hubieron de recordar de la peor manera posible lo que era la jerarquía.

—Me parece una idea fantástica —dijo Linar, de los telquines.

—Al fin alguien con cerebro —celebró Excel, de las sirenas.

—Es lo que tiene no tener algas en él —observó Rain, la pelirroja ninfa oceánica.

Uno tras otro, los doce líderes marinos dieron la aprobación al plan de Korben Dallas incluso antes de que explicara por qué. De algún modo, todos lo habían pensado, pero los atlantes seguían los pasos de su dios, y así como Poseidón dormía, confiando en la humanidad, ellos gustaban de creer en la capacidad de los santos de Atenea para lograr milagros. Una vez Mikhon y Derguín cedieron, el ex-Guardia de Acero se explicó. Él estaba convencido de qué buscaba el Rey Durmiente con todo esto.

—¿Y si nunca ha querido destruir el sistema que une a todos sus enemigos? ¿Y si lo que busca es controlarlo? ¡Lo ha hecho durante seis meses al menos, por el amor de Dios!

—¿Quién es Dios? —dijo un autómata.

—Es una forma con la que los humanos se refieren a Atenea —respondió un mondoshawan—. Tienen un idioma primitivo.

—Es un poco ofensivo —insistió el mismo autómata—. Dioses hay muchos.

Los marinas se limitaron a sonreír, disfrutando del humor extraterrestre.

—Bueno, basta ya —dijo Derguín, recuperando un poco de la autoridad perdida—. Si fuera así, solo tendríamos que apagar el sistema, ¿no?

La situación no era tan sencilla. Si lo apagaban, ellos lo encenderían. No era factible destruirlo, tampoco, pues incluso si la destrucción de la galaxia era una exageración, muchísimos morirían con la pérdida de la Cuna y las tres lunas. Al final, debatiendo, surgió un modo de inutilizar el sistema sin destruirlo. El túnel de gusano funcionaba mediante un sistema de llamada-respuesta, por lo que el modo más eficiente para inutilizarlo sería interrumpirlo para siempre: destruir los receptores entre el primer portal y el segundo haría imposible el restablecimiento del túnel de gusano.

—¿Estamos todos conscientes de que si hacemos eso no podremos regresar a la Tierra? —preguntó Mikhon de Triángulo, mirando a Makoto, Korben Dallas y otros.

Uno tras otro, todos asistieron, dejándolo sin palabras. Quizá era por eso que más adelante, cuando los autómatas programaron la Lanza de Urano para mandar a gente allá arriba, Mikhon fuera el único santo de Atenea que se apuntó.

—¡No seas idiota! —dijo Derguín, viendo que su amigo le dejaba la argéntea Caja de Pandora—. Los mondoshawan tienen el conocimiento para destruir el portal. Tú no harás nada ahí —le aseguró, importándole muy poco que le oyeran los marinos que se sumaban al ataque, una docena de los más poderosos combatientes de Nueva Atlántida. Había visto a Zalera replantearse el suicidio con solo recibir un buen puñetazo de Makoto, que le recordó que la Suma Sacerdotisa esperaba reencontrarlo sano y salvo, así que tenía esperanzas—. ¡Decidle algo! ¡Decidle que estaría mejor aquí, defendiendo! —Allí, donde pronto vendría una nueva oleada de atacantes.

—Te diré algo. —Linar, de azulada piel y ojos ambarinos, anduvo hacia Mikhon y lo miró desde la cabeza a los pies—. Eres un gran hombre. Tu fuerza espiritual sabrá resistir la maldad que hay allá fuera. Me habría gustado enseñarte.

—Y a mí me habría gustado aprender contigo —respondió Mikhon.

Para calmar la desolación de Derguín, besó su frente y pidió que se pusieran en marcha.

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El Viejo Juez vio hasta el último combate de la desesperada defensa de la Lanza de Urano. Incluso participó de ella, comandando doce áureas armas para que bombardearan las hordas de millones y millones de autómatas que venían desde todos los rincones de la luna, arrasando las ciudades e incluso las Marcas Libres. Entendió, incluso, que antes de enviar a los mondoshawan y los trece terrestres al túnel de gusano, la Lanza de Urano envió todo el conocimiento reunido por la Cuna hacia el Arca, pues en aquellos tres días de lucha interminable, los autómatas temerosos de luchar no habían estado ociosos. Sin embargo, no supo nada de la batalla más allá del portal. En ese espacio entre espacios donde el mal abundaba, trece cosmos notables desaparecieron, uno tras otro, para que seiscientas vidas pudiesen salvar el universo. Los mondoshawan no murieron gracias a esos valientes, que resistieron lo que fuera que Aquel que se desliza en la oscuridad les tuviera reservado en el túnel de gusano; sin embargo, quedaron a su merced, pues el portal se cerró para siempre estando ellos dentro.

Fue un momento de epifanía para todos. Los que amaban, se confiaron a sus amantes. Otros lo hicieron a sus dioses, a sus amigos, a sus familiares… Korben Dallas no sabía bien lo que sentía, pero luchó como el que más, armado con una tecnología que quedaba rezagada a su valor, el valor de un santo de Atenea, así fuera de hierro.

—Makoto, ¡Makoto, despierta! —pedía Maya a gritos.

—Tú… tú máscara —decía Makoto, tosiendo sangre. Le habían atravesado el estómago, no le quedaba mucho tiempo. Aun así, sonreía, pues veía el rostro de la chica que amaba, la mitad al menos—. Es una suerte… —Bebió las lágrimas de Maya con una sonrisa—. No vas a tener que… porque voy….

Maya se arrancó lo que le quedaba de la máscara y lo calló, besándolo.

Si una ninfa no quería que su amante muriera, este no moría. No por una simple herida. Tal cosa decía Tetis, hija de Nereo, en tal cosa creyó Maya, que a su linaje pertenecía. Aferrada a la esperanza, rezó por igual a Poseidón y Atenea, pidiendo un milagro.

No esperaba que la propia Atenea acudiera a su llamado.

¿Cuántas eran las probabilidades que un hombre a las puertas de la muerte sobreviviese el tiempo necesario para ser transportado y atendido por un médico? ¿Y de que millones de disparos de haces de partícula, de velocidad relativista, erraran sobre unas centenas de hombres atrincherados, vencidos por el agotamiento, las heridas y falta de sueño? ¿Cuánta suerte podría haber implicada para que todos los sistemas a cargo del enemigo, que no funcionaban de forma mecánica, eléctrica o digital, sino cuántica, fallaran a la vez? ¿Era siquiera posible que ninguno de los que defendían la Lanza de Urano, desconociendo si la victoria se había logrado ya, sufrieran el menor daño enfrentando a todos los habitantes de Academia, con un equipo de ensueño y ninguna de las debilidades fisiológicas de los seres orgánicos? Lo cierto era que todo entraba en el campo de la probabilidad, solo que a veces eran posibilidades tan insignificantes que solo un teórico las tendría en cuenta, al igual que lo era el que el ataque de un ángel errara el blanco en un momento clave. Una millonésima fracción frente a un virtual cien por cien, que en manos de la diosa de la victoria, pasaba a ser una certeza absoluta.

—El tirso —lamentó Gloucester, enterrado entre las ruinas de la devastada Luxerion—. ¡El tirso no funciona! —gritaba, sorprendido, a la vez que Goneril, Maurice y Riegan trataban a duras penas de protegerlo de Shaula de Escorpio, cuyo manto sagrado había cambiado—. No puedo dominar las mentes de esos malditos autómatas, mas puedo salvarnos. El Ragnarök ha comenzado de todas formas —advirtió, satisfecho, antes de balancear el tirso. Tanto él como los demás ángeles caídos desaparecieron enseguida.

Esa fue la primera victoria de los terrestres sobre el enemigo. Una victoria pírrica, saldada a costa del sacrificio de muchos compañeros, la destrucción del sistema que garantizaba el regreso a la Tierra en veinticinco años y sin que el mal hubiese sufrido el más mínimo daño. Los pequeños detalles, empero, hicieron brotar esperanzas en los corazones de los hombres, los mondoshawan e incluso los autómatas. Ya nadie dudaba de la divinidad de Atenea, si bien Vito Cornelius seguía en sus trece cada que estaba solo. El manto dorado de Shaula de Escorpio se había transformado gracias a un poder mayor al de los ángeles, a la altura de los tronos, querubines y serafines. Academia, Edén y el Arca se habían salvado, si bien la segunda luna quedaría inoperativa por toda una década de trabajo intensivo, al haber perdido todas las ciudades y una décima parte de la población entre las batallas y los daños colaterales de los enfrentamientos del Viejo Juez y la santa de Escorpio con los cuatro ángeles caídos. Mucho se había logrado y por muchas razones debían estar contentos, por el momento.

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El traslado de los especímenes de Edén al Arca pudo completarse en tiempo récord. Gracias a eso, se preparó una nave para el traslado del equipo liderado por Kratos de Orión y Rhod de Sirena. Una vez Leeloo interrumpió el Asedio a la Lanza de Urano, los heridos fueron transportados con sumo cuidado a la nave, que sobrevolaba las ruinas del puerto espacial Yusnaan. Allí, el doctor Mactilburgh había preparado los tanques de regeneración celular, asegurándoles a todos que nadie más iba a morir.

Algunos, como Zalera y Maya de Flecha, se quedaron a velar por ellos, otros se dispersaron a través de la nave, reflexionando sobre lo perdido y ganado. Entre poderosos santos de oro, de bronce y de plata, bajo la mirada de las ninfas dolidas por la muerte de Plavalaguna y el escrutinio de los líderes marinos, Korben Dallas se sentía fuera de lugar. No obstante, Leeloo se alegró de verlo con bien y eso le animó a quedarse. Para cuando regresó con los demás, tenía noticias aún más sombrías de las que Luc Besson recibía al hacer recuento de muertos. Los trece representantes de Nueva Atlántida habían acordado con los santos de oro que la mejor opción era perseguir al enemigo, a lo que Leeloo había aceptado. El Arca, al parecer, podía replicar la Lanza de Urano a pequeña escala si dedicaban a ello todos los recursos de los que disponían durante un año. Después, sería cuestión de recopilar los datos de navegación rescatados de Academia e ir haciendo saltos en el espacio-tiempo, siguiendo el rastro de Aquel que se desliza en la oscuridad. Un rastro que apuntaba a la Tierra, hogar de todos.

—Quieran los dioses que hayamos destruido el túnel de gusano a tiempo —dijo Luc Besson—. Seis meses, esa serpiente nos tuvo distraídos seis meses.

—¿Te parece bien lo que planean? —dijo Korben Dallas—. Lanzarnos a la guerra contra algo que puede poner en nuestra contra planetas enteros.

—Creía que habíamos venido a eso —observó Luc Besson, impertérrito.

—Yo también lo creía —dijo Korben Dallas—. Hasta que vi lo que somos para el enemigo. Carne de cañón. Teniente Besson, me conoces, sabes que me lanzaría al mismo infierno a volar por los aires el palacio de Hades, pero esto… esto…

Luc Besson apartó los informes que estaba leyendo y se acercó al antiguo guardia.

—Si un demente como tú se cuestiona eso, es que estamos jodidos de verdad.

—No eres un Guardia de Acero si no estás un poco loco.

Los dos sonrieron. La frase sobre el palacio del Hades provenía del más loco de todos.

El comandante general Azrael, a los noventa y siete años, se la dijo a la Suma Sacerdotisa para frenar un plan de ataque total contra el levantamiento de los gigantes. De esa forma impidió un derramamiento de sangre que habría despertado a Tifón. No eran las palabras de un cobarde, ni de alguien que temiera por su vida, sino de un verdadero líder. Korben Dallas nunca había sido un líder, pero el espíritu de cuerpo cambiaba a los hombres. Por esas dudas que reveló a un superior, fue recibido de nuevo en la Guardia de Acero para ocupar el puesto de la mayor Iceborg, muerta en batalla.

La construcción de la Lanza de Urano duró cinco años, en los cuales la Guardia de Acero se habituó a la tecnología punta de la Cuna. Los guerreros sagrados, las ninfas y los civiles no se interesaron en estas, con la notable excepción de Zalera. Más bien, los marinos y los santos de bronce buscaron el fortalecimiento para no quedar atrás de sus hermanos de hierro. Treinta años después de abandonar la Tierra, se formó una tripulación de mil hombres entre terrestres, mondoshawan y autómatas, siendo Adán y Eva, dos autómatas clase Ex del Edén, los más destacados. La nave que los llevaría a través del espacio-tiempo fue denominada Escudo de Urano, creada a partir de los restos de la nave mondoshawan. El objetivo de ese viaje era llevar a Leeloo, diosa de la victoria, la sabiduría y la guerra justa, hasta Aquel que se desliza en la oscuridad, una galaxia viviente decidida a traer la destrucción a todo el universo.

—Así es, estamos en martes —dijo Korben Dallas en la reunión informativa previa el viaje. Leeloo rio. Habría jurado que Shaula de Escorpio también lo hizo.

Fue un viaje desesperante. En muchos saltos no había nada que ver, solo mundos sin vida, infestados de horrores. No aterrizaron en ninguno: la Cuna existía para diseminar formas de vida por el universo, no creaba seres humanos, porque eso era asunto de dioses. Tampoco podían permitirse enfrentar a billones de monstruos mezclas de pescado y lémur para rescatar a animales, cosa que lamentaban los mondoshawan. En una ocasión, toparon con uno de los planetas del Enjambre de Mundos y pusieron en marcha una incursión. Costó lágrimas, sudor y sangre, incluso si el Viejo Juez y la santa de Escorpio se bastaban para cubrir los hemisferios norte y sur para que los demás se adentraran en el núcleo y dejaran una bomba programada por Adán y Eva, para desestabilizarlo. Era combatir con un planeta entero lleno de vida hostil, que nadie estaba controlando. Sin el equipo que trajeron de Academia, la Guardia de Acero habría tenido una tasa de mortandad del cien por cien en lugar de un trece por ciento.

—Nueve incursiones. Solo podemos… —dijo Staedert, exhalando su último suspiro.

Entre salto y salto debían recorrer tramos del espacio exterior, además de dedicar tiempo a cerrar los agujeros de gusano que iban abriendo. La tripulación resistía usando las cámaras de estasis, quedando en manos de Shaula de Escorpio, los mondoshawan y los autómatas no militantes, la toma de decisiones, junto a algunos miembros clave de Nueva Atlántida. Pasaron las décadas. Hubo más incursiones, más muertes.

—¿Makoto sigue en el tanque de regeneración? —preguntó Zalera al doctor Mactilburgh, uno de los civiles terrestres que más habían aprendido con el viaje.

—¿Quieres verlo? —dijo el médico, accionando la apertura de la placa protectora del tanque de regeneración. La cerró acto seguido, empero, diciendo—: Mejor ahora no.

Leeloo, sintiendo curiosidad, se coló mientras Korben Dallas inmovilizaba al doctor. No habían hecho buenas migas, pues en una incursión que salió mal, Mactilburgh había antepuesto sacarle sangre para analizarla a curarle las heridas de inmediato.

—¡No está solo! —rio Leeloo.

Habían pasado noventa y nueve años desde que abandonaron la Tierra cuando Maya de Flecha quedó encinta. El pobre Makoto recibió la atención de todos, para bien o para mal. Al final, la tripulación asumió que acabaría en boda, a la luz de las estrellas.

—¿Usted cree en Dios, no? —dijo Makoto.

—Sí —respondió Vito Cornelius—. Más o menos, pienso que los dioses son aspectos de algo más grande a lo que conocemos como Dios. He sido excomulgado de tres confesiones por esas ideas. ¡Y no me encargaba de bodas incluso cuando era cura!

—Siempre hay una primera vez —dijo Maya, mientras Leeloo le acariciaba la panza.

—Una primera vez —rio Leeloo—. ¡Está vivo, Korben!

Nunca antes había visto la diosa de la victoria una mujer encinta. Al tocar el vientre de Maya, percibía la vida que crecía dentro y lloraba lágrimas de felicidad.

—¡Está bien! Os casaré —aceptó Vito Cornelius.

La boda fue el último momento de tranquilidad de la tripulación. Un italiano de nombre David se encargó de confeccionar el vestido de boda, de un blanco ribeteado de azul que recordaba a las olas del mar. Exceptuando el escenario, un rincón de una nave espacial con vistas a las estrellas en lugar de un templo cristiano, fue una ceremonia muy fidedigna. Incluso Maya lanzó un ramo de flores, que acabó en manos de Leeloo gracias al poder que esta tenía sobre la suerte. A los festejos subsiguientes, Korben Dallas accedió encantado, con una sonrisa y llevando al general marino Rhod bajo el brazo.

—¿Sabes qué? No eres tan insufrible como parecías.

—Sé que eres la única persona del universo que pensó algo así —respondió Ruby Rhod—. Soy la Voz de Nueva Atlántida, el mayor músico del planeta…

—¿No has pensado en convertirte en locutor de radio? —le interrumpió Korben, demasiado ebrio como para molestarse con el marino—. Tu forma de conducir la boda como si de verdad nos estuvieran viendo en todo el mundo fue… un tremendo dolor de cabeza, la verdad, pero la gente no paraba de sonreír. Tienes talento.

La idea pareció anidar en la mente del general marino, que cabeceaba satisfecho.

—Creo que he de disculparme —dijo Vito Cornelius, acercándose a Leeloo.

—Son hermosas. —La diosa de la victoria aún sostenía las flores. Las había cogido por lo bonitas que eran, no porque entendiera el significado de tomarlas—. ¿Verdad? —El bibliotecario siberiano, sacerdote cristiano por esa única noche, día o lo que fuera, se tomó el tiempo de olerlas y contemplarlas. Eran perfectas, sí, plantadas con semillas tomadas de los mundos en que incursionaron—. No tienes nada de qué disculparte.

—He dedicado mi vida a esperar el regreso de Atenea a la Tierra —admitió Vito Cornelius—. Como mi padre, y el padre de mi padre, y así sigue la línea paterna hasta un noble alemán que creía en la guerra como forma de negocio hasta que conoció el Santuario. Todos te esperábamos, pero yo, el hombre que abandonó a su país y su religión por una ciudad que no condenaba su herejía, decidí dudar de ti. Aún dudo. ¿Por qué hacerlo? Todas esas batallas de locos, sé que hemos sobrevivido porque tú existes. ¿De qué otra forma un puñado resistiría los asaltos de planetas enteros? Eres, en verdad, un ser supremo y lleno de luz. Es ridículo que siga creyendo que esa persona es Atenea —concluyó, limpiándose el sudor de la frente. Necesitaba eso antes del final.

—¿Qué persona? —fue todo lo que preguntó Leeloo.

Los meses después de los festejos, nadie usó las cámaras de estasis. Maya de Flecha no podía permitírselo y los demás estaban demasiado ilusionados —intrigados, en el caso de los autómatas—, como para perderse el proceso de embarazo. El Viejo Juez atribuyó la falta de ataques a que la suerte les sonreía por mediación divina.

Cuando los mondoshawan advirtieron de la cercanía del mal, sin embargo, Shaula de Escorpio advirtió que era el momento de abandonar la nave.

—El trono Bhunivelze dirige a las dominaciones, potencias, virtudes, príncipes, arcángeles y ángeles contra Aquel que se desliza en la oscuridad. Lanzará un ataque desesperado para permitirnos llegar al centro de la galaxia, evitando el Enjambre de Mundos. Muchos de vosotros habéis servido bien, mas este es el momento del adiós.

Desde un primer momento, la nave tenía la facultad de dividirse en dos secciones. La primera, a la que los tripulantes llamaban con ironía Bada Bum, realizaría la incursión en el primer planeta infectado por Aquel que se desliza en la oscuridad, Zanado, el epicentro de la maldad. La idea era que Leeloo lo pisara y pudiera sellar al Rey Durmiente. La otra, Fhloston, que conservaba los compartimentos de descanso, recreo y enfermería, incluidas las cámaras de estasis, realizaría el viaje a la Tierra con la protección del Gran Espíritu Paals, un cíclope de seiscientos metros de altura. Más poderoso que los cuatro ángeles caídos que lucharon en la Batalla de Academia.

La Guardia de Acero, los civiles, las ninfas, Zalera… Todos se negaron, todos querían acompañar a Leeloo hasta el final, arguyendo que eran tan pequeños que una galaxia viviente no los iba a notar. Algunos se salieron con la suya, otros no.

—Todavía puedo luchar —decía Maya—, desde la distancia.

—Estás de tres meses —dijo Shaula, cruzada de brazos—. No vienes.

—Vamos a ir —insistió Makoto—. No pienso abandonarla.

—Tranquilo —respondió Shaula—. Tú tampoco vienes.

Makoto y Maya vieron partir a la mayoría de sus amigos y compañeros con el pesar del guerrero. Sin embargo, con el tiempo comprenderían que les habían salvado la vida. Fhloston se alejó de la galaxia bajo la protección de los ángeles, mientras que Bada Bum, mediante el Escudo de Urano, horadaba el tejido del espacio para alcanzar el centro de la galaxia, a ciento cincuenta mil años luz.

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No pasó mucho tiempo antes de que el Viejo Juez y Shaula de Escorpio debieran salir al exterior. Los guerreros celestiales aniquilaban el Enjambre de Mundos, dispuesto por los confines de la galaxia a modo de barrera, pero Aquel que se desliza en la oscuridad contaba con un centenar de ángeles caídos. Los dirigía nadie menos que Lindzei, el Gran Espíritu responsable de la creación de la Cuna según la directriz de Bhunivelze.

Los tripulantes observaron la batalla a través de los sistemas de Bada Bum. Era como contemplar fenómenos astrológicos, en opinión de Vito Cornelius. La santa de Escorpio era parte del universo, de modo que no necesitaba respirar, vivía a través del espacio y el tiempo. El Viejo Juez no era visible, lo que en opinión del general marino Rhod debía significar que viajaba a través de las dimensiones y solo tocaba el universo material para causar destrucción. Los campeones de la Tierra lucharon a través de novecientos noventa y nueve días contra los ángeles caídos, que lejos de ser necios, se retiraban y atacaban en momentos clave, teniendo toda una galaxia para moverse. Donde la Guardia de Acero celebraba las proezas de la élite del Santuario, los líderes marinos murmuraban que en verdad estos eran lo bastante poderosos como para haber ganado ya la batalla. Linar de los telquines, en particular, veía la mano del enemigo en eso.

La proverbial Batalla de los Mil Días llevó a todos a Zanado. No solo Bada Bum, también el Viejo Juez y Shaula de Escorpio, agotados y sorprendidos, quedaron sobre el Planeta Madre del Enjambre de Mundos. Lindzei, acompañado por una docena de guerreros celestiales monstruosos, cada uno con mil ojos emergiendo entre las lascas de las glorias platinadas, había jugado con ellos todo este tiempo.

—Leeloo, este es un buen momento para que la suerte nos sonría —dijo Korben.

Todos asintieron, observando cómo Shaula de Escorpio acometía sobre los ángeles armada con el manto celestial y un aura resplandeciente. Ni oro, ni plata, ni bronce, la ninfa disparó una andanada de Agujas Escarlata a velocidad súper lumínica, partiendo en dos a un tercio del grupo enemigo en lo que dura un parpadeo. Al tiempo, el Viejo Juez, revestido por el mismo poder, intercambiaba golpes de espada, barra, escudo y tridente contra Lindzei, quien los repelía empleando las alas. Sí, era un buen momento para que la suerte les sonriera, porque sin el apoyo de esos dos, tendrían que pasar por sí solos a través del interior de un planeta mientras billones de horrores les asaltaban.

—Basta, sal —dijo Leeloo—. Sal, basta. ¡Basta! —La deidad cayó al suelo, gritando. Korben Dallas, más cerca que ningún otro, se agachó y sin pensarlo la abrazó, llegándole una fracción de las visiones que esta estaba recibiendo.

Cada uno de los planetas del Enjambre de Mundos, en el pasado albergó vida humana. Hombres que conquistaron la tierra, el mar y el cielo con la venia de los dioses. Hombres que quisieron ser más de lo que eran. Vio el hambre, la enfermedad, la guerra y la muerte diseminarse por todo el universo incluso antes de que Tifón lo arrasase todo. Vio la maldad natural del ser humano, presente en todas las razas creadas por el Olimpo y aun en la primera de todas, las de oro, que en el orden universal de Zeus podía corromperse. Sintió el estómago revuelto. Vomitó, gritó y sangró, pero en ningún momento dejó de abrazar a la diosa revelada entonces como una muchacha asustada.

—¿Qué ocurre, Korben? —le preguntó Vito Cornelius.

—Lo sé Leeloo, lo sé, hay mucha maldad en la Tierra. ¿Por qué no iba a haberla en otros mundos? —La diosa balbuceaba la necedad de ella y Atenea por proteger a esos hombres malvados—. No, no, ¡no! Atenea ha hecho bien, tú lo has hecho bien, ¿para qué necesitaríamos a un dios que nos diga lo imperfectos que somos? ¡Ya lo sabemos, maldita sea! Preferimos, preferimos —repitió, acariciándole el rostro tembloroso—, alguien que nos dé esperanza, que camine junto a nosotros, como una igual. Porque…

—Hay luz en la oscuridad —susurró Luc Besson, teniente de la Guardia de Acero.

—Porque hay cosas buenas —prosiguió Korben—. Hay cosas buenas.

—¿Cómo…? —Leeloo trató de decir algo, sin éxito.

Korben Dallas era un temerario, un demente, no habría servido para comandante general, ni siquiera había servido como mayor en las incursiones. Hasta el último hombre de su unidad estaba muerto, porque era un loco. Así que quizás, cuando creyó saber a qué se refería Leeloo, estaba metiendo la pata. No le importó.

—Sí, como el amor —dijo Korben.

—Sea sincero —pidió Vito Cornelius.

—El amor que siento por ti —prosiguió Korben, antes de besarla.

Y, como en un cuento, la diosa entró en un profundo sueño.

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La última incursión fue como todas las demás. Usando el poder del Escudo de Urano, hicieron una abertura en Zanado hasta el centro. Allí, Adán y Eva depositarían una bomba que destruiría el núcleo y llevaría el planeta al colapso.

Durante ese proceso, empero, los santos de bronce y de plata, así como los marinos, los mondoshawan y las ninfas, tendrían que proteger a Leeloo de todos los horrores. Fue Korben Dallas quien sugirió que la Guardia de Acero se encargara de protegerla durante el descenso, mientras que los guerreros sagrados cuidaban la retaguardia.

—Nunca ha habido demasiados enemigos bajo la corteza —reconoció Luc Besson.

Tras realizar el disparo, no hubo marcha atrás. Como las veces anteriores, los horrores de aquel planeta sin vida fueron atraídos hacia la fuente de energía. Ya que Leeloo, en brazos de Korben, dormía, asaltada por pesadillas, quedó en manos de Linar teletransportar a todos los que lucharían. Los autómatas, salvo Adán y Eva, y los civiles terrestres permanecerían en la nave, garantizando el regreso de todos a casa.

El Viejo Juez fue testigo del descenso de aquellos valientes. Una prueba más de que ningún horizonte era demasiado lejano para la humanidad. Mientras quienes contaban con un cosmos despierto y destellante podían descender, ascender y luchar sin necesidad de ningún equipo, formando un cuello de botella para la infinidad de horrores que descendía desde todas las direcciones del agujero, la Guardia de Acero se valía de la tecnología de Academia, de cambio de fase. Estaban ahí y no estaban. Caminar sobre un suelo vertical era un juego de niños. Creyendo en ellos, en que Leeloo despertaría cuando llegara el momento, tal y como Korben Dallas había asegurado al dubitativo Vito Cornelius y quien estuviera para cuestionarle, se decidió a darlo todo.

Entonces, Aquel que se desliza en la oscuridad se dirigió a él, mostrándole la verdad.

—El universo es un sueño —entendió el Viejo Juez—. Los dioses, las estrellas, los planetas. Los hombres, las aves y las bestias. La vida salvaje, la vida civilizada. La guerra y la paz, el amor y el odio, el cielo y el infierno. ¿Todo es un sueño vuestro?

Tenía que ser mentira. Esa cosa era, sin duda, de un poder imposible de entender para un humano. No obstante, temía a los dioses. Temía a Leeloo.

Nuevas visiones lo asaltaron. Atenea, vencedora sobre Hades, Ares, Poseidón y el dios venerado por los gigantes, Tifón, hijo homónimo de Tifón. Quien dormía en el monte Etna, no era el mismo al que Zeus derrotara en los albores del tiempo. En todas esas batallas, Atenea siempre estuvo acompañada. A veces como una igual, otras como un hada invisible a ojos mortales, y en ocasiones, sí, un báculo dorado. Aquel que se desliza en la oscuridad quería el poder de Niké para... El Viejo Juez debió bloquear la mente para no recibir más visiones y sonidos. ¡Era demasiado! El universo tal cual era antes de Zeus, precursor del Big Bang, y de Crono y Urano. Jamás podría entender algo así, él cuya máxima aspiración era entender el macrocosmos.

Como una burla a esa aspiración, Shaula de Escorpio, naturalmente unida con el universo y mil veces vencedora sobre doce potencias corrompidas, fue tocada por el mal. Mientras los pedazos en que habían sido partidos los ángeles caídos volvían a unirse, la máscara dorada fue cambiando, como si en verdad fuera un rostro en que las facciones podían cambiar. El último atisbo de raciocinio en la hija de Ban de León Menor y Kushumai, líder de las ninfas de Dodona, fue arrojar una infinidad de Agujas Escarlata para borrar de la faz de la existencia a todos los enemigos. Solo Lindzei, oculto tras una ilusión que engañaba a todos los sentidos y sistemas, se salvó.

—Este mundo es nuestro sueño —dijo Shaula de Escorpio. Sin más, ahora una marioneta del Rey Durmiente, otro ángel caído. En el espacio, nada debería poder ser escuchado, pero a esos seres la lógica del universo les daba igual—. ¿Lo ves ahora?

Cede tú también, terrestre —dijo Lindzei, dirigiéndose a él mediante telepatía. Era un psíquico poderoso, capaz de detectarlo doquiera que se ocultase.

También era muy escurridizo. Todos los ángeles caídos lo eran.

Korben Dallas y Leeloo llegaron hasta el fin de la corteza planetaria. Allí, Aquel que se desliza en la oscuridad les dio la bienvenida, abriendo ojos entre las rocas. Mientras la retaguardia evocaba a Horacio Cocles, combatiendo un ejército infinito, la Guardia de Acero cedía con un solo vistazo. Todo quedaba revelado. La humanidad siempre tendría demonios internos, incluso después de obtener la paz. Era inevitable.

«Misophetamenos —oró el Viejo Juez, quebrando aquel cuerpecillo que tan duro luchó contra los ángeles caídos. Como la cáscara de un huevo, la piel ajada fue cayendo, revelando un aura magnánima, que no era de oro, de plata o de bronce.»

Las doce armas del Viejo Juez se propulsaron hacia Lindzei hasta superar la velocidad de la expansión inicial del universo, despedazándolo, aniquilándolo por completo.

Shaula de Escorpio las repelió todas de una sola andanada de Agujas Escarlata.

—Tu poder también es mi sueño —dijo Aquel que se desliza en la oscuridad.

Hablaba con el Viejo Juez, como hablaba con Leeloo, quien despertaba. Impulsada por el amor de Korben Dallas, las esperanzas de todos aquellos héroes y aquel momento, efímero y sin importancia cósmica, en que sintió la vida humana nacer, aún sin mancha, Leeloo se revistió del poder divino que traía la victoria allá donde estuviese. Adán y Eva descendieron hasta el núcleo, siendo los únicos que soportarían esas condiciones lo bastante como para poner la bomba. Los ojos del Rey Durmiente se cerraron.

La voz de Shaula de Escorpio podía hablarle de lo efímero de la humanidad, lo insignificante del universo para los que moraban más allá. El corazón de su compañera, empero, le imploraba una cosa, el último deseo de un santo de Atenea:

—Mátame —rogaba otra amiga, otra víctima del Viejo Juez, falto de piedad.

Con un revés de mano, el Viejo Juez tornó las armas doradas en nubes de partículas subatómicas. No estaba seguro de cómo, o por qué, estaba haciendo eso, solo guiaba los gravitones, de modo que las espadas, escudos, barras y tridentes se mezclaron en una sola arma. Una lanza, acaso la misma Rhongomyniad que blandiera Arturo, rey de Camelot, o un eco del arma que la diosa Atenea llevaba consigo en los albores del tiempo, o solo un milagro. Fuera lo que fuese, el Viejo Juez se armó con ella y cargó como los caballeros de las leyendas que un día, antes de las lluvias y los dioses, apreció. Como ellos, sí, pues en ese momento, a diferencia de su lejana niñez, no había en el corazón del Viejo Juez lugar para las fantasías y la ingenuidad.

En el último momento, el manto de Escorpio abandonó aquel cuerpo tan querido para él y ahora corrompido por el mal. Fue por eso que, con un solo ataque, directo al corazón, logró el Viejo Juez dar muerte a otra más de las amigas de su hermana.

—Este es mi sueño —dijo Aquel que se desliza en la oscuridad, antes de desaparecer.

Leeloo lo había conseguido, también.

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Con la ayuda del Espíritu Divino Bhunivelze, los supervivientes pudieron no solo reencontrarse con Fhloston y reformar la nave, sino que llegaron a la Tierra, doscientos cincuenta años después de abandonarla. Eso sonaba a un imposible, pero después de que todos fueron rescatados por el Viejo Juez de la destrucción de Zanado y la disolución de la galaxia viviente que era Aquel que se desliza en la oscuridad, nada parecía excesivo para Leeloo. La victoria iba allá donde iba ella, así como Korben Dallas.

En la Tierra, tal como el Viejo Juez había augurado, hubo problemas. Once ángeles caídos de la Tercera Orden, más una de la Segunda Orden, causaron estragos por todo el mundo. La guerra contra Astrea, en el siglo XXV, cambió por igual el mapa político y geográfico terrestre. Nueva Atlántida no era más un reino bajo el mar, había emergido a la superficie. Los hijos de los Mu formaban ahora su propia nación en una gran isla arrancada de cuajo de Asia oriental. Bluegrad se extendía a lo largo de los devastados territorios rusos hasta alcanzar Alemania, como el Imperio de Asgard dirigido por Lif y Lifthrasir. Los cambios eran tan numerosos que era imposible habituarse a ellos. Ninguno de los supervivientes podría lograrlo mientras vivieran. ¡Incluso los gigantes, resucitados una vez más, tenían su propia nación en Italia! Bajo el mando de un nuevo rey, que derrocara a Porfirión en combate singular, habían firmado una alianza con el Santuario. Y lo peor era que decían que la Suma Sacerdotisa los había resucitado.

—Ojalá estuvieras aquí para explicarme todas estas locuras —decía Makoto, presente en el cementerio junto a Maya y su hijo de seis años, Azrael—. Tatarabuela.

De todos los santos de Atenea que se quedaron en la Tierra, solo la Suma Sacerdotisa y el santo de Tauro seguían con vida. Lo sabían, y aun así, era duro leer el nombre de una diosa en una lápida. «Aqua de Cefeo. Santo femenino de plata.»

El responsable de tal acto, la Bestia Maurice, fue ejecutado por la Suma Sacerdotisa en persona. En realidad, la humanidad, de vuelta a una época oscura en que los fuertes debían liderar a los débiles, la habían visto luchar en todos los frentes, como una heroína de antaño, como una diosa. En más de una ocasión, Bloss de Piscis había recriminado a su compañero, Vaclav de Leo, por referirse a la líder del Santuario como Atenea encarnada. No solo había salido vencedora en mil batallas contra los ángeles caídos y los horrores que estos trajeron consigo, sino que además pudo pactar con el mismo inframundo. Los antiguos enemigos de Atenea, todos ellos, eran ahora aliados de la humanidad. ¿Cómo podía ser una simple humana la responsable de algo así?

La Suma Sacerdotisa recibió a los supervivientes diez días después de que llegaran. Necesitó todo ese tiempo para lidiar con la amarga noticia que el Viejo Juez le trajo. Este habría preferido que lo ejecutara en ese mismo instante.

«¿Es porque los santos no mueren?»

El Viejo Juez se hacía esa pregunta mientras la Suma Sacerdotisa departía unas palabras para todos, sin importar al pueblo al que pertenecieran. Incluso los autómatas Adán y Eva, así como los doce enviados mondoshawan, recibieron la propuesta de quedarse en la Tierra. Los mondoshawan se negaron, más preocupados que nunca, Adán y Eva aceptaron encantados, sin imaginar que su propia existencia generaría en la Tierra un millar de religiones nuevas. A Korben Dallas le ofreció el puesto de comandante general, vacante desde hacía un tiempo. Este le rechazó. Se negó incluso a volver al ejército. Todo un viaje de regreso con el asistente Zalera y Makoto recordándole que Atenea era una diosa virgen bastaron para hacerle entender que no encajaría ahí.

Dejó para el final a Leeloo, la diosa Atenea, encarnada lejos de la Tierra por primera vez en miles de años. Todos estaban a la expectativa entonces. Representantes de todos los grupos de verdadero poder en la Tierra vinieron para atestiguar el destino del mundo. Bloss de Piscis, cuyo estilo combativo consistía en el uso de la propia sangre para crear armas de ardiente cosmos, habría quedado indefenso si el enemigo hubiese atacado en ese momento, porque la tenía congelada. ¿Qué iba a pasar?

—Mi señora Atenea —dijo la Suma Sacerdotisa, inclinándose—. Bienvenida de nuevo a la Tierra, tu hogar. He… he hecho lo que he podido… —susurró con la voz quebrada, dejando a las claras que no era suficiente. Nunca era suficiente para ella.

La primera en llorar, empero, fue Leeloo.

—Al fin —decía la deidad, lanzándose a abrazarla—. ¡Al fin te encontré!

El 11 de octubre del año 2467 se declaró el Fin de las Guerras Santas, al haberse hecho la paz con todos los dioses que alguna vez quisieron tomar el control de la Tierra.

Vito Cornelius, aceptado en el Imperio de Asgard como experto en astrofenómenos, dedicó toda su larga vida a la recopilación de los conocimientos sobre las Guerras Santas. Lo hizo esperando que fuera una pieza de la Historia Oculta, que por fin podrían liberar para las generaciones futuras. Sin embargo, en el proceso, se hizo patente no solo que quedaba un enemigo terrible, encerrado en alguna parte, sino que todas las batallas desde la caída de Troya hasta ahora bien podrían estar apuntando a algo grande.

La última guerra, la batalla de los dioses.

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Notas del Autor:

Shadir. ¡Entiendo la confusión! Lo único que puedo decir sin adelantar nada de la trama es que a su tiempo habrán las debidas explicaciones. Por ahora disfruta del viaje.