Capítulo 218. El último ángel

Tras cerca de dos horas de batalla ininterrumpida, por fin el Argo Navis Negro cruzaba unas aguas libres de cadáveres, mantras subliminales y pesadillas. Los caballeros negros, vigilantes en todo momento de cada punto del barco, transmitían a los santos de plata y bronce que seguían en cubierta que el agua estaba empezando a recuperar el color. Estos asentían satisfechos de esa pequeña victoria, mientras Cristal, nacido en un país consagrado a la paranoia y a esperar lo peor, no dejaba de esperar el susto.

Mientras que la falta de enemigos, de una malévola influencia ahondando en sus espíritus y del hedor de unas aguas atestadas de muerte tranquilizaba los corazones de las sombras y santos, el guerrero azul notaba algunos detalles extraños. No malos per sé, solo extraños. La corriente del río, por ejemplo, aparte de volver a ser puro, tiraba de ellos con más rapidez de lo normal. El aire se sentía diferente; antes, para las mentes entrenadas, era fácil percibir el cosmos de Aqua de Cefeo en aquella atmósfera respirable, ahora no era el caso, aunque el aura omnipresente que los envolvía seguía siendo familiar. Ninguna luna y ninguna estrella pendía en las tinieblas de los cielos, de modo que las formaciones estelares que parecían observarlos como los ojos de un ser incomprensible ya no estaban presentes. Frente a las distorsiones espacio-temporales de las que hablaban los que lucharon en cubierta desde el principio, ahora solo quedaba una tiniebla perpetua y omnipresente, tranquilizadora pese a todo.

Quizá ahí estaba el problema. En la serenidad, en la quietud. Marin de Águila les había comentado a grandes rasgos lo ocurrido en cubierta a quienes bajo aquella vivieron toda clase de pesadillas: la Senda de Oro, desviándose del curso del Sol; Triela de Sagitario desapareciendo en la oscuridad; las aguas del río sagrado corrompiéndose por el antiguo mal que lo dominaba todo; horrores de distintas formas y tamaños asaltando el barco; cinco ángeles —Cichol, Cethleann, Sariel, Chevalier y Aubin, el único que se quedó en el navío hasta el final— descendiendo con la promesa de la destrucción total. Todo ello sucedió a la aparente tranquilidad del viaje, que a Cristal tomó de improviso incluso con el apoyo de espiritistas como Noesis y Fang, quien había regresado aduciendo que ya le era imposible quedarse dormido más de unos minutos. Antes de aceptar que debía retirarse a sanar las numerosas heridas de los constantes combates, Marin les advirtió a todos que no se confiaran. En todo momento miraba al guerrero celestial que mantenían atado e inconsciente, como conteniendo las ganas de cortarle el cuello. Lesath de Orión, jefe del grupo de cinco santos de plata que mantenía al ángel de la Audacia vigilado, le aconsejó calma y la santa de Águila terminó por aceptar que era lo mejor.

—No os descuidéis —insistió Marin, descendiendo las escaleras. Dos sombras la seguían de cerca: Nico y Bianca—. Esto aún no ha acabado.

Con ella, los defensores originales de la cubierta, Perseo, Centauro, Mosca, Cefeo y Águila, cedían el testigo a las tropas de refresco, sin imaginar que estos también arrastraban un agotamiento físico y mental considerable. En cuanto a las sombras, las Moscas Negras tomaron por misión recoger a los muertos, empezando por su compañera María. Los demás se negaron a abandonar el puesto, incluidos aquellos que habían sufrido alguna mutilación, como el tuerto Eren de Orión Negro y el desorejado Almaaz de Auriga Negro. No habían luchado del mismo modo que los santos de Atenea, así que podían continuar la labor de vigilancia. Más aún: tenían que continuarla, pues entre caídos en combate y malheridos como Ennead, Johann y los que nunca pudieron subir a cubierta, habían perdido un tercio de sus efectivos originales. Cristal no podía sino admirar a esos valientes, a esos antiguos camaradas capaces de enfrentar al miedo y el terror que igualaba a guerreros sagrados y hombres comunes sin claudicar.

—El águila de la luz se retira el nido, el águila de la oscuridad viene para sustituirla —dijo una voz desde el agujero que antes fuera una trampilla. Yuna de Águila Negra saltó hasta cubierta con una gran sonrisa, decidida a ser el refuerzo que todos esperaban—. ¡Sabía que estarías bien, valkiria! —Pavlin, desde su posición, le devolvió el saludo.

—¿Ya te han dado el alta? —dijo Cristal, acercándose—. No tienes buen aspecto. —Con la cara vendada, le daba una vibra a la antigua campeona de Hybris bastante espeluznante, si bien esa Águila Negra conservaba los ojos, la piel y las orejas. También los brazos y las piernas—. Si necesitas descansar…

Antes de responder, Yuna tomó las vendas que le tapaban la cara y las arrojó por la borda, revelando un rostro apenas amoratado.

—¡Quiero ayudar! —dijo Yuna, uniéndose al resto de sombras.

Cristal compartía ese deseo, por eso no dijo nada más. De hecho, llevaba un rato limitándose a ir de un lado a otro junto a alguien la mitad de desconfiado que él, Grigori de Cruz del Sur, demasiado avejentado para poder formar parte del círculo que vigilaba al ángel; todo mientras cubría con capas de hielo los daños causados durante la pasada batalla, que los demás descuidaban por miedo a que nuevos combates los pillaran desprevenidos. Era un miedo muy normal: había ahora mismo seis santos de plata en cubierta y cinco, incluyendo a los maestros en el arte de sellar espíritus, Noesis de Triángulo y Fang de Cerbero, estaban dedicados a vigilar a un ángel que podría matarlos a todos si se liberaba. Incluso si esto era improbable, por estar bajo el sello de una diosa que había mostrado de forma sobrada ser una compañera muy capaz, Lesath de Orión se había empecinado en que se dedicaran a esa tarea. Viendo el círculo de vigilantes, Cristal podía pensar que no era el único soviético en el barco, por esta vez.

De vez en cuando, Margaret de Lagarto, aparecía como mensajero desde la enfermería improvisada de Minwu de Copa y Aeson de Copa Negra, para dar noticia del estado del héroe Makoto y del resto de guardianes originales de cubierta. Mientras que Zaon y Marin se recuperarían pronto, gracias a las destacadas habilidades sanadoras de Aqua, Joseph no despertaba hicieran lo que hiciesen. Rin de Caballo Menor pensaba unírseles pronto, y Bianca de Can Mayor lo habría hecho ya si su hermano, el santo de Can Menor, no se lo hubiese prohibido. El muchacho había crecido bastante con la guerra, pasando de ser un cachorro agarrado de las patas de su hermana, a quien la cuidaba. ¿Qué pensaría el Sumo Sacerdote, otrora líder de Hybris, sobre eso? Todas las veces que los caballeros negros, incluidos el propio Cristal, pudieron evitar la habilidad de Bianca como cazadora fue aprovechando su afán sobreprotector.

No podía preguntárselo a Gestahl Noah, él, al igual que Ofión de Aries, Garland de Tauro, Kanon de Géminis, Triela de Sagitario y la nereida Tetis, había desaparecido. Podía haber ocurrido de todo, desde que hubiesen matado a los ángeles sacrificándose, hasta que hubieran perdido y el actual silencio fuera el preludio de una matanza.

—Seis santos de plata, dos santos de bronce, cien caballeros negros y un guerrero azul, ¿cómo podríamos resistir un nuevo ataque? —cuestionó Cristal a su compañero de vigilancia. Tuvo cierto recelo inicial: el santo de la Cruz del Sur solía cooperar con las divisiones Dragón y Pegaso, no obstante, era en realidad el único miembro de la división Fénix que se tomaba la persecución de los caballeros negros como un trabajo policial en lugar de una cacería despiadada, lo que no dejaba de implicar que sentía un rechazo automático a Hybris y todo lo que hicieron—. Si no quieres hablar…

—Somos compañeros —le interrumpió Grigori, poniéndole la mano en el hombro en gesto conciliador—. Fuimos enemigos, en otro tiempo, ya no. No permitiré que esa cosa que nos rodea vuelva a jugar con mi mente.

Mediante telepatía, el santo de plata le explicó cómo, a falta de un trauma del pasado, la pesadilla que vio manifestarse fue el mero hecho de estar trabajando para la organización responsable del mayor genocidio de los últimos diez mil años. Y eso solo contando el diluvio universal como tal. Grigori no estaba seguro de quién pudo superar esa prueba, salvándoles de sus propios demonios, pero sí que se había jurado no volver a caer, no volver a dudar. Serían, como quiso la Suma Sacerdotisa, un solo ejército. El ejército del planeta Tierra que no distinguía a nadie por el color de la armadura.

—No esperaba tanta cordura de tu división —se atrevió a bromear Cristal.

Aunque estaban lejos del círculo de vigilantes, Lesath le dirigió una mirada intensa.

—Sobre tu pregunta —dijo Grigori, sonriente—, tengo otra: ¿cuándo piensa unirse tu general a nosotros? He hecho preguntas aquí y allá, sé que luchó con un santo de oro y venció, también sé que estuvo incapacitado de forma temporal, pero ya está bien.

—También yo lo siento así —dijo Cristal, habiendo notado el cosmos de Ícaro desde que empezaron a mandar heridos y muertos bajo cubierta—. Así que él fue quien lo mató… —Camus de Acuario, el error que había traído a ese mundo. Un santo de oro enviado para matar al heredero del Señor del Invierno que pensaba alzarse en rebelión. A decir verdad, estaba sorprendido, el caballero negro de Sagitario no parecía tener buena compatibilidad con los santos de oro y para luchar contra un ángel contó con el apoyo constante de la santa de Sagitario, además de una armadura negra—. Debo darle las gracias —dijo, sumergiéndose en sus propias inquietudes.

Después de largo rato de alerta, empero, los sentidos de un vigilante no se adormecían con facilidad. Tan pronto notaron que una presencia se acercaba, Cristal se llenó del cosmos gélido característico de los guerreros azules. Grigori unió los dedos de ambas manos para formar un triángulo en que se reunía el poder de la Tormenta, mientras que Retsu y Aerys, en el otro extremo del barco, hacían otro tanto, alistando sus técnicas. Un ángel apareció medio segundo después, con una sola ala y malherido; ninguno de los cuatro dudó un segundo en hacer caer sobre él la furia de la naturaleza. Viento, fuego, hielo y rayos, provenientes como cuatro estelas desde proa y popa, impactaron en el guerrero celestial mientras aquel aseguraba con falsedad venir en son de paz.

—¿Os parece bonito tratarme así? —dijo el ángel, apareciéndose entre Retsu y Aerys. No había sido siquiera alcanzado por ninguno de los ataques.

Cristal corrió a ayudarles, notando que Grigori no lo hacía, que se quedaba ahí quieto, mirando con suma atención al guerrero celestial. También Lesath lo observaba, como a la expectativa, sin haber abandonado su posición de vigilante. El único guerrero azul de esa expedición decidió, entonces, dilucidar qué había de raro en la situación. Sin dejar de avanzar, observó cómo el Huracán de Garras Aceradas y el Aliento del Sol Caído llegaban hasta a pocos centímetros de distancia del recién llegado, que luego desapareció sin más, de modo que el choque de técnicas generó una explosión que mandó a volar al par de santos de bronce. Cristal se detuvo en seco. ¿Qué podía ser? ¿Mera velocidad? ¿Teletransportación? ¿Algo más?

—Puedo detener el tiempo —dijo el ángel, a su espalda—. Y moverme cuando el tiempo está detenido. De nada por salvar a tus amigos, por cierto.

Eso último no iba dirigido a Cristal, que apenas daba la vuelta, sino a Grigori, ya de pie a la espalda del guerrero celestial. Viendo de reojo, Cristal notó a Aerys y Retsu levantándose y doliéndose de pequeñeces como un buen golpe en el trasero. No habían sido empujados por la explosión: los habían agarrado y apartado de ella a la fuerza.

—Somos enemigos —advirtió Grigori con sequedad.

De un momento para otro, todos en el barco estaban tan alerta como lo había estado el propio Cristal, si bien nadie hacía ningún movimiento. Algunas sombras, como Güney, sentían pavor, otras, entra las que destacaban Llama, Soma, Yuna, Kazuma y Eren, comprendían que cuantas hazañas realizaron en la defensa del navío fueron fruto de la unión de fuerzas, que no podían separarse si querían proteger el barco de lo que fuera que ocultase aquella oscuridad infinita. Los santos de plata bajo el mando de Lesath, cosa extraña, no hicieron ningún movimiento respecto al recién llegado ángel, como si intuyeran que de algún modo no era una amenaza. Era la intuición del legatario del mayor cazador de todos los tiempos, unido a los otros cinco mediante un enlace.

Cristal decidió confiar en los santos de Atenea. Dando el paso que Grigori no se podía permitir dar, tendió la mano hacia Noa como un amistoso gesto.

—Preferiríamos ser aliados —dijo Cristal—, nosotros defendemos la Tierra, como vosotros defendéis el universo. —Al menos, eso le habían dicho. Con tantas heridas encima, ya era sorprendente que Marin pudiera dirigirse sola a la enfermería como para meter demasiados detalles en su exposición sobre lo ocurrido en cubierta.

—Noa de la Nobleza, un placer —dijo el ángel, dándole un fuerte apretón a la vez que Cristal le correspondía, presentándose—. Tan apuesto como educado… Es en días como estos cuando más lamento ser célibe. —Varias risas nerviosas se oyeron aquí y allá, creciendo conforme se abrían más los ojos del guerrero azul. El ángel no notó nada de eso, pues ya estaba mirando a su compañero inconsciente.

—Puedo reventarle la cabeza antes de que llegues aquí —aseguró Lesath.

—¿Qué parte de que puedo detener el tiempo no has comprendido? —dijo Noa, justo al oído del santo de Orión, quien hubo de hacer uso de toda su experiencia para no sobresaltarse como un chiquillo. Nadie vio al ángel llegar hasta él, tampoco lo vieron regresar a su posición original, lo que dejaba bastante claro que estaban todos en sus manos—. Además, un ala es suficiente para superar la velocidad de la luz. ¿Alguno de los presentes reacciona en picosegundos? ¿No? Me parecía que no.

La tensión crecía por momentos. Era muy distinto preferir trabajar junto a un ángel que en su contra, a saberse prisioneros de la voluntad de este.

«Vamos a la caza de alguien mucho peor —reflexionó Cristal.»

De todos los presentes, fue una sombra la que se atrevió a plantarle cara al guerrero celestial. Suspirando con hastío por la indecisión de Lisbeth, a quien su padre tironeaba una y otra vez para volver a su puesto, Yuna avanzó hasta el ángel a punta de zancadas.

—¡Ya está bien, bravucón! ¿Vas a matarnos, o ayudarnos? ¡Decídete de una vez!

—Linda —dijo Noa, acercando la mano al rostro de la sombra de Águila. Que esta se la apartara con brusquedad solo le hizo reír—, si dejarais que me explicara, a lo mejor no tendríais que hacer preguntas tontas. —Un leve rubor tiñó la cara de Águila Negra por un breve momento—. Tenemos un enemigo común. Macuil, ángel del Fuego, se ha aliado con Aquel que se desliza en la oscuridad. A cambio de convertirse en un dios, liberará al Rey Durmiente que custodiábamos por el universo. Nuestra galaxia está a más de cien mil millones de años luz de vuestro planeta, mas creedme si os digo que eso no impedirá a Aquel que se desliza en la oscuridad ingresar en los corazones de los terrestres. Para los Reyes Durmientes, ni el tiempo, ni el espacio, son barrera.

Muchos murmuraron frente a tal revelación, pero solo tres dijeron lo que pensaban en voz alta. A un mismo tiempo, Cristal, Yuna y Grigori gritaron:

—¡Debemos detenerlo!

—Exacto —asintió Noa.

Todos los ojos del barco se desviaron a aquel curioso cuarteto. Inquietos.

—Nuestro mejor hombre —gruñó Lesath, haciéndose oír a pesar de la distancia—, está K.O. Nuestros santos de oro están peleando con ángeles como este —expresó, señalando al dormido Aubin—, si no es que están muertos. Si el soldado del Olimpo quiere patear una amenaza universal, que lo haga. Nosotros le echaremos porras.

Mera sacudió la cabeza, irritada. El resto del círculo de vigilantes, Fang, Noesis, Pavlin, permanecieron en calma, quizá leyendo alguna secreta intención en el derrotismo del líder de facto de la defensa en cubierta.

«¿Pretendes canalizar todos nuestros temores, santo de Orión? —pensó Cristal.»

—Esa es la buena noticia —dijo Noa—. Los… santos de… ¿Aries y Sagitario? El moreno y la calladita. Están vivos y coleando. Bueno, la calladita está durmiendo. Sin roncar. Imagino que salir del infierno y vencer a tres ángeles cansa mucho.

Mientras esa noticia iluminó los rostros de muchos santos, que confiaban en que los santos de Géminis y Tauro también estaban vivos, Cristal se obligó una vez más a ser el aguafiestas del grupo. Las palabras escogidas por Noa habían sido bastante precisas: que dos santos de oro estuviesen vivos era la buena noticia.

—¿Y cuál es la mala? —dijo Yuna, adelantándose.

Tanto Cristal como Grigori quedaron con la boca abierta, ambos iban a decir lo mismo.

«Por segunda vez —pensó el guerrero azul—. Tiene sentido.»

Eran tres tipos distintos de santos, luchando en una sola misión.

—Mi compañero, ¡ex-compañero! —se corrigió de inmediato Noa—, Macuil, se ha cargado el canal. En unos quince minutos llegaremos al abismo y moriremos.

—Eso no es problema —dijo Grigori—. El santo de Aries posee amplios poderes mentales. Podría crear un sustituto para el canal, con una variante del Muro de Cristal.

—Eso explica por qué no ha venido —aprobó Cristal.

—¿Es que tenéis cera en los oídos? —dijo Yuna—. Si ha destruido el canal, entonces el agua del río se está perdiendo por los dos extremos, justo cuando la diosa ruidosa está en horas bajas. ¡Por eso hemos estado navegando tan rápido desde hace rato!

—¿También te has dado cuenta? —preguntó Cristal, asombrado.

Águila Negra se limitó a encogerse de hombros.

—Ejem, puede que os hayáis hecho una idea equivocada. Cuando digo destruir, no me refiero a que ha quedado polvo, o una nube de átomos, sino que Macuil ha usado el Sable Ragna para destruir el canal a nivel subatómico. Mis compañeros y los vuestros están cooperando con una tal Tetis para repararlo. Puede que lo logren en quince minutos, puede que no. Yo arreglaría mis asuntos con los dioses si fuera alguno de vosotros. Es un buen momento para rezar.

—Tetis también está viva —dijo Grigori—. Por eso el agua ha mejorado tanto.

Cristal empezó a reír.

—Oye, ¿crees que es buena idea reírte de él ahora? —cuestionó Yuna.

Noa los miraba a los tres con los ojos bien abiertos.

—Ah, no me río por el malentendido, sino porque veo que todos sois muy perceptivos.

Él había estado comiéndose la cabeza, buscando un porqué para cada nuevo detalle, asumiendo que los demás estaban centrados en su propio trabajo. ¿Cuán arrogante podía ser, al asumir que era especial por nacer en la Unión Soviética? Estaba rodeado de guerreros sobrehumanos acostumbrados a enfrentar la voluntad de los dioses. Forjados, de hecho, para enfrentarla. Aun los caballeros negros, rechazados por las constelaciones en el cielo, seguían siendo parte del mismo sistema originador de héroes.

Mientras Yuna seguía mirándolo como si estuviera loco y Grigori estaba por hacer una pregunta, Margaret apareció de improviso, perlado en sudor.

—¿Por qué ha aparecido la Silente de repente? —cuestionó el santo de Lagarto.

—La habrá enviado el Ermitaño —dijo Grigori de forma automática.

—Para que no le estorbe —dijo Yuna.

—O como distracción —terció Cristal.

Como regla general, la teletransportación daba a quienes la dominaban una clara ventaja para sorprender a los demás, pero en esa ocasión era el santo de Lagarto el que no entendía nada. Un santo, una sombra y un guerrero azul hablaban frente a un ángel como si tal cosa. Un ángel que por cierto se lo comía con los ojos.

—Hasta un Aubin feo como tú sigue siendo bello —dijo Noa sin empacho—. ¿Os he dado las gracias por no matar a mi amigo? —Grigori, Yuna y Cristal negaron con la cabeza—. ¡Pues os estoy muy agradecido! Tenéis más corazón que los chicos de oro.

—Necesito una explicación —dijo Margaret.

Alguien, Lesath con toda probabilidad, debió dársela mediante telepatía, porque la expresión del santo de Lagarto se fue suavizando poco a poco.

—Noa —dijo Grigori—, un santo de oro inconsciente no cambia nuestra situación en absoluto. Habría estado mejor junto a la nereida Tetis y el Ermitaño, si lo que buscaba este era que estuviese a salvo. Si, como ha mencionado mi compañero —añadió, mirando de reojo al guerrero azul, quien asintió—, se trata de una distracción…

El santo de la Cruz del Sur no pudo terminar su razonamiento. Tampoco Noa pudo dar más explicaciones. Un cosmos inmenso descendió desde los cielos, como un océano de poder que estaba por aplastarlos a todos. Las sombras, que con sabiduría y temor se habían apartado de la discusión y cualquier potencial pelea para mantenerse en sus puestos, unieron sus auras en una sola cúpula de la que Aerys de Erídano y Retsu de Lince formaron parte enseguida, salvando el Argo Navis Negro de ser aplastado.

Una cúpula cósmica, mezcla de diversos colores y formas que recordaban a las constelaciones, protegía ahora el barco de proa a popa. De babor a estribor. Sobre el centro de la misma, descendió con suavidad un ángel de cuatro pares de alas.

—¿Dónde has ocultado mi otra mitad, Noa? —cuestionó Macuil.

La única respuesta del ángel bueno fue una sonrisa, y Lesath no tenía ni idea de por qué, si el ángel malo poseía un cosmos como nunca hubo sentido. Tan intenso que el mundo en derredor del navío se había detenido en el tiempo desde su aparición.

Ni siquiera la sangre seca bajo la nariz lo hacía parecer vulnerable. No había ninguna herida a la vista, lo que podía significar tanto que enfrentaban al menos aseado de los guerreros del Olimpo cuanto que era otro inmortal con capacidad para regenerarse. Vestía, además, una gloria distinta a la de los ángeles que habían visto hasta ahora, más detallada y especifica. Recordaba a un pájaro mítico, tal vez al Fénix, aunque Lesath no tenía noticia de algún mito que diera al Fénix cuatro alas.

«Eso tiene que significar algo —pensó el santo de Orión—. Aubin tenía una y llevó a Makoto a la enfermería. Este tiene tres más.»

Parecía que era su turno. Sin embargo, la idea de que el ángel que vigilaban despertase de pronto y se vieran entre dos enemigos le retenía de correr riesgos innecesarios. Cabía, además, la posibilidad de que todo fuera una estratagema de Noa.

«¡No eres el soviético aquí! —se dijo el santo de Orión, mirando a Cristal.»

Por alguna razón, el guerrero azul asintió, asumiendo que trataba de decirle algo.

—El que calla otorga —dijo Macuil, haciendo desaparecer la peligrosa espada que había sostenido hasta entonces—. Está aquí. Mi otra mitad. La llave que abrirá las puertas hacia un nuevo mundo. Más fuerte, más brillante.

—¡Llegas tarde para eso! —exclamó Lesath, irritado de tanto silencio.

—Muchachos —prosiguió Macuil, andando sobre la cúpula de cosmos que habían formado los caballeros negros. Con cada paso, esta titilaba, tensándose—, puede que Noa haya malentendido mi propósito y por ello os transmitiera una idea equivocada. ¿Algo como que deseo convertirme en un dios, tal vez? —Como en una película sobre exorcismos, el ángel del Fuego estaba de pie sobre el lado de la barrera que daba a babor; bajo las botas, cuyas puntas rozaban la barandilla, temblaba el simple Güney de Delfín Negro—. Nada más lejos de la realidad. —Siguió andando, importándole poco o nada que la gravedad no hiciese su trabajo. Se detenía un momento sobre personas muy específicas, justo las sombras de mayor debilidad de mente—. En el principio de los tiempos, la humanidad original y los hijos de los dioses se reunieron en un solo ejército, la Primera Orden de Ángeles. Serafines y tronos, compartían con los querubines el deber de proteger el universo de cualquier mal mientras los Caídos, que renegaron de Zeus, quedaban reducidos a sirvientes mágicos y daban forma a la realidad según el parecer del Olimpo. Sí, guardaban las leyes fundamentales del universo, sin inmiscuirse en asuntos mundanos como la formación de la materia, ni divinos, como la rebelión de Hera y Poseidón. Entonces llegaron Tifón, los hijos del Caos, los Reyes Durmientes… Batallas terribles, que bien pudieron traer para todas las cosas un final prematuro y por las que el universo ya no pudo ser tan perfecto y eterno como esperaban los olímpicos. La Primera Orden quedó reducida a ser un puñado de guerreros que con el tiempo se integró, primero, en la Segunda Orden, que custodiaba los sellos de los Reyes Durmientes, y la Tercera Orden, nacida para defender al Olimpo,

Conforme daba aquella exposición sin sentido, Macuil iba lanzando intensas miradas a todos los canallas de Hybris. Los más violentos, los más elementales, que empero mantenían el temple porque siempre había cerca alguien con más corazón y voluntad. Pese a todo, el ángel del Fuego seguía buscando una grieta en esa cortina de hierro, atreviéndose incluso a sondear a hombres de la talla de Eren, Kazuma, Soma y Llama. También los santos quedaban bajo su escrutinio: al hablar de policía secreta, había clavado los ojos en Grigori de la Cruz del Sur: un miembro de la división Fénix, el único en cubierta si se consideraba que Lesath acabó formando parte de la división Andrómeda, que como tal había cazado y eliminado a muchas sombras.

—¿Piensas llegar a alguna parte? Me estoy mareando —dijo Yuna.

—Nuestro comandante ha sido bastante claro —dijo Cristal—. Llegas tarde para esto.

Grigori no dijo nada, perdido quizás en su propio mundo.

«Un momento, ¿con comandante se refiere a mí? —se preguntó Lesath, extrañado.»

—¿Llego tarde para explicaros por qué existen los Astra Planeta? —El ángel del Fuego volvió andando hasta la cima de la cúpula, desde donde extendió de forma pomposa los brazos y las alas—. ¿Queréis matar a uno de ellos, cierto? Caronte de Plutón. ¡Qué necios sois los humanos de la Tierra! Pretender matar a algo que desconocéis. Por fortuna, el destino os ha traído hasta mí para que pueda ofreceros una información de vital importancia que desoís sin la menor vergüenza. La Primera Orden, como he dicho, dejó de ser el brazo fuerte del ejército del cielo para convertirse en una fuerza policial, enfocada en la vigilancia de las huestes del Olimpo… —Águila Negra dijo entre dientes que eso ya lo había mencionado; lo único que logró fue que su voz se extinguiera en plena queja—. Mientras tanto, el Olimpo creaba una nueva raza de hombres, superior a todas las demás. La Raza de Oro conocía todos los secretos del alma, la Raza de Plata conocía todos los secretos de la mente y la Raza de Bronce, aun careciendo de ambos dones, dio origen a la Raza de Héroes, conocedora de los secretos del cosmos. ¡Todo fue un proceso de prueba y error! El objetivo del Olimpo, de Zeus, era llegar al hombre sublimado, el astral, un arma viviente capaz de ocupar el lugar de la Primera Orden.

Nadie quería interrumpir a aquel guerrero celestial. En parte porque no existía urgencia, pues el tiempo alrededor del barco se había detenido. En parte porque, como había quedado demostrado con Yuna, para el ángel no era problema anularles cualquier sentido mientras seguía parloteando como un pájaro humanoide. El único ruido que se oía en cubierta, aparte de las gotas de sudor bajando en las frentes de todo, era el propio Lesath rechinando los dientes mientras Noa le guiñaba el ojo, lo que tanto podía decir que había un plan como que a él también lo encontraba atractivo.

El santo de Orión tenía más de cuatro décadas encima y era más bien tosco, en comparación con aniñados como Margaret y el aún prisionero Aubin, así que se decantaba más porque, de verdad, había un plan en todo esto.

—¿Así que los Astra Planeta son una especie de súper policías? —cuestionó Margaret.

A Grigori y Cristal se les escapó una sonrisa.

—La necedad terrestre nunca dejará de sorprenderme. No hacéis las preguntas correctas. ¿No os preguntáis si la Raza de Hierro, a la que la mayor parte de vuestra tripulación pertenece, tiene algún papel en el plan de los dioses? —cuestionó Macuil, provocando un sobresalto en muchos de los hombres a los que había escrutado—. Sois un paso más en la evolución, al igual que lo fueron la Raza de Bronce y de Plata. El rey de los dioses no pensaba crear a los Astra Planeta tan pronto. Algo lo obligó a adelantarse a los acontecimientos. O más bien, alguien. Puede que el nombre de Pirra de Virgo os suene de algo. —El silencio fue la única respuesta de todos en el barco—. La mortal más poderosa que alguna vez ha existido. ¡Baja la mano, Noa! —exclamó con un leve atisbo de irritación. El amanerado guerrero celestial movió los dedos a modo de saludo—. Lideró a los santos de Atenea a lo largo de miles de años, hasta que su figura y la de la diosa a la que servía se confundieron. Entonces, ella y quienes le seguían se rebelaron contra los dioses, lo que habría sido una simple anécdota si no fuese porque un miembro de la Primera Orden la respaldaba. Astreo, el Loco. Un serafín, un Espíritu Divino, buscó unirse con una mujer, aunque longeva y poderosa, humana. El cosmos divino de la Edad Dorada y el vulgar cosmos de la Edad de los Héroes iban a encontrarse por primera vez en la historia del universo. Para detener esa unión blasfema, Zeus manipuló a sus hijos desde las sombras y creó de forma anticipada la nueva raza de hombres. ¿Comprendéis a dónde quiero llegar? ¡Los dioses del Olimpo temieron lo que el futuro podía traer y quisieron abortarlo creando a esas armas vivientes! Seres de puro cosmos divino y dormido, nacidos a partir de fuerzas que ni siquiera pertenecen a nuestro universo. ¡Todo por una simple unión entre razas!

—Si tu idea es que entendamos por qué existen los Astra Planeta —dijo Grigori—, no te seguimos, más allá de que sustituyeran a la Primera Orden.

—Si lo que pretendes es desmentir cuanto Noa nos ha dicho, vas por el carril contrario —terció Cristal, cruzado de brazos—. Nadie sabe por qué los dioses actúan como actúan, no obstante, si dices que un hecho causó temor en los amos del universo, ¿qué esperas que entendamos, si no que quieres iniciar una rebelión como la de la tal Pirra de Virgo, si es que alguna vez existió? —Una coletilla bastante sensata, habida cuenta de que, por lo que él sabía, en la larga historia del Santuario apenas se tenía noticias de mujeres luchando en nombre de Atenea desde hacía quinientos años. Mil, si se aceptaban los más descabellados rumores—. Sé honesto al menos con quienes pretendes matar: deseas convertirte en un dios y harás lo que sea para lograrlo.

—Macuil, Macuil —dijo Noa, sacudiendo la cabeza—, ¿cómo esperas resumir todo el contexto de miles de millones de años de guerras y otros eventos cósmicos en un solo discurso? Vamos, dilo y ya está: quieres ser un dios. ¡Dilo! Si es muy fácil.

Los ojos de Macuil brillaron con intensidad, fijos ambos en el ángel de cabellos rubios. La magia del guerrero celestial ya había salteado la barrera en una ocasión, por lo que nada aseguraba que Noa estuviese a salvo. Sin embargo, este le devolvió la mirada, desafiante sin perder la elegancia. Él no dejaría que confundiera a los demás.

«O tal vez —pensó Lesath—, pretende justo confundirnos a todos. Empezando por Macuil. —De verdad que el santo de Orión esperaba que hubiese un plan en todo esto.»

—Deseo repetir el proceso que provocó la creación de los Astra Planeta—reconoció Macuil, mirando hacia los oscuros cielos—. La unión de un Espíritu Divino y una mortal que ha trascendido todos los límites del cosmos. De tan sagrada unión nacerá una nueva raza de hombres, o si he de ser sincero, una antigua.

Toda la tranquilidad de Noa se vino abajo con esa última declaración.

—¿Pretendes reconstruir a la Raza de Oro?

Las tornas cambiaron, ahora Noa era el ángel fuera de sí y Macuil el que llevaba la batuta. Miraba a su compañero desde arriba, como algo inferior y tonto.

—Ahora los Astra Planeta ocupan los puestos que les correspondían a la Primera Orden. Dirigen los ejércitos del cielo como generales, vigilan el Portal del Tiempo, dirigen desde las sombras la vigilancia de todos los sellos… No hay nada que ellos no hagan, cuando fueron creados como meras armas vivientes para detener un proceso que era natural, y por tanto, superior a las manipulaciones de Zeus.

—¡No sabes eso! —dijo Noa—. ¿Y si la unión de la Raza de Oro y nosotros, la vieja humanidad, era lo que el rey de los dioses tenía planeado, eh?

—Es muy simple —replicó Macuil—: La existencia de la Segunda Orden. Los Caídos fueron transformados en seres mágicos, en previsión de que al unirse con la Raza de Plata surgieran soldados capaces y a pesar de todo controlables. Los que estuvieron en el bando de Zeus durante la Titanomaquia, en cambio, fueron emparentados con otros dioses y apartados de la humanidad. Quien no viera la mano del Olímpico en todo eso, era un ciego. Pregúntale a la pobre Doris, vendida al Viejo del Mar como si fuera pescado. O a Palas, el sabio maestro de la niña consentida de Zeus: el rey de los dioses lo arrojó a los brazos de su mayor apologista, Estigia, para que convirtiera esa mente privilegiada en los sesos embotados de un anciano enamorado. ¡Todo para que nadie ensombreciera a la inigualable Atenea, diosa de la sabiduría!

Lesath estaba a punto de poner fin a tanta habladuría sin sentido cuando vio, con los ojos bien abiertos, algo que le quitó a la vez el habla y el valor.

La barrera estaba temblando. ¡Temblando, como un puñetero flan!

A Noa le gustaba mucho que Macuil hablara, porque eso garantizaba que los trabajos de Ofión de Aries y Tetis terminasen a tiempo. No obstante, poco a poco empezaba a darse cuenta de que quizá no estaba hablando con el clásico charlatán ególatra al que Aubin burlaba con elegancia antes de que Chevalier les diese una tunda. Notaba a todos inquietos en el barco, no solo los que defendían popa y proa, babor y estribor, sino los cinco que vigilaban a Aubin y los que estaban más cerca de él: el apuesto chico peliblanco, la chica a la que Macuil había enmudecido, un viejo amistoso y el Aubin feo, que parecía el más confundido de todos. ¿Por llegar el último? No, porque el propósito de Macuil en todo ese tiempo era confundirlos.

La barrera que rodeaba el barco era un prodigio. Ni siquiera el poder de un ángel, capaz de distorsionar el espacio-tiempo, la había barrido porque era algo mucho mejor que la suma de las partes. Era la conexión de diversos micro-universos en un solo macrocosmos que repelía a Macuil, quien solo podía saltearse esa barrera mediante la magia, incomprensible para los hombres mortales. De modo que solo le quedaban dos opciones: o bien sacaba la artillería pesada, o bien rompía la cadena atacando a los eslabones débiles. No solo de forma literal a los miembros más débiles en lo mental de los defensores del navío, sino de verdad el lado que los humanos tardaban más tiempo en perfeccionar, respecto a los músculos, el espíritu y el cosmos.

«La mente —pensó Noa—. La mente de estos terrestres no está tan agudizada. —Había un par de excepciones entre los vigilantes de Aubin, pero en comparación con un Espíritu Superior como Macuil eso no cambiaba mucho—. Debo tomar el control.»

Alzó ambos brazos, en señal de paz.

—Oye, entiendo que le tengas rencor al Gran Jefe por todo eso de volver a parte de la Raza de Oro en hadas, duendes y demás cosas mágicas, mas yo no tengo la culpa. Ni yo, ni nadie de los que estamos aquí, vivíamos entonces.

—Esto no es por venganza, Noa.

—Por supuestísimo que no —asintió el ángel de la Nobleza.

—Se trata de devolver a este universo alterado por los olímpicos el orden natural que le corresponde —dijo Macuil—. ¿Acaso dirás que no te gustaría contar con unos generales que no te abandonen en un rincón del universo como si no valieras nada?

Noa tragó saliva. La verdad es que ese detalle del Olimpo no le gustaba ni un pelo.

Pero si algo había aprendido de vivir tanto tiempo, era que todos los poderosos acababan siendo iguales. Tiranos y revolucionarios, monstruos y héroes. Siempre era lo mismo al final: un auténtico dolor en el trasero para los pobres y los débiles.

—Como dices, la Raza de Oro se emparentó con los dioses. Si no todos pudisteis hacerlo, fue porque os expulsaron. No os habríais cruzado con los humanos de otro modo, así que no nos vendas el cuento de que seríais los guardianes bondadosos de este universo porque… ¿Por qué sonríes ahora? —Se interrumpió Noa, extrañado.

—¿Guardianes del universo? ¡Ya somos los Guardianes del Destino! —rio Macuil—. Lo que busco no es proteger este universo. Sino todos los universos.

Cada vez Lesath entendía menos. Y la barrera seguía agitándose de ese modo desagradable, con temblores que formaban ondas por toda la cúpula.

—¿Qué es eso de todos los universos? —dijo el santo de Orión—. Universo hay uno.

—El universo es un multiverso —explicó Lisbeth, sin abandonar su puesto al lado de Michelangelo—. Ya sabes, como en DC Cómics. —La sombra de Cincel miró a Lesath de reojo, notando que estaba aún más confundido—. ¿El Anti-Monitor? ¿Crisis en Tierras Infinitas? Eres viejo como un dinosaurio, ¿es que nunca has leído un cómic?

—No está entre las prioridades de los santos de Atenea.

—Qué aburridos que sois los chicos buenos.

Aun diciendo esas palabras, sonreía. Aquella conversación sin sentido era lo que necesitaba para tomar un respiro de tanta información nueva. La historia del universo era una carga demasiada pesada para ellos, un sencillo grupo de héroes terrestres navegando por el universo con el muy humano objetivo de vengar a sus seres queridos.

«Pensándolo bien, nuestra misión es una locura de ese estilo por sí sola.»

Ya hacía rato que Noa no estaba en mejor posición que los argonautas.

—¿Cómo que vosotros sois los Guardianes del Destino? —dijo el ángel de la Nobleza—. Eres uno de los Caídos, como Seiros, Cichol, Indech y Cethleann. Un Espíritu Superior que se transformó en la potencia del Fuego.

—¿Por qué los terrestres os diferenciáis entre nobles y plebeyos, si ambos sois igual de necios? —dijo Macuil—. ¿No has prestado atención?

Noa hubo de reunir fuerzas para no arrojarse sobre él. Aun así, dijo, irritado:

—Sí, me parece que eres un cretino.

Macuil ensanchó la sonrisa.

—La Primera Orden está oculta en la Segunda y Tercera Orden. Yo soy El Mago, hijo de Hécate, un trono en lugar de una potencia.

—Vale —dijo Noa—, ahora sí que no entiendo nada. ¡Zeus te favoreció!

—Ya te he dicho que esto es por justicia, no por venganza —insistió Macuil—. Cuando mis compañeros espíritus perdieron a su madre, pensé que los caminos de Zeus eran inescrutables; cuando Seiros perdió la razón, asumí que así debía hacer, que había un sentido en eso. Ahora comprendo que estaba equivocado. Todo sigue el curso de un orden cósmico errado desde el mismo Big Bang. ¡Un error que debe corregirse!

—¡ Aquel que se desliza en la oscuridad te ha comido el coco! —exclamó Noa.

—¡Fui yo quien acudió a eso, no al revés! —dijo Macuil—. Somos viejos conocidos, cuando me llamaban Hyne, ángel de la Magia, y ayudé a Sothis, el Mundo, a sellarlo. Estoy por encima de los Reyes Durmientes en la cadena de poder.

—¡Solo los dioses están por encima de los Reyes Durmientes!

—Hasta ahora. Eso va a cambiar. ¿Te unes a mí o no?

Lo que tanto había temido Noa, ocurrió mientras él se dejaba llevar por su propio juego. Macuil solo necesitó dar un golpecito con la punta de la bota para que la cúpula de cosmos se deshiciera en un centenar de burbujas de diversos tamaños, que se perdieron en la oscuridad del firmamento. Y ninguno de los que sostenían la barrera reaccionó, quedando en shock por el hechizo que Macuil estuvo deslizando en sus mentes mientras daba el enésimo discurso de megalómano enfermo de poder.

Los pocos que estaban alejados de los bordes, incluidos los que vigilaban a Aubin y los que estaban cerca de Noa, se sumaron bajo el comando del santo de Orión, en un último y precioso gesto de confianza que hizo humedecer los ojos del ángel de la Nobleza.

—La verdadera belleza está en el interior —suspiró Noa.

—Si me besas, te juro que escupirás tu nobleza antes de que nos mates —replicó Lesath el pico de un triángulo formado por santos, sombras y el peliblanco, que no parecía formar parte de ninguno de los demás grupos en el barco.

Todos tuvieron una maravillosa frase que decir, todos elevaron sus cosmos más allá de lo que nunca habían logrado, todos merecían vivir.

Por eso, cuando Macuil los apuntó con el dedo, Noa saltó hacia él, declarando:

—Soy un ángel del Olimpo, consagrado a la diosa Artemisa —El guerrero celestial llevó el puño hacia su pecho—. Solo os pido que me recordéis como tal, terrestres.

Interponiendo la única ala de su gloria, recibió de frente el venablo de luz por el cual Macuil había sido celebrado como el ángel del Fuego, el más poderoso de los Espíritus Superiores bajo las alas del Gran Espíritu Seiros.

El Tormento de Aillel lo golpeó de lleno, extendiendo su luz por doquier.

Notas del autor:

Shadir. Al menos una vez tenía que cumplirse lo de luchar a la velocidad de la luz.

Te comprendo. Yo mismo tengo que reconocer que Macuil es un pesado.

Eso es raro, la verdad. Alguna vez ha pasado que subo dos veces un capítulo por algún error, pero eso suele ocurrir el mismo día de publicación.